CAPÍTULO 4
La mitad del personal de Sasuke pareció completamente impresionada al ver Su Gracia bajar corriendo la escalera con el kilt y la camisa abierta, su cara oscurecida con la barba y sus ojos inyectados de sangre. No deben de conocerle bien, pensó Sakura.
Sasuke y sus hermanos cuando estaban solteros solían emborracharse en esa casa, durmiendo dondequiera que cayeran. Los criados o bien se acostumbraban a ello o encontraron un lugar más tranquilo para trabajar.
Los criados que habían permanecido con él mucho tiempo, apenas echaron un vistazo a Sasuke, continuando con sus quehaceres sin alterarse. Estos eran los que se habían habituado a trabajar para los Uchiha.
Sasuke empujó a Sakura al pasar, su ropa oliendo a humo rancio y a whisky. Su pelo estaba todo enredado, su cuello húmedo por el sudor. Se dio la vuelta en el vestíbulo y colocó sus manos a ambos lados del marco de la puerta, bloqueándole a Sakura la salida.
Sakura había visto antes a Sasuke desaliñado y con resaca después de una noche de juerga, pero en el pasado, él había mantenido su pícaro sentido del humor, su encanto, sin importar lo mal que se sintiera. No era así esta vez.
Recordó el vacío que había visto en él la pasada noche, ningún rastro de la pecadora sonrisa Uchiha que había encandilado a una Sakura de veinte años. Aquel hombre había desaparecido.
No. Él todavía estaba en allí. En algún sitio.
Lord Haruno dijo desde detrás de Sakura—Sakura ha decidido que deberíamos regresar a Escocia.
El nuevo Sasuke, tan frío, fijó su mirada fija en Sakura.
— ¿A Escocia? ¿Por qué?
Sakura simplemente le miró.
El cristal al romperse, y el ¡Fuera! todavía resonaban en sus oídos. Las palabras la habían cortado, pero no la habían asustado. Sasuke había estado luchando contra el dolor, y el whisky lo había agudizado.
Por favor, algo en sus ojos le susurraban ahora. Por favor, no te vayas.
— ¿Le pregunté por qué?— Sasuke repitió.
—Ella no ha dado ninguna razón—, contestó Lord Haruno. —Pero usted sabe como es Sakura cuando está decidida.
—Prohíbaselo—, dijo Sasuke, las palabras salieron entrecortadas.
Su padre se rió entre dientes.
— ¿Prohíbeselo? ¿A Sakura? Esas palabras no pueden ir juntas en la misma oración.
Esto quedó colgando allí.
Los músculos de Sasuke se tensaron cuando se agarró al marco de puerta.
Sakura permanecía con la espalda recta, mirando a esos ojos de color negro que ahora estaban enrojecidos y ojerosos.
Él nunca lo pedirá, se dio cuenta. Sasuke Uchiha daba órdenes. Él no pedía. Él no tenía ni idea de cómo hacerlo.
Y por eso siempre se peleaban.
Sakura no era mansa ni obediente, y Sasuke pensaba en dominar a cada persona que le saliera al paso.
—Chispas—, dijo Sakura.
El calor llameó en los ojos de Sasuke. Hambre y cólera.
Ellos habrían estado de pie allí todo el día, Sasuke y Sakura enfrentados el uno al otro, salvo que un carruaje grande traqueteó hasta la puerta principal.
Franklin,el lacayo, en su puesto fuera, dijo algo saludando al visitante que descendía del carruaje. Sasuke no se movió.
Él todavía estaba allí de pie, enfrentando a Sakura, cuando su hermano más joven, Itachi Uchiha, se topó con su espalda.
Sasuke miró hacia atrás, e Itachi se detuvo con impaciencia.
—Sasuke, estás bloqueando el camino.
—Oh, hola, Itachi—, dijo Sakura rodeando a Sasuke. —Qué encantador volver a verle. ¿Has traído a Izumi contigo?
Itachi apretó el hombro de Sasuke con una mano grande enfundada en un guante de cuero.
—Muévete.
Sasuke se apartó del marco de puerta.
— ¿Itachi, qué estás haciendo aquí? Se supone que deberías estar en Kilmorgan.
Itachi entró tranquilamente, le echó una mirada a Sakura, ignorando a Sasuke, y enfocó sus ojos de color oscuro en un punto entre Sakura y Lord Haruno.
—Izumi me dijo que te enviaba su amor—, dijo rápidamente y de forma
monótona. —La verás en casa de Naruto cuando vayamos a Berkshire. Franklin, lleva las maletas arriba, a mi habitación.
Sakura podía sentir la furia rodeando a Sasuke, pero él no le gritaría con Itachi de pie entre ellos.
Confía en Itachi para aclarar una situación, pensó. Itachi podría no entender lo que sucedía, podría no ser capaz de sentir la tensión emocional de aquellos que le rodeaban, pero tenía una extraña destreza para controlar cualquier lugar al que entrara.
Lo hacía aún mejor que Sasuke.
El Conde de Haruno era otro que podía difuminar la tensión.
—Me alegro de verle, Itachi. Estaría interesado en oír lo que usted tiene que decir sobre algunas piezas de cerámica de la dinastía de Ming que he encontrado. Estoy un poco perdido con los caracteres, no puedo distinguirlos. Soy un botánico, un naturalista, y un historiador, no un lingüista.
—Usted lee en trece lenguas, padre—, dijo Sakura, sin apartar su mirada de Sasuke.
—Sí, pero soy más de generalidades.
Nunca aprendí las especificaciones
concretas de las lenguas antiguas, sobre todo de las asiáticas.
—Pero nos vamos a Escocia—, dijo Sakura. —En este momento. ¿Recuerdas?
Itachi comenzó a ir hacia la escalera.
—No, te quedarás aquí en Londres hasta que viajemos a Berkshire. Todos nosotros. Vamos cada año.
Sasuke inhaló fuertemente, mirando a su hermano subir.
—Este año es diferente, Itachi. Trato de forzar una elección.
—Hazlo desde Berkshire—, dijo Itachi, y después se fue.
—Parece el mejor arreglo—, dijo Haruno con su alegría habitual. —Franklin, devuelva nuestro equipaje arriba también, es un excelente muchacho. Franklin murmuró,
—Sí, su señoría—, recogiendo tantos bultos como sus jóvenes brazos podían llevar, y apresurándose en ir arriba.
— ¿Milady?— Una de las doncellas entró del vestíbulo, pareciendo tranquila, como si Sakura y Sasuke no hubieran comenzado una pelea en medio del vestíbulo delantero. —Ha llegado una carta para usted. El chico de los recados me la dio.
Sakura le dio las gracias y la cogió, obligándose a no arrebatársela a la criada de la mano. Consciente del aliento de Sasuke en su mejilla, Sakura abrió el sobre.
Para Lady Sakura Haruno, alojada en el número 8, Grosvenor Square. Misma letra, mismo papel.
Sakura pasó rápidamente a Sasuke y atravesó el vestíbulo antes de que él pudiera detenerla, y corrió afuera bajo un viento helado.
Ella miró frenéticamente arriba y abajo de la calle buscando una señal del chico que la había entregado, pero ya había desaparecido en el tráfico de la mañana.
Sakura buscó a Itachi una hora más tarde y le encontró en el estudio de Sasuke.
Sasuke ya había dejado la casa, bramando a Marcel para que le adecentara antes de que partiera con mucho ruido hacia su club o a Whitehall, o dondequiera que hubiera ido. Sasuke nunca se molestaba en decírselo a nadie.
Itachi estaba sentado en la mesa, escribiendo, y no alzó la vista cuando Sakura entró. Su figura grande llenaba la silla, su kilt fluía sobre sus grandes piernas.
Al otro lado de la habitación, su ayuda de cámara, Curry, estaba estirado en un diván, roncando.
Itachi no alzó la vista cuando Sakura se acercó al escritorio. Su pluma continuó moviéndose, rápidamente, regularmente, sin cesar. Sakura vio cuando ella llegó a su lado que él no escribía palabras, sino series de números en largas columnas.
Él había cubierto ya dos hojas de estos números, y mientras Sakura miraba, Itachi terminó una tercera hoja y comenzó una cuarta.
—Itachi—, dijo Sakura. —Te pido perdón por interrumpirte…
Itachi siguió escribiendo, sus labios moviéndose mientras su mano llenaba la página.
— ¿Itachi?
Curry bostezó, quitó el brazo que tenia sobre sus ojos, y se sentó.
—Ríndase, su señoría. Cuando él comienza con los números, no se le puede hablar hasta que haya terminado. Son las secuencias de Fibrichi o algo así.
—Los números de Fibonacci—, Itachi le corrigió sin alzar la vista. —Es una secuencia de repetición, y las hago en mi cabeza.
Sakura empujó una silla hasta el escritorio.
—Itachi, necesito enormemente pedirte un favor.
Itachi escribió más números, la pluma moviéndose constantemente, sin pausa.
—Izumi no está aquí.
—Lo sé. Ella no podría ayudarme con esto de todos modos. Necesito el favor de ti.
Itachi levantó la vista, sus cejas uniéndose.
—Le he escrito a Izumi una carta, porque no está aquí—. Él habló con cuidado, un hombre que explica que lo obvio a aquellos demasiado lentos para seguirle.
—Le he contado que llegué sin peligro y que mi hermano sigue siendo un asno.
Sakura escondió su sonrisa ante la última declaración y tocó el papel.
— ¿Una carta? Pero todo esto son números.
—Lo sé.
Itachi mojó de nuevo su pluma, dobló la cabeza, y volvió a la escritura.
Sakura esperó, deseando que él terminara, alzara la vista otra vez, y se explicara, pero no lo hizo.
Curry aclaró su garganta.
—Perdóneme, su señoría. Cuando está de esta manera, usted no obtendrá mucho más de él.
Itachi no dejó de escribir.
—Cállate, Curry.
Curry se rió entre dientes.
—Excepto esto.
Sakura tomó una de las páginas terminadas.
Itachi había escrito los números del
principio al fin, con mano cuidadosa, cada dos, cinco y seis dibujado de manera idéntica a todos los otros dos, cinco y seis, las filas trazadas con exactitud a lo largo de la página.
— ¿Cómo sabrá Izumi lo que significan los números?— preguntó Sakura.
—No me descoloques las páginas, dijo Itachi sin alzar la vista. —Ella tiene la clave para descifrarlo al final.
Sakura deslizó el papel de vuelta a dónde ella lo encontró.
— ¿Pero por qué le escribes en código? Nadie leerá estas cartas, salvo Izumi y tú, seguramente—. Itachi dio a Sakura un vistazo rápido, sus ojos como un destello de onix. Sus labios se movieron nerviosamente en una de sus raras sonrisas, que desapareció cuando se inclinó sobre los números otra vez.
—A Izumi le gusta.
La sonrisa, la mirada, produjeron un tirón en el corazón de Sakura. Incluso en ese breve vistazo, había visto el gran amor en los ojos de Itachi, su determinación de terminar esta carta y enviársela a Izumi para que ella pudiera disfrutar al descifrarla.
Una manera de decirle dulces naderías que nadie más podría entender. Pensamientos privados, compartidos entre marido y esposa.
Sakura recordó el día que ella había conocido por primera vez a Itachi, cuando Sasuke la había llevado al sanatorio para verle.
Ella se había encontrado con un muchacho asustado, solo, todo brazos y piernas que eran demasiado grandes para su cuerpo, un Itachi enfurecido y frustrado porque no podía hacer que el mundo le entendiera.
Sasuke había estado asombrado de que Itachi realmente se hubiera dirigido a Sakura, y hasta la había dejado pasarle un brazo alrededor de sus hombros, brevemente. Increíble, porque Itachi odiaba ser tocado.
Aquel joven aterrorizado era muy diferente del hombre tranquilo que se sentaba aquí componiendo cartas para el deleite de su esposa.
Este Itachi podía encontrar los ojos de Sakura, aunque sólo fuera durante un momento, podía compartir con Sakura un secreto y sonreír sobre ello. El cambio en él, el profundo bienestar que la felicidad que le había otorgado, hizo tambalear su corazón.
También recordó el tiempo en el que Sasuke y ella habían creado un código secreto entre ellos.
Nada tan complicado como las secuencias de números de Itachi, pero
era un modo para que Sasuke le enviara a Sakura un mensaje cuando él estuviera demasiado ocupado para encontrarse con ella ese día.
En cualquier ciudad en la que ellos pudieran estar, él dejaría una flor por lo general de invernadero, en la esquina de un jardín donde no fuera vista por un transeúnte ocasional.
En Londres, sería en Hyde Park en un cierto cruce de caminos, o en el jardín que había en medio de Grosvenor Square, bajo el árbol más cercano al centro de éste.
Sasuke se había asegurado de darle a Sakura una llave de los jardines al
principio de su noviazgo.
En Edimburgo, su punto de reunión era el parque Hollywood. Sasuke podría haber enviado una nota, por supuesto, cuando él tuviera que cancelar una cita con ella, pero le dijo que le gustaba saber que había ido andando hasta el lugar en el que se habían citado y veía la señal, que él pensaba en ella.
Sakura se daba cuenta, por supuesto, de que él debía de haber enviado a alguien, un chico de los recados quizás, a dejar la rosa para ella, pero esto nunca había fallado en derretir su corazón.
Ella recogía la flor y la llevaba a casa, guardándola para recordarle hasta que se encontraran otra vez.
El encanto, pensó Sakura. Una manera de desarmar mi cólera siempre que tenía que anteponer los negocios. La pequeña flor con su significado oculto había calentado su corazón más de lo que cualquier nota compungida podría haber hecho, y él lo había sabido.
Incluso hoy día, en las raras ocasiones en que ella se encontraba en Edimburgo o Londres, iba a echar un vistazo a aquel punto en Hyde Park o Hollywood, todavía buscando una señal.
La punzada cuando no la encontraba siempre la sorprendía. Sakura se sentó durante un rato, dejando que el nudo en su garganta se deshiciera, mientras Itachi continuaba escribiendo, ajeno a sus pensamientos.
—No puedo ver tu clave—, dijo Sakura cuando pudo hablar otra vez. — ¿Cómo sabes qué números anotar?
Itachi se encogió de hombros.
—Los recuerdo.
Curry se rió entre dientes otra vez.
—No parezca tan asombrada, su señoría. Él tiene una mente como un perfecto engranaje, y conoce cada chasquido de la misma. Es bastante atemorizante a veces.
—Puedo oírte, Curry—, dijo Itachi, moviendo la pluma.
—Sí, y usted sabe que no miento sobre usted. Mejor pregúntele ahora, su señoría. Él estará aquí durante un rato.
Sakura cedió a la sabiduría de Curry.
—La cosa es, Itachi, que quiero que me ayudes a hacer algo, y no quiero que se lo digas a Sasuke. Debo pedirte que me prometas que lo mantendrás oculto. ¿Lo harás?
Itachi no dijo nada, se oía el raspar de su pluma en el silencio.
—Yo le diría que irá a preguntarle a usted lo que necesita—, dijo Curry. —Cuando él haya acabado con esto.
Sakura se levantó.
—Gracias, Curry. Pero ni una palabra a Su Gracia, por favor. Sasuke puede ser… bien, usted sabe cómo puede ser.
Curry se puso de pie y estiró su camisa. Aclaró su garganta.
—Un pequeño consejo, su señoría—, dijo. — Ruego me perdone, y usted también, su señoría—. Y volvió su mirada para fijarla en Sakura. —Su Gracia es un hombre duro, y se vuelve más duro con los años. Si llega a primer ministro, mierda, la victoria le hará duro como el acero. No creo que nadie fuera capaz de ablandarle entonces, ni siquiera usted, su señoría.
Los ojos oscuros de Curry encerraban la verdad. Él no era un criado finamente entrenado y enviado por una agencia, sino un carterista que Naruto había rescatado de las calles hace unos años.
A Curry se le permitía su rudeza y su franqueza porque cuidaba de Itachi con tanta ternura como un padre con un hijo.
Los hermanos creían que Itachi había sobrevivido en el sanatorio porque Naruto le había enviado a Curry.
Itachi finalmente dejó su pluma.
—Curry no quiere perder cuarenta guineas.
Sakura le miró fijamente.
— ¿Cuarenta guineas?
Curry se volvió rojo del color de los ladrillos y no contestó.
Itachi dijo,—La apuesta sobre que Sasuke se casará contigo. La hicimos en Ascot en junio. Curry apostó cuarenta guineas a que dirías que no. Hinata apostó veinte a que sí, y yo aposté treinta. Sai dijo que él apostaba treinta y cinco a que le patearías su trasero. Daniel dijo…
— ¡Para!— Las manos de Sakura subieron.
— ¿Me estás diciendo, Itachi Uchiha, que hay una apuesta dando vueltas, sobre si me casaré con Sasuke?
—Lo siento, su señoría—, dijo Curry. —Se suponía que usted no debería saberlo—.Él le lanzó a Itachi una mirada abrasadora.
Sakura cerró sus manos en puños.
— ¿Está Sasuke metido en esto?
—Su Gracia rehusó participar—, dijo Curry.
—Entonces me lo dijeron. Yo no estaba allí en el momento de la apuesta original. Entré en ella después, como, cuando esta circuló entre los criados. Pero lo que yo oí fue que Su Gracia mencionó la posibilidad de casarse, y que su nombre surgió entonces.
Sakura levantó la barbilla, su corazón palpitando.
— ¡Una absoluta tontería! Lo que hubo entre Sasuke y yo fue hace mucho. Está terminado.
Curry pareció confuso, pero no avergonzado. Lamentaba haber sido pillado, pero no lamentaba haber hecho la apuesta.
—Como usted diga, su señoría.
Sakura se dirigió hacia la puerta.
—Por favor avísame cuando hayas terminado, Itachi, y hablaremos entonces.
Itachi había vuelto a la escritura.
Si de casualidad la había oído, Sakura no podía estar segura. Curry hizo el arco perfecto de una reverencia de mayordomo para ella.
—Yo se lo diré, su señoría. Déjelo en mis manos.
—Gracias, Curry. Y procuraré que usted gane la apuesta—. Con otra sonrisa
deslumbrante al pequeño hombre, Sakura levantó su barbilla, salió del cuarto, y cerró la puerta con un chasquido decidido.
Maldito seas, Sasuke Uchiha, Sakura pensaba mientras caminaba dando
zancadas por la calle principal, la doncella que le habían adjudicado para cuidarla se apresuraba para no perder su estela.
Empezar una apuesta sobre si te casarás conmigo. Ella dedujo de la explicación de Curry que Sasuke había dejado caer el anuncio como una bomba explosiva y se había apartado para ver lo que sucedía.
Esto era tan propio de él.
Se detuvo y examinó un escaparate, tratando de calmar su respiración.
Había saltado del landó cerca de la avenida de St. Martin, ante la consternación de la doncella, esperando que un paseo enérgico calmara su carácter.
Esto no había funcionado totalmente.
Mientras miraba los relojes de segunda mano expuestos, las palabras exactas de Curry volvieron a ella Su Gracia mencionó la posibilidad de hacer un nuevo casamiento, y su nombre surgió.
Los hermanos Uchiha habían estado bastante seguros de que Sakura se
casaría con Sasuke cuando éste la cortejó por primera vez, y se habían alegrado cuando Sakura le había aceptado.
Ellos asimismo lo habían sentido
inmensamente cuando Sasuke y Sakura se habían separado, pero Sai y Naruto le habían dicho, en privado, que aunque estuvieran descontentos con su decisión, ellos la entendían completamente.
Sasuke era un matón arrogante y un idiota, y Sakura era un ángel por haberle aguantado durante tanto tiempo.
Quizás los hermanos habían tomado la suposición de Sasuke de que ya era tiempo de que se casara de nuevo como que él había puesto sus ojos en Sakura.
Ilusiones y altas esperanzas.
Sasuke, estaba segura, nunca había mencionado un nombre. Él habría tenido también cuidado con eso.
Tendría que interrogar a Ino exhaustivamente sobre ello.
Ino tenía mucho de lo que responder sobre esa apuesta, y también Hinata, la esposa de Naruto. Hinata era una de las más viejas amigas de Sakura, pero ni ella ni Ino se habían molestado en mencionar esa apuesta familiar a Sakura. Sakura siguió andando, su cólera disminuyó algo, pero no completamente.
Decidió apartar sus pensamientos preocupantes y concentrarse en lo que se traía entre manos. Había decidido seguir su idea de que las fotografías podrían haber sido encontradas en una tienda. La gente vendía fotografías todo el tiempo a
coleccionistas o entusiastas de la fotografía en privado o a través de las tiendas dedicadas a hacer fotos o a la venta de equipo fotográfico.
El barrio del Strand tenía varios sitios de estos.
Sakura decidió visitarlos mientras averiguaba, de manera sutil, si alguno de ellos había adquirido una completa colección de fotografías de Sasuke Uchiha como Dios lo trajo al mundo, y de ser así, a quien se las habían vendido.
Las dos primeras tiendas en las cuales Sakura entró no sabían nada, aunque encontró una fotografía de un paisaje que compró por dos peniques para poner en un pequeño marco sobre su escritorio.
Una campana tintineó cuando Sakura empujó al abrir la puerta de la tercera
tienda, que era polvorienta y estrecha.
Su criada, una joven escocesa llamada Maigdlin, se dejó caer en una silla nada más entrar por la puerta, suspirando de alivio.
Era un poco regordeta y desaprobaba el tener que andar por la calle cuando tenían un landó perfectamente bueno y práctico.
Parecía que Sakura era la única cliente de la tienda.
El símbolo en la ventana anunciaba que el propietario se especializaba en fotografías y otros objetos coleccionables de actores y aristócratas famosos. Cajas sobre cajas se apilaban sobre mesas largas, y Sakura comenzó pacientemente a mirarlas.
Los actores de escena eran populares aquí, con cajas enteras dedicadas a Sarah Bernhardt y Lillie Langtry. Las fotografías de los espectáculos itinerantes sobre Lejano Oeste se encontraban en una esquina, con Buffalo Bill, Cody y una serie de bailarinas y trozos de cuerda llenaban una caja, otras fotografías mostraban a los Indios de América de varias tribus con sus trajes exóticos.
Sakura encontró fotos de prominentes hombres ingleses en una mesa apoyada contra la pared más lejana, una antigua del Duque de Wellington con su característica nariz, bastantes del Sr. Gladstone y de Benjamin Disraeli ahora difunto.
Las fotografías de la Reina Victoria y del Príncipe consorte eran populares, junto con fotografías de la Princesa Real, del Príncipe de Gales, y de otros miembros de la gran familia de la Reina. Otra caja estaba llena de fotografías de La Gran Exposición.
Sakura encontró varias de Sasuke Uchiha, Duque de Kilmorgan, pero eran retratos formales.
Uno era bastante reciente, Sasuke, tan alto, permaneciendo de pie con su atuendo escocés completo, y el viejo Ben a sus pies. Otra era una imagen sólo de la parte superior, sus amplios hombros llenando el marco.
La última era de Sasuke sentado regiamente en una silla, su brazo apoyado en la mesa que había junto a él. Concentrando su mirada de águila fijamente en la cámara, sus ojos atrapando a cualquiera que le mirara.
— ¿El Duque de Kilmorgan, señorita? Es muy popular entre nuestros clientes.
Sakura brincó cuando un joven alto, y delgado como un junto con una cara
puntiaguda y ojos oscuros miró las fotografías en su mano.
Ella no pudo menos que notar que su mirada se deslizó a la curva de su blusa y se entretuvo allí. Sakura dio un paso a un lado.
—Usted no tiene muchas de él.
—Porque sus fotografías se venden tan rápido como las conseguimos. Las señoritas le encuentran guapo.
Por supuesto que lo hacían. ¿Cómo podrían no hacerlo? Incluso su rígida postura no estropeaba el atractivo de Sasuke Uchiha.
—Tengo otras si usted quiere verlas—. El dependiente le hizo un guiñó.—Fotografías más discretas, como se dice. Al estilo francés.
El corazón de Sakura golpeó más rápido.
El vendedor era un poco repulsivo, pero Sakura no podía permitirse el no comprobar lo que él tenía.
Ella tiró del velo de su sombrero sobre sus ojos y trató de parecer tímida.
—Quizás debería echarles un vistazo.
—En la trastienda—. El empleado hizo gestos hacia una entrada detrás de una cortina. —Por este camino, señorita.
Sakura miró el pesado paño aterciopelado que bloqueaba toda la visión del cuarto trasero.
— ¿No puede traerme las fotografías aquí?
—Lo lamento, señorita. El encargado pediría mi cabeza. Él vende esas cosas, pero permanecen en la trastienda.
Él mantuvo su brazo detrás, señalando la cortina. Sakura soltó un suspiro.
Necesitaba saber.
—Muy bien. Adelante.
El comerciante sonrió abiertamente, colocándose en la entrada, y sosteniendo la cortina para ella.
Sakura hizo un gesto a la doncella para que se quedara donde estaba y entró en el cuarto trasero, tratando de no estornudar por el polvo cuando el vendedor dejó caer la cortina.
La estrecha habitación parecía inofensiva, nada más que un revoltijo de mesas y cajas y mucho polvo.
Sakura intentó, y falló, en detener otro estornudo.
—Lo siento, señorita. Aquí están.
El vendedor tiró de una caja de cartón del fondo de una pila desordenada y abrió la tapa. Dentro había un montón de fotografías, todas de Sasuke, mostrando mucha piel.
Sakura sacudió la caja, dispersando las fotografías por el fondo y contó
aproximadamente una docena.
Sakura alzó la vista y se encontró al empleado de pie a una pulgada de ella.
Él respiraba con fuerza, su cara transpirando.
— ¿Hay alguna más?— Ella le preguntó en un tono serio.
—No, señorita, esto es todo.
— ¿Tenía usted más antes? ¿Quiero decir, ha comprado alguien más algunas otras?
El empleado se encogió de hombros.
—No lo creo. El encargado compró éstas hace un tiempo.
— ¿Quién se las vendió a él?— Sakura trató de ocultar el entusiasmo de su voz, no queriendo despertar sus sospechas. O despertar algo más en cualquier caso.
—No lo sé. Yo no estaba aquí entonces.
Por supuesto que no. Eso habría significado demasiada ayuda.
Por qué nadie había encontrado o comprado éstas desde que llegaron se explicaba por el caos del cuarto.
Las fotografías habrían sido difíciles de encontrar por casualidad en este revoltijo, y si el propietario rechazaba llevarlas a la parte delantera, una persona tendría que pedirlas expresamente.
—Me las llevaré todas—, dijo Sakura. —Éstas y las tres que encontré en el frente. ¿Cuánto?
—Una Guinea por el lote.
Sus ojos se ensancharon.
— ¿Una Guinea?—
—Usted lo ha dicho, Su Gracia el Duque de Kilmorgan es popular. Ahora si pudiera encontrar algo del Príncipe de Gales en cueros, podría financiar mi retiro—. Él se rió entre dientes.
—Muy bien. Una Guinea—. Sasuke había comenzado a darle un salario como mecanógrafa, pero le devolvería lo que pagara por esto.
El empleado alcanzó la caja.
—Lo envolveré para usted.
Sakura de mala gana puso la caja en sus manos y permaneció allí mientras él doblaba el papel de embalaje alrededor de ella y la aseguró con hilo de bramante.
Ella tomó el paquete que le dio y se dirigió hacia la cortina, pero el empleado se paró delante de ella.
—La tienda se cierra para el té, señorita—. Su mirada fija erró abajo por su blusa remilgadamente abrochada. —Quizás usted podría quedarse y compartirlo conmigo. Podríamos mirar más fotografías juntos.
Clarísimamente que no. Sakura le dedicó una sonrisa brillante como el sol.
—Una oferta muy amable, pero, no. Tengo muchas diligencias de las que ocuparme.
Él puso su brazo a través de la cortina que hacía de puerta.
—Piense en ello, señorita.
El brazo del empleado era delgado, pero Sakura sintió una fuerza nervuda en este joven. Ella era muy consciente de que sólo Maigdlin y ella estaban en la tienda, consciente que había ido voluntariamente sola en el cuarto trasero con él.
Si Sakura gritaba pidiendo ayuda, los transeúntes probablemente la condenarían mientras la ayudaban.
Pero durante años, Sakura había tratado con los avances inadecuados de caballeros que pensaban jugar con ella.
Después de todo, ella había estado
prometida con el célebre Sasuke Uchiha y después de eso se había retirado a su casa para cuidar de su padre, sin pensar en casarse jamás con más.
¿La había arruinado Uchiha? No pocas personas especularon con esto. De vez en cuando, un caballero hacía todo lo posible por averiguarlo.
Sakura sonrió al vendedor, poniendo su mejor expresión inocente. Él comenzó a inclinarse sobre ella, frunciendo los labios de un modo ridículo. Hasta cerró los ojos, el tonto.
Sakura se coló bajo su brazo que olía a sudor añejo, colándose fuera de la
entrada, y dejando caer de golpe la pesada cortina aterciopelada sobre él.
El empleado gritó y luchó contra los pliegues polvorientos. Cuando por fin consiguió desenmarañarse, Sakura había dejado sus monedas sobre el mostrador y se dirigía a la puerta principal.
—Venga, Maigdlin—, dijo mientras se apresuraba hacia la calle. —Iremos a tomar un poco de té.
—Mi nombre es Mary, milady—, dijo la criada, jadeando detrás de ella. —El ama de llaves debería habérselo dicho.
Sakura impuso un paso enérgico mientras se dirigía al oeste del Strand.
—No, no lo es, es Maigdlin Harper. Conozco a tu madre.
—Pero la Sra. Mayhew dice que yo debería responder por Mary. Así los ingleses pueden pronunciarlo.
—Una absoluta tontería. Tu nombre es Tu nombre, y no es inglés. Hablaré con la Sra. Mayhew.
La mirada desaprobadora de la criada se ablandó.
—Sí, milady.
—Ahora, vamos a ver si conseguimos un poco de té y bocadillos. Y montones de pasteles. Su Gracia pagará todo esto, y tengo la intención de divertirme.
La casa en High Holborn parecía la misma que la noche en que Mei Terumi había muerto, la noche que Sasuke se había marchado de allí para siempre.
La casa se alquilaba, pero nadie la había alquilado esta Temporada, quizás porque estaba demasiado alejada de los barrios de moda para el alquiler que Sasuke pedía.
O tal vez él lo había puesto tan alto porque realmente no quería a nadie allí. La casa debería permanecer vacía hasta que sus fantasmas murieran.
Sasuke le dijo a su cochero que volviera a por él en una hora. El coche se alejó retumbando en los adoquines, y Sasuke abrió la puerta principal con su llave.
Se encontró con el silencio. Y el vacío. Los cuartos de abajo habían sido vaciados de mobiliario, excepto por una pieza suelta o dos. El polvo colgaba en el aire, el frío era pesado.
No habría querido volver allí. Pero la aseveración de Sakura que una pista sobre las fotografías podría encontrarse en la casa tenía sentido. Y Sasuke no confiaba en ninguno de sus empleados lo bastante para confiarles el tema de las fotografías, y de seguro que no quería a Sakura allí, por eso había venido él mismo.
Mientras subía la escalera que había subido corriendo ligeramente cuando era un hombre más joven, creyó oír susurros de risas, el tintineo del whisky, las voces profundas de sus amigos de sexo masculino, y la charla en tono más agudo de las damas.
La casa había sido al principio un nido para Mei Terumi, cuando Sasuke había estado orgulloso de tener sólo veinte años y haber conseguido atrapar tal amante.
La casa se había convertido entonces en su refugio. Aquí, Sasuke había sido el jefe, su brutal padre quedaba lejos de ahí. El viejo Duque nunca había sabido de la existencia de este lugar.
La casa también se había convertido en un punto de contacto durante la creciente carrera política de Sasuke. Sasuke había celebrado reuniones aquí en las cuales importantes alianzas habían sido formadas y consolidado proyectos, lo que había desembocado en que Sasuke estuviera ahora a la cabeza de su partido de coalición.
Aquí, Sasuke había celebrado su primera elección a la Cámara de los Comunes en la edad temprana de veintidós, poco dispuesto a esperar hasta que heredara su escaño en la Cámara de los Lores para comenzar a decirle al Parlamento qué hacer.
Aquí, también, Mei Terumi había vivido para complacer a Sasuke. Cuando los
amigos de Sasuke se habían ido, y él y la Sra. Terumi estaban solos, Sasuke había explorado el lado más oscuro de sus necesidades. Él no había tenido miedo de experimentar, y Mei no había tenido miedo al dejarle.
Mei al principio había supuesto que Sasuke, todavía en la universidad, era
demasiado joven e inexperto para impedirle extraviarse con cualquier caballero al que ella deseara.
Pero cuando Sasuke descubrió sus transgresiones, Mei por primera vez había visto a Sasuke cambiar del sonriente y pícaro diablillo al hombre duro y controlador en el que se convertiría.
Sasuke la había mirado a los ojos y había dicho,—Estás conmigo, y con ningún otro, da igual si te visito cada noche o una vez al año. Si no puedes obedecer esta simple restricción, entonces te irás, y anunciaré la vacante de tu posición.
Él recordó la reacción de Mei, primero irritación, luego sorpresa, después
sobresalto cuando se dio cuenta de lo que él quería decir. Ella se había humillado, había pedido su perdón, y Sasuke se había tomado su tiempo sobre concedérselo o no.
Mei podría ser la más mayor en la pareja, pero Sasuke ostentaba el poder. Mei nunca debía olvidar esto. Más adelante, cuando Mei había sentido que Sasuke estaba aburrido y nervioso, había hecho venir a otras damas para mantenerle entretenido. Algo, Sasuke se daba cuenta ahora, que había hecho para impedirle que la abandonara.
Sasuke alcanzó la primera planta de la casa, los dedos deslizándose por el pasamanos.
El día que Mei había arruinado sus esponsales con Sakura, Sasuke había dejado la casa y nunca había vivido allí otra vez. Él se la había vendido a
Mei, a través de su hombre de negocios, diciéndole que podía hacer lo que quisiera con el lugar. Mei lo había convertido en un prostíbulo exclusivo que sólo aceptaba la mejor clientela, y había hecho muy buen uso de ella.
Sasuke había vuelto por primera vez cinco años más tarde, directamente después de la muerte de Shizune, buscando refugio para su pena.
Sasuke anduvo por el pasillo hacia el dormitorio donde una de las muchachas de Mei había muerto, sus pasos poco dispuestos. Detrás de aquella puerta, había encontrado a Itachi dormido y manchado con la sangre de la joven.
Recordó su terror que secaba su boca, su miedo a que Itachi hubiera cometido el asesinato.
Sasuke había hecho todo lo que estaba en su poder para proteger a Itachi de la policía, pero había dejado a su miedo arraigarse profundamente y cegarle durante años respecto a lo que realmente había pasado en aquel dormitorio.
Él no debería haber venido aquí. La casa contenía demasiados recuerdos.
Sasuke abrió la puerta del dormitorio, y se detuvo. Itachi Uchiha permanecía de pie en medio de la alfombra, mirando fijamente al techo, que había sido pintado con ninfas y dioses haciendo cabriolas.
Un espejo estaba colgado en el techo, directamente sobre el lugar donde la cama solía estar.
Itachi miró arriba al espejo, estudiando su propia reflexión. Él debía haber oído a Sasuke entrar, porque dijo,—Odio este cuarto—.
— ¿Entonces por qué diablos estás en él?
— preguntó Sasuke.
Itachi no contestó directamente, pero Itachi nunca lo hacía.
—Ella hizo daño a mi Izumi.
Sasuke anduvo por el cuarto y se atrevió a poner su mano sobre el hombro de su hermano.
Recordó cómo se encontró a Mei con Izumi, Izumi estaba apenas viva.
Mei, muriéndose, le había dicho a Sasuke lo que había hecho, y que ella había hecho todo esto por él, Sasuke. La declaración todavía le dejaba un gusto amargo en su boca.
—Lo siento, Itachi—, dijo Sasuke. —Sabes que es así.
El contacto visual todavía era un poco difícil para Itachi con cualquiera, excepto Izumi, pero Itachi tomó su mirada fija del espejo y la dirigió a Sasuke.
Sasuke vio en los ojos de Itachi miedo al recordarlo, preocupación, y angustia. Ellos casi habían perdido a Izumi esa noche.
Sasuke apretó el hombro de Itachi.
—Pero Izumi está bien ahora. Ella está en tu casa en Escocia, sana y salva. Con tu hijo y ese bebé que es su hermanita—. Isabella Elizabeth Uchiha había nacido a finales del verano pasado. Ellos la llamaban su Belle.
Itachi se soltó de la mano de Sasuke.
—Jamie anda por todas partes ahora. Y ya
habla. Sabe tantas palabras. No es como yo—. Su voz resonó con orgullo.
— ¿Por qué entonces no estás en Escocia con tu querida esposa y los niños?—preguntó Sasuke.
La mirada fija de Itachi fue a la deriva al techo otra vez.
—Izumi creyó que yo debería venir.
— ¿Por qué? ¿Por qué Sakura estaba aquí?
—Sí.
Dios Santo, esta familia.
—Apuesto que Sai corrió para enviarle a Izumi un cable tan pronto como Sakura apareció—, dijo Sasuke.
Itachi no contestó, pero Sasuke sabía la verdad que había en ello.
— ¿Pero por qué has venido aquí, hoy?— Sasuke continuó. —A esta casa, quiero decir— Itachi se sentía a veces empujado hacia sitios que le habían asustado o le habían afectado, como el estudio privado de su padre en Kilmorgan, donde había sido testigo de cómo su padre mataba a su madre en un ataque de rabia.
Después de la liberación de Itachi del sanatorio, Sasuke le había encontrado en aquel cuarto muchas veces, Itachi se acurrucaba detrás del escritorio donde se había escondido aquel día profético.
Itachi mantuvo su mirada fija en el espejo como si este le fascinara.
Sasuke también recordaba que, como Itachi tenía el problema con las mentiras, había aprendido a ser muy bueno en simplemente no contestar a las preguntas.
Ah, maldito infierno.
—Itachi—, Sasuke dijo, su rabia hirviendo con la fuerza de una pesadilla. —Dime que no la has traído aquí.
Itachi finalmente apartó la mirada del espejo, pero nunca miró a Sasuke.
Él vagó con la mirada a través del cuarto, a la ventana y miró detenidamente a la niebla, dando la espalda firmemente a su hermano.
Sasuke se apartó y anduvo a zancadas hacia el pasillo. Ahuecó sus manos alrededor de su boca y gritó.
— ¡Sakura!
La historia pertenece a la autora Jennifer Ashley
Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto
