Disclaimer: Twilight le pertenece a Stephenie Meyer, la historia es de LozzofLondon, la traducción es mía con el debido permiso de la autora.

Disclaimer: Twilight is property of Stephenie Meyer, this story is from LozzofLondon, I'm just translating with the permission of the author.

Capítulo beteado por Yanina Barboza

Grupo en Facebook: Tradúceme un Fic


En algún momento durante la noche, Edward y yo subimos las escaleras en una maraña de miembros, ignorando el desorden de papel de regalo y regalos que quedaron a nuestro paso.

Dormir junto a él, en mi cama, es un consuelo que nunca supe que necesitaba. Su cuerpo yace perfectamente paralelo al mío, su pecho desnudo está pegado a mi espalda, sus fuertes brazos me rodean con fuerza, sujetándome contra su cuerpo.

Cada vez que me despierto, su respiración cálida y constante contra mi cuello me arrulla de nuevo en un sueño profundo y sin sueños.

Ahora que he experimentado esto, sentir su cuerpo sólido y desnudo envuelto de manera segura alrededor del mío, no sé cómo encontraré la paz en el sueño sin él.

—Necesito irme.

Su voz suave y profunda, ronca a primera hora, recién salida del sueño, me despierta prendiendo fuego a mi cuerpo. De repente estoy envuelta en las llamas de la necesidad, y envuelvo mis piernas alrededor de su cintura, sosteniéndolo contra mí mientras trata de trepar por mi cuerpo y dejar la cálida cama. Todavía no puedo abrir los ojos, es demasiado pronto.

—Bella —gime en mi oído, mi nombre es una advertencia silenciosa, pero al mismo tiempo, baja las caderas y siento la punta de él justo donde lo anhelo. Está listo y yo estoy más que dispuesta.

Rápidamente decido que esta es la mejor manera de despertar.

—Necesito ducharme y llegar al hospital —indica, pero ya no intenta alejarse.

Un ruido, peligrosamente cercano a un gemido, se escapa de mis labios y casi me avergüenzo de mí. Estoy bastante segura de que estoy haciendo pucheros.

—No quiero que te vayas… todavía no —me las arreglo para susurrar, finalmente abriendo los ojos para verlo, pero sin soltar el agarre que tengo sobre él.

De acuerdo, a primera hora de la mañana, al despertar, Edward es la cosa más hermosa que he visto en mi vida. Sus ojos verdes brillan intensamente en la tenue luz, observándome fijamente, más verde botella que su habitual esmeralda. Su rostro está tan cerca del mío, flotando sobre mí. Su cabello es un desastre maníaco y delicioso, y mi mente recuerda instantáneamente la cantidad de tiempo que pasé con mis manos enterradas profundamente en él anoche, jalando de su cabello. Su barba incipiente es un poco más oscura y espesa contra su rostro cincelado. Es todo hombre, tan perfecto y diabólicamente masculino, y no hay forma de que lo deje ir ahora que tengo los ojos abiertos.

—Hospital, hospital —bromeo, acercando su cara a la mía. Él se ríe pero no discute, dejando caer la cabeza para que nuestras bocas se encuentren. Por lo general, el aliento matutino me disuadía de besar así tan temprano en la mañana, pero en este momento, no podría importarme menos. Parece que a él tampoco por cómo se siente y el sonido que hace.

—¿Qué harás mañana en la noche? —pregunta, rompiendo nuestro casto beso.

Inclinando la cabeza, negándome a dejar de mirarlo a la cara, me encojo de hombros.

—Nada, ¿por qué?

—Le prometí a Arch que lo llevaría al mercado navideño en Port Angeles. ¿Vienes con nosotros?

Muerdo mi labio, tratando de no dejar que mi felicidad brille demasiado. Mantente tranquila, Bella.

—Sí. —Asiento con la cabeza—. Me encantaría eso.

Su cabeza se inclina y me besa de nuevo rápidamente antes de rodar su cuerpo sin ceremonias en el suelo. Me río, echando la cabeza hacia atrás mientras él aterriza en un montón de sábanas enredadas con un "auch".

Me muerdo los labios, luchando contra una sonrisa mientras me muevo para poder mirar por encima del borde de la cama hacia el suelo, donde él yace desparramado y gloriosamente desnudo en mi suelo.

—Mi ropa está abajo, ¿no? —Entrecierra los ojos en broma, mirándome. Asiento, todavía tratando de no reírme. El aire frío contra mi cuerpo me hace temblar, pero mi edredón está actualmente enredado alrededor de Edward en el suelo, y es un espectáculo para la vista.

—¿Puedo prepararte un café antes de que te vayas? —pregunto, tratando de controlar cada segundo que tengo con él desde ahora hasta mañana por la noche.

Gime y se sienta, sonriéndome con picardía.

—¿Cásate conmigo?

Echo la cabeza hacia atrás y me río. No puedo evitarlo.

—Qué fácil es complacerte —bromeo, inclinándome sobre el borde de la cama para agarrar las sábanas en las que Edward todavía está sentado—. Necesito estas.

Resoplando, se pone de pie, y no puedo evitar arrastrar mis ojos sobre cada centímetro de él, cada centímetro gloriosamente desnudo, desde sus pies hasta su cabeza. Cuando finalmente llego a su cara, está sonriendo con satisfacción, con una ceja levantada en interrogación.

—Cállate —le advierto, sonrojándome.

—No dije nada. —Se ríe, se pasa una mano por el cabello y mira a su alrededor. Lo que sea que esté buscando, claramente no lo encuentra, y antes de que pueda parpadear, ha salido de la habitación y lo escucho bajar las escaleras.

Después de unos minutos, lo escucho abrir la puerta principal antes de gritarme.

—¡Vuelvo enseguida!

—Estaré esperando —le grito en respuesta, sin saber si él me escuchó o no.

Cuando el sonido de la puerta cerrándose detrás de él me alcanza, salto de la cama y corro hacia el baño contiguo. Agarrando mi cepillo de dientes, me miro en el espejo y pongo los ojos en blanco. ¡Qué chica! Mi rostro está sonrojado, mis ojos brillantes, mi cabello es un desastre y, sobre todo, no puedo borrar la sonrisa radiante de mi rostro.

¿Qué diablos voy a hacer conmigo misma entre ahora y mañana por la noche?

Me ducho y me visto en un tiempo récord antes de correr escaleras abajo para encender la cafetera. Mientras se prepara, empiezo a ordenar las montañas de regalos y envoltorios, maldiciéndome por ser tan desordenada.

Cuando Edward toca, no pierdo tiempo en abrir la puerta y llevarlo a la cocina. Tengo una taza de café de bambú de repuesto que lleno con café recién hecho, aseguro la tapa en la parte superior y se la entrego. Me mira en silencio mientras preparo su café, y aunque trato de no dejar que se vea, todo mi cuerpo se estremece de anticipación bajo su mirada.

—Eres increíble. ¿Te lo he dicho? —pregunta, tomando el café de mi mano extendida.

—No, no lo has hecho. Pero está bien. Lo sé. —Le guiño un ojo, mirándolo mientras se aleja.

—¿Te recogeré mañana? —pregunta, caminando hacia atrás hacia mi puerta, sin girarse.

Frunzo los labios y asiento, tratando de ocultar la amplia sonrisa que está tratando de liberarse.

—Está bien. —Sonríe, finalmente llega a la puerta y se gira para abrirla—. Gracias por el café. —Su sonrisa es presumida y pongo los ojos en blanco, riendo a carcajadas.

—¡De nada! —grito mientras cierra la puerta.

Mordiéndome el labio, me doy la vuelta para apoyar la espalda contra el mostrador y, como soy una chica, me permito cinco segundos para chillar y emocionarme, sintiéndome extasiada y muy feliz.

Jacob me envía un mensaje de texto el sábado por la mañana, preguntándome si estoy libre esa noche. No pierdo tiempo diciéndole que no lo estoy, sin pensar en ello, pero asegurándole que ponernos al día con un café el domingo por la tarde suena perfecto. Ha pasado mucho tiempo desde que mis fines de semana se consumieron con planes con amigos, y me encanta cada segundo.

Cuando suena el timbre de la puerta temprano el sábado por la noche, estoy lista para irme, haciendo todo lo posible por actuar con calma, como si no hubiera estado sentada en mi sofá durante los últimos treinta minutos esperando.

—¡Guenas noches! —saluda Archie con entusiasmo y en voz alta mientras abro la puerta. Me río cuando Edward se encoge por su volumen.

—¡Hola, chico! —devuelvo su saludo con la misma fuerza—. ¿Entusiasmado?

—¡Síp!

Me las arreglo para meter todo lo que necesito en los bolsillos de mi abrigo, aunque no estoy segura de cómo saludar a Edward frente a Archie. Tengo tantas ganas de besarlo, pero camino con cuidado, sonriéndole seductoramente, mordiéndome el labio por si acaso. Cuando gime, me río entre dientes, empujándolo ligeramente con mi hombro mientras Archie toma mi mano y me arrastra por los escalones del porche hacia el auto.

—Eres un gran partido, Edward Cullen —digo, señalando el calor que sopla por las rejillas de ventilación dentro del auto. Es obvio que se aseguró de que el auto esté lo suficientemente caliente antes de que Archie y yo entremos, y esa comprensión me calienta tanto como el asiento con calefacción.

—No puedo permitir que mis dos personas favoritas se quejen todo el camino —bromea, asegurándose de que Archie esté seguro.

—Bell es mi favoita —declara Archie mientras Edward cierra la puerta y se coloca en el asiento del conductor.

—Gracias, amigo —replica inexpresivamente, y me río.

—Tú también eres mi favorito, Arch. —Me giro para decirle al chico que se ríe en el asiento trasero.

—Ustedes dos... —Edward se gira para mirarnos a los dos, señalando hacia la casa, con los ojos entrecerrados—. ¿Quieren que me vaya?

—¡No! —exclama Archie, e instantáneamente, Edward me mira con aire de suficiencia—. Te necesitamos... para comprar cococoooa caliente.

Me río a carcajadas cuando la cara de Edward decae, y frunce el ceño, haciendo retroceder el auto fuera del camino de entrada.

—Imagina eso —se queja, y me acerco para frotar su brazo discretamente, aunque todavía me estoy riendo.

—Yo también te necesito —le susurro, dejando que mi mano caiga sobre su muslo cubierto de mezclilla, que se siente tan fuerte bajo mi toque, y ahora mi mente está imaginando cosas sucias—, para otras cosas.

Sus ojos se entrecierran una vez más, y se mueve un poco en su asiento, aclarándose la garganta. No se me escapa cuando se lame los labios y respira hondo por la nariz.

Todo el viaje a Port Angeles lo pasamos escuchando a Archie hablar animadamente sobre la Navidad y las galletas, y sobre cuál de las mamás de sus amigos hace el mejor pan de jengibre. Edward y yo hablamos cuando se supone que debemos hacerlo y le hacemos todas las preguntas correctas mientras Archie señala con entusiasmo las casas decoradas y cambia de tema cada vez que algo más llama su atención, lo cual es frecuente.

Mientras dejamos el calor del auto, me estremezco y envuelvo mi bufanda alrededor de mi cuello con más fuerza mientras Edward le dice a Archie que nunca suelte su mano.

Sonrío ampliamente mientras rodean el auto para unirse a mí. Archie está tan envuelto en gruesa ropa de invierno que tiene que levantar la barbilla para hablar por encima de su gruesa bufanda, y sus manitas enguantadas rascan el gorro de lana que cubre su despeinado cabello. Cuando se acerca para tomar mi mano en la suya libre, estoy tan desconcertada por el gesto que casi me caigo de bruces, encogiéndome mientras miro hacia Edward.

Su rostro hermoso y sin barba se ve desgarrado mientras mira la mano de Archie y la mía, y me pregunto por un segundo si me estoy sobrepasando, pero tan rápido como aparece la mirada confusa, se ha ido, y él me mira, sonriendo amablemente y mucho más relajado en su comportamiento cuando cruzamos la calle.

El mercado navideño está lleno, rebosante de espíritu festivo y familias alegres. Los dulces olores del chocolate caliente y el azúcar flotan perezosamente en el aire, calentándome de la cabeza a los pies como un abrazo navideño. La música navideña suena a través de parlantes ocultos y las luces multicolores brillan contra el fondo oscuro y los puestos del mercado.

La sonrisa en mi rostro nunca vacila cuando Archie tira de nuestras manos, atrayendo nuestro enfoque hacia todo lo que llama su atención, sus pies saltando emocionados entre nosotros, haciendo que Edward y yo riamos mientras lo dejamos arrastrarnos.

—Voy a robarte a tu hijo —le digo mientras hacemos fila para tomar un chocolate caliente.

—Somos un par, desafortunadamente para ti —bromea, guiñando un ojo.

Suspiro exageradamente y pongo los ojos en blanco.

—En ese caso, he cambiado de opinión.

Sus cejas se elevan mientras me mira, sonriendo.

—¿Ah, de verdad?

Tarareo, y por un momento, no hacemos nada más que mirarnos el uno al otro por encima de la cabeza de Archie, ninguno de nosotros rompe la conexión hasta que Archie tira de mi mano y aleja mi atención de su glorioso padre.

Agachándome, le pellizco la nariz teñida de rojo y le pregunto qué pasa.

—No puedo ver —comenta, haciendo pucheros, mirando las piernas que lo rodean—. Tienes que levantarme.

Riendo, no pierdo el ritmo y lo balanceo en el aire, riéndome de sus risitas mientras envuelve sus piernas alrededor de mi cintura. Edward me mira a los ojos, arqueando una ceja en pregunta.

—¿Esta bien? —inquiero, asintiendo con la cabeza en dirección a Archie mientras envuelvo mis brazos alrededor de él para mantenerlo seguro. Él sonríe ampliamente y asiente suavemente, dando un paso más cerca, jalándome hacia su costado y dejando que su mano descanse en la parte baja de mi espalda. Incluso a través de las gruesas capas de ropa, el calor de su mano es envolvente y provocador.

—Más que bien —susurra en mi oído mientras Archie continúa hablando apresurada y exuberantemente a nadie en particular—. He estado esperando una excusa para acercarme a ti toda la noche. —Su aliento contra mi oreja, sus labios sobre mi piel, me dan ganas de gemir, lo cual sería inapropiado mientras sostengo a Archie, así que en cambio, me inclino un poco más hacia él, su pecho contra mi hombro, ambos creando un capullo alrededor de Archie—. Aunque él es pesado.

—Está bien. —Guiño, avanzando un poco con la multitud.

Es una de las mejores noches que he tenido en mucho tiempo. Durante horas, reímos y bailamos con cursis canciones navideñas; comemos y bebemos hasta que nos enfermamos; y Edward y yo nos paramos, tomados del brazo, mientras vemos a Archie en los paseos festivos. Compro pequeños y estúpidos adornos festivos, y aunque hace mucho frío, la calidez de los tres haciendo actividades navideñas tan clásicas juntos hace que nos olvidemos del frío penetrante en el aire.

Edward siempre está cerca: pequeños toques fugaces, sonrisas rápidas compartidas solo entre nosotros, palabras susurradas en mi oído mientras Archie salta entre nosotros, mordiscos furtivos de mis churros de canela y frotamientos burlones contra mi cuerpo mientras somos tragados por la multitud.

Para cuando regresamos al coche, soy un desastre cachondo y jadeante a pesar del frío. Nada puede calmarme y Edward sabe exactamente lo que me está haciendo.

—Serás mi muerte —gruño en voz baja mientras él entra al auto, riendo, sin siquiera molestarse en negar sus sutiles atenciones.

Mira rápidamente por encima del hombro a su hijo dormido y no dice nada mientras enciende el coche.

Tan pronto como estamos en el camino, su mano se encuentra con mi muslo y presiono mis piernas juntas, atrapando sus dedos, lo que solo hace que su sonrisa se ensanche.

—Quédate con nosotros esta noche —pide, tomándome por sorpresa. Mis ojos se abren y giro mi cabeza bruscamente en su dirección. No me mira, su sonrisa es pequeña y bastante nerviosa mientras mantiene sus ojos enfocados en el camino por delante.

—¿Como... de la noche a la mañana? —pregunto sin aliento, mi voz apenas audible.

Sus labios se fruncen mientras asiente una vez, parpadeando lentamente.

Estoy bastante segura de que puede escuchar los latidos erráticos de mi corazón, incluso por encima del zumbido de la radio.

—Pero... —Miro por encima del hombro a Archie antes de girarme hacia Edward.

—¿Bella?

—¿Mmm?

Tomando una respiración profunda, aprieta un poco mi muslo en un gesto reconfortante que solo logra excitarme más. Sus dedos están tan cerca de donde más lo anhelo.

—Realmente, realmente me gustas —me dice, sin dejar de prestar atención a la carretera—, y me gusta pensar, ya sea que decidamos tomar esto muy lentamente o ir al ritmo que consideremos correcto, que estarás en mi vida durante mucho tiempo y, por lo tanto, también estarás en la de Archie. —Lentamente, trazo sus dedos con los míos, tratando de calmar mi corazón y relajarme—. Ya sea que esperemos, si le decimos y lo hacemos obvio, o si decidimos simplemente... dejar que se desarrolle y hacerlo paso a paso, a medida que suceda, él lo descubrirá y... difícilmente se enojará si empiezas a pasar más tiempo con nosotros.

Sonrío, muerdo mi labio y cubro su mano con la mía. Pero no ha terminado de hablar.

»Sé que no nos conocemos tan bien, y sé que aún son los primeros días, pero... no quiero ocultar el hecho de que estamos saliendo, no de nuestros amigos, no de nuestras familias, y no de Archie.

Solo me mira brevemente mientras habla, moviendo sus ojos en mi dirección por una fracción de segundo para medir mi reacción, antes de volver a concentrarse en conducir.

Es tan dolorosamente hermoso, incluso más cuando está nervioso. Lo miro de cerca: su mandíbula sin barba se flexiona mientras habla, sus ojos esmeralda brillando intensamente en la tenue iluminación del auto, sus pestañas que abanican su rostro mientras parpadea, su cabello ondeando suavemente en el calor que fluye de las rejillas de ventilación, y la estructura angular de su rostro. Incluso envuelto en capas de ropa de invierno, es impresionante, y no puedo evitar preguntarme cómo tuve tanta suerte. Lo suficientemente afortunada de que este hombre etéreo y su adorable hijo me quieran y quieran pasar tiempo conmigo. Lo suficientemente afortunada de mudarme justo al lado de dos chicos que, sin perder el ritmo, me han robado el corazón y se niegan a dejarlo ir. Buen Dios, no quiero que lo hagan. Nunca.

—Está bien —murmuro nerviosamente. Gira la cabeza para mirarme y la sonrisa que se apodera de su rostro lo consume todo, y sé en ese momento, en este momento, que me estoy enamorando perdidamente de Edward, y no hay nada que pueda hacer al respecto. No hay nada que quiera hacer al respecto.

Estoy perdida.

¿La gente se enamora tan rápido? ¿Es posible? Porque viendo a Edward, sosteniendo su mano en la mía mientras conduce, y su hijo durmiendo profundamente detrás de nosotros, no puedo evitar pensar que es posible. Está sucediendo y soy incapaz de detenerlo.

Quizás este sea mi milagro navideño.


Qué linda salida en familia, todos pasaron un agradable momento, disfrutando de la época navideña y de la buena compañía. Y la petición de Edward y la decisión de no esconderle nada a Archie... *suspira soñadoramente*