Disclaimer: Twilight le pertenece a Stephenie Meyer, la historia es de LozzofLondon, la traducción es mía con el debido permiso de la autora.

Disclaimer: Twilight is property of Stephenie Meyer, this story is from LozzofLondon, I'm just translating with the permission of the author.

Capítulo beteado por Yanina Barboza

Grupo en Facebook: Tradúceme un Fic


—Solo voy a llevarlo arriba —me dice Edward cuando entramos a su casa.

Me dirijo a la sala de estar, enciendo la luz a medida que avanzo, y sonrío al fuego que se está apagando y al guardia festivo que se sienta frente a las escasas llamas.

La casa es cálida, tanto en su sensación como en su ambiente. Está tan claro que Archie vive aquí: sus juguetes están esparcidos sin rumbo fijo, su mochila tirada junto a la puerta de la cocina y fotos de él abarcan las paredes.

No puedo evitar verlas todas, estudiándolas de cerca. Los Cullen son realmente una familia hermosa, y sonrío mientras aprecio cada fotografía, la mayoría de las cuales muestran a Archie en varias etapas de su vida.

—Esa fue la Navidad pasada. Lo siento. No quise asustarte.

Me río y me giro hacia Edward, habiendo casi gritado cuando su voz rompió mi trance.

Está apoyado contra la puerta de la sala de estar, con las manos en los bolsillos y algunas capas de invierno más ligeras.

—¿Café? —pregunta, señalando hacia la cocina con la cabeza.

—Sí, por favor. —Le devuelvo la sonrisa, me quito la bufanda y el abrigo y los coloco con cuidado en el brazo del sofá.

Es raro que no me sienta rara. Estar aquí con Edward, en la casa que comparte con su hijo, debería hacerme sentir más incómoda y nerviosa de lo que me siento actualmente. En cambio, es tan hogareño, tan cálido y, a pesar de cómo creo que debería sentirme, no quiero irme.

Observo mientras sirve café en dos tazas y se sienta en la barra del desayuno, sin apartar ni una sola vez mis ojos de él. Él sabe que lo estoy contemplando. Sonríe mientras deambula por la habitación, y eso tampoco me importa. Soy una descarada.

Mientras coloca una taza frente a mí, se inclina y me besa profundamente en la boca. No puedo evitar sonreír en el beso, suspirando de satisfacción mientras empuja su rostro hacia el mío, y le doy la bienvenida.

—Quería hacer eso desde el momento en que abriste la puerta esta noche. —Se ríe, alejándose solo un poco para que nuestras narices todavía se toquen.

—Yo también —replico con sinceridad, levantando la mano para tomar su rostro.

—Ahora que eso está tachado de la lista… —sonríe—, realmente necesito esto. —Levanta su taza de café en un saludo fingido y toma un trago profundo.

Riendo, hago lo mismo.

—¿Todo salió bien? —pregunto, señalando las escaleras y Archie.

—Está inconsciente —me asegura Edward, sonriendo con picardía, y pongo los ojos en blanco ante lo que está insinuando—. Creo que toda esa emoción contrarrestó el azúcar.

Está de pie tan cerca, apoyado en la barra de desayuno, el costado de su delicioso muslo tocando mi rodilla. De repente, el aire está cargado con su encanto, nuestra atracción mutua es casi sofocante, y aunque estamos en silencio e incluso un poco inseguros, no hay incomodidad, nunca la hay.

Sé lo que quiere que pase; él sabe que quiero que suceda. Estamos descubriendo cómo llegar allí. Silenciosamente.

Es extraño darnos cuenta de que vamos descubriendo esto a medida que avanzamos: las pequeñas cosas, cómo llenar los silencios y si es necesario; las cosas más importantes, como nuestra relación y Archie; y todo lo demás. Pero no es abrumador; es emocionante, prometedor. Y eso es lo que nos permite a los dos relajarnos aunque ninguno de nosotros tenga idea de cómo va esto.

Golpeo con mis uñas la taza caliente en mi palma; sostiene la suya en una mano mientras que la otra se agarra al borde del mostrador. Puedo oír el crepitar del fuego, el tic-tac de un reloj. La iluminación es tenue, pequeños destellos de color del árbol de Navidad iluminado bailan sobre las superficies que nos rodean.

Tan pronto como abro la boca para romper el silencio, su taza se coloca en el mostrador y la mía desaparece de mi alcance. No estoy segura de cómo sucede, aparte de rápido, pero la boca de Edward está sobre la mía, hambrienta, y mis manos están en su cabello.

Estamos frenéticos, llevados a la distracción por la tensión silenciosa, y no quiero que nunca deje de besarme de esta manera, como si yo fuera la cuerda que le salva, un cuerpo de agua en el desierto.

Me levanta fácilmente de la silla alta, y mis piernas se envuelven alrededor de su cintura, como si fuera a donde pertenecen, y estoy perdida en él, estamos perdidos el uno en el otro.

—Te necesito —susurra sin aliento, sus labios nunca abandonan mi rostro, besando suavemente mis mejillas y mi mandíbula—, creo que siempre te he necesitado.

Gimo ante sus palabras, dejando que mi cabeza caiga hacia atrás mientras me carga, y no me importa a dónde vamos. Él puede llevarme a cualquier parte, iré de buena gana.

Me percato brevemente de que subimos las escaleras, pero su boca está en mi garganta, mordiendo ligeramente, y sus manos están agarrando mis muslos. Mis manos están tirando de su cabello, mis uñas rascando la parte de atrás de su cuello, instándolo a seguir adelante.

Sé lo que va a suceder y no tengo ninguna aprensión. No hay voz en el fondo de mi cabeza que nos diga que bajemos la velocidad, que es demasiado pronto. Todo lo que está aquí, ahora mismo, somos Edward y yo y lo que sea que esté pasando entre nosotros, lo que sea que hayamos comenzado. No podemos detenernos y estoy segura de que no queremos hacerlo.

Esto es solo el comienzo, eso es todo lo que mi mente sabe.

Mis ojos se abren de par en par cuando me deja caer en una cama, y miro hacia arriba, encontrándome con sus ojos llameantes mientras se arrastra sobre mí, sus fuertes y anchos hombros ocultos por la gruesa lana de su suéter. No pierdo el tiempo deslizando mis manos debajo de la tela, la cálida piel de su estómago me vuelve loca de necesidad. Cada centímetro de él está tonificado, lo sé. Pero sentirlo es otra delicia, y no sé cómo voy a dejar de tocarlo.

Sus labios son suaves, tentativamente gentiles, cuando se encuentran con los míos una vez más.

—Dime que esto está bien —suplica a la ligera mientras sus caderas se inclinan para encontrar las mías, creando fricción donde ambos lo anhelamos.

—Esto está más que bien —gimoteo, mis manos nunca abandonan su torso, levantando su suéter mientras trabajan más alto.

Nuestras respiraciones son ruidosas y erráticas, nuestras lenguas se exploran entre sí; sus manos lo mantienen erguido, soportando su peso mientras se cierne sobre mí.

Gimo y levanto su suéter, rompiendo nuestro beso para poder sacárselo por la cabeza. Él ayuda, sentándose levemente y asegurándose de que su camisa siga después. Y luego él está allí, desnudo de cintura para arriba por segunda vez en veinticuatro horas, y me levanto para poder unir mis labios a su garganta, mis manos explorando su pecho sólido y suave.

—Jesús —gime, sus manos agarrando mis caderas y jalando de mi propio suéter hacia arriba—, eres tan hermosa —me dice, acariciando con las yemas de los dedos la suave piel sobre la copa de mi sostén.

Echándome hacia atrás, mantengo mis ojos fijos en los suyos mientras desabrocho mi sostén y lo dejo caer hacia adelante. No rompe el contacto visual, pero sus manos exploran lo que sus ojos no exploran, y es íntimo y erótico y tan malditamente dulce que no puedo evitar arrojarme a su regazo. Me atrapa fácilmente, riendo entre dientes en nuestro beso, sus manos nunca dejan mi piel ardiente.

—Te necesito —confieso, repitiendo sus palabras, y él gime, empujándome hacia atrás con su pecho, su gran mano abarcando mi espalda, sosteniéndome firme mientras me baja a la cama una vez más.

Me abro camino por su torso hasta que mis manos encuentran el botón de sus pantalones, solo luchando un poco. El sonido de su cremallera bajando parece resonar dentro de la habitación, el único ruido aparte de nuestras respiraciones pesadas, y sus manos están en la cintura de mis vaqueros, trabajando para liberarme de la mezclilla ajustada mientras sus labios continúan su asalto en mi boca.

He tenido mi boca en cada centímetro de él, chupé su impresionante polla, pero esto es mucho más. Esto es lento y precioso.

Nuestros pantalones caen al suelo como un par, y luego sus manos hacen cosquillas en mi estómago, justo por encima de la cintura de mis bragas de encaje, y estoy jadeando, retorciéndome y desenfrenada. Como está él.

Puedo sentirlo, tan duro y listo bajo los confines de su bóxer, y no puedo dejar de tocar, provocar y sentir.

—Joder —gruñe mientras lo acaricio a través de la tela de su ropa interior, y mueve sus caderas, empujándose a sí mismo en mi mano—. Dime que estás tomando la píldora.

—Estoy tomando la píldora —le susurro en la boca abierta—. Estoy limpia. Estamos bien.

—¿Confías en mí? —pregunta, enganchando sus dedos en la cintura de mis bragas y bajándolas por mis piernas.

—Lo hago —gimo cuando sus dedos encuentran mi centro húmedo y dolorido.

—No he hecho esto desde...

—Lo sé —lo interrumpo, besándolo una vez más mientras mis manos encuentran su trasero, empujándolo hacia mí—, no he hecho esto en mucho tiempo.

Gruñe y se agacha una vez más, su polla palpitante y sólida contra el interior de mi muslo. Besándome larga y lentamente, me derrito en la suave cama, agarrándolo con fuerza, sintiéndolo en todas partes.

Mis ojos se abren cuando él rompe nuestro beso y me mira, sus dedos acariciando mi mejilla. Se ve tan sincero, tan devastadoramente hermoso en este momento que no puedo apartar la mirada. Y luego siento la punta de él en mi entrada cuando mueve sus caderas, y aunque quiero dejar que mis ojos se muevan hacia atrás y mi cabeza caiga, me niego a apartar la mirada de él. Necesito estar conectada con él en todos los sentidos, y lo sé; él necesita lo mismo.

—Eres perfecta —murmura en voz baja, acunando mi rostro.

—Tú también —replico, levantando la mano para tomar su mejilla, reflejando sus acciones, y por un segundo, deja que sus ojos se cierren y se inclina hacia mi toque, y luego está dentro de mí, solo una pulgada, un pequeño movimiento que hace que mi respiración se detenga y mi corazón se expanda. Sin romper ni una sola vez nuestro contacto visual, empuja hasta el fondo, y nuestros gemidos a juego son tragados por nuestro beso.

Es perfecto. Es hermoso.

Es lo correcto.

Nosotros somos correctos.

Nuestros labios se mueven lentamente, en perfecta sincronización, nuestras lenguas son perezosas pero nunca rompen el contacto, nuestras manos acunan el rostro del otro, y envuelvo mis piernas alrededor de la parte posterior de sus muslos, instándolo, suplicándole en silencio, que se mueva.

Lo hace, y es la mejor sensación. Es una prisa, apagando el anhelo que siempre he sentido por este hombre, pero nunca saciando mi necesidad. Él me llena, como la pieza faltante de mi rompecabezas, una parte tan perfecta de mí, estirándome tan gloriosamente mientras se mueve.

Jadeamos, gemimos, nos besamos, suspiramos, gruñimos, todo en perfecto tándem, juntos.

Pero en poco tiempo, nos impulsa una necesidad insaciable, y sus caderas se aceleran, nuestro beso se profundiza, nuestros gemidos se vuelven más erráticos y desesperados, y ahora estamos persiguiendo un objetivo común, superado por el deseo y un sentido de urgencia.

Mi cabeza cae hacia atrás y me muerdo el labio, gimiendo su nombre cuando su mano baja y su pulgar encuentra mi clítoris hinchado, estimulándolo con la presión suficiente para hacer que quiera gritar su nombre en el espacio oscuro sobre nosotros.

El agarre que tengo en su cabello debe ser doloroso, pero a él no parece importarle mientras muerde la suave carne de mi pecho, y luego su boca encuentra un pezón, y estoy acabada, apretándome a su alrededor y mordiendo mi labio tan fuerte que juro que estoy sangrando. Mi orgasmo me golpea como un tren de carga, mis piernas lo agarran con toda la fuerza que poseo, mis manos tirando de su cabello.

Está gimiendo, los ruidos más deliciosos se derraman de sus labios a mis pezones, su aliento pesado contra mi pecho mientras persigue su propia liberación, se detiene rápidamente sobre mí y empuja una vez más, profundamente, mientras se derrama dentro de mí, jadeando pesadamente, su frente contra mi hombro.

Nos quedamos en silencio mientras nuestro ritmo cardíaco y respiración luchan por regularse, sus brazos se esfuerzan por mantener su peso fuera de mí, pero lo jalo hacia abajo, queriendo sentir su peso sobre mí y él obedece, demasiado agotado para discutir.

Nuestros cuerpos sudorosos se encuentran, nuestros pechos agitados se empujan uno contra el otro.

Acariciando su cabello suavemente, soy demasiado consciente de que probablemente le he arrancado un buen trozo. Casi lo siento.

—Amo tu cabello —le digo, riendo.

Levanta la cara y apoya la barbilla en mi pecho.

—¿Me queda algo? —bromea, y yo enrollo mis labios en mi boca porque, maldita sea, se dio cuenta.

—Un poco. —Me encojo de hombros, como si no fuera gran cosa, cuando en realidad, lloraría si se quedara sin él.

Gruñendo, se aparta de mí y se estira sobre su espalda, su mano sujeta la mía y descansa sobre su pecho, un gesto que es demasiado lindo para expresarlo con palabras. Edward es sensible y me encanta.

Giro un poco mi cuerpo, acurrucándome contra su costado y colocándome debajo de su brazo, desconcertada por lo bien que se siente. El sexo suele ir seguido de un silencio incómodo, un largo momento de tortura en el que no sabes muy bien qué debes hacer. ¿Te quedas? ¿Te vas? ¿Quieren que te quedes o quieren que te vayas? ¿Deberías hablar o dormir?

Pero se siente como si hubiéramos estado aquí cien veces antes, es cómodo y reconfortante estar en los brazos de Edward.

—¿Estás cansado? —inquiero, pasando mis dedos ligeramente sobre su estómago.

—Siempre —responde, apretándome y besando mi cabeza ligeramente.

—Duerme, entonces —le digo a la ligera, besando su pecho y acurrucándome más profundamente en su costado.

—No quiero. —Su tono quejumbroso me hace reír antes de que el silencio nos cubra una vez más. No puedo mantener mis dedos quietos mientras trazo círculos en su torso, admirando cada centímetro de él, cada caída entre cada músculo.

Después de un largo silencio, levanto la vista y me doy cuenta de que se ha quedado dormido; su rostro está relajado, sus largas pestañas descansando contra sus pómulos altos, sus labios ligeramente separados mientras respira profundamente, un mechón de cabello cae suelto sobre su frente. Quiero tomar una foto. Quiero que su hermoso rostro dormido me honre cada vez que desbloqueo mi teléfono, y en silencio, me río de mí misma mientras desvío mi atención y pateo el edredón libre a nuestros pies para poder ponerlo sobre nosotros.

Finalmente, el sueño me encuentra, profundo y en paz; la tranquila respiración de Edward es una canción de cuna en mi oído.

Sus labios me despiertan en algún momento de la noche, húmedo y caliente contra mi estómago. Estiro la parte superior de mi cuerpo, gimiendo al sentir su boca contra mi piel.

Tan pronto como sabe que estoy completamente despierta, trepa por mi cuerpo y encuentra mis labios con los suyos, su cuerpo deliciosamente pesado encima del mío, su erección lista contra mi muslo, y ahora tiene toda mi atención.

—¿Pensé que estabas cansado? —le pregunto, sonriendo mientras le devuelvo el beso, mis manos se colocan a ambos lados de su rostro.

—Dormí una siesta —susurra contra mi boca, empujando sus caderas, provocándome un gemido.

Envuelvo mis piernas alrededor de su cintura, dándole todo el permiso que necesita, y antes de que pueda respirar de nuevo, se empuja dentro de mí, y la segunda vez es tan gloriosa como la primera.

Levanto las caderas, encontrándome con él empuje por empuje mientras nos tragamos los gemidos de placer del otro en la noche. No pasa mucho tiempo antes de que los dos estemos jadeando, empujándonos el uno al otro, tan cerca del clímax y maravillándonos de cada segundo, unidos de la manera más íntima a pesar de que estamos medio dormidos.

—Ahora entiendo por qué tanto alboroto —bromeo después mientras recuperamos el aliento una vez más.

Él sonríe, besa mi hombro y niega con la cabeza, avergonzado.

—Me gustabas, sabes.

—¿Qué? —cuestiono, sorprendida, estirando la cabeza hacia atrás para mirarlo.

—En serio. Pero ni siquiera me mirabas, y cada vez que estaba cerca, dabas excusas para irte.

—¡Estaba enamorada y era tímida!

Mordiendo mi hombro ligeramente, se ríe y se estira para besarme.

—Pensé que me odiabas.

No puedo evitar gemir y taparme los ojos con las manos.

»¿Bella? —Puedo escuchar el humor en su voz mientras aparta mis manos de mi cara. Las dejo caer y lo miro. Mis ojos se han acostumbrado a la oscuridad y ahora puedo distinguir sus rasgos—. No importa. Tal vez así es como siempre debió ser. Quiero decir... si me hubiera enamorado de ti en ese entonces, no tendría a Archie, no estaríamos aquí, y...

—Sí —suspiro—, es una buena forma de verlo.

Tarareando de acuerdo, me besa una vez más antes de empujarme contra su pecho, dejando que su frente descanse en el hueco de mi cuello.

Y al igual que antes, no necesitamos decir nada ya que el silencio nos envuelve una vez más, y nos volvemos a quedar dormidos, abrazados y contentos.

—Guenos díaaaaaas.

Me levanto de un salto, con los ojos muy abiertos, abrazando el edredón contra mi pecho, cubriéndome lo mejor que puedo mientras Archie entra en la habitación de Edward. Puedo sentirlo detrás de mí, riendo silenciosamente en mi espalda.

»¡Hola, Bells! —grita, ni siquiera una doble mirada o cuestionando mi presencia, mientras se arroja sobre la cama a nuestros pies.

—Buenos días, amigo. —Edward bosteza, estirando los brazos por encima de la cabeza.

Sonrío, pero estoy demasiado nerviosa para hablar en este momento. No sé qué decir.

—Tengo hambre —anuncia Archie, mirando entre su padre y yo, sin pestañear ante la escena frente a él.

—Bien. —Edward asiente, sentándose—. ¿Qué tal si nos vestimos y vamos por panqueques?

Todo el rostro de Archie se ilumina y es la escena más entrañable de la historia.

—¡Sí! —grita, golpeando el aire.

—¿Oye, amigo? —interrumpe Edward mientras Archie se levanta de la cama—. ¿Podemos hablar primero?

Sus pequeños labios se fruncen mientras lo piensa, y no puedo evitar reírme, como si tuviera algo que decir al respecto. Finalmente, asiente y se sube a la cama, sentándose con las piernas cruzadas y mirando entre Edward y yo con expectación.

Edward se aclara la garganta y se mueve para que su espalda esté contra la cabecera.

—Bella está aquí —afirma, y Archie lo mira como si dijera "duh". Edward ignora su descaro y continúa—. Bella pasará un poco más de tiempo con nosotros, ¿está bien?

Lo miro con aprensión, pero la cara de Archie se ilumina y sonríe ampliamente, asintiendo con la cabeza con entusiasmo, lo que calienta mi corazón.

—Papi y Bella significan mucho el uno para el otro, y nosotros... eh... —Parece perder el impulso mientras lucha por expresarlo de tal manera que su hijo de tres años lo entienda.

—¿Bell es tu novia? —pregunta, entrecerrando sus ojos azules a su papá.

—Sí. —Edward suspira nerviosamente, pasando una mano por su cabello antes de estirar la mano para tomar mi mano en la suya.

Archie está en silencio mientras mira de nuestros dedos entrelazados a nuestras caras, estudiándonos de cerca. Finalmente, se encoge de hombros.

—Está bien —declara, arrastrándose desde la cama, tranquilo—. Ella es nuestra novia. ¡Panqueques!

Y luego se va, y me río. Edward gruñe y envuelve sus brazos alrededor de mi cintura, tirándome de regreso a la cama con él.

—No te voy a compartir —me dice, besándome profundamente—. Ni siquiera con mi hijo.

—Oh —bromeo, encontrándome con él beso por beso, levantando mi cabeza para encontrar sus labios y acercando su cara a la mía—. ¿Muy posesivo?

—No tienes idea —advierte, lamiéndome desde la barbilla hasta la nariz, lo que me hace reír más fuerte mientras tiro la cabeza hacia atrás sobre las almohadas.

—¿Sabes lo que realmente quiero? —le pregunto seductoramente, arqueando una ceja. Sus ojos se oscurecen visiblemente cuando me mira—. Panqueques —declaro, empujándolo lejos de mí y riendo más fuerte cuando él gime y rueda sobre su espalda—. Hablando en serio. —Me inclino sobre él—. Salió muy bien. Buena charla, papi. —Le doy unas palmaditas en el pecho desnudo antes de levantarme y recoger mi ropa.

—Papi, ¿eh? —pregunta, enarcando las cejas mientras me ve recoger mi ropa desparramada—. Nunca pensé que podría encontrar ese título tan... atractivo.

Mordiéndome el labio, abrocho mi sujetador y camino hacia él.

—No empieces lo que no puedas terminar —le advierto, mareada, tratando de escapar de sus manos y no concentrarme en lo gloriosamente desnudo que está.

—¡empezaste!

Me río y le digo que volveré en treinta minutos después de haberme duchado y cambiado.

Y todo el tiempo que permanezco bajo el chorro de agua caliente, mi cuerpo duele de la manera más deliciosa, no puedo arrepentirme o pensar demasiado en un solo segundo de mi tiempo con Edward y Archie.

Todavía puedo sentir el toque de Edward, el dolor que ha dejado entre mis muslos, y suspiro felizmente, sabiendo que hay una razón por la que esos dos chicos llegaron a mi vida. Se siente como el comienzo del próximo capítulo, y estoy tan lista para él, con tropiezos y todo, porque se siente bien.