Disclaimer: Twilight le pertenece a Stephenie Meyer, la historia es de LozzofLondon, la traducción es mía con el debido permiso de la autora.

Disclaimer: Twilight is property of Stephenie Meyer, this story is from LozzofLondon, I'm just translating with the permission of the author.

Capítulo beteado por Yanina Barboza

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Le envío un mensaje de texto a Jake, pidiendo reprogramar nuestra reunión. Afortunadamente, no opone resistencia y nos conformamos con el miércoles por la tarde en lugar de hoy. Hoy, quiero pasar todo mi tiempo con Edward y Archie, y no me importa lo egoísta que suene.

Sentada en el sofá, tiemblo por el aire frío dentro de mi casa recientemente abandonada y me pongo los calcetines en los pies, tratando de no contar los minutos hasta que esté en la puerta de al lado. Pienso en todo lo que ha ocurrido recientemente entre Edward y yo, sonriendo ampliamente a la fría y vacía chimenea. Por primera vez en... bueno, nunca, me siento despreocupada y verdaderamente feliz. Es una extraña revelación; no es como si no fuera feliz antes —lo era— simplemente nunca me di cuenta de lo que me estaba perdiendo en mi vida, y sentada en mi sala de estar, esperando, me siento emocionada por lo que está por venir, emocionada de enfrentar el día.

El aire es fresco, el tipo de frío que instantáneamente hace que tus mejillas hormigueen y te duela la mandíbula, pero le doy la bienvenida, enterrando más mi rostro en mi bufanda mientras me dirijo a la puerta de al lado. El cielo azul en lo alto promete un hermoso día, el hielo en las carreteras brillando bajo el sol brillante, y sé que para el final del día, tendré un moretón del tamaño del Volvo de Edward en mi trasero, hielo y Bella nunca han sido una buena mezcla.

—¿Es Bells? —llama Archie cuando Edward abre la puerta, haciéndonos reír a los dos.

—Sí. —Miro por el marco de la puerta hacia la sala de estar, sonriendo ampliamente en su dirección, y trato de no reírme mientras lo veo luchar para ponerse sus botas para la nieve, encaramado precariamente en el borde del sofá mientras sus pies cuelgan y su pequeña lengua se asoma en concentración, y aunque está decidido, parece estar peleando una batalla perdida.

Miro por encima del hombro hacia la puerta principal donde Edward se está poniendo sus propias botas y decido ofrecerle a Archie mi ayuda.

—¿Necesitas ayuda, chico? —Me río, agachándome frente a él. Resopla y asiente, sentándose y apoyándose en los brazos para poder empujar su peso hacia abajo en la bota que ahora estoy sosteniendo.

—¡Sí! —Él sonríe y salta del sofá tan pronto como sus botas están aseguradas, corriendo de la habitación, gritando mientras camina—. ¡Panqueques!

Edward está esperando en la puerta, envuelto en un abrigo sexi como el infierno, capucha mullida y todo.

—Sube la capucha. Quiero besos esquimales —bromeo cuando paso. Sin perder el ritmo, se echa la capucha por la cabeza y me mira expectante. Rápidamente, levanto la cabeza, pero es demasiado alto y necesita inclinarse, lo que nos hace reír a los dos mientras nos frotamos la nariz.

—¡Vamos! —La excitable voz de Archie rompe nuestro momento; no discutimos, nos separamos y nos dirigimos al auto donde el joven terror está agarrando la manija de la puerta y saltando de arriba abajo. Realmente pone una sonrisa en mi rostro, actitud exigente y todo.

El restaurante local está concurrido; es un domingo por la mañana en diciembre y, claramente, nadie está de humor para cocinar para sus familias. Edward lleva a Archie adentro, sobre todo porque actualmente se parece a una pelota de ping-pong sobrecargada, pero también porque está lleno, y Archie está claramente inquieto esta mañana.

Reconozco a la camarera de inmediato.

—¿Mesa para…? —pregunta antes de mirar dos veces entre Edward y yo—. ¿Bella Swan? —Sonrío, recordando a Jessica de la escuela secundaria. No ha cambiado mucho desde entonces, todavía es de estatura pequeña y claramente se emociona fácilmente—. ¡Oh, Dios mío, te ves tan diferente!

No sé si sus palabras son elogiosas o no, así que las ignoro.

—Hola, Jessica. —Mantengo mi tono neutral y mi sonrisa educada; la gente de mi infancia me llena de ansiedad, he cambiado mucho.

—¿Qué están haciendo aquí juntos? —Sus ojos parpadean de un lado a otro entre Edward y yo; es claramente tan entrometida como lo era hace diez años.

—Estamos saliendo. —Edward se encoge de hombros, ignorando la forma en que la boca de Jessica se abre y sus ojos casi se salen de su cabeza. No puedo decidir si quiero patearlo por alimentar los rumores o besarlo por tener la confianza para simplemente... decirlo, como si no fuera nada.

—¡Panqueques! —exclama Archie, saltando en los brazos de su padre y llevándonos a todos de regreso al presente. También quiero besarlo por quitarnos la atención a Edward y a mí.

La sonrisa de Jessica es forzada, y ya no está tan aturdida mientras nos guía a una mesa.

El sol brilla a través de las grandes ventanas, cubriendo nuestra mesa de luz e iluminando los reflejos de cobre natural en el cabello de Edward y Archie. La música navideña suena por los altavoces antiguos y el oropel decora la parte posterior de la cabina, ofreciendo a nuestro rincón aún más privacidad, lo cual estoy agradecida en esta pequeña ciudad.

—Nada cambia en esta ciudad, ¿eh? —Me río cuando Edward se sienta frente a mí, Archie entre nosotros.

—Ella es molesta —afirma con indiferencia, empujando los crayones y el papel de cortesía hacia Archie, que está de rodillas, mirando hacia el aparcamiento y hablando solo. Edward lo empuja, llamando su atención y le hace señas para que se siente correctamente, lo cual hace.

—¿Puedo traerles algo, chicos? —pregunta una camarera más joven cuando se acerca.

Todos pedimos panqueques, jugo de naranja para Archie y café para Edward y para mí.

Me recuesto, viendo a Archie colorear, sonriendo. Cuando el pie de Edward se posa entre los míos, volteo a verlo, atrapando su mirada, mi corazón se acelera al igual que cada vez que me toca.

—¿Qué hay para cenar? —pregunta Archie, sin levantar la vista de su papel mientras garabatea.

—Ni siquiera has desayunado todavía, amigo —se burla Edward, poniendo los ojos en blanco. Archie se encoge de hombros, todavía sin mirar hacia arriba.

—Tengo hambe —murmura.

—Yo cocinaré —le digo a Edward, levantando las cejas tan pronto como abre la boca porque que va a discutir—. ¿A menos que haya algún otro lugar donde necesites estar?

—Definitivamente no hay ningún otro lugar en el que prefiera estar. —Su sonrisa es suave, sus ojos brillan mientras me mira, y yo jugueteo con el borde de la mesa para no acercarme y tocarlo. Sus ojos parpadean hacia donde mis dedos juegan con la mesa, y sonríe como si supiera exactamente por qué de repente estoy tan interesada en la carpintería.

Entrecierro los ojos y él se ríe a sabiendas, pero afortunadamente, la camarera nos interrumpe. Archie sonríe y aplaude mientras sus panqueques se colocan frente a él, y Edward no pierde tiempo en deslizar su plato y cortar sus panqueques en trozos del tamaño de un bocado, para consternación de Archie.

—¡Así ta bien! —grita Archie, claramente ha terminado de esperar, y me muerdo el labio cuando Edward mira a su hijo, a quien no le importa nada, demasiado impulsado por el hambre para prestar atención a la advertencia silenciosa de su padre.

—Alguien está hambriento —bromeo, tomando un sorbo de mi café, sonriéndole a Edward, quien me dedica una mirada feroz, aunque es divertida esta vez, sus ojos iluminados.

Los contemplo a ambos interactuar por un tiempo, sonriendo gentilmente mientras lo hago. Están tan en sintonía entre sí, y es dolorosamente reconfortante. Se comunican sin usar muchas palabras, solo sabiendo lo que el otro quiere o necesita. Edward, sin decir palabra, toma el jarabe de maple cuando le devuelve el plato a Archie, el joven mira a su alrededor, sus ojos azules buscando y luego se ensanchan junto a su sonrisa cuando su padre encuentra lo que estaba buscando. Sirve un poco sobre los panqueques de Archie y niega con la cabeza cuando su hijo lo mira con ánimo y expectación. Supongo que Edward piensa que es suficiente almíbar. Yo no, ni tampoco Archie, pero el tema se abandona sin que se pronuncie una palabra, y el jarabe se coloca lejos del alcance de las pequeñas manos traviesas.

El ambiente es jovial; la ciudad y su gente claramente se están preparando para la Navidad, emocionados por la cercanía que se avecina. Archie no es una excepción, ya que habla animadamente entre bocados de comida y solo se detiene para tomar un sorbo de jugo de naranja antes de volver a iniciar la conversación. Edward da la impresión de que está escuchando, pero sus ojos se encuentran con los míos de forma intermitente, los dos reprimimos nuestras risas mientras el niño habla de todo lo que llama su atención.

—Tengo que pensar mi lista —nos dice a Edward y a mí, mirándonos a los dos brevemente antes de tomar otro bocado de panqueque.

—¿Qué es lo primero en tu lista? —inquiero, inclinándome un poco hacia él.

Por un minuto, está pensativo, mastica lentamente mientras piensa mucho.

—No sé. —Se encoge de hombros—. No puedo recordarme. Mucho.

Asiento, frunciendo los labios.

—¿Estás preparado? —le pregunto a Edward, refiriéndome a los regalos de Navidad y la lista claramente larga de Archie.

Respira hondo y lo suelta lentamente por la nariz.

—Eso creo —susurra—, pero no me quiere mostrar la maldita lista, así que no tengo ni idea de lo que quiere, aparte de las pequeñas pistas que me ha dado.

—Lo averiguaré —le aseguro, guiñando un ojo—. Aunque podrías echarle un vistazo, ya sabes, cuando está en la cama o algo así.

—El pequeño... —se detiene, frunciendo los labios y pensando mucho en una palabra de reemplazo—, escurridizo... sigue ocultándola, y no tengo ni idea de dónde.

Me río de su palabra de reemplazo... de cariño para Archie, curiosa por saber lo que inicialmente quería decir antes de contenerse.

No puedo creer lo a gusto que me siento en compañía de estos dos chicos, como si hubiéramos estado haciendo esto durante años. Archie me habla como si me conociera de toda la vida, contándome historias sobre el tiempo que pasa con sus abuelos y lo que más ama de la Navidad; Edward nunca deja de tocarme de alguna manera, su pie entre los míos debajo de la mesa, un ligero roce de las yemas de los dedos mientras ambos alcanzamos nuestro café. Es todo tan reconfortante, calentándome desde los dedos de los pies hasta mi corazón que late rápidamente mientras Edward mira entre Archie y yo, como si fuéramos el centro de su universo. Todo lo demás que nos rodea no existe. No hay murmullos de charla de los otros clientes, no hay preocupaciones fuera de nuestra pequeña burbuja, solo somos nosotros tres.

Nos dirigimos a la tienda de comestibles después del desayuno, discutiendo alegremente durante todo el camino sobre lo que comeremos para la cena.

—¡Es'ghetti! —dice Archie desde su asiento en la parte trasera del auto. Edward pone los ojos en blanco pero no discute, en realidad no.

—¿No eres fanático de los espaguetis? —le pregunto a Edward, sonriendo levemente.

—Oh, lo soy —afirma, viendo de reojo brevemente en mi dirección—, pero Archie los come todos los días de la semana, y se vuelve un poco... aburrido después de un tiempo —suspira, frotándose la cara con una mano—. Estoy tan harto de espaguetis.

Riendo, me acerco, agarro su muñeca y coloco su mano en mi regazo.

—¿Qué hay de…? —Me muerdo el labio, pensando—. ¡Fideos! —exclamo, luciendo tan emocionada como puedo, esperando que Archie capte mi alegría y muerda el anzuelo.

—¡Sí! —grita de vuelta, y yo sonrío, guiñando un ojo a Edward, quien exhala físicamente de alivio, apretando mi mano en silenciosa apreciación.

Ir de compras con Archie es hilarante. Se sienta en el frente del carrito de compras, señalando cosas al azar y suplicando a su papá que le dé chocolate y dulces. Edward lo empuja, distrayéndolo de manera experta de los bocadillos cargados de azúcar e interceptando esas manitas que se estiran para agarrar artículos al azar; los dedos de su mano libre están enrollados en el bolsillo trasero de mis vaqueros, tirando de mí al azar en diferentes direcciones y sonriendo burlonamente cuando me río de los tirones abruptos en mi trasero, que constantemente me hacen perder el equilibrio. Es despreocupado y divertido cuando se lo permite, y sigo recibiendo indicios del chico que conocí antes de que lo obligaran a crecer. Me recuerda que todavía tenemos mucho de qué hablar, mucho que aprender el uno del otro, pero la idea no me asusta. Sé que no importa cuál sea su historia, nada podría hacerme pensar menos de mis dos chicos. Me río para mí misma ante la posesividad de la declaración de "mis dos chicos", a pesar de que no dije nada en voz alta.

—¿De qué te estás riendo? —pregunta Edward, acercándome a él por mi bolsillo trasero, susurrándome al oído. Juro que mis ojos se ponen en blanco cada vez que susurra, sin importar lo que diga. Es la proximidad de su boca a mi cuerpo, la sensación de su aliento en mi piel, me vuelve loca, incluso en medio de una tienda concurrida con su hijo sentado a un pie de distancia de nosotros. Realmente es perturbador. No es que pueda encontrar dentro de mí que me importe.

—Estoy siendo posesiva —indico, su cabeza se echa hacia atrás y los ojos se abren con curiosidad y emoción no disimuladas.

—¿En serio?

Tarareo, asintiendo con la cabeza, entregándole a Archie un pequeño racimo de uvas para que muerda. Edward me detiene de seguir avanzando, tirándome del bolsillo para que mi espalda esté contra su pecho. Aunque se las arregla para hacer que el movimiento y nuestra nueva postura parezcan inocentes para los transeúntes y Archie, sé que es diferente y arqueo una ceja, mirándolo por encima del hombro.

—¿Posesiva cómo? —Agacha la cabeza, empujándome a mí y al carro hacia adelante lentamente, viendo por encima de mi cabeza, examinando los estantes.

Me quedo en silencio por un rato, mirando entre Archie mientras come sus uvas y los productos frescos, agarrando algunas verduras mientras nos movemos, arrastrando el silencio. Siento el retumbar del pecho de Edward contra mis hombros mientras gruñe, advirtiéndome en silencio. Me río de su impaciencia, recostándome un poco contra él.

—En mi cabeza —comienzo, recogiendo algunas cebollas, tratando de ignorar el roce del cabello de Edward contra el costado de mi cabeza mientras se inclina para escucharme—, los llamé a los dos, "mis chicos".

Deja de caminar abruptamente, deteniéndonos a mí y al carro a su lado. Por un segundo, entro en pánico, pensando que me estoy sobrepasando, y giro mi cuerpo para enfrentarlo, tragando saliva.

No está enojado. No puedo descifrar la expresión de su rostro en este momento, pero es intensa y no estoy segura de qué hacer. Su mandíbula está tensa, haciendo que su línea de la mandíbula sea imposiblemente más cuadrada. Está tan quieto que si no fuera por los sutiles latidos de su pecho, me preocuparía que no estuviera respirando, y sus ojos se sienten como si estuvieran penetrando mi alma y desnudándome. Si algo está mal, Archie no se da cuenta, mastica silenciosamente sus uvas, mordiendo metódicamente cada una por la mitad y mordiendo lo de adentro antes de meterse el resto en su boca. Todo lo que nos rodea parece pasar a cámara lenta, mi mundo entero se derrumba, amenaza con colapsar.

—Joder. —Edward suspira eventualmente, tan silenciosamente que creo que no lo he escuchado correctamente.

Mi corazón late con fuerza y estoy aterrorizada de haberlo molestado. No sé qué hacer. Llorar no es mi estilo, pero siento que estoy a punto de hacerlo, aunque solo sea como una típica respuesta femenina a una situación aterradora. Observo con la respiración contenida mientras él da un largo paso en mi dirección, me hace girar con suavidad pero con fuerza y nos empuja hacia adelante.

—Lo siento —lloriqueo, sintiendo de repente la necesidad de escapar. Correr. Tanto por vergüenza como por miedo.

—No lo hagas. —Su voz es ronca y baja en mi oído—. Solo agradece que estemos en público y que mi hijo esté tan cerca. —Me arriesgo a mirarlo, por encima del hombro, y sus ojos se posan para encontrar los míos—. Porque quiero arrancarte la ropa. Ahora mismo.

Chillo. De hecho, chillo. Y mi cara enrojece mil tonos de rojo, todos los colores de la excitación.

Cocinar la cena es un espectáculo lleno de diversión, lleno de risas y esquivando comida voladora. Ambos chicos hacen todo lo posible para ayudarme a preparar la comida y servirla una vez que está lista, pero son bastante inútiles en la cocina, lo que encuentro extrañamente… entrañable. Es con ese pensamiento que me doy cuenta de que me estoy volviendo blanda: la gente que interfiere y obstaculiza mis intentos en la cocina suele ser exasperante.

Es un asunto muy doméstico, casi como si no fuera nada nuevo, como si siempre ha sido así, los tres.

Atizo el fuego, arrojando algunos leños más a las llamas para mantenerla encendida. Edward insistió en arreglar el desorden que quedó de la cena, y yo estoy más que feliz de conceder ese deber en particular.

Archie está garabateando en una hoja de papel mordida y arrugada. Sonrío en la parte superior de su cabeza mientras se encorva sobre la mesa de café, con las piernas dobladas debajo de él.

—¿Qué estás haciendo? —pregunto, inclinándome para encender las luces del árbol, las luces brillantes resplandeciendo colores, proyectando en la habitación un resplandor alegre y danzante. Archie mira hacia arriba y sonríe al árbol, perdido por un segundo en trance.

—Mi lista —explica, su atención rápidamente se centra en el papel que tiene frente a él.

—¿Puedo ver? —Por lo que Edward dijo antes, no estoy segura de que Archie me complazca, pero vale la pena intentarlo. Necesitamos ver esta lista.

—Nop —susurra Archie, dibujando lo que parecen círculos en el papel—, tiene que ser un secreto.

—Sabes —le susurro conspirando, sentándome en el sofá y apoyando mis codos en mis muslos, inclinándome levemente hacia él—, tienes permitido un guardián secreto.

—¿Sí? —cuestiona, con los ojos muy abiertos mirando en mi dirección. Asiento, insegura de cómo se supone que debo lograr esto, recordándome a mí misma que, aunque estoy engañando a Archie, es por un bien mayor.

—¿Por qué no me dices lo que quieres de Santa, o puedes decírselo a tu papá?

Por un minuto, se queda en silencio, escudriñando su lista de cerca, sus pequeños labios fruncidos en concentración mientras considera sus opciones, sus dedos jugueteando con el borde del papel.

—Camón.

—¿Un camión?

Él asiente, manteniendo su atención en su lista.

—Un gan camón. —Utiliza sus manos como ejemplo de tamaño, manteniéndolas a casi un pie de distancia frente a él.

—Así de grande, ¿eh? —Abro los ojos y silbo, lo que lo hace reír, asintiendo con la cabeza con entusiasmo—. Está bien, ¿qué más?

—Más dinosaros.

—¡Por supuesto! —exclamo con entusiasmo, haciéndolo reír. Afortunadamente, mi exuberancia funciona y él continúa sin necesidad de animarlo más.

—Una nave especial.

—Me encantan las naves espaciales.

—¿Sí?

—Ajá —le aseguro, sonriendo ampliamente.

—Tamén me encantan las naves especiales. ¡Y las guerras de dinosaros! ¡Y las bicicetas!

—Una bicicleta, ¿eh? —pregunto, notando que ni una sola vez ha leído nada de su lista, lo ha memorizado todo. Me arriesgo a echar un vistazo a dicha lista, y me doy cuenta de que tiene tres años y realmente no puede escribir, por lo que la página no consiste en nada más que garabatos... no es de extrañar que Edward no tuviera idea de lo que realmente quiere Archie, especialmente considerando que Archie parece ser tan inflexible en que su lista debe ser un secreto, mantenido solo entre él y Santa.

Debería estar tomando notas.

—¿Qué es lo primero en tu lista? ¿Cuál es el regalo más importante? —inquiero, viendo como frunce el ceño suavemente, tratando de descifrar los dibujos al azar en el papel.

—Una mami.

No creo que esté respirando. Estoy bastante segura de que mi corazón se detuvo. Afortunadamente, su atención está en el papel que tiene en las manos y no ha notado el color que estoy segura que acaba de desaparecer de mi cara.

Mierda.

Abortar. ¡Abortar la misión!

Trago saliva antes de tomar una bocanada de aire, esperando que alivie mi corazón errático. ¿Qué diablos puedo decir aquí?

—¿Una mami? —repito, casi esperando haberlo escuchado mal, sabiendo que no lo he hecho, pero… estoy ganando tiempo. Mirando rápidamente por encima del hombro en dirección a la cocina, suspiro de alivio cuando me doy cuenta de que no se ve a Edward por ningún lado, esto es lo último que necesita escuchar.

Archie asiente, aunque ya no está tan emocionado como estaba, como si supiera que está pidiendo lo imposible. Me rompe el corazón.

—Claire tiene una, y hace galletas y pasteles. Y Jimmy dice que las mamás aman más que cualquier otra cosa y que las mamás son las mejores, las más dulces y las más divertidas y... yo no tengo una mamá y... no sé por qué... Soy un buen chico...

—Ven aquí. —Hago un gesto con los brazos, los abro y le hago señas para que se acerque a mí. Se pone de pie y se me acerca arrastrando los pies. Lo levanto, lo coloco de lado en mi regazo y envuelvo mis brazos alrededor de su pequeño cuerpo, tratando de mantener a raya las lágrimas mientras él se acurruca, apoyando su cabeza en mi pecho—. Sabes —comienzo, apretando mis brazos alrededor de él y haciendo todo lo posible para que no detecte mi mentira a través de toda esta trágica conversación—, no todos tienen un papá...

Moviendo su cabeza hacia atrás, me mira.

—¿No?

Niego con la cabeza, sonriéndole suavemente, esperando que no entienda por qué mi corazón late tan erráticamente.

—Nop. Y... solo porque no tienes una mamá, no significa que no seas el chico más amado de todos.

—Papi me ama más —me dice con entusiasmo—, lo dijo.

—Lo hace. —Me río entre dientes, apoyando la barbilla en su cabeza cuando se acurruca contra mí—. Todo el mundo lo hace.

—¿Tú lo haces? —Su voz es ahogada, su rostro se esconde de mí. Me alegro de que no pueda ver mi cara en este momento.

—Lo hago. Y también la abuela y el abuelo, y la tía Rose, la tía Alice, el tío Jasper y el tío Emmett. —Tomo otra respiración profunda, inhalando el reconfortante aroma de su champú de manzana—. No importa cuántas personas tienes, o a quién tienes... lo que importa es el amor que tienes. Y tienes montones y montones y montones.

Sus dedos juegan con la manga de mi suéter, retorciendo la tela, su cabeza inclinada mientras mira su mano.

—Podrías ser mi mami —susurra, y maldita sea, ahora estoy llorando.

Ambos guardamos silencio por un rato mientras trato de encontrar la fuerza interior de… algún lugar. Necesito recomponerme, sabiendo que si hablo ahora, mi voz se quebrará y él lo sabrá, y asumirá que me ha molestado. Veo las llamas bailando en la chimenea, las luces brillantes del árbol de Navidad parpadeando en mi periferia, abrazando el diminuto cuerpo de Archie hacia mí y concentrándome en todo lo demás excepto en el gigantesco nudo en mi garganta y lo cómodo que se siente acurrucado contra mí.

—No necesito ser tu mamá para amarte como lo haría una mamá. Contamos los amores, ¿de acuerdo?

Su cabeza se balancea contra mi pecho mientras asiente con la cabeza.

»Algunas personas tienen una mamá y un papá —continúo, sabiendo que estoy jodiendo esto de alguna manera, pero sintiendo que se lo debo a Archie, y Edward, para hacerle entender lo amado y adorado que es—. Algunas personas solo tienen una mamá, o solo un papá, como tú. Pero eso no es lo más importante. Lo que importa son todos los que te rodean que te aman. Algunas personas no tienen mamá ni papá.

Su cabeza se echa hacia atrás y sus ojos muy abiertos se encuentran con los míos.

—¿No tienen?

—No, no todo el mundo tiene la suerte de tener una mamá o un papá, o un abuelo y una abuela...

—¿O una Bella?

—O una Bella —concuerdo, incapaz de ocultar mi sonrisa, esperando que la calidez que siento en mi corazón por este niño brille y él lo sienta, de alguna manera—. Entonces, ¿ves? No se trata de quién, se trata de los amores.

—¿Tengo muchos amores?

—Montones y montones y montones y montones... —Lo aprieto más fuerte contra mí, y él se ríe. El alivio que siento es inconmensurable y no puedo evitar reírme junto a él.

—¿Puedo pedirle un cachorro a Santa?

Mis ojos se abren, pero el cambio de tema es bienvenido, y suspiro de alivio.

—Tendrás que pedirle a tu papá eso... Santa no puede darte cosas vivas, amigo.

—Así que... —Su carita se arruga en concentración, sus manos en mi brazo de nuevo, jugando con mi suéter—. ¿Santa no me da una mamá, incluso si se lo pido? ¿O un cachorro?

Niego con la cabeza, inclinándome para colocar mi mejilla contra su cabello.

—Pero tal vez algún día...

—¿Sí?

—Sí —suspiro.

Ambos miramos fijamente al fuego, mi cabeza descansando en la de Archie, mientras nos perdemos en nuestros propios pensamientos. Solo puedo rezarle al maldito Santa para que le haya hecho justicia a esa conversación tan pesada. Mi corazón sigue latiendo rápidamente, y aunque mentalmente estoy fuera de mi alcance, físicamente tener a este niño acurrucado en mi regazo se siente bien. No quiero dejarlo ir, y entonces me doy cuenta de que lo que le dije era la verdad, aunque no soy su mamá, no podría amarlo más si fuera yo quien lo dio a luz.

Solo espero que aprenda a contar el amor que lo rodea y no los títulos de quienes lo rodean, y que me haya expresado lo suficientemente bien a pesar de mi falta de experiencia con niños de su edad.

Un movimiento al otro lado de la habitación me llama la atención, y giro la cabeza para ver a Edward de pie en la puerta, sonriendo suavemente mientras nos mira a Archie y a mí. Cuando asiente con la cabeza hacia su hijo, miro hacia abajo, notando que está dormido, sus dedos todavía enredados en mi manga. Sonrío suavemente, permitiendo que Edward lo levante de mis piernas, devolviéndole el suave beso que coloca en mis labios mientras jala a su hijo a sus brazos.

—Lo llevaré a la cama —susurra en mi boca—, y luego te llevaré a la cama.

Y así, todo está bien.


Archie es el niño más dulce, y se pusieron llorosos mis ojos cuando dijo qué era lo que más quería. La respuesta de Bella me pareció perfecta, ¿qué opinan ustedes?