Disclaimer: Twilight le pertenece a Stephenie Meyer, la historia es de LozzofLondon, la traducción es mía con el debido permiso de la autora.

Disclaimer: Twilight is property of Stephenie Meyer, this story is from LozzofLondon, I'm just translating with the permission of the author.

Capítulo beteado por Yanina Barboza

Grupo en Facebook: Tradúceme un Fic


La cena de Navidad en casa de Rose y Emmett es muy divertida, a pesar de la ausencia de Edward y Archie.

Tras nuestras declaraciones de amor, Edward y yo pasamos el resto de la mañana flotando en una nube de felicidad insondable, y contagiamos a Archie. El niño estaba eufórico; más feliz de lo que Edward lo había visto nunca, aparentemente. Sonreímos, bromeamos y reímos toda la mañana, abrazándonos, robándonos besos y deleitándonos con este nuevo sentimiento de… plenitud.

Éramos una familia.

Tal vez por eso me lo paso realmente genial con mis amigos, comiendo, riendo hasta llorar, bebiendo, bromeando y, después de demasiado alcohol, bailando. Me siento realmente feliz.

Después de la cena, mientras los hombres ordenan la cocina, me encuentro a solas con mis chicas por primera vez en mucho tiempo. Me toma un poco de persuasión, pero finalmente me abro con ellas sobre Edward y yo. Están extasiadas.

―Entonces, ¿son pareja? ¿Una pareja real y oficial? ―pregunta Rose, sus ojos tan abiertos como su sonrisa.

Asintiendo, tomo un sorbo de mi vino.

―Sí, eso creo.

Alice chilla tan fuerte que tanto Rose como yo nos encogemos.

―¡Esto es increíble!

―Creo que realmente tuve una oportunidad, a pesar de mi insuficiencia en la escuela secundaria y la universidad. ―Tal vez, en retrospectiva, mi tono fue más mordaz de lo necesario, pero Rose se da cuenta rápidamente e instantáneamente parece devastada.

Suspira, colocando su vino en la mesa de café y viéndome con ojos de disculpa.

Sabía que te lo tomaste de la manera equivocada. B, en serio, no lo quise decir de la manera en que sonó.

―Lo sé ―le aseguro, a través de una débil sonrisa. Pero la verdad es que sus palabras en el bar esa noche me dolieron y es importante que se dé cuenta de eso.

―Te amo ―continúa―, eres mi amiga, y eres digna de todo, de cualquiera. Siempre te cubro la espalda, lo sabes. ―Asiento con la cabeza, porque lo sé. Rose es franca y, a veces, su tono y sus palabras pueden malinterpretarse, pero eso no significa que se hayan dicho de la forma en que fueron tomadas. La conozco mejor que eso; fueron mis propias inseguridades profundamente enterradas las que me llevaron a cuestionar lo que dijo, no sus palabras―. Edward no era digno de ti en ese entonces, y ciertamente no estaba equipado mentalmente para darte lo que mereces, eso es lo que quise decir. Debería haberlo expresado mejor. Ni por un solo segundo quise insinuar que tú no eras digna de él, o que no tuviste oportunidad con él. Habría sido un hijo de puta afortunado en ese entonces si hubiera conseguido una chica como tú. Es un hijo de puta afortunado de tenerte ahora, y no tengo ninguna duda que él sabe eso.

―Yo también tengo mucha suerte ―les digo a ella y a Alice―. Es realmente genial.

―Todo salió exactamente como era necesario. Ambos son repugnantemente perfectos el uno para el otro ―agrega Alice, levantando su copa a modo de saludo―. La maldita familia más linda de todas.

Alzando nuestros vasos y riendo a carcajadas, Emmett y Jasper nos encuentran amontonadas, abrazadas con fuerza y chillando como niñas. Pasan por encima de nosotras sin detenerse, su conversación nunca flaqueando.

Entre Navidad y Año Nuevo, los Cullen celebran una fiesta todos los años sin falta. Es extravagante y un poco exagerada, pero al crecer, siempre fue un evento divertido. Aparentemente, la tradición aún se mantiene fuerte hasta el día de hoy.

Pero estoy nerviosa este año, no solo porque han pasado casi diez años desde la última vez que asistí a su fiesta anual, sino también porque ahora, los Cullen son los padres de mi novio y los abuelos de su hijo.

De pie frente al espejo, me miro una vez más; el vestido corto rojo brillante es navideño sin ser demasiado revelador gracias a las mangas largas, aunque sigue siendo sexi. Mi cabello cae en ondas por mi espalda, recogido de mi cara, y gracias a Alice, mi maquillaje es natural, pero ahumado alrededor de los ojos; sensual pero elegante.

Respiro hondo y meto los pies en los tacones de aguja negros altos que nunca me pongo. Me veo como una adulta, pero incluso lo admito, me veo… sexi.

El timbre suena, sacándome de mi escrutinio y me apresuro tan rápido como puedo, a pesar de mis tacones, hacia la puerta principal, abriéndola con entusiasmo.

―Hola. ―Mi voz es sin aliento mientras veo a los dos chicos frente a mí.

Edward lleva un par de pantalones grises, una camisa blanca impecable y una corbata negra ajustada. Se ve impresionante. Su cabello está un poco más dócil de lo habitual, pero mantiene su carácter, y está recién afeitado. Quiero lamerle la mandíbula. Quiero lamerlo todo.

Y luego está Archie, con sus pantalones negros, camisa negra y Converse rojas. Su cabello está por todas partes y es perfecto; sus ojos azules brillantes brillan con picardía y alegría, un hermoso pequeño rebelde. Quiero besar su carita cien veces.

Soy una chica afortunada, muy afortunada.

―Te ves... hermosa ―susurra Edward, dando un paso hacia mí y besándome suavemente en los labios antes de retroceder y guiñarme un ojo. Casi me desmayo.

―Ustedes dos se ven superguapos ―indico, con mi atención en Archie mientras se acerca para tomar mi mano, arrastrándome hacia el auto de Edward.

―Vamos ―me dice―. No quiero llegar tarde.

No puedo quitarme la sonrisa de la cara mientras nos acomodamos en el auto, disfrutando de estos pequeños momentos tanto como de los más grandes.

―Estás nervioso ―observo después de unos minutos de silencio, girándome en mi asiento para mirar a Edward mientras conduce; su mano apretada con fuerza entre la mía.

Su sonrisa de respuesta es cautelosa, suave. Se retrae dentro de sí mismo cuando está aprensivo, eso lo sé. Es un pensador.

―Solo estoy... ―se apaga, suspirando profundamente.

Mordiéndome el labio, no puedo evitar preocuparme.

―No tienes que decirles que estamos juntos si no quieres, si no estás listo.

Su cabeza gira bruscamente para encontrarse con la mía, sus ojos gloriosamente verdes tan brillantes y lúcidos en la tenue luz que nos rodea mientras se pone el sol. Sonriendo gentilmente, aprieto su mano ―comodidad y consuelo cuando más lo necesita porque sé que tiene más que perder― tiene a Archie en quien pensar, sus padres, su propio corazón celosamente guardado. Entiendo por qué está preocupado y necesito que se dé cuenta de eso.

―Te amo ―me dice sin una pizca de incertidumbre―, quiero que todos lo sepan... Solo desearía que pudiéramos, ya sabes, omitir la parte en la que se lo contamos a todos. Me siento como un adolescente que lleva a su novia a casa para las vacaciones por primera vez y odio sentirme así.

―Lo entiendo. ―Me encojo de hombros y mi sonrisa se ensancha―. Quieres decirles a todos que… ―me arriesgo a mirar rápidamente a Archie, que está jugando silenciosamente en el celular de Edward―… se vayan a la mierda ―susurro―, y se ocupen de sus propios asuntos.

―Exactamente. ―Se ríe―. Pero te lo debo a ti ya mis padres, supongo, presentarte como es debido.

Riendo, niego con la cabeza en desacuerdo.

―No me debes nada. ―Cuando me devuelve los ojos entrecerrados, elaboro―. Quiero decir, no te sientas incómodo por mí. No me importan nada más que tú y Archie.

―Eso es lindo ―dice inexpresivo, poniendo los ojos en blanco burlonamente.

El resto del viaje a la gran propiedad de los Cullen en las afueras de la ciudad transcurre en un cómodo silencio, ambos preparándonos para lo que nos pueda esperar más adelante. Sin embargo, estoy en desventaja y creo que Edward se da cuenta de eso. Por eso, no me sorprende mucho cuando toma mi mano tan pronto como salimos del auto y no la suelta, no cuando entramos en la casa, no cuando Archie corre adelante y Edward necesita atraparlo, levantarlo y detenerlo, y no cuando nos encontramos cara a cara con sus padres en la cocina.

Su hogar ha cambiado mucho desde la última vez que estuve aquí, recordando a Edward diciéndome que su mamá tiende a redecorar una vez al año.

Esme y Carlisle Cullen levantan la vista cuando entramos en la habitación, ambos sonríen ampliamente a modo de saludo cuando notan a su hijo y nieto. Contengo la respiración mientras su mirada recorre el rostro de Edward, su brazo y nuestros dedos enredados. Lentamente, Esme levanta los ojos hacia mí, su rostro revela poco, estoico en sus observaciones.

―Lo sabía ―suspira, recuperándose rápidamente y fingiendo cortesía mientras sonríe con fuerza―. Isabella. ―Sonríe a modo de saludo, aunque instantáneamente veo que es fingida, al igual que Edward, cuya mano se aprieta alrededor de la mía―. Es tan encantador verte de nuevo.

―A usted también, señora Cullen ―le respondo, tan sinceramente como puedo. No dejaré que vea o sienta mi decepción por su exhibición fría y falsa. Soy mejor que eso, Edward se merece algo mejor que eso.

Ella no me abraza, ni me saluda pretenciosamente besándome en la mejilla, sino que pasa volando, envolviendo a su hijo en un fuerte abrazo.

Es Carlisle Cullen quien me abraza, luciendo genuinamente emocionado de que esté allí y feliz por su hijo.

―Ha pasado mucho tiempo, Isabella. ―Su amplia sonrisa es genuina mientras me sostiene con los brazos extendidos―. Estás preciosa.

―Gracias. ―No puedo contener mi sonrojo―. No has envejecido ni un día ―bromeo, solo un poco. Realmente no lo ha hecho, es esa maldita genética Cullen. Es tan cálido y cariñoso como recuerdo. E igual de guapo, con su cabello rubio recogido, sus ojos azules brillantes y la estructura ósea perfecta que heredó su hijo, para mi deleite.

Riendo, niega con la cabeza en una ligera discusión.

―Créeme, me siento viejo.

―Vamos a tomar un trago ―susurra Edward en mi oído, alejándome de su padre y hacia Esme, que está agachada frente a Archie, quejándose de él.

La casa está viva y llena de gente; gente que no he visto antes y pocas caras familiares que reconozco vagamente de mi tiempo en Forks. A pesar de Esme, la vibra es cálida y animada, aunque un poco tensa. Numerosas personas nos detienen a Edward y a mí mientras atravesamos la casa, hacia el patio, y para aquellos que no saben quién soy, Edward me presenta como su novia.

Archie es el niño perfecto, se mantiene cerca de Edward y de mí mientras nos mezclamos y hablamos; es tranquilo, educado y se porta bien en todo momento, lo odio.

―Oye, chico. ―Le doy un codazo suave, antes de agacharme frente a él, quitando mi mano de la de Edward para poder darle a Archie toda mi atención―. ¿Qué ocurre? ―inquiero, rozando mi dedo índice contra su mejilla.

―Nada ―replica obedientemente erguido, mirando a cualquier parte menos a mí.

―¿Quieres bailar? ―le pregunto, desafiándolo. Sacude la cabeza rápidamente, declinando―. Lástima ―discuto a la ligera, exagerando la palabra, captando su atención finalmente―, porque quiero bailar con mi chico favorito.

Antes de que pueda decir algo más, le entrego a Edward mi copa de champán en silencio y lanzo a Archie a mis brazos, lo que lo hace reír y chillar en voz alta, atrayendo la atención hacia nosotros.

―¿Sabes qué es lo que más me gusta de bailar? ―le pregunto, moviéndolo en mis brazos para que me mire.

―¿Qué?

―Puedes divertirte locamente y ser tonto, y no importa quién te vea porque... bailar es lo que hace una fiesta, y sin eso, no hay diversión.

―Nadie está bailando. ―Mira a su alrededor mientras nos encontramos en medio de la pista de baile, la música alegre ignorada por todos los demás.

―¿Sabes por qué?

―No.

―Eso es porque ―me inclino en complicidad, para susurrarle al oído―, nadie aquí es tan divertido como nosotros.

Se ríe cuando empiezo a moverme, sosteniéndolo con fuerza en mis brazos, haciendo muecas. Él se ríe a carcajadas y el sonido es como música para mis oídos, mejor música que la que se canta actualmente en el pequeño escenario improvisado.

En poco tiempo, sus pies están en el suelo y está saltando a mi alrededor, actuando según su edad, sonriendo ampliamente y, por primera vez, divirtiéndose.

Nos estamos riendo y haciendo el ridículo, creando nuestra propia diversión a pesar de la atención que estamos atrayendo hacia nosotros.

Siento unos brazos fuertes alrededor de mi cintura, sabiendo al instante quién se ha unido a nosotros, recostándome en su pecho.

―¿Divirtiéndose? ―pregunta Edward, sus labios como fantasmas en mi oreja.

―Lo hacemos ―suspiro, volteando mi cabeza para besar su mejilla, tomando la copa de champaña que me entrega.

Archie se detiene de golpe frente a nosotros, sonriendo y agarrando mi mano.

―¡Vamos! ―llama él en voz alta, tirando de mí hacia adelante de la mano para que podamos seguir bailando. Me río a carcajadas, pero lo sigo, trayendo a Edward con nosotros.

Es un lío sudoroso, pero feliz; me hace aún más feliz cuando Edward se nos une, levantándolo en sus brazos y acercándome más para que seamos nuestra propia burbuja de tres.

―Necesito ir al baño ―le murmuro a Edward después de un par de canciones, soltando mis brazos de alrededor de él y Archie. Ambos chicos asienten y sonríen mientras me disculpo.

La casa todavía está llena, aunque la pista de baile no. Qué desperdicio. No puedo evitar reírme mientras entro, pensando que no soy lo suficientemente mayor para este tipo de fiesta. En nuestros días más jóvenes, cuando éramos adolescentes, solíamos pasar el rato en el enorme sótano de los Cullen, divirtiéndonos, lejos de los adultos y las tediosas charlas.

En la cocina, escucho a Esme antes de verla. Está hablando con alguien y, aunque sé que no debería, me detengo a escuchar.

―Veremos cuánto dura. Y estaré allí para recoger los pedazos. Como siempre. ―Ella suspira y la escucho moverse.

―Nunca se sabe ―continúa la voz de su amiga―, se ven felices. Es bueno ver a Edward sonriendo tanto, necesita algo más que trabajar y Archie en lo que concentrarse.

―No ―gruñe Esme y mis ojos se agrandan―. Lo que necesita es seguir enfocándose en su futuro y en su hijo, no dejarse desviar por una aventura.

―¿Crees que es una aventura? ―cuestiona su amiga―. Edward no es de los que se lanzan de cabeza a una relación, ¿verdad? Ya no de todos modos.

No lo es, pero quién sabe cómo es Isabella. En el momento en que la vi con Archie, supe que estaba abriéndose camino. Sé cómo trabajan las mujeres.

Y de repente, no puedo soportarlo más. Doy un paso rápido hacia la cocina, haciendo que parezca que no he estado afuera, escuchando a escondidas.

―Lo siento. ―Mi sonrisa es demasiado dulce para ser sincera―. No quise interrumpir.

―No lo hiciste. ―La sonrisa de Esme es tan convincente como la mía, lo cual no es nada convincente.

Alzo una ceja, de repente queriendo que sepan que escuché todo mientras miro entre ella y su amiga de ojos abiertos, quien rápidamente se disculpa y se va. Al verla irse, me endurezco, sabiendo que esta conversación debe suceder.

―Esme ―empiezo, volviéndome hacia ella, tomando una respiración profunda―. Sé que no confías en mí, y sé que proteges a Edward y Archie, no te culpo por eso. Pero todo lo que pido es una oportunidad. Solo dame la oportunidad de demostrarte que no tengo segundas intenciones, ni tampoco la intención de hacerles daño a los dos. Los adoro.

Ella me observa de cerca desde el otro lado de la habitación, sin revelar nada. Fría y rígida, como el interior de su cocina. No me gusta, aunque no hay forma de que le diga eso. Recuerdo lo acogedora y cálida que solía ser esta habitación. Era linda; madera color crema, encimeras de mármol blanco, un sueño de campo, con una gran mesa de madera con banco y muebles a cuadros. Ahora es mayormente gris claro y blanco brillante, moderno y estéril.

―No se trata de oportunidades, o de si te las mereces o no ―espeta, antes de tomar un sorbo de su vino tinto―. Se trata de Edward y Archie y quién tendrá que arreglar las cosas cuando decidas que jugar a ser mami es demasiado trabajo. ―Abro la boca para discutir, pero ella me interrumpe―. Archie nunca ha tenido una figura materna y no quiero que la tenga, espero que no se encariñe demasiado.

―¿Nos estás condenando al fracaso sin saber nada de mí, basándote únicamente en tu aversión instantánea hacia mí?

Ella agita una mano desdeñosa, rodando los ojos.

―Sabes a lo que me refiero.

―No, no lo sé. ―Mis dientes están apretados y ya no me importa. Mi decisión de ser una mejor persona ha caído en picada y, aunque estoy tratando de calmarme, estoy hirviendo a fuego lento.

―La carga de trabajo de Edward es insoportable. ―Sonríe, recostándose contra el mostrador, manteniendo su mirada de acero fija en la mía. Perra condescendiente―. Las relaciones no funcionan realmente cuando eres un padre soltero que trabaja ochenta horas a la semana.

Frunciendo el ceño, insegura de qué es exactamente lo que está tratando de lograr al desestimar lo que Edward y yo tenemos tan temprano en nuestra relación; inclino la cabeza.

―¿Siempre has tenido tan poca fe en tu hijo? No puedo culparte por tener tan poca fe en mí, no me conoces, ¿pero tu hijo?

―En primer lugar ―aclara, entrecerrando los ojos―, soy realista. En segundo lugar, no, no te conozco, así que discúlpame por tener tan poca fe en tus habilidades y tu paciencia. ―Encogiéndose de hombros, toma otro trago de vino―. Supongo que solo hay una manera de averiguar cuál de nosotras tiene razón.

―Edward y Archie no son un juego para mí ―declaro―. Espero por Dios que tampoco lo sean para ti. Y si lo son, eres tú quien les romperá el corazón. ―Respiro profundamente, soltándolo como un largo suspiro―. Pero no te preocupes, te puedo asegurar que estaré allí para recoger los pedazos quedejes.

Sin otra palabra ni mirada, salgo de la habitación; la dejo allí de pie, enojada. Por un lado, puedo entender por qué es protectora, y conociendo el dolor que causó Tanya, puedo sentir empatía y entender por qué es cautelosa. Pero, por otro lado, no puedo soportar estar cerca de ella cuando está tan empeñada o creando animosidad cuando no es necesario. La Esme Cullen en esa cocina es la mujer que puedo imaginar felizmente pagándole a Tanya y dándole la noticia a Edward, rompiéndole el corazón en el proceso.

No es que me disguste la mujer, no la conozco, al igual que ella no me conoce a mí. Pero me gusta creer que siempre le daré a la gente el beneficio de la duda. Está cansada y preocupada, lo entiendo. Pero no me quedaré parada y no dejaré que me intimide o me asuste.

Tiene mucha suerte de que yo no sea el tipo de mujer que corre directamente hacia Edward para contarle todo. Porque conozco a su hijo, y sé que se enojará y eso lo lastimará, y eso solo afectaría la relación entre ellos dos, como madre e hijo. Ella saldría perdiendo a la larga, a pesar de lo mucho que ayuda a Edward con Archie.

Estoy decidida a no interponerme entre ellos, me niego a ser la razón por la que haya tensión entre ellos, y Esme Cullen tiene mucha suerte de que me sienta así.

En el baño, prometo demostrarle que está equivocada. No es un juego para mí, no acepto apuestas; pero necesito que se dé cuenta de que Edward y Archie lo son todo para mí ahora, se merecen tanto. Seré la persona más grande, no pondré a nadie en su contra y no me regocijaré cuando ella inevitablemente reciba su dosis de humildad. Porque yo creo en nosotros, Edward cree en nosotros, nos amamos y sabemos que estaremos juntos durante mucho tiempo, a pesar de cualquier interferencia que intente orquestar.

La verdad es que estoy tan segura de lo que Edward y yo tenemos que sus palabras no duelen y ella no me preocupa. No estoy molesta por lo que pasó en la cocina y esa sensación me está alegrando. Es... liberador.

Me sonrío en el espejo.

Todo está bien.


Qué triste que Esme sea una perra y tenga tan pocos deseos de ver a su hijo y nieto felices, formando una familia con una mujer que claramente los adora. Pero ella será quien pierda, porque Bella está decidida a hacer a esos chicos muy felices.