Hay momentos que deberían ser eternos
La última paciente del doctor Edward Cullen, un prestigioso oncólogo del hospital New Amsterdan de Nueva York, tras esperar los resultados de un TAC se sentó frente a su mesa.
—Edward, quiero que seas sincero conmigo —le pidió.
El aludido asintió consciente de cuál era su trabajo.
—Tanya, ¿has venido sola? —preguntó.
La mujer afirmó con la cabeza y, sin parpadear siquiera, insistió:
—¿Qué has visto?
Edward se levantó entonces de su silla, se sentó junto a la de la paciente, a la que ya conocía, e indicó:
—El TAC nos muestra una masa que no me gusta y creo conveniente hacer una biopsia.
—No jorobes...
Edward asintió.
—Probablemente sea un linfoma.
Tanya cerró los ojos al oír eso. En su familia eran ya varios los que habían tenido cáncer.
—¿Otra vez? —preguntó abriéndolos.
Edward no respondió.
Por desgracia, esas cosas pasaban muy a menudo, y cuando iba a hablar, ella siseó furiosa:
—Joder, Edward, ¡me caso dentro de diez meses!
—Y te vas a casar y lo vamos a celebrar a lo grande —aseguró él sonriendo. Y, sin darle tiempo a hablar, añadió—: La vida no se para aquí y ahora. Entiendo tu disgusto y tu preocupación por lo que te acabo de decir, pero como amigo y médico tuyo que soy, te voy a pedir positividad, ¿vale?
Tanya asintió. Sabía que lo que Edward le pedía era totalmente necesario.
—Te lo prometo.
—Ya sabes cómo va esto —indicó Edward con una sonrisa—. Haremos una biopsia para tener un diagnóstico definitivo y poder ponerle nombre a lo que ocurre. —Ella asintió y el doctor, apuntándose algo en su agenda, añadió—: Miraré para reservar quirófano, mañana te mando un mensaje y te digo día y hora.
—Vale.
Al ver que la joven apenas parpadeaba por el susto que tenía, el médico le apretó la mano.
—Tanya, tranquila, ¿vale?
Ella suspiró. Si de alguien se fiaba era de aquel excelente médico, que ya era como de la familia, e intentando empaparse de su positividad afirmó:
—De acuerdo.
Una vez que Tanya se marchó de la consulta, Edward anotaba ciertas cosas en su ordenador portátil cuando entró una enfermera.
—Doctor Cullen, no queda nadie en consulta, pero me avisan de que en urgencias hay un caso que quieren que vea.
—Diles que ahora voy.
En cuanto la mujer se marchó, Edward se levantó y miró por la ventana. Eran las siete de la tarde y ya había anochecido. Y, sin perder tiempo, salió del despacho y se fue a ver esa urgencia.
Dos horas después, cuando regresó a su despacho para redactar unos informes, le sonó el móvil. Era su hermano Alec.
—¡¿Qué pasa, tío?! —lo saludó al contestar.
Alec, que era el policía de la familia, preguntó sonriendo:
—Oye, ¿dónde estás? Edward suspiró. Había quedado para cenar con su madre y su hermano en la casa familiar y lo había olvidado.
—Lo siento —repuso—. Me ha salido una urgencia.
—No me jodas, ¿en serio no vas a venir?
Edward sonrió. Su hermano había roto con la novia y esa noche habían quedado para contárselo a su madre, por lo que indicó:
—Lo siento, pero hoy serás tú quien se lo tenga que decir a mamá.
—Joder, Ed. ¡Te necesito!
—Posponlo para el sábado que viene —dijo él—. Para entonces prometo estar ahí y calmar a mamá.
Alec asintió, le parecía una idea excelente.
—De acuerdo. El sábado cenamos con mamá, pero esta vez no me falles, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
Edward colgó el teléfono y sonrió sin poder evitarlo. Su hermano no paraba de echarse novias. Todas se las presentaba a su madre y, claro, ella les cogía cariño, y luego contarle que ya no estaban juntos era un disgusto para ella.
Estaba pensando en ello cuando le sonó el teléfono. Un wasap.
"No te olvides de lo del viernes que viene."
Era Irina, una buena amiga suya desde hacía años, y sin dudarlo contestó:
"No me lo perdería por nada del mundo."
Asintió con una sonrisa en los labios y en ese momento asomó por la puerta la cabeza de su buen amigo Aro.
—¿Te vas? —Debería haberme ido hace dos horas.
El doctor Aro Volturi, que era un prestigioso hematólogo, preguntó entonces con un gesto gracioso:
—¿Tienes un minuto?
Edward sonrió al oírlo. Aro y él se conocían desde la universidad y, mientras consultaban algún caso entre ellos, los minutos solían convertirse en horas.
—¿Pagas tú la cena? —dijo sonriendo.
Su amigo asintió divertido.
—Por supuesto que sí.
Luego se acercó a él y, enseñándole unos informes que dejó sobre la mesa, preguntó:
—¿Me puedes dar tu opinión?
Rápidamente Edward se acomodó en su silla para mirar lo que Aro le enseñaba y, como siempre, se olvidaron del tiempo.
