Hay momentos que deberían ser eternos
—Gominola, el teléfono este vibra —musita mi hermano.
Miro la cama y, sí, mi otro móvil vibra. Es el que utilizo para los proveedores de mis restaurantes, y me apresuro a cogerlo.
Según termino de hablar con Esteban, que es quien me suministra la verdura fresca, suena mi otro teléfono.
—Isabella Marie, ¿otra vez el puñetero móvil? —suelta mi madre.
Miro a mi padre, que intercambia una mirada con Emmett, y ambos se ríen. Estos con reírse lo solucionan todo.
—¡Ni que fueras un ministro! —añade mi madre.
Oírla protestar cada vez que me suena el teléfono es verdaderamente agotador.
Pero ¿acaso no sabe ya que soy autónoma y empresaria? Son las ocho de la tarde, mi nivel de tolerancia comienza a estar bajo cero y, cogiendo el teléfono, lo atiendo.
Es Nina.
—¿Cómo está tu hermano?
Alejándome de mis padres, rápidamente respondo:
—Bien, pero se queda ingresado. Y mi madre me tiene negra, y creo que como tarde mucho en marcharse a casa me va a dar un infarto.
Oigo la risa de Nina. Yo también me río.
—¿Te quedas con Emmett en el hospital? —pregunta ella.
—Qué remedio —contesto.
A ver..., mis padres son mayores y no se van a quedar, y por aquí todavía no han aparecido ni Jessica Ni James. Por tanto, como siempre..., yo.
—Mi querida Bridget... —dice entonces Nina—. ¿Algún buenorro a la vista?
Me río. Sabe cuánto me gustan esas películas, y musito:
—Nada. Cero patatero.
Ambas reímos y, saliendo de la habitación, pregunto:
—¿Todo bien por ahí?
Nina enseguida me pone al corriente de cómo ha ido el turno de la comida tanto en Ibiza como en Nueva York. Adoro ambos restaurante, pero el de Ibiza es mi ojito derecho. Fue el primero que abrí, hace trece años, y es al que le tengo más cariño. Lo abrí precisamente allí porque siempre me ha gustado esa isla.
Viví en Ibiza durante años hasta que mi madre se cayó, se rompió la cadera y me vi más tiempo en Madrid que en la isla. Contar con mis hermanos Emmett y James, junto con mi padre para cuidarla, contaba, pero mi madre no lo ponía fácil. «¡Isabella, son hombres!», me decía. Y contar con mi hermana Jessica fue imposible. Su vida era demasiado divina y estaba demasiado ocupada como para cuidar de nuestra madre.
En esa época lo dejé también con Jacob, el que era mi novio, y al final, para romper con todo, decidí mudarme y abrir otro restaurante en Nueva York.
Y, la verdad, este último va de lujo y sé que, aunque yo regrese a Ibiza, cosa que en un futuro quiero hacer, funcionaría solo. Tengo la inestimable ayuda de Nina. La conocí en la isla cuando las dos éramos unas crías y siempre ha estado a mi lado para lo bueno y para lo malo.
Cuando compré mi primer hotelito, ella me ayudó en todo lo que pudo y más. Y cuando abrí el restaurante, fue la primera a la que contraté. Sin embargo, el amor se cruzó en su vida y, con todo el dolor del mundo, tuvo que dejarme para trasladarse a vivir a Nueva York.
Ese amor duró poco más de seis años y, cuando regresé a Nueva York y nos volvimos a encontrar, volví a contratarla sin dudarlo.
Nina es la mejor.
Sigo hablando con ella cuando me indica que mi amado hermano no solo no anotó la reserva de Miguel Arestes, sino que se dejó cuatro más sin apuntar.
—Te juro que lo mato cuando lo vea —siseo.
Vuelvo a oír la risa de Nina, que añade:
—Tranquila. Por suerte, he podido solventar todas las reservas.
—¿Y si para esta noche hay alguna más que no apuntó? —insisto.
Nina, que es previsora como yo, afirma:
—Tengo un par de mesas reservadas por si eso ocurriera. Tú no te preocupes por nada. Solo deja la negatividad a un lado y encárgate de estar con Emmet ¿de acuerdo?
Con gesto contrariado, asiento; lo de mi hermano James es de traca. Cuando voy a hablar, de pronto lo veo aparecer al fondo del pasillo.
—Llama a la policía porque va a haber un homicidio —susurro.
—¿Qué pasa? —pregunta Nina.
Mi hermano me mira. Yo lo miro a él, y respondo:
—Tengo a James a diez metros de mí y...
—Bella, estás en el hospital y están tus padres. Contente y déjate de homicidios.
Asiento, tiene razón. Mi hermano me mira y, antes de colgar el teléfono, afirmo:
—Tranquila. Me contendré.
En cuanto me despido de Nina y me guardo el teléfono en el bolsillo del vestido, James se acerca a mí y pregunta con su tonito habitual:
—¿Qué pasa, hermana? ¿Por qué me miras así?
Uf..., uf...
¿Encima me viene chulito? ¿A que le doy un pescozón al Bujías?
—James de mi vida..., ¡has venido!
Es mi madre.
James sonríe. Yo me cago en todos sus antepasados, y mi hermano, sorteándome, va hasta mi madre, la abraza y le da un beso.
—Qué bien hueles, mamá.
Ella, como es de esperar, sonríe como una boba. Si Jessica es su niña, James es su consentido, y mi madre se cree que tratándolo como si fuera un crío de diez años va a solucionar el problema de sus adicciones, cuando no es así. James necesita disciplina y sobre todo ayuda profesional. Pero hasta que él lo asuma y lo acepte, nada de todo lo que ocurre se va a arreglar.
—Anda..., pasa a ver a tu hermano —oigo que dice.
Una vez que él desaparece en el interior de la habitación, mamá se acerca a mí.
—Isabella —me suelta—, no me gusta que mires de ese modo a James.
Madre mía..., madre mía..., qué día llevo..., pero cuando voy a responder me suena el móvil otra vez. Lógicamente mi madre, al oírlo, menea la cabeza y susurra con gesto de enfado:
—Entre que no te arreglas ni te pintas y no paras de hablar por teléfono, no me extraña que no tengas marido... Y, por cierto, ni a tu hermana ni a mí nos gustó lo que Caro se hizo en el pelo. Pero, hija, ¡¿cómo se lo permitiste?!
—¿Que cómo se lo permití? —pregunto sorprendida.
Mi madre asiente. Tuerce la cabeza y añade:
—Tu hermana me lo contó. Desde luego, Isabella, no esperaba yo esto de ti. Tendrías que haberle dicho que no.
Tras soltar eso, se da la vuelta y, ¡zas!, se mete en la habitación dejándome con cara de tonta. Sí..., sí, de tonta.
Pero ¿qué mentira le ha soltado la idiota de mi hermana? Miro el teléfono, que sigue sonando. Es Raúl, el hombre con el que me veo últimamente. Nada serio. Pura diversión.
—Hola, guapa —dice cuando contesto—. ¿Qué tal tu día?
Me apoyo en la pared y cierro los ojos.
—Sinceramente, una mierda.
Raúl se queda callado. ¿Acaso no me va a preguntar por qué digo eso? Y de pronto suelta:
—¿A qué hora nos vemos?
Abro los ojos. ¡Es verdad! Esta noche he quedado con él, y consciente de que va a ser imposible, respondo:
—A ninguna.
—¡¿Cómo?!
—Mi hermano está en el hospital.
Silencio. No dice nada. Pero de pronto replica:
—¿Qué tal si te inventas algo más creíble?
¡Para flipar! ¿En serio? ¿Algo más creíble?
Pero ¿cuándo le he mentido yo al imbécil este y por qué iba a hacerlo, además?
E, intentando no perder la paciencia, tras el desastroso día que llevo, insisto:
—Raúl, no tengo que inventarme nada. Te estoy diciendo la verdad.
A partir de ese instante entramos en una tonta discusión. Tú me dices. Yo te digo. Tú me reprochas. Yo te reprocho. Tú me mandas a la mierda. Yo te envío de avanzadilla. Y finalmente me cuelga.
¡Será tonto el tío!
Sin dudarlo, lo bloqueo y borro su teléfono de mi lista.
¡Anda y que le den!
¡Será por peces en el río!
Tan pronto como recobro la compostura, entro en la habitación, donde veo que mis padres y mis hermanos ríen. Intentando mantener la alegría y olvidándome de mis propios asuntos, me sumo a su buen humor y durante un rato el ambiente se suaviza, hasta que mi madre pregunta dirigiéndose a mí:
—¿Cuándo puede volver tu hermano James a su trabajo?
Según dice eso, mi gesto cambia y oigo que mi padre, que sabe la verdad, dice:
—Renne...
Pero mi madre, que vive en los mundos de Yupi, insiste:
—Hija, el trabajo está muy mal y tu hermano necesita un empleo.
—Mamá..., déjalo —musita James.
Emmett me mira. Como mi padre, él sabe la verdad, e indica:
—Mamá, es mejor que no te metas en eso.
James no dice ni mu. Mejor que se quede calladito, pero mi madre suelta:
—¿Cómo que no me meta? Mi niño necesita un trabajo y su hermana se lo puede dar... ¿Cómo no voy a meterme?
Joder..., joder..., joder..., con mi madre.
—Contratadlo vosotros para alguno de los supermercados —dice entonces Emmett.
—No me jodas —protesta James molesto.
Mis padres se miran. Malo, malo. Y mi padre, que ya se ha cansado de darle oportunidades a mi hermano, replica:
—La última vez dije que no habría más oportunidades. El trabajo no es un juego.
Lo entiendo, asiento, y mi madre insiste:
—Pero, Isabella..., tú sí que puedes contratarlo.
¡Joder! E, incapaz de seguir callada un segundo más, suelto:
—Mira, mamá. Como dice papá, el trabajo es algo muy serio.
Tengo a mi cargo a veinticinco personas entre los dos restaurantes, y ya no te cuento en los hoteles, y, como es lógico, hay unas normas que seguir. Si trabajas bien y cumples con tu cometido, te quedas.
Si no trabajas y te dedicas a hacer lo que no debes, te vas. A James ya le he dado cinco oportunidades. ¡Cinco! Y una tras otra me ha fallado.
—Pero es tu hermano —reitera mi madre.
—¡¿Y...?!
—Que a un hermano se le perdona todo —replica ella.
—Renne... —gruñe mi padre.
Uf..., lo que me está entrando por el cuerpo.
Mi hermano James me mira. Se siente respaldado por mi madre y, mirándolo yo a él, pregunto:
—¿Le has dicho a mamá por qué te he despedido esta última vez?
James levanta la vista al techo. Como siempre, la mala tengo que ser yo.
Emmett me coge la mano. Hace que lo mire. Quiere que me tranquilice, pero mi madre insiste:
—Lo que haga da igual. ¡Es tu hermano!
Según oigo eso, noto cómo toda la bilirrubina de mi cuerpo sube hacia arriba y, cuando estoy a punto de darle el disgusto del siglo a la mujer, consigo detener mi lengua viperina y, caminando hacia la puerta de la habitación, cojo mi abrigo y digo:
—Necesito que me dé el aire. Ahora vuelvo.
Acto seguido, salgo sin mirar atrás y, con paso acelerado, camino hacia el ascensor, pero antes de llegar saco de mi bolso el pasador para el pelo de nácar beige que era de mi abuela Marie y lo miro con cariño. Tener ese objeto que fue tan importante para mi abuela es muy especial para mí. Como siempre, le doy un beso y, sin dudarlo, me recojo el cabello. En cuanto llego al ascensor, no me paro y camino hacia la escalera. De lo nerviosa que estoy, no sé ni lo que hago. ¡Estoy atacada! Vaya día que llevo.
Ya en la escalera, sin saber por qué, me pongo a subir en vez de bajar. ¿Adónde voy?
Llego al último piso y me detengo en seco. Tomo aire. Estoy muerta.
En silencio, me apoyo en la pared y resoplo, y entonces veo que al fondo una puerta se abre y de ella salen dos médicos. O al menos creo que son médicos, vamos, porque van con sus batitas blancas.
Instantes después veo que la puerta vuelve a abrirse y por ella salen dos chicas, al tiempo que entran otras dos. Eso llama mi atención y, sin dudarlo, me dirijo hacia allí.
Cuando estoy frente a la puerta, agarro el pomo con seguridad y la abro. Rápidamente salgo al exterior.
¡Anda, pero si estoy en la azotea del hospital!
¡Bien! ¡Aire fresco!
Como si estuviera acostumbrada a moverme por aquí, camino por la azotea y veo más allá a un grupo de empleados del hospital que ríen divertidos. Sin duda este lugar es su válvula de escape.
Atraída por las preciosas vistas de Nueva York que me rodean al anochecer, me acerco a la baranda, me quito el pasador del pelo para que este se mueva con el viento y lo dejo sobre la barandilla.
Madre mía, ¡qué bonito es Nueva York!
Desde donde me encuentro, las vistas son privilegiadas, pero me apresuro a ponerme el abrigo, pues estamos en marzo, hace un frío que pela y no quiero constiparme.
A continuación saco del bolsillo de mi abrigo el paquete de tabaco y el mechero y me enciendo un cigarro.
Vale, sé que no es bueno fumar..., ¡pero me gusta! Y hasta que yo decida dejarlo, por mucho que me lo digan todos los que me rodean, ¡no lo voy a hacer!
Mientras fumo, pienso en mi día. En este maldito día de mierda.
Desde que Emmett me ha llamado al restaurante para decirme lo del accidente, todo se ha desbaratado. El atasco. El golpe con la furgoneta de reparto. El hospital. Discutir con la recepcionista. Mi madre. La preocupación por la salud de Emmett. Los problemas en el restaurante. La bronca con Raúl. Mi hermano James. Hay días malos, y sin duda hoy es uno de ellos. ¡Pero, joder, ¿acaso no me puede pasar algo bueno?!
Estoy pensando en ello cuando de pronto oigo a mi lado:
—Hay momentos que deberían ser eternos.
Con el rabillo del ojo, veo que se trata de un hombre más alto que yo, y le suelto:
—No te lo tomes a mal, pero eso no te lo compro.
—¿No me lo compras?
—No. Y menos aún estando en un hospital. No me gustan.
—Vaya..., cuánta negatividad.
Su voz me hace saber que está de humor, un humor que yo he agotado hoy, e indico con acidez:
—No estoy para coñas.
—Yo tampoco —insiste.
—Te estoy diciendo que no estoy para coñas.
—¿Tú no sabes que un día sin reír es un día perdido?
¡No puedo más! Este tío me acaba de sacar de mis casillas y, resoplando, suelto:
—Mira, oye, ¡vete a la mierda!
El hombre, cuyo rostro la oscuridad no me permite ver por completo, reitera ignorando mi acidez:
—Venga, mujer, no te pongas así, un poco de positividad.
Bueno..., bueno..., bueno... ¿Positividad? ¿Qué narices es eso?
—¿Tú no sabes que fumar es malo para la salud?
Venga, hombreeeee..., ¿en serio?
Y cuando le voy a soltar una de mis frescas, él apoya los codos en la barandilla y, señalando con la mano hacia delante, continúa:
—Mira todo lo que nos rodea. Nueva York. Sus luces de colores. Su precioso cielo estrellado. Su vitalidad. Gente riendo feliz a nuestro lado. ¿No te parece precioso? ¿No crees que este momento, con la magia que nos rodea, debería ser eterno?
Joer..., lo que me faltaba..., ¡un flipado de la vida y la magia! No estoy yo para estas tonterías.
—Pues mira, no —replico—. Ni creo en la magia, ni miro el mundo con tus ojos y...
—¿No crees en la magia?
—No —y pensando en mi sobrina declaro—: No me renta.
Él sonríe y luego añade ante mi gesto de furia:
—Si no crees en ella, ¿cómo esperas que tu día mejore?
Bueno..., bueno..., bueno... ¡Que le he dicho que no estoy para coñas! Y, dispuesta a dejar de tener esta conversación tan absurda con un tipo al que ni conozco ni pretendo conocer, digo intentando retener mi lengua:
—Mira, si te soy sincera, el día de hoy ha sido una mierda. Pero mierda en letras mayúsculas, subrayadas y en negrita, por lo que dudo que vaya a mejorar y mucho menos deseo que sea eterno. Así que ve con el cuento de tu mundo ideal a otra, porque a mí no me lo vas a vender.
Y, sin ganas de seguir hablando con ese desconocido, apago el cigarro y suelto mientras me marcho:
— Que siga siendo eterno para ti. ¡Disfrútalo!
