Hay momentos que deberían ser eternos
Divertido, Edward se quedó mirando a la mujer que se alejaba de él.
Sin duda tenía carácter y su día había tenido que ser desastroso, por lo que sonrió. Él también tenía días así, pero desde hacía tiempo había decidido que el malhumor no formaría parte de su vida.
El tiempo y las experiencias le habían hecho darse cuenta de que la positividad era infinitamente mejor que la negatividad, y sin duda intentaba que siempre lo acompañara.
Estaba pensando en ello y sonriendo cuando, al mirar hacia abajo, se percató de que la mujer se había dejado un pasador sobre la barandilla y, sin dudarlo, lo cogió.
Volvió a mirar hacia la puerta para avisarla, pero ya había desaparecido, por lo que tras observar con curiosidad el pasador, se lo guardó en el bolsillo de su chupa de cuero. Antes de salir lo dejaría en recepción por si la mujer lo reclamaba.
Estaba admirando la belleza que Nueva York le ofrecía cuando oyó a su lado:
—Doctor Cullen...
Al volverse, el aludido respondió con sorpresa:
—Doctora Hale...
Divertidos, ambos sonrieron y luego él preguntó:
—Pero bueno, Alice, ¿cuándo has vuelto?
Gustosos, se dieron un abrazo; se conocían desde hacía años.
—Hoy es mi primer día tras la baja maternal —explicó ella.
—¿Y todo bien?
—Todo genial, Ed. Es más, ¡lo echaba de menos!
Ambos rieron. Alice, una guapa cirujana, había sido madre meses atrás.
—¿Qué tal tu bebé? —quiso saber Edward.
—Precioso y grande como su hermano. Y, sí, añoro a mi pequeño cagón, pero permíteme decirte que estoy feliz, contenta y pletórica de volver a ejercer mi profesión y ser algo más que una fábrica continua de leche.
Ambos rieron por aquello y después ella preguntó:
—¿Estás de turno?
Él negó con la cabeza.
—He terminado hace horas. Pero primero me han necesitado para una urgencia y después ha venido Aro a consultarme un caso..., ¡un minuto! Sin embargo, como siempre, nos hemos tirado una eternidad, y ahora estoy esperando a que acabe de solucionar unos temas para irnos a cenar. Al menos me pagará la cena.
Alice sonrió. Conocía cómo eran los «minutos» entre todos ellos; se agarró al brazo de él y propuso:
—Pues vente con el resto mientras esperas a Aro. Estamos celebrando el cumpleaños de Antonio, el celador, y ha traído una tarta de zanahoria ¡que está de muerte!
Y, sin dudarlo, Edward accedió. Conocía a Antonio, y se unió a la celebración mientras esperaba.
¿Por qué no?
