Capítulo 3

Aquel jardín era un pequeño tesoro cálido, escarpado en su extensión pero delicado en aquellas esquinas, huecos y secretos que se escondían de la vista del visitante despistado. Para Marinette y Adrien fue fácil descubrir las palmeras, los árboles cítricos y las amapolas. Diferenciar las plantas aromáticas fue un poco más complicado, más que nada porque algunas no las habían visto en la vida y no supieron diferenciarlas, y no todas las plantas estaban etiquetadas.

—Espero que Nino y Alya tengan más suerte —se quejó Marinette, entumecida de llevar tanto rato encorvada, estudiando la planta.

Le dolían las piernas de estar inclinada frente a la salvia, cuya ficha habían hecho confundiéndola con la lavanda y, cuando más adelante se encontraron con que la lavanda sí estaba correctamente etiquetada y, efectivamente, olía a lavanda, tuvieron que desandar todo el camino y rehacer la tarea de nuevo.

—Puede que Nino se queje, pero será el primero de los dos que se ponga cursi con todas esas flores alrededor —bromeó Adrien, sonsacándole una risita a Marinette.

Marinette se irguió, sintiendo un tenso tirón en la cadera y contuvo a duras penas las ganas de estirarse como un gato soñoliento. En su cabeza resonaron las bromas que cierto gato malcriado le diría si la viera así. Volvieron al camino, más centrados en regresar al donde lo habían dejado y recuperar el tiempo perdido que en admirar el paisaje. Pero algo los detuvo. Marinette se quedó fascinada con un mirto que encontraron a un lado del sendero. No estaba en la lista, pero aún así se acuclilló para poder olerlo.

—¿Qué es? —preguntó Adrien, arrodillándose a su lado—. Huele a limón.

—Es mirto —respondió Marinette, tomando una de las ramas con cuidado y acercándosela a la nariz—. Es una planta que se usa mucho en los perfumes, pero también en la cocina y en el arte.

—Me suena el olor —reconoció Adrien, le recordaba a un perfume que usaba mucho Nathalie, aunque nunca le había preguntado por él—. Pero no de verlo.

—Es una pena que no sea su estación, tiene unas flores preciosas en verano, muy blancas y delicadas, con tantos estambres que parece que la flor ha explotado tan fuerte como su olor. Quizás así te sería más familiar. Aunque puede que también lo hayas visto en las famosas coronas de mirto griegas.

—¿Pero las coronas no eran de laurel?

—Las de los guerreros, pero las que estaban relacionadas con Afrodita y el amor eran de mirto.

Adrien la observó con interés.

—No sabía que te interesaba la historia griega.

—Fue un aprendizaje forzado —le explicó Marinette, soltando una carcajada sutil y poniéndose de pie. Le tendió una mano a Adrien para ayudarle a levantarse.

—Gracias —dijo él, tomando su mano más por el contacto que por usarla de impulso para ponerse en pie—. ¿Y cómo fue eso de aprendizaje forzado? ¿Alguna profesora de historia muy intensa?

—Profesor en realidad —contestó Marinette, volviendo a caminar cuando Adrien ya estuvo erguido—. Mi padre.

Adrien frunció el ceño en una mueca tan inesperada que Marinette soltó una risotada. A la Marinette de otro tiempo le habría extrañado verse tan ligera y tan risueña al lado de Adrien, pero así se sentía en ese momento. La compañía que antes le había puesto tan nerviosa y tensa, ahora la relajaba y afloraba una parte de ella que pocos conocían.

—¿Qué? ¿No te lo esperabas?

—Pues… —murmuró Adrien, con temor a decir algo que provocara un malentendido. Suspiró—. La verdad es que no.

—Lo sé, le pasa a todo el mundo. En realidad me lo explicó dándome una clase de cocina.

¡Ah!, exclamó Adrien de forma muda, solo moviendo los labios.

—Lo sé, lo sé —repitió Marinette—. Me estaba enseñando a hacer una mermelada de mirto y una cosa llevó a la otra, mi padre tiene una forma muy bonita de enseñar a la gente a cocinar. Por lo que sé, así fue como consiguió que mi madre le pidiera una cita.

Marinette le sonrió de esa forma que hacía que sus ojos brillaran con ternura, abrazada como estaba al recuerdo y a la esperanza, y Adrien no pudo hacer otra cosa que quedarse mirándola como un idiota, preguntándose si debía pedirle lecciones de cocina a Tom Dupain.


Tuvieron suerte y cuando se acercaron a los nísperos casi todos estaban en flor, pero había algunos que ya tenía pequeños racimos anaranjados de fruto. Pudieron sacarle fotos a las distintas fases y Marinette estuvo segura que ese golpe de suerte bien valdría para que les subieran la nota si lo aprovechaban bien.

—Creo que llevo una vida muy aburrida —soltó Adrien de sopetón, admirando el árbol.

La repentina afirmación sobresaltó a Marinette, que lo observó preocupada. No era la única amiga de Adrien que caminaba de puntillas alrededor de la rutina estricta de Adrien, queriendo meter baza, pero sabiendo que no podían hacerlo. Bastante mal le había salido a Nino el tiro cuando lo intentó, convirtiéndose en un akuma. Marinette carraspeó, incómoda y confundida. Adrien no se percató.

—¿Por qué lo dices? —se atrevió a preguntar.

—Hay muchas cosas que no sé, olores que no conozco, sabores que me son extraños, lugares que jamás he visto… Cualquiera pensaría que con el ritmo de vida que llevo, habría probado más cosas, visitado más sitios, experimentado… —Adrien se mordió el labio, repentinamente cansado—. Pero creo que siempre estoy metido en una casa de muñecas. Una muy bonita, que se mueve de un lado a otro como si no pesara, pero una caja de la que no puedo salir y en la que siempre se repite lo mismo una y otra vez. Ni siquiera sabía lo que era un níspero hasta ahora.

Adrien no sabía de dónde le había salido aquel arrebato por sincerarse con alguien. Era un deseo constante en su vida, uno al que nunca cedía. Plagg era el único al que le había contado esas cosas, y aún así siempre se contenía. No se atrevió a mirar a Marinette, avergonzado y compungido como se sentía.

—A lo mejor… —susurró Marinette con voz trémula—. A lo mejor aún no conoces todos los secretos de la casa de muñecas, a lo mejor lo que piensas que son paredes de plástico en realidad son de cartón y se pueden romper. Y quizás haya alguien al otro lado esperándote, intentando hacer un boquete en la pared desde su propio lado.

Marinette sintió un calor intenso en las mejillas, pero no se arrepintió de ninguna de las palabras que habían salido corriendo de sus labios. Adrien tampoco se atrevió a mirarla, aunque una repentina y tímida sonrisa se coló en su boca, se quedaron mirando los frutos del árbol en un silencio cómplice. Hasta que Marinette observó vigilante y rápida por los alrededores y dio un repentino salto, sobresaltando a Adrien. Atrapó algo con la mano y cogió a Adrien con la que tenía libre, echando a correr. Cuando, más tarde, tranquilos y seguros de que no los veía nadie, Marinette le tendió uno de los nísperos que había arrancado del árbol, Adrien se ruborizó y lo tomó en su mano. Adrien estuvo seguro de que jamás había comido nada tan dulce.

Martes, 4 de enero de 2022


¡Feliz año, lindas flores!

Bueno, pues aquí tienen un pedacito más de este par de tórtolos. Adrien bromea con que Nino en realidad es un cursi, pero no se da cuenta de que él en realidad también es sumamente ñoño jajajajajaja

MrFlorLee329, ¡muchísimas gracias por tu review! Por todos es bien sabido que dejo la dinamita dramática para los fics largos, mientras que los cortos me salen más dulces. Al menos de momento jajajajajaja. Creo que es un paso que ambos tienen que dar ya que, incluso sin los miraculous, el peso de su relación sería demasiado alto para que lo afrontaran tal cual estaban al principio. Sobre todo con lo que respecta al insípido de Gabriel y a la vida tras los focos de Adrien. Más todos los traumas que el pobre chico trae consigo y que no sabe expresar. Pero con pasitos de bebé van avanzando.

Pues, con esto y un bizcocho, ¡nos leemos pronto!