Las malas noticias no cesaban. Sus primos esposarían a sus enemigos, sus enemigos asesinaban a sus otros familiares en su propia casa, Roxane formaba un ejército con soldados extranjeros con ayuda de Lysander Scamander, y Lorcan había rechazado la invitación a la Madriguera para formalizar estrategias de alianzas.

- Con el favor del Bosque, los Malfoy tienen la ventaja - Dijo Bill dirigiéndose a su esposa Fleur, y sus hijos Dominique y Louis - Nuestros hombres no podrían hacerles frente.

- Roxane tiene un ejército - Intervino Dominique, espantando a su madre por intervenir en cuestiones de guerra - Victoire tuvo un hijo con Edward antes de que lo asesinaran, y…

- Y los Scamander son nuestros amigos - Completó su padre, ignorando el rostro turbado de Fleur quien no aceptaba que su hija actuara de manera poco femenina - Pero perdimos a Percy.

- Tío Percy no tenía un ejército - Dijo Dominique duramente. Claramente le dolía que su tío y su prima hayan sido masacrados en su propia casa, y que Lucy hubiera desaparecido del mundo, pero había que ser realistas. Una guerra se gana con ejércitos, no con amor de agricultores.

Fleur no pudo soportar más de las palabras tan poco apropiadas de su hija, y se levantó bruscamente de su asiento.

- Hugo se casará con la hija de Zabini y Rose se casará con Garrick Nott - Dijo Fleur sin perder la elegancia, a pesar de verse molesta - Incluso esos salvajes del Bosque comprenden que la mejor manera de ganar una guerra es con matrimonios.

Bill cerró los ojos y sintió el peso de todas las generaciones de los Weasley sobre sus hombros. Al ser hijo mayor heredó todas las tierras de sus ancestros, pero nunca dio la espalda a su familia. Ahora su familia estaba dividida: Charlie viajando por el mundo, Fred, George, Percy y Ginny muertos, y Ronald compartiendo pan con los asesinos de los anteriores. ¿Qué tanta familia le quedaba?

Abrió los ojos y enfocó la vista en Fleur, su esposa tenía un punto: un matrimonio podría ayudarlos. Luego dirigió la mirada a sus hijos: Dominique, con una mente militar que heredó de su padre, y Louis quien al ser el único hijo varón daba por sentado su posición, riquezas y seguridad. Se encontraba en una bifurcada, eso era cierto, pero no por ello no podría unir ambos caminos.

- Victoire estará a salvo, los hombres de la costa la protegerán a ella y a su hijo, pero no se unirá a la guerra. Acaba de perder a su esposo, no podría darse el lujo de perder a su único hijo - Expresó Bill, luego dirigió una mirada a sus hijos - Ambos se casarán con aliados extranjeros, Louis irá en búsqueda de una esposa rica y un esposo apropiado para Dominique…

- ¡Pero…! - Exclamó Dominique, mientras Fleur sonreía alegremente ante el deseo de su hija siendo una dama aparentemente cumplido, pero la mirada de Bill fue suficiente para silenciar a sus descendientes.

- No dejarás de entrenar y, sí así lo deseas, irás a la guerra. Estarás a la cabeza de 5 mil hombres al igual que tu hermano.

- ¡Bill! - Exclamó Fleur horrorizada - Dominique es una mujer, no puedes seguir con esta locura de entrenarla en armas y mucho menos mandarla a la guerra. ¡Su lugar es con sus hijos a la espera de su esposo!

- Me casaré - Prometió Dominique ignorando las palabras de su madre - E iré a pelear cuando sea el momento.

- Partiré esta noche - Expresó Louis - Mándale mis recuerdos a Victoire si la ven antes de que regrese.

Asunto zanjado. Ni las palabras de Fleur podrían deshacer lo que Bill acababa de construir. No podían confiarse, no luego de que asesinaran a Percy y Molly en su propio hogar. Tenían que mantenerse fuertes por si a los Malfoy se les ocurría hacer lo mismo con todos quienes no aceptaban la nueva corona.

Prepararon todo para el viaje de Louis, y en la noche fueron a despedirlo. Su único hijo se encontraba sobre su corcel con casi cincuenta jinetes que lo acompañarían a Dumstrang y a Beauxbatons a buscar alianzas. Confiaba en que los nobles de aquellos reinos aceptarían casarse con sus descendientes, quienes habían heredado la belleza de su mujer, y que nunca sospecharían de sus habilidades de guerra hasta que sea demasiado tarde.

- Cuídate, mi niño - Pidió Fleur enternecida al ver a su hijo partir, ignorando completamente que llamar "mi niño" no era precisamente algo digno de un lord - Oraré por ti.

- Consígueme un buen esposo o te reviento el… - Amenazó Dominique recibiendo un golpe en el brazo por parte de su madre por la amenaza tan poco femenina.

Una vez que despidieron al heredero que llevaba el emblema del Fénix en su estandarte, los nobles de la casa dieron media vuelta de regreso al castillo.

- Descansa esta noche, mañana continuas tu entrenamiento - Ordenó su padre a su hija, mientras su madre hacía un mohín como reproche silencioso ante la idea.

Dominique asintió con la cabeza pero desobedeció a su padre, esa noche no descansaría. Caminó tranquilamente hacia su habitación sabiendo que allí la esperaban y se encontró con Caradoc Dearborn, el maestro de armas.

- Tu padre quiso que acompañara a tu hermano - Dijo el hombre mientras Dominique cerraba la puerta tras ella, quedándose a solas con el vasallo de su padre.

- Debiste obedecerlo - Murmuró la rubia caminando hacia la mesa para servirse una copa de vino - Mi hermano irá en busca de una esposa.

- Eso oí.

- Y un esposo.

Clavó su mirada en el maestro de armas, el hombre que la había entrenado para luchar. El soldado sin títulos que la había entrenado con la espada desde que era una niña.

- Tu madre debe estar contenta - Contestó Caradoc finalmente. Era extraño, a veces le juraba amor y otras veces insistía en que aquello era imposible. Un vasallo con una noble no era ventajoso en ningún sentido, y las mujeres de alta cuna no pueden darse el lujo de casarse por amor.

- Padre dice que seguiré entrenando, pero supongo que a pesar de eso sí está contenta.

¿Qué más decir? Ellos no se entendían con palabras precisamente, no había nada nuevo que aportar. Caradoc Dearborn era maestro de armas porque peleaba bien, pero no tenía nada que ofrecerle. Dominique Weasley era la hermosa hija de un famoso lord, era casi una obligación esposar a alguien conveniente. Así como era casi una obligación sentir que debía entregarse a él esa noche, tal y como lo hizo muchas veces antes.