Lorcan Scamander quemó la carta de los Weasley de la Madriguera tras haberla leído un par de veces. Era hora de actuar, y al ser el único Scamander que sabía utilizar la cabeza sentía un peso injusto sobre sus hombros. Un peso que ningún otro lord tenía. El peso de dos padres idiotas que casi convierten el apellido familiar en una burla, y el peso de un hermano cegado por el amor que nunca dejaría de humillarse por una mujer que jamás le correspondería. Era su trabajo limpiar el nombre de su familia, y era un trabajo en el que no tenía más ayuda.
- Mi señor, llegaron los hombres con los prisioneros del día - Avisó su guarda.
Lorcan sintió con la cabeza y se levantó con tranquilidad. Su feudo se encontraba entre el camino real y las costas del este, por lo que cualquier hombre que quisiera huir tenía que pasar forzosamente por sus dominios. Así, Lorcan lograba atrapar media docena de cobardes desertores cada noche. Hombres a quienes "perdonaba" la vida a cambio de fidelidad. Era una estrategia que los demás nobles no conocían, pero que le permitía tener mayor poder del que cualquiera sospecharía.
- Los prisioneros de hoy, mi señor - Dijo el guarda con una leve reverencia, mientras cuatro de sus soldados empujaban a cinco campesinos al frente.
Lorcan caminó por el salón con tranquilidad, sin emitir palabra alguna, hasta que estuvo al frente de los cinco desertores.
- Intentar escapar del reino sin la orden de un noble es un delito grave - Explicaba Lorcan en son de burla como cada noche - Podría devolverlos a sus señores, pero me temo que alimentar prisioneros es costoso, y entregar cabezas resulta mucho más práctico.
Y, como cada noche, las súplicas de clemencia no se hacían esperar. Tal vez otra persona se cansaría de dicha rutina, pero Lorcan no. Le gustaba recordarse a sí mismo su poder por medio de las súplicas ajenas. Nada mejor para recordarse a sí mismo que eres el juez del destino de aquellas vidas.
- Tú - Ordenó Lorcan a uno de los campesinos, al que lucía más viejo - ¿Alguna habilidad especial?
- Yo… era criador de cerdos, mi señor… Yo… le suplico, mi señor…
¿Un criador de cerdos? No era útil ¿Un anciano cobarde? No era potencial.
Asintió con la cabeza, sacó la espada y antes de que el anciano pudiese decir más, le cortó el cuello. Logrando sacar gritos entre los cuatro sobrevivientes, de los cuales un grito en particular logró llamar su atención.
- ¿Una mujer? - Preguntó al ver mejor el rostro de uno de los prisioneros. Efectivamente era una mujer de unos 30 años.
- Mi señor, por favor… - Suplicaba.
- ¿Qué sabes hacer?
Como grata sorpresa, la mujer fue más lista que el anciano, o tal vez valoraba más su vida.
- Sé cocinar, mi señor. También limpio muy bien y soy trabajadora. Atendí muchos años una taberna y preparo la mejor cerveza, muchos soldados lo aseguraron y…
- Seguro que sí. Descuida, no te haré daño - Interrumpió Lorcan sonriendo, luego se dirigió a uno de sus guardias - Asegúrate de asearla, la dama se quedará con nosotros y calentará la cama de los que me sean leales.
- ¿Mi señor? - Preguntó la mujer asustada, al entender lo que aquellas palabras implicaban.
- Podrás ser el primero - Le dijo Lorcan al guardia que se llevaba a la mujer, quien comenzó a llorar y gritar desesperada, hasta que la sacaron del salón y nuevamente se instaló el silencio.
- ¡Se pelear, mi señor! - Dijo uno de los prisioneros antes de que Lorcan hablara - Ponga una espada en mi mano, y asesinaré a quien me ordene… Yo…
Dicho y hecho, Lorcan le tendió su propia espada, y uno de sus guardias se posó frente a él.
- Demuéstralo – Se burló Lorcan - Quien viva podrá pelear por mí.
El campesino no duró más de 10 segundos de pie, hasta que una espada en el ojo atravesó su cráneo.
- ¿Tú? ¿Tienes tanta habilidad con la espada como tu amigo? - Se burló Lorcan con el otro campesino.
- No, pero…
Mala respuesta. Lorcan hizo una señal con la cabeza y el guarda asesinó al cuarto campesino. Solamente quedaba uno.
- ¿Por qué tendría que dejarte vivir?
- Sé las relaciones que mantienen los nobles del reino y lograría reconocerlos. También sé sacar información de soldados borrachos y prostitutas. No tengo nada que perder, pero tengo mucho que ganar, así que no lo traicionaría – Sentenció el campesino aceleradamente, sonando asustado pero de cierta forma con valentía.
Lorcan sonrió complacido, asintiendo con la cabeza.
- ¿Tu nombre?
- Nigel, mi señor.
- Vivirás bajo mi protección, me serás leal y si me traicionas te torturaré hasta quebrarte ¿entendido?
- Si… Sí, mi señor.
- Muéstrenle su habitación - Ordenó a los guardas - Mañana irás a la Capital, Nigel. Espero que tu habilidad para sacar información relevante sea cierta.
Lorcan dio media vuelta y caminó en dirección a sus aposentos. Una prostituta y un espía en una noche… No estaba mal. Tal vez mañana encontraría algo mejor… una dama de alta cuna desaparecida tal vez.
