Su padre le había encomendado visitar la Capital para ayudar a su hermano con asuntos políticos, pues Garrick no gozaba del don de la diplomacia precisamente. Así que Duncan se había visto forzado de abandonar una hermosa ciudad blanca de prostitutas y mercenarios en Beauxbatons, para viajar a la aburrida y civilizada capital de Hogwarts.

- Estoy lista - Indicó Rose con una sonrisa y pasó de largo por el pasillo sin siquiera esperarlo.

Aprovechó de mirarla por detrás. La esposa de su hermano era guapa, sí, pero no parecía tener más a su favor. Su padre estaba escéptico porque una familia tan orgullosa como los Weasley entreguen a su hija tan fácilmente (aún más cuando se trataba de entregarla a alguien como Garrick) y estaba seguro que tramaban algo, que Rose era experta en venenos o algo por el estilo. Así que su misión era usar su don para leer certeramente a las personas y manipularlos hasta llegar a la verdad.

Si Rose Weasley tenía planes oscuros e intenciones secretas, él sería capaz de develarlos.

- Prepara la carroza - Ordenó la pelirroja a un mozo, una vez que llegaron al jardín - Visitaré la iglesia y el orfanato.

- Sí, mi lady.

Caminó hasta estar a su lado, seguro que no le tomaría más de cinco minutos ver si algo se escondía tras ese lindo rostro.

- ¿El orfanato, mi lady? - Le preguntó mientras esperaban que el carruaje estuviese listo.

- Así es. Dios encomienda ser generosos con los menos afortunados.

Religiosa. Eso significa que sería más fácil de manipular para su padre y hermano. Lo tuvo presente.

Una vez que el carruaje estuviese listo, la ayudó a subir y permanecieron en total silencio hasta llegar a la iglesia. Pensó en intimidarla con una mirada penetrante, pero la pelirroja no despegó la vista del carruaje hasta que llegar a destino.

Una vez en la capilla, tuvo que soportar un maldito sermón que duró una hora completa y, cuando creía que no podía estar más desesperadamente hastiado, vio a su cuñada hincarse para rezar en silencio por casi media hora más.

¿Por qué diablos estaba ahí? ¿Qué hacía en una maldita iglesia cuando podía estar disfrutando de las prostitutas y cabareteras de Beaxbatons? Realmente amaba a su hermano para ofrecerse con esa tarea tan estúpida. Nunca más custodiaría a una lady, nunca. Ni siquiera por Garrick.

Vio con alegría que la pelirroja se levantaba y la imitó de inmediato, pero su sonrisa se esfumó cuando se dio cuenta que la mujer solamente quería acercarse al cardenal para pedirle que escuchara su confesión.

Demonios, ¿qué diablos podía confesar una muchacha tan sosa? Al parecer mucho, pues luego de otros 30 minutos, Rose finalmente salió del confesionario y, sin dirigirle la mirada, caminó hacia la salida tal y como lo había ignorado en la mañana.

Duncan terriblemente molesto corrió hacia ella y, una vez que la carroza comenzó a avanzar, decidió tener una opinión pronto y evitar estar con esa mujer más tiempo del necesario.

- ¿Tiene pasatiempos? - Le preguntó interrumpiendo el silencio..

- Obras de caridad - Contestó ella despegando la mirada de la ventana del carruaje - Me gusta visitar a los enfermos y los pobres… Ver los rostros de esperanza de los pequeños demuestra que Dios vive en todos y cada uno…,

Bla, bla, bla. La insoportable mujer habló todo el camino de la maravillosa satisfacción que uno tiene al darle la mano a un indigente, y con cada palabra Duncan solo se prometía no pasar más tiempo del estrictamente necesario con la aburrida esposa de su hermano.

Muchas veces había envidiado a Garrick, como no, tratándose de un hijo natural. Su hermano tenía títulos, herencia, una madre viva y una habilidad impresionante con la espada. Sin embargo, tenía que admitir que no estar encadenado a las leyes que su padre dictaba para su hijo legítimo le había traído un par de ventajas en la vida: no estar casado con una fanática religiosa, por ejemplo.

Luego de toda una tarde donde su cuñada donaba dinero a los huérfanos y hablaba con las monjas que los cuidaban, Duncan sintió que su cuerpo iba a explotar del aburrimiento. ¿Cómo había pasado de tardes en el paraíso a estar con la versión femenina del cardenal y sus pequeños huérfanos? Realmente amaba a su hermano.

Llegaron al castillo y la pelirroja no dejó de parlotear hasta que llegaron a la entrada de su habitación.

- Gracias por acompañarme. A pesar de que el protocolo no me permita tratar con demasiada familiaridad al bastardo de mi suegro, verdaderamente siento que mi compañía durante su estadía tendrá un impacto positivo en su alma. Oraré porque pase una buena noche – Se despidió Rose antes de abrir la puerta de su habitación

- Seguro lo hará – Masculló Duncan entre dientes.

La puerta se cerró y Duncan podía jurar jamás haber oído sonido más sublime. Solo fueron necesarios un par de segundos cuando la tediosa criatura volvió a abrir la puerta.

- Duncan, ¿vio el rosario que el cardenal bendijo para que pudiese orar por Garrick esta noche? No puedo encontrarlo.

- Debe estar en el carruaje - Contestó él, desesperado por alejarse de esa mujer al menos unos segundos - Iré de inmediato a buscar.

Dio media vuelta y caminó por los pasillos en dirección a los jardines, mientras se repetía "mañana mismo regreso a Beauxbatons", mentalmente. No fue hasta que llegó hasta la salida, que se dio cuenta de lo que estaba pasando: había dejado a Rose sin vigilancia.

Maldijo en voz baja y regresó sobre sus pasos. Su instinto vibraba y le gritaba que sea rápido y sigiloso. Encontró el pasillo vacío y la puerta de la habitación cerrada, pero tenía que asegurarse. Tenía que desconfiar hasta el último instante y así podría regresar a Beauxbatons sin cargos de consciencia. Debía vigilar a la mujer de su hermano mientras este estaba en la batalla, si acaso ella había escapado para… salvar más huérfanos o algo.

Unas fuertes risas femeninas le indicaron que nadie se percató de su ingreso. Cerró la puerta en silencio y pudo divisar que las risas provenían del baño. La sombra de una mujer en la bañera y otra que peinaba su cabello, se lo confirmaron.

- ¡Tuve que hablar con el cardenal durante horas! - Reía la voz de la mujer en la bañera - No sabía que más decirle, pero seguía inventando pecados y planes de refacción para la capilla.

- ¿Y Duncan esperó todo el tiempo? - Esa era Lily, la prometida del príncipe que conoció el día anterior.

Una corriente eléctrica atravesó su columna y lo obligó a acercarse más a lo que ocultaba el baño. Fue capaz de asomar la vista por las maderas que separaban la bañera de la habitación, comprobando que efectivamente ambas pelirrojas se encontraban allí, hablando abiertamente como no lo hacían a la luz del día.

- Te aseguro que ya no tiene ningún interés en custodiar a su abnegada cuñada – Se burló Rose saliendo de la bañera y permitiéndole ver su cuerpo desnudo - Al menos eso lo tranquilizará por un tiempo.

Lily le tendió una toalla cubriendo su desnudez, cosa que extrañamente lo irritó. Ver a la mujer de su hermano completamente desnuda era un lujo que ni siquiera sabía que deseaba, pero una vez que pudo regodearse de ver las gotas de agua que recorrían su piel desnuda, sintió el imperioso deseo de hacerlo nuevamente.

- Desearía poder tranquilizar de esa manera al príncipe – Murmuró Lily para sí misma.

- Saber que su amante está embarazada debería distraerlo lo suficiente. Ese imbécil no tiene suficiente capacidad para ver demasiadas cosas a la vez - Aseguró Rose con arrogancia, mientras terminaba de secarse con la toalla – Descuida, pronto se me ocurrirá algo para liberarte de él de una vez por todas.

Ya casi habían terminado de usar el baño, por lo que decidió alejarse. Abrió la puerta lentamente para no hacer ruido y salió de la habitación. Una vez que se encontró en el pasillo, nuevamente cerró los ojos y se apoyó en la pared, pero esta vez con una perspectiva completamente diferente: Rose Nott no era nada aburrida.