Cuando los hombres de Fontaine llegaron al castillo, Lysander y su mujer los esperaron con la esperanza de la mejor de las noticias. Contrariamente, el resultado había sido distinto: Roxanne Weasley había muerto.

No es que a Lorcan le sorprendiera realmente la noticia. Era algo ridículamente obvio para cualquiera que se detuviera a pensarlo por más de dos segundos con la cabeza fría. Lamentablemente su hermano no parecía tener esa capacidad de raciocinio, mucho menos cuando se trataba de Roxanne Weasley.

- Voy a matarlos - Dijo Lysander con la voz derrotada, pero con toda la actitud de salir del castillo en ese mismo momento.

- Esposo… - Murmuró Kena intentando coger el brazo del gemelo para consolarlo.

Lysander se deshizo del agarre de manera demasiado grosera y miró a su mujer con furia contenida.

- Cuñada - Interrumpió Lorcan, evitando que Lysander haga una estupidez en frente de los capitanes del ejército de su esposa - ¿Usarías el vestido favorito de mi madre para la cena de esta noche? Tú - Señaló a uno de los sirvientes - Muéstrale a lady Scamander el vestido de invierno de madre.

Ignoró la sonrisa de dientes chuecos que le dedicó la agradecida mujer, y volteó para encarar al tarado de su hermano… Por Dios, era tarado.

- ¡Mañana iremos nuevamente a la capital y…!

Inclusive los capitanes lo miraban con el ceño fruncido. Claro, si no los habían vencido cuando eran 7 mil, ¿Por qué no intentarlo ahora que eran 2 mil? ¡Su hermano era un gran estratega militar!

- Hermano - Llamó Lorcan al mismo tiempo que hacía una seña para que los dejaran a solas - Así no recuperarás a Rox…

- No quiero recuperarla - Interrumpió Lysander - Sé que no pasará, sé que está muerta. Pero quiero ver sufrir a quienes le hicieron esto… Yo debería haber estado a su lado, debería haber estado ahí para protegerla. Es por mi culpa que ella esté muerta.

Lysander cayó sobre la silla como un ser sin vida y comenzó a lamentarse. Lorcan respiró con profundidad y vio la ironía de todo ello: Su hermano era un imbécil y su mayor debilidad era una mujer que ya estaba muerta (que para colmo lo llevó a casarse con la mujer más fea del planeta, pero ese era otro asunto). Y Lorcan… Él no era ningún ingenuo, pero cuando se trataba de su hermano podía llegar a actuar tan estúpidamente como él. ¿Qué podía decir? La debilidad de Lorcan era uno de los hombres más débiles del reino.

- Ve a la iglesia - Le dijo al melancólico ser que se encontraba frente a él - Dile al obispo todo lo que llevas dentro. Confiesa tu culpa por no haber protegido a la mujer que amas, confiesa todos tus pecados, y suplica misericordia por el alma de Roxanne. Reza porque encuentre el descanso que merece, y que el camino hacia sus padres y su hermano sea grato.

Lysander levantó la mirada y lenta, muy lentamente, asintió con la cabeza.

Una vez distraído su hermano, tuvo que hacer algo horripilante: hablar a solas con Kena Scamander.

- ¿Negar a mis hombres pelear? - Preguntó su cuñada sin comprender las palabras y frunciendo el ceño de manera que su única ceja luciera aún más notoriamente peluda.

- Exacto - Contestó evitando mirar grueso vello negro que salía de un lunar sobre el labio de la mujer - Mi hermano se encuentra de luto por la muerte de una querida amiga de la familia, y será capaz de cometer una imprudencia hasta que regrese en sus cabales. Es necesario que usted, como su amada esposa, lo proteja de cometer un acto impulsivo que pudiese costarle la vida.

- Entiendo - Dijo la mujer luciendo preocupada ante la idea de perder a su esposo. ¡Y claro que debía lucir preocupada! Nadie en su sano juicio la tomaría si quedase viuda - Le prometo que protegeré la integridad y bienestar de mi señor esposo. Puede realizar su viaje en paz, mi lord.

Satisfecho, se despidió de la mujer con una leve reverencia y preparó todo para su visita a la capital. Era hora de tomar cartas en el asunto, una pequeña venganza Scamander, para que su hermano recuperase la compostura.

Tras tres días de viaje, llegó a las afueras de la imponente fortaleza donde residían los Malfoy y sus adeptos. No entraría allí, sería una absoluta imprudencia (y para imprudencias ya estaba Lysander), así que optó por encontrar suerte en los alrededores. Afortunadamente, esa misma noche conoció a una pareja de sirvientes de la capital, que aprovechaban su noche libre para darse "una escapada romántica".

- ¿Planean casarse? - Repitió Lorcan contento porque las piezas del rompecabezas parecían caer solas en su lugar - Muchas felicidades. La siguiente ronda va por mi cuenta.

- ¡Gracias, señor! - Reía la joven quien ya se encontraba bastante ebria - ¿Es lord de tierras cercanas?

- Comerciante - Negó - Me quedaré solo unos días hasta que venda todo el lino que traje de Beauxbatons.

La joven se disculpó para dirigirse al baño, y el gemelo encontró allí su oportunidad para actuar.

- Una doncella adorable - Le dijo al sirviente del castillo - Merece una boda grandiosa.

- Dice la verdad - Contestó el joven luciendo apenado - Pero me temo que no gano lo suficiente como para ofrecerle la vida que merece… Ella asegura que no le importa, pero yo sé que todas las mujeres esperan joyas y comodidades.

- Es cierto, todas lo hacen… Luces como un joven confiable ¿lo eres?

- Claro, mi señor - Respondió el muchacho sin saber a qué se debía el cambio de tema.

- ¿Qué me dirías si te dijera que tengo un trabajo especial que podría ofrecerte? Es riesgoso, muy riesgoso. Si lo haces mal podrías perder la vida. Pero porque reconozco el riesgo, también reconozco el valor que implica. La recompensa sería enorme, lo suficiente como para darle a tu amada la vida que merece.

- ¿Mi señor?

- Sé que los nobles tienen catadores para comprobar que los alimentos no están envenenados, pero también sé que los catadores no utilizan la misma platería para degustar la comida… Tienes acceso a la vajilla real para asearla, necesito que la envenenes.

El joven lo miró aterrado. Cosa que agradó a Lorcan, era una reacción completamente esperable considerando las circunstancias. Así sabía que se trataba de un muchacho precavido.

- Me está pidiendo que asesine a…

- Te estoy pidiendo que envenenes parte de la vajilla - Interrumpió Lorcan - Lo que ocurra después estará libre de tu consciencia. Y tú podrás disfrutar del amor de una mujer agradecida por la recompensa que obtendrás.

- Mi señor…

- 100 monedas de oro.

El rostro del muchacho se lo dijo todo: lo haría. La joven borracha llegó a la mesa y no logró percatarse del pequeño frasco que su novio recibía de parte del "comerciante de lino".

Luego del encuentro, Lorcan tuvo que esperar dos días para obtener noticias nuevamente. Pensaba que el muchacho se había acobardado, pero unos dulces gritos de mujer en la posada donde se quedaba, le indicaron que había logrado su objetivo.

- ¡La reina! ¡La reina ha muerto! - Exclamaba la mujer a vivas voces, alertando a los residentes de la posada la última novedad - ¡La reina ha muerto!

Lorcan dibujó una sonrisa casi imperceptible y continuó con su cena. No necesitó buscar al joven, pues él mismo había aparecido en la posada para cobrar su generosa recompensa.

- Eres audaz - Felicitó Lorcan alcanzándole una bolsa de tela con las monedas dentro - He aquí tu pago, mi amigo. Espero que tu boda sea maravillosa y su futuro próspero.

El muchacho no se dignó a contestarle. Tomó la bolsa y tras verificar su contenido, se levantó para marcharse.

El gemelo terminó de beber su cerveza y tranquilamente salió de la posada. No le costó trabajo encontrar a ambos amantes resguardados bajo un árbol, dedicándose un beso lleno de promesas de un futuro.

Estaba oscuro, la noche había llegado. Era momento de terminar el pago. Caminó hacia ellos, quienes no se habían percatado que tenían compañía, debido a que estaban muy distraídos besándose, y sacó el cuchillo.

Un corte limpio en la garganta del joven y la muchacha, con el vestido y parte del rostro manchados de sangre, se percató de lo que acababa de ocurrir.

- Lo siento, preciosa - Se burló Lorcan, asesinando a la joven antes de que pudiese gritar.

Una vez que tomó de vuelta su oro, decidió que era hora de volver a casa.