Capítulo 2
Lluvia gélida le golpeaba el rostro, pero Lily estaba agradecida, porque le daba algo en qué pensar aparte de lo que acababa de ocurrir. El reflejo la hacía agachar la cabeza de todos modos, excepto que eso hacía que la lluvia salpicara en su cuero cabelludo. Cogió a tientas el cuello de su chaqueta, tratando de echárselo sobre la cabeza y al mismo tiempo seguir propulsándose hacia delante, porque si Sev–si Snape–venía tras ella no sabía lo que haría–gritar y maldecirlo estúpidamente quizá, o llorar, y no quería hacer ninguna de ambas cosas, incluso si era al maldito Severus maldito Snape–
"¡Uf!" Oyó el gruñido en el mismo momento que se percató de que había chocado con alguien.
"Lo siento," jadeó, tratando de sobrepasarlo, pero encontró agarrada la parte superior de su brazo. Por un loco momento se preguntó si era Sev– ¡Snape! ¡Maldita sea! El condenado chico ni siquiera se había disculpado por llamarla Sangre-sucia o intentar ser Mortífago, y ella no podía–
"¿Adónde vas, amor?" arrastró un aliento a cerveza en su rostro.
Oh, por el amor de Merlín. Y ahora estaba siendo abordada por un grupo de borrachos. ¿Cómo la enjuiciaría la restricción de magia en menores de edad si explicaba que les había arrancado las pelotas de una maldición a varios Muggles borrachos sólo porque habían intentado meterle mano en la calle?
"Me voy lejos, gracias," espetó, tirando de su brazo. El borracho sólo sonrió ampliamente y se tambaleó hacia ella, lo que hizo que sus amigos rieran como pervertidos borrachos.
Lily le dio un rodillazo en la entrepierna, y él cayó. Ella comenzó a pasar de largo, pero uno de sus amigos la agarró por detrás.
"¡Suelta!" gritó ella, intentando darle un codazo en el estómago.
"Oh, no," derramó su voz en su oído, "Voy a pillarme una bonita cereza–"
Hubo una especie de crujido, y sus brazos cayeron, su cuerpo desplomándose en el pavimento con un sonido como de saco de cemento húmedo cayendo. Lily se dio la vuelta–
Por supuesto, era Severus–con, entre todas las cosas, una palanca en una mano. Se extendía desde su puño, negra y amenazante, las luces de los escaparates a su alrededor reluciendo en las gotas de lluvia que se derramaban del metal. Su rostro era de un blanco puro, y sus ojos resplandecían de un modo que hizo que algunos de sus órganos más importantes, como su corazón, se desvanecieran como si alguien los hubiera Convocado lejos sin palabras.
Oyó pasos erráticos que se alejaban tamborileando. Parpadeando, miró alrededor para encontrar que sólo estaban ella y Sev y los dos borrachos caídos–y un racimo de espectadores, que se habían percatado de que estaba ocurriendo algo interesante y habían aminorado bajo la lluvia para susurrar y señalar.
Severus pasó por encima del hombre al que había golpeado–con una palanca–y se detuvo ante el que ella había derribado. Estaba gimiendo, tratando de ponerse en pie. Severus le enganchó la uña de la palanca bajo la barbilla e inclinó su cara hacia arriba. El hombre estaba bizco. Lily tuvo un extraño impulso de reír y luego de vomitar. O quizá vomitar y luego reír.
"¿Cuál crees que debería ser tu castigo?" le preguntó Severus, su voz baja y amenazante y suave como la seda, incluso más de lo que lo había sido en el local de comidas, antes de que ella hubiera huido. Nunca había sabido que Severus poseyera esa voz. Cuando lo había conocido en el colegio, todavía había estado intentando aplastar el acento del norte en su voz, pero ésta era hábil y perfecta y aterradora. "No crees haberte ganado suficiente, ¿verdad?"
"Sev–" Ella lo agarró por el brazo y tiró, incluso mientras una parte de ella gritaba, Qué estás haciendo, por qué estás tocándolo– "Sev, hay Muggles todo alrededor de nosotros–no podemos dejar que nos pille la poli, seremos–expulsados–"
Severus no apartaría la mirada del hombre en el suelo. "No he empleado magia. Ésta es un arma legítima de estilo defensivo Muggle."
"¡Matones!" Un hombre estaba cruzando la calle hacia ellos. "Oh Dios–" Ella revolvió dentro de su chaqueta buscando su varita, tratando de ocultar lo que estaba haciendo, pero el hombre lo vio, y gritó, "¡Cualquier arma que tengáis, tiradla! ¡Lo digo en serio!" Lily comprobó desesperadamente si era un poli, pero no vio uniforme–por supuesto, podía ir de paisano–
Severus se giró como si hubiera sido encantado y dejó caer la palanca con un ruido metálico. "Por supuesto," dijo, repentina y absolutamente tranquilo.
El hombre lo miró fijamente por un momento, y luego dijo, "Muy bien entonces, sólo para que quede claro. Corred ahora." Entonces, mientras Lily–y todos los demás–se quedaban estupefactos, se giró hacia la multitud y dijo, "Todos vosotros, corred, no hay nada que ver–sólo un pequeño malentendido–"
Los pies de Lily comprendieron que Severus estaba intentando hacer que caminara y trotara junto a él, pasando el gentío que se separó con ominoso (y confundido) murmurar. Lily no se atrevía a hablar. No se atrevía a levantar la mirada a Severus, o a apartarse de él, a pesar de que su piel estaba hormigueando. Él sólo estaba tocándole el codo a través de la chaqueta de borreguillo, pero sentía la piel como si estuviera intentando retorcerse lejos de él. Seguía oyendo el crujido del cráneo del hombre, el sonido de esa voz baja, horrible, seductora–y ahora estaba preguntándose si las relucientes gotas en la palanca habían sido sólo lluvia–
Llegaron al final de la calle y giraron mecánicamente. Lily echó un vistazo por encima del hombro, pero Severus dijo con voz fría, escueta, "No nos siguen."
"Empleaste un Confundus sobre ese hombre," afirmó ella.
"Por supuesto que lo hice."
"Golpeaste a ese hombre en la cabeza con la palanca."
"Eres observadora, ¿no?" Una parte de Lily quería encogerse, y otra parte quería abofetearlo, y una tercera estaba confusa. Severus nunca le había hablado así. Nunca había tenido esa siniestra autoridad en la voz, tampoco–o mirado como lo había hecho en el local de comidas, como si estuviera pendiendo de un hilo de la cordura–
Debía ser Mortífago ya, y eso debía haberlo cambiado–
Lily se sorprendió de cuánto le hacía querer llorar el descubrimiento. Había creído que sería capaz de impedirlo–que esta vez, sería capaz de cambiar las cosas, y entonces todo no iría tan terriblemente mal–que de algún modo, si podía deshacer el daño desde aquel día que la había llamado Sangre-sucia y se había negado a perdonarlo, sería capaz de impedir que Voldemort se fortaleciera y los Merodeadores se separaran, y James muriera, y Harry–
Pero llego demasiado tarde, llego demasiado tarde–me lo arrebatarán de nuevo, ya, lo tienen–
Tenía que alejarse. Tenía que–no podía estar aquí con Severus, que ya se había pasado al Señor Tenebroso, que ya había sido atrapado, que había dejado a su mejor amiga ser borrada, a quien nunca recuperaría. En cierto modo, el fracaso era más amargo la segunda vez.
Empujó a Severus, sólo percatándose cuando él se tambaleó y se golpeó contra un cubo de basura metálico, de que él ya no había estado cogiéndole el brazo–pero ella despegó de todos modos. Corrió, ignorando su grito, la lluvia helada acuchillando su rostro, el modo en que sus pies se deslizaban sobre el pavimento resbaladizo. Viró alrededor de un coche pasando por la calle, saltó por encima de un banco, y machacó a través del parque, sobre la hierba empapada, pasando el metal chirriante, oxidado, de los columpios que se balanceaban vacíos en la noche sin estrellas de diciembre. Si lo intentaba, quizá podría olvidar quién era y lo que estaba haciendo–podría olvidar que había visto morir a su marido, que había suplicado a un monstruo por la vida de su hijo, sabiendo que eso no era bueno, pero incapaz de evitarlo, segura hasta su mismo núcleo de que cualquier cosa que él le hubiera pedido que hiciera a cambio de la vida de Harry, la habría hecho–habría muerto en un latido–y había… había…
Y qué extraña especie de vida después de la muerte era ésta, despertándose en su dormitorio en el pulcro hogar de los suburbios de sus padres, descubriendo que volvía a ser una adolescente, de regreso a un tiempo anterior a haberse casado con James Potter y tenido un hijo y desafiado a un Señor Tenebroso y muerto–
Excepto que lo había hecho, y lo sabía. Eran todos los demás quienes no tenían idea.
El frío aire nocturno estaba ardiendo en sus pulmones, abrasando su boca y garganta mientras jadeaba. Casi estaba en su calle; ahí estaban las escaleras que bajaban desde el parque hasta su calle. Quizá debería pasarlas de largo, seguir corriendo, hasta que estuviera tan exhausta que olvidara todo, incluso su propio nombre…
…pero incluso si olvidara a Lily, ¿olvidaría a Harry?
Sus pies resbalaron en un charco de hielo que ya se había congelado en la cima de las escaleras. Con una pulsación de molestia notó que estaba cayendo. Se agarró al pasamanos, pero estaba resbaladizo de la lluvia, y su mano se deslizó. Con sorpresa se percató de que estaba a punto de caer de cabeza por las escaleras.
Bueno, ése es un modo gracioso de irse dos veces en un día–
Alguien la agarró por la espalda del abrigo y tiró, y ella cayó tambaleándose en sus brazos. Olía a vieja naftalina mohosa y repollo cocido, dos aromas que siempre había asociado con Severus, que él siempre había odiado, porque impregnaban su casa y se le pegaban durante las vacaciones sin importar lo que hiciera.
Severus la puso en pie y le dio la vuelta. Ella levantó la mirada hacia él parpadeando, preguntándose cuando se había puesto tan alto, porque al final de quinto año todavía había tenido sólo su altura. Se dio cuenta de que estaba medio gritándole:
"¡…crees que estás haciendo, corriendo a toda velocidad en la oscuridad, con todo medio congelado, joder! Podrías haberte roto el cuello, podrías haber…"
Ella se quedó muda, dejándole despotricar. Su acento estaba fluctuando dentro y fuera de su voz, especialmente cuanto juraba.
Dejó que él mismo se agotara. Al menos, ése era el plan, pero después de unos minutos, se preguntó si eso era posible–parecía estar en bucle. ¿Se había pasado el último medio año acumulando vapor? Intentó escuchar sus palabras exactas, pero como era habitual cuando Severus se enfurecía, era virtualmente incoherente. Todo lo que pudo comprender fue que al parecer pensaba que era una maldita Gryffindor temeraria y que antes de ir a matarse, debería pensar durante cinco segundos si había un modo de que pudiera hacer algo tan sencillo como no morir.
"¿Como bajar las escaleras caminando?" interrumpió ella.
Severus sujetó su voz como si sus palabras hubieran cerrado una válvula. Por un fugaz segundo, su rostro se puso loco de nuevo, casi trastornado. Una idea resonó en el interior de su mente, como si su cabeza fuera una cueva oscura, vacía:
¿Qué le ocurrió a Severus que lo volviera así?
Ella quería tomarle la mano. Quería gritarle. Quería suplicarle que abandonara a Voldemort, viniera con ella, salvara a Harry, evitara que se volviera loca, porque su bebé debería estar en sus brazos y no lo estaba; un loco había venido y asesinado a su marido y ella había visto luz verde y entonces aquí estaba.
"No soy suicida," le dijo a Severus, preguntándose de dónde provenía esa voz que sonaba racional. Por dentro, se sentía tan loca como él lo había parecido dos veces esta noche. ¿A quién había perdido Severus?
"Bien entonces." Él estaba respirando rápido. "Bajar las escaleras caminando sería un buen puto comienzo."
"Lo intentaré. Eso." Se giró y logró evitar el charco de hielo cuando comenzó a navegar escaleras de hormigón abajo. "Vigílame y asegúrate de que no muero."
No lo había dicho en serio. Pero cuando levantó la mirada al tramo de escalones y vio a Severus parado en la cima, la fría luz blanco-verdosa de las farolas convirtiendo su rostro en planos de luz y sombra, supo que él era tan serio como la misma muerte.
"Mientras viva, te mantendré con vida."
Lily parpadeó. Él se retiró de repente, regresando a las sombras fuera del resplandor de las farolas.
"Ve a casa," espetó él. Ella lo imaginó arropándose en su abrigo, encerrándose dentro, como una tortuga en su concha. "Antes de que mueras congelada. No puedo controlar el maldito tiempo."
"Vale," dijo Lily despacio. Caminó calle abajo hacia su casa, consciente de cada presión de sus pies contra el pavimento, el sonido de su aliento sobre sus labios, el crujido y siseo de los arbustos moviéndose en el viento. A los pies de su acera se detuvo y echó un vistazo atrás por donde había venido, y con toda seguridad, Severus estaba parado al pie de la fatídica escalera, observándola.
Se acercó al costado de la casa, se sujetó a la hiedra, y comenzó a trepar a la ventana de su dormitorio.
. . . . . . . . .
Severus se quedó parado largo rato después de que Lily hubiera desaparecido en su propio seto, observando el lugar donde ella se había parado. En parte se quedó allí porque Lily simplemente se había marchado como si fuera normal–no como si estuviera rompiendo con él para siempre, o desapareciendo en algún lugar donde no pudiera seguirla–sólo como si hubieran pasado la velada juntos, haciendo algo aburrido y habitual, y fuera hora de marcharse a casa. ¿Cuántas malditas veces se había parado al pie de esas escaleras, observándola caminar hasta su casa, detenerse al pie del camino–como acababa de hacerlo–y saludar (como no lo había hecho)? Demasiadas para contarlas. Pero cada una había sido preciosa. No podía recordarlas todas, pero sabía que estaban en algún lugar dentro de sus recuerdos, a pesar de todo.
Nunca había ido mucho a su casa porque él no había gustado a sus padres. No creía que estuvieran emocionados de saber que su hija había estado corriendo por la ciudad con él después de–mierda, ¿qué hora era, de cualquier modo?
El impulso de comprobar su muñeca en busca de un reloj porque su madre se enfurecía cuando estaba fuera tarde le hizo percatarse de cuán real se sentía todo esto. No era sólo que sintiera congeladas las yemas de sus dedos y nariz, o que todavía tuviera hambre, o el basto tejido de poliéster de sus pantalones escociendo la parte interna de sus muslos; eran los datos psicológicos, también. Recordaba cómo su madre le había dicho, cuando tenía catorce, que si se pasaba del toque de queda, podía dormir en el jardín. Incluso las pecas de la nariz de Lily eran exactas.
Los detalles estáticos eran realistas, y aun así los acontecimientos eran mutables. No recordaba regresar aquí en ningunas vacaciones. Sabía que nunca se había encontrado con Lily así, en un local de comidas o en una isla desierta. Después de Aquel Día, nunca habían hablado.
Ciertamente nunca se habían enfrentado a través de una mesa forrada de formica, echándose en cara el pasado. Nunca había hecho hospitalizar a un aspirante a violador en una calle Muggle, y Lily nunca había, por lo que él sabía, dado a otro un rodillazo tan fuerte que probablemente había deseado haberse llevado la palanca de Severus en cambio… lo que redondeando la noche al salvarla de romperse el cuello y luego despotricarle por sólo Dios sabía cuánto tiempo, podía decir con seguridad que tuvo un fracaso tan enorme que no estaba seguro si en realidad no podría ser un resonante éxito.
En qué, no podría decirlo. Fracaso, probablemente.
Bueno, en cualquier caso, no podía ir a casa; su madre protegía la casa después de las siete, y la hora tenía que ser mucho más avanzada a estas alturas. No quería ir a casa. ¿Por qué en todos los flameantes infiernos había rodado de regreso a este agujero de miseria por Navidad? Escudriñó sus recuerdos, pero todavía estaba en blanco. Debía haber habido algún motivo muy fuerte, porque en general, si alguien le hubiera dado la opción de cortarse un dedo del pie o regresar voluntariamente a casa, habría escogido dedos del pie hasta que se agotaran y luego ofrecido diez dedos de las manos.
Meneó los dedos de los pies en sus botas de mierda. La suela de la derecha estaba desclavándose, pero los diez dedos parecían estar en evidencia. Así que, ¿qué entonces? Quizá se debía a la Diferencia… ¿o el vacío en su memoria era evidencia de que esto no era real? Habían pasado años desde que se había permitido el lujo de olvidar siquiera la más insignificante basura. No era propio de él olvidar.
No era propio de Lily hablarle voluntariamente, incluso si la hostilidad era su única motivación.
Deambuló de regreso al centro de la ciudad, pensando que debería salir del parque o se arriesgaba a parecer un pervertido. Se recordó que apenas tenía casi diecisiete, no treinta y ocho, así que holgazanear en un parque después del ocaso sólo parecería un acto patético de desviación. Aun así, no quería que llegara la policía con ojos suspicaces a echarlo, así que rodeó el parque, con sus columpios chirriando misteriosamente y su balancín cubierto de hielo, y la luz de la calle que emitía un resplandor estridente, enfermizo, a través del paisaje.
Decidió deambular un poco más, en su patético abrigo y botas cayéndose a pedazos. La mayoría de la gente parecía alegre, Dios los condenara. Oyó los sones de música coral y miró al otro lado de la calle a una iglesia, la luz dorada mantecosa brillando en sus ventanas. No podía recordar la última vez que había estado en una iglesia, si jamás lo había estado realmente. Parecía tener un recuerdo borroso de un altar y velas, pero simplemente podría haberlo visto en la tele durante uno de los programas de su padre. Su padre no había sido el tipo de Muggle religioso, y los magos y brujas nunca lo fueron; era demasiado difícil ser entusiasta de una religión que decía que deberías ser quemado en la hoguera. Celebraban la Navidad, no el solsticio, pero en realidad era el hábito de encajar, de siglos de vivir entre los Muggles. Lo máximo que Severus se había visto expuesto a la Navidad había sido de niño durante la escuela primaria, donde se esperaba que hicieran cosas estúpidas como hacer decoraciones rojas y verdes con pegamento y papel pinocho.
El recuerdo del calendario de su dormitorio apareció en su mente. Hoy era 23 de diciembre, a menos que estuviera equivocado, y no se equivocaba más de lo que perdía la memoria. Al menos, eso habría pensado.
Espera. Volvió a imaginar el calendario del dormitorio. Había rodeado un día… ¿cuál? El 31 de diciembre. Nada escrito allí, sólo un círculo, en gruesa tinta negra. ¿Por qué el 31? No lo habría rodeado sin una buena razón. ¿Era eso por lo que había venido a casa? ¡Estaba volviéndolo loco no poder recordar!
Dio una patada a un cubo de basura con frustración, enviándolo a rodar por la cuneta, la basura derramándose como las tripas de una cosa eviscerada.
"Oye, tú," protestó un viejo, y se llevó una mirada fulminante que lo hizo encogerse en su abrigo, que era mucho mejor que el de Severus.
"El albergue está por allí, joven," dijo la mujer del viejo, señalando al otro lado de la calle; y luego, "Vamos, Arthur, salgamos de esta humedad…"
¿Albergue? Severus miró donde ella había indicado. Había señalado la iglesia. Las iglesias, recordó, se asociaban frecuentemente con la caridad…
Como los albergues para vagabundos.
Lo consideró un momento, y entonces decidió que era una idea decente. Necesitaba un lugar para dormir, y no tenía dinero. De ser mayor de edad, podría haberse abierto paso a Confundus en un hotel, pero sería arriesgado hacer magia dos veces en una noche en una zona principalmente Muggle. Un albergue, sin embargo, era algo donde podría entrar hablando; y si Severus había engañado con éxito a un Señor Tenebroso durante dos guerras distintas, un muchacho escuálido en ropa obviamente de segunda mano debería ser capaz de meterse con tretas en un albergue para vagabundos.
Esperaba que tuvieran algo de comer, porque Lily había interrumpido sus huevos.
Por un momento, consideró la idea de entrar en la iglesia y hacer algo vagamente religioso, como encender una vela y ofrecer una plegaria a quien fuera que lo hubiera enviado a este lugar de mierda, miserable, sin esperanza, donde Lily todavía vivía.
. . . . . . . . .
N/A: La idea de Lily trepando por la hiedra para alcanzar su ventana no es mía; creo que no saldría de mi cabeza después de leer un movimiento similar de Severus en "The Road Not Taken" de kellydofc. La considero bastante sensata–quiero decir, con Petunia vigilando, como sabéis que estaría, la puerta delantera estaría vedada…
