Capítulo 3
Lily ocultó su abrigo mojado en el armario y empujó sus zapatos embarrados bajo la cama. No había nada que hacer con su pelo, que estaba rizándose del modo que siempre lo hacía con la humedad, pero con suerte el radiador se encargaría de eso, si alguien venía a comprobar cómo estaba.
Después de cambiarse al pijama, se sentó al escritorio, sacó un pedazo de papel de cuaderno y un bolígrafo verde–todo el mundo le hacía siempre regalos verdes, a pesar de que su color favorito era el azul–y comenzó a escribir lo que sabía.
Éste era un hábito que había tomado de Severus, y siempre lo había mantenido, incluso cuando ya no eran amigos; cuando estaba tan furiosa con él, y tan herida, que apenas podía respirar. De hecho, le había ayudado particularmente entonces, al igual que cuando se había quedado embarazada y la idea de convertirse en madre le había aterrado; y especialmente después de que naciera Harry.
La cosa que casi nadie comprendía acerca de Severus (bueno, una de las cosas) era que era una persona intensamente emotiva. Sus emociones no parecían tener medias tintas. O bien estaba demasiado alegre o abatido, lleno de aversión o maravillado, rabioso o dichoso. Nunca había sido una persona… tranquila. Y cuando se disgustaba, se disgustaba tanto que tenía problemas para pensar con claridad, incluso para hablar. Esa racha inconexa de esta noche había sido puro Severus.
Una vez, cuando se había puesto incoherente de rabia e impotencia–habían tenido unos once–Lily le había pedido tímidamente que lo escribiera para ella, porque no podía entenderlo. Lo que había escrito no había sido mucho más inteligible, pero después de aquello había comenzado a escribir más y más cosas, de modo que podía conducirse mejor a un estado de calma y claridad. Y luego Lily también había comenzado a hacerlo, hasta que se volvió tan natural como cepillarse el cabello por la mañana.
Así que puso el bolígrafo verde sobre el papel y escribió:
¿Qué ha ocurrido?
-Voldemort vino a mi casa, asesinó a mi marido, y luego… se paró allí y… ¿me dijo que me apartara?
Eso era… bizarro, por decir lo mínimo. No había recordado eso hasta que su bolígrafo tocó el papel. Sólo había recordado suplicar, rogar, sollozar a lágrima viva, escuchar a Harry gritar en su oído, sentir su cuerpo caliente, frágil, apretado contra el latido de su corazón–
Las siguientes letras tenían un cierto aspecto tembloroso.
–Hubo una luz verde, así que debo haber muerto, y luego desperté aquí. Aquí, el 23 de diciembre de 1976, en casa de mis padres… bueno, sólo de mi madre, ahora…
Era una suerte que había tenido cinco años, ahora, para adaptarse a la muerte de su padre. Excepto que aquí, habría ocurrido hace sólo unos meses, durante el verano… verano de 1976. Ésa era una bendición, al menos: no tenía que revivir esa pérdida.
-El secreto que confiamos a Peter debe haber sido descubierto de algún modo. Alguien debe haberlo atrapado, y sacado la información de él… todo lo que llevaría era un Imperius…
Quizá los Mortífagos habían secuestrado a Sirius y descubierto que no era el Guardián del Secreto… quizá luego habían ido por Remus, y finalmente por Peter… todos podrían estar muertos, del modo que James lo estaba, ella lo estaba, Harry–
Forzó los ojos a bajar a su lista. No sabía mucho en absoluto, ¿verdad? Y todo lo que sí sabía no ayudaba. En absoluto.
¿Por qué había regresado aquí? ¿Era esto lo que sucedía cuando todos morían? ¿Eran desviados a algún punto en su pasado, como una especie de purgatorio en vida? ¿Era todo esto una invención, sucediendo en su alma; todo lo que quedaba de ella después de morir?
Bueno, ciertamente no lo sabía de ningún modo. No podía ver razón por la que debería ser devuelta aquí, a este punto al azar en el tiempo, para correr por la ciudad y abordar a ex-mejores amigos que se habían convertido en Mortífagos y casi desgarraron su corazón. No podía ver suceder eso de nuevo. Si tenía que hacerlo–quizá esto era el infierno–
Severus…
Tomó otra hoja de papel y escribió, ¿Qué sé de Sev?
-Durante años estuvo interesado en unirse a los Mortífagos.
-Me llamó sangre-sucia en… bueno, ahora es sólo el pasado mayo, Dios.
-Siempre está pasando el rato con montones de aspirantes a Mortífagos, cuáles son sus nombres… Rosier, Wilkes, Avery, Mulciber, Lestrange…
-Estaba lívido cuando casi caí en las escaleras y me rompí el cuello.
-Me salvó dos veces esta noche.
Y una vez, hace casi dos años, en su línea temporal.
Lily sabía que Severus había sido Mortífago, aunque era la única que lo había sabido, y con buena razón. Todos llevaban máscaras, y Voldemort era listo; no se conocían entre sí, en caso de que cualquiera de ellos fuera capturado, porque entonces no podrían sacarles la información con tortura o tratos. Morirían o irían a prisión dando sólo unos pocos nombres, como un puñado de hierba arrancada del campo…
Pero de todos los Mortífagos que la Orden y los Aurores habían capturado, ninguno había dado jamás el nombre de Severus. Cada vez que se había leído la lista de Mortífagos que conocían–y siempre era desesperantemente pequeña–Lily había esperado con terror enfermizo oír Severus Snape y siempre quería llorar de alivio cuando nunca lo hacía.
Entonces, justo después de haberse casado con James, había habido un combate–una batalla. Parson's Hill. La segunda vez que ella y James habían mirado a Voldemort a la cara y se habían librado. No habían sido sólo ellos dos–Remus había estado allí, también, y Marlene, y algunos otros–Mortífagos por todas partes, en sus túnicas negras y las máscaras que habrían parecido estúpidas si no hubiera habido psicópatas tras ellas, tratando de matarla a ella y a todos sus amigos. Lily había estado disparando maldiciones, levantando escudos, toda su mente tensa como un alambre, cada impresión grotescamente distorsionada, destellando a la velocidad de la luz; y entonces algo la había alcanzado por la espalda, algo como fuego convertido en hielo, o dolor en plasma, y luego una sensación de succión, como el mundo destellando en negrura, y todo el sonido había sido absorbido de sus oídos.
Había vuelto a despertar yaciendo en la hierba fría, oyendo el crepitar del fuego en la distancia, el correr del viento, y sintió el dolor cegador retrocediendo. Alguien estaba tocándola, movimientos de aleteo, como si temiera presionar demasiado fuerte–y tenía la idea correcta, porque un toque demasiado firme y gritó débilmente, intentando darse la vuelta–
Entonces una voz, un susurro apresurado, "No, quédate quieta, puedo detenerlo, si tan sólo te quedas quieta–"
Así que lo hizo, porque no era probable que un Mortífago estuviera murmurándole algo suave, como una nana. Gradualmente el dolor se desvaneció, como si con cada nota grave, ligeramente desafinada, su agonía fuera una canción relajándose hasta su conclusión. Abrió los ojos y vio primero las manos, las manos de largos dedos con las uñas agrietadas, manchadas, la cicatriz como un estallido estelar en el espacio donde el pulgar se unía a la mano–había mirado fijamente una de esas máscaras estúpidas, aterradoras, y visto ojos negros reluciendo por las ranuras–
Y entonces él se había marchado, literalmente: se Apareció, como desapareciendo en un agujero negro. Ella se levantó del frío suelo, retorciéndose pero capaz de moverse, y se Apareció de regreso a su casita, donde encontró a Sirius frenético porque James lo estaba. Cuando atravesó la puerta, Sirius realmente la aplastó en un abrazo, sorprendiéndola porque siempre había pensado secretamente que Sirius no podía soportarla.
Nunca le había hablado a James de Severus, porque contárselo a James significaría contárselo a Sirius, significaría contárselo a todo el mundo. Había pensado en acudir a Dumbledore, pedirle que protegiera a Severus… pero no estaba segura de que Dumbledore no utilizara la información para perseguir a Severus y arrojarlo a prisión, o jugar con él como espía… y ser derribado en batalla por la Orden tenía que ser un destino más amable que el descubrimiento de un traidor en campo de Voldemort.
Aquella noche le había enseñado dos cosas que nunca había sido capaz de olvidar: que Severus era muy ciertamente, mucho, total y realmente un Mortífago, y que le había salvado la vida. La había sanado. En el momento que lo miró, la había dejado.
Dibujó una pequeña serpiente en la lista de él con el bolígrafo, sólo prestando atención a medias. Podría comprender que aquel Severus estuviera actuando como este Severus lo había hecho esta noche–un Severus que había visto a personas ser torturadas y asesinadas, que había estado en combate a muerte, y que había hecho algo tan peligroso como salvar a la enemiga Sangre-sucia durante la batalla… bueno… él estaría destinado a colgar de la cordura por la piel de sus dientes. Desde aquella noche, especialmente las noches que no podía dormir, se había preguntado si seguía vivo, o si había sido… castigado… por ayudarla, si alguien lo había visto. Había escrito un centenar de miles de cartas, algunas furiosas y acusadoras, algunas arrugadas de lágrimas, algunas rogándole verlo, incluso una que era simplemente, Voy a ser mamá y estoy tan asustada. Había sostenido ésa durante unos buenos diez minutos antes de arrojarla al fuego. Fue la primera vez que había sacado esas palabras del desorden de su mente, preparada a medias para contárselo a alguien más. Se imaginaría que su primer impulso fuera contárselo a su ex-mejor amigo actualmente Mortífago.
Porque no podía contárselo a Sev, se lo había contado a Remus. Él sólo la había mirado por un largo momento, y luego la abrazó y dijo, "Vas a ser una mamá maravillosa." Lo que honestamente era mejor que lo que Severus habría dicho, que probablemente habría estado en la línea de "¿Eres estúpida, quedándote preñada en medio de una guerra en la que estás combatiendo? ¿No te enseñó nada tu mamá, Lily?"
Se había atrapado haciendo eso constantemente, después de que se hubieron distanciado. Durante semanas después de El Incidente siguió esperando descubrir que fue sólo un sueño, o que Slughorn les había hecho probar los Filtros de Aturdimiento y el de Sev había sido tan bueno, que ella había olvidado cómo eran las cosas realmente. Pero las cosas eran como no deberían ser, y a su mente le gustaba olvidar. Cuando logró dejar de llamar 'Sev' a todos quienes la rodeaban, fue sólo porque había comenzado a tener conversaciones diarias con él en su propia cabeza. Ciertamente no le contó eso a nadie, porque habían pensado que estaba lo suficientemente loca para pasar el rato con Sev cuando su amistad era real. Si supieran que estaba manteniendo una amistad imaginaria con él, probablemente habrían hecho que la encerraran.
Era sólo que había extrañado tanto a Sev. Lo extrañaba de un modo que ahora extrañaba a James y Harry. Era como si le hubieran quitado el brazo izquierdo. Cuando Severus le había dicho "Sangre-sucia" y ella se dio cuenta de lo que significaba–para ellos, para él; que se había marchado, uno de ellos–lo había amputado de su vida, y había sido una decisión tan dolorosa como cortar un miembro gangrenado para salvar su cuerpo. El modo en que todos la habían felicitado después durante semanas la había puesto en un estado de rabia casi constante. ¿Cómo se atrevían a felicitarla cuando su corazón estaba desangrándose? ¿Cómo se atrevían a sentir triunfo cuando todo lo que ella sentía, podía sentir, era desesperación, porque nada volvería a estar bien en su mundo jamás, ahora que Severus iba a ser Mortífago? Esos monstruos crueles, perversos, le arrebatarían su mejor amigo, el muchacho que había sido el primero en hacerle sentir que pertenecía a algún lugar, y lo destruirían. Ya lo habían empujado al primer paso: metiéndole esa palabra Sangre-sucia en la cabeza, llenándolo con ideas de que hacer daño a las personas no era malvado y cruel, o quizá que estaba bien ser malvado y cruel si era a los Sangre-sucias a quienes se lo hacías. Pedazo a pedazo habían arrebatado al Sev que había emergido emocionado de los arbustos y susurrado, "Sé lo que eres"; el Sev que había comido tantos bombones rellenos de crema en su primer fin de semana en Honeydukes que había vomitado por todas partes; el Sev que una vez le había dicho que iba a ser la bruja más brillante de todos los tiempos y gobernar el mundo entero. Lo habían arrebatado y reemplazado por un Mortífago.
Lily se percató de que estaba temblando. Dejó el bolígrafo y se frotó las manos, tratando de calmarse, y apenas pudo sentir los dedos, tenía tanto frío.
Hasta esta noche, no había visto a Sev desde aquella noche que la había salvado llevando su máscara de Mortífago. Incluso cuando le había escrito las cartas y sacado, del panel secreto en su vestidor, las fotografías que había conservado de ellos de niños, nunca había sentido el dolor y la confusión y el sufrimiento tan… inmediato. Ahora había vuelto a verlo, por primera vez en dos años, y se sentía vacilante y perturbada. ¿Era porque la conmoción estaba mezclada con la pérdida de James y Harry? ¿O era porque nunca había superado esto, y volver a ver a Sev le recordaba que nunca lo había hecho?
Un golpe en la puerta. Enseguida cubrió sus notas con una hoja de papel en blanco–no es que nadie en su casa comprendería lo que significaban, pero eran demasiado privadas incluso para ojos ignorantes–y se limpió la cara. "Pasa," llamó, intentando sonar jovial, no apagada y desdichada.
"¿Lily?" Era Mamá. Lily se alegró de que la única lámpara encendida en la habitación estuviera detrás de ella, de modo que mamá no pudiera verle los ojos llenos de lágrimas de nuevo al ver a Mamá aparecer en la puerta con su viejo albornoz favorito, el del color del mar en un día nublado.
"Es tarde, cariño. Ya que vamos a ver a la Abuela mañana, deberías meterte en la cama."
"Vale, Mamá," logró decir Lily.
Mamá guardó silencio por un momento, y entonces se acercó, su voz ganando brusquedad. "Cariño, ¿estás llorando?"
"Oh, sólo estoy siendo estúpida," dijo Lily, aunque sabía que nunca había llorado por algo menos estúpido en toda su vida. "Es sólo–un chico, eso es todo."
Dejó que Mamá le envolviera los brazos alrededor de los hombros, y apretó la mejilla contra la bata satinada de mamá. Había olvidado el modo en que Mamá siempre olía a gardenias y naranjas.
La desesperación de todo se abrió en su interior. Cuánto deseaba hablarle a Mamá de ello; Mamá, a quien había perdido hace dos años, que nunca había podido conocer a Harry, que se había marchado antes de saber que iba a ser abuela.
Pero Mamá no comprendería. ¿Cómo podría? Incluso con una bruja como hija, no podría comprender la magia, no realmente, del modo que Lily no sería capaz de comprender lo que era vivir en Egipto o Nepal. Mamá podría comprender la desesperación de perder a su hijo… pero Lily no estaba segura de haber sido capaz de hablar de ello, incluso de haber sabido cómo explicar las cosas.
"Sólo estaba pensando." Sonrió, sintiendo los dedos de mamá en su cabello. "Si tengo un hijo, voy a llamarlo Harry. Harry James."
Los dedos de su madre se apretaron de repente sobre ella como garras. Antes de que Lily pudiera siquiera estar completamente confusa, su madre la empujó hacia atrás en la silla de su escritorio para verle la cara. La suya estaba tan blanca como la de Severus lo había estado afuera en la calle.
"¿Estás embarazada?" susurró.
"¿Qué?" Lily estaba boquiabierta. "¿Por qué diablos pensarías–? Ah." Repitió lo que había dicho para sí misma, y se puso de un rojo brillante. "Oh, Dios–lo siento tanto, Mamá, eso no era lo que quería decir en absoluto." Su madre todavía parecía horrorizada, así que Lily le tomó la mano y dijo tan seriamente, tan sinceramente como pudo, "Mamá, juro sobre todo lo que es sagrado que el único modo en que podría estar embarazada es si fuera la Inmaculada Concepción."
Los ojos de Mamá deambularon por su rostro, y entonces cerró los ojos mientras todo su cuerpo se relajaba. "Ciertamente no lo eres, si juras así." Entonces se enderezó más, diciendo con voz más fuerte, "Buen Señor, Lily, qué susto me diste. Decirme que estabas llorando por un chico, y luego decir–Señor." Se apretó la mano contra el corazón. No me asustes así, te lo ruego. Mi corazón no es lo bastante fuerte para soportarlo."
"No fue uno de mis momentos estelares de genialidad," admitió Lily tímidamente. "Perdona por ser tan boba, lo lamento sinceramente. Pero no hay bebés para mí en el horizonte."
Hubo uno, y debería estar en mis brazos, pero no está… se ha marchado… "Lily." La voz de Mamá estaba horrorizada de nuevo. Lily se limpió enojada algunas lágrimas errantes más. Sería mucho más fácil si pudiera sollozar a lágrima viva y superarlo, pero pensó que si comenzaba a llorar moriría de llanto. "Tú no… no perdiste… no estabas… no te deshiciste de–"
"Nunca haría una–" La simple idea ponía enferma a Lily. Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas, y esta vez las derramó. "Nunca lo haría," jadeó.
Mamá la miró fijamente, y luego volvió a envolverla en sus brazos. "Oh, Lily," susurró. "Oh, mi bebé. Deberías habérmelo dicho. Habría estado ahí para ti… nada es más importante para mí que tu felicidad, nada…"
Lily parpadeó por un momento antes de comprender: ahora Mamá pensaba que había estado embarazada y lo había perdido. Y Lily no pudo encontrar la fuerza para contradecirla, porque aunque su madre no lo supiera, era la verdad. Había perdido a Harry. Había muerto y lo había abandonado a un monstruo, porque no había sido lo suficientemente fuerte para salvarlo. La muerte debería haber sido una liberación de ese dolor, pero no había sido nada de lo que se suponía debía ser.
Pero aquí estaba su madre, que no había estado durante dos años, abrazándola ahora y dándole amor a Lily, todo su consuelo… así que Lily lo tomó.
. . . . . . . . .
24 de diciembre, Víspera de Navidad, 1976
El albergue para vagabundos no estaba mal, considerándolo todo. Severus no tenía que intentar enseñar Pociones a nadie. No había Carrows riendo como locos para sí mismos, babeando en su té matinal, o niños mirándolo con aversión. No había retrato de Albus destrozando la tenue, acerba paz de Severus, o Minerva mirándolo fijamente como si le hubiera arrancado el corazón y se lo hubiera esparcido por la cara. No había serpiente viniendo a clavarle los colmillos en la garganta destrozada, o un Potter andrajoso parado sobre él como si hubiera esperado sentir triunfo y sólo obtenido náuseas.
Y a una escala más presente, no tenía que escuchar a su madre insultarlo a él o a su padre, o a su padre insultarlo a él o a su madre, o tener que reprimirse de insultar a cualquiera de ellos para evitar un revés en la cabeza. Por el presente, ni siquiera tenía a Potter el Viejo o Black que se mofaran de él por ser feo, grasiento, y vivir en un albergue para vagabundos.
La comida era decente, también. No era nada como Hogwarts, pero Severus no lo había esperado. Había sopa y pan con margarina, y un viejo que apestaba a altos cielos les prometió que tendrían un poco de pollo asado para la comida de Navidad mañana, y no los echarían, sino que les permitirían quedarse dentro y ver la tele, porque era Navidad.
La Víspera de Navidad, sin embargo, tuvieron que salir durante el día. Severus mató algo de tiempo entrando en la iglesia y escuchando cantar himnos a la Iglesia de Inglaterra. Sólo reconoció algunos porque a los estudiantes de Hogwarts les gustaba rellenarlos con letras groseras. Dios, odiaba a los adolescentes.
Se percató con un deprimente golpe sordo de su sentido común que a menos que hiciera un cambio drástico, iba a tener que volver a vivir con ellos. Mierda. Quizá mandara la guerra a tomar por culo después de todo y despegara hacia un país lejano… quizá podría convertirse en uno de los vagabundos, y sentarse en la estación de tren con un sombrero en el suelo y un perro a su lado, recolectando cambio. Una de las vagabundas le había confiado que la gente te tenía más compasión cuando tenías un perro. "Como si los perros nos mejoraran," había dicho. A Severus no le suponía ningún problema creer eso.
Cuando la presión del incómodo banco de iglesia comenzó a fusionar sus huesos, se levantó y pasó unos momentos maravillándose por cómo no necesitaba estirarse; su cuerpo simplemente volvía a su forma. Ah, juventud.
Aun así, considerándolo todo, podía irse a la mierda.
Deseó no haberle dado todo su dinero a esa camarera anoche. Quizá podría encantar las carteras fuera de los bolsos de la gente. No; todavía era menor. Tendría que recurrir a pedir hasta que cumpliera la mayoría de edad; entonces sería un carterista profesional hasta el final.
Desafortunadamente, la Víspera de Navidad estaban cerrados la mayoría de lugares donde podría haber pasado el día recogido al abrigo y caliente. Holgazaneó un rato en una lavandería, birlando un par de calcetines, luego se entretuvo en una tienda de comestibles (incluso sisando algo de comer sin sentirse remotamente culpable), y luego deambuló hasta la estación de tren, donde compartió algunas de sus cortezas de cerdo con una mendiga del albergue que había montado el tenderete allí. Ella le dio cinco libras a cambio. "La gente se vuelve generosa por las fiestas," dijo.
También pasó por casa de Lily, dando un rodeo por la parte de atrás y colándose a través del patio de un vecino para llegar a su calle desde el lado opuesto. Pero el coche no estaba en su camino y sus ventanas estaban oscuras. Recordó vagamente una tradición de ir a ver a su Abuela, que estaba en una residencia para enfermos de Alzheimer. Nunca había sido capaz de comprender por qué irían, ya que ella no tenía idea de quiénes eran y Lily volvía a casa deprimida, su madre llorando, y Petunia más desagradable de lo habitual.
Ahora, se preguntaba si él habría ido si fuera Lily. Incluso si ella lo hubiera olvidado, ¿todavía se habría torturado así?
¿Necesitas preguntar siquiera? preguntó una vocecita en la que pensaba como su Slytherin interior. Has hecho un movimiento filosófico de la auto-tortura.
Le dijo a su Slytherin interior que se fuera a tomar por culo, y caminó junto al río, pensando que cuando se convirtiera en mendigo, sería en una ciudad junto al mar.
. . . . . . . . .
Lily no había visto a la Abuela en años; había fallecido antes de que Mamá muriera. Fue un shock volver a verla, y no bueno. Particularmente desde que había olvidado cómo el dolor de Petunia la volvía especialmente perversa. Condujeron hasta casa en una tensa red de silencio y abatimiento.
Vaya Víspera de Navidad–mi marido muerto, mi hijo, también, y probablemente todos mis amigos, y por compasiva compañía tengo a mi deliciosamente desagradable hermana, siendo más deliciosamente desagradable que nunca.
Apretó la frente contra el gélido cristal de la ventanilla y observó pasar los árboles desnudos, helados. Se preguntó qué estaría haciendo Severus. ¿Cómo pasaba la Navidad su familia? Él nunca había ido a casa por ella que recordara… excepto que obviamente lo había hecho este año… pero en aquel momento ella había estado fingiendo ante todos, especialmente ante él, que había olvidado que existía. Había fingido con tanto empeño que apenas lo había visto en aquellos dos últimos años de colegio.
A medida que los árboles y hierba salpicados de hielo daban paso a edificios, coches, y algunos compradores de Navidad dispersos, se debatió en si ir en pos de él o no. ¿Era Gryffindor o no lo era? Había muerto–no podía experimentar nada peor de lo que había vivido hace dos días… Al menos, esperaba condenadamente que no.
"Voy a dar un paseo, Mamá," dijo cuando salieron del coche.
"¿Con este tiempo?" Mamá frunció el ceño hacia el cielo, que estaba de un gris duro, implacable, con la amenaza acechante de nieve. Una nevada anterior, ahora sucia y aplastada, yacía diseminada en las cunetas, y charcos de hielo reflejaban el feo cielo por toda la acera.
Petunia resopló mientras se acercaba a la puerta delantera. Lily convocó todo su coraje Gryffindor para contenerse de maldecir a su hermana hasta la próxima Navidad.
"Necesito despejarme la cabeza," murmuró. Estrechó la mano de mamá, diciendo, "Está bien, este abrigo es caliente, ya lo sabes."
Mamá parecía como si pudiera echarse a llorar. Lily no estaba segura de poder alejarse de eso, así que besó rápidamente a su madre bajo el ojo, chocando sus pómulos, y se largó, enterrando las manos en los bolsillos forrados de borreguillo de su chaqueta.
Encontró una cabina telefónica para buscar la dirección de Severus en el listín telefónico, ya que no la recordaba. Había varios Snape, pero sólo uno en Spinner's End.
Sólo había estado una vez en la calle de Severus. Él siempre había sido reacio a que acudiera, pero una vez, cuando tenía unos trece, se había colado allí de todos modos. Nunca había visto tanta… pobreza como ésa. Había hecho que le doliera el corazón, ver a la gente tan agotada de vivir, pensar en Sev criándose allí… sólo que Severus nunca había parecido agotado.
Él siempre había parecido lleno de intensidad, como si la pasión olvidada de todos los demás en esa calle se hubiera canalizado hacia él.
Nunca le había contado que había ido allí. No había dado más que unos pocos pasos en la calle, de todos modos, antes de girarse y correr antes de que Severus pudiera descubrirla. Se habría puesto tan furioso, lo sabía… tan humillado, porque él era sí; pensaba que la compasión era desprecio y la caridad un insulto.
"Y aquí estoy," murmuró, "caminando directamente hacia su casa esta vez." Pensó en su rostro lívido anoche fuera del parque. "Probablemente me hará volar por los aires hasta el río."
La calle era la misma que antes, abatida y decrépita. Trató de caminar como si no lo notara, diciéndose que estaba siendo vana y estúpida por imaginar a la gente mirándola por las ventanas. Como si a alguien le interesara siquiera–tenían mejores cosas de qué preocuparse.
Allí. La casa de Severus, al final de la calle. Pasando la cerca cerrada con una cadena, pudo ver el lento río, salpicado de basura.
Reanudó su camino por el agrietado camino hasta la puerta, levantó la mano–y la dejó colgando allí. Te has enfrentado al Señor Tenebroso, se recriminó, y luego volvió a recriminarse. Lo he hecho, y esto ES más aterrador.
Llamó. Los números en la puerta estaban colgando; la pintura estaba pelándose, y la ventana delantera tenía una grieta enorme.
Silencio. Uno largo.
Se forzó a volver a llamar, más fuerte esta vez. Los segundos pasaron clavándose en ella, estrangulando su paciencia, haciendo trizas su resolución. Oh, mierda, ¿había alguien mirándola desde detrás de una cortina en la casa de la derecha?
Pisadas al otro lado; una cerradura pasando. Lily casi gritó y se marchó Apareciéndose–pero la puerta se abrió de golpe, y estaba mirando fijamente con terror a la madre de Severus.
"…demonios hay alguien en la puerta en Navidad…" gritó un hombre desde el interior de la casa, sus palabras un poco arrastradas.
"¡Cállate!" ladró la Sra Snape por encima del hombro. Entonces fijó a Lily con una mirada que la hizo sentirse de unas cinco pulgadas de altura, y espetó, "¿Qué quieres?"
"Yo–yo estoy–"
"Escúpelo, o sal de mi porche."
"Estoy buscando a Severus," estalló Lily. "¿Está–está aquí?"
Los ojos oscuros de la mujer relucieron hacia ella. Miró a Lily de arriba abajo. Lily nunca había creído posible poner tanto desprecio en una sola expresión.
"Vive aquí," dijo ella, su voz un eco de esa burla suave, cruel, que Lily había oído en la voz de Sev anoche. "Pero no vino a casa anoche. Quizá se haya sacudido a alguna puta. Parece que deberías tenerlo agarrado más estrictamente." Abruptamente, la suavidad desapareció; la Sra Snape gruñó. "Sal de mi porche, chica estúpida," y cerró de un portazo en la cara de Lily.
Por un momento, Lily se quedó mirando fijamente la pintura pelándose, y temblando. No sabía por qué, pero se sentía como si acabara de escapar de trece Mortífagos armados.
¿La mamá de Severus siempre había sido así? Trasegó en sus recuerdos, y encontró uno casi sin esfuerzo: el primer verano de regreso, tirando de Sev por el andén para saludar a los padres de ella, y su mamá llegando para arrastrarlo lejos–la mamá y el papá de Lily habían saludado, su mamá incluso había extendido la mano, y la Sra Snape había mirado la mano como si estuviera cubierta de caca de perro y arrastrado a su hijo sin una palabra. Lily lo había recordado durante años después, odiando secretamente a la mamá de Severus, por introducirla a la mortificación, por hacer que los rostros de sus padres destellaran de dolor…
Qué mujer vil, asquerosa, pensó para sí misma, huyendo de los Snape. ¡Si yo fuera Severus, habría huido hace AÑOS!
Pero, ¿dónde estaba Severus? El pánico se apoderó de ella–no había ido a casa anoche–pero lo estranguló al silencio de modo que pudiera pensar.
Podía ver claro como el día por qué él había estado evitando ese mísero lugar–aunque su idea de antes regresó, que Severus casi siempre había evitado su casa en vacaciones y se había quedado refugiado en Hogwarts. ¿Qué estaba haciendo en casa este año? Debía ser algo realmente importante para arrastrarlo lejos del colegio, que adoraba tanto que solía volverse inconsolablemente amargo antes del comienzo de cada vacaciones de verano–
Lily se sintió como si hubiera tragado un cubo de hielo. ¿Algo importante…
…como la iniciación para Mortífago?
Se forzó a respirar. No tenía pruebas–nada salvo una loca suposición–y Severus todavía estaba en el colegio, no había modo de que ellos…
Pero cumpliría la mayoría de edad a comienzos de enero.
Lily se paró como encerrada en hielo. Luego arrancó a correr. Tenía que encontrar a Severus–hablar con él, hacerle ver cómo nunca podría convertirse en Mortífago, sin importar lo que pensara, sin importar lo que quisiera–
No podía dejarlo convertirse en un monstruo. Lo que fuera que hubiera fracasado en decir o hacer la primera vez, no podía fracasar del mismo modo dos veces.
Mientras el sol se hundía cansado bajo el etéreo peso del crepúsculo, Lily caminó penosamente de regreso a casa. Estaba congelada, le dolían los pies, y le dolía el pecho. Quizá era culpa, el remordimiento del fracaso. Había buscado durante horas, pero no había sido capaz de encontrar a Severus. Quizá si hubiera tenido idea de adónde ir, pero no la había tenido. El fracaso le hizo percatarse de que no tenía idea de adónde había ido Severus cuando no estaba con ella.
Entonces, mientras atravesaba crujiendo el parque congelado, lo vio. Estaba sentado en uno de los columpios, dándole la espalda, los camales de sus pantalones demasiado cortos levantados, mostrado un par de calcetines horriblemente desparejados: uno blanco con rayas rojas y azules, el otro de un nauseabundo tono naranja. Su cabello parecía mojado, pero sabía que sólo era la acumulación de grasa. Estaba balanceándose muy levemente adelante y atrás, empujándose atrás con las plantas de los pies y adelante con los talones, llenando el aire inmóvil, gélido, de leves chirridos de metal oxidado.
Le dolió el corazón.
Lily dejó a su cuerpo decidir qué hacer. No estaba completamente sorprendida cuando la llevó a encaramarse al columpio junto a él. Por el rabillo del ojo lo vio tensarse como si le hubiera dejado caer un ciempiés por el cuello, pero no dijo nada, y tampoco ella.
Vuelve a ser Sev,quería decir. Vuelve a ser mi amigo. Quien eras, no quien eres. Te necesito.
"Hace frío aquí afuera, Sev."
"En diciembre en el norte de Inglaterra lo hace con frecuencia."
No era la voz suave sino la vacía, igual de mala–o mala de un modo diferente. ¿Era ésa otra cosa que había aprendido en el campo de entrenamiento de Mortífagos? ¿Cómo manipular las emociones de la gente que te rodea sólo con tu voz?
Lo miró, pero él no se la devolvió; sólo siguió mirando fijamente adelante, su rostro ligeramente vuelto a un lado, de modo que sólo su nariz asomaba más allá de los mechones de cabello que oscilaban sobre su mejilla.
"Fui a tu casa," dijo ella, tratando de sorprenderlo para que la mirara.
Él se retorció; casi lo tenía. "¿Alguien te puso bajo Imperius?"
"Estaba buscándote."
Su rostro se volvió de modo que pudo ver sus ojos parpadeando hacia ella, sobre ella. Tenía los ojos negros de su madre, pero éstos eran cautelosos, no mordaces. No en este momento, al menos.
"¿Por qué harías eso?" medio susurró él.
"Bueno, quería verte, ¿no? Del modo que estoy aquí ahora mismo." Él no dijo nada. Pudo oír su aliento silbando, más rápido que antes. "Sev, por favor, no huyas. Me llevó horas encontrarte." ¿Cuánto tiempo estuviste en la calle junto a mi casa?
"Estarán sirviendo la cena pronto," dijo él incongruentemente. "Y tu… familia… estará buscándote."
Ella no quería imaginar la reacción de su madre si él dejaba de aparecer en casa a tiempo para cenar. "Mamá lo hará. Petunia lamentará que no me resbalara en un charco de hielo."
"Imbécil," murmuró Severus por lo bajo.
"Perdona," dijo Lily disparándose por principios, a pesar de que había llamado a Petunia mucho peor, "es mi hermana de quien estás hablando."
"Lo sé. Recuerdo a Petunia."
Había algo fuera de lugar en su reacción. Lo recordaba vagamente poniéndose a la defensiva o ansioso cada vez que ella le espetaba por decir algo despectivo de su hermana, pero ahora sólo estaba alzando las cejas hacia ella levemente, como si dijera, '¿Y bien? ¿No me la devuelves?'
"¿Podemos no hablar de mi familia?" dijo ella, tratando de sonar razonable e insegura de lograrlo.
"No tengo deseos de hablar de ellos," dijo él, aunque esto no la hizo sentirse mucho mejor.
"¡Por qué tienes que ser tan–tan desdeñoso de todo todo el tiempo!" espetó ella, su paciencia flaqueando, incluso cuando recordó a la madre de él. Esa… mujer… ¿miraba a Severus así, del modo que lo había hecho a Lily?
"Porque soy bueno en ello." Severus rotó los hombros y se levantó del columpio. Lily se levantó revolviéndose, también, en caso de que él decidiera largarse del modo que ella lo había hecho anoche. "¿Quieres decirme por qué estuviste a la caza por toda la ciudad, incluso haciéndote la valiente en las apestosas profundidades de mi casa, para encontrarme?"
Lily parpadeó, pero dijo, "Te lo dije. Quería encontrarte."
"Sí," dijo él categóricamente, metiéndose las manos en los bolsillos. "Estoy esperando la explicación de por qué."
Lily abrió la boca y la cerró. Entonces estalló, "No quiero que te conviertas en Mortífago."
Severus la miró fijamente como si acabara de hablar en Sirenio. Entonces dijo, "¿Oh? ¿Y eso por qué?"
Lily se quedó boquiabierta. Estaba tan–tranquilo, tan–se sentía como una niña que estaba tratando de saltar hacia algo que un hombre adulto estaba manteniendo fuera de su alcance.
"Oh, no sé, ¿porque son malvados? Por lo que hacen, lo que defienden–"
"Tú no sabes lo que hacen los Mortífagos," dijo él, su calma sonando casi aburrida, pero algo en sus ojos–
"¡Sí lo sé!" gritó ella, porque lo sabía; había visto los restos de sus amigos, había estado en los funerales, había llorado durante horas, se había ocultado aterrorizada por la vida de su bebé. "Torturan a la gente, destruyen familias, vidas–¡lo destruyen todo! Destruyeron–" A ti, a nosotros, a mi familia, a mi bebé– "Ellos–"
Los ojos de Severus estaban clavándose en ella. Sintió sus recuerdos cerniéndose como arena–la visión de luz verde, llevándoselo todo; el grito de su voz por su hijo–
"¡No!" gritó ella, y hubo una explosión, y Severus se desplomó hacia atrás. Ella saltó por encima él y se largó, del modo que había temido que él lo hiciera, de regreso a su casa, a un lugar donde pudiera ocultarse y pensar en cómo explicar esto–
No lo oyó llamándola, lo que estuvo bien, porque no se habría detenido.
