Capítulo 5
Lily se quedó parada unos momentos mientras se disipaba el sonido de la desaparición de Severus, los brazos envueltos a su alrededor para darse calor, sólo escuchando los sonidos de la calle. Un nudo de coches estaba enmarañado alrededor de la casa de uno de sus vecinos, y podía oír sones de música de piano y cantos que probablemente estaban un poco borrachos. Luces de colores guiñaban en los aleros. La casa de al lado tenía algunas ensartadas en las vigas, pero habían olvidado encenderlas. Los Peterson, recordó vagamente, se peleaban un montón.
Estremeciéndose ahora, caminó despacio por el camino y volvió a entrar en casa. El calor la envolvió cuando entró y cerró la puerta tras de sí. Sentía la cabeza–extraña. Había esperado que estuviera sobrecargada, pero en cambio era como si se hubiera convertido en una enorme caverna, llena de tanto espacio.
Vio a Sev parado dándole la espalda en la acera, las luces de colores parpadeando en la oscuridad a su alrededor. En el momento que pretendió matarte, no fui Mortífago más.
"¿Lily?"
Levantó la mirada. Mamá estaba en pie en la puerta del salón. La sombría luz del pasillo hacía su rostro indistinto, pero Lily se preparó con cansancio.
"¿Sí, Mamá?"
Su madre siguió callada unos momentos más, y luego dijo en voz baja a toda prisa, "No quiero que veas más a ese muchacho."
Lily había estado esperándolo, pero aun así su corazón sintió una punzada. Aquí estamos de nuevo, pensó con pesar, la Irresoluble Ecuación de Severus: Parte Dos. "Mamá, por favor, ¿podemos no hablar de esto?"
"Lily–"
"Sabes que voy a verlo sin importar qué," dijo, manteniendo la voz suave y tranquila, porque mamá nunca había sido del tipo que se metiera en serio entre sus hijas y sus amigos.
"Lo sé," dijo Mamá, pero hubo algo–lloroso, casi temeroso en su voz. Lily sintió su vello erizarse, pero se forzó a abandonar la sensación.
Mamá tiene derecho a temer a Sev; es un tipo aterrador. No es culpa suya no saber que él no me haría daño.
Lily había temido eso una vez, también, incluso cuando también había estado aterrada de que fuera capturado y entregado a los Dementores. Pero desde la batalla en que la había salvado, sólo había temido una de las dos cosas. Había sabido entonces que alguien que arriesgaba su vida para ayudarte nunca va a hacerte daño.
"Lily," comenzó Mamá, y entonces se detuvo. Lily avanzó por el pasillo hasta mamá y envolvió los brazos a su alrededor, inhalando el aroma de Mamá a gardenias y naranjas.
"Todo va bien, Mamá," murmuró.
"No, no va. Lily, reñiste con ese muchacho durante medio año–no creas que he olvidado de repente cómo eran las cosas, al principio del verano–y entonces anoche te encuentro llorando por un bebé y, ¿luego de repente te has–reconciliado con él–con Severus? No creas que no me doy cuenta de que hay una conexión."
Lily intentó ocultar su mueca, pero no pudo. Mamá la captó; su mirada mientras pasaba sobre el rostro de su hija fue voraz, desesperada.
"Dime la verdad, por favor, Lily," dijo, pero su voz se había vuelto triste. Lily sintió lágrimas brotar en sus ojos y las parpadeó, pero casi perdió la batalla cuando mamá le puso una mano en el rostro. "Es el mejor mentiroso que he visto jamás–me habría convencido. Pero incluso si no fuera tu madre, tu cara se pone roja cuando mientes."
Lily hizo una mueca. "Estúpida piel de pelirroja," murmuró.
Mamá sonrió levemente, como si no fuera consciente de hacerlo. La yema de su pulgar dibujó un círculo ligero como pluma en la mejilla de Lily. "Lily… ¿la verdad?"
Lily se mordió el labio. Respiró hondo, dejó llenarse sus pulmones, los hinchó, y entonces lo echó afuera. "Yo… no puedo, Mamá. No puedo decírtelo." Mamá sólo la miraba fijamente. "Desearía poder, con todo mi corazón, pero no puedo. Es…" Vaciló, y entonces dijo, "Tiene que ver con–con ese mundo, con la magia. No puedo decir nada."
Suplicó que esto contara como suficiente verdad como para que no se mostraran los signos reveladores de que mentía. La ironía no le pasó por alto: los cientos de miles de veces que había deseado, en los últimos dos años, que mamá todavía estuviera viva de modo que pudiera contarle un millón de cosas–sobre James, Harry, incluso su terror por el alma de Severus–y ahora aquí estaba, y Lily no podía decir una palabra.
Mamá metió dulcemente unos mechones de cabello de Lily detrás de su oreja. "Todavía eres mi bebé," dijo, casi con pesar. "Puede que no sea bruja, pero si algo hace daño a mi bebé, deseará que nunca me hubieras tenido por madre."
Las lágrimas volvieron a brotar de los ojos de Lily tan rápido que punzaron. Sonrió, aunque dolía. Si tan sólo la vida funcionara realmente de ese modo. Una vez había creído que lo haría.
"Eres la mejor mamá," dijo, su voz temblando. Abrazó a su madre contra sí y sintió a Mamá haciendo lo mismo.
"Adelante," dijo Mamá, apartándose y dándole a Lily un leve empujón hacia las escaleras. "Ordena tu escritorio. Supongo que tengo suerte de que Severus no apareciera en la sala de estar y destrozara la porcelana buena."
Lily besó a mamá en la mejilla y huyó escaleras arriba, pensando que si mamá los veía Aparecerse alguna vez, se percataría de que Severus, de hecho, había trepado por la ventana esta noche.
. . . . . . . . .
Severus se Apareció encima de otro inocente cubo de basura y lo mandó rodando callejón abajo, desparramando sus tripas. Por unos momentos yació sobre algo mojado en el frío suelo del callejón, sintiendo algo más mojado goteando sobre él desde arriba, ignorando el hedor de basura enfriada que quedó en el aire invernal. Supo cómo se sentía el cubo de basura.
Fui Mortífago.
Lo sabía. Cuando me salvaste, lo supe.
Iba a vomitar. Habían pasado años desde que había vomitado por alguna cosa excepto soportar las más rigurosas formas de tortura.
Esto es una tortura.
Logró retener su almuerzo de cortezas de cerdo, pero probablemente sólo porque lo había metabolizado hace horas. De hecho, a pesar de lo que acababa de ocurrir–de lo que acababa de enterarse–estaba famélico. Excepto durante sus años en Hogwarts, su estómago sin fondo nunca había tenido suficiente en él. Y entonces como un traidor que apuñala por la espalda, había aprendido que había veces que simplemente era improductivo comer, al igual que había aprendido que había veces que deberías aprovechar la oportunidad y no ser… remilgado.
Se levantó del suelo, salió de la inmunda agua de lluvia, y cojeó fuera del callejón, hacia el bloque del albergue.
Música de coro vibraba a través de las delgadas paredes mientras comían más sopa para cenar, probablemente porque calentaba. Mientras estaba rebañando su cuenco con el dedo, la vagabunda que le había dado cinco libras–Dios, ¿fue sólo más temprano ese día?–apareció en su mesa con unos dulces empaquetados y ginebra para compartir.
"¿Qué le ocurrió a tu gente?" le preguntó ella. En el cálido interior del albergue, ella olía tan mal como cualquiera de ellos. Severus esperaba que pronto iba a apestar igual, si no lo hacía ya.
"Estoy mejor sin ellos," le dijo él, lo que era cierto. Ella asintió y le ofreció la botella de ginebra, pero él cogió un Ding Dong en cambio. Nunca había sido bebedor. Nunca le había gustado el sabor del alcohol o el modo en que le hacía sentirse: mareado y amodorrado e inactivo; y luego había estado ese artículo médico Muggle que había leído de adolescente, que vinculaba el alcoholismo en las familias. Así que siempre se había limitado a dos copas de vino como mucho, porque tenías que beber vino cuando eras amigo de los Malfoy. Al menos Lucius siempre lo había creído demasiado desclasado para el buen brandy.
Después de que las luces fueran apagadas, yacía en su camastro, ni remotamente somnoliento, pero cansado, tan cansado, el tipo que le hacía desear simplemente haber permanecido muerto. Lo que fuera que lo hubiera traído aquí, ¿no podría haber escogido a algún otro?
Lily no tenía dieciséis; tenía veintiuno, y había muerto, también.
Realmente, pensó Severus, incluso en la muerte, obtenía la peor parte del trato.
Rodó de costado, hundiéndose en el vacío abrazo de la Oclumancia, goteando lejos del recuerdo de Lily de cegadora luz verde. Ésa era la cosa de la Legeremancia: una vez estabas dentro de la cabeza de alguien, sus recuerdos se convertían en los tuyos propios.
. . . . . . . . .
Navidad, 25 de diciembre, 1976
Lily despertó la mañana siguiente al sonido de Petunia pisoteando el pasillo arriba y abajo, cerrando y abriendo las puertas de golpe y, una vez hubo agotado ese pasatiempo, pasando un aspirador por la alfombra. Lily imaginó que esto era despecho porque Lily sacara su varita ayer. Cuando Petunia se aseguró de apretar el aspirador contra la parte inferior de la puerta de Lily, estuvo segura de ello.
Aun así, yació en la cama, negándose a darle a su hermana la satisfacción de oírla levantada. Había tenido un extraño sueño anoche–bueno, en lo que a los sueños concernía, no tan extraño, pero… en cierto modo inesperado, ¿quizá? Y aun así no. Oh, no lo sabía.
Había soñado que estaba caminando por la orilla de un río, un río que olía al océano. No había olores en los sueños, por supuesto, pero recordaba pensar, "Eso es extraño, puedo oler el mar." Y entonces había mirado al otro lado del agua y visto a Severus, pero uno que apenas reconoció, porque parecía mucho mayor, a pesar de que todavía era incontrovertiblemente Severus.
En el sueño lo había llamado, "¡Sev!" a pesar de que ya estaba mirándola. "¿Cómo llegaste ahí?"
Él dijo, "No lo sé," en esa voz suave, perfecta, vacía de emoción. "¿Cómo llegaste ahí?"
"¿Hay modo de cruzar?" quiso saber ella.
Él dijo, "Supongo que tendremos que esperar que el río se estreche." Y habían seguido caminando, a cada lado del río, pero seguía de la misma anchura. Entonces Severus dijo, "Huele al mar," y Lily había despertado en la oscuridad, unas horas antes del alba, pensando que la voz de Severus le recordaba al océano.
El aspirador se apagó con un chirrido y traqueteó de vuelta a su armario, y Petunia aporreó escaleras abajo. Estaría cocinando la comida de Navidad, y nunca dejaría a Lily entrar a la cocina. Eso estaba bien para Lily; odiaba las cosas domésticas, quizá porque todos esperaban que las hiciera, como mujer.
Retiró la colcha y meneó los dedos de los pies dentro de las zapatillas antes de liberarse del calor de su cama. Por un momento, la sensación fantasma de su rutina matinal tiró de ella, queriendo que fuera a comprobar cómo estaba Harry, preparara una tetera, bebiera una taza en el silencio de la cocina, sola; y luego se deslizara de vuelta a la habitación de ella y James para levantar a su hijo de la cuna. La sensación de apretar el cuerpo de su hijo contra su corazón había sido más cálida que una taza de té caliente.
Se presionó los ojos con la mano hasta que vio puntos de aguja. Severus dijo que estaba bien, se dijo. Severus dice que era feliz y amado. Montones de personas lo aman.
Si Severus había enseñado Pociones en Hogwarts, entonces habría sido maestro de Harry… todo el tiempo que Harry estuvo en Hogwarts. Sev sabría cosas de Harry–sería capaz de contarle cómo era Harry, quiénes eran sus amigos, cuán inteligente era, en qué era mejor–tantas cosas que no sabía, y que había temido nunca sabría.
Todo salvo una cosa que había temido hasta que pensó que su corazón nunca volvería a latir con calma, se había cumplido. Harry había sobrevivido, pero ella no había estado allí para verlo.
Tomó varias respiraciones profundas, tratando de estabilizarse, de dejar de temblar, de sentirse enferma. Vería a Severus hoy, y él podría contarle todo acerca de Harry entonces.
Absorta intentando pensar en un modo de escabullirse a ver a Sev, no se percató de qué atuendo estaba poniéndose hasta que captó un vistazo en el espejo de su armario y vio que de algún modo había combinado mal una terrible rebeca naranja y una falda a rayas verdes y marrones.
"Como el mal gusto al vomitar," murmuró, saliendo de ellos.
Ya que era Navidad, se dignó a cambiarse a un jersey verde. Mamá siempre había tratado de engatusarla para que vistiera de verde, ya que destacaba sus ojos, y las amigas de Lily se derramarían cada vez que llevaba ese tono particular de esmeralda. "¡Todos los chicos se volverán locos!" dirían envidiosas. Lily siempre tenía que reprimir un gruñido de molestia ante la implicación de que volver locos a los chicos era el culmen de la ambición de su vida. Apenas ninguna de las chicas en Hogwarts comprendía el movimiento feminista. El fallo de los chicos en hacerlo pasaba sin decirlo.
Abajo, oyó el murmullo de la voz de Mamá flotando fuera de la cocina, mezclándose con el sonido metálico de ollas y la quietud del agua corriendo. Dio un rodeo y llegó a la cocina a través del comedor, donde encontró a Mamá planchando el mantel bueno mientras Petunia cocinaba. Ambas mujeres se erguían en pequeñas espirales de vapor, la de Mamá de la plancha, la de Petunia de la olla sobre el fogón, en la que estaba echando chalotas.
"Feliz Navidad, cariño," dijo Mamá, inclinándose a un lado para darle un beso a Lily sin dejar de planchar. Lily estaba agradecida de ser bruja, planchar no era algo que necesitara hacer.
"Lo tengo todo bajo control," dijo Petunia ásperamente, removiendo su salsa de carne, mirando a Lily como si estuviera a punto de saltar y comenzar a dirigir la sinfonía de Petunia.
Lily tenía que admitir que Petunia era una cocinera alucinante, especialmente para una persona que no parecía preocuparle comer comida. Sev había sugerido una vez que porque Petunia no podía ser bruja, había decidido ser la mejor persona ordinaria que pudiera ser y superar a Lily de ese modo. En aquel momento se habían peleado por ello–Lily odiaba cuando Sev despreciaba a Petunia, del mismo modo que odiaba cuando Petunia despreciaba a Sev–pero ahora Lily tenía que concederle la razón. Petunia sabía mantener una casa tan prístina como un bloque de hielo. Incluso Mamá, que había sido ama de casa durante casi veinte años, no podía mantener las cosas tan inmaculadas como Petunia. Por supuesto, Mamá no apostaba por lo inmaculado, pero Lily había visto una mirada maravillada en el rostro de Mamá la vez que Petunia montó servilletas dobladas en forma de cisnes.
"Sabía que lo harías," le dijo Lily a su hermana, con una dulce sonrisa. "Sólo vine a ver si Mamá necesitaba ayuda."
"Podrías pulir la plata por mí, eso sería encantador."
Petunia frunció el ceño, sin duda queriendo ofrecerse a hacer la plata ella misma y jactarse de sus superiores habilidades pulidoras, pero Lily sabía que estaba lo suficientemente inmersa en la cocina para percatarse de que no podría hacer ambas cosas. Lily sacó la plata de su cajón con un rumor, sacó el hediondo pulimento, y se sentó a la mesa a limpiarla, sintiendo mientras lo hacía como si estuviera colocándose ligeramente con los vapores.
Necesitaba llegar a Severus. ¿Seguramente habría vuelto a casa? Aunque, si realmente tenía treinta y ocho, podía ver por qué querría evitar ese terrible lugar–no, cambia eso por cualquier edad–pero, ¿adónde más iría? Había olvidado preguntarle dónde había pasado realmente la noche. En verdad era la peor especie de mejor amiga largo tiempo perdida.
Mamá no estaría emocionada porque Lily se arrancara para ver a un chico que la familia no podía soportar, así que necesitaba esperar hasta después de la comida, cuando Mamá y Petunia se acomodarían frente a la tele con café y una copa de Bailey's cada una. Siempre miraban imágenes recicladas de la Orquesta Sinfónica de Londres tocando la Suite El Cascanueces. Si este año seguía la misma rutina que el anterior, el año del golpe de estado de Petunia a la cocina, entonces Lily sería capaz de llegar hasta Sev alrededor de las cuatro. Y Petunia adoraba la rutina aún más que la limpieza.
"¿Esto es suficiente, Mamá?" preguntó Lily, señalando los tres cuchillos, tenedores, y cucharas que había pulido.
"Me parece perfecto."
"Cucharas de sopa," dijo Petunia desde el fogón. "Y el servidor de la tarta, y el cucharón bueno, y tenedores de ensalada."
"¿Seguramente podemos apañarnos con lo que hay en los cajones?" preguntó Mamá.
"Es Navidad, Mami."
"Está bien," dijo Lily, esperando hasta que estuvo en la jaula de la porcelana dando la espalda a su madre y hermana antes de poner los ojos en blanco.
"Y la porcelana de Navidad, Lily," dijo Petunia, una hebra de triunfo en su voz. "Querrás asegurarte de lavar eso."
"Por supuesto," dijo Lily, todavía en su tono más dulce. Mientras removía su salsa de carne, Petunia parecía casi–feliz.
Así que Lily pulió, lavó platos, y arregló el mantel–o lo intentó; al parecer estaba fastidiándolo, porque Petunia apareció abruptamente a su codo y la quitó de en medio, diciendo, "Honestamente, Lily, ¿qué tipo de esposa serás? Puedo ver que eso está torcido desde la cocina."
Lily tenía muchas ganas de retrucar que a James no le había importado una mierda cómo enderezaba sus manteles, pero logró tragárselo. Se tragó con aún más fuerza el impulso de preguntarle a Petunia cómo había logrado que el mantel se viera tan–perfecto.
Petunia arrancó la porcelana de las manos de Mamá cuando trató de afanarla de la tabla de secar y secarla. "No, Mami," dijo. "Hoy nos toca a Lily y a mí. Prácticamente somos mujeres adultas ahora; tú puedes descansar."
"Ah, sí, dieciséis y dieciocho, adultas del todo," dijo Mamá, sonriendo, pero cuando besó a Petunia en la mejilla, sus ojos estaban empañados.
El arreglo de la mesa de Petunia era tan fino como el de una duquesa. Hizo sentarse a Mamá a la cabecera de la mesa y ordenó a Lily dónde colocar la comida, pero afinó la boca y ajustó cada plato remilgadamente una vez Lily los hubo puesto. Los aromas de pollo asado y salsa de carne y ajo y perejil hacían doler la boca de Lily con anhelo, y se llevó una mirada muy desagradable de Petunia cuando metió la cuchara en las patatas antes de que Petunia hubiera comenzado siquiera a bendecir la mesa.
"Has hecho tu trabajo demasiado bien, Petunia," dijo Mamá, los ojos chispeando de risa. "Lily apenas puede contenerse."
"Date prisa," gimió Lily.
Por supuesto, Petunia tomó "date prisa" como "demórate." Mientras Petunia se lanzaba a una bendición de longitud innecesaria, Lily se encontró absorta en las diferencias entre este escenario y la Navidad con James y los muchachos. Sirius y Remus y Peter siempre estaban invitados, también, y siempre venían; y James y Sirius sacarían los más extravagantes crackers y fuegos artificiales de Zonko's, prendiendo fuego a algo inevitablemente en segundos, antes de que Lily o Remus–a menudo ambos, ya que era raro que sólo una superficie estallara en llamas–lo apagaran con agua helada. Después de la comida – que habitualmente era un cruce entre lo exótico y bizarro, cualquier comida para llevar que Sirius y Remus hubieran desenterrado de restaurantes tailandeses o camboyanos o marroquís–Remus tocaría villancicos al piano, y todos cantarían uno o dos seriamente, hasta que Sirius y James degeneraran cada canción en una serie de locas letras groseras.
Sintió la sensación de temblor volver a ensartarla, y tuvo que tomar un trago de agua. Dios, quería ver a James. Si tan sólo pudiera llegar hasta él–
Espera… podía, ¿no? Podía tomar el tren. Por un momento la aturdió no haber pensado en ello antes. James no estaba muerto, ahora, estaba aquí, estaba vivo, y ella sabía dónde estaba la casa de sus padres. Podía encontrarlo y verlo, y oír su voz y tocarlo…
"¿Lily?" preguntó Mamá en voz baja. "¿Estás bien, cariño?"
Lily reprimió el impulso de gritar. La vida realmente tenía un sentido del humor enfermizo, ¿no? El modo en que te otorgaba bendiciones y las medio convertía en pesadillas. Aquí estaba, reunida con su madre, que la amaba, y capaz de volver a ver a su marido, que había muerto, y con Sev, que no era realmente Mortífago, y tenía que fingirlo todo, todo el tiempo; excepto con la única persona que todos iban a darle dolor constante por confiar en él de nuevo–
Trató de sonreír, insegura de cuán exitosamente lo logró. A juzgar por el modo perspicaz, estrecho, en que Petunia estaba observándola a través de la esplendorosa mesa, y el rostro grave de su madre, no demasiado bien. "Espectacularmente navideño, Mamá."
Petunia trinchó con calma un pedazo de pollo. "Será ese chico Snape," dijo, en una voz que de algún modo logró ser tanto desdeñosa como indiferente. "Ha hecho algo horrible, espero, como cualquiera podría haber dicho a cualquiera que lo haría. Como siempre."
"Petunia," dijo Mamá, su voz en su tono más callado todavía.
Las manos de Lily apretaban tanto sus cubiertos que sus puños estaban temblando. "De hecho, Severus no ha hecho nada salvo ser maravilloso," rechinó, sintiendo sus dientes apretarse. "Así que si pudieras cerrar la bocaza en cuanto a él, estaría eternamente agradecida."
"¡Lily!" dijo Mamá, con resolución. Dos puntos de color estaban altos en las mejillas de Petunia y sus fosas nasales estaban agitadas, pero no dijo nada. "Es suficiente por parte de ambas. Lily, no permitiré que hables a tu hermana de ese modo. Petunia, Lily tiene derecho a su vida privada, al igual que tú o yo. Considero este tema cerrado. Encontremos algo más agradable que discutir en Navidad."
"Sí, Mamá," dijo Lily, al superpuesto de Petunia, "Por supuesto, Mami."
El comedor se quedó en silencio, salvo por el entrechocar de los cubiertos.
. . . . . . . . .
Severus tomó la decisión de quedarse en el albergue hasta que les hubieran dado de comer, y luego regresar a casa para lujos como una ducha y un cambio de ropa. No habría mucha comida en casa, su madre considerando innecesario gastar dinero en cosas como ésa, así que tomaría la caridad gratuita e incluso unos minutos de Scrooge con Albert Finney que estaba actuando en la tele. Severus se preguntó si se sentía más como el fantasma de las Navidades Pasadas, Presentes o Por Venir.
Alrededor de las dos de la tarde, Severus abandonó el albergue y se dirigió a casa. El cielo se veía particularmente feo, con nubes grises rasgadas colgando bajas. Un puñado escaso de coches punteaban las calles entre la iglesia y Spinner's End, todos conduciendo con cuidado por carreteras encharcadas de hielo. Su calle estaba desierta, aunque las casas vibraban con la charla y alegría navideña a pequeña escala. La cuarta casa desde la suya parecía estar en medio de una pelea a gritos de unas doce personas.
Sacó su llave de la cartera, donde la había metido, y la deslizó en la cerradura de la puerta de atrás. Ninguna protección lo maldijo a través del patio estrangulado de hierbas, para su media sorpresa.
La casa estaba, como siempre, oscura y deprimente y helada por dentro, pero inusualmente silenciosa. Eso significaba que su padre no estaba en casa. Severus recordó que habitualmente había pasado la Navidad bebiendo en casa de uno de sus amigos. Cada año se las arreglaban para que sus esposas tuvieran compasión de Tobías, cuya mujer era tan bizarra y despiadada que nunca le preparaba una comida de Navidad adecuada. En cambio, se burlaba de él por preferir su malta al agua un poco demasiado raramente.
Las escaleras estaban en el extremo trasero del pasillo, pero antes de que Severus pudiera proceder a subirlas, su madre apareció en la puerta de la sala de estar. "Pensé que eras tú," dijo, no pareciendo ni complacida ni molesta por verlo. Sus gafas de lectura estaban en el extremo de su nariz.
"¿Porque no me caí apestando a borracho en el umbral?" preguntó Severus.
Ella alzó las cejas, como si hubiera esperado que él conociera la respuesta a eso. "Naturalmente."
Severus quería ir arriba, pero no quería la pelea a gritos que resultaría si simplemente pasaba de ella. Recordó que la mejor estrategia con su madre era esperar a que saliera de su silencio.
"¿Te dieron de comer, dondequiera que fueras?" preguntó ella, como si no le importara una u otra cosa.
"Sí," fue todo lo que dijo él.
"Pensaba que podrías haberte reconciliado con esa chica," dijo ella, "pero vino aquí ayer, buscándote."
"Me lo dijo."
Su madre le dirigió una larga mirada. En la semioscuridad del pasillo, Severus no estaba seguro de si fue más midiendo o considerando. Cuando habló, la suave seriedad en su voz le sorprendió.
"Ten cuidado, Severus," dijo ella.
Entonces volvió a girarse hacia la sala de estar. Él oyó crujir su sillón cuando regresó a él, el rumor de las páginas de su libro. Se quedó parado un momento, desconcertado a media docena de niveles diferentes. Entonces remontó las escaleras despacio hasta el segundo piso.
El aire arriba estaba viciado y seco. Severus peinó desdeñosamente su guardarropa, tratando de encontrar las cosas menos horribles que ponerse, pero lo mejor que tenía era un jersey que Lily le había comprado–sería la pasada Navidad, ahora–en un profundo azul cobalto. Verlo lo llenó de una extraña especie de dolor, probablemente porque todavía lo tenía–o lo había tenido–¿lo tendría?–en 1998–metido en el fondo de su cómoda de cajones en el despacho del director. Casi nunca se lo había puesto; en parte porque las mangas le habían quedado demasiado cortas una vez había dado el estirón, pero también porque había querido preservarlo, del modo que había preservado todo lo que Lily le había dado alguna vez.
En el apretado cuarto de baño, tocó las cañerías con un hechizo calefactor y se duchó, empleando un champú verdaderamente sádico con base de poción para purgar posibles piojos u otros parásitos de su pelo. Mientras se limpiaba la suciedad bajo las uñas–¿cómo se habían puesto tan asquerosas?–rumió esa escena francamente bizarra escaleras abajo.
¿Qué había querido decir su madre con "Ten cuidado"? Bueno, era obvio que estaba aconsejándole que fuera cauteloso, pero, ¿cauteloso con qué? No podía importarle que perdiera la amistad con Lily; ella sólo había tolerado a Lily antes de Hogwarts porque para su madre sangre-pura, una bruja hija de Muggles era al menos una mejor asociación para su hijo mestizo que los Muggles completos. Una vez había comenzado Hogwarts, le había fastidiado constantemente para que se asociara con "tipos mejores que Gryffindors e hijos de Muggles, Severus–¿cómo pueden ellos hacerte prosperar?"
Nunca le había preguntado a su madre exactamente por qué se casó con su padre. Lo más cerca que había llegado jamás fue durante uno de sus sermones sobre la importancia de hacer contactos decentes en su mundo, cuando se atrevió a inquirir, "Pero entonces, ¿por qué soy mestizo?" Y ella lo había mirado por un largo momento y dicho, "Deseo que tomes mejores decisiones que yo, mi Príncipe mestizo."
Se aclaró el champú y se secó suavemente con la toalla su tierno cuero cabelludo, entonces se secó el pelo con un encantamiento. Pobre Lily, teniendo que vivir en una casa con Muggles–Severus había descubierto alrededor de cuarto año que el Ministerio sólo podía monitorizar la magia en las viviendas, no a escala individual. Mientras su casa estuviera registrada como la vivienda de una bruja, era seguro que hiciera magia dentro de sus muros, sin importar cuán joven o viejo fuera.
La ducha hecha, la ropa demasiado pequeña puesta, se retiró a su guarida–también conocida como su decrépito dormitorio–y comenzó a buscar una pista, cualquier pista, sobre esa fecha rodeada de oscuro en su calendario de pared.
Tres horas más tarde, había repasado todas sus notas, todos sus libros tanto del colegio como recreativos, su papelera, sus bolsillos, sus bolsas, los detritus en su baúl, sus sábanas, su escritorio; incluso el escondite en el panel que había construido a los pies de su armario para ocultar sus recuerdos de Lily. No había encontrado nada, nada en absoluto.
Volvió a sentarse en la cama, las manos en las rodillas, y miró fijamente a través de la habitación al calendario. Se conocía; lo había rodeado, y entonces deliberadamente no dejó mención escrita. Un fuerte recordatorio sin marco de referencia.
Así que era algo que habría recordado sin ponerlo por escrito. Eso significaba que no habría querido ponerlo por escrito. Algo que quiso asegurarse de no olvidar, mientras sabía que no necesitaría recordatorio…
El teléfono escaleras abajo sonó por toda la casa. Cuando el estridente sonido se cortó de repente, imaginó que su madre debía haberlo silenciado, porque nunca lo había respondido ni una vez.
Dos minutos después, el teléfono comenzó a sonar de nuevo.
"¡Severus!" gritó ella a las escaleras. "¿Harías callar a ese maldito pedazo de chatarra?"
Severus bajó las escaleras crujiendo y cogió el receptor. "¿Qué?" dijo con voz aburrida, pensando en que sería cualquiera menos quien era.
"Feliz Navidad también a ti," dijo la voz de Lily. Severus casi dejó caer el teléfono.
"¿Dónde en el nombre de la barba infestada de piojos de Merlín conseguiste este número?" preguntó él, perplejo.
"De ese texto arcano llamado listín telefónico." Nunca había oído la voz de Lily por teléfono, se percató. No era demasiado diferente de la vida real. Había un tono familiar en ella, como si estuviera sonriendo.
"¿No eres una rebelde?" dijo él, sus ojos en el umbral de la sala de estar. Pero su madre no salió para dirigirle miradas enervantes.
"Actúo para una casa liquidada. Mira–" Su voz bajó de repente y se volvió amortiguada; la imaginó abarcando el teléfono con la mano. "Necesito terminar rápido antes de que Petunia acabe de hacer de duquesa en la cocina y salga aquí. ¿Podemos hablar?"
"Estaba bajo la impresión de que ése era el propósito de estos aparatos. El hecho de que pueda oírte desde quince minutos de distancia respaldaría esa idea."
"Wow, has perfeccionado tu habilidad para ser difícil y pomposo al mismo tiempo."
"Gracias. He trabajado muy duro en ello."
"Si hablo contigo por teléfono, imbécil, Petunia hará un registro judicial de todo lo que diga. Preferiría no tener que interrumpirme para lanzarle algo cada treinta segundos."
"¿Dónde sugieres que nos encontremos? Tu madre no va a dejarme entrar, y Petunia te espiará mientras estés en casa."
"Lo sé," suspiró ella. Hubo un golpe, y una especie de ruido extraño, gomoso. ¿Estaba devanando el cable del teléfono? "Podría acercarme allí," ofreció ella.
"Acercarte–" Él no pudo terminar el pensamiento.
"Ya sabes. A tu casa."
Severus se sorprendió cuando el destello de pánico que inspiró esta oferta fue… sordo. Un eco, en realidad. Supuso que realmente ya no pensaba en esto como su vida.
"Fui por allí ayer, ya sabes," añadió Lily, cuando él permaneció callado.
"Yo–" No se le ocurrió ninguna objeción. Incluso se estaría ligeramente más caliente en casa de sus padres que afuera en el parque. "Muy bien, es adecuado. Iré a acompañarte."
"No seas tonto, conozco el camino." Y colgó antes de que él pudiera decir nada más.
Mujer molesta, pensó sin ningún rencor.
"Estaba bajo la impresión de que deberías preguntarme antes de invitar… compañía."
Severus había sabido que su madre estaría escuchando. Se giró; su expresión era fría y poco divertida. Le recordó la mirada fija que él dirigiría a los Ravenclaw ansiosos por destacar.
"¿Permites que venga Lily?" preguntó él en su voz más neutra. "¿O debería"–¿cuál era la palabra?–"darle un timbrazo y decirle que se quede?"
Los labios de su madre se afinaron más de lo habitual. Él simplemente esperó. Dumbledore había adorado las tácticas de silencio, también.
"Puede venir," dijo ella finalmente, su voz bastante dura. "Si os encuentro haciendo algo inapropiado, os echaré a los dos a la calle, y no encontrarás las protecciones bajadas hasta Año Nuevo."
Desapareció de vuelta en la sala de estar, sin preguntarle si comprendió.
"Como si tuviera la oportunidad," murmuró él una vez estuvo a salvo de regreso arriba; al igual que Lily había hecho con su madre.
Dudaba que hubiera sabido qué hacer con tal oportunidad, incluso si hubiera surgido. No surgiría.
