Capítulo 9
Lily suponía que debería dar las gracias a Sev, realmente, por darle algo nuevo por lo que inquietarse mientras estaba postrada en la cama, enterrada en sus pensamientos y sentimientos. Podía sacar a su bebé y James de su atención inmediata por un rato y concentrarse en la ansiedad despertada por la idea de los Mortífagos, el peligro que suponían para Sev, y el peligro que él quería que ella le impusiera.
Pero en realidad, si no fuera porque tenía algo peor en lo que no quería pensar, habría odiado su plan un ciento diez por ciento en lugar de sólo un noventa y ocho.
Severus se quedó hasta bien entrada la noche. Alrededor de las dos de la tarde hizo ademán de marcharse, pero ella lo detuvo. "Si necesitas ir a casa, a ayudar a tu mamá–pero no te marches porque creas que quiero que te vayas–"
"Necesitas descansar," había dicho él, de esa manera Oclumántica que realmente estaba llegando a odiar.
"Estoy descansando. Por favor, Sev. Eres un millón de trillones de miles de veces más sosegado que Petunia."
"Va a castigarte por quedarme aquí tanto tiempo," dijo Severus, pero Lily tuvo fuertes esperanzas por el modo en que estaba demorándose.
"Oh, por favor, puedo manejar a Petunia. Simplemente no quiero hacerlo ahora mismo," explicó ella, ante la escéptica mirada en el rostro de él. Consideró hablarle del comentario sobre las citas, pero por alguna razón la idea de hacerlo la avergonzó. Al final, se lo guardó para sí misma y le preguntó por Hogwarts en cambio. Él pareció pensar que estaba loca, queriendo oír cómo era la vida de un profesor. Cuando ella preguntó por qué se había quedado, entonces, él dijo, "Hogwarts era mi hogar." Entonces pareció casi avergonzado, o quizá desamparado.
"Entonces háblame de ello," dijo ella, sonriendo, incluso si sólo apenas, queriendo tocarlo pero temerosa de que se retirara a ese lugar profundo, oscuro, al que se había marchado antes, el que amenazaba con romperle el corazón.
Pero un ratito después casi deseó que se marchara cuando comenzó a bosquejar los detalles de su plan para hospitalizarse. Lily ni siquiera había levantado su varita, pero ya aborrecía este plan, a sí misma, a Lucius Malfoy y a Voldemort por hacerla hacer esto–por hacer de su maldición la mejor alternativa a que Severus fuera torturado o algo peor por una manada de chacales humanos.
Pero lo era, ¿no?... haría cualquier cosa por Sev, si significaba mantenerlo alejado de los Mortífagos de nuevo.
Incluso lo herirías. ¿Dos veces ahora?
La alternativa era algo por lo que había muerto. Ambos lo habían hecho.
Severus dijo que esperaría hasta que estuviera más recuperada, ya que eso estaría más cerca de Año Nuevo en cualquier caso. No podían arriesgarse con la ocasión, dijo. Debía estar en el hospital la noche de la Víspera de Año Nuevo, demasiado enfermo o herido para escaparse a la reunión.
"Nuestra riña la pasada primavera fue ampliamente difundida," dijo él, tan vacío y lejano como el fondo de un pozo seco. "Eso ayudará a hacer esto verosímil, si somos cuestionados–pero no deseo que nadie esté seguro de que fuiste tú. Si nos preguntan, diremos que fue atropello-y-huida."
A pesar de que Severus le había dicho qué maldición debía ser, ella no fue capaz de evitar repasar su arsenal, buscando enfebrecida algún otro maleficio, algo que hubiera olvidado. Conocía un montón de hechizos para derribar a un enemigo y darte tiempo a escapar, multitud de hechizos protectores y contra-maldiciones, pero no tenía muchos que fueran tan destructivos como Severus estaba buscando. El deseo de Lily nunca había sido herir al enemigo; su especialidad había sido el desarrollo de hechizos defensivos, porque la violencia siempre la ponía enferma. No podía maldecir a alguien sin sentir que estaba siendo maldecida a cambio.
Pero ella era la única que alguna vez había logrado herir a alguien con Contrapasso.
"Debería ser ésa," había dicho Severus mientras el sol estaba poniéndose, su voz corriendo sobre el sonido del zumo que estaba sirviéndole. Ella comenzó a sacudir la cabeza, ni siquiera cogería el vaso, sólo aferrando las sábanas con las manos, como si aceptar la bebida que le tendía fuera lo mismo que acceder a herirlo. Pero él dijo suave, casi dulcemente, "Será más que suficiente. Puede que ni siquiera necesites conjurarla con mucha fuerza."
"Sev–en San Mungo–no sabrán cómo tratarte."
"Conoces la contra-maldición," comenzó a decir él desdeñosamente, pero ella sacudió la cabeza más fuerte.
"Técnicamente, pero nunca he intentado conjurarla. Sev, escucha, esto es una absoluta locura. Piensa en lo que estás pidiendo–¿quieres que te alcance con una maldición, lo suficientemente mala para mandarte al hospital, sin práctica de levantarla?"
"Tengo fe en que lo lograrás," dijo Severus, tan simplemente como si de verdad la tuviera.
Lily no la tenía. "¿Cómo eliminasteis la maldición de Avery?"
"El Señor Tenebroso empleó Finite Incantatem." Se encogió de hombros. "Era lo suficientemente poderoso para cancelarla."
"Y si yo no puedo cancelarla, nadie en San Mungo tendrá ese tipo de poder, ¿verdad?"
"Serás capaz de cancelarla."
Lily había sentido la sensación única, entonces, de un calor en el corazón al mismo tiempo que todas las demás partes de ella sentían frío. Por fin cogió el zumo y lo sorbió. Sentía las yemas de los dedos como hielo.
Él se marchó alrededor de las siete de la tarde, cuando Mamá irrumpió en el dominio de Petunia. Fue muy cortés y distante con su madre, y entonces se volvió hacia Lily una última vez y dijo, "Haz que Petunia te dé de comer carne roja, con mucha sangre para coger fuerzas." Fue grave, pero ella sabía que estaba haciendo una broma al estilo Severus. Entonces, con una última mirada prolongada, tan rápido que Lily pensó que lo había imaginado, se había marchado.
Mamá ordenó un poco la habitación de Lily, de algún modo haciendo la tarea calmante en lugar de tortuosa. Lily no sabía cómo se las había arreglado él, pero en esto Severus era el anti-Petunia: siempre dejaba las cosas un poco más desordenadas que lo habían estado antes de que llegara.
"¿Tuviste una buena visita?" preguntó Mamá, alisando el cabello ligeramente húmedo de Lily.
"Por supuesto," dijo Lily. Se apoyó en el contacto de su madre y cerró los ojos. Disfrútalo mientras dure.
Mamá le acarició el cabello unos momentos, lenta y cuidadosamente. "Él es diferente de lo que recuerdo," murmuró.
Lily sonrió sólo un poco, principalmente para sí misma. "Lo es."
Mamá la miró a ambos ojos, como buscando algo. Lily le devolvió la mirada con curiosidad. "¿Sí, Mamá?" preguntó, todavía sonriendo.
"Todo lo que quiero es que seas feliz," dijo Mamá. Entonces besó la frente de Lily, su toque demorándose, y con una última mano alisó la colcha, cogió la jarra de zumo vacía y se marchó con un suave rumor de su bata.
Creo que eso es todo lo que quiere cualquiera, pensó Lily, tumbándose sobre las almohadas.
Mientras la casa se acomodaba en el silencio de la noche, observó las luces de su tarro de estrellas centellear en el techo y se sintió cálida por dentro por Mamá y por Sev. Él le había traído las estrellas de vuelta; ella las había dejado en su casa la noche de Navidad, esperando que le harían sentirse un poquito mejor, o al menos no tan terrible. Le había enseñado el encantamiento esa tarde, deseando que le trajera sus estrellas la próxima vez, para mostrárselas. Cuando le había pedido que lo hiciera, la parte superior de sus pómulos se había puesto de un rojo apagado, y había murmurado algo, pero ella dijo, "Por favor, Sev." Él le dirigió una de esas largas miradas, ilegible por completo, pero se encorvó sobre sí mismo, y dijo, "Si quieres."
Quería ver las de Sev porque las estrellas eran un poco diferentes para cada persona que las conjuraba, por ser el hechizo de la misma rama de la magia que producía el encantamiento Patronus. Eso era de dónde había obtenido la idea, en realidad. En la privacidad de sus pensamientos, llamaba a esa familia de hechizos "magia del corazón."
Las estrellas de Remus habían sido como luces de hadas, docenas de ellas, diminutas y brillantes en un puñado de colores. Sirius siempre había conjurado una gran estrella, casi cegadora, de la que Remus había bromeado debía ser una réplica de la Sirius real, La Estrella del Perro, y prueba de su egocentrismo. Las de James habían sido un puñado de alegres luces rojas. Y Peter nunca había sido capaz de…
Lily pensó que su estómago podría desaparecer si pensaba en Peter; desaparecer como absorbido por un agujero negro. No pensaría en él. No podía hacerlo, y permanecer cuerda. Prefería recordar a Severus escuchándola explicar el encantamiento, desenredando sus palabras cuando se volvían demasiado confusas, y luego dirigiéndole otra de esas largas miradas y diciendo, "Como dije, es realmente brillante." Y su corazón se había sentido como las estrellas en su frasco, lleno de luz y calor, porque de algún modo sabía que ese Severus adulto era aún más parco en elogios que el Severus joven lo había sido jamás.
James había dicho lo mismo cuando ella comenzó a trabajar en desarrollo de hechizos: "¡Brillante!" con tanto entusiasmo, y la había levantado y dado vueltas. Todos sus amigos se habían sentido aliviados, también; su mala actuación en la batalla había encadenado a todos a la ansiedad. El problema no era que Lily no pudiera lanzar hechizos malvados. Podía, y temiendo por su vida lo haría; pero presenciar los efectos siempre la traía a la tierra, y era demasiado peligroso, estúpido y suicida detenerse en medio de la batalla para horrorizarte por lo que le has hecho a alguien que estaba intentando matarte. Severus no había sido el único en salvarle la vida; parecía como si media Orden se hubiera visto obligada en algún momento a ponerse en riesgo rescatando a la ingenua, estúpida Lily, que perdía la cabeza al ver Mortífagos heridos. La vez que Sirius la había salvado, se había puesto tan furioso con ella que James se había puesto furioso con él, y quizá habían tenido la peor pelea de su amistad. Y Lily había sollozado por toda la túnica constelada de lentejuelas de Dumbledore que no pertenecía a la Orden, que no era lo bastante valerosa, que no era lo bastante fuerte; no quería que ganara la Oscuridad pero no tenía lo que se necesitaba…
Dumbledore le había dado cacao que sabía a avellanas y menta y había dicho, "A menudo he pensado que aquellas partes de nosotros que parecen débiles a una luz son nuestros activos más fuertes en otra. Pero una fortaleza mal aplicada verdaderamente puede hacernos–a cualquiera de nosotros–débiles, incluso peligrosos. Eres valerosa, Lily, y eres una guerrera. Simplemente no eres el mismo tipo de luchadora que tu marido, o incluso su maravilloso amigo, Sirius." Le sonrió, ofreciéndole un pañuelo violentamente púrpura con una gentil floritura. "Debemos encontrar un lugar para ti, querida, donde tus fortalezas puedan desplegarse en su propia magnificencia."
"No tengo ninguna," murmuró Lily, secándose el rostro. "En realidad no soy tan especial como todos creen."
"A medida que atravesamos la vida, muchas personas pueden pensar que somos especiales por las razones erróneas," dijo Dumbledore. "Pero sería el colmo del error, querida, asumir que su cortedad de vista significa que no tenemos nada que ofrecer."
Así que había trabajado con él creando hechizos para mantener a salvo a guerreros como James y Sirius y Remus. Había atesorado cada segundo de su trabajo como precioso, incluso vital para su felicidad: mantenerlos libres de daño si era posible; vivos a toda costa cuando eran heridos. Había dominado el Patronus más rápido que cualquier otro en la Orden, y pasado una eternidad ayudando a los que les costaba conjurarlo. Creó encantamientos para enviar mensajes y señales que sólo podían ser vistos por el destinatario siempre que conjurarais el encantamiento el uno sobre el otro antes de separaros. Había rastreado antiguas notas de Sev y mezclado pociones para contrarrestar la desesperación y la fatiga y la locura, que eran mejor que nada que la Orden hubiera tenido de otro modo porque provenían de Sev, cuya brillantez con las Pociones le había ganado a ella una reputación que no merecía. Y cuando todos habían elogiado su inteligencia, se había encerrado y llorado hasta que sus ojos se secaron, porque Sev había hecho estas cosas para ayudar a la gente, Severus le había salvado la vida, y Severus era Mortífago.
Pero ahora lo tenía de vuelta, su mejor amigo. Ella nunca, jamás quiso escribirle otra carta que tuviera que arrojar al fuego por no ser capaz de enviarla. No dejaría que esos Mortífagos lo atraparan. Asesinaría hasta al último de ellos y se odiaría por ello cada día del resto de su vida si tenía que hacerlo, porque ese odio nunca podría compararse con el dolor de perder a Severus por ellos una segunda vez. Especialmente si esta vez, era como cadáver.
Incluso conjuraría Contrapasso si lo mantenía a salvo de ellos. Olvidaría la vez que había visto a Dumbledore conjurarlo efectivamente, más efectivamente que ella lo había hecho, porque cuando se conjuraba en todo su poder, Contrapasso tenía el poder de matar. Y si ella tuviera que morir por ello, no mataría a Severus.
Pero mataría por Severus, lo sabía, porque no iba a volver a vivir sin él.
. . . . . . . . .
29 de diciembre, 1976
"¿Estás seguro de que está bien que esté aquí?" preguntó Lily en un susurro, sus ojos moviéndose sobre la multitud.
"Fuiste tú quien insistió en venir," le recordó él.
"Lo sé, pero–no sé, ahora estoy nerviosa. Lo siento, estoy siendo egoísta." Ella levantó la mano y trasteó con la corbata de él por decimosegunda vez. El traje era de su padre, ya que Severus no tenía uno y no iba a aparecer en el funeral de su padre con un jersey negro que Lily le había comprado en las rebajas de Boxing Day. Pero no pudo evitar notar que su traje se veía bastante diferente a los de todo el resto de hombres allí.
"¿Cómo estás siendo egoísta?" preguntó él. Sin esperar su respuesta, dijo, "Dime, ¿cuán desfasado está este traje?"
"Está bien," dijo Lily automáticamente, lo que le dijo que su sospecha era correcta. "¿Era–era de tu papá?"
"Sí." Lo había visto en las fotografías de boda de sus padres. No le gustaba la idea de llevar en el funeral de su padre la ropa con que se había casado, pero no iba a comprarse un traje nuevo (bueno, de segunda mano) sólo porque la idea de llevar éste fuera incómoda. Se había visto obligado a conseguir un traje de segunda mano para que su padre fuera enterrado con él, sin embargo, porque después de años de beber, Tobías no cabía en éste. Y era el único que había poseído.
"Bueno, creo que está bastante bien," dijo Lily, alisándole la solapa. El interior del vestíbulo de la capilla se sentía curiosamente cálido, a pesar de que las puertas seguían abriéndose con un chasquido para dejar a los–¿se suponía que debías llamarlos "invitados" si era un funeral? ¿Era "dolientes" una palabra mejor?–bueno, de cualquier modo, seguían golpeando adentro y afuera, racheando aire gélido a través del espacio abarrotado que se sentía cálido alrededor de él y Lily, que hoy olía a algo floral e indescifrable. "Y la moda de los hombres no cambia tanto, ya sabes." Entonces ella preguntó seriamente, "Aunque no te importa que yo lleve esto, ¿verdad?"
Él no podía ver que podría estar mal en el vestido; era negro, con agujeros en los lugares adecuados: uno para la cabeza, dos para los brazos. Eso era todo lo que entendía de moda femenina. "¿Por qué demonios me importaría?" Cuando ella se mordió el labio, él dedujo que algo debía estar molestándola, algo más que la ropa y su conveniencia como invitada-doliente en el funeral de su padre; esas pequeñas ansiedades eran sólo escapes. "¿Qué está molestándote? Y por favor, no me digas 'nada.'"
Lily abrió la boca, pero justo entonces la multitud a su alrededor fluctuó, moviéndose hacia las puertas de la capilla. "Luego," susurró Lily. Ella le tomó la mano y lo arrastró a través del gentío, hasta el frente de los bancos, donde su madre ya estaba sentada. Por lo que Severus sabía, había caminado directamente hasta aquí, pasando los grupos de amigos de Tobías, y se había sentado sola al final. El interior de la capilla olía a barniz y alfombra vieja.
Severus se deslizó en el banco de delante junto a su madre, arrastrando a Lily a su lado cuando ella trató de zafarse y ocultarse en la multitud. "Si de verdad no quieres sentarte aquí, no lo hagas," dijo él, "pero si te marchas porque piensas que no es apropiado, por favor, que no te importe una mierda."
Ella se sentó, ahora mordiéndose el labio febrilmente. Entonces envolvió la otra mano sobre la de él, de modo que estaba aferrando su mano izquierda entre ambas suyas. Severus se preguntó de quién era la turbulencia mental que este gesto pretendía calmar. No lamentaba que su padre estuviera muerto. No le complacía; no sentía nada. En realidad no creía que su padre estuviera mejor muerto. Con suerte, su muerte era al menos más pacífica que la de Severus estaba resultando ser. ¿Qué había dicho su madre, sobre las decepciones en la vida? Severus comprendía exactamente lo que había estado diciendo. Incluso su muerte estaba erradicando todas sus expectativas.
Su madre no reconoció su presencia en el banco con ella; no reconocía nada. Cuando el ministro subió a su podio y la tenue charla se hundió en el silencio, no dio señal de haber visto, ni pareció oír una palabra del soso y manido elogio siendo leído. Severus desconectó; era eso, o comenzar a lanzar maleficios. Si algo de esta bobada vacía se hubiera leído sobre su cadáver, habría regresado de la tumba para enderezar las cosas.
Después de que el ministro bajara, un par de amigos de su padre leyeron pequeñas cosas que habían escrito en tarjetas y recitaron mal, y Lorraine, ahora la Sra. Thorne–la primera esposa de su padre–se levantó y pronunció un tranquilo discurso con los ojos secos que redujo a lágrimas a mucha gente en los bancos. Pudo ver a su hija, su medio-hermana, secándose continuamente el rostro. Le sorprendió, ahora como lo había hecho entonces, que su padre hubiera gustado tanto fuera de su propia familia. Pero bueno, se había resentido de su propia esposa bruja e hijo mago y había sido resentido a cambio.
Lorraine había dicho una vez, Pobre Toby… no consiguió nada de lo que había soñado de la vida. Bueno, tampoco lo había hecho Severus. Tampoco, leyendo entre líneas, lo había hecho su madre. La decepción agriada en amargura no había sido un legado pasado sólo de madre a hijo. Severus lo había obtenido de ambos lados. Simplemente había escogido la ruta de su madre de aislamiento emocional en lugar del alcoholismo de su padre.
La Sra. Thorne inclinó la cabeza en un momento de silencio, y luego bajó, regresando a su banco de la fila delantera al otro lado del pasillo. Alguien comenzó a aplaudir, y entonces, percatándose que no debería en un funeral, lo cortó apresuradamente. La gente comenzó a ponerse en pie, dividiéndose para dirigirse al cementerio.
La madre de Severus se levantó con bastante naturalidad entonces, sin ninguna instigación. Severus también se levantó, tratando de recordar cómo habían llegado al cementerio la primera vez, cuando oyó a alguien que no era Lily decir, "¿Severus?"
Era Lorraine. Parecía más joven que la última vez que la había visto; menos plata en su cabello. Su segundo matrimonio la había llevado a los suburbios a las afueras de Cokeworth, pero enviaba tarjetas navideñas cada año, presentando a su familia, las crónicas recientes de su nieta, que había crecido para trabajar en un trabajo en publicidad deslumbrante en Londres; y luego, en años posteriores, su yerno en su banco; el consecuente bisnieto. Varias veces al año, le escribía a Severus una carta llena de charla informal ociosa, sin dejar de invitarlo a cenar en cada una, a pesar de que él no había aceptado ni una vez.
Era… extraño, se percató, sentir el pasado y el presente superponiéndose así. Conocer la trayectoria de la vida de Bonnie y Lorraine antes de que hubiera sucedido siquiera… conocer a Potter, la del muchacho, aun así…
Si todavía sabía todo eso, ¿significaba que hasta ahora, nada había cambiado?
"¿Cómo estás, cariño?" dijo Lorraine. Le dio un ligero abrazo, haciéndole sentirse horriblemente incómodo a pesar de que había estado esperándolo.
Por el rabillo del ojo, pudo ver a su medio-hermana, Bonnie, flotando con su padrastro al borde del banco. Ninguno de ellos parecía querer acercarse más. Normalmente ambos amistosos hasta el extremo–Bonnie en particular era casi imperiosa–hoy sus nervios probablemente eran obra de la madre de él. Incluso en un día bueno era intimidante. Con su vestido negro que parecía una versión recortada del de una condesa isabelina y su velo de encaje negro, parecería una loca a los Muggles. Incluso los ojos de Lily se habían ensanchado al ver cómo iba vestida su madre.
"Bastante bien," le dijo él en voz neutra a la Sra. Thorne; parecía un comentario inocuo sin peligro.
"¿Necesitáis transporte al cementerio, cariño?" preguntó ella. Había líneas de cansancio en torno a sus ojos, pero estaba en mucho mejor control de sí misma que los amigos de Tobías, que ahora estaban apiñados juntos palmeándose la espalda y secándose lágrimas. Ella había sido quien arregló toda esta empresa, ambas veces. Severus había recordado llamarla en Boxing Day y soportado la horrible tensión de estar en pie incómodo al teléfono mientras ella lloraba. Pero se había recompuesto y prometido enérgicamente hacerse cargo de todo.
"Gracias," le dijo él ahora. La vio rozar a Lily con una mirada casi curiosa. "Ésta es Lily," dijo él, bastante débilmente, sintiendo en ese momento que toda la estupidez de los dieciséis estaba a sus órdenes. "Lily, ésta es la Sra. Thorne."
Sus cómo-se-encuentra se superpusieron; se estrecharon la mano. La mano derecha de Lily regresó a la izquierda de él.
Los ojos de la Sra. Thorne siguieron el movimiento de la mano de Lily, pero todo lo que dijo fue, "Habrá mucho sitio en el coche, no os preocupéis–Bonnie puede ir con Irving."
Severus metió a su madre en el asiento delantero del Gremlin de la Sra. Thorne y se apretó en el trasero con Lily. Era un espacio estrecho para sus piernas; tenía que inclinarlas de lado. La Sra. Thorne dejó que los limpiaparabrisas retiraran un poco de hielo del parabrisas antes de sacar el coche del aparcamiento en la estela del coche fúnebre. La fila de aproximadamente quince coches tomó lugar tras ellos. Su madre y la Sra. Thorne no hablaron en absoluto. Él y Lily no hablaron tampoco. Ella había sacado un pañuelo de papel de algún lugar y estaba haciéndolo trizas sobre su rodilla, manchando su falda negra de lana de níveos hilillos.
El tiempo era levemente soleado pero frío, con un viento amargo, mordiente. El cementerio colgaba de una colina abierta, sin árboles, y el viento cortaba aún más ásperamente por ella. Mientras su madre ascendía por la hierba salpicada de hielo delante de él, su velo fluía detrás de ella. No habló ni miró a nadie.
No se le pasó por alto a Severus que todos los respetos presentados por los invitados habían ido bien al mejor amigo de su padre, John Landry, o a la Sra. Thorne y Bonnie. (Bonnie en particular seguía llorando en un pañuelo.) Nadie se aproximó a él o a su madre, aunque si fue por timidez o porque pensaban que a Eileen y Severus no les importaba estar allí, no estaba seguro. Todos habían sabido que la vida hogareña de Tobías estaba deshecha. Algunos de sus más viejos amigos, los que lo habían conocido desde que Bonnie era bebé, nunca se habían acostumbrado por completo al hecho de que hubiera vuelto a casarse hace más de quince años. No era que Eileen hubiera acudido jamás a fiestas.
A causa del frío, el servicio celebrado ante la tumba fue necesariamente breve. Severus lo agradeció porque estaba exhausto. Podía sentir su cabeza comenzando a pinchar con el dolor de Ocluir la aflicción de más de cincuenta invitados.
Pero terminó poco después. Se dijeron algunas palabras sobre el agujero maltratado en la tierra dura; el ataúd con unas ramitas de flores fue bajado, y entonces los invitados comenzaron a alejarse goteando, aferrándose las solapas sobre las gargantas o los sombreros a sus cabezas, moviéndose en grupos contra el viento.
Su madre estaba en pie a la cabeza de la tumba, mirando el agujero cavado en la tierra helada. No dio señal de sentir frío o notar que no estaba sola allí. Severus se paró junto a ella con los brazos cruzados en un fútil intento de bloquear el viento, preguntándose qué debería hacer. No podía recordar cómo había sido esto la primera vez. Probablemente había estado pateando la tierra y frunciendo el ceño, deseando que su madre se diera una prisa del demonio con cualquier maldita locura que estuviera haciendo y los llevara a casa, al abrigo del frío.
"Dile a la Sra. Thorne que se marche," le dijo su madre suavemente, sin girarse. "Dile que deseo quedarme un rato."
Él fue hasta Lily, que estaba parada junto a una lápida grabada en un tono rosado con los brazos envueltos alrededor de sí misma, temblando en su abrigo y vestido de funeral y medias negras. "La Sra. Thorne te llevará de vuelta–"
"¿Qué me dijiste en el banco?" preguntó ella, secándose la nariz. Probablemente estaba deseando no haber hecho trizas ese pañuelo. "¿Ya lo has olvidado?"
"No quiero que recaigas," dijo él. Quería atraerla cerca y envolverla en el abrigo pecaminosamente caliente que ella le había comprado, pero nunca sería capaz de hacer eso. "Mi supervivencia depende de que tu nariz no gotee por todas partes."
"Ja, ja," dijo Lily, su sonrisa contraída, quizá por el frío. "No voy a abandonarte."
Severus se dijo a sí mismo que dejara de ser patético: la esperanza que llameó como una cerilla en una habitación oscura. Ella no había pretendido decirlo de ese modo. No lo haría.
Se despidió de la Sra. Thorne en la colina. Ella no quería marcharse, pero no tenía pretexto para quedarse. Miró a Severus, su mirada preocupada, y entonces realmente le dio un abrazo–levemente, principalmente las manos en sus hombros. "Si necesitáis cualquier cosa," dijo–sus ojos se movieron a su madre–"cualquiera de vosotros, Irving y yo os lo daremos en un latido, y con gusto."
"Gracias," dijo Severus de nuevo, gravemente, sabiendo que, ahora como entonces, nunca le pediría nada.
Ella pareció sentir eso. "Bueno…" dijo, sorbiendo por la nariz contra el frío, "adiós, Severus. Cuídate, mi amor."
Entonces se unió a su marido e hija, y se encaminaron con cautela colina abajo detrás de los demás, los últimos en permanecer en el áspero viento. Por encima del cementerio, las nubes a altitudes altas estaban deshaciéndose en jirones para revelar un azul de sorprendente profundidad, para ser final de año.
Lily, que se había quedado al pie de la tumba mientras él se despedía de los Thorne, se acercó arrastrando los pies, las manos metidas bajo los brazos. "¿Ésa era tu tía o algo así?" preguntó ella. Decretos del Ministerio o no, si sus dientes comenzaban a castañetear, iba a Aparecerla en casa.
"La primera esposa de mi padre."
Lily había estado entrecerrando los ojos contra el viento, pero toda su expresión se abrió con sorpresa ante eso. "No sabía que tu papá jamás hubiera…" Entonces su sorpresa goteó a embarazo. "Lo siento."
"¿Cómo podrías haberlo sabido si yo no te lo dije?"
Ella empujó la tierra con el dedo del pie. "¿Esa otra mujer era tu hermana, entonces?"
"Medio-hermana, pero sí."
"Pensé que parecía familiar… Es bastante mayor que tú, ¿no? Aparenta–¿qué, al menos treinta?"
"Bonnie es unos catorce años mayor que yo, sí. La tuvieron muy jóvenes."
No, se percató con un destello de enfermiza comprensión, no era que su padre y Lorraine hubieran sido más jóvenes que ella y Potter cuando habían tenido al muchacho.
Si las cosas continuaban por sus caminos anteriormente establecidos, volverían a ese momento en tres años…
Si ella volvía a casarse con Potter–si siquiera hacía tanto como tomarlo de la mano, caminando por la puta calle–él iba a mudarse condenadamente bien a las Cícladas. Y ella estaba segura de hacerlo. Joder, amaba a ese perfecto, dorado acosador–¿no?
No lo había mencionado a menudo, en los últimos días. Ni se había arrancado a buscarlo, como Severus había aprendido a temer. Incluso con la cabeza fría, habría esperado que se hubiera arrastrado fuera de la cama en busca de esa miserable criatura con quien se había casado. ¿No habían estado locamente, dichosamente enamorados? Las fotografías en los diarios, que había arrancado y quemado, cada una, de ellos felices y sonriendo; las voces en la calle, charlando Los Potter esto y Los Potter aquello, cada chispa de aprobación como una pica atravesándole el corazón–
Pero el corazón de Lily parecía estar ahora lleno del muchacho, con exclusión de casi todo lo demás. Florecieron preguntas sobre Black y Lupin, los Longbottom, su hermana, pero siempre acababan de vuelta al muchacho. Severus lo encontraba diez mil veces mejor a que su cabeza estuviera, al parecer, llena de Potter. No habría pensado que ella hubiera tenido la perspicacia de contenerse en ese aspecto.
¿Había sabido ella–adivinó–por qué él había odiado tanto, tanto a Potter Sénior? Dulce Madre de Cristo, esperaba que no. Había sido su único consuelo a través de todo, que ella nunca hubiera visto esa parte de él–que lo hubiera sabido y aun así se hubiera casado con el muchacho que lo había acosado porque tenía que ganar…
El color llameante de su cabello le llamó la atención; el viento cardándolo en su rostro. Le dolió, ferozmente, a través de la sangre, hasta los huesos. Ella apartó los vivos mechones, metiéndoselos detrás de las orejas. "Ella parecía…"
Oh–todavía hablando de Lorraine. Empujó su dolor bajo la superficie de su Oclumancia. Lily probablemente estaba preguntándose cómo una primera esposa e hija podían estar más deshechas por la muerte de un marido y padre que la esposa e hijo que habían vivido con él en el momento que había muerto, pero sintiendo que sería inapropiado señalar eso. Pero su padre nunca se había resentido de Lorraine y Bonnie–su familia Muggle…
Severus recordó a Lily preguntándole una vez, ¿A tu papá no le gusta la magia? y él había respondido, Nada le gusta mucho. Ella no se había percatado cuán cerca de la verdad había estado. Él tampoco, a los diez. No había tenido la más leve perspicacia en el asunto hasta una década más tarde, cuando su madre estaba haciendo una de sus escasas cosas maternales, preguntándole si había pensado recientemente en casarse. Su familia siempre había sido del tipo que luchaba por mantener las puertas cerradas.
No escojas a una Muggle, hagas lo que hagas, había dicho ella. Él había respondido, reprimiendo su ironía y mortificación, No habría pensado que mi sangre fuera lo suficientemente pura para que eso importara, Madre. Y ella lo había mirado con insondable distancia y dicho, La sangre no importa nada en comparación con la felicidad. Ningún matrimonio puede prosperar, Severus, a menos que sea entre iguales. Los Muggles nunca serán nuestros iguales. Podríamos pensarlo, podríamos desearlo, podríamos incluso creerlo con todo nuestro corazón, pero al final, nosotros somos siempre quienes tenemos poder, y ellos no. Y no podéis construir una vida con esa fría verdad yaciendo entre vosotros.
Si su padre se hubiera encontrado alguna vez con Petunia, probablemente se habrían unido en amargo pesar. ¿Petunia había llorado, en el funeral de Lily, o había permanecido con los ojos tan secos y distantes como Severus lo había hecho aquí, ambas veces? ¿Había sido invitada siquiera al funeral de Lily? ¿Habría acudido siquiera?
Él no lo había hecho. Era gracioso cómo el amor y el resentimiento podían obrar el mismo resultado.
Pero había terminado; su padre estaba muerto; y a pesar de lo que sea que fuera este regreso, el de él y Lily, no había modo de arreglar lo que era pasado. Si su padre hubiera retrocedido a un punto hace unos veinte años, podría hacerse una vasectomía y no tener que preocuparse por engendrar un hijo que había temido y resentido tanto como había temido y resentido a su esposa.
Severus no había visto ni hablado con el pobre, miserable bastardo en veinte años. Había terminado. Incluso si no quisiera que lo hubiera hecho, había terminado.
Dijo abruptamente: "Tus dientes están castañeteando. Te llevo a casa. Espera aquí."
"Sev–" la mano de ella navegó hacia su brazo, pero él se apartó, fingiendo no darse cuenta. Pomona le había dicho una vez que cuando se trataba de algo emocional, era tan bueno expresándose como un muchacho de catorce años con una conmoción cerebral. Él la había mandado a la mierda. Incluso en aquel momento, se había percatado de que sólo había estado confirmando su argumento.
Se acercó a su madre, que estaba simplemente en pie sobre la tumba mientras los trabajadores arrastraban tierra sobre el ataúd de debajo. Tenía las manos desnudas envueltas en la cintura, el velo retirado del rostro. Parecía tan tranquila como si simplemente estuviera parada junto a un río, observando el agua pasar.
"Están echando tierra a las flores," dijo ella, su voz igualmente tranquila, mientras Severus se acercaba a ella. "Parece un desperdicio."
Le falló la voz y el soplo del viento se precipitó. "Su vida fue desperdiciada," dijo ella entonces, callada. Sus ojos no estaban en la tumba, sino en algún punto del cementerio, con sus hileras de lápidas no conjuntadas y hierba helada. Severus no supo qué decir.
"No debería haberlo sido," dijo ella. "Y deberían haber sacado las flores."
"Las flores de invernadero no tienen aroma," dijo él, aunque no tenía idea de qué tenía que ver eso con nada. Quizá no había respuesta que dar.
"¿No lo tienen? Qué cosa tan extraña que cultivar. Si conjuras una flor y no tiene aroma, no lo has hecho correctamente."
Entonces ella volvió a tomarlo del brazo, por segunda vez en una larga semana, y se giró con él para caminar colina abajo. "Cuando muera, Severus," dijo ella, su voz tan distante como su mirada, "no me entierres. Sería mala cosa pasar la eternidad encerrada en la tierra."
"¿Fue decisión de Lorraine?" preguntó él, señalando a Lily que caminara con ellos. Ella se aproximó con una expresión que era en cierto modo valerosa, resuelta. De verdad no le gustaba su madre. Lo entristeció, en ese débil lugar de emoción muy lejos de la seguridad de la Oclumancia, que su madre hubiera hecho eso.
"Sí. Aunque es lo que él siempre había querido. Pero pienso que sería mejor convertirse en ceniza, y hundirse en el viento."
Durante el resto del día, ella no dijo una sola cosa más. Después de haber llevado a Lily a casa–ella le había besado la mejilla, antes de deslizarse acera arriba hacia su casa–y regresado a Spinner's End, encontró a su madre sentada en silencio e inmóvil en la habitación de su padre, en una silla vieja, incómoda, mirando por la pequeña ventana la cinta del río que fluía en el horizonte, y desaparecía tras la colina.
