Capítulo 10

30 de diciembre, 1976

Estaba oscuro cuando el tren paró en la Estación de King's Cross.

Lily nunca había tomado el tren a Londres el 1º de septiembre; ella y sus padres y Petunia siempre habían conducido. De hecho, siempre habían bajado el último día de agosto y pasado la noche en Londres, ya que el viaje era tan lejos. A veces se había quejado de tener que atravesar medio país para coger el tren del colegio (especialmente en compañía de su hermana), sólo para regresar arriba a través de su propio condado y adelante hacia Escocia. ¿Por qué no podían simplemente conducir hasta Hogsmeade desde casa? Habría acortado el viaje a la mitad. Como adulta comprendía–no podías hacer que cientos de Muggles condujeran por las calles de Hogsmeade; había sido estúpida por pensar en ello siquiera–pero más de un par de veces, deseó vivir en el sur. Especialmente porque Petunia siempre los convertía en dos días espantosos.

Nunca había bajado a Londres sólo con Sev, del modo que estaba haciéndolo hoy. Y no estaban dirigiéndose a Hogwarts hoy. Estaban yendo a Londres para que Lily pudiera mandarlo a San Mungo.

El viaje en tren llevó unas tres horas, lo que proporcionó a Lily el tiempo suficiente para informar a Severus en términos categóricos de cuán estúpido era su alucinantemente estúpido plan. Pero el exasperante imbécil sólo medio-escuchaba con una expresión de cortés aburrimiento mientras leía una copia del Yorkshire Post y luego una revista Rolling Stone con Led Zeppelin en la portada.

La ironía de importunar ahora a Sev sobre su plan para evadirse de los Mortífagos, cuando hace cinco de sus años había estado importunándolo por su plan de entrar en los Mortífagos, no le pasó por alto a Lily.

"Había olvidado que sucediera gran parte de esto," dijo Severus, plegando el periódico.

"Bueno, ha pasado mucho tiempo." Lily hojeó la Rolling Stone, pero nada en ella le interesaba realmente. Sólo conocía a Led Zeppelin porque Sirius los había escuchado. Había tratado de explicarle lo que él llamaba "la maestría", pero Lily había encontrado las discusiones técnicas sobre música sólo ligeramente más interesantes que el Quidditch. Lo que más le divertía era la idea de un muchacho sangre-pura de una familia cuyo lema era Siempre Puro explicando los entresijos del rock Muggle a una bruja hija de Muggles.

"¿Cómo crees que lo haremos en el colegio?" preguntó ella. "Me pregunto si recuerdo algo de Herbología…"

Severus estaba doblando los pliegues del periódico tan finamente, que ella pensó que podría desgarrarse por el centro. Algo en el movimiento hizo que una lucecita de advertencia parpadeara en su cabeza. Pero todo lo que él dijo fue, "Imagino que tu trabajo en Encantamientos deslumbrará a Flitwick."

"Y el tuyo en Pociones al viejo Sluggy. Sev, ¿por qué estás intentando destruir ese periódico?"

"Simplemente estoy intentando ser ordenado," dijo él, dejando el diario con cuidado sobre la mesa que habían requisado.

Por unos momentos ella jugueteó con la revista, intentando imaginar lo que él no estaba diciéndole. Lo observó–o su perfil–pero la monstruosa curva de su nariz no delataba nada. Simplemente se sentaba con las manos juntas sobre la superficie de formica y el rostro vuelto hacia la venta oscureciéndose. El punto más profundo del cielo era del color de un hematoma reciente, palideciendo en bandas hacia el horizonte, que brillaba azul glacial sobre el suelo ensombrecido con la última luz del sol.

"Vas a regresar al colegio, ¿no?" preguntó ella despacio.

Cuando Severus no respondió enseguida, ella supo que su sospecha había dado en el clavo. Descubrió que estaba haciéndole a la revista lo que él le había hecho al periódico, pellizcando los dedos a lo largo de los pliegues, y la dejó caer en la mesa.

"¡Sev!" susurró.

Sus ojos cortaron hacia ella, pero no se movió de su postura forzada, simple. "No lo he decidido," dijo él, como si le hubiera preguntado si quería curry para almorzar o fish and chips.

"Sev, ¿cómo puedes simplemente no ir al colegio?"

"No yendo," dijo él. "Bastante fácil, en realidad."

"Pero–pero, ¿qué hay de tus–exámenes?" Le sonó poco convincente incluso a ella.

"Si te refieres a cómo obtendré empleo sin graduarme, estoy seguro de que podría averiguar un modo," dijo él. "Pero hablando estrictamente, puede que no viva tanto tiempo."

Un escalofrío sopló a través de ella–todo el camino hasta su alma, lo sintió. "Severus Snape," dijo, su voz un medio susurro, "si estás sintiéndote suicida, puedes encontrar a algún otro que te ayude a desaparecer." Cuando él no dijo nada, ella casi jadeó. "¿Es eso–es eso de lo que se trata esto? Hacer que te maldiga–para mandarte al–estás tratando de–"

"No," dijo él, áspero y duro. "No estoy pidiéndote que me asesines."

"¿No lo estás? Porque esta maldición, esta maldición que quieres que te haga, puede matar, Severus."

Él no respondió enseguida, pero sus ojos habían comenzado a relucir de un modo extraño de nuevo. El estómago de Lily se apretó. Él dijo:

"No pensaría que Dumbledore inventara esa maldición para ser amable. Háblame del contra-maleficio."

"Lo haré si me dices lo que estás planeando hacer con respecto al colegio," insistió ella. Cuando él le dirigió una mirada impaciente, ella le devolvió una obstinada, como diciendo, ¿Y bien?

Él suspiró, sonando irritado. Ella resistió el impulso de enrollar la revista y golpearlo. "Me parece particularmente sin sentido regresar. Para empezar, fui profesor durante diecisiete años, si lo recuerdas."

"Ah." Lily parpadeó. "Oh… Señor, eso será incómodo, ¿no?"

"Todo lo que necesito es que se me escape llamar a Minerva por su nombre de pila. Estoy acostumbrado a imponer detenciones, no a cumplirlas."

"¿La llamas 'Minerva'?" dijo ella, maravillada. "Estaba en la Orden y yo no me atrevía a llamarla así."

"Es difícil mantener distancia personal con alguien a quien has visto echando la siesta en un charco de sol. Y cuando habéis pasado años mofándoos el uno del otro sobre la Copa de Quidditch–menospreciaríamos a Filius y Pomona cada vez que la ganaban–lo que no era mucho," dijo él con leve arrogancia.

Lily lo intentó y encontró fácil imaginar a Severus regodeándose porque Slythrin ganara la Copa de Quidditch, y a la Profesora McGonagall sacándole las uñas. Habría sido en la sala de profesores, y todos los demás profesores estarían allí, quizá con ensayos para corregir… ¿se los leían en voz alta unos a otros, burlándose de los particularmente confusos? ¿Intercambiaban historias de puntos que habían quitado por esta o aquella transgresión estúpida? Y ahora él iba a tener que volver a tomar instrucciones de esas personas, de estar al nivel de los Jefes de Casa, un igual, a ser un estudiante…

"Espera, ¿eso significa que eras Jefe de Slytherin?"

"Lo era. En realidad, era terrible," añadió él. "Mis estudiantes me molestaban incesantemente. Las cosas que se traen entre manos las adolescentes sangre-pura harían que tu cabello se rizara." Se estremeció. "Merlín, odio a los adolescentes," murmuró para sí mismo.

Y pasar de una posición de autoridad absoluta a estar sujeto a la autoridad de más de dos docenas de personas… Severus ni siquiera fue prefecto.

Lo estudió, mordiéndose el labio. No estaba mirándola; no creía que estuviera mirando nada dentro del tren. Había un barniz casi… de lejanía en su rostro, como si estuviera mirando al pasado, a esos recuerdos. Le había dicho, "Hogwarts era mi hogar." No 'es' sino 'era'…

¿Qué estaba pensando?

"Puedo ver por qué no quieres regresar," dijo ella, observándolo atentamente. "Ni siquiera yo estoy tan emocionada por ello, y el colegio no queda tan lejos para mí."

"No sólo no quiero regresar; me aterra la posibilidad." La expresión de consternación que siguió un fugaz segundo después le dijo que él no había pretendido admitir eso. "Pero no son sólo los estudiantes. No tengo confianza en mi capacidad para actuar… discretamente. He olvidado demasiado cómo era yo." Se quedó callado entonces, devolviendo la mirada a la ventanilla.

Lily recordó sus propios días de colegio… y se dio cuenta con una sacudida enfermiza de algo que no se le había ocurrido previamente, porque era una especie de idiota absoluta: si regresaba a Hogwarts, iba a estar cerca de James y Remus y Sirius y Peter cada uno de los días. Iba a ir a clase con niños que sabía iban a crecer para ser Mortífagos. Iba a desayunar con gente que había estado muerta para ella. E iba a tener que fingir que todo era normal.

Había estado concentrándose sólo en pasar de un día al siguiente; ocultándolo todo de Mamá y Petunia, tratando de comprender lo que les había sucedido a ella y Severus; y luego empujándolo todo salvo este sinsentido Mortífago fuera de su mente con el fin de lidiar con ello, porque no era un sinsentido, era una presencia oscura, inquietante, en su futuro, lo suficientemente cerca para tocarla…

"Severus…"

Un Muggle de aspecto cansado con la nariz roja y un maletín entró por la puerta del tren con un siseo hidráulico, moviéndose por el pasillo hasta el asiento detrás del suyo. Ella se levantó y se deslizó alrededor de la mesa de superficie de formica sobre el asiento tapizado de un feo patrón junto a Sev, que pareció sobresaltado por un segundo–pero entonces se desvaneció bajo su Oclumancia, como un pez zambulléndose bajo la superficie de un lago.

"Sev, ¿cuán profundamente estabas metido en esta cosa de Mortífagos en este momento?" preguntó ella, manteniendo la voz baja.

Severus la miró a lo largo de sus pómulos. Se había quedado bastante quieto–moviéndose bajo la superficie de su Oclumancia, sabía ella, hacia ese lugar donde las emociones estaban calladas.

"Estaba reuniéndome con el Señor Tenebroso con una recomendación personal, Lily."

Fuera por la versatilidad de su experta voz, sus palabras o la idea, Lily sintió frío hasta los huesos. No era por lo que él había sido, porque ese muchacho había desaparecido como si estuviera muerto; sabía eso absolutamente. Sintió frío a causa de lo que significaba para Severus…

Por primera vez, vio que su insistencia en que lo hiriera era una marca de determinación de salir vivo de esta cosa de Mortífagos. Recordó a Sirius, cuando Regulus había muerto por desertar, intentando parecer duro y despreocupado, pero sus ojos no habían relucido, habían brillado por completo; el tipo de brillo que sólo tienes cuando estás intentando no llorar. "Entró y no pudo soportarlo… pero no abandonas a los Mortífagos… no sobre tus dos pies, en cualquier caso…" Había fumado cigarrillo tras cigarrillo, hasta que Lily no había sido capaz de oler esa nauseabunda huella de humo sin pensar en Sirius y Regulus, a quien sólo había visto a distancia en los pasillos de Hogwarts.

"Sev, ¿es cierto que los Mortífagos que desertan…?" Tenía que forzarse a decirlo. Ella los había combatido, e iba a estar combatiéndolos de nuevo; apostaría todos sus poderes a ello. "Que ellos–"

"Mortífagos, sí." Y ella deseó no estarle agradecida por cortarla, pero lo estaba. "En este momento no he sido Marcado; ni siquiera he conocido al Señor Tenebroso. Cuando falte a su reunión, simplemente me descartará como inútil. Son Lucius y los demás ante quienes tendré que responder, y ellos no me matarán."

"¿Qué harán?" Sus dedos se habían arrastrado sobre el brazo de él y estaban cavando, los folículos rígidos, afilados, del abrigo de lana que le había comprado penetrando bajo sus uñas.

"Nada que no pueda sobrevivir."

Las lágrimas le picaron en los ojos, porque él no estaba siendo sarcástico. "¿Esto es parte de por qué no quieres regresar al colegio?"

"Sería desagradable," dijo él, mirando por la ventanilla una vez más. "Pero estoy acostumbrado a… ese tipo de cosas."

A estar en el punto de mira… ser acosado… odiado, susurró su dementor personal. Y–oh Dios, en este momento James y Sirius todavía estaban acosándolo. El recuerdo fue como un sólido puñetazo en el estómago. No podría ver eso. Durante largo tiempo después de haberse sumergido en su unión de amistad, había sido incapaz de reconciliar esos monstruos que perseguían a Sev con los jóvenes que eran tan buenos y generosos y amables… era como si fueran dos grupos diferentes de personas. Pero Sev nunca había visto ese lado de ellos porque ellos nunca se lo habían mostrado, del mismo modo que él nunca le había mostrado a nadie salvo a ella el lado de él que hacía que le doliera cada día que estaban separados. Y cómo se sentiría él, regresando a todo eso, a ellos, a su tratarlo así… Cómo podría soportarlo ella

Apretó la frente contra el hombro de él. "Vaya vida después de la muerte es ésta," susurró, su media sonrisa sintiéndose dolorosa en su rostro.

Severus no respondió por tanto tiempo que ella pensó que no lo haría en absoluto. Entonces dijo, su voz callada y–normal, no líquida o seductoramente oscura o venenosamente perfecta; sólo normal, como el Sev que había oído desde que tenía nueve: "Tiene sus momentos."

Ella movió los ojos de modo que pudiera ver su rostro, pero él lo había girado de nuevo, hacia la ventanilla. Las líneas intermitentes de su reflejo se tendían sobre el cristal, a parches contra la oscuridad. Podía ver el rojo deslavazado de su cabello envuelto sobre su propio hombro a un lado, contra el brazo de él al otro.

"Sí," dijo ella, manteniendo la voz callada en el espacio a su alrededor. "Los tiene." Movió la mejilla ligeramente, para ponerse cómoda contra su hombro. "Si no hubiera–si no estuvieras aquí… si no estuvieras me habría vuelto loca. No podría haber pasado por esto."

"Habrías sobrevivido," dijo él, girando el rostro un poco más. Ella quería tocarle la barbilla, empujarlo para que le devolviera la mirada, pero no tuvo el coraje. "Eres fuerte."

"Sobrevivido, tal vez. Pero tú eres la única razón por la que tengo esperanza."

El pecho de él se estremeció–sólo un poco, tan levemente que ella podría no haberlo notado al otro lado de la mesa.

"Una esperanza bastante mortecina," dijo él, su voz tan débil como si llegara a través de una radio mal sintonizada.

"Nunca en un millón de años."

. . . . . . . . .

En la fría semioscuridad de Londres vagaron por calles secundarias, las varitas fuera pero bajas contra sus caderas, hasta que encontraron un solar abandonado anidado entre un cementerio de almacenes vacíos y un viejo vecindario destrozado. Una única casa blanca con oscuras ventanas vacías que le recordaron a Lily a los ojos Ocluidos de Severus se erigía al extremo del solar descuidado, cuyo asfalto estaba agrietado por la hierba.

"¿Este lugar?" dijo Lily, estremeciéndose en su abrigo. No era tanto por el viento, ya que los almacenes lo bloqueaban por la izquierda y las altas casas de ladrillo por la derecha, pero había algo tan… desolado en él. El funeral del Sr. Snape había sido doscientas veces más jovial que este lugar.

"Sí," dijo Severus, dándole la espalda mientras miraba alrededor. Sus movimientos eran precisos, cautelosos, cuidadosos. Ella envidiaba el modo en que podía moverse tan silenciosamente; cada paso de ella parecía agrietar el pesado silencio. "Nadie nos echará de aquí, y no confío en los almacenes. Estaremos a salvo, Lily," añadió él, echando un vistazo a su rostro. "Lucius no buscará en el Londres Muggle. Estas precauciones son para que nadie nos vea hasta que deseemos que lo hagan."

Seguro, estaban completamente a salvo. Hasta que lo hiriera. "Bueno, si hemos terminado de explorar, entremos," dijo ella, frotándose la parte superior de los brazos con las manos, "antes de que me convierta en un bloque de hielo y nuestro plan se vaya al infierno."

Enroscaron por los callejones, Severus moviéndose delante de ella pero cerca, navegándolos alrededor de voces que derivaban en ocasiones alrededor de esquinas, de modo que no vieron a nadie, ni nadie a ellos. Al salir a la calle mayor, donde luces de tráfico parpadeaban y los coches se demoraban, encontraron un pub brumoso de humo y repleto de risa, la mayor parte borracha. Se quedaron hasta el último aviso, el humo de cigarrillos empapando su ropa y cabello, Lily tratando de encontrar algo estúpido de qué hablar, porque con toda seguridad, estaba pensando en Sirius y Regulus de nuevo; Led Zeppelin y el modo en que los ojos de Remus solían fruncirse cuando Sirius encendía un cigarrillo con un chasquido de los dedos.

Se registraron en el primer hotel que encontraron. Sólo la O de su cartel seguía funcionando, pero las ventanas arrojaban parches de luz sobre la acera, que fue como lo encontraron; la única cosa iluminada en esa oscura calle lateral más allá del pub. El hotel le recordó a la casa de Sev: estrecho, oscuro, con pintura barata pelándose en las paredes.

Su habitación tenía dos camas, por supuesto, viejas gemelas desvencijadas. Alguna cosa inidentificable debía haber ocurrido para poner nervioso a Sev en el rato entre explorar el solar y llegar a la habitación; obviamente estaba de los nervios, moviéndose por la habitación como si cada pieza de mobiliario de mierda estuviera hecha de cristal, y crispándose por los ruidos fuertes en la calle, como todos los borrachos del pub tambaleándose hacia casa. Y sus nervios estaban afectándola; o quizá fuera la desolación de la habitación, con sus muebles de madera prensada forrados de papel adhesivo pelándose para aparentar madera, y las paredes con manchas extrañas, y el agua que corría con color de óxido en el lavabo por un par de segundos después de que abrieras el grifo en el servicio del pasillo. Aparte, se sentía aleteando por su terror por mañana.

Todos los borrachos se habían marchado a casa para el momento que apagaron las luces e intentaron dormir, pero el radiador traqueteaba como un rinoceronte artrítico, y su cama era tan incómoda que seguía dando vueltas para encontrar un sitio bueno, excepto que no había ninguno.

"Lily." La voz de Sev saliendo de la oscuridad la hizo sentirse muy extraña, una especie de picor y calor por todo, como si estallaran ortigas debajo de su piel. "¿Quieres cambiar?"

"¿Qué?" Se percató de que estaba susurrando, lo que era estúpido. "¿Cambiar qué?"

"Las camas. Sigues retorciéndote."

"¿Estoy manteniéndote despierto? Lo siento–"

He dormido en sitios peores, pero ésta podría ser ligeramente mejor si te–"

"Está bien," dijo ella. "Estoy bien. Sólo estoy–no creo que pudiera dormir aunque fuera la cama de plumas de la Reina de Saba."

Al principio pensó que él no iba a responder. Ella yacía apretada sobre su costado izquierdo, intentando ignorar un muelle pinchándola. La cama probablemente crujió cuando se movió.

Un momento después, supo que lo hizo cuando la cama de Sev se lanzó a una sinfonía de chirridos, crujidos y gemidos cuando se levantó. Lo oyó moviéndose por la habitación en la oscuridad. Cuando abrió la puerta del pasillo y entró una granulosa luz amarilla, ella se sentó, entrecerrando los ojos.

"Sev, ¿qué–? "

"Regresaré en un momento o dos." Salió.

Preguntándose qué narices se traía entre manos, encendió la lámpara entre las camas. Subrepticiamente empujó el colchón de él, pero era tan malo como el suyo.

Cuando la puerta se abrió con un chasquido, levantó la mirada para descubrir que él había traído dos mantas consigo, aunque no supo por qué, porque las camas ya tenían mantas.

"Levanta," dijo él, señalando la cama de ella. Desconcertada, ella rodó fuera de ella; él retiró las colchas y sábanas y metió las mantas debajo, encima del colchón. Le había traído acolchado.

"¿Dónde están las tuyas?" dijo ella. "Una de éstas debería ser para ti."

"No la necesito."

"¡Deberías tener algo! Estas camas son una pesadilla–usa el edredón, toma–"

Ella causó el mismo caos en la cama de él, doblando el edredón y atrapándolo bajo las sábanas. Volvió a tumbarse, experimentado, y encontró que era sólo casi decente. Ya no estaba clavándose en ella una sinfonía de muelles, al menos.

"Eso es bastante brillante," dijo ella cuando él se movió para apagar la luz.

"Apenas," dijo él, apagándola con un chasquido antes de que pudiera verle el rostro.

Se preguntó si él había pensado en ello en la necesidad del momento, o si era un viejo truco.

. . . . . . . . .

31 de diciembre, 1976

Severus estaba levantado mucho antes del alba; un viejo hábito que permanecía después de seguir un horario escolar durante tantos años, y por vivir en una mazmorra, donde los muros se ponían tan fríos y húmedos que despertabas por tiritar. Se vistió con las luces todavía apagadas, y después de escribirle una nota a ciegas a Lily en la oscuridad, escapó del hotel para buscar un lugar con café, como mínimo. Como ocurrió, una diminuta tienda en la esquina ya estaba abierta, sin duda acostumbrada a servir al ajetreo de hombres de negocios encaminándose a trabajar en la oscuridad previa al alba del invierno.

Compró dos tazas de algo caliente y de fuerte olor, y pasteles recientes, los llevó de vuelta a través del frío y arriba por las escaleras chirriantes que olían a alfombra mojada. Encontró a Lily sentada a la mesa en la miserable habitación de hotel, el cabello sin cepillar y los ojos hinchados, entrecerrándolos hacia su nota a la luz que se derramaba de la lámpara de mesa. Había abierto las cortinas, pero el cielo tras ella era de un gris carbón.

"La previsión para hoy es cielo cubierto y frío," dijo él, dejando el café ante ella, junto a la bolsa blanca de papel de los pasteles.

"Sorpresa, sorpresa." Ella le sonrió, no mecánica pero débilmente. Parecía cansada. No debería haberle dejado insistir en que este lugar estaba bien, anoche.

O quizá su fatiga provenía de lo que él iba a hacer que le hiciera.

La hora de salida eran las once AM. Hasta entonces se quedaron en la habitación que no olía diferente a la escalera, bebiendo el café y comiendo los pasteles, porque al menos la habitación tenía un radiador, escupiendo calor húmedo. Ya que había pagado todo anoche, Severus dejó que Lily le indicara que dejara la llave sobre la mesa de la habitación y simplemente salieran, pasando al muchacho aburrido leyendo no tan subrepticiamente un Hustler detrás del mostrador pelándose.

Fuera del decrépito hotel, el tráfico en las calles era errático; mucha gente parecía tener el día libre. Sus brillantes rostros y risa y agradable locura se sentía un contraste surreal con el estado mental de Severus, como si los sentimientos en el interior de su cabeza estuvieran reflejándose en formas grotescas y llamativas en la gente a su alrededor.

Mantenía un ojo avizor en Lily, asegurándose de que nunca estuviera a más de un brazo de distancia. Si ella tenía que detenerse para dejar pasar golpeando a un grupo de compradores maníacos, él se detenía al otro lado. Si tenía que dar un rodeo alrededor de un aparcamiento de bicicletas o una parada de autobús o un atasco, él la encontraba al otro lado. Él no instigaría un contacto, pero ella seguía tomándole la mano, y él la dejaba, a pesar de que hacía que las brillantes luces y sonidos de Londres parecieran aún más grotescamente vívidos.

Merodearon por los callejones de Brixton hasta que encontraron el hueco en los ladrillos que se abría al solar. Estaba desierto, como había pensado. Los sonidos del tráfico humano ni siquiera se filtraban hasta él.

No queriendo cortejar la posibilidad de ser localizados en la ciudad, habían acordado pasar la mayor parte del día en la casa. Severus no quería que Lily lo maldijera demasiado temprano, sólo en caso de que el hechizo fuera terriblemente mal y tuviera que revertirlo de inmediato… o en caso de que simplemente fuera terriblemente mal. Si este maleficio era de Dumbledore, y si incluso el Señor Tenebroso apenas había sido capaz de deshacerlo, sabía que los Sanadores de San Mungo no tendrían una oportunidad de revertirlo. Toda su esperanza tenía que descansar en Lily.

Esperaba haber logrado no comunicarle ese hecho a ella. Era mucho mejor destrozando la confianza que alentándola.

Tenían suerte de que no estuviera lloviendo, ya que la mitad del tejado y el piso superior de la casa blanca habían sido arrancados, abriendo la casa al frío cielo invernal. Como el hombre Muggle del tiempo de la televisión de la cafetería había predicho, la Víspera de Año Nuevo estuvo cubierto, volviendo monocromático todo en la casa. El suelo sobre el que él y Lily caminaban estaba manchado de polvo de yeso blanco grisáceo y escombros, excrementos de pájaros y ratas, sombras de viejas manchas de licor y cosas aún menos salubres.

El lugar hacía parecer el hotel de anoche el palacio del Rey Salomón. Estaba bien, se dijo, visitar estos lugares con Lily. Sería un buen recordatorio para él, cuando ella regresara a Potter, de que esto sólo era el tipo de mierda que Severus podía poner a su alcance: amenazas de Mortífagos; miserables señales de civilización humana; fatiga y desesperación; la obligación de tener que hacer la última cosa que deseas con el fin de sobrevivir.

Sintió que debería estar encerrándola en lugar de exponerla, forzando una varita en su mano, y ordenándole maldecirlo. Pero no era una niña, y esto era muy desafortunadamente parte de madurar. Lily había estado casada, se había convertido en madre, había soportado meses de miedo ocultándose con su hijo; y ahora Severus iba a tener que enseñarle una lección que despreciaba, quizá principalmente por su verdad: había ocasiones en que todo lo que podías hacer era seguir adelante porque tenías que hacerlo.

O bien aprendería esa lección hoy, o se negaría y abandonaría la lucha de ahora en adelante. Severus no sabía cuál era su esperanza, o siquiera qué esperanza era más egoísta.

Lily llevaba su jersey verde hoy. Mientras que la hacía verse encantadora, incluso con el cabello apagado y enmarañado y los ojos enrojecidos por falta de sueño, él esperaba que no fuera la última cosa que viera jamás. No tenía tanta confianza en esto como había pretendido ante ella. Seguía recordando a Avery, el modo en que el Señor Tenebroso se había encogido de hombros y dicho, "De verdad, Severus, ¿no crees que simplemente deberíamos dejarlo morir? ¿Un hombre que cae bajo la maldición de una Sangre-sucia merece ser salvado?" Pero era la manera más sencilla de lograr lo que querían; de eso estaba seguro. La única emoción que los Mortífagos y sus aspirantes sentirían por él después de hoy sería desprecio. No habría preguntas incómodas, sólo asco; no tendrían necesidad de un mago que podía ser incapacitado tan fácilmente por alguien a quien apenas asignaban estatus humano. Y una cosa que aprendías, después de casi treinta años como Slytherin y espía, era que la sencillez era siempre lo que necesitabas. Pensar demasiado era una forma improductiva de preocupación.

Él y Lily se sentaron en viejos cajones probablemente arrastrados dentro por los muchachos del vecindario que habían utilizado este lugar hace mucho para hacer concursos literales de beber y mear y fumar porros; pero ni siquiera ellos habían estado aquí en un tiempo, porque la hierba estaba por completo sin trabas y el polvo del suelo sin remover. Él y Lily mordisquearon comida fría que habían comprado en Tesco de camino allí, Severus forzándose a comerla, porque su cuerpo probablemente la necesitaría para combatir la maldición. Se preguntó si el maleficio lo heriría más de lo que lo había hecho a Avery. ¿Era más doloroso cuando tu corazón ya era un cenagal de auto-desprecio, o su poder se profundizaba con el deseo de herirte del lanzador?

Lily pasó la mayor parte del día intentando hablar con voz estable de Hogwarts, como si él hubiera accedido a regresar allí después de todo. Él sospechaba que estaba haciéndolo para forzarse a creer en la normalidad. El impulso de hundirse en su mente y enterarse de lo que realmente pensaba, realmente sentía, era fuerte, pero lo resistió.

Y de cualquier modo, no quería verla pensando en el muchacho o en James puto Potter o en la luz verde o en él mismo con su máscara de Mortífago bajando la mirada hacia ella en el campo ardiendo después de haberla salvado de morir en agonía.

Alrededor de las tres y media el cielo comenzó a oscurecerse mientras el sol oculto empezaba a retirarse, fundiendo incluso los colores apagados hasta que el mundo pareció una vieja fotografía Muggle desvaída. Lily buscó con un susurro en el bolsillo de su abrigo y sacó su bote de lápices vacío, quizá para hacer sus luces de estrella–pero entonces le entregó el frasco.

"Adelante," dijo ella, su sonrisa difícil de ver en la luz desvaneciéndose, pero brillante en sus recuerdos. "¿Ya las hiciste?"

Severus las había hecho, pero no quería que ella las viera. "Es la misma rama que la magia del Patronus," había dicho ella; así que por supuesto sus estrellas habían resultado ser exactamente como las de ella, una red de luces doradas. Él nunca le había mostrado su Patronus. Tenía la sensación de que las estrellas no delatarían tanto como la cierva plateada, pero no quería arriesgarse, incluso si sólo fuera a la aparición de su sorpresa.

"No he sido capaz de hacerlas," mintió él. De hecho, habían salido fácilmente, pensando en Lily sonriéndole radiante cuando le había dicho que era brillante, o Lily al resplandor de sus estrellas, o ella levantando la mirada de su papel violeta y diciendo, Porque eres mi mejor amigo. "Nunca fui tan bueno como tú en Encantamientos."

El rostro de ella se ensombreció sólo un poco con desilusión, pero él agarró el impulso de conjurar el hechizo y arrebatar su leve infelicidad, y lo estranguló hasta la muerte. Era mejor que su lástima, su culpa, que dijera un día, Severus… sabes que yo y James

Ella sacó su varita e hizo las estrellas resplandecer a la vida en el frasco. Entonces lo tapó y lo dejó en el suelo entre ellos. Por un rato guardaron silencio. En algún momento el cajón en que ella se sentaba había derivado cerca de él, de modo que su pierna seguía rozando la suya cuando se movía. Lily era una persona inquieta.

"Deberíamos hacerlo pronto," dijo él, observando las estrellas girar unas alrededor de otras en el frasco.

"¿Podemos esperar un poco más?" preguntó ella con voz diminuta.

Él podía obligarla a maldecirlo, podía hacerle pasar una noche y un día miserables en dos agujeros de mierda separados, podía incluso negarse a ejecutar el encantamiento que ella tanto esperaba que hiciera; pero tenía sus límites, al parecer, y fue esa voz. Así que esperaron.

Cuando estuvo completamente a oscuras, una luz se encendió fuera de la casa, al otro lado del solar. Lily se puso rígida. Severus se levantó en silencio para asomarse por la ventana medio desnuda, su cristal roto en dientes mellados; pero sólo era el foco, el mismo que anoche, una lámpara naranja encaramada en un mástil por encima de los almacenes, convirtiendo el solar de afuera en una red de sombras.

Espiar le había otorgado a Severus un exacto cronómetro interno, y una hora más tarde decidió que era el momento. Estaba haciendo demasiado frío aquí afuera, incluso con las luces de estrella de Lily para calentarlos. Severus estaba bastante seguro de que ella las había destinado a que se mantuvieran cerca del cuerpo, y el preferiría ser maldecido en la locura que conjurar las suyas propias y mostrarle la única cosa que nunca le diría.

Lily no se lo negó, esta vez. Se levantó sin una palabra, sacando su varita–pero entonces sólo se quedó allí parada, mirándolo en silencio.

"Muy bien," dijo él, cruzando los brazos con fuerza sobre el pecho, esperando que sólo pareciera que tenía frío. "Repíteme las instrucciones." Dios, estaba tratándola como a una alumna. No ayudaba que pareciera una. Iba a ser aún peor si ella se las arreglaba para hacer que regresara al colegio.

"Voy a maldecirte, luego Aparecerme contigo en el callejón detrás de San Mungo," recitó ella, con una expresión elocuente de su opinión acerca de estas instrucciones. "Van a preguntarme qué te ocurrió, pero voy a decirles que no lo sé, no vi quién fue, y no oí lo que conjuró."

"Y vas a ajustarte a eso, sin importar lo que digan o amenacen," le recordó él, oyendo la aspereza en su voz. Al parecer no podía evitarlo. "No tendrán pruebas de que fuiste tú, y sin pruebas–"

"No pueden hacerme nada terrible. Lo pillo, Sev," dijo ella, pero su rostro y voz eran preocupados, no enojados.

"¿Y qué más?" dijo él, para espolearla, antes de que perdiera el nervio.

"Si no pueden averiguar cómo contrarrestarla por sí mismos, voy a hacer estallar esto–" Sacó uno de los Detonadores Señuelo sucedáneos que él había hecho antes de bajar aquí; un modelo copiado de uno de los productos de los miserables gemelos Weasley. Con toda justicia, habían sido inventores brillantes… para cualquiera que no hubiera sufrido sus miserables payasadas en un aula de Pociones durante siete años. Severus nunca podría recordar los nombres 'Fred' o 'George' o 'Weasleys' Wizard Wheezes' sin un estremecimiento de repulsión.

"–y los bloqueo fuera de tu habitación y te sano yo misma."

"Correcto," dijo él. Cuando ella le había hablado de la contra-maldición–Ignosco–él no había sido capaz de reprimir su desdén y aversión; pero la mirada culpable en el rostro de Lily había dicho que ella pensaba lo mismo. "Yo perdono"–eso era muy bien la obra de Albus Dumbledore, tuvo que admitir Severus: crear un maleficio que te hace morir de remordimiento, con un contra-maleficio de maldito perdón.

"Más bien podríamos comenzar," dijo él, no trasluciendo señal de su propia aversión por este plan. "No queremos llegar tarde."

Lily asintió. Él se preguntó si ella había tenido este aspecto cuando entraba en batalla. Lo más cercano con que podía comparar su expresión era la que había tenido la primera mañana de sus T.I.M.O.s, cuando él había temido que fuera a mostrar a todos su desayuno a la inversa.

Se separaron, a través del entarimado salpicado de basura. Severus se percató de que estaba moviéndose con cautela, como alguien esperando un ataque. Qué adecuado. Cada paso de Lily era rígido, como si estuviera hecha de hojalata y sus articulaciones se hubieran oxidado.

Ella se volvió hacia él, la mandíbula firme, el rostro sombrío y determinado. Cuando extendió el brazo, él pudo verlo temblando desde el otro lado de la habitación a la luz desvaída, teñida de luna, derramándose a través del agujero en el tejado.

"Contrapasso," gritó ella.

Nada sucedió. Severus resistió el impulso de hacer o decir algo insensible.

"Creo que tienes que querer hacerlo un poco," le gritó él en respuesta, al parecer incapaz de resistir con la fuerza suficiente.

Lily lo miró fijamente. Él pensó que la mano en su varita se apretó.

Hubo un largo momento de silencio; de nada. Él la observaba desde el otro lado de la habitación. El brazo de su varita estaba apartado un poco de su cuerpo. Un soplo de viento atravesó el agujero tapiado tras ella, deslizando mechones de su cabello en sus ojos.

Entonces levantó la varita y la apuntó hacia él, como si estuviera apuntándole al corazón. Él vio sus labios moverse, pero no oyó la maldición, bien porque la había susurrado o porque–

Lo que experimentó no fue dolor; no fue nada tan simple… fue el remordimiento que había sentido por todo lo que alguna vez había hecho que lo mereciera, tan estrechamente compactado que dolía–todo por lo que se había odiado, todo lo que había sabido que no debería haber hecho; debería haber detenido, debería haberle dado la espalda, debería haber dado un paso adelante para hacerlo; no debería haber pensado, o sentido, o creído, o deseado– La culpa, el remordimiento, el pesar que siempre habían estado allí, en la parte trasera de su mente, en el fondo de su corazón, pero nunca completamente reconocidos, siempre negados… pero ya no podían ser negados, y estaban surgiendo a través de él como fuego salvaje…

Sucedió en menos de un momento, y aun así pensó que en cierto modo fue lento, comenzando como una chispa y luego creciendo para consumirlo, escaldando sus venas, fundiendo sus huesos, fluyendo por su sangre–

En algún lugar en la distancia, pensó que oyó a alguien llamando su nombre, sollozando.