Capítulo 11
San Mungo era ruidoso, bullicioso, caótico. Era infinitamente peor que Emergencias de St. Joseph, donde se había llevado los dedos de los pies pisoteados, un codo en el costado, y quedarse en pie fuera de la habitación donde yacía el cuerpo del Sr. Snape mientras Severus entraba para verlo y dejaba a Lily en el pasillo con su madre silenciosa, vacía.
San Mungo era peor porque esta vez, Lily estaba esperando fuera por Severus.
Había hollín en su piel de una nube de humo negro que un niño enfermo le había eructado en la cara. Se sentía húmeda y pegajosa y rasposa, los dedos de manos y pies como el hielo, el estómago retorciéndose con esa sensación turbulenta de estar a pocos pensamientos de vomitar. Seguía viendo a Severus cayendo de rodillas, al otro lado de esa horrible casa picada de maleza, su rostro en blanco, Ocluido, transformándose como si alguien hubiera cogido una hebra suelta de un tapiz y tirado–transformándose en–
La puerta de su habitación de hospital se abrió de golpe y un joven Sanador con gafas salió corriendo al pasillo. No se parecía en nada a James. Su cabeza se retorció alrededor, buscando a alguien–vio a Lily; una mirada de alivio floreció por encima de su preocupación, pero no la borró por completo–
Ella se lanzó hacia él antes de que pudiera dar un paso, casi colisionando con una mujer siendo llevada en silla de ruedas con tres troncos por piernas y un olor ardiente a azufre.
"¿Qué?" jadeó Lily, tambaleándose hasta detenerse ante el Sanador. "¿Qué es?"
"Sanadora Jethries–" comenzó él, secándose la frente.
"¿Qué hizo?" La Sanadora jefa, una mujer con el cabello recogido en un moño trenzado, se materializó al lado de él, con aspecto agobiado y enojado y un poco loco en los ojos.
Lily pensó en Severus aferrándola en la condenada casa, sus ojos sin mirar y sin ver, susurrando un constante flujo de palabras que ella sabía serían confesiones, su rostro angustiado con remordimiento y dolor–porque dolía de verdad: el surgimiento de culpa se transformaba de una emoción en una sensación física, y si lo conjurabas con la fuerza suficiente… si se sentía lo suficientemente culpable…
"Yo no he hecho nada," dijo ella con voz ronca. Agradeció a todas las estrellas tanto conjuradas como eternas que estas personas no la conocieran lo suficientemente bien para reconocer todos sus signos de estar mintiendo. "Simplemente me he quedado aquí fuera, esperando que ustedes–"
"Me refiero al hechizo sobre ese muchacho," dijo la Sanadora Jethries furiosa.
"Lo que quiere decir la Sanadora Jethries," se apresuró el Sanador Gafas, "es que si hay algo que pueda decirnos acerca de la maldición, cualquier cosa en absoluto–"
"Les dije lo que sabía," dijo Lily, mintiendo por todo lo que valía. A juzgar por la mirada en el rostro de la Sanadora Jethries, Lily valía unos dos knuts.
"Quizá haya–recordado algo," persistió el Sanador Gafas. Sus enormes ojos tras las lentes estaban implorando. Ellos sabían que lo había conjurado ella, por supuesto que lo sabían. Lily quería contarles cada detalle de lo que había hecho, les habría rogado que la dejaran arreglarlo, pero Sev había sido explícito, no podía hacerlo, había tanto en juego en esto–
"No hay nada que recordar porque no lo sé," dijo ella, las lágrimas picándole en los ojos.
"Entre aquí," ordenó la Sanadora Jethries, su voz tensa por la ira. Agarró a Lily del brazo y la propulsó dentro de la habitación de Sev. Los otros tres Sanadores rotando velozmente alrededor de una de las camas y el parloteo de sus voces elevadas parecían hacer el espacio más estrecho, casi claustrofóbico. Era una habitación doble, pero una cama estaba vacía y la otra contenía a Severus–
Lily se detuvo como si la hubieran clavado en el sitio. Cuando los Sanadores se lo habían arrebatado de las manos, él había estado jadeando, crispándose, balbuciendo en un bajo murmullo, una progresión de la corriente de susurros y aferrarse en la casa en ruinas.
Ahora estaba retorciéndose, su cuerpo tensándose por encima del colchón, su espina dorsal doblándose por la mitad mientras intentaba tirarse de la cama, porque lo habían atado, cuerdas alrededor de sus muñecas y por sus antebrazos; mientras ella observaba, otro de los Sanadores envió otra ancha tira siseando en torno a su pecho, sujetándolo más completamente hacia abajo, y siguiendo con más cruzando sus muslos. Y la voz de Severus se había elevado como si estuviera tratando de ser oído a través de una habitación ruidosa, derramando una sarta de crímenes–personas que habían muerto a causa de algo que había dicho, algo que había elaborado, algo que había ideado, algo que había conjurado–personas que ella había conocido, reconoció sus nombres–
Uno de los Sanadores agitó su varita en un gesto amplio, de barrido, lanzando una red de pálida luz blanca sobre la cama de Severus. Crepitó por un momento, como fuegos artificiales cayendo a través del aire, y luego se disipó, enredando a Severus en silencio. Pero él continuó agitándose contra las ligaduras; su boca continuó moviéndose, sus ojos mirando sin ver y aterrados al techo.
"Oh, Dios," susurró ella, sintiendo la fría punzada de lágrimas deslizándose por su rostro.
"¿Lo ve ahora?" exigió la Sanadora Jethries, su rostro rojo de ira. "¿Ve lo que está ocurriendo? ¿Ve por qué necesito que refresque la memoria y me diga con qué lo alcanzaron?"
"No le ocurrirá nada malo," le aseguró el Sanador Gafas apresuradamente a Lily. "Sólo queremos ayudarlo, vale, hacer que mejore–todo estrictamente confidencial–¿correcto, Sanadora Jethries?"
La expresión de la Sanadora Jethries decía que quería poner a Lily en el lugar de Severus, pero sólo gruñó, "Completa confidencialidad, si nos dice lo que hizo. Si no–"
Lily no podía hablar; ni siquiera podía mirarlos. No podía apartar la vista de Sev. Se puso las manos sobre la boca, pero sus lágrimas corrieron por encima de sus dedos.
"¿No lo comprende?" La Sanadora Jethries estaba prácticamente gritándole. "Esto no es sólo un hechizo para volver loco a alguien, está haciendo esforzarse su cuerpo, su corazón, su cerebro, podría incluso destrozar su sistema mágico si no podemos averiguar cómo–"
La puerta se abrió de golpe, golpeando la pared tras ella, y la madre de Severus se deslizó dentro.
Lily sintió como si todos sus órganos hubieran sido succionados a las plantas de sus pies.
"Discúlpeme," la Sanadora Jethries se volvió contra ella, "esta zona está restring…" Entonces miró de verdad a la Sra. Snape, con su largo cabello negro, su rostro tan similar al de su hijo. La Sra. Snape sólo le devolvió la mirada en silencio, su expresión elocuente de un millar de insultos congelados.
"Si está restringida," dijo en una voz tan dura y fría como las calles de Londres afuera, "entonces, ¿qué está haciendo esta chica aquí?"
Su varita apuntaba a Lily, pero los pies de Lily ya estaban clavados al suelo y todos sus órganos desvanecidos, así que no sintió nada nuevo, nada en absoluto.
Jethries volvió su mirada fulminante sobre Lily. "Estamos intentando conseguir que nos diga lo que hizo," gruñó la Sanadora.
Los ojos de la Sra. Snape se estrecharon. "¿Tú hiciste esto?" Con su varita señaló ahora a Severus, retorciéndose contra sus ligaduras en la cama, sus ojos delirantes, su rostro maníaco con angustiado remordimiento.
Lily no dijo nada. No podía–
La Sra. Snape se volvió contra Jethries. "¿Y no pueden deshacer el sencillo hechizo de una colegiala?" exigió en tonos de incrédulo desprecio. "¿Debo creer que algún hospital contrataría bobos tan incompetentes como ésos?"
"No es un hechizo sencillo," dijo Jethries, su mano apretándose en su varita.
"¿De verdad? ¿Debo creer entonces que una mierda de chica de sexto año tiene el poder de conjurar un hechizo que un equipo de Sanadores capacitados no puede identificar ni contrarrestar?"
Dentro de su propio horror, Lily tuvo que admitir que éste era un argumento excelente.
"Yo–ella–" se debatió Jethries, y Lily lo lamentó por ella. Sólo estaba haciendo su trabajo, después de todo, y Lily lo había hecho; Lily sí sabía cómo detenerlo (en teoría, al menos, y Dios, mejor que Sev hubiera tenido razón al respecto); Lily en realidad no tenía sólo dieciséis.
"Claramente está mintiendo sobre algo," exclamó Jethries por fin, su frustración coloreando su voz.
"Yo se lo sacaré," dijo la Sra. Snape en una voz que hizo pensar a Lily que preferiría a Voldemort. Jethries abrió la boca para discutir, pero la Sra. Snape apuntó su varita a la puerta de la habitación y dijo, "Márchese. Llévese a sus ayudantes consigo. Necesitaré concentrarme."
Jethries debía haber estado en Gryffindor, pensó Lily, porque no se amilanó, a pesar de que probablemente debería haberlo hecho. "No puedo simplemente dejarle–"
"Soy la madre de este muchacho, y deseo que los Sanadores lo dejen. Ahora mismo," dijo la Sra. Snape, sin bajar su varita. "Ésa no es una petición que pueda rehusar."
Jethries parecía tan frustrada, que Lily supo que la Sra. Snape tenía derecho a ello. Uno de los ayudantes susurró al oído de Jethries. Pareciendo casi llorosa de furia, Jethries dijo ahogadamente, "Volveremos," y salió de la habitación con el resto. Antes de que la puerta se cerrara tras ella, se detuvo para dirigirle a la Sra. Snape una mirada de aversión, del tipo que la mujer probablemente recibía todo el tiempo. Pero la Sra. Snape estaba mirando a Lily.
¿No le había dicho Severus una vez que su mamá podía leer mentes, también? Oh, mierda.
La puerta de la habitación se cerró. Estaban solos, sólo Severus volviéndose loco y Lily y su madre con su varita apuntando a Lily de nuevo. Lily no podía apartar la mirada de ella.
"Me dirás lo que hiciste," dijo la madre de Severus, su voz baja y venenosa, sus ojos peligrosos y sólidos como un muro de hierro negro de un kilómetro de altura y medio de espesor. "Ahora."
Lily casi la miró a los ojos, pero en el último momento volvió a mirar fijamente la varita. No puede ver dentro de mi cabeza, no puedo dejarle. Sabía que nunca podría lograr mentir a la mamá de Severus, así que sólo tenía una opción.
"Estoy intentando salvarle la vida."
La Sra. Snape no habló enseguida. "¿Haciéndole esto?" dijo, su tono lleno de incredulidad porque Lily pudiera ser de verdad tan estúpida. Que cualquiera pudiera serlo. Que tal estupidez pudiera existir. Lily sabía exactamente cómo se sentía.
"Fue idea suya," dijo Lily, odiando a todos salvo a Sev, que sólo estaba intentando no volver a convertirse en un maldito Mortífago. Lo miró fijamente mientras se retorcía contra las restricciones–se preguntó si iba a tener hematomas más tarde–sus ojos abiertos y locos y sin ver, sus labios moviéndose mientras continuaba vomitando una letanía de crímenes bajo el hechizo silenciador del sanador.
"Idea suya," repitió la Sra. Snape en el mismo tono que antes. "Idea suya mandarse al hospital."
"Idea suya que yo lo mandara al hospital," dijo Lily, porque al parecer estar casada con los Merodeadores te convertía en una especie de absoluta idiota. Y realmente lo era, porque un segundo más tarde la varita de la Sra. Snape estaba en su garganta. Lily no había pensado que alguien de su edad pudiera moverse tan rápido. Contra su voluntad, sus ojos volaron al rostro de la mujer, y se sintió siendo atraída dentro de dos ojos negros, justo como los de Severus, pero más vacíos que los suyos, incluso cuando estaba Ocluyendo, y estaba cayendo por un túnel oscuro, pasando en un destello junto a sus propios recuerdos–James y una luz verde y risa y Severus y Harry–
No, pensó, y hubo una explosión amortiguada y de repente estaba fuera del túnel, los ojos cerrados con fuerza, aferrándose el pecho con la mano mientras la sensación de calor se desvanecía, como si hubiera estado abrazando a Harry contra su corazón sólo un segundo antes y ahora hubiera desaparecido–
El único sonido en la habitación era el crujido amortiguado del viejo marco de metal de la cama mientras Severus se retorcía en sus ligaduras.
"¿Dónde está?" preguntó la Sra. Snape, en la voz más extraña. Quizá sólo era extraña porque provenía de ella, porque sonaba un poco a pánico.
Lily abrió los ojos. Había hecho que la Sra. Snape se tambaleara hacia atrás; estaba en pie a unos pasos de distancia, la mano izquierda apretada contra el pecho en un reflejo del recuerdo de Lily, la derecha todavía aferrada alrededor de su varita. El vacío duro, odioso, había desaparecido de su rostro; Lily no sabía lo que parecía, y estaba mirándola fijamente.
"¿Dónde está qué?" dijo Lily con voz ronca. Se sentía como si realmente hubiera caído de unos cien metros; aventada, su corazón magullado de correr.
"El bebé," dijo la Sra. Snape.
Lily parpadeó. Por el rabillo del ojo, podía ver a Severus retorciéndose.
"El bebé ha desaparecido," dijo al fin.
El cuerpo de la Sra. Snape no se movió, pero sus ojos habían comenzado a parpadear sobre el rostro de Lily. Quizá estaba pensando en diferentes maneras de que desaparecieran los bebés, del modo que lo había hecho Mamá.
"Lo perdí," dijo Lily. "No voy a perder a Severus."
Si Lily había estado esperando alguna reacción exterior de su madre, no la obtuvo. La Sra. Snape sólo la miró fijamente, por un momento muy largo, mientras el corazón de Lily latía en el silencio.
"Entonces puede que quieras evitar maldecirlo," dijo al fin. No hubo rastro de amabilidad en su voz, pero tampoco malicia hiriente; sólo frío disgusto.
Lily sólo asintió–pero sólo un poquito.
"¿Los Sanadores son verdaderamente incompetentes, o la maldición es más impresionante de lo que tú lo pareces?"
"La maldición lo es," graznó Lily.
Los ojos de la Sra. Snape se clavaron en ella. "¿Puedes eliminarla?"
"Conozco la contra-maldición."
"Eso no es lo que pregunté."
"Lo sé," dijo Lily.
Algo en el rostro de la Sra. Snape cambió, pero no para mejor. "Entonces conjúrala," dijo ella, su voz como el hierro.
Lily se apartó de la pared y sacó su varita. Tomó un profundo aliento y lo mantuvo, hundiéndose en su interior hasta ese lugar del que siempre imaginó secretamente que provenía su magia, como si viviera en un manantial en lo más profundo. Dejó que le cubriera el brazo, fluyendo hasta la punta de su varita, y susurró, "Ignosco."
Nada sucedió.
Miró fijamente a Sev todavía paralizado en el agarre de su puto perdón, y quiso gritar. Pero no había voz en ella; no había pensamiento. Sólo impotencia, desesperación y culpa, terrible, consumidora culpa. Tan mala como el remordimiento que estaba ahogándolo con–
"Bueno," dijo la Sra. Snape, absolutamente fría. "Lástima que no fallaras tan miserablemente al lanzarla, ni logres replicar tu pasmoso éxito."
Agarró a Lily por la muñeca, sus finos dedos como garras, pero no le dio la vuelta; sólo la mantuvo rígidamente en su agarre. Su voz era un susurro punzante. "Si mi hijo vive, estás a salvo," dijo. "Pero si muere, desearás no haber nacido nunca."
Entonces se alejó velozmente, abriendo la puerta de golpe. "Muy bien," la oyó Lily ladrando a alguien en el pasillo, "pueden volver a entrar e intentar cualquier idea que les venga a la cabeza, no es que espere que muchas lo hagan."
La puerta balanceándose amortiguó la voz de Jethries. "¿Qué le dijo?" exigió.
"Si hubiera querido que conociera cada detalle de mi conversación, la habría mantenido en la habitación. Baste decir que yo tenía razón: no sacará nada decente de ella."
La Sra. Snape probablemente se habría sentido decepcionada de saber que nada que pudiera decir podría hacer que Lily se sintiera peor mientras estaba en pie junto a la cama de Severus, la mente llena de su rostro angustiado, el corazón lleno de su propio fracaso.
. . . . . . . . .
Lily apoyaba la cabeza contra la pared de la sala de espera, más allá en el pasillo de la habitación de Severus. Nunca había oído tanto jaleo dentro de un edificio, ni siquiera cuando Gryffindor había ganado la Copa de Quidditch en cuarto año y Sirius había disparado un paquete de fuegos artificiales voladores que habían convertido a la gente en llamas cuando los alcanzaban los perdigones. (De hecho, pensaba que sí había oído el balido de una llama aquí.) Papá nunca había querido trabajar la Víspera de Año Nuevo por toda la gente que llegaría herida… se imaginaría que los brujos habrían inventado maneras de lesionarse aún más horriblemente que las que los Muggles conocían…
Pero lo sentía todo muy lejano, como si hubiera atravesado un hechizo silenciador y ahora se aferrara a ella como una telaraña.
Abrió los ojos, lo que fue un error. Para empezar, las paredes de San Mungo estaban pintadas de un verde menta calmante, pero cuando los Sanadores pasaban en sus batas verde lima te hacía sentir náuseas. (Honestamente, ¿quién había pensado que era una buena combinación que infligir a cuatro plantas de gente enferma?) Algo revoloteó sobre la manga de Lily: plumas naranjas; la mujer sentada a su lado tenía la cabeza transfigurada en la de un flamenco naranja, de algún modo–un flamenco naranja de aspecto demente, que olía a zoológico. Un hombre al otro lado de la sala estaba regurgitando líquido arco-iris en un cubo entre sus rodillas mientras un Sanador se cernía sobre él, haciéndole preguntas entre arcadas. Y sentada a su lado estaba la mamá de Severus.
Estaba mirando fijamente a Lily.
Esto era una cosa profundamente desagradable de soportar, especialmente cuando estabas rodeada de las víctimas de horribles maleficios… te hacía preguntarte si estaba obteniendo ideas… pero con una mirada a sus ojos sabías que había dominado hechizos que harían parecer a éstos un puñado de trucos de salón, y tendrías suerte de acabar con una cabeza de flamenco vomitando arco-iris. La Sra. Snape todavía tenía su varita fuera, y estaba presionándola ociosamente contra las yemas de sus dedos, su mirada nunca abandonando a Lily.
Era mortalmente siniestro. En el funeral, con aquel intrincado velo de encaje cayendo por su espalda, su rostro tan pacífico como la muerte, había parecido inquietante de un modo casi interpretado, como alguien loco pero inofensivo.
No parecía inofensiva ahora. Sus ojos oscuros, crueles, pacientes, decían, Estás bien por el momento porque he decidido que no estarás de otro modo… por el momento.
Lily levantó la mirada al reloj. Eran las once y media PM. Fue hace horas que había traído a Sev.
La Sra. Snape se había quedado en la habitación de Severus por largo rato tras echar a Lily. Lily había caminado en trance penosamente por el pasillo, vigilada por dos hombres con uniforme naranja con diminutas insignias que decían SEGURIDAD. La Sanadora Jethries había hablado con ellos en voz baja, con montones de movimientos de manos furiosos y una mirada a Lily que desafiaba todas las garantías de Severus de que no podrían hacerle nada sin pruebas.
Pero Severus le había asegurado que ella sabría qué hacer… había tenido confianza en que podría ayudarlo…
Qué ocasión para estar tan equivocado. La amargura de decepcionarlo y fallarle, en el mismo aliento que lo había herido, hacía que le doliera la garganta. No debería haberle dejado convencerla–no importaba que Severus irradiara autoridad tan bien que casi no se te ocurría discutir. Pero retirada de la poderosa influencia de sus agudas miradas, su voz dominante, pensó: seguramente él podría haberle enseñado algún otro hechizo que lo hubiera mantenido en el hospital el tiempo suficiente para perderse su reunión, para darle esa sólida coartada que insistía necesitaba. El arsenal de la Orden había consistido principalmente en hechizos defensivos y contra-maldiciones, y vale, todo lo que necesitaba un Stupefy era un Renervate, pero seguramente Severus conocía otros hechizos… hechizos que lo dejarían fuera de combate sin matarlo…
Por primera vez se le ocurrió preguntarse por qué demonios Dumbledore había inventado este hechizo, y mucho menos les suplicó que lo emplearan. No se suponía que la Magia Luminosa debiera hacer esto… se suponía que debía defender y sanar y proteger, no destruir a alguien con su propio remordimiento.
Alguien se aclaró la garganta a su codo, como una oveja en la cima de una montaña distante. El Sanador Gafas.
"¿Le gustaría algo de comer?" preguntó gentilmente.
Ella no sabía por qué estaba siendo amable con ella. Merecía que la encerraran, no que le ofrecieran sándwiches. En lugar de responder, preguntó, "¿Cómo está Severus?"
El Sanador Gafas vaciló. "Está aguantando," dijo al fin, su voz todavía gentil. "Pero no hay manera de decir cuánto tiempo más… ¿está segura de que no quiere nada?"
Quiero ir 50 años en el pasado y asesinar a Voldemort en este puto instante de modo que esto no sea necesario. "No."
Él la dejó. Ella regresó a odiarse y sentir su piel intentando arrastrarse en cualquier dirección que pudiera alejarse del escrutinio de la Sra. Snape. Estaba mirando fijamente a Lily como un verdugo observando al primer criminal de su lista, el que había estado esperando atrapar…
Una parte de Lily estaba esperando que Lucius Malfoy, o quizá incluso Voldemort, apareciera en Daño por Hechizos como la mamá de Severus lo había hecho, pero por supuesto ellos no. Desde que intentara la contra-maldición y fracasara, había estado sentada en una sala de espera casi vacía de esperanza.
Lily se movió en su asiento y los señuelos que Severus le había dado chasquearon en su bolsillo. Había estado esperando toda la noche a hacer un último intento. Suponía que había esperado suficiente.
Los cinco Sanadores de Severus se habían reducido a dos, sólo Jethries y Gafas en constante vigilancia, mientras los otros tres sólo reaparecían en ocasiones cuando los convocaban. Ahora mismo, la joven rubia se había marchado corriendo, desapareciendo fuera del pabellón; Lily había estado vigilando, y sabía que los otros dos ayudantes estaban en alguna otra parte. Jethries y Gafas serían todos los que quedaban en la habitación. Necesitaba que salieran, aunque podría servirle echar sólo a uno, suponía… Pero cuando la habitación se quedara tan vacía como su plan requería, necesitaba un momento para disparar el señuelo en la sala de espera. Y la perspectiva de esas dos circunstancias coincidiendo era escasa…
Si tan sólo la mamá de Severus no estuviera vigilándola como una Esfinge.
Lily hojeó y desechó posibles planes para soltar los señuelos. Severus le había dicho que sólo necesitaba dejarlos caer y ellos trastabillarían y explotarían, desprendiendo nubes de humo para ayudarte a desaparecer. Había hecho tres; los tenía todos en los bolsillos. Pero necesitaba un momento en que nadie estuviera observándola con el fin de dejarlos caer. Mientras que sus guardianes sólo estaban manteniendo un ojo poco metódico sobre ella después de tantas horas–uno de ellos había deambulado hasta la sala de té, y el otro había estado ocupado conteniendo a una mujer histérica gritando sobre las orejas de Davie–todavía estaba la Sra. Snape, la horrible, malvada mujer. ¿Parpadeaba siquiera?
La Sanadora Jethries salió rígidamente de la habitación de Severus y caminó como un soldadito de plomo hacia la silla de la Sra. Snape. Y la mamá de Severus levantó la mirada hacia ella por un segundo–
Lily deslizó el primer señuelo de su bolsillo, lo encendió, y con un movimiento como si estuviera rascándose la pierna, lo dejó caer. La Sra. Snape se había levantado para hablar con Jethries, pero su atención regresó de golpe a Lily; sus ojos se estrecharon; ¿había visto moverse a Lily? Probablemente, la vieja… bruja. Ahora estaba hablando con Jethries, sin quitarle los ojos de encima a Lily, haciéndola incapaz de dejar caer el segundo señuelo, pero lo encendió en su bolsillo de todos modos–Severus había dicho, en respuesta a su pregunta, que sólo te punzarían si estallaban en tu mano…
Hubo un fuerte bang a la izquierda–pero no fue el detonador. La mujer histérica había maldecido al guardia y a un Sanador, haciendo brotar de sus caras cebollas verdes silvestres, y otro par de Sanadores estaban corriendo hacia ella, las varitas fuera–en su bolsillo izquierdo, Lily encendió el tercer detonador–
BOOM. Todo el suelo pareció sacudirse cuando el primer detonador que había dejado caer detonó al extremo opuesto del pabellón. La mitad de las personas en la sala de espera se giraron hacia él, incluidas la Sra. Snape y Jethries, mientras una nube de humo de carbón se arremolinaba pasillo abajo, emborronando las lámparas–y entonces sonó un segundo BOOM crepitante mientras la nube se extendía desplegándose, pequeños chorros de luz roja chisporroteando disparándose hacia la zona de espera en espirales punzantes. La gente gritaba y se zambullía para cubrirse–
Lily arrojó el segundo detonador al otro lado de la sala. Aterrizó en el cubo de vómito arco-iris y explotó un segundo después, duchando a la mitad de la habitación con pedazos multicolores y otra nube de humo. Lily dejó caer el tercer detonador en medio de la zona de espera mientras salía corriendo de ella, a través del humo arremolinándose, más allá de las explosiones crepitantes como truenos y relámpagos hacia la habitación de Severus, zambulléndose a un lado cuando el Sanador Gafas se lanzó afuera blandiendo su varita, sus gafas torcidas como si hubiera tropezado.
Cuando él se detuvo justo en su camino, ella le dio un empujón entre los omoplatos, hacia el caos, se lanzó dentro de la habitación y cerró de un portazo entre ellos. Lanzó un bombardeo de hechizos a la puerta, haciéndola resplandecer con la protección de su magia; llenó los huecos alrededor del marco con plomo y transfiguró dos vigas cruzadas de hierro a través del centro de la puerta, habiendo aprendido que era mejor transfigurar sustancias débiles en robustas, más que depender por completo de la fuerza de un hechizo de cerrado–pero lanzó un Colloportus por añadidura. Resuelto el bloqueo físico, se puso a trabajar en el sonido: un Imperturbable, luego un tapiz de protecciones silenciadoras y de privacidad por añadidura. La masa de hechizos resplandecía sobre la madera en una espesa red de luz multicolor, dejando puntos en su visión.
Lo había hecho todo en menos de cinco segundos. No podría mantener fuera a Voldemort; sólo podía esperar que funcionara con la mamá de Severus.
Entonces se volvió hacia Severus y rebanó el hechizo silenciador sobre su cama.
"…ella estaba colgando sobre la mesa, me rogó que la salvara, pero yo no pude, oh Dios, no lo hice…"
"¿Sev?" susurró ella mientras la voz de él se derramaba en una larga corriente atormentada, tan fuerte que sus oídos se sentían doloridos, tan ronca como si hubiera estado tragando cristal. Se arrodilló junto a su cama, su mano yendo por la de él.
Al contacto de su mano sus ojos se ensancharon y soltó un grito estrangulado. Lily sintió un siseo, olió algo quemándose, y apartó la mano de golpe–ahora había cinco ampollas en el interior de la palma de él, de la forma y tamaño exactos de sus dedos.
Saboreó el vómito en el fondo de su garganta y se apretó la mano contra la boca.
"¿Lily?"
Vio a través de las lágrimas que él estaba intentando enfocarla. Su expresión era abierta, cruda, desesperada, tan devastada de desesperación que Lily jadeó y algo en su interior se hizo eco, porque una emoción tan fuerte tiraba.
"Estoy aquí, Sev." Se colgó de la fría barandilla de la cama, sin atreverse a volver a tocarlo. "Estoy aquí."
Sus manos se retorcieron en las ligaduras como si quisiera tocarla, su cuerpo refrenado tensándose hacia ella, pero apenas parecía percatarse de que no podía moverse. Su mirada se colgó del rostro de ella como si estuviera clavada allí.
"Lo odiaba," susurró él. "Al muchacho, tu hijo, lo odiaba–"
Lily parpadeó. Se sentó en mudo silencio mientras Severus derramaba años de transgresiones en sus oídos, todas centradas en torno a Harry: menospreciándolo, picándolo, intentando hacer que él y sus amigos fueran expulsados, echados de equipos de Quidditch, humillándolos en clase; un desfile interminable de ataques mezquinos. Y en el núcleo, una aversión tan fuerte que la sentía en los huesos, lo devoraba por la noche, tan fuerte como nada que hubiera sentido por los Merodeadores, nada que hubiera sentido jamás por sí mismo.
"…y fui yo, la razón por la que fue tras de vosotros, el Señor Tenebroso, la profecía, la fuente, fui yo, yo se lo dije, no sabía que se refería a vosotros, y luego le supliqué, no por él o el chico, sólo por ti, para salvarte, para librarte, y él dijo que lo haría, pero yo no le creí, temí que fuera mentira, acudí a Dumbledore, y dijo que os ocultaría si le daba algo a cambio–"
Apártate, chica estúpida…
Lily volvió a apretar la mano contra la boca. Se percató de que estaba temblando por entero.
Voldemort había regresado y Severus había sido Mortífago de nuevo. Había visto morir a personas de nuevo. Había dado información que llevó a muertes en la Orden. Había asesinado a Dumbledore. Había sido Director y visto a los Mortífagos torturar a los niños como castigo por desobediencia.
Al fin, le dijo lo que Dumbledore le había ocultado durante todos esos diecisiete años, sobre Harry. Harry siempre había estado destinado a morir.
Le dijo que antes de que la guerra terminara una segunda vez, él, Severus, murió. No sabía cómo terminó. No sabía si Harry estaba vivo. Había intentado mantenerlo a salvo, y había fracasado.
Lily podía oír un ruido sordo de fondo. ¿Eso era su mente, su corazón?
Las lágrimas estaban goteando de su barbilla, rodando por su cuello, probablemente salpicando el cuello de su ropa. No le importaba. Vio una caer a través del aire y aterrizar en el dorso de la mano de Severus, donde brilló dorada por un momento, y luego se deslizó por el costado de su pulgar y se perdió de vista.
"…todo lo que hice, lo hice por ti, todo, y no fue suficiente, nunca ha deshecho lo que forjé contra ti…"
Lily cerró los ojos, todavía llorando. El eco de la voz de Dumbledore se abrió paso desde su pasado, llenándole la cabeza.
"Contrapasso es un hechizo interesante. Estoy seguro de que estás familiarizada con la Maldición Cruciatus, cómo es más fuerte en manos de aquéllos que desean causar dolor. Contrapasso es más fuerte cuando es conjurada por aquéllos que desean perdonar… Pero recuerda, Lily: no podemos perdonar de verdad a otros hasta que aprendemos a perdonarnos a nosotros mismos."
Habían estado viviendo así durante tanto tiempo, ella y Sev… todos ellos, separados por el odio y el temor y la sospecha. Severus… James y Sirius y Remus… las personas que habían muerto, las que habían vivido, las que vivían y deberían haber muerto, las que habían muerto y deberían haber vivido…
¿Dónde iba a acabar, esta vez? ¿Iba una vez más a apretar a su hijo contra su corazón, sabiendo que estaba a punto de morir, su corazón lleno de todo lo que podría haber hecho o dicho o deseado para alejarla de ese momento, para borrarlo; para regresar a los errores que había vivido y corregirlos?
Sintió un suave poder, dulce y ligero, elevándose de ese profundo lugar en su interior de donde siempre había imaginado provenía su magia, a pesar de que sabía que no lo hacía; ligero y dulce, como la mañana tras una tormenta tan intensa, cuando los árboles estaban empapados y quebrados y la tierra calada y magullada, y la luz del sol era la más dulce.
La contra-maldición de Contrapasso no era realmente Ignosco. Debería haberlo sabido.
"Severus," dijo, su voz bastante clara. El golpeteo era ahora más fuerte que nunca. Severus la miraba, había estado mirándola todo el tiempo, sin rastro de Oclumancia. Tenuemente, vio las tiras atándolo a la cama disolverse, los hechizos desenmarañándose en la nada.
Dejó esa sensación de ligereza llenarla mientras extendía la mano y tocaba su rostro, la piel de sus dedos fresca, no abrasadora. La mano de él se cerró sobre la suya, sus dedos envolviéndole la muñeca. Puso la otra mano sobre su otra mejilla, los suaves, húmedos mechones de su cabello deslizándose sobre sus dedos. Los ojos de él se encontraron con los suyos, oscuros y en cierto modo eternos.
"Te perdono," dijo ella, y lo dijo con cada parte de sí.
Severus no se movió. Entonces jadeó, y Lily sintió su cabello aletear en una brisa mientras la maldición se levantaba, literalmente, coalesciendo por un momento como una red de luz de estrellas fundida, llenándole los ojos de diminutos puntos de plata.
Entonces la puerta de la habitación de hospital se destrozó hacia dentro, volando en astillas por la habitación. Un equipo de Sanadores llegó arrasando, varitas fuera.
"¿Qué demonios pasa con vosotros?" les gruñó Severus, balanceándose derecho, ahora libre de sus restricciones. Lily lo agarró del hombro para evitar que cayera de cara sobre las barandillas de la cama. "¿Es así como entráis en la habitación de un inválido?"
"¿Qué–?" La Sanadora Jethries miraba fijamente, boquiabierta. "¿Qué–?"
Severus logró un gesto de desprecio bastante desagradable. Por supuesto, en él era sólo una sombra de la cosa real, pero Jethries no sabría cómo se veían sus gestos de desprecio en su mejor momento.
"Patético," dijo Severus. Entonces, quizá notando las miradas de alarma mezclada con sospecha con que el equipo sanador estaba acribillando a Lily, añadió, "Si cualquiera de vosotros podridos simplones o algún lerdo de aplicación de la ley le pone un dedo encima a Lily, os haré cosas con una Sonda de Probidad que sólo habéis soñado con ejecutar en pacientes."
Y entonces se desmayó. Lily se hundió a medias en la cama por la presión de su peso. Un par de sanadores varones tuvieron que correr al rescate de ella y Sev.
"¿Qué hizo?" preguntó Jethries, mirando fijamente el rostro inconsciente de Severus mientras los Sanadores lo maniobraban en una posición decente para dormir. "¿Qué hizo?"
"¿Qué parece?" preguntó Lily. Se sentía exhausta. Su cabeza palpitaba, del modo que lo hacía cuando había estado trabajando en la creación de un nuevo hechizo o la ruptura de uno realmente difícil. Pero éste se había sentido simple, una vez había comprendido lo que era necesario…
"Parece que levantó la maldición que conjuró," dijo Jethries obstinada.
"Y ahora puede usted curarlo." Lily se sentía absolutamente cansada.
"Sí, bueno," dijo Jethries, frunciéndole el ceño, claramente deseando ser también miembro de la ALM para poder arrojar a Lily a Azkabán y, mientras estaba en ello, hacerle algo innombrable con una Sonda de Probidad. La mirada se volvió hacia Severus a continuación, yaciendo flojo contra la delgada almohada. "Ahora puede salir de aquí y dejarme hacer mi trabajo."
"No es su trabajo instilarle competencia," dijo la Sra Snape desde algún lugar detrás de Lily. Directamente tras ella, de hecho. La piel de la espina dorsal de Lily se erizó. Se retorció positivamente cuando la punta de la varita de la Sra. Snape descendió suavemente sobre su hombro. "Ven conmigo," dijo. "Dejaremos a los sanadores intentar demostrar sus habilidades de algún modo."
Lily arrebató una última mirada desesperada hacia Severus, pero él estaba fuera de combate. Su rostro estaba exhausto. Era su imaginación, seguramente, pero pensó que pudo ver la sombra de su yo de treinta y ocho años en su rostro adolescente.
Sintiendo como si estuviera caminando hacia el patíbulo, casi demasiado cansada para preocuparse, Lily siguió a la Sra. Snape fuera de la habitación de Sev, a los pasillos de San Mungo. En el aire colgaban nubes dispersas de humo negro, y todos se veían agotados y cubiertos de hollín, pero ilesos. Las sillas habían sido derribadas torcidas en la zona de espera; el reloj de pared debía haberse caído, porque ahora estaba colgando cabeza abajo. Marcaba diez minutos para la medianoche. ¿Sólo había estado allí con Severus durante veinte minutos?
Habían parecido veinte años.
La Sra. Snape pivotó para encararla tan súbitamente que Lily casi chocó con ella. Se tambaleó hacia atrás para no pisar el borde del vestido de la Sra. Snape y topó contra un carrito aparcado de viales de pociones vacíos.
"Así que te las arreglaste para deshacerlo," dijo la Sra. Snape, en el tipo de tono con que podría haber dado la bienvenida a un ladrón que hubiera entrado por la ventana de su cocina.
"No lo hice por usted," murmuró Lily.
Para su cansada perplejidad, la Sra. Snape sonrió–o algo así; una fina expresión que te hacía sentirte mal, en lugar de hacer que quisieras devolver la sonrisa. Pero todo lo que dijo fue, "Bueno, ahora puedes marcharte a casa. Severus necesita descansar."
Lily parpadeó. Sus ojos se sentían granulosos. "No voy a marcharme a casa."
"¿No? Qué extraño; pensaba que no importaba lo que tú quisieras hacer. ¿Tienes siquiera permiso de tus padres para estar aquí? No lo creo," dijo la Sra. Snape, apenas esperando la expresión de Lily para registrar la verdad.
"No soy lo suficientemente mayor para Aparecerme," mintió Lily, sabiendo cuando lo hizo que estaba malgastando el aliento.
"Eso apenas me preocupa. Vete a casa como sea que llegaste aquí."
"Los trenes no van a estar funcionando."
"Entonces duerme en la cuneta, o debajo de un puente," dijo la Sra. Snape, deslizándose alrededor de Lily, dirigiéndose de regreso a la habitación de hospital de Sev.
Lily abrió la boca furiosa, probablemente para decir algo de lo que la Sra. Snape iba a hacerla arrepentirse–pero cuando se giró, una visión al extremo del ahora sucio corredor hizo que toda la sangre se drenara de su rostro.
"Sirius, imbécil, ésta es la planta correcta, tráelo de vuelta aquí–"
"No lo es, Lunático, lo que sabrías si pudieras leer bien, maldita sea–"
Lily se agachó como una centella, esperando que el cuerpo de la Sra. Snape la ocultara de la vista, pretendiendo agazaparse tras el carrito de pociones–salvo que alguna miserable excusa de ser humano se lo había llevado. Lanzó una mirada aterrada a la puerta del pabellón, viendo la parte trasera de la cabeza de Remus mientras discutía con Sirius, cuyo hombro y cabello oscuro eran justo visibles al otro lado del marco de la puerta. Se zambulló bajo un grupo de sillas derechas de la sala de espera, suplicando que Sirius o Remus no la hubieran visto–o James, porque ése era quien estaba apoyado en Sirius, lo sabía–
"Ésta es la cuarta planta," estaba diciendo Remus, "Daño por Hechizos. Mire el gigantesco maldito cartel si no me cree, su estimada alteza–"
"Oh, mierda, lo es, ¿no?" dijo Sirius. "Lo siento, Lunático–vamos, Cornamenta, vayamos a arreglarte–"
Unos momentos después Lily vio de lleno por qué estaban allí: la cabeza de James había sido gravemente transfigurada a medias en una tetera floreada. Tenía un pitorro donde debería estar su boca, y asas por orejas, y en este momento estaba emitiendo un agudo gemido con un disparo de vapor. Lily se puso las manos sobre la boca, sin saber si quería reír o llorar. No podía creer que ésta fuera la primera vez que estaba viéndolos, así entre todas las maneras–allí entre todos los lugares, ahora entre todos los momentos–
Vio a la Sra. Snape mirando arriba y abajo del pasillo, claramente preguntándose adónde había ido Lily. Había una línea entre sus cejas, como si no hubiera esperado que fuera tan fácil. Lily se preguntó si podría simplemente dormir debajo de estas sillas. Estaba lo suficientemente cansada para hacerlo. Sentía los ojos hinchados al doble de su tamaño normal y llenos de arena.
"Alguien ha montado un numerito en este lugar," oyó a Sirius decir aprobatorio; al momento siguiente sus pies estaban pasando por su escondite, lo suficientemente cerca para tocarlos. Él y Remus parecían estar arrastrando a James, a juzgar por el modo en que sus pies estaban esforzándose entre los de ellos, como si fuera incapaz de caminar bien.
Asomándose, vio a Remus y Sirius manejando a James a través de los estragos que habían causado los señuelos de Sev en la sala de espera. Detrás del escritorio de recepción, varios ayudantes se mezclaban, agitando portapapeles y medio gritándose, hechizando documentos a través del aire. Sirius apuntaló a James contra el mostrador, y Remus lo agarró para mantenerlo derecho: la tetera parecía ser demasiado pesada para su cuerpo y estaba desequilibrándolo.
"Oye," gritó Sirius en la confusión, inclinándose sobre el escritorio para agarrar a una Sanadora por la manga de la túnica, "mi colega ha sido hechizado a mitad camino de una tetera, ¿puede resolverlo?"
Lily no oyó el resto, porque en ese momento la Sanadora Jethries se deslizó fuera de la habitación de hospital de Severus, diciendo con voz agobiada, "¿Dónde ha ido esa chica? Ese muchacho estúpido está rabiando, preguntándose dónde está–"
"¿Qué llamó a mi hijo?" preguntó la Sra. Snape en un tono que debería haber convertido a Jethries en piedra.
"Yo–¿dónde está la chica?" Jethries estaba enrojecida; parecía a dos segundos de compañía de Severus y su madre de renunciar a su juramento Hipocrático. "No podemos calmarlo, está destrozando la habitación–"
A tomar por culo, pensó Lily. Salió revolviéndose de debajo de las sillas y se lanzó más allá de la Sra. Snape y Jethries, esperando que sólo fuera su ansiosa imaginación y no realidad que oyera a Sirius decir, "Lunático, ¿ésa era Evans?"
"¡Aquí estoy!" jadeó Lily, patinando hasta detenerse junto a la cama de Severus. No sabía lo que él había estado haciendo, pero un par de Sanadores estaban yaciendo aturdidos en el suelo, la ventana estaba agrietada, las pinturas torcidas, sus agotados ocupantes intentando no resbalar fuera del marco. Un desastre de pociones arruinadas estaba tirado en el detritus de vidrio roto en el suelo alrededor de la cama. Severus estaba tan blanco como muerto, sus ojos huecos, su cabello empapado de sudor. Estaba temblando.
"¿Qué has estado haciendo?" preguntó Lily, boquiabierta.
Él dijo, en una tolerable imitación de normalidad, "Todo lo que tenían que hacer era encontrarte cuando lo pedí."
"¿Qué conjuró para levantar la maldición?" exigió Jethries, acechando alrededor del lado opuesto de la cama de Severus, las manos en las caderas, la varita sobresaliendo en el aire.
"La contra-maldición," dijo Lily, parpadeando.
"¡La contra-maldición!" repitió Jethries de un modo que habría sonado admirablemente burlón de no haber estado compitiendo con Severus y su mamá. "¡Es una maldición terriblemente divertida cuya cura es tan mala como el maleficio!"
"¿Por qué?" preguntó Lily, un nuevo terror agarrándole el corazón. Miró fijamente a Sev con angustia, pero él sólo le devolvía la mirada, sus ojos reluciendo con su mayor fuerza hasta ahora. "¿Qué va mal? ¿Qué sientes? ¿Cuán malo es?"
"No tomaría en cuenta su palabra para nada," interrumpió la Sra. Snape con fría malicia. "La magia de dos adolescentes los confunde."
"Sra. Snape," logró Jethries, su voz temblando con el esfuerzo de controlarse, "Soy Sanadora, y sí tengo cierta experiencia con daño de hechizos–"
"Entonces debe habérsela dejado en casa esta mañana," dijo la Sra. Snape, patentemente poco impresionada.
"¡Destrozó la habitación! ¡Sólo porque ella no estaba en ella!" Jethries apuñaló su varita hacia Lily. "¡Está volviéndose loco, y quiero saber lo que hizo ella!"
"Ella me curó, chiflada," dijo Severus. Los ojos de Jethries se salían de sus órbitas de furia. Lily no sabía qué decir para mejorar todo esto. Quizá porque no había nada.
"Sev, por favor," susurró ella, retorciéndose las manos, preocupada de que Jethries estallara y los matara a todos. Severus se calló enseguida, casi tan silencioso como si estuviera conteniendo el aliento, y sólo volvió a mirarla.
"Pensemos en la solución," dijo la Sra. Snape, "en lugar de en el problema. Si Severus está lo suficientemente tranquilo cuando la chica está aquí, entonces déjela quedarse. Es más ayuda que la que todos parecen capaces de darle de otro modo."
"¡Eso es todo!" gritó Jethries. "¡TODO! ¡Maulkin, es todo tuyo ahora! ¡Me retiro!"
Y voló la puerta fuera de su camino y salió hecha una furia. Lily y los demás Sanadores miraron fijamente la puerta anteriormente reparada, ahora colgando borracha de las bisagras. Afuera, sin verse en el pasillo, algo se estrelló.
La Sra. Snape agitó su varita hacia la puerta en un silencioso movimiento en figura de ocho y ésta se enderezó, regresando a sus bisagras, las astillas de madera volviendo a tejerse. Se balanceó hasta casa en su marco con un suave zump. Entonces alzó las cejas levemente hacia los tres Sanadores restantes, cuyas expresiones sugerían que acababan de estar encerrados en una habitación con una cobra. "Espero que alguno de ustedes sea capaz de actuar bajo presión mejor que eso," dijo con suave malicia. Con otro movimiento amplio, circular, de su varita, la grieta en la ventana serpenteó de vuelta sobre sí misma y desapareció; los marcos de pinturas se enderezaron en la pared, haciendo rodar a sus ocupantes; y las pociones derramadas en el suelo se desvanecieron, sus viales volviendo a tomar forma con diminutos pings y elevándose por el aire para asentarse, ahora vacíos, sobre la mesa.
"Ahí está," dijo la Sra. Snape, de un modo que hizo que Lily se sintiera horrible en nombre de los Sanadores. Pero no se atrevió a decir nada. "Ahora pueden intentar hacer el trabajo para el que se han formado."
La Sra. Snape golpeó a Lily en el brazo con su varita y la apuntó a dos sillas de visitantes a un lado de la cama. Lily no quería volver a ponerse al alcance de la varita de esa mujer, pero no tenía mucha elección. Todo lo que podía esperar era que la Sra. Snape no la matara mientras todos creyeran que la continua salud de Severus dependía de su presencia.
Lily se encaramó sobre una silla desvencijada con el asiento hecho de mimbre deshilachado de su tejido. Severus la observó moverse hacia ella y sentarse, sus ojos nunca abandonándola. La ponía nerviosa, como si estuviera a punto de actuar en una obra que todos esperaban fuera un éxito. Trató de sonreír, preguntándose cuán crispada pareció.
Con una especie de muda elegancia, la Sra. Snape se sentó en la otra silla, una acolchada más decentemente y tapizada de tela burdeos desvaída. No reconoció a Lily o a cualquiera de los Sanadores mientras holgazaneaban como tres personas tratando de parecer muy discretas. Sólo miraba fijamente a un punto en el zócalo, su mano izquierda doblada sobre la derecha en su rodilla. Seguía sosteniendo su varita.
Severus sólo seguía observando a Lily. Ella quería hablar con él, pero no con su madre y tres Sanadores alrededor. Quería preguntarle si pensaba que seguía realmente bajo los efectos de su maldición, porque Dumbledore nunca había dicho nada al respecto. Sólo le había dicho, a su manera tranquila, que la contra-maldición era, "'Yo perdono.'" Lily debería haber sabido que el hechizo no era tan sencillo como había pensado… pero, ¿por qué no se lo había dicho Dumbledore? Sev podría haber muerto–cualquiera podría haberlo hecho, si ella la hubiera conjurado correctamente, porque, ¿cuáles eran las probabilidades de que la lanzaras sobre alguien, oyeras cada cosa horrible que había hecho, y entonces realmente, de verdad lo perdonaras?
Si no lo hubiera descubierto… si hubiera tenido siquiera una hebra de resentimiento en el corazón al final…
Algo le hizo levantar la mirada, una especie de picor en la piel, a los ojos oscuros, impenetrables, de la Sra. Snape. Lily arrebató su mirada antes de poder caer de nuevo en ese túnel de recuerdos.
"¿Qué es eso?" dijo Severus, mirando la poción azul brillante que estaba tendiéndole la Sanadora como si le hubieran ofrecido un hígado humano todavía sangriento.
"Un Filtro Calmante," gorjeó la Sanadora, sudando. Parecía apenas graduada de su formación.
Severus parecía a punto de decir algo que despellejaría hasta el hueso su confianza en sí misma, pero al final no lo hizo. "No lo necesito."
"Pero–pero, er, señor–" Ella le dirigió al Sanador a cargo una mirada suplicante.
"No hará ningún bien," dijo Severus. "La valeriana probablemente estaba demasiado seca cuando fue añadida. No me calmará, sólo me dejará grogui y semi-desorientado."
La joven Sanadora envió una mirada de ojos redondos, muda apelación a su superior. "No puedes saber eso, hijo," dijo el hombre, tratando de ser razonable y amistoso.
"Sí, puede," dijo Lily ásperamente, molesta a pesar de que sabía que la reacción del Sanador era natural. "Y puede no tomar su medicina si quiere."
"La dejaremos aquí en caso de que cambie de opinión," dijo el Sanador, asintiendo hacia su ayudante. Ella la dejó a toda prisa sobre la mesa y revoloteó de vuelta a su lado, probablemente para alejarse de Severus y sus terribles visitantes.
"Puedes marcharte, Doris," dijo el Sanador a cargo, garabateando con una pluma corta, recortada, en un pergamino, "y obtén otra ronda de estándares."
Doris corrió fuera de la habitación con una expresión que sugería que acababan de decirle que algún otro estaba destinado a tomar su lugar ante el pelotón de fusilamiento.
"¿Se pondrá bien?" preguntó Lily al Sanador jefe, que ahora estaba agitando su varita sobre Severus mientras su pluma enviaba notas sobre el portapapeles flotante.
"Eso esperamos," dijo él, sin molestarse en levantar la vista de la red de hechizos que había trazado sobre Severus. Resplandecían en rojo y azul y dorado, sus formas recordándole a Lily diagramas de estructuras de ADN que había visto. "Ahora mismo, señorita, necesito trabajar. Túmbese, hijo," dijo. Fue a poner la mano sobre el hombro de Severus, pero Severus le dirigió tal mirada que se detuvo en seco.
"Túmbese," repitió, manteniendo la calma. Severus lo hizo, su atención regresando por entero a Lily.
En un destello de rara intuición, ella se preguntó si él estaba preguntándose cuánto le había contado… cuánto había oído ella… y qué había pensado. Ella le sonrió, pero la expresión de él no cambió.
Deseó que estos estúpidos Sanadores se apresuraran a curarlo.
"Todo está bien, Sev," dijo ella, queriendo mover su horrible silla de mimbre más cerca de él, pero no con su madre allí. No quería que los Sanadores la echaran, tampoco. "Todo va a salir bien."
La respiración de Severus pareció entrecortarse por un momento, pero no dijo nada; sólo siguió mirándola. Lily olvidó a los Sanadores, a su madre, la extensión de linóleo entre ella y su cama de hospital, incluso a James y Sirius y Remus afuera en el pabellón, y sólo se sentó con él, en la primera hora del nuevo año.
