N/A Varios de los apellidos de los OC fueron tomados de las novelas de P.G. Wodehouse.
N/A Ah, las blasfemias en este capítulo – abuso desenfrenado de la palabra "joder," referencias sexuales, incluidas aquéllas de naturaleza homófoba (sí, el personaje está siendo un tonto del culo). Lo corté un poco de la versión original, también.
N/T He decidido traducir "Wolfsbane" como "poción de Acónito," su significado literal, y no como "Mata-lobos" como la conocemos por las traducciones del canon al castellano.
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Capítulo 13
8 de enero, 1977
"Adiós, Mamá," dijo Lily, apoyándose en el abrazo de su madre. El aroma de mamá era casi dominado por el olor a cemento húmedo, pelo de gato mojado y excrementos de lechuza.
Mamá le devolvió el abrazo casi ferozmente. "¿Estás segura de que estás lo suficientemente bien para viajar?" Empujó a Lily derecha para poder enmarcarle el rostro con las manos enguantadas. "No me gusta el aspecto que tienes. Quizá deberíamos escribir al colegio y debería subirte allí conduciendo en unos días…"
Lily sonrió, sintiendo que le dolían los músculos de la cara. "Sólo estoy cansada. Después de la reunión de prefectos encontraré algún lugar tranquilo para echarme una siesta. Y si eso no sirve," estrechó la mano de mamá, "Madame Pomfrey puede curarme. Sabe mucho más que esos zoquetes de San Mungo."
La mirada de mamá examinó su rostro con ansiedad escéptica, pero al final sonrió y besó la frente de Lily. Lily trató de fingir que la sonrisa de mamá no parecía dolorosa.
"Adiós, cariño," dijo Mamá, rozando el cabello de Lily con los dedos. "Ten un buen trimestre y escríbeme mañana, ¿vale? Lechuzas y todo eso."
Lily besó la mejilla de mamá mientras el silbido del tren rasgaba el aire y nubes de vapor se arremolinaban desde las vías a través del andén abarrotado. "Te quiero," dijo, dándole a mamá un último abrazo estrecho mientras los padres e hijos a su alrededor comenzaban una última oleada hacia el tren.
Lily subió al vagón, arrastrando su baúl consigo, intentando no tropezar con un niño de primer año que había caído sobre su propio baúl, o ser pisoteada por un par de estudiantes de quinto año trepando al tren justo tras ella. Se aplastó contra un lado mientras pasaban a la carga, y se inclinó fuera de la puerta una última vez para saludar a mamá con la mano mientras el tren dejaba atrás el andén. Vio a mamá apretarse la boca con la mano y lanzar un beso, y entonces el tren dobló una esquina en los raíles y dejó King's Cross fuera de la vista.
Por un momento Lily se quedó en el vestíbulo ahora vacío, la espalda descansando contra la pared traqueteante del tren, y cerró los ojos. El agotamiento que la había atormentado desde Año Nuevo nunca cejaba. La teoría de Sev era que su resfriado de Navidad estaba combinándose con el efecto de la magia Oscura, pero no había estado Ocluyendo y ella se percató de que estaba preocupado. Esperaba que Madame Pomfrey fuera capaz de decirle qué iba mal…
Alguien estaba intentando quitarle el baúl de la mano. Agarró el asa con más fuerza y abrió los ojos–
"Hola, Sev," dijo, resistiendo apenas el repentino impulso abrumador de inclinarse hacia delante y enterrar el rostro en su hombro. Puede que él fuera demasiado flacucho, incluso huesudo, pero algo en su hombro–ya envuelto en su picajosa túnica escolar–estaba llamándola como una cálida cama de plumas.
Los ojos de él se estrecharon mientras la miraba. "Parece que no hayas estado durmiendo en absoluto."
"He estado haciéndolo," dijo ella, oyendo el cansancio granuloso en su voz. "Es sólo que no parece hacerme ningún bien." Pero ya se sentía… más caliente que cuando había subido al tren. Se enderezó de la pared, parpadeando para conseguir que sus ojos accedieran a permanecer abiertos. "¿Puedes llevarte eso, si no es mucho problema? No me apetece llevarlo hasta la cabina de Prefectos y de vuelta–"
"No creo que debas ir a la maldita cabina de Prefectos," dijo Severus, como si en realidad ella estuviera hablando de montar dragones. "Creo que deberías estar descansando."
"No puedo no acudir a una reunión de Prefectos, Sev. No estoy enferma, sólo cansada."
"Pareces enferma," dijo él, sus ojos estrechándose aún más. "Quiero que me describas tus síntomas."
"Después de la reunión de Prefectos," dijo ella, sonriéndole. "¿Vale?" Porque sus ojos se habían estrechado prácticamente a ranuras, ella envolvió ambas manos alrededor de su brazo y lo estrechó. Por un momento sintió una corriente de calor, como si hubiera recibido una transfusión de bienestar. "¿Encuentras un compartimento y me esperas?"
"Muy bien," dijo él, mirando su mano como si fuera un objeto extraño. "Pero voy a acompañarte al condenado coche de Prefectos."
Lily estaba demasiado cansada para discutir–pero como resultó, discutir habría sido un movimiento estúpido: el tren era una casa de locos. Los niños estaban chillando, persiguiéndose, morreándose en el corredor; productos de Zonko provocaban el caos, y alguien en uno de los compartimentos había hecho estallar violentamente fuegos artificiales púrpura para gritos y golpes de deleite. Sev iba por delante de ella, mostrando una habilidad casi milagrosa para hacer que el gentío se partiera con cuchillo después de una mirada hacia él, pero Lily todavía tenía que agarrar la parte trasera de su túnica para evitar tropezar.
En un momento dado Sev ladró a un grupo de risueños niños de primer año "¡Sentaos y callad!" y se metieron en su compartimento y en sus asientos antes incluso de que parecieran percatarse de lo que estaba ocurriendo. Lily no pudo evitar sonreírles ampliamente mientras pasaba; sus ojos estaban redondos como canicas.
"Ahora sé qué tipo de maestro eras," susurró ella mientras atravesaban el espacio entre los vagones. Severus le echó un vistazo curioso sobre el hombro. "Eras el tipo que aterra a los alumnos a la sumisión."
"No sabía que hubiera otro tipo que pudiera ser," dijo él, pero ella vio una sonrisa burlona dibujada sobre su reflejo en el cristal.
Él abrió la puerta del vagón de Prefectos y la empujó a través de ella. Estaba mucho más tranquilo aquí, ya que sólo era para estudiantes de último año y James y Sirius no eran Prefectos. Había mucho más besuqueo contra las ventanas y en los cubículos, y una bendita ausencia de fuegos artificiales.
"Cuando termines," le dijo Severus severamente, "ven directamente a buscarme. Nada de ayudar a los estudiantes lerdos. Maldícelos si tienes que hacerlo, o enciérralos en el servicio. Si no lo haces, lo haré yo cuando tenga que venir a sacártelos de encima."
"Vale," dijo ella, su voz temblando por el esfuerzo de no reír. No debería ser gracioso, la idea de Severus maldiciendo a algún pobre niño nostálgico de primer año a través de la puerta del baño, pero lo era de todos modos. Sólo un poco. "Eludiré mis obligaciones si tú consigues un compartimento sin maldecir a nadie."
"Desafortunadamente para todos," dijo él, "no hay ningún vagón lo bastante cerca."
Lily le sonrió, le estrechó el hombro una última vez, y dejó que la puerta del vagón se cerrara deslizándose tras ella. Se estremeció, arropándose en su abrigo; hacía más frío en este vagón del tren, a pesar de que Felicity Meadowes y Martin Peakes estaban empañando las ventanas.
Lily se dejó caer tras la primera mesa que alcanzó, dobló los brazos sobre ella, y descansó la cabeza. Sólo quería dormir hasta que llegara a Escocia… Probablemente, Sev tenía razón y simplemente debería haberse ido con él, enviar una nota al Jefe y Jefa de Prefectos de que seguía sufriendo una enfermedad de vacaciones… o hacer que Sev fuera a darles órdenes; no se habrían atrevido a discutir…
"¿Están todos aquí?" llamó la voz de una chica autoritariamente a través del vagón abierto. "¿Todos los Prefectos? Si es así, comenzaremos esta reunión."
Lily logró incorporarse y apoyar la cabeza en el respaldo de su cubículo, pero era demasiado duro mantener los ojos abiertos. Escuchó el sonido de adolescentes riendo y murmurando y moviéndose en sus asientos, pensando que ella también era una adolescente, ahora… y Sev se veía como uno, pero parecía que podría pasar un tiempo antes de que dejara de pensar en sí mismo como maestro… si lo hacía jamás…
"Muy bien," dijo el Jefe de Prefectos, cuyo nombre Lily estaba demasiado cansada para recordar en este momento, "ya que sólo es una reunión post-vacacional, la haremos corta–"
Fue interrumpido por el siseo de la puerta del vagón abriéndose. Una voz muy familiar hizo a Lily despertarse por completo:
"¡Perdón, a todos!" gritó Sirius. "Perdón por haceros esperar, pero aquí está, el hombre del momento, nuestro muy propio Chiflado–"
"Oh, cállate, Canuto," llegó el gemido sofocado de Remus.
"En serio, Can, vas a hacer que el cerebro de Lunático sangre por sus oídos, gritando así–"
Parecía que James había logrado que le destransfiguraran la cabeza. Lily se sentó muy quieta, sin atreverse a mirar alrededor, deseando haberse tambaleado a una mesa más metida en el vagón, pero no, como una boba había escogido la de junto a la puerta–y Felicity Meadowes y Martin Peakes se habían sentado frente a ella y estaban mordisqueándose las orejas el uno al otro; eso era justo lo que necesitaba–
"Aquí tienes, Lunático," dijo James alegremente. "Aquí hay un asiento totalmente reservado para ti por una admiradora–¿Evans?"
Sintiendo que se había vuelto de hielo, cada parte de ella congelada excepto su corazón, que aleteaba como una cosa loca en su pecho, Lily volvió la cabeza despacio hacia el pasillo.
James y Sirius estaban ahora sosteniendo a Remus, que parecía tan exhausto y enfermo como Lily se sentía. ¿Había habido luna llena anoche? En cuanto sus ojos se posaron en él, James apartó de golpe la mano libre de Remus de su pelo–debía haber estado intentando despeinarlo. Ella casi estalló en lágrimas.
La pícara sonrisita que le había gustado poner para ella vaciló, entonces. "Evans, ¿qué te ocurrió?" dijo, mirándola con sorpresa, como una versión de Severus con ojos más abiertos. "Se te ve tan mal como a Lunático."
"James," dijo Remus con una voz de tensa paciencia. Puede que Sev hubiera bromeado que la paciencia era su única virtud, pero Remus podría haberle enseñado a San Pablo cómo se hacía. "Todo el vagón está escuchando y esperándoos, amigos de mi vida, que os vayáis a tomar por culo fuera del vagón. Así que si simplemente pudierais dejarme caer y muy amablemente iros a la mierda–"
Sirius resopló. "Sí, te dejaremos caer, muy bien, 'porque los trapos mojados se mantienen en pie por su cuenta mejor de lo que puedes hacerlo ahora mismo." Pero él y James bajaron a Remus en el asiento vacío junto a Lily con sorprendente cuidado, incluso apuntalando a Remus, aunque su rostro tenía aún más tensa paciencia que su voz.
"Marchaos," dijo a través de dientes apretados y una leve sonrisa, "antes de que os envíe fuera con una explosión."
"No te deprimas demasiado porque nos vayamos," dijo Sirius, despeinándose el pelo horriblemente de modo que sobresalía como un pajar. "Te malgastarías de inmediato en esta condición."
"Me las arreglaré de algún modo," dijo Remus. "Del modo que estoy arreglándomelas para no matarte de forma horrible."
Sirius sonrió ampliamente y se giró para marcharse, con un movimiento de cabeza distraído a medio camino que le apartó el cabello oscuro de los ojos. James dijo, "Adiós, Evans," y se demoró, pero Sirius estaba apoyado en la puerta, abriéndola; James comenzó a alejarse.
"Adiós, James," dijo Felicity Meadowes, tocándose con el dedo uno de sus pendientes colgantes de pluma de pavo real.
James se giró velozmente, su rostro iluminándose–pero entonces se percató de que Lily seguía sentada como un bloque de hielo, y era Felicity quien estaba sonriéndole mientras Martin Peakes lo miraba hosco y asesino. James le dirigió a Felicity una incómoda media sonrisa y entonces salió corriendo tras Sirius. La puerta se cerró de golpe tras ellos.
"Bueno, Lupin," dijo la Jefa de Prefectos, "gracias por traer el circo directamente hasta el vagón de Prefectos. Si no te importa, ¿continuamos?"
"No, Rosemary," dijo Remus, con más de su tensa paciencia. Rosemary Whatsherface olisqueó, por un momento pareciéndose extraordinariamente a Petunia, y entonces llamó la reunión al orden. Felicity Meadowes y Martin Peakes comenzaron a discutir en tonos bajos, y Lily captó el nombre 'James Potter' y 'te gusta ese imbécil estúpido' y 'no solías pensar que era un imbécil estúpido cuando estabas practicando sus movimientos de Quidditch para presumir con esa puta de Amelia Cartwright.'
"¿Estás bien?" le preguntó Lily a Remus, murmurando por la comisura de la boca.
"Lo mismo de siempre," dijo él, dirigiéndole una débil sonrisa. Su piel era de un tono pálido enfermizo; y ella tenía a Severus para comparar, cuya piel en un día bueno era del color del pergamino. Remus parecía un bloque de mármol. El cabello en su cuero cabelludo estaba húmedo; había marcas rojas en el dorso de sus manos, más asomando por el cuello de su camisa, que estaba abotonada hasta la garganta; y su labio inferior estaba agrietado en una línea delgada, ensangrentada. Las sombras bajo sus ojos parecían dos ojos morados. Si alguien no había visto a James y Sirius arrastrándolo tiernamente por ahí, habría pensado que se había peleado con la pareja y perdido.
"Posiblemente no se me puede ver tan mal como a ti," susurró Lily. "Yo no fui pisoteada por una mantícora."
Él comenzó a reír, y entonces tosió, agarrándose las costillas. Ella extendió una mano hacia él, pero en cuanto sus dedos rozaron su costado, sintió un pulso de náusea. Apretándose la boca con la mano, cerró los ojos y se recostó.
"Entonces, ¿qué te pisoteó?" preguntó Remus, sonando tan cansado como ella se sentía.
"Me pilló en medio de la noche y me dejó tirada en la calle," dijo ella débilmente mientras la ola de náusea disminuía. "Atropello y fuga."
Remus resopló. "El mío, también."
Guardaron silencio después de eso, escuchando a los Prefectos y los Jefes aventar una reunión que definitivamente no pareció breve, aunque quizá fue porque Lily quería que terminara para poder ir a esconderse en el compartimento de Severus. Todo lo que pudo pensar durante toda la reunión, con Remus sentado en silencio y exhausto a su lado, era que si se volvía un bloque de hielo cada vez que viera a James, tendría frío durante el resto del trimestre.
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Severus no encontró un compartimento vacío, pero encontró uno igual de servible: contenía un grupo de niños de primer año de aspecto muy nervioso, y todo lo que necesitó hacer fue abrir la puerta, mirarlos con desprecio del modo en que lo habría hecho el Profesor Snape, y decir, "Creo que éste es mi compartimento."
Se marcharon tan rápido que sólo dejaron pequeñas siluetas de polvo.
Debía haber estado extrañando la sensación de satisfacción que provenía de intimidar escolares, pensó mientras colocaba su baúl y el de Lily sobre el portaequipajes, porque se sentía una onza más jovial ahora. O quizá era la soledad–había sido sólo por la gracia de Dios que no hubiera maldecido a la mitad de los estudiantes en el tren en suricatos.
Sacó uno de sus cuadernos y un boli Muggle, ya que era imposible escribir con pluma y tinta en un tren, y hojeó hasta la página donde había comenzado a tomar notas sobre la enfermedad de Lily. Madame Pomfrey pensaría que era una especie de acosador, pero necesitaba un informe completo si debía diagnosticar adecuadamente a Lily.
Severus se había visto expuesto a muchos bobos en la agonía de la reacción de hechizos Oscuros, y estaba todo lo seguro que podía estar de que Lily no estaba sufriendo los efectos persistentes de Contrapasso. Incluso si el conjurador hubiera estado debilitado por una enfermedad leve en los días anteriores a conjurar un hechizo Oscuro, la enfermedad y manía de la reacción no habría mejorado antes de volver a empeorar, y Lily definitivamente había estado curándose en el hospital. Ni siquiera parecía estar exhibiendo los mismos síntomas que había descrito la primera mañana de reacción: ni desorientación, mareo, ni dolor, sólo fatiga y una sensibilidad intensificada a la temperatura. Se quejaba de tener frío, pero cada vez que sus manos lo tocaban, estaban calientes. No febriles, pero si sus manos estaban tan calientes en primer lugar, no debería haber estado sintiendo un frío incómodo.
Si no era reacción, entonces o bien Lily estaba enferma de algo que se había manifestado después de que pasara la reacción–o había sido maldecida. Y en la vida que Severus había vivido durante tanto tiempo, una preocupación menor nunca se reveló como una reacción exagerada con el tiempo. Siempre acababa siendo mucho peor de lo que había pensado…
Lucius se había encontrado con ella la mañana de Año Nuevo. La propia madre de Severus le había dicho a Lucius que Lily había mandado a Severus al hospital. Por lo que Lily y su madre le habían contado por separado, Lucius había tenido muy poco tiempo de lanzar un hechizo–probablemente no había estado pensando lo bastante claramente para convocar la sutileza necesaria para echar una maldición sin sospechas–pero Severus estaba seguro de que Lily había sido maldecida, y si no por Lucius, entonces, ¿por quién?
Él y Lucius siempre se habían llevado bien, una vez factorizada la mezquina degradación natural para un snob sangre-pura tratando con un mestizo de familia pobre. (Bueno, familia pobre Muggle, pero él y su madre ciertamente nunca habían sido recibidos como Princes.) Pero si Lucius le había hecho esto a Lily, se encontraría mirando el color de sus propias entrañas… oh, sí, lo haría.
Si Severus hubiera pensado seriamente que había un gran riesgo de que los futuros Mortífagos descubrieran que Lily había evitado su encuentro con el Señor Tenebroso, nunca, jamás, la habría incluido; asesinaría, sin vacilación, a quien lo contara. Pero he aquí la vida poniendo a prueba sus límites para la manía homicida, porque la fuente del peligro de Lily fue en primer lugar él mismo y luego su propia condenada madre. Podía aborrecerse a sí mismo, pero la primera lealtad de su madre era hacia su hijo, no sus amigos, y los Slytherin comprendían que todos tenían sus prioridades.
Severus simplemente tendría que adaptar las suyas, mientras averiguaba cómo mantenerse a flote en Hogwarts y evisceraba a cualquier bastardo miserable que tratara de hacer daño a Lily.
Un movimiento en la puerta le hizo levantar la mirada. Su varita estaba en su manga, en caso de que fuera alguno de los Mortífagos volantones o sus igualmente crueles contrapartes, esos putos Merodeadores, pero sólo era Lily–
"Aquí estás, Sev, al fin, al fin–¿a esto llamas justo afuera? ¡Hemos estado buscando por todo el tren!"
–excepto que no era sólo Lily, era Lupin, también. Se veía como si la luna llena hubiera caído del cielo y aterrizado sobre él anoche. Su expresión cuando vio que Lily lo había arrastrado, por alguna razón conocida sólo por ella, a un compartimento con el horrible viejo Quejicus en él, fue principalmente confundida y un poco embarazada.
O quizá lo embarazaba el hecho de que Lily estuviera arrastrándose–no había otra palabra para ello–sobre el asiento de Severus.
"No te importa que trajera a Remus, ¿verdad, Sev? Black y–Potter–" Trastabilló un poco, llamándolo así; Severus sintió sus dedos apretarse, sobre su varita, sobre su libro. "–están en medio de una exhibición de fuegos artificiales, sonaba así cuando pasamos por su compartimento, y Remus está a punto de desmayarse. Como yo."
Entonces descansó la cabeza en su regazo. Severus evitó apenas convulsionar en shock y tirarla al suelo.
Para distraerse, miró fijamente a Lupin, que parecía igualmente atónito por el comportamiento rotundamente loco de ella. Severus ladró, "Pasa dentro de la puerta, Lupin, y no dejes entrar la maldita corriente."
Lupin mostró la misma alacridad que todos los demás estudiantes: pasó agachándose a través de la puerta y a la hilera vacía de asientos frente a Severus. Entonces parpadeó, como si, al igual que los otros, no se le ocurriera cómo había llegado allí. Severus habría sonreído burlón si hubiera sido capaz de recuperar la calma, pero se había ido de vacaciones al ver el cabello rojo oscuro de Lily fluyendo sobre sus rodillas.
"Sev," murmuró ella, sonando medio dormida, "necesitas comer más… eres todo huesudo…"
"Entonces búscate una almohada mejor," dijo él. Pero apuntó su varita a su baúl sobre su cabeza. Se abrió con un chasquido y otra de sus túnicas se deslizó fuera, cayendo en sus manos. La dobló en un cuadrado descuidado y la hizo incorporarse de modo que pudiera ponérsela en el regazo. Tendría la ventaja añadida, o incluso principal de ocultar cualquier cosa… vergonzosa. Habría dicho Es un infierno tener diecisiete, pero tenía la desagradable sospecha de que estaba pensando demasiado bien de su auto-control para imaginar que estaba hecho trizas sólo por la juventud.
Habiéndose hecho cargo de eso, estaba en un mejor marco mental para aterrorizar a Lupin, que se veía débil, sudoroso, y tan confuso como era posible que estuviera un pequeño licántropo enfermizo.
"¿Cuál es el problema, Lupin?" preguntó Severus, estrechado los ojos para dar efecto. "¿Necesitas una almohada, también?"
Disfrutó el modo en que algunas capas más de sudor parecieron reunirse en la línea del cabello de Lupin. Como adulto, su imperturbabilidad sólo había sido sobrepasada por la de Albus, el bastardo exasperante. Bastardos.
"Estoy bien sin almohada," dijo Lupin, con una tolerable imitación de normalidad.
Severus había pensado que Lily se había quedado dormida, así que sólo fue entrenamiento de espía lo que evitó que se saliera de su piel cuando ella le tomó la mano y la puso sobre su cabello. Él miró fijamente. Su palma estaba ahora descansando contra los suaves, lisos mechones de su cabello, sus dedos doblados a través de su frente, que estaba caliente pero no febril.
Miró al otro lado del compartimento a Lupin, demasiado aturdido para ser desagradable o insultante, o para mirar con desprecio o hacer cualquier cosa salvo mirar sin expresión. Lupin había progresado de verse sudoroso, confuso y un poco intimidado, a verse sudoroso y… pensativo. Si la expresión hubiera estado en el rostro de algún otro, Severus la habría llamado 'calculadora."
"Túmbate, Lupin," dijo Severus, "antes de que te desmayes. No te haré nada horrible… probablemente."
"Estoy seguro de que dormiría a través de ello de todos modos." Lupin echó vacilante los pies sobre el asiento y se tumbó, igual de vacilante, haciendo una pequeña mueca. Cuando estuvo acostado por fin, todo su cuerpo pareció hundirse en el asiento. Severus reconoció el tenor de su aspecto: provenía de un dolor tan constante que olvidabas lo que era que no te doliera más; todo el alivio que podías buscar era una disminución momentánea, un momento en que no te dolía tanto como todos los demás.
Bajo su mano, Lily murmuró, refugiándose un poco en su almohada, su mano levantándose para envolver el tejido en sus rodillas. Él dejó que unos mechones de su cabello se deslizaran bajo sus uñas. Ella suspiró, como satisfecha, y se hundió en sus duras rodillas como Lupin en los cojines.
Severus observó a Lupin, al principio subrepticiamente, y luego más obviamente cuando se percató de que no estaba siendo observado de vuelta. No había recordado que las transformaciones de Lupin fueran tan malas. Suponía que no había estado lo bastante cerca de Lupin entonces, bien físicamente o de cualquier otro modo; no le había importado una mierda. Lupin era uno de Ellos; si había estado sufriendo, lo merecía, el miserable pequeño hombre-lobo.
Había visto a Lupin recibir una maldición por la espalda y caer, en las pendientes de Hogwarts, la noche que Severus murió. Dolohov, había parecido. Había estado más elevado en las Artes Oscuras que muchos de los Mortífagos, pero ni siquiera las Artes Oscuras podían matar a un licántropo, que sólo podía morir de verdad por plata y fuego… por supuesto, todo lo que Dolohov habría necesitado era conjurar un pedazo de plata para llenar el esófago; pero transfigurar la sangre en plata fundida habría sido más su sello de sadismo, si hubiera sido capaz de lograrlo… de cualquier modo, habría sido una manera miserable de morir, terrible más allá de las palabras. Una maldita serpiente enorme habría sido un mordisco de amor comparada con eso.
Severus se percató de que la extraña sensación en su pecho era una agitación de compasión por Lupin. ¿No había dicho Bellatrix–bueno, "dicho"; había estado loca de furia–que Lupin y Nymphadora habían tenido un hijo?... Severus había asumido, cuando los vio a ambos en la batalla, que algo le había ocurrido… aunque sería justo así como un Gryffindor y una Hufflepuff creían que sus ideales eran más importantes que cualquier otra cosa, incluso el futuro de su pequeño mocoso licántropo. Deberían haber empacado al cachorro y haberse dirigido a las colinas, los idiotas. Si Bellatrix encontró a Nymphadora aquella noche, la habría matado; de eso Severus estaba seguro. Probablemente la Maldición de Sangre Hirviente… Bellatrix habría creído ésa particularmente apropiada… había tenido planes para utilizarla con Regulus, cuando había desertado, pero había desaparecido antes de que pudiera llegar a él…
Severus se percató de que estaba sintiendo frío, como si hubiera entrado en un viento ártico. ¿Había abordado el tren un dementor? No, no necesitaba un dementor: su pasado siempre estaba bajo la superficie de sus pensamientos. Lily podía hablar de perdón, pero el único descanso de Severus llegaba cuando encerraba sus emociones lejos de sí. Quizá si nunca hubiera vivido su propia vida, si sólo hubiera sido un Legeremante natural, dejándose caer dentro de los pensamientos de la gente al azar, empujado en el oleaje de sus emociones como restos del mar en la marea, podría haberse valido sin Oclumancia; quizá podría recordar más emociones que cólera y temor y resentimiento e insatisfacción. Pero si los deseos significaran algo, estaría en la vida después de la muerte, con una vista del océano y sin recuerdo de morir, una persona mejor de lo que jamás había sido vivo, y con suerte más feliz.
Ni siquiera la magia podía garantizar poder a los deseos.
Apartó su cuaderno, enviándolo derivando arriba a su baúl. Cuando los cerrojos se cerraron con un callado chasquido y los ojos de Lupin se abrieron, Severus supo que nunca se había quedado dormido. Pero el muchacho no dijo nada, sólo miró fijamente al techo, las líneas de su rostro y la cansada mirada sin ver de sus ojos hablándole a Severus de agotamiento profundo hasta los huesos. ¿Cómo había sobrevivido Lupin a treinta años más de esa maldición, si esto era lo que le había hecho a los dieciséis?
"Lupin," se oyó decir a sí mismo, "¿has oído acerca de la Poción de Acónito?"
¿Qué? se preguntó a sí mismo.
Lupin giró la cabeza hacia él sobre los cojines, parpadeando sus ojos azul-grisáceos. "¿La qué?" preguntó, pero sólo sonó cansado. "Si tiene acónito, supongo que no me importa."
"Ésa es la cuestión, está diseñada para suprimir la manía de la transformación y permitir que la conciencia humana conserve cierto control."
Lupin se quedó absolutamente inmóvil, como si toda la vida y conciencia se hubieran eliminado de él en un instante. Volvió a parpadear, un movimiento lento, cuidadoso, y entonces se incorporó sobre un brazo. La expresión en su rostro mientras miraba fijamente a Severus le recordó, por primera vez en todos los años que se había visto obligado a mirar al hombre, a un lobo. Era cautelosa, pero de un modo visceral, como si el instinto fuera la voz de la cautela; y superponiéndose a ella, como el reflejo de alguien en el cristal de una ventana, estaban las emociones humanas de suspicacia y una especie de esperanza contenida, desesperada.
Pero todo lo que Lupin dijo fue, "Te estás quedando conmigo." Su voz, sin embargo, fue baja, y combinó con la sombra del lobo en su rostro.
"No lo estoy. Si estás buscando la trampa, es extremadamente experimental." Sí, mucho: no sería inventada en otros quince años. La pérdida de Damocles Belby era la ganancia de Severus. Posiblemente la de Lupin, también.
Habían pasado años desde que Severus había podido permitirse el lujo de tener mala memoria. Recordaba cada etapa de esa poción, compleja y frustrante como era. No, había adorado las complejas, las pociones que desconcertaban y hacían piruetas y requerían tal precisión que una agitación revertida, un ingrediente demasiado pesado significaba la muerte para el bebedor, incluso el elaborador… la Poción de Acónito era definitivamente eso.
La expresión de Lupin no había cambiado, y seguía yaciendo de costado, incorporado sobre el codo, tan inmóvil como una criatura salvaje que supiera que un movimiento poco juicioso le costaría caro. "¿Cuán experimental?
"La poción hace lo que advierte," dijo Severus, "pero sus efectos a largo plazo sobre… el sistema no están claros. Porque no hay ningún largo plazo todavía."
Lupin lo observó atentamente por unos momentos más; entonces se sentó, pero tan cautelosamente como se había tumbado, poniendo los pies en el suelo y apoyando la espalda contra los cojines con pequeñas muecas de dolor.
"¿A qué te refieres con que podría afectar al sist–?"
La puerta del compartimento se abrió de golpe. "Lunático, ahí estás–"
Severus tenía su varita fuera antes de que Black hubiera comenzado a hablar siquiera, en cuanto reconoció ese rostro arrogante, odioso, restaurado ahora a toda su juventud y belleza. La única manera en que había sido capaz de soportar mirar a Black cuando había regresado de la prisión era el desgaste que el hijo de perra había sufrido, la cruel destrucción de su vida reflejada en su rostro dañado. Pero éste era el Black que había pasado diez años de su vida odiando con una pureza plenamente justificada, esta mierdecilla mimada ahora apuntando su varita a Severus; parado con él a su hombro–Potter–que tenía la varita fuera, el gusano inútil que no había logrado salvar a Lily– Ninguno de ellos lo había hecho, la habían dejado morir. Severus había hecho todo cuanto pudo, renunciado a ella por ellos, y ellos la habían dejado morir. Nunca los perdonaría, no si vivía mil años y su malicia hacía trizas su alma.
"¿Qué pasa?" Lily se incorporó balanceándose, arañando el aire. Miró desde Lupin, que estaba en pie, apoyándose contra los asientos, a Severus, que también se había puesto en pie (sin darse cuenta) y estaba apuntando su varita a esos dos desperdicios de humanidad que estaban apuntando las suyas con expresiones en sus caras que hacían que la anterior confusión de Lupin pareciera levemente perpleja en comparación.
Cuando Lily vio a Potter y Black, se puso tan rígida como si hubiera sido transfigurada en piedra. Desde su posición, Severus no podía verle el rostro, pero no le gustó el modo en que Potter y Black estaban mirando de Lily a él y de vuelta. Severus no había vivido treinta y ocho años sin ser capaz de reconocer cuándo estaba preparándose un follón.
"¿Evans?" dijo Potter, al mismo tiempo que Black dijo, los ojos estrechos y duros, "Lunático, ¿qué puta mierda está pasando?"
Severus quiso responder con algo encogedor, sarcástico, diezmante, pero no podía hablar. Incluso si pudiera, lo único que habría salido de su boca habría sido probablemente la Maldición de Sangre Hirviente de Bellatrix. Oh, podía disfrutar la idea de la sangre escaldando de Black y Potter explotando por sus poros… se tomó un momento para hacer justo eso, en una parte de su mente. Pero nunca podría hacerlo, o perdería a Lily una segunda vez. Puede que ella hubiera encontrado posible de algún modo perdonarle muchas cosas, por poco que pudiera comprenderlo–incluso lo dudaba–pero no era tonto.
"Sólo estábamos hablando," dijo Lupin. Su tono era razonable, un suave eco del hombre que Severus recordaba, pero había un tono aplacador subyacente que hizo que Severus quisiera patearle ambas rótulas. Lo que necesitaba Lupin no era poción de Acónito, sino agallas.
"Lo que Lupin es un felpudo demasiado cortés para decir," dijo Severus, sin bajar su varita, "es que podéis ir a joderos fuera de aquí, pitos goteando, porque no es vuestro puto asunto lo que esté pasando."
"¡Sev!" Lily volvió ojos enormes hacia él. Severus disfrutó las miradas en los rostros de Black y Potter, aunque no tanto como lo habría hecho con la Maldición Hirviente. Aun así, fue un sustituto bastante decente por el momento.
"Sí, soy demasiado cortés para decir eso," dijo Lupin, parpadeando varias veces. "Canuto, Cornamenta, ¿podemos marcharnos?"
"Evans, ¿qué estás haciendo aquí?" persistió Potter. Parecía perplejo, incluso–preocupado. Severus estrechó los ojos.
Lily se puso en pie despacio, de modo que estuvo entre Severus y los otros, lo que a Severus no le gustó; no pensaba que Potter la hiriera deliberadamente jamás, pero a menos que estuviera demasiado equivocado, Black era más que capaz de pasar por encima de Lily para llegar a Quejicus la Bola de Grasa.
"Potter," dijo ella con voz extraña, tan extraña que Severus no estuvo seguro de si su febril deseo no desarrollado era verle la cara justo entonces o evitarlo, "mientras que soy un poco demasiado dama para emplear el vocabulario de Severus, concuerdo con el sentimiento. Apreciaría que os marcharais."
Los ojos de Potter se movieron de Lily a Severus de nuevo. Se mordió el labio. Los ojos de Black seguían estrechos y duros, y estaba mirando de Lupin a Severus.
"Me cago en la hostia," ladró Severus, "salid de mi compartimento antes de que os maldiga los pitos del revés."
"¡Fuera!" Lily dio un paso atrás, topándose con Severus.
"Gracias, Lily," dijo Lupin de repente, girándose de modo que ahora estaba encarándola entre ella y sus colegas. "Tenías razón, de verdad necesitaba la tranquilidad un rato. Te veré en el banquete." Retrocedió, saludándola con la mano con una sonrisa falsa en la cara, pero sus propios ojos eran cautos mientras retrocedía efectivamente hacia Black y Potter y los sacaba del compartimento, cerrando la puerta tras de sí.
Ni Lily ni Severus se movieron enseguida, quizá porque los Hijos de Perra Merodeadores no estaban moviéndose, tampoco. Lupin tenía la espalda apretada contra la puerta, y Black y Potter estaban hablando con él, gesticulando. Entonces Black se giró y se marchó a largas zancadas, arrastrando a Lupin tras de sí. Potter se demoró un largo momento más, con una última mirada ansiosa a través de la ventanilla. Severus apuntó su varita, desnudó los dientes, y bajó las persianas con un golpe seco.
Lily se hundió en los asientos, los ojos cerrados, pálida hasta los labios. Los círculos bajo sus ojos se veían peor que antes. Él se encontró dejándose caer a su lado, su mano yendo al rostro de ella, buscando algún tipo de garantía de que estaría bien; pero por supuesto no había nada que ofrecer en un toque.
Lily giró la cabeza de modo que su mejilla se ajustó a la curva de su palma. El latido de su corazón cayó, luego se aceleró más que antes. Ella abrió los ojos y se veía tan cansada, pero le sonrió, el más mínimo movimiento, como si no tuviera energía para hacer más.
"Arreglaré esto," dijo él. Lo prometo. "No dejaré que te haga daño."
La sonrisa de Lily se hizo un poco más amplia. Cerró los ojos y le devolvió sus propias palabras: "Todo el mundo sale herido," murmuró, inclinándose a un lado hasta que estuvo apoyada en su hombro.
Él se preguntó si eso era su propia especie de promesa.
. . . . . . . . .
Remus estaba agradecido de tener ese episodio con Snape para ponderar mientras se tambaleaba a través del tren hacia el compartimento que James y Canuto seguramente había dañado como propio. Ideas del drama resultante y posibles envenenamientos apartaban su mente de cuánto dolía todo. Un dato poco conocido de trivialidades de licántropo era que caminar en un suelo constantemente tembloroso no mejoraba su trauma post-plenilunio.
"Hey, vosotros," dijo Sirius cortante, irrumpiendo en un compartimento rebosante de chicos de sexto año y delgadas nubes de humo, "reunión secreta, sólo Merodeadores, así que iros a tomar por culo, colegas."
"Iros tú y tus Merodeadores secretos a tomar por culo," dijo Clive Potter-Pirbright (sin parentesco). "Si quieres convocar una reunión privada de sólo-mis-colegas, Black, creo que el servicio está abierto."
Los otros muchachos rieron y se lanzaron desperdicios. Todos eran amigos, pero Potter-Pirbright nunca había aprendido que había veces que Sirius no estaba de humor para ser amistoso. Ante la mirada en la cara de Sirius, las débiles expectativas de paz de Remus murieron con un flojo jadeo.
"Nah," dijo James, sonriendo ampliamente, "creo que Wentworth y Dentworth están allí, pegados por los labios. Vamos, todos, Lunático necesita el descanso más tierno, miradlo." Agitó una mano hacia la cabeza de Remus, como si estuviera desvelando un último acto.
"Las pelotas peludas de Gryffindor, Lupin," dijo Potter-Pirbright, "¿qué te hiciste? ¿Ponerte en el extremo malo de una de las rupturas de Black?"
"Ése fui yo," dijo James, sonriendo más ampliamente. "Colega, las historias que podríamos contarte de vacaciones… pero no vamos a hacerlo."
Les hizo una reverencia hacia la puerta con mucha floritura, llamándolos gloriosos caballeros, proveedores de maravillas, y tipos geniales. Dejando a Peter atrás (que estaba sonriendo radiante), los otros salieron en fila, codeándose y empujándose, tratando de recordar quién le había dado a Sirius o había tomado de él justo antes de vacaciones.
En el momento que la puerta se cerró deslizándose tras Bentworth, la sonrisa se deslizó del rostro de James. Se dejó caer en el asiento junto a Peter, con aspecto pálido y preocupado. En verdad su pelo estaba sobresaliendo más de lo normal, del modo que siempre intentaba conseguir que lo hiciera, especialmente cerca de Lily. Remus no tenía idea de que el desorden del pelo de James estuviera realmente influenciado por sus emociones.
"Ese estúpido tonto del culo de Pirbright," trituró Sirius por lo bajo mientras ayudaba a Remus a sentarse. Sirius era lo bastante fuerte para soportar la mayor parte del peso de Remus mientras se hundía en el asiento, lo que lo hizo más fácil. "Pajillero de postín, nunca tendría lo que se necesita para entrar en los Merodeadores si viviera para tener cien mil."
Entonces fulminó con la mirada a Remus, sus ojos gris oscuro como dos puntos en una tormenta. "¿Vas a decirme ahora qué estabas haciendo en un compartimento con ese mierda de Quejicus? ¿Estaba amenazándote? Si te amenazó le sacaré sus tripas babosas por sus enormes fosas nasales grasientas–"
"¿Estabas con Quejicus?" dijo Peter boquiabierto. Toda la sangre en su cara corrió a sus mejillas; siempre se sonrojaba cuando estaba aterrado.
"Estaba descansando," dijo Remus, pensando con nostalgia en el silencio de allá, "no siendo amenazado en absoluto." Aunque no estaba seguro de qué iba toda esa cosa de la poción de Acónito… seguramente si Snape fuera a envenenarlo, sería más hábil que eso, siempre había sido listo y astuto…
Era una idea embriagadora, mantener su mente humana cuando cambiara, pero no había manera de que Remus fuera a beber nada que le diera Snape, incluso si viniera con promesas de una cura completa, una olla de oro, y el rostro verdadero de la persona con la que soñaba las noches que la luna estaba oscura. Cuando la luna crecía llena, Remus sólo soñaba con correr.
"Lily me llevó allí," explicó cuando la contraída ira en la cara de Sirius no se disipó, ni la preocupación en la de James, ni el sonrojo de temor en la de Peter. "Dijo que Snape habría encontrado algún lugar tranquilo y que debería ir con ella. Creo que vosotros, pendejos, estabais disparando fuegos artificiales aquí cuando pasamos." Todavía había un fuerte hedor a azufre ardiente colgando en el aire.
"¿Por qué estaba Evans con él?" dijo James antes de que Sirius pudiera soltar más insultos y amenazas sobre la cabeza de Snape. "Quiero decir–¿por qué? Después de lo que la llamó–"
Sirius resopló. "Sí, y ante la mitad del año. Por fin chiflada, se ha quedado."
"Evans no está chiflada," dijo James acaloradamente. "Sólo está–" No parecía saber qué. "Lunático, tú estabas allí, ¿qué estaba pasando? Ella tenía la–estaba tumbada–" Estaba comenzando a sonrojarse. James era un poco mojigato.
"Mojigato," dijo Sirius, sin afectar el asunto. "¿Y qué si tenía la cabeza en su regazo? Deberías tratar de conseguirte una chica ahí a veces."
"Ella–¿qué?" chilló Peter, ahora poniéndose todo rojo. "¿Quejicus?"
Remus suspiró. "Ella estaba durmiendo, imbéciles. Parecía exhausta. Creo que ha estado enferma."
"Lunático, si vosotros dos compitierais hoy en el concurso de no-belleza, habría empate," dijo Sirius con franqueza.
"¿Evans está enferma?" Peter miraba del uno al otro con sorpresa. "¿Y está pasando el rato con Quejicus de nuevo y–durmiendo encima de él?" Comenzó a sonrojarse de nuevo.
"Eso lo resume todo," dijo Sirius indiferente, aunque este catálogo de horrores hizo que James pareciera más angustiado que antes.
"¡No tiene ningún sentido!" estalló, pareciendo que quisiera golpear el mobiliario con los puños. "Después de que la llamara– y Colagusano, ¿recuerdas lo que me dijiste, que Macdonald dijo que Evans admitió que Snape quiere ser Mortífago? Ha estado actuando todo el año como si él no existiera, por fin, y ahora de repente está– ¡Lunático, tienes que ver cuán–raro es esto!"
"Es raro cuando lo dices así," dijo Remus, cerrando los ojos y apoyando la cabeza en el respaldo.
"Gracias–"
"Pero no cuando recuerdas que han sido amigos durante una eternidad. Macdonald también dijo que él intentó disculparse y Lily no lo escucharía."
"Vale," dijo James enseguida, "¡no lo escucharía! Y justo antes de las vacaciones seguía ignorando el hecho de que él estuviera vivo siquiera–"
"Entonces ha cambiado de opinión ahora," dijo Sirius. Remus se preguntó si fue el único que oyó el hastío en la voz de Sirius. Estaba bastante seguro de que era el único que sabía cuánto resentía Sirius la obsesión de James por Lily. Peter habría chismorreado, y James habría estado dolido.
"Quizá Quejicus le hizo hacerlo," dijo Peter de repente.
Algo en su tono hizo que Remus abriera los ojos. Peter estaba manteniéndose bastante quieto, su mirada revoloteando de Remus a Sirius a James, y finalmente posándose en James. "Si quiere ser Mortífago, conocerá todo tipo de magia malvada para conseguir que la gente haga… cosas… ¿no?"
Remus abrió los ojos del todo. A su lado, Sirius se sentaba con los brazos cruzados, sin moverse. Toda la sangre estaba drenándose de la cara de James.
"Quiero decir, pensad en ello," continuó Peter, su expresión agudizándose en cierto modo. "Y es bastante bueno en pociones–bien podría maldecirla o mezclar algo, y ella tendría que hacer lo que él quisiera. Apuesto a que estaba hartándose de que ella lo ignorara, actuando como si fuera mejor que él–probablemente ha hecho algo para volver a hacerse amigo de ella. Amigos y… ya sabéis." Y volvió a sonrojarse.
Remus sintió algo repugnante haciéndose una bola en su estómago. No porque pensara que esto fuera cierto necesariamente, sino porque se percató, mirando la cara de James, de que él lo hacía–o lo haría, en unos dos segundos, a menos–
Sirius resopló. La bola de repugnancia en el estómago de Remus dejó de crecer. Pero se estremeció cuando Sirius dijo: "Apuesto a que Quejicus sabe cómo poner a pájaras bajo Imperio y pociones de amor con los ojos cerrados–es la única manera en que él y sus putos Mortífagos podrían obtener algo aparte de los culos de los demás. Pero Lunático tiene razón, si me preguntáis. Piensa en ello, Cornamenta–¿cuándo ha visto Evans jamás que Quejicus es tan mierda cómo todos saben que es?"
"¡Todo el trimestre pasado!" dijo James, puntos de color en su cara, pero si era de indignación o por el gráfico lenguaje de Sirius, Remus no lo supo. "¡Eso es lo que hemos estado diciendo!"
Sirius se encogió de hombros. "Entonces tuvo un período de Lucite."
"Lucidez," corrigió Remus automáticamente. "Lucite es un cristal acrílico."
"Siempre gracias, chulito bien leído." Le lanzó a Remus una media sonrisa, con la comisura de la boca que James no vería al otro lado del compartimento. "Lucidez, como Lunático me ha corregido oh tan amablemente. Evans la tuvo un rato. Ahora Quejicus ha hecho uno de sus actos de lame-culos de clase mundial y ella lo ha perdonado. Volverá a acosarla por todo el castillo como el arrastrado que es y ella volverá a no percatarse de que es un baboso de mierda, y todo será como era antes, con arco-iris y cachorritos y mierda."
"Si la tiene bajo una poción de amor," añadió Remus, "debe haberlo olvidado, porque cuando ella se tumbó sobre él, creo que a él le chocó más que a mí." Y yo pensé que la post-luna por fin me había vuelto loco.
"Quizá la Oblivió," dijo Peter. No parecía que su fe en la coerción de Severus se hubiera sacudido ni un poco. Y desafortunadamente, tampoco la de James.
Oh, demonios, pensó Remus con pesar. La única esperanza de atajar esto había sido que Sirius convenciera a James de que era una idea sin valor.
"Peter tiene razón, le ha hecho algo," persistió James. Remus reconoció la obstinada firmeza de su mandíbula. "Tiene que haberlo hecho. Lunático, pillo lo que estás diciendo, pero Evans se veía realmente mal y vuelve a ser amiga de Snape–esas dos cosas tienen que ver la una con la otra, sé que tienen que hacerlo." Sus ojos relucieron tras sus gafas: determinación. "Y voy a averiguar por qué."
Tanto por un trimestre pacífico, pensó Remus con un silencioso gemido de fatiga. "Vale, Cornamenta," dijo con hastío. "Haz eso. Cuando Lily te maldiga de seis maneras desde el domingo, Canuto y yo te haremos flotar hasta la enfermería para parchearte."
"Me ayudarás, Canuto," dijo James, ensanchando los ojos hacia Sirius. "Lo harás, ¿verdad? Evans es una Gryffindor–no podemos dejar que esa bola de baba grasienta le haga daño."
"Por supuesto que te ayudaré, Cornamenta," dijo Sirius, porque siempre lo haría. Si James quisiera cortarles los pies y trepar al Himalaya, Sirius accedería sin pestañear. Incluso traería el machete.
Pero Remus definitivamente oyó la nota de hastío en la voz de Canuto esa vez.
. . . . . . . . .
Parecía estar siempre lloviendo, estos días.
Puta Evans, pensó Sirius malhumorado. Ni siquiera un día entero en el nuevo trimestre y ya estaba dándole dolor de cabeza. Ella y el puto Quejicus.
Desearía tener un pitillo. Había comenzado a fumar ese verano, queriendo algo que hacer en casa de los Potter, algo para apartar su mente de las cosas. Cuando fumaba, era capaz de pensar en cosas como la varita de su padre dejando caer rizos negro-rojos de magia Oscura y su madre gritando y Regulus clavándole las uñas en el brazo y sollozando, Sirius, no te vayas, por favor, no te vayas como si fueran recuerdos manejables, nada por lo que ponerse nervioso. Sin querer romper todo a la vista podía pensar en el hecho de que las súplicas de Regulus habían sido la primera cosa que le había dicho a Sirius en cinco años que no fuera desagradable o despectiva o arrogantemente superior sobre ser el hijo favorito; lo último que podría decir jamás, ahora que Sirius había abandonado el hogar y acabado con los traidores a la sangre Potter. Sirius nunca podría, jamás, odiar a James, pero había habido veces, especialmente el pasado verano, en que veía el modo en que los padres de James lo querían, cuánto lo hacían, y habría dado cualquier cosa por no ser Sirius Black sino un segundo hijo Potter que nunca supiera realmente cuánto bueno tenía.
Cornamenta sólo sabía un poco, porque había visto el interior del mausoleo Black. Se había quedado callado al ver las cabezas flojas, marchitas, de los elfos domésticos y los rostros raídos en el tapiz que despreciaban a Sirius, el Gryffindor, a quien los susurros de traidor a la sangre seguían a través de los salones de ese mortuorio al igual que los ojos decepcionados, vigilantes, de sus padres. Aquél fue el día que Cornamenta se había girado hacia Sirius y dicho, "Canuto, sabes que te daría cualquier cosa, sabes eso, ¿verdad? Ni siquiera necesitarías decirlo. Sólo, ya sabes, aparece y–mírame a los ojos–y lo sabré."
Y Sirius lo había hecho, y los Potter habían pasado cada mañana de las vacaciones de verano sonriéndole; y para apartar la mente de Sirius de las cosas James le había mostrado cómo escabullirse de la propiedad salvaje, ondulada, de su familia, hasta el pueblo Muggle a unas leguas de distancia, donde Sirius vio a una bonita chica Muggle fumando y quiso probarlo. Cuando preguntó si podía gorronearle uno, ella le había dado el pitillo de sus propios labios, manchado de un anillo carmesí de su lápiz de labios, y encendió otro. Sirius había pensado que el modo en que lo miró a través de esos acres rizos de humo había sido la puta cosa más sexy que jamás había visto.
Así que Sirius aprendió a fumar, y todavía lo hacía a pesar de que Lunático lo odiaba y le dirigía miradas desaprobatorias y decía con sequedad que un día Sirius iba a esconder un pitillo encendido tras la oreja y prender fuego a su pelo.
Estaba bien con los ceños y sermones sobre el cáncer de pulmón de Lunático (alguna cosa Muggle que debía haber oído de su mamá doctora cada noche en la cena). Lunático podía ser una especie de empollón, pero Sirius había decidido hace mucho que era uno de los encantos de Lunático, como convertirse una vez al mes en un monstruo sediento de sangre con el poder de arrancarte los brazos y golpearte hasta la muerte con ellos. Se necesitaba un tipo especial de persona para ser tanto un monstruo sediento de sangre como un empollón. Y había veces que Remus estaba sosteniendo una varita y tenía un relucir en los ojos y Sirius sabía que Remus tenía el poder de arrancarte los brazos de un maleficio y golpearte hasta sangrar con ellos, sólo que no lo hacía, porque era Lunático y él nunca haría una cosa así. Lunático era un malvavisco dentro de un hombre-lobo dentro de un empollón. Lunático era–bueno, era especial.
Evans era una empollona bastante enorme, también, pero de un tipo diferente. A Sirius no le gustaba la empollonidad de Evans en absoluto. De hecho, si Cornamenta no hubiera tomado un enorme gusto demente por ella en un ataque de locura, Sirius la habría maldecido una vez o cinco, sólo por ser irritante y farisaica y condenadamente molesta en general. Cornamenta pensaba que era loco y estúpido que Evans y Quejicus fueran colegas; correría por la sala común y se arrancaría el corazón si lo dejabas ir; pero en lo que a Sirius concernía, ella y Quejicus estaban hechos el uno para el otro. En privado, la llamaba Sra. Quejicus. Nunca le había dicho eso siquiera a Lunático, sin embargo, porque Lunático se ponía todo ceñudo cuando desbarraban sobre Snape, a pesar de que Sirius apostaría sus pelotas a que Snape nunca haría lo mismo si oía a sus putos colegas Mortífagos hablando de asquerosos hombres-lobo híbridos y cómo todos deberían ser eliminados, abiertamente donde todos pudieran mirar y saber que estaban muertos de verdad, para siempre. Sirius sabía cómo hablaba la gente así…
Y entonces Sirius, que se suponía debía cuidar de Lunático, había ido a decirle a esa mierda babosa cómo llegar a Remus, y él había averiguado…
Había veces que Sirius pensaba que debía haber estado loco, perdido la mente absolutamente, para haber hecho eso, para haber puesto a Lunático en ese tipo de peligro. Era como si hubiera estado poseído, como si su miserable viejo hubiera trepado dentro de su cabeza y lo hubiera deformado lo suficiente para hacerlo. El mundo habría sido un lugar mejor con un Mortífago menos en su faz, siempre lo sería, pero un mundo sin Lunático en él, un mundo donde Lunático sufriera y muriera, no habría vuelto a tener nada de bueno jamás.
Pensó que se necesitaría que casi ocurriera lo peor para percatarse de eso. Había vida para ti.
Por supuesto que había puta lluvia en Hogsmeade, también. Todo el mundo parecía estar lleno de lluvia estos días, helados y miserables y oscuros. Había sentido el frío incluso en casa de los Potter, lo había sentido presionando las ventanas, contra la calidez de Cornamenta y Charlus y Dorea y Lunático. Sirius no le había dicho a Cornamenta por qué se había marchado ese verano; sólo había dicho que no podía soportarlo más, así que Cornamenta no sabía por qué el mundo estaba oscureciéndose más y más, como una noche polar. Pero Sirius lo sabía, y tenía dos cartones llenos de Pall Mall en su baúl, para las noches que tuviera problemas para dormir por los recuerdos de voces calladas enroscándose a través de los salones de su familia como humo de cigarrillos.
Ayudó a Lunático a bajar del tren, teniendo cuidado de sostenerlo sin apretarlo demasiado fuerte. Cornamenta lo intentaba, pero Cornamenta nunca lo hacía bien, y Colagusano era un torpe de primera categoría. La última vez que Sirius le había dejado ayudar, Colagusano había dejado caer un baúl sobre el pie de Lunático y roto tres huesos de su metatarso. Sirius le había dado a Colagusano un buen capón en la cabeza por eso, le había lanzado juramentos hasta que lloró. Suspiró, sólo recordando. Pobre puto Colagusano–no podía tomarse un respiro ni siquiera de sí mismo. Desde entonces Sirius había tomado la principal responsabilidad de Lunático, ya que Cornamenta y Colagusano, benditos sean, eran tan zoquetes con respecto a él.
"Aquí estás, Lunático," dijo Sirius, echándole a Remus la capucha sobre el cabello sudoroso. "Toma una bonita llovizna de aguanieve para ti–envié una lechuza por delante y la encargué especialmente para ti, ¿te gusta?"
"Fue encantador y considerado por tu parte, Canuto, pero la próxima vez preferiría bombones." Lunático se apoyó en él como si estuviera tratando de no apoyarse tanto como en verdad quería.
"¿Con relleno de frambuesa?"
"Mmm," dijo Lunático, probablemente soñando con devorar todo el alijo.
"¿Y pájaras desnudas en la caja?"
"¿Vas a volver a encantarlas allí? Conozco de hecho, Sr. Sirius Black, que no hay tienda en Hogsmeade que venda bombones rellenos de crema de frambuesa en cajas con forma de corazón con pájaras desnudas en la cubierta, embaucándose a sí mismas."
Sirius sonrió ampliamente. "Sería repetirme de todos modos."
Se echó la capucha hacia delante de modo que la llovizna fría como el carajo no le alcanzara los ojos. Unos pasos por delante, Peter arrastraba su baúl y el de Lunático a través del lodo mientras Cornamenta manejaba el suyo y el de Sirius. La mayor parte del cargamento del tren había corrido adelante para escapar del tiempo de mierda y no quedaban muchos carruajes. Algunas pájaras de segundo año estaban peleándose y chillando para meterse en uno de los pocos que quedaban.
Probablemente porque Quejicus estaba parado en el que estaba junto a ellas, apuntalando a Evans del modo que Sirius estaba haciéndolo con Lunático.
"Cojones," murmuró-suspiró Lunático, al parecer localizándolos, también. "¿James ya ha–?"
"Sí." Sirius suspiró, también. Observó a Cornamenta salir lanzado a través del lodo casi líquido hacia Evans y gimió. "Lunático, no quiero joder con esto esta noche. ¿Por qué no puede encontrar una pájara a quien le guste de verdad?"
"Creo que si pudieras responder a eso," dijo Lunático, sonando apenas divertido, "resolverías una misteriosa cuestión acerca de toda la raza humana."
"¡Evans!" Parecía que Cornamenta salpicó a Evans y Quejicus de lodo cuando patinó hasta detenerse ante ellos. "¿Cómo te sientes?"
"Como queriendo salir de la lluvia, Potter," dijo Evans, sonando cansada incluso desde la distancia de Sirius. Era la Sra. Quejicus plenamente. El odioso grasiento estaba incluso sonriendo burlón, probablemente orgulloso como el pis de su insolente mujercita. "Si me disculpas." Ella le dio la espalda.
"Puedes montar con nosotros," dijo Cornamenta, completamente Gryffindor. A veces Sirius deseaba que Cornamenta fuera Gryffindor sólo nueve décimos de las veces.
Quejicus estaba dirigiéndole a Cornamenta una mirada de confusión total, desdeñosa, como si no pudiera creer que alguien pudiera ser tan idiota. Sirius quiso pegarle un puñetazo y hundirle su enorme napia en la garganta, y no sólo porque estaba de acuerdo. ¿Por qué tenía que actuar Cornamenta como un perdedor cerca de Evans–a causa de Evans–maldita Sra. Quejicus?
"Monto con Severus, Potter," dijo Evans sin darse la vuelta. "Y me gustaría meterme en el carruaje y subir al colegio, está helando aquí afuera. Remus parece sentirse aún más del mismo modo, así que todos deberíamos ir yendo."
Ella puso la mano en la puerta para trepar al carruaje. Sirius observó mientras Quejicus la ayudaba a entrar de un modo que, de haber estado hablando de cualquier otro en el planeta, Sirius habría llamado tierno.
Toda esta noche era rara como la mierda.
Snape entró tras ella. Se inclinó afuera para cerrar la puerta–y mientras lo hacía, miró a los cuatro con una sonrisa lenta, resabiada, como una Esfinge que te había propuesto un acertijo que sabía no podrías resolver, y sólo estaba esperando el día que conseguiría devorarte.
Entonces cerró de un portazo en sus caras, y el Carruaje de Boda de los Quejicus salió aplastando el lodo.
Se quedaron allí parados, los cuatro, los grandes Merodeadores con la llovizna de aguanieve meando en sus cabezas cubiertas y lodo congelado empapándoles las túnicas. Cornamenta se quedó mirando fijamente el carruaje. Luego se dio la vuelta, claramente buscando en el camino a su mejor colega traidor, pero Sirius se había mantenido apartado de la escena del desastre, los brazos alrededor de Lunático para sostenerlo.
"¡Se suponía que debías ayudarme!" dijo Cornamenta, sonando medio frustrado, medio suplicante.
"Eché un vistazo a la situación y deduje que no necesitabas mi ayuda para quedar como un tonto del culo." Con una punzada de su varita Sirius abrió de golpe la puerta del último carruaje y empujó a Lunático dentro. Pero trató de sonar comprensivo, no tan frío y un ciento cincuenta por cien insolidario como se sentía. "Vamos, Cornamenta, escogiste un momento de mierda. Lo siento, colega," dijo, y lo dijo en serio, porque por la bizarra razón que fuera, Cornamenta se disgustaba de verdad cuando Evans lo desairaba como siempre hacía. "Pero es verdad. Tendrás muchas más oportunidades de joder las cosas mañana." Dio una palmada a Cornamenta entre los omoplatos, pero la expresión de Cornamenta no se disipó. Puta Sra. Quejicus.
"Incluso en el banquete, quizá," ofreció Colagusano, todo ánimo. "Er, eso es… quiero decir, tendrá que sentarse a la mesa Gryffindor, y Quejicus estará en la Slytherin, Cornamenta, ya sabes."
"Qué estupendamente lo pasaremos todos entonces," dijo Sirius, enviando todos sus baúles para que se amarraran por sí mismos en el techo.
Cornamenta resopló y no pareció aplacado, pero ése era el modo en que siempre actuaba con respecto a la Sra. Quejicus. No, en realidad estaba empeorando cuanto mayor se hacía.
Sirius trepó al raído asiento junto a Lunático, que estaba desplomado contra los cojines, temblando. Sirius transfiguró un viejo cordón de bota que alguien había dejado caer al suelo en una esponjosa bufanda roja y la envolvió alrededor del enfermizo viejo Lunático, metiendo los extremos por el frente de su abrigo. Remus abrió los ojos una rendija y le sonrió, sólo un poquito, pero fue suficiente.
. . . . . . . . .
Severus saboreó la mirada en la cara de Potter mientras el carruaje se alejaba dando tumbos. Sabía que estaría saboreándola por largo tiempo, un tiempo muy largo por venir… una vez Lily regresara a la órbita de los Merodeadores y se convirtiera en suya de nuevo, la floja confusión y furia desesperada de Potter eran algunas de las únicas cosas que Severus tendría para sí. Lily maldeciría la cabeza de Severus del revés si supiera cómo pensaba de ella como perteneciente a esos mierdas, pero todos se pertenecían entre sí, en ese grupo.
Severus se había vuelto eficiente en decir quién pertenecía y quién estaba sólo al margen, mirando dentro.
No se le ocurrió de inmediato por qué ella actuaría hacia Potter como lo había hecho en el vagón del tren y afuera en el camino. Quizá estaba tratando de reconstruir el desdén que recordaba sentir por él en esta etapa de sus vidas… o quizá tenía que ver con el hecho de que realmente estaba lidiando con el precursor de dieciséis años de su marido. Eso tenía que ser–incómodo. Hace dos semanas había estado casada con el hombre en que se convertiría ese intimidador arrogante; nominalmente casada, sospechaba Severus, con los cuatro pequeños sodomitas arrogantes. Toma uno y los tomas todos–siempre había parecido ser de ese modo, según su comprensión.
Lo que habría hecho la traición de Pettigrew mucho más desgarradora…
Bajó la mirada hacia ella, donde yacía a medias sobre su pecho. En cuanto había cerrado la puerta y se había sentado contra los cojines, ella le había envuelto los brazos alrededor de la cintura y se había refugiado en su pecho. "Ponme los brazos alrededor, ¿vale?" murmuró, y él lo había hecho, preguntándose si odiaba esto o lo adoraba. No, definitivamente era odio; lo más probable, ella sólo estaba buscando alivio por menospreciar a su marido y tener que mirar a su traidor a la cara.
Ella confirmó su teoría unos segundos después. "Dios, eso fue horrible," murmuró. Estaba hablando a través de dientes apretados. Al principio él pensó que era por ira o desdicha, pero luego se percató de que estaba apretándolos para evitar que castañetearan; estaba temblado por entero, en pulsos diminutos.
Él comenzó a alarmarse seriamente; dentro del carruaje hacía frío, pero no hasta un grado paralizante, y Lily siempre había sido más calurosa que él. Le frotó la espalda con una mano, la otra cruzando su hombro, preguntándose si eso ayudaría. Pareció hacerla relajarse, y sí, reducir los escalofríos a ocasionales… pero cuando le tocó la nuca con los dedos, sintió que estaba caliente. Aun así sus dientes seguían tiritando, y se estremecía contra él, e hizo un ruidito leve, de queja, cuando la fricción calentadora de su mano cesó.
Su esperanza se hundió y su terror emergió. Su frío no provenía de una fuente externa; era interno.
Eso significaba una maldición.
Y las maldiciones Luminosas no se manifestaban de este modo.
"Todo irá bien," dijo él en voz baja, mirando fijamente por la ventanilla sin captar mucho. Tan oscuro como estaba el camino de Hogsmeade a Hogwarts, todo lo que podía ver eran destellos de oscuridad donde las linternas balanceándose de los rieles del carruaje relucían sobre un árbol.
"Lo sé…" murmuró ella, sonando medio dormida. "Sólo estoy cansada… pero estás aquí… te quedarás… será…"
Y entonces pareció volver a deslizarse. Su respiración no era regular mientras soplaba sobre su clavícula, y era superficial, pero tampoco parecía estar despierta.
Él frunció el ceño en la oscuridad. Se alegraba de haber enviado una nota por anticipado a Madame Pomfrey, deteniendo a una chica de tercer año para usar su lechuza; pero era consciente de que su propio conocimiento de maldiciones Oscuras y sus curas era más extenso que el de cualquier otro en Hogwarts en este momento. Excepto quizá el de Dumbledore, pero incluso entonces, Severus pensaba que podría tener el filo. El Director tenía una poderosa comprensión del modo en que la magia funcionaba, un entendimiento que iba mucho más allá del de Severus, pero cuando se trataba de un catálogo específico de hechizos, maldiciones y curas Oscuros, Severus pensaba que el suyo era mayor.
Pero esa asunción había estado basada en el disgusto de Dumbledore por la práctica de las Artes Oscuras, y pensando en Contrapasso, Severus ya no estaba tan seguro…
El problema era que mientras Severus tenía confianza en que podría curar a Lily con un diagnóstico adecuado, no tenía idea de con qué había sido maldecida. Para eso, lo más probable era que Dumbledore fuera el mejor brujo. Incluso si no había estudiado las Artes Oscuras del modo que Severus lo había hecho, con fervorosa devoción en su juventud y respeto en sus años posteriores, Dumbledore había visto más; había vivido mucho más tiempo. Y la principal preocupación de Severus siempre había sido cómo infligir maleficios Oscuros y cómo revertir cualquier cosa negativa que le ocurriera a él o a sus camaradas más cercanos. En las etapas tempranas, muchas maldiciones parecían similares. Necesitaría esperar a que los síntomas particulares de Lily se manifestaran antes de poder saber lo que estaba sufriendo…
Con las Artes Oscuras, para el momento que la maldición se mostraba en su verdadera forma, siempre era demasiado tarde.
Cuanto más pensaba en ello, más parecía que podría tener que llevar a Lily a Dumbledore. Mientras esto no era remotamente lo que deseaba hacer, su seguridad y bienestar eran primordiales. Él y el Director podían haber sido enemigos nominales en este momento–Severus como parte de esos un día supremacistas genocidas, Dumbledore el ensombrecido general de la Luz–pero Dumbledore era más que suficientemente agudo para notar cambios drásticos en el comportamiento de Severus. Dumbledore no sólo tenía las artes mentales; era inteligente y astuto, y tenía a Severus bajo su ojo vigilante diez meses al año. Si Lupin estaba dirigiéndole miradas extrañas, incluso… y la cara de Black cuando Severus les había sonreído, antes de cerrar de golpe la puerta del carruaje…
Al parecer Severus no podía resistir la tentación de alardear. Tenía que admitir que incluso de haber sido capaz de replicar el comportamiento de su yo de diecisiete años, no lo habría hecho. Odiaba a los adolescentes. Su yo adolescente no estaba exento de su disgusto ni de lejos; no quería retroceder a actuar de ese modo.
El carruaje se tambaleó a una suave parada. Más allá de sus finas paredes oyó portazos, el tamborileo de la lluvia cayendo, los chillidos de los estudiantes enloquecidos, y lo que sonaba a Peeves causando estragos. Severus se consoló con el recordatorio de que al menos ahora ya no tendría que meter en vereda a los pequeños bastardos y hacer que se comportaran, una tarea tan miserable que ni siquiera el placer de aterrorizarlos podía hacerla atractiva.
Lily intentó ayudar mientras él maniobraba para bajarla del carruaje, pero se deslizó en los escalones resbaladizos y sólo el hecho de que él había estado parado al alcance del brazo evitó que se estrellara de cabeza en el suelo. Se dejó caer como un saco en sus brazos.
Al infierno sus baúles. La levantó en brazos y la subió por los escalones frontales.
Esto no fue tan simple como sonaba: estudiantes sobre-excitados se confundían, alentados por la locura de Peeves, y los escalones eran traicioneros con parches de hielo y charcos de agua y parches de hielo mojados. Al menos a los diecisiete Severus por fin era más alto que la mayoría de las balas de cañón hiperactivas.
"Sev, ¿qué estás haciendo?" preguntó Lily débilmente, pero su cabeza cayó contra el pecho de él.
"No rompas mi concentración," dijo él cortante, navegando alrededor de un grupo de chicos de cuarto año retozones, "o nos romperemos el cuello. ¡Cuidado, cretinos!" ladró a los muchachos, que se dieron la vuelta al sonido de su voz y chocaron entre sí tratando de dispersarse.
Una corriente de lluvia helada se derramó sobre sus calcetines, fluyendo por un viejo camino tallado en los escalones desde donde se vertía del caño de una gárgola. Definitivamente pudo oír a Peeves–volando bajo en la multitud y tirando de los cordones de los zapatos de la gente, parecía.
"¡Stebbins!" ladró una voz muy, muy familiar desde la cima de las escaleras. "¡Si no deja de hacer eso, lo pondré en detención durante el primer mes del trimestre! Adelante, Señorita Davies, sólo es un poco de agua, no se derretirá–¡PEEVES! ¡Veo eso! (La respuesta de Peeves se perdió en el caos, pero Severus apostaría a que fue casi tan grosera como su discurso a los Merodeadores.)
Severus apartó de su camino a un minúsculo niño de primer año fulminándolo con la mirada para ganar la cima de las escaleras. Minerva se giró, probablemente sólo por coincidencia, y pareció sobresaltarse al ver a Severus a sólo un brazo de distancia de ella. "Sr. Snape, ¿qué está–ésa es la Señorita Evans?"
"Envié una lechuza a Madame Pomfrey," dijo Severus cortante. "¿La recibió?"
Minerva lo miró fijamente, pero su tono no mostró nada fuera de lo ordinario: "Siendo que no soy Madame Pomfrey, Sr. Snape, tendrá que encontrar a la mujer que lo es." Señaló a través de las puertas tras de sí. "Suba a la Señorita Evans a la enfermería–si veo a Madame Pomfrey, le diré dónde han ido."
"Gracias," dijo Severus, aunque salió tan cortante como antes; y entonces, sintiéndose inequívocamente bizarro: "Profesora." Entonces se marchó escamado antes de poder hacer nada más incriminatorio; Minerva llevaba una expresión en verdad extraña en el rostro cuando se marchó.
Maldición, ¿cómo había actuado hacia ella en sexto año? ¿Le habría dado las gracias? No podía recordarlo, pero parecía que no… ella podría haber vuelto a coserle las entrañas expulsadas dentro del vientre y él sólo la habría despreciado… era Jefa de Gryffindor, después de todo, y él había odiado Transfiguración; y por supuesto, estaba toda esa basura de Mortífago en ciernes…
Todo esto era demasiado complicado.
Rodeó el Gran Comedor, sus puertas abiertas, calor y cacofonía y luz derramándose afuera, y subió la escalera principal por la bóveda de escaleras, que se movían por encima de su cabeza con el lento raspar de la piedra. De no haber sido Lily un peso medio muerto en sus brazos, se habría detenido; mirado a cada una de las ventanas todavía enteras, escuchado el susurro de un millar de conversaciones pintadas; incluso los ásperos chillidos de niños excitados, porque todo era parte del Hogwarts que recordaba y nunca había sido capaz de crear después de la noche que Albus desapareció. Los Mortífagos habían caminado por los pasillos de Hogwarts, y el Señor Tenebroso había caminado a través del corazón de Severus, rompiendo todo lo que tocaba.
"Felicidades," susurró Lily.
Por un loco segundo pensó que estaba felicitándolo por volver a encontrar aquel Hogwarts, pero por supuesto eso era estúpido. Bajó la mirada a su rostro, que se había vuelto hacia él. Ella sonrió. Su piel se veía traslúcida.
"Por recordar llamarla 'Profesora,'" dijo ella, todavía susurrando. Su mano yacía sobre el corazón de él. Se preguntó si estaba latiendo en absoluto. "No 'Minerva.'"
"Llevará algo de adaptación todavía," dijo Severus, y comenzó el lento trepar con ella hacia la enfermería.
