Capítulo 16

Severus observó a Black llevarse a rastras a Lupin con los ojos cerrados, Potter y la rata detrás. Se dirigían a Pomfrey, sin duda, pero ella no sería capaz de sanar la reacción a una maldición Oscura. La magia Oscura exigía conocimiento para emplearla en cualquier sentido, bien si estabas curando o maldiciendo.

La maldición abortada probablemente había sido obra de Mulciber. Severus no estaba seguro de a cuál de ellos había estado intentando alcanzar Mulciber, aunque si el Protego de Severus hubiera sido demasiado lento o se hubiera destrozado, habrían estado tanto él como Lupin yaciendo víctimas en el suelo del aula de Defensa.

Magia Oscura bajo las narices de un profesor–sí, eso parecía propio de Mulciber. Siempre había sido temerario para un Slytherin, aprovechado la ocasión cuando tenía una posibilidad razonable de salirse con la suya. Y Severus recordaba vagamente a este profesor como un desperdicio bastante despreciable de defensor de las Artes Oscuras. ¿No había insistido Lucius en su contratación–una de sus primeras acciones en el Consejo de Gobierno? Una pequeña broma para divertir a los padres tradicionalistas que hacían la vista gorda a las actividades recreativas más peligrosas de sus hijos. Todas las marcas furiosas en los expedientes de sus preciosos herederos habían enfurecido a un montón de familias que una vez habían aprobado al Señor Tenebroso…

Severus se aseguró de que su varita estuviera en su mano, aunque la mantuvo oculta en su mayor parte entre los pliegues de la túnica. ¿Debería ir a buscar a Mulciber, o no debería? No; sólo podía ser un Gryffindor respecto a esto cuando fuera oportuno. Perseguir a Mulciber de arrebato sería temerario; estarían esperando eso, él y Avery y Rosier, probablemente con Wilkes, también, y quizá incluso Haddock, que siempre intentaba apuntarse…

Se dirigió en dirección opuesta al Gran Comedor o las mazmorras Slytherin, colándose por un pasadizo oculto que sólo había descubierto como profesor. La enfermería; allí era donde necesitaba estar. Quizá el supresor que le había dado a Lily habría hecho efecto a estas alturas, engañando a Pomfrey en que pensara que se había recuperado de algún modo–

Oyó el tamborileo de pies en el corredor más ancho por delante un segundo antes que la voz de Lily, elevada a furiosa desesperación: "¡No, Potter! ¡Por última vez, déjame en paz!"

"Evans, ¿puedes parar?" Potter sonaba no menos desesperado. "¡Deja de correr por las escaleras! Te harás daño–"

"¡Dejaré de correr cuando dejes de seguirme!"

Severus patinó hasta detenerse justo antes de agacharse en el corredor; no iba a mostrarle a Potter y a cualquier esbirro que había estado corriendo hacia ellos. Salió de repente a la bóveda de escaleras, aliviado de encontrar que sólo estaba un piso por debajo de Lily, incluso si era en una escalera separada.

"¡Sev!" gritó ella, inclinándose sobre la balaustrada al verlo. Su rostro, unos dos metros por encima, chispeó de alivio.

Entonces su corazón se desvaneció de su pecho cuando ella echó las piernas por encima y saltó sobre la barandilla

Se lanzó adelante para atraparla–vio a Potter revolviéndose tras ella para hacer lo mismo, pero ella ya estaba cayendo en picado hacia la escalera de debajo–y golpeó en brazos de Severus con un gruñido, haciéndolos tambalearse hacia atrás contra la balaustrada opuesta. Él casi resbaló, lo que los habría hecho rodar escaleras abajo, quizá incluso al vacío; pero se apoyó contra la barandilla y bloqueó las rodillas y se quedaron quietos.

"Joder, ¿estás loca?" jadeó él. Quería empujarla y sacudirla, pero sus brazos parecían haberse aferrado alrededor de los hombros de ella.

Ella estaba sonriendo abiertamente. Su piel estaba demasiado pálida, con aspecto fino y quebradizo como el papel; los ojos demasiado grandes con sombras; pero su corazón, que había regresado a él para martillear de pánico, dio un vuelco; era tan hermosa. "Me dices cosas tan románticas," dijo ella. Apretó la mano en el frente de su túnica; él sintió sus dedos deslizándose a través del cabello de su nuca, y con una sensación de absoluta desconexión comprendió lo que ella estaba punto de hacer–no podía moverse–

Algo se estrelló en la escalera por encima de ellos; tanto la cabeza de Severus como la de Lily se giraron, aunque Severus apenas podía pensar; apenas pudo registrar que Potter había saltado a la escalera sobre ellos y estaba levantándose, haciendo muecas, viéndose blanco y lívido y casi aterrado.

"Snape," profirió, "vas a decirme ahora mismo lo que le has hecho–ahora mismo–"

"Creo que acabo de salvarla de romperse el cuello," dijo Severus. Pero su voz sonó desquiciada, y no podía abrir los brazos y levantarse y mirarlo con desprecio de la manera que quería. Apenas podía pensar porque la maldición casi había hecho a Lily besarlo y no podía recordar la última vez que se había sentido tan patético.

"Estaba intentando huir de ti, Potter," dijo Lily furiosa. "¡Eres quien me ha hecho algo, si acaso, volviéndome absolutamente loca! ¡Vete!"

"¡Pero tú lo odias!" gritó Potter, como si fuera quien se volvía loco. "¿Recuerdas lo que te llamó? ¿Cómo puedes hablarle siquiera, menos aún actuar como–como–?"

"No sabes nada sobre mí y Severus," dijo Lily fieramente. "¡Nunca lo supiste! ¡Sólo déjanos en paz!"

Agarró a Severus, que todavía se sentía asaltado, y se lo llevó a rastras. Él vio a Pettigrew mirándolos boquiabierto sobre la escalera de encima, y a Potter parado inmóvil donde había saltado. Potter extendió la mano, como si quisiera alcanzarla; incluso dio un paso adelante; pero al final se paró, mirándolos con una expresión de perplejidad y… dolor. Verla hizo a Severus sentir que su corazón estaba siendo trinchado, porque la única razón por la que esa emoción estaba en el rostro de Potter y no en el suyo era una puta maldición de magia Oscura.

Sentía la palma de Lily como si estuviera grabándose a fuego a través de su ropa.

La dejó arrastrarlo por los pasillos, a través de un pasadizo y arriba por una escalera trasera hasta una alta aula vacía en la misma torre que Adivinación, donde alguien se había divertido amontonando los escritorios en formaciones artísticas postmodernas. La habitación olía a descuido y moho, y la luz polvorienta de las pequeñas ventanas de arriba era débil, anémica.

"Aquí." Ella cerró la puerta de una patada y la aseguró con un hechizo. No lo había soltado ni una vez; de hecho, mientras habían caminado, su mano se había deslizado en la de él, entrelazando los dedos con los suyos.

"No puedo garantizar que no nos encuentren," dijo ella. "Tienen este mapa, te muestra dónde están todos–"

Su agarre se apretó con crueldad en la mano de ella ante esta desagradable revelación. "Eso es lo que era," gruñó él, pensando de repente en su hijo y su pedazo de pergamino sobrante. A menudo se había preguntado cómo eran capaces esos bastardos de acercarse a él con sigilo tan eficazmente, sin importar adónde fuera.

"No dejaré que te hagan daño," dijo ella. Su determinación era casi simplista, y lo miró fijamente a la cara con promesa igualmente pura. Seguía tomándole la mano. Y era una maldición; todo procedía de una maldición.

"Hablado como una verdadera Gryffindor," fue todo lo que él fue capaz de decir. Era alucinante cómo su voz podía sonar casi normal cuando su corazón estaba haciéndose astillas.

Ella sonrió, tan sinceramente cálida y levemente feliz. "Tú tampoco dejarías que nadie me hiciera daño," dijo ella con simple verdad. "¿Qué hace eso de ti?"

Tan enamorado de ti, que me rompe el corazón. "Otro tonto."

Ella rio.

Él intentó retirar la mano, pero ella no cedió, sólo le sonrió. Era como un cuchillo bajo su piel, pelándola de sus músculos. "Necesito mi mano," dijo él con voz ronca.

"No lo creo," dijo ella, poniéndola contra su estómago. "Pienso que me será mucho más útil a mí."

Merlín, ¿su voz estaba temblando? "Pensar nunca es el punto fuerte de un Gryffindor. No te sugiero que lo intentes."

"Vale," dijo ella, "tú ganas." Lo soltó, pero antes de que pudiera apartarse, ella envolvió ambos brazos alrededor de su izquierdo. Él tironeó, pero ella sólo sonrió ampliamente.

"No puedes escapar de mí," dijo ella, y le hociqueó la mejilla. Oh Cristo, si no la libraba de esta maldición, iba a saltar de la Torre de Astronomía y matarse.

"Eres más tenaz que una Vaina de Snargaluff." Usó la excusa de escarbar en su mochila para desalojarla por un momento, y entonces se secuestró detrás de uno de los escritorios, poniendo su mochila firmemente entre ellos y ocultando las manos dentro, porque estaban temblando.

Pero su alivio fue de corta vida: ella empujó una silla junto a la suya y se sentó tan cerca que su rodilla frotó la suya, y entonces se envolvió en su brazo izquierdo, apoyando la cabeza en su hombro.

"¿Qué estás haciendo?" dijo él confuso.

Ella movió la cabeza de modo que pudiera levantar la mirada hacia él. "¿No te gusta?"

Desearía haber permanecido muerto. "Me parece innecesario."

"Sólo me gusta tocarte," dijo ella, con un pequeño suspiro, y volvió a acurrucarse en su brazo. "Me hace sentirme… en paz. Caliente."

Una gota de hielo se deslizó por su corazón. Rebuscó en su mochila y arrancó el libro encuadernado en madera, pasando las páginas bruscamente hasta que encontró la sección de Hechizos del Corazón, sin importarle estar zarandeándola; pero aun así ella no lo soltó y se recostó.

Él no había finalizado el hechizo Illuminati; las palabras todavía resplandecían en negro y oro sobre la página. Sus ojos se lanzaron a los parches de luz y oscuridad, buscando–y allí, lo encontró.

El Hechizo Vinculante.

"¿Sev?" preguntó Lily, con una voz tan suave e íntima como si fueran las únicas dos personas en todo el castillo. Su corazón dio un vuelco.

Él empujó el libro en sus manos. "Lee eso," raspó, señalando el párrafo con un dedo tembloroso.

Se apartó de ella y se paseó hasta el otro extremo de la habitación, esperando que lo dejara, al menos mientras leía–y aun así el frío contra su costado ahora vacío donde ella se había apretado parecía hundirse en su carne, hasta los huesos. No podía dejarla hacer lo que quisiera, lo que el hechizo le haría hacer–cuando regresara a su yo normal, lo despreciaría; habría sido violada–

Su alma había sido violada por este hechizo.

"'El Hechizo Vinculante se utiliza para vincular el corazón de una persona a otra.'" Lily leía como si estuvieran en clase y el maestro le hubiera pedido que recitara en voz alta del libro. "'Es profundamente antinatural, porque establece un vínculo parásito de un solo sentido que nunca puede saciarse. También conocido como la Maldición de los No Correspondidos, vincula el corazón de la víctima al cuerpo físico del objeto. Si no se rompe, el Hechizo Vinculante envenenará a la víctima con su anhelo. La víctima ansiará más el contacto de su amado con cada día que pase, hasta que su vida se drene de ella, y muera la muerte de la pasión no correspondida."

Ella guardó silencio. Él se alegraba de estar dándole la espalda, de modo que no pudiera verle el rostro–de modo que ella no pudiera ver el suyo.

"Entonces… ¿qué?" preguntó ella con curiosidad.

Él parpadeó. Por un momento no se movió. Entonces se dio la vuelta hacia ella, incrédulo. "Entonces, ¿qué?" repitió. "¿A qué crees que suena eso?"

"A una maldición bastante horrible. ¿Quieres poner a alguien bajo ella?" preguntó ella, alzando las cejas. Era antinatural; ni siquiera debería estar bromeando sobre eso. El hechizo estaba pervirtiendo todas sus reacciones, sus pensamientos. Por eso estaba huyendo de Potter y siendo mala con él, del modo que no estaba retrocediendo de horror por la idea de que él pusiera bajo una maldición Oscura a alguien a quien mataría.

Él avanzó y le arrebató el libro de las manos. "'Síntomas,'" ladró. "'Sensación de frío antinatural, salvo en presencia del objeto. Una necesidad incrementada de contacto, pero sólo del objeto; todas las demás personas, especialmente aquéllas del mismo sexo que el objeto, se volverán odiosas a ojos de la víctima'–¿a quién crees que suena esto? ¡Eres tú! Alguien te puso bajo esa maldición–¡boba!"

Lily parecía completamente despreocupada. "Puedo ver por qué dirías eso, pero no me suena a mí en absoluto. Me gusta estar contigo porque eres tú. Además, me curaste esta mañana."

Su agarre del libro era tan convulso, que pensó que podría partirlo por la mitad. "No te curé, te di un supresor. La maldición sigue en ti–de hecho, necesitas tomar otra dosis de supresor antes de una hora." Se arrancó a buscar en su mochila y encontró el otro vial de líquido azul opalescente, que empujó hacia ella. "Toma," soltó.

Lily sólo lo miró fijamente, como sólo levemente interesada. "No estoy bajo ninguna maldición vinculante, Severus," dijo con calma. "Puede que esté bajo una maldición, pero no ésa."

Él ignoró esto, porque era todo lo que podía hacer. "La romperé esta noche."

Ella sacudió la cabeza. "No la romperás si no sabes lo que es realmente."

"Sé lo que es," rechinó él, "pero no tiene importancia porque todas las curas de esta magnitud son las mismas."

"Severus." Ella puso los dedos sobre su mano, que seguía agarrando el vial de supresor. Su tacto fue cálido y ligero al principio, pero entonces agarró su mano con fuerza, con mucha más fuerza de la que debería tener. Él la miró a la cara, y vio, bajo la calma engendrada por su poción, una oscuridad esperando, el indicio de algo casi avaricioso. Porque, como el libro había dicho, esta maldición forjaba deseos antinaturales del corazón natural de su víctima, y nada era suficiente jamás.

"No es una maldición," dijo ella en voz baja. "Lo sé, porque yo te a–"

NO

La palabra abrasó su mente como si estuviera siendo grabada en él con metal fundido.

"No." La empujó, impotente, casi ciego. "No–no puedes–nunca–decir eso–"

"Pero–"

"NO." Se apartó de ella, pero ella lo siguió, sus dedos trazando las costuras de su túnica. Él apenas podía respirar. "Cuando termine," dijo él, en pánico, "dímelo cuando termine–di cualquier cosa que quieras una vez te haya curado, una vez haya roto la maldición, y escucharé–pero ahora mismo no puedes–"

"Vale," murmuró ella. "Vale." Su mano robó hacia su rostro, las yemas de los dedos enroscándose en su mejilla. Le acarició la piel, y sus uñas mordieron. No rompieron la piel; todavía no.

"Bebe esto," dijo él, entumecido hasta los huesos, apretando el vial en la mano trazando su mandíbula. "Estás sintiendo frío, ¿no? Esto te calentará."

"O tú podrías," dijo ella suavemente.

Él quería vomitar. "No me hagas ponerte bajo Imperius."

Ella sólo rio. Pero tomó el vial y lo bebió. "Para complacerte," dijo. Él giró la cara cuando ella se inclinó, y sus labios rozaron su mandíbula.

Esta noche no podía llegar lo suficientemente pronto.

. . . . . . . . .

Lily estaba temblando. Intentaba no hacerlo, porque disgustaba a Sev, pero sólo sentía tanto frío.

"Estamos casi allí," dijo él tenso, su agarre aplastándole la mano. Ella sonrió en la oscuridad.

"Estoy bien siempre que tú estés aquí," dijo ella. Todo el cuerpo de él pareció sacudirse, como unido a un alambre; giró la cara, de modo que no podía ver nada salvo la pálida curva de su mandíbula y su cabello cayendo sobre el lado de su rostro. Ella frunció el ceño. Cada vez que decía algo así, él actuaba como si estuviera hiriéndolo. Y había estado nervioso todo el día, apartándose de ella cuando no debería haberlo hecho. ¿No le gustaba tocarla?

"Aquí," dijo él de repente, deteniéndose. Lily se detuvo, también, su capa aferrada en torno la garganta, y miró alrededor. A pesar de ser sólo la hora de la cena, el sol se ponía tan temprano y el bosque crecía tan tupido de árboles que no podía ver mucho fuera del tinte del Lumos.

"Tendremos que hacer esto a la luz de la luna," dijo Severus. La llevó hacia delante, fuera de la sombra nocturna de los árboles, y descubrió que estaban caminando a través de un amplio claro rozado por el resplandor plateado de la luna. Colgaba menguando en el cielo, en medio de una red de estrellas brillantes como diamantes.

"Eso es encantador," dijo ella, sus palabras empañándose en la noche. Quería disfrutar de estar en medio de una belleza como ésta, Severus a su lado, pero sólo seguía temblando, y él estaba un minuto distante, al siguiente agitado, como si estuviera herido, y no le dijera por qué.

"Aquí," dijo él, su voz igualmente callada, cuando llegó a detenerse en el centro del claro helado. "Aquí es donde te quedarás."

"¿Qué hay de ti?"

"Yo debo hacer el hechizo." Estrechó el agarre en su mano por un momento, y luego comenzó a retirarse.

Ella se puso de puntillas para besarle la mejilla. "Termina pronto."

Él arrancó la mano de la suya y retrocedió, su rostro vuelto. Ella se quedó en pie, temblores de frío latiendo través de ella, envolviendo la capa a su alrededor tan estrechamente como podía.

"Regresaré en un momento," dijo él escuetamente por encima del hombro, y se desvaneció en el monte bajo. Ella oyó crujidos y rumores, a veces distantes, mientras estaba parada sintiendo más y más frío sin él, como si su alma estuviera convirtiéndose en hielo. Entonces regresó, arrastrando un pesado caldero de hierro fundido.

"¿Sev?" preguntó ella, su voz estremeciéndose. Necesitaba ir con él.

"Necesito silencio para concentrarme," dijo él sin mirarla. "Quédate ahí." Su voz fue como el chasquido de un látigo; no podía desobedecerla. No tenía elección sino apretar los brazos a su alrededor y esperar.

Él se descolgó el morral del hombro y lo abrió, yendo a arrodillarse junto al caldero. Ella observó mientras sacaba sobres y bolsitas uno tras otro, esparciéndolos sobre la hierba congelada a su alrededor. No podía decir si estaban etiquetados a la parcheada luz de luna, pero Severus ni siquiera les echó un vistazo. Miraba el caldero mientras desataba la primera bolsa y echaba unos pellizcos de su contenido dentro; y la segunda, la tercera y la cuarta. Con su varita vertió un chorro de agua dentro con un suave movimiento, mientras deslizaba en la mano izquierda una varilla de agitar de su bolso, la deslizaba en el caldero y comenzaba a remover. Añadió más ingredientes, mientras miraba el caldero todo el tiempo, los labios moviéndose ligeramente mientras agitaba; y entonces una neblina comenzó a surgir a su alrededor cuando la poción empezó a echar vapor. Ella olió algo acre, algo que le hizo cosquillas en el fondo de la garganta de un modo que le provocó leves arcadas, pero Severus ni siquiera se inmutó.

Él se puso en pie junto al caldero, pero todavía no la miró. Con una de las bolsas en la mano, dio la espalda al caldero humeante y comenzó a alejarse de él–no, en un círculo; en un círculo alrededor de ella, echando polvo blanco, arenoso, de la bolsa. Ella se giró a mirarlo todo el camino alrededor; el radio era de al menos tres metros.

Se percató de que estaba descalzo. La visión acuchilló un escalofrío empático en su estómago.

Él había cerrado el círculo en el caldero. Abrió la boca para llamarlo, en el mismo momento que él arrojó el resto del polvo blanco dentro del caldero. Ella jadeó, sintiendo la garganta constreñirse, cuando una nube de humo blanco de olor pútrido burbujeó en el aire, casi ocultándolo de su vista. Se apretó la mano contra la boca, tratando de bloquear ese hedor, pero parecía haberse arrastrado dentro de su nariz y boca, por su garganta–

Él todavía no la miró.

El caldero estaba en sus manos. En dirección opuesta comenzó a caminar alrededor del círculo, derramando la poción en una corriente constante sobre el polvo blanco a medida que pasaba. El mal olor surgió alrededor de ella, casi ahogándola; atrajo la capa sobre su boca para poder respirar, pero estaba metiéndose por todas partes. Tuvo una arcada, vomitando algo negro y viscoso, algo que olía aún peor que el humo surgiendo de la hierba. Sintió hielo astillándose por sus venas; cayó sobre sus manos y rodillas, con arcadas, sintiendo como si algo estuviera arrastrándose fuera de su corazón, en su garganta, tratando de abrirse camino por su boca–

"Lily."

Al otro lado del humo vacilante, a través de la niebla de magia, vio a Severus mirándola. Sintió como si algo dentro de él se hubiera conectado a su alma.

Él sacó algo largo y oscuro de la manga de su túnica.

Un cuchillo.

Extendió el brazo, a través del círculo, presionó la hoja contra su muñeca, y cortó.

Su sangre se veía negra a la luz de la luna. Brotó por su muñeca y comenzó a gotear hacia abajo, manchando el humo con siseos. Lily jadeó, vomitando. El olor cambió de pútrido a dulce empalagoso; sentía las rodillas débiles, y un calor leve, lento, comenzó a florecer bajo su piel. No podía apartar la mirada del brazo de Severus, chorreando una fina línea de sangre–

Él giró la muñeca a un lado y cortó más profundo. Ella se percató de que había comenzado a llorar.

Por tercera vez él caminó alrededor del círculo, de nuevo en la dirección que lo había hecho la primera vez, su brazo izquierdo goteando sangre a medida que pasaba. Lo oyó hablando, pero no podía distinguir las palabras–sólo podía oír el bajo rasgueo de su voz, enroscándose en su piel, tejiéndose profundamente en su psique. El oscuro bosque a su alrededor parecía estar agrisándose, como si el humo estuviera oscureciéndolo todo, incluso a Severus–podía sentir el frío del aire sobre su piel, el frío debajo; podía oler la poción y el polvo blanco y la tierra helada teñida de su sangre; y el calor surgiendo a través de ella, como el sol sobre el horizonte por la mañana cuando doraba la vista–estaba inundándola, volviendo todo lo que una vez fue oscuro y ahora gris en dorado, tan brillante y deslumbrante que gritó–

Golpeó el suelo con un golpe sordo discorde. Parpadeó, sacudiendo la cabeza, y levantó la mirada a la luna. El cielo estaba brillante de estrellas, y cuando exhaló pudo ver su aliento echando vapor en el aire, pero ya no estaba temblando. Cuando inhaló, no olió nada más que hielo y hierba y tierra. Con una mano temblorosa se tocó los labios, pero estaban secos y limpios, no cubiertos de algo asqueroso que había salido de lo más profundo de ella.

Comprobó sus brazos y piernas y pies. Todo parecía estar funcionando. Haciendo una mueca, se incorporó sentada. Sus ojos se lanzaron a través del claro, buscando a–

Severus había caído de rodillas al otro lado del círculo; todavía podía verlo humeando levemente, bajo en el suelo. Estaba apoyado en el cuchillo, como si fuera la única cosa apuntalándolo, su joven rostro grabado de agotamiento, su cabello colgando a través de sus mejillas.

Estaba mirándola.

Ella no podía hablar.

"¿Estás… bien?" preguntó él, la voz áspera por el esfuerzo, como si acabara de correr cinco millas.

Ella sólo pudo asentir. Quería preguntar, ¿Y tú? pero no podía encontrar su voz.

Los ojos de él no se movieron. "¿Tienes frío?"

Ella sacudió la cabeza. Él cerró los ojos, y todo su cuerpo pareció relajarse.

Ella no sabía qué hacer. Antes–en cualquier momento antes–habría ido hasta él y lo habría abrazado, pero ahora mismo no podía forzarse. Incluso la idea de ello la hacía querer alejarse de él. Se sentía–incorrecto–tan incorrecto como se había sentido tocar a otros cuando–cuando había estado maldita–

Los ojos de Sev estaban reluciendo hacia ella. "Te lo dije," dijo.

Ella se estremeció como si le hubiera lanzado un hechizo cerca de la cabeza. Se sentía enferma. No por él, por sí misma–por la maldición–esa magia horrible, malvada, que había arrebatado su amistad por él y la había deformado, la había vuelto antinatural y dolorosa–

Un vínculo de una sola dirección, había dicho el libro. Qué montón de puta mierda.

Se revolvió para ponerse en pie. Sentía las piernas temblorosas y débiles–toda ella–pero no podía quedarse aquí. "Lo siento–" susurró. "Yo–tengo que–lo siento, Sev, lo siento tanto–"

Se tambaleó fuera del círculo, puso los pies bajo ella, y corrió, sintiendo el corazón tan enfermo como su cuerpo se había sentido jamás, cuando había sentido que podría morir por no tenerlo en sus brazos.

. . . . . . . . .

Remus estaba yaciendo en la oscuridad.

No tenía idea de lo tarde que era, aunque Madame Pomfrey había echado a Sirius–bueno, no hace mucho, probablemente, pero se sentía un rato tan largo, porque era tiempo pasado solo.

Y ciego.

Madame Pomfrey no había sido capaz de curarlo. No sabía con qué estaba herido. Sirius se había marchado con bajas promesas de cabezas sangrientas de Slytherins en picas, pero Remus sólo se había sentido entumecido.

Oyó la puerta de la sala abrirse arrastrándose suavemente, luego cerrarse. Yació, ciego y en silencio, suplicando que no fuera un Slytherin que viniera a acabar con él. Deslizó la mano bajo la almohada en busca de su varita y la mantuvo fuera de la vista bajo las mantas. Si era Sirius, sería encontrado, medio oculto tras una cortina al final de la sala. Si no era Sirius…

"Lupin."

Era Snape. Remus volvió al cabeza hacia la voz, deseando no estar llevando la estúpida venda–demonios, no estar ciego–pero no tenía opción. Se incorporó sentado.

"¿Qué estás haciendo aquí?" preguntó. Entonces dijo, "Pomfrey está en su despacho, ya sabes. No estoy solo."

"Y ambos sabemos cuán fácilmente es derrotada por un hechizo silenciador," dijo Snape categóricamente. Por alguna razón, sonaba exhausto, su voz casi agarrotada. "Veo que no ha sido capaz de curarte."

"Apuesto que incluso tienes algunas teorías sobre el por qué." Odió cuán amarga sonó su propia voz.

"No es una bruja Oscura," dijo Snape. "Obviamente." Remus oyó el arrastrar de sus pies cuando se acercó. Antes de que Remus pudiera sacar la varita y amenazarlo, sintió los dedos de Snape sobre la venda, retirándola.

"¡Devuélveme eso!" dijo Remus, medio furioso, medio en pánico. Cerró los ojos con fuerza y arañó buscando la tela, pero Snape sólo le puso una mano en el hombro y lo empujó, utilizando la distracción para arrebatarle la varita de la mano.

"Idiota," dijo Snape. "Adelante, hazme Inmobilizarte, hará esto mucho más fácil."

"Vete al infierno," jadeó Remus.

"¿Qué imaginas que es esto?" la cansada voz de Snape estaba llena de desdén. "¿Un asalto a tu virtud? Tal como Black la ha dejado. Cálmate, Lupin. Los pequeños licántropos enfermizos no son de mi gusto."

"¿Por qué no te vas a la mierda, entonces?" espetó Remus. Se preguntó si era una desgracia para Gryffindor si no se lanzaba a ciegas a un enemigo que tenía su varita y toda ventaja posible, o si hacer eso sería una desgracia para el sentido común. El problema era que ninguna opción era mutuamente excluyente.

"¿Desde cuándo has desarrollado un ladrido para combinar con tu mordisco?"

Remus se congeló, porque los dedos de Snape estaban empujándole la frente.

Apartó la mano de Snape de un manotazo. "¿Qué estás haciendo?"

"Abre los ojos," dijo Snape. "Necesito verlos. Y es sumamente idiota discutir con alguien que tiene los ojos cerrados con fuerza."

"No quiero quedarme ciego–" Gilipollas.

"Entonces lo mejor es que me dejes verlos. Puedo curarte."

"¿Qu–?" Remus casi abrió los ojos en shock, pero en el último momento se contuvo y apretó los talones de ambas manos contra los ojos. "Como si fuera a creer eso, Snape," dijo, y entonces se odió por el modo en que tembló su voz.

Snape suspiró como si Remus estuviera siendo un bebé cansino. "Mulciber–creo que fue Mulciber, en cualquier caso–intentó utilizar Gurges Dolor en uno de nosotros. Posiblemente ambos; nunca ha sido de perder una oportunidad." El asco de Snape tenía una delicadeza en él. "Estabas mirando de lleno el estallido en el escudo cuando lo alcanzó, y quedaste cegado."

"Gracioso, había notado eso."

"¿Entonces supongo, con tus masivos poderes de intelecto, que se te ha ocurrido que fuiste cegado por el residuo de una maldición Oscura, y en consecuencia no es curable por medios habituales?" El asco de Snape–por el intelecto de Remus, probablemente–no fue ni de cerca tan delicado esta vez.

Cuando arrinconados, los Gryffindor buscaban refugio en la insolencia. "¿Cuándo te volviste tan pomposo?" preguntó Remus.

"Un comentario ocurrente más, Lupin, y saldré de aquí y no volveré," dijo Snape con voz grave, ominosa.

"Snape," dijo Remus, las manos todavía apretadas sobre los ojos. "Si fueras yo, ¿ dejarías a alguien que te odia–le dejarías, por completo voluntariamente–hacerte algún hechizo horrible cuando ya has sido cegado? ¿Por uno de sus amigos?"

"Si quisiera hacerte daño, Lupin," dijo Snape con frialdad, "ya lo habría hecho."

Remus podía oír su propia respiración.

Snape se movió. Aterrado de repente porque se marchara, Remus comenzó a decir, Espera, pero Snape dijo: "Tómate la noche para pensarlo, Lupin. No puedo curarte esta noche de todos modos."

"¿Qu–? ¡Gilipollas!" exclamó Remus, olvidando por completo la amenaza de Snape.

"Elocuente como siempre. Estoy cansado, Lupin. Regresaré por la mañana. Puedes disculparte entonces, y hacerme saber–voluntariamente–si has decidido dejar que te cure. O puedes seguir ciego. Es tu decisión."

Remus sintió algo caer con ligereza sobre la manta cubriéndole el estómago. Su varita.

"¡Snape!" siseó. Oyó el ligero paso de Snape detenerse. "Perdona por llamarte gilipollas." Sin respuesta. "Pero eso fue bajo," continuó de inmediato. "Y lo sabes."

"Buenas noches, Lupin," dijo Snape con gentil desprecio. Unos momentos después, esforzando los oídos, Remus oyó las puertas de la enfermería juntarse con un chasquido.

"Bueno," murmuró en el oprimente silencio de la sala. "Por la mañana, veremos. Quizá."

. . . . . . . . .

Lily necesitaba un baño.

En algún punto de estrellarse a través del bosque y arrancarse por los terrenos, a través de los helados corredores del castillo y subiendo las demasiadas escaleras, Lily se había fijado en una idea: que un baño la calmaría; un baño le haría sentirse limpia y centrada. Incluso mientras una pequeña parte de ella le decía que eso era estúpido, que todo lo que se llevaría sería cualquier suciedad que hubiera recogido en el bosque, otra parte de ella estaba absolutamente segura de que un baño iba a salvar su cordura.

Se tambaleó hasta la pintura cubriendo el baño de Prefectos y gimió débilmente con alivio. Entonces se detuvo, mirando la pintura con consternación, porque no recordaba cuál era la maldita estúpida contraseña.

"¡Maldición!" se lamentó.

La pintura se abrió balanceándose y salieron dos personas riendo. Se detuvieron al ver a Lily.

"¡Oh!" dijo Alice, comenzando a reír de nuevo. Se apoyó en Frank de un modo que hizo retorcerse los órganos de Lily como si pasaran por un escurridor de ropa. "Perdona, Lily, no te vi ahí."

"No, es culpa mía, había olvidado la contraseña," dijo Lily, distraída. "¿Hay alguien más ahí dentro?"

"Nooo," dijo Alice maliciosamente y rio de la mirada en la cara de Frank; estaba intentando parecer algo así como digno e indiferente, y sólo estaba logrando cara roja y algo así como satisfecho de sí mismo.

"Genial," dijo Lily, pasándolos de un empujón, "gracias–"

"¿Te sientes mejor, entonces?" preguntó Alice con curiosidad. Lily hizo una mueca, esperando que creyeran que sólo era el retrato intentando cerrarse en su cadera.

"Me sentiré mejor una vez haya tomado un baño," dijo Lily honestamente.

"Conozco esa sensación," asintió Alice. Saludó con la mano y dejó que Frank se la llevara. "Que tengas uno bueno, cariño." Entonces se habían marchado, juntando las cabezas y murmurando. Lily quiso darse de cabezazos contra algo.

Había olvidado cuán suntuosa era la bóveda del baño de Prefectos, o cómo resplandecía la luz de la luna a través del cristal panelado en rombos. Honestamente, ¿qué habían estado pensando esos anteriores directores, construyendo un lugar como éste en un castillo lleno de adolescentes mal vigilados? Era el lugar perfecto, espléndido, para un polvo, por el amor de Cristo.

Probablemente intentando hacer que nacieran más pequeños magos y brujas, pensó, girando los grifos al azar. El vapor llenó el aire, con aroma a flores y frutas indescifrables; se quitó la ropa, la pateó en el rincón, y se zambulló en el extremo profundo.

Calor, pensó, real, verdadero calor

El recuerdo de envolver los brazos alrededor de los hombros de Severus y besarle la garganta regresó tan repentinamente que se ahogó con un trago de agua jabonosa y emergió escupiendo. "¡Ese estúpido puto hechizo!" gritó a todo pulmón. La pintura de la sirena parecía escandalizada. "¡Oh, cállate!" espetó Lily, pataleando lejos de ella. "¡Como si tuvieras algún problema!"

Lucius Malfoy había hecho esto, ¿no? La puso bajo esa maldición asquerosa–una maldición que podría haberla matado si Sev no fuera una especie de genio que lo había resuelto. La próxima vez que viera a Malfoy, le patearía las pelotas hasta las cuencas de los ojos.

Sev me salvó la vida de nuevo, pensó.

La sangre derramándose sobre su muñeca…

Se estremeció y volvió a sumergirse bajo el agua, pero si estaba buscando calor o una sensación de limpieza, no lo sabía. Ambos, probablemente; necesitaba ambos. La sensación de vomitar esa materia negra, o tener tanto frío que creyó que podría morir congelada por no tocarlo, parecía haberse grabado en su interior. Y la visión de Severus, descalzo sobre la hierba cubierta de hielo, mirándola a través de la niebla de humo y magia, abriéndose la muñeca…

"Esto no está funcionando," gimió. La sensación de sentir tanto frío como calor era familiar; pero esto era más como una bola de algo repugnante en el estómago, mientras el resto de ella estaba calentado por el baño de agua caliente.

De repente se incorporó dentro del agua. ¡Severus se había abierto la muñeca para romper el hechizo sobre ella, y lo había abandonado en medio del bosque en medio de la noche!

"¡Oh, joder!" lloró, revolviéndose fuera del baño. "¡JODER!" gritó cuando vio que los elfos domésticos se habían llevado su ropa. Cogió su varita, que había sido metida cuidadosamente en el bolsillo de uno de cinco albornoces limpios, y gritó, "¡Expecto Patronum!"

La cierva explotó en la caverna suavemente iluminada del baño. "Ve hasta Severus y llévale este mensaje: dime dónde estás e iré a buscarte," jadeó. La cierva chasqueó a través de la pared, su resplandor de luz de estrellas desvaneciéndose, dejando a Lily sola en el baño bañado de luna.

Sacudiendo su propia estupidez, se secó, luego se puso una túnica y vació la bañera. Entonces se le ocurrió un pensamiento desagradable. ¿Podría Severus hacer un Patronus? No todos los magos y brujas podían–a un montón de personas en la Orden les había costado una buena cantidad de práctica dominarlo. ¿Y si Severus no tenía suficientes recuerdos felices, o si no funcionaban si Ocluías todas tus emociones todo el tiempo?

Se puso en pie para pasearse de modo que pudiera pensar de qué otra manera hacerle llegar un mensaje sin merodear torpemente por el bosque, cuando oyó algo crujir en su bolsillo. Parpadeando, echó mano a tientas en su túnica y encontró un pedazo de papel plegado.

Tenía la escritura de Severus, familiarmente apretada y puntiaguda, y aun así diferente en cierto modo.

Estoy bien, decía la nota. Deja de alterarte a un delirio y descansa un poco.

Le dio la vuelta al papel, pero no había nada más.

"¿Cómo hiciste eso?" le preguntó al baño vacío, pero nada le respondió. Por supuesto que no lo hizo. Él había encantado de algún modo la nota para que apareciera en su bolsillo, a través del colegio. ¿Era un truco que había aprendido como profesor?

"Tendrás que enseñarme a hacer eso," murmuró. Pero pudo sentirse queriendo sonreír.