Capítulo 17

10 de enero, 1977

Estar ciego era realmente aburrido.

Remus había estado solo toda la noche, sin nadie salvo Madame Pomfrey por compañía, y ella nunca había sido del tipo habladora. Después de preguntar cómo se sentía y registrar sus constantes vitales, su conversación perdió fuerza. Había más que medio esperado que James y Sirius se colaran en el ala y volaran su visión herida como una broma (poco probable, considerándolo todo) o planearan febrilmente alguna nueva venganza contra Snape mientras se arrodillaban sobre sus rodillas (mucho más probable), pero toda la noche se había arrastrado sin una sola aparición.

Remus esperaba que no se hubieran ganado una detención por intentar asesinar a Snape, pero parecía angustiosamente probable. No podías esperar templanza de ninguno de ellos en el mejor de los momentos; y si Sirius creía a Snape responsable de que Remus estuviera ciego, y James lo creía responsable de que Lily pareciera un cadáver apenas respirando, la retribución–en forma de sangre, explosiones, y yeso de piedra lloviendo del techo–era una probabilidad a la que podrías apostar los ahorros de tu vida con la expectativa de doblarlos.

Remus había planeado un discurso bien razonado sobre por qué no deberían actuar como–bueno, como ellos mismos–a pesar de que sabía que les entraría por una oreja y les saldría por la otra–si no se cansaba de hacerlo, pensó con disgusto–pero ni siquiera habían aparecido. Estaba en medio de molestarse por la predecible fatuidad de sus mejores amigos, en adición a preocuparse un montón por su propia ceguera, cuando Snape entró en un soplo, tan silencioso como el fantasma de un gato.

"Lupin," dijo, de repente y salido de la nada, como si se hubiera materializado del aire junto a la cama de hospital de Remus.

Remus dio un brinco; la cama chirrió. "¡Mierda! Por favor, ¿podrías hacer algún ruido, Snape?"

"La próxima vez te arrojaré algo, si lo prefieres."

"Pensándolo mejor, me quedaré con el shock, gracias. ¿Estás–estás aquí por mis ojos?" ¿O sólo para hacer bromas sarcásticas a mi costa?

"Dije que vendría, ¿no?" Snape se acercó; Remus pudo sentirlo. Combatió el impulso no-Gryffindor de alejarse, y no sólo porque el cabecero de metal ya estaba hundiéndose en su nudosa espina dorsal. Era como si la personalidad de Snape fuera tan poderosa que irradiara desde él, agrandando su espacio personal y haciendo querer retroceder a quienes la invadían, en lugar de lo contrario.

"Yo… lo dijiste," dijo Remus con cautela, "pero no estaba seguro de si cambiarías de idea… ya sabes, considerándolo todo. Todavía no sé por qué te ofrecerías."

"El altruismo no es realmente lo que esperas de mí, ¿verdad, Lupin?" La voz de Snape era burlona, sardónica, pero sutil; el desdén era como un aroma que apenas podrías identificar en campo abierto. "¿Te haría sentir mejor si te pido algo a cambio?"

"Yo… no sé si me sentiría mejor," dijo Remus aún más cauteloso, "pero al menos tendría más sentido."

"Bueno, puedo complacerte. Estoy buscando una promesa por tu parte."

"Una promesa," repitió Remus, su corazón hundiéndose sonando a través de su voz, tan sutil como una roca que se dirigía al fondo de un río.

Ahora Snape estaba parado aún más cerca. Su voz bajó, pero de algún modo permaneció perfectamente audible a pesar de que el volumen era apenas detectable, como si tuviera el poder de hacer escuchar con más fuerza a los oídos de Remus.

"Hace un año, tú, Black y Potter y yo estuvimos implicados en una… empresa de ciertas proporciones, que podrían haber sido mucho mayores y más negativas de lo que acabaron siendo."

Remus sintió como si hubiera tragado un cubo de hielo. No dijo nada. No podría haberlo hecho.

"Por una parte, de haber tenido éxito yo, todos vosotros habríais sido, al menos, expulsados. Por la otra, de haber tenido éxito Black, yo habría estado muerto y más allá de importarme cualquier camino que hubieras seguido pronto… como estoy seguro debe habérsete ocurrido. Debes haber sido consciente de que infectar a un mago o bruja con licantropía es un crimen punible con la muerte."

"Sé eso, Snape," dijo Remus, la voz raspándole la garganta.

"No me sorprende que Black no lo supiera, o que no dejara que le afectara–"

Una náusea negra surgió en Remus como un miasma. No podía regresar allí; no podía, o perdería la cabeza– "¿Cuál es la promesa que quieres, Snape?"

Hubo la más mínima pausa.

"Más o menos recientemente he entrado en posesión de cierta información de la cual no estaba enterado en aquel momento," dijo Snape, su voz baja casi casual, y aun así astutamente convincente. El instinto se arrastró por la espina de Remus, diciéndole que estaba jugando con él; sólo que no sabía cuál era el juego, y cuando lo averiguara, no iba a gustarle. "Que Black, Potter y Pettigrew son Animagos no registrados–"

Remus sintió desvanecerse todos sus órganos.

"–un perro, un ciervo, y una rata, respectivamente, y alegran tus noches de plenilunio liberándote de tu–bueno, no puede llamarse aislamiento seguro, pero en cualquier caso, te pasan de contrabando a los terrenos de Hogwarts para la jarana mensual."

Las entrañas vacías de órganos de Remus se rellenaron de plomo.

"¿Me pregunto si se te ha ocurrido que esto es equivalente a suicidio asistido? Si te liberaras de su control y mordieras a alguien, quiero decir. Con esas leyes vigentes que hemos estado discutiendo. Por supuesto, si sólo muerdes a un Muggle, sólo habría una buena–"

"Yo…" Todo estaba girando tanto como si Remus hubiera colisionado con una Bludger y cayera en espiral, aferrándose desesperadamente a su escoba, hacia el suelo a cien kilómetros por hora. Se aferró a lo que podía alcanzar–su ropa de cama–y trató de respirar. "Yo– ¿cómo–qué? ¿Cómo? ¿Tú?"

"Mi fuente no puede ser revelada," dijo Snape, sonando sumamente despreocupado.

"Por favor, no los expulses." Pánico, temor y culpa se enturbiaban en el estómago de Remus. "Por favor–le diré a Dumbledore que he estado soltándome, dejaré el colegio, pero por favor, no los hagas–"

Snape hizo un ruido de asco. "Por el amor de Cristo, no me hagas perder el desayuno, Lupin. Tu leal auto-sacrificio es tan nauseabundo como está fuera de lugar. Eres aún más despreciable mentalmente de lo que había supuesto si crees que tu mezquina renuncia me serviría de algo. Si quisiera deshonra, la tuya valdría cinco peniques. ¿Crees que no sé quiénes son las mentes pensantes de sus pequeñas escapadas?"

"¿Qué quieres?" preguntó Remus desesperado.

"Te lo dije; quiero una promesa."

"¿Una promesa de qué? ¿De no hacerlo?"

"¿Y cómo los detendrías?" preguntó Snape, suave pero poderosamente desdeñoso. "No podrías evitar que pusieran una araña de broma en el salero en la escuela local dominical."

"Lo sé," dijo Remus abatido.

"Deja de auto-compadecerte, Lupin. Sabías que esto era moralmente sospechoso. Conociéndolos como tengo el privilegio de hacerlo, estoy seguro de que te convencieron, pero tú te dejaste convencer condenadamente bien."

Remus luchó con dos deseos gemelos, cada uno tan poderoso como el otro: culpa y vergüenza, y el impulso de discutir. La mitad de él quería decir que Snape no sabía lo que era estar encerrado en esa cabaña, asustado y solo, sintiendo la marea emergente de oscuridad teñida de rojo a medida que la luna se elevaba; la ola de voces siseando esto es lo que eres mientras tus huesos crujían y tu estructura esquelética se reformaba con una violencia que casi te hacía desmayarte, el dolor tan masivo que sólo querías rendirte y salir; sólo que en el momento en que lo hacías, esa otra mente se apoderaría, la que era tan desconocida como la cara oculta de la luna, su único deseo matar hasta que la sangre corriera por la tierra y no quedara nada bueno. Cómo sentías esa cosa asentada bajo tu piel incluso cuando no había luna en el cielo, y te preguntabas si un día, no habría división entre esa mente que salía cuando la luna estaba llena y la tuya propia. Si eso era tu mente, y el lobo sólo era una excusa conveniente, del modo que todos los demás creían que lo era.

Todos excepto James y Sirius y Peter. Ellos eran los únicos que creían que el lobo y Remus no eran automáticamente la misma persona. Ellos decían que comprendían que Remus nunca quiso morder a nadie, porque la idea de hacer vivir esto a algún otro dolía. Destruiría una vida, cambiándolo todo. Ellos comprendían eso: él lo había creído…

O pensaba que lo había hecho. Pensaba que ellos lo habían hecho. Y cuando Sirius le había dicho a Snape cómo encontrar al lobo, cuando había puesto a dos personas en peligro mortal y casi convertido a Remus en… en un monstruo… había sido una traición casi tan poderosa como el mordisco que lo había convertido en monstruo en cuerpo. Porque Sirius casi lo había convertido en un monstruo en alma.

Pero ahora Remus lo pilló: cada vez que había accedido a correr por el colegio con sus amigos, anulando protecciones establecidas para él mismo y los estudiantes, había estado haciendo un monstruo de sí mismo. Si hubiera mordido o mutilado a alguien, habría querido morir, pero eso no habría cambiado lo que hubiera hecho.

No habría cambiado en qué se hubiera convertido.

Y quizá era todo su propia culpa: el hecho de que James y Sirius no comprendieran; incluso el intento de Sirius sobre la vida de Snape. Porque si un licántropo era poco serio respecto a su mitad más oscura–verdaderamente poco serio, no en palabras sino en actos–entonces, ¿cómo podía esperar que sus amigos más cercanos fueran de otro modo?

Cuán irónico que Remus al fin debiera ver algo enorme, algo tan dañino, cuando había estado físicamente ciego. ¿No había una línea en alguna parte, pronunciada por una chica en un momento en que la auto-ceguera había cesado, que decía, "Hasta este momento, nunca me conocí a mí misma"? Remus sabía cómo se había sentido esa chica.

Miró en la dirección que pensaba que Snape debía estar parado. Era raro, pero sin ser capaz de ver a Snape, Remus casi sentía como si estuviera hablando con alguien enteramente diferente, incluso cuando sabía, a un nivel visceral, que éste era Snape. ¿Quién más podría saber tanto de ellos? ¿A quién más le importaba lo suficiente, incluso si era a raíz del odio, para averiguarlo?

"¿Qué quieres que prometa?" preguntó.

Por unos momentos, por alguna razón, Snape guardó silencio.

"Dile a Dumbledore," dijo calladamente, "que no sientes que tus actuales protecciones sean adecuadas. Dile que tú y yo llegamos a un entendimiento, si quieres; yo lo corroboraré."

"De acuerdo," dijo Remus, completamente sincero. "Mejores protecciones. Lo prometo. ¿Qué más?"

Prácticamente pudo oír las cejas de Snape alzándose. "¿Estás ofreciendo?"

"Habría muerto si te hubiera mordido," dijo Remus en voz baja. "No sólo a ti, a cualquiera. Y no sólo muerto en… cuerpo, a causa de la ley. Ya no habría sido yo, si hubiera hecho eso. O si lo hago alguna vez. Yo…" Vaciló, pero no porque no quisiera decir esto; más bien porque no tenía las palabras adecuadas y lo sabía. "He sido… realmente estúpido. Lo siento. Sé que eso no… sirve de nada… pero lo siento."

Para su mayor sorpresa, Snape no respondió de inmediato. "Tu estupidez no ha matado a nadie todavía, Lupin. No todos pueden decir lo mismo."

El corazón de Remus pateó en su pecho. La amargura en la voz de Snape–¿significaba eso–?

No iba a preguntar. Era mejor estar ciego ante algunas cosas.

"No pretendo hacerlo," dijo. Parpadeó sus ojos sin vista hacia Snape. "…gra… gracias."

Otro silencio. "¿Gracias?"

Remus se encogió de hombros, sintiéndose torpe y extrañamente joven. Sin ver a Snape, sólo escuchando su voz, sentía como si estuviera hablando con alguien mucho mayor. Algo así como McGonagall, sólo que más áspero.

"Protecciones adecuadas," repitió Snape después de que hubieron pasado unos momentos de silencio. "Recluta a McGonagall, si tienes que hacerlo. Una experiencia formativa en su juventud hizo que Dumbledore carezca de la creencia en el poder de la disciplina. McGonagall debería impresionarse adecuadamente con la urgencia si le dices que tu escondite en los plenilunios se ha visto comprometido, y temes que cierto… estudiante… laborioso podría pensar que sería un buen movimiento liberarte, quizá con la esperanza de mordisquear a algunos estudiantes hijos de Muggles."

La mandíbula de Remus cayó realmente abierta. "Qu–pero–espera, nadie sabe que soy licántropo excepto tú, o me sacarían de aquí de la oreja, como mínimo. Si le digo eso a McGonagall, asumirá que eres tú, ¿no?"

"McGonagall no sabe que yo sé. Aparte de vosotros cuatro, Dumbledore es la única persona que supo de la pequeña… broma de Black."

Remus sintió un recrudecimiento de la vergüenza. "Estaba intentando protegerme. Dumbledore, quiero decir." Todavía no sabía lo que Sirius había pensado. La única explicación de Sirius había sido, Lunático, no estaba pensando, juro que no estaba.

Eso no es un consuelo, Sirius, había dicho Remus.

"Sin duda," dijo Snape, absolutamente frío.

Remus vaciló. "Yo… debería decirte que no soy muy buen mentiroso. Me derrumbo cuando la gente me pregunta."

"Me sorprendes profundamente," dijo Snape, con algo como sequedad. "En caso de que esto no sea cierto brote de modestia, lo tendrás más fácil si te ajustas tanto a la verdad como sea posible."

"Entonces, ¿debería decirle al Profesor Dumbledore que tú y yo hablamos y–ya sabes, ese dato?"

"Si te conviene. También puedo…" Y aquí Remus se formó una imagen mental de Snape estudiando ociosamente sus uñas. "…preparar la poción de que te hablé. La poción de Acónito. La pérdida de tus amigos podría ser profunda, pero tu manía todavía se reducirá."

"Yo…" La cabeza de Remus dio vueltas. No estaba seguro en absoluto de beber nada que hubiera preparado Snape –especialmente si Snape obtenía alguna confesión por escrito de que Remus había accedido a beber una poción muy experimental que–

"Espera." Se sentó derecho. "¿Cómo sabes que ellos afectan al modo en que me siento? ¿Cómo podrías saber eso?"

"Es lógico, Lupin," dijo Snape, tan suavemente que la voz del instinto susurró a Remus que Snape era demasiado listo y demasiado buen mentiroso a partes iguales. ¿No acababa de estar explicándole a Remus cómo mentir mejor? "Si los cuatro vagáis libres por los terrenos y nadie ha muerto, entonces claramente han sido capaces hasta ahora de mantenerte a raya bastante bien."

"Vale," dijo Remus. "Tienes razón–pero no creo por un segundo que estés diciéndomelo todo."

Snape suspiró. "Qué propio de un Gryffindor decir eso. Por supuesto que no estoy diciéndotelo todo. No puedo creer que pensaras que lo haría."

Remus decidió que le gustaría pasar de Snape. Imbécil arrogante. Pero cuando querías piedad de alguien, necesitabas ser manso y agachar la cabeza. Se conformó con poner los (inútiles) ojos en blanco. "Me sorprendo a mí mismo. ¿Vas a curarme los ojos ahora?"

"Sí." Oyó leves ruidos rumorosos. El nerviosismo de Remus regresó.

"¿Debería tenerlos abiertos o cerrados?" preguntó, intentando no hacer algo patético, como encogerse o aferrar las sábanas.

"Puede que quieras cerrarlos, aunque sólo sea para evitar cualquier dolor repentino cuando regrese tu visión. Ahora no me interrumpas, Lupin."

Comenzó a hablar en voz baja, susurrante; casi un canto, en realidad, continuo, ininterrumpido. El idioma era desconocido–antiguo anglo-sajón, quizá–y fluía por los oídos de Remus como agua. Sintió un cosquilleo en el rostro, como un viento cortante; y luego más fuerte, revolviéndole el cabello, picando contra su piel. Podía sentir algo tangible presionándole la cara, cubriéndole la boca y la nariz; una presión impenetrable, casi sofocante. Sus ojos se abrieron de golpe, y por un segundo de pánico pensó, Por supuesto que quería matarme

Pero entonces, como un pañuelo absorbido por una aspiradora, la presión y la oscuridad se desvanecieron y la luz explotó en sus ojos como un millar de pinchazos sordos. Juró y cerró las manos sobre la cara.

"Te lo dije, Lupin."

Remus se frotó los ojos antes de abrirlos parpadeando. Miró entrecerrándolos alrededor de la sala, que estaba tenuemente iluminada, parcheada de sombras; todavía no era el alba. Volvió la cabeza hacia la izquierda, parpadeando hacia Snape, que se veía–

"Jesús, Snape," dijo Remus, alarmado. "¿Qué te hicieron James y Sirius?"

"Nada." La voz de Snape sonaba normal, pero su piel estaba cerosa y con aspecto muerto, sus ojos sin vida, con sombras grabadas debajo. Cada línea superficial de su rostro parecía agravada, haciéndolo parecer mucho, mucho mayor.

"Te ves–inquietante. De verdad–deberías levantar tu hechizo silenciador o lo que sea que hicieras para mantener fuera a Pomfrey y llamarla–"

"No hay nada que ella pueda hacer." Snape había guardado su varita. "Si tus ojos están funcionando como de costumbre–mejor de lo que tu cerebro lo ha hecho jamás–tomaré mi camino."

"Bien," dijo Remus, dejando pasar esto. "Están bien. Gracias. De verdad. Yo–¿estás seguro de que James y Sirius no–?"

"No podrían haberlo hecho." Una mota de luz relució en el ojo izquierdo de Snape. "Me aseguré de que estuvieran cumpliendo una tardía detención con la Profesora McGonagall toda la pasada noche."

Remus no tenía idea en absoluto de qué decir. Su garganta estaba llena de un extraño impulso de reír; pero si de desesperación o diversión, no podía decirlo. "Tu…" No; se dio por vencido.

"Tenía algo que necesitaba hacer," dijo Snape, despreocupado, "y ellos necesitaban estar fuera del camino. De paso, no necesitas preocuparte demasiado por el vociferante rechazo de tus amigos a abandonar vuestras escapadas mensuales. Ayer, se presentó una queja al ALM por las actividades de tres Animagos ilegales, menores de edad. Olvidé cuál es el castigo para eso, pero no creo que sea una semana de detención."

Snape sonrió a la cara floja de Remus, un creciente fino como una navaja de satisfecha malicia, antes de aventarse de la enfermería como una sombra llevada por el viento.

. . . . . . . . .

Lily despertó, entrecerrando los ojos, en la oscuridad teñida de carmesí de su cama de dosel a un confuso jaleo de sonido. Las colgaduras estaban emborronadas desde fuera con luz del día, y podía oír las voces de sus compañeras de habitación, Felicity, Mary, Cordelia. En cuanto pensó, Dios, son ruidosas, recordó que siempre lo habían sido; habían causado estruendo cada mañana, despertándola siempre. Nunca había necesitado un reloj de alarma con las tres flameando por su camino matinal a la belleza.

Se dio la vuelta en la cama y se frotó los ojos. ¿Cómo se sentía?

Bien.

Parecía largo tiempo desde que se había sentido bien. No desde Año Nuevo. Ahora era… diez de enero. Durante diez días había languidecido bajo esa maldición, hundiéndose más profundo en su frialdad–

El libro de ayer había dicho que la maldición la habría matado, si Sev no la hubiera quebrado.

Sev…

El recuerdo de la pasada noche la golpeó de repente en una oleada, frío y poderoso y claro. Severus la había sanado de una maldición que había estado drenándole la vida, y ella había huido y lo había abandonado. Luego él le había escrito una nota diciendo que todo iba bien, y ella simplemente había dejado que eso fuera el final, terminado su baño y caído en la cama en una bruma.

Y de algún modo, a la fresca luz de la mañana, con los sonidos de Mary y Cordelia riendo y Felicity murmurando hechizos para rizarse las pestañas, la idiotez egoísta que había perpetrado anoche fue repentina y dolorosamente obvia. Era tan obvia que no podía ver cómo la había pasado por alto; cómo había hecho eso.

Oh Dios, tenía que encontrarlo. Él dijo que estaba bien–y quizá había sido capaz de curarse lo suficientemente bien–pero no podía estar bien bien. Ella había huido y lo había abandonado. Incluso después de todas esas protestas de–su estómago se revolvió con culpa enfermiza–de amor inspiradas por la maldición, a pesar de que no las había creído por un segundo, era otra cosa que realmente tu mejor amiga simplemente huyera y te dejara tirado después de haberle salvado la vida. ¿Cómo podía simplemente haber dejado que esa nota fuera el final, anoche? Había algo mal en ella, tenía que haberlo…

Se sentó y abrió las colgaduras de un tirón, pateando las piernas libres de las mantas. Se abalanzó fuera de la cama y se revolvió hacia su baúl, para sacar su túnica. Ugh, túnica escolar; era tan picajosa

No fue hasta que se dio la vuelta que se percató que el dormitorio había quedado tan en silencio como si toda la habitación hubiera sido alcanzada por un hechizo silenciador. Parpadeó hacia las demás, todas se habían congelado en varios estados de acicalamiento de mañana temprana–bueno, excepto Felicity Meadowes, que continuaba abrochándose los pendientes de pluma de águila con una expresión de serena indiferencia.

"¿Qué?" preguntó Lily, perpleja, mirando de Mary a Cordelia.

Los ojos de Mary y Cordelia destellaron hacia la otra como un par de imanes. Dejando su cepillo del pelo, Cordelia forzó una expresión en su cara que probablemente se suponía era una sonrisa; Mary pivotó para encarar el espejo y comenzó a pintarse los labios resueltamente.

"Buenos días, Lily," dijo Cordelia. Tenía la misma alegría forzada en la voz que en la cara. "¿Cómo–cómo te sientes?"

Oh. Lily intentó no sonrojarse. Ayer, había estado tan fuera de sí. ¿No había sacado su varita sobre Mary por llamar a Sev Mortífago asqueroso? El recuerdo ardía con las sensaciones gemelas de vergüenza e ira que incluso ahora sentía justificada.

"Bien," dijo honestamente. La sonrisa de aspecto doloroso de Cordelia no se suavizó, y los ojos endurecidos de Mary estaban observándola por encima del hombro en el espejo. "Me siento bien," dijo Lily, elevando la voz un poco. "De verdad. Nada va mal en mí ya. Me curaron."

"¿Estás segura?" murmuró Felicity. Lily no estaba segura de si fulminarla con la mirada o ignorar esto. Decidió ignorarlo. Seguramente eso era más maduro. Más maduro que Felicity, en cualquier caso.

"Muy segura," dijo cortante. Se quitó el camisón y se ocupó en abrochar sostenes y poner calcetines. Las otras chicas comenzaron a arrastrarse por ahí de nuevo, pero ahora Mary y Cordelia estaban murmurando. Lily trató de ignorarlas, también. Tenía suficiente de qué preocuparse. Especialmente desde–Dios, ¿eso era su pelo?" Ugh.

Las otras chicas se marcharon sin esperarla, aunque Cordelia ofreció un tímido "Te veo en el desayuno." Lily fingió una sonrisa, pero imaginó que no merecía el nombre más que la de Cordelia lo había hecho.

Echó otra mirada a su pelo y simplemente se dio por vencida. No serviría en ninguna medida para que nadie pensara que estaba realmente bien del modo que seguramente iba a tener que declarar un centenar de veces hoy, pero no podía molestarse en preocuparse por eso. Necesitaba ver a Severus, y a él no iba a importarle una mierda su pelo.

Agarró su mochila del colegio y estaba a medio camino bajando las escaleras de los dormitorios cuando el claxon de alarma sonó de repente, chillando, y las escaleras se convirtieron en un camino sin costuras, formándose en un tobogán. Con un grito su trasero colisionó con la piedra; carenó los tres últimos tramos hasta la sala común, donde se estrelló con–y aquí estaba la gran sorpresa–

James.

Se sintió como si alguien hubiera Desvanecido todos sus órganos.

Ésta era la primera vez que estaba viéndolo–oyéndolo; viendo u oyendo a cualquiera de ellos–sin la pantalla de la maldición para hacer que no le importara. Podía oír a Sirius rugiendo de risa en algún lugar cercano; otras personas estaban riendo y alguien cerca estaba chillando; pero su mente y corazón se llenaron de tantas emociones, tan rápido–era como la filmación que había visto en la tele de un tsunami, cuando el océano daba la vuelta a casas y coches y lo destrozaba todo, agitando los detritus a medida que barría a lo largo de su curso inexorable.

De algún modo el tirante de su bolso se había enganchado alrededor del cuello de James. Necesitaba este extraño detalle. Se concentraría en él como si su cordura dependiera de ello. Probablemente lo hacía, del modo que lo había hecho cuando había despertado en su dormitorio de vuelta en casa en Cokeworth, los oídos vacíos de los gritos de Harry, y pensó, Necesito cepillarme los dientes. Estoy en pijama, y necesito cepillarme los dientes.

Ahora mismo, necesitaba sacar su bolso del cuello de James.

"¿Evans?" jadeó él, pero si fue por su tironear un poco demasiado fuerte del tirante o por el shock de verla así, después de lo que debía haber parecido ayer, Lily no podía decirlo. "¿Estás bien?"

Algo como un verdel se había alojado en su garganta. Asintió; ambos tiraron del tirante y le quitaron las gafas a él. Cuando él se agachó a recogerlas, vio a Sirius remoloneando en uno de los sillones rojos junto al fuego, un libro enorme, pudriéndose, en su regazo. La cabeza de ella giró. ¿Sirius con un libro?

Quizá realmente estaba volviéndose loca.

La necesidad de huir de todos era como el picor de una picadura de mosquito, punzando bajo la piel: huyehuyehuye. Comenzó a empujar a través de la multitud hacia el agujero del retrato, y entonces casi se salió de su piel cuando la mano de James se cerró sobre su brazo.

"¿Evans?" preguntó él, la preocupación arrugando su cara, las cejas por encima de las gafas; y lo último que le había oído decir fue, ¡Lily, es él! Coge a Harry y vete

Estalló en lágrimas.

James! ¿Qué le hiciste?" oyó gorjear a una voz de chica.

"¡Nada!" dijo James, en pánico. "Evans, ¿qué pasa? ¿Qué va mal–?"

"Cornamenta"–la voz de Sirius; su visión estaba astillada de lágrimas, pero prácticamente pudo oír el rodar de ojos–"cuando una pájara está llorando delante de ti, se supone que debes hacer algo reconfortante."

James le palmeó el hombro. Lily lloró y enterró el rostro en las manos. Una voz femenina estaba haciendo ruidos tranquilizadores en su oído.

"Eres tan condenadamente inútil, colega," dijo Sirius. Lo oyó levantándose y lo sintió acercarse. Entonces, de todas las cosas, le echó el brazo sobre los hombros y le frotó el brazo. El movimiento la chocó como para levantar la cara de las manos.

"Como esto," dijo él, y entonces la empujó hacia James, de modo que ambos dieron un traspié y James la agarró por reflejo.

"¡Canuto!"

Lily, la nariz presionada incómodamente contra la picajosa corbata escolar de James, no olió la colonia de James. No debía haber llevado a esta edad. De hecho, nada en él olía familiar–familiar a Hogwarts, pero no familiar a James; no a puré de zanahorias o ciruelas para bebés o a esa colonia zafiro de la que se salpicaba demasiada cada mañana, o la marca de pasta de dientes Muggle que ella guardaba en el baño. Ahora, sólo olía a jabón del colegio y lana.

Curiosamente, eso le permitió recomponerse. Se secó los ojos y se enderezó, se secó los ojos un poco más, y trató de sorberse los mocos en la nariz. Alguien le tendió un pañuelo. Comenzó a decir, "Gracias," y entonces vio la mano de quién estaba unida al pañuelo.

Era Peter. Incluso parecía preocupado. Ante la súbita expresión del rostro de ella, su preocupación cambió a mejillas rosadas de perplejidad; tartamudeó, "¿T-todo bien, Evans?"

"Yo–" James y Peter estaban mirándola fijamente, junto a cada una de las personas en la sala común. ¿Era ése un Hufflepuff junto al ficus?

"Tengo que irme," jadeó ella. Pivotó hacia el agujero del retrato; Sirius se apartó ágilmente a un lado, y ella salió de la habitación con un portazo, casi tirando a la Dama Gorda de su marco.

"¡Ten cuidado!" chilló la Dama Gorda; Lily jadeó, "Lo siento"–trastabilló, casi tropezando con su bolso que se había quedado atrapado en su hombro–

"¡Evans! ¡Espera!"

La mitad de ella quería darse la vuelta y lanzarse sobre él, pero la otra mitad quería seguir corriendo. Residuo de la maldición, el dolor de no saber qué hacer, el dolor de ser la única que comprendía cuánto dolía esto–

No. Severus comprendía. Severus…

Sus ojos se ensancharon. ¡Se suponía que debía estar buscando a Severus! ¡Mierda!

La mano de James se cerró en su brazo, y entonces lo soltó como si hubiera agarrado un cable vivo. "¡Perdona!" dijo él. "Yo sólo–Evans, date la vuelta. ¿Por favor?"

Lily tomó unos alientos profundos y entonces se giró. Trató de hacer su rostro pétreo, pero ver su pelo, con el remolino que siempre le caía sobre el ojo derecho, le hizo querer estallar en lágrimas de nuevo. Unas gotas se engancharon en sus pestañas pegajosas. Gracias a Dios no se había parado a ponerse maquillaje.

"Lo siento," graznó ella, "pero tengo una–reunión a la que tengo que acudir." ¿Qué demonios? ¿Qué era, una Jefa Ejecutiva?

"¿Una reunión con quién?" preguntó él enseguida. "Puedo acompañarte allí, conozco montones de atajos. Podemos hablar de camino."

"N-no." Nononono. No iba a buscar a Severus con James a cuestas, por un millar de razones. "Gracias, pero yo sólo–necesito ir por mi cuenta, ¿vale? Probablemente me perderé el desayuno, así que–"

"Puedo enseñarte una manera de entrar a las cocinas," ofreció él, iluminándose de esperanza e ideas.

"La gran pintura de la fruta, hacer cosquillas a la pera," dijo ella densamente. "Lo sé."

Por un momento James pareció abatido, pero luego una extraña luz robó sus ojos. Lily se percató de que estaba impresionado. Por alguna razón, esto se sentía como un desastre–

"Sí," dijo él, "lo es. No sabía que te colaras en las cocinas alguna vez, Evans. Pensaba que te habríamos visto."

No fue una interrogación, pero ella dijo, "No lo he hecho. Os oí hablando de ello. Mira… lo siento," dijo, fingiendo que comprobaba el reloj, "pero de verdad necesito estar–"

"Vale, vale." Antes de que pudiera detenerlo, él le cogió el bolso del hombro. Ella se crispó. "No deberías tener que llevar esta cosa vieja. Entonces, ¿adónde vamos? ¿McGonagall? ¿Pomfrey? Se te ve mucho mejor, Evans, pero todavía no estoy convencido del todo de que estés mejor mejor. Mejor deberías–"

"Por favor, deja de decir mejor," dijo ella desesperada. "James, de verdad, esto es algo que necesito hacer por mi cuenta, así que si me devuelves el bolso, por favor–"

Ella tendió la mano, que estaba temblando, pero su bolso se quedó en el hombro de él.

"¿Por qué sola?" preguntó él, honestamente curioso. Entonces sus ojos se estrecharon. "Espera… sola… esto es obra de Snape, ¿no?"

Ella pudo sentir su barbilla elevándose. "¿Qué es obra de Severus?"

"Esa maldición bajo la que estabas, para empezar," dijo James, sin perder un latido.

Lily se puso rígida por entero, como si hubiera sido alcanzada por un maleficio que convirtiera el cuerpo en piedra. Entrecerró los ojos hacia él; él parpadeó, pero no retrocedió.

"Dejemos una cosa clara, James, gracias," dijo ella forzadamente. "Fui maldecida, sí, pero no fue Severus quien lo hizo, y ahora estoy bien, y si tú–vas tras él como una especie de castigo por maldecirme, te pondré en detención por el resto del trimestre antes de que puedas decir 'Travesura Realizada.' ¿Estoy siendo lo suficientemente clara?"

Los ojos de James sólo se entrecerraron más detrás de sus gafas. "Entonces, ¿quién te maldijo?" preguntó agresivamente.

"Apuesto a Lucius Malfoy." Le quitó el bolso del hombro y se enganchó el tirante sobre la cabeza, preguntándose si debería haber dicho eso siquiera, y sintiendo un calambre de duda cuando los ojos de James se pusieron enormes de nuevo y el color se desvaneció de su rostro. "Ahora, de verdad tengo prisa, así que si me disculpas–"

"¿Cuándo te habrías acercado tú a Lucius Malfoy?" exigió James. "Apuesto a que fue a causa de Snape–"

"¡Por el amor de Dios!" El impulso de golpearlo con el bolso surgió. Se conformó con patalear con los pies, sintiéndose, cuando lo hizo, del todo como una chica de dieciséis años. "¡Existen otras personas, sabes! ¡Otras personas hacen cosas malas aparte de Severus!"

"¡Entonces admites que hace cosas malas!" interrumpió James, como Horario o Anti-horario precipitándose sobre un ratón. O Filch sobre un estudiante problemático.

"También tú las haces," dijo ella con frialdad. "Estoy segura de que te chocará oírlo, pero los chicos adolescentes de comportan mal frecuentemente."

"Yo no hago magia Oscura," dijo James acalorado. "Nunca te llamé una–lo que él te llamó. ¿Cómo puedes ir por ahí defendiendo–?"

"Severus y yo hemos llegado a un entendimiento," rechinó ella. "Ahora seriamente, James–"

"¿Qué tipo de entendimiento?" exigió él.

"Del tipo que no es asunto de James Potter, o de Sirius Black, o, sorprendentemente, de nadie salvo de Severus y mío. ¡Ahora sal de ello, James, antes de que te haga hacerlo!" Y lo pasó a toda velocidad y se lanzó escaleras abajo. Su memoria destelló a anoche, a la carga por la bóveda de escaleras abajo–saltando a los brazos de Sev–pero James no corrió tras ella. Gracias a Dios por las pequeñas mercedes. El impulso de llorar surgió de nuevo.

Necesito encontrar a Sev–él lo mejorará

Se detuvo al pie del tramo, pero luego se forzó a seguir en marcha en caso de que James siguiera vigilándola–o peor, planeando seguirla. El Mapa–¡y la capa! Podría seguirla fácilmente; tan fácilmente como podía pensar en algo malo que decir de, o hacerle a, Severus. De hecho, lo estaba, sorprendida de que no hubiera intentado seguirla anoche… a menos que Sev se hubiera asegurado de algún modo de que no lo hiciera…

Sev. Caminó a ciegas a lo largo del corredor, el puño sobre el corazón. Él había quebrado la maldición, ¿no? Y aun así sentía este poderoso impulso de encontrarlo, con una certeza gemela de que una vez lo hiciera, todo parecería diferente–mejor, más paliativo…

Pero era sí antes de que fueras maldecida, ¿no? Desde el momento que supiste quién era realmente, has estado aferrándote a él.

Lo había hecho. ¿No había pensado incluso, cuando yacía enferma, que ver al James del presente podía esperar porque necesitaba a Severus, por el bien de su cordura? Se habría vuelto loca sin él–incluso le había dicho eso. Separada de James y Harry…

Pero ahora James estaba aquí, y todavía necesitaba que Severus la salvara de perder por completo la cabeza. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Cómo iba a lidiar con James y Severus tirándose a la garganta del otro? Regresar aquí era sumergirse en recuerdos llenos de ellos haciendo justo eso. No había sido hasta séptimo año que James había dejado de maldecir a Severus cada vez que estaban al alcance del otro. Severus se había mantenido al paso entonces, todavía, pero al menos podía contar con que este Severus fuera… no más templado, sino más controlado. La manía sería más unilateral, pero parecía que la parte que quedaba iba a ser aún peor

Gimiendo, golpeó la frente contra el muro más cercano.

"Au," murmuró.

Buscó a tientas en el bolsillo la nota de Sev de anoche. Decidiendo que más bien podría intentarlo–ella no tenía el milagroso mapa de James–sacó una pluma del bolso y escribió en el pergamino ¿Dónde estás?

Oyó estudiantes armando escándalo en las escaleras corredor abajo tras ella, dirigiéndose a desayunar, y comenzó a alejarse de ellos, comprobando el papel a medida que avanzaba. Al principio pensó que no habría respuesta, bien porque no funcionaba de ese modo o a causa de… algo peor… o que él no quería hablar con ella–entonces la escritura de Severus comenzó a fundirse sobre la página, una letra cada vez, como si estuviera observándolo escribir.

Ala este, la torreta, séptimo piso. A través del corredor en desuso. Tendrás que abrir las puertas.

¿Corredor en desuso? escribió ella de vuelta. Lo siento, pero no conozco el colegio tan bien como tú.

¿Dónde estás en este momento?

Dos pisos debajo de la torre Gryffindor.

Nada más apareció. Por un momento se preguntó si él iba a ir a buscarla, pero entonces, a la acuosa luz del día pintando el corredor vio líneas oscuras brillando a través del pergamino desde la otra cara. Le dio la vuelta y vio–un mapa. Estaba dibujándole un pequeño mapa. Una sonrisa se curvó sobre su rostro, la primera real en largo tiempo, se sentía.

Mientras seguía el mapa de Sev, el castillo se limpió a través de su memoria, recordándole aromas, sensaciones, pensamientos que había olvidado hace mucho. Había regresado aquí durante la Guerra, pero sólo para ver a Dumbledore; siempre había usado el Flu y pasado el tiempo en el círculo seguro de su despacho. Siempre había pensado que el despacho de Dumbledore era como un espacio cerebral para Hogwarts, y no había caminado a través de su corazón desde que tenía realmente dieciocho.

En su último día antes de graduarse, había dado un paseo muy parecido a éste. Los pasillos habían estado llenos de ejes fundidos de luz de sol, y habían estado vacíos, en su mayor parte, ya que los estudiantes pasaban el tiempo afuera en el calor del verano. Había estado pensando en ir a casa, y cómo éste era su hogar, y cómo el mundo afuera estaba volviéndose más y más oscuro y no sabía qué hacer. Una vez abandonara Hogwarts, el andamiaje de su vida habría sido desmantelado y retirado.

El corredor en desuso estaba lleno del aroma de polvo y descuido. Pasó a través de un velo de magia que hizo que los extremos de su cabello se rizaran y su piel cosquilleara como expuesta al primer resplandor del sol de primavera, y dejara sus huellas en el polvo. Abriendo la puerta al otro extremo, se encontró en una torreta hueca, con una fina línea de escalones subiendo en espiral a su cima llena de luz. Los trepó, unos tres pisos, asegurándose de seguir el mapa de Severus, y salió a un pasillo que era patentemente desconocido. Era muy corto, sólo unos pasos de profundidad… y donde Severus indicaba un umbral, sólo había un muro vacío.

Extendió la mano, pero sólo encontró piedra lisa, polvorienta. No una puerta fingiendo ser un muro, entonces. ¿Se había perdido?

"¿Sev?" llamó. Casi saltó fuera de su piel cuando su mano emergió del muro y le agarró la muñeca. Sí que dijo, "¡Mierda!"

El papel decía ahora Pasa a través. Retorció la muñeca para entrelazar sus dedos–la mano de él se crispó–y entonces él tiró de ella hacia delante. Ella cerró los ojos al pasar a través de la piedra, pero la sensación que viajó por su piel sólo fue fresca y picajosa.

Cuando abrió los ojos, estaba levantando la mirada hacia Sev. Le chocó que no era mucho más alto que ella; sólo unas pulgadas. Parecía exhausto. Su cabello era un nido de fibras grasientas, los huesos en torno a sus ojos se veían hundidos en sombras, y había una palidez poco sana en su piel, en la que sus labios casi se mezclaban, completamente sin sangre. Pero sus ojos estaban reluciendo, del modo en que lo hacían cuando estaba en el campo de alguna emoción que ella no comprendía.

"Sev…" susurró, horrorizada, porque se veía tan enfermo. Le agarró la mano más fuerte, y levantó la otra para tocarle el rostro, pero él retrocedió como si su último toque hubiera sido una bofetada. Ella vio el momento en que su rígido control volvió a su lugar de golpe.

Las lágrimas inundaron sus ojos tan rápido que punzaban. "Sev, ¿qué te hice?" susurró ella. "¿Cómo pudiste decirme que estabas bien? Te ves–"

"He estado peor." Su voz fue ronca, y no se acercó a ella, sino que se quedó exactamente donde se había movido cuando retrocedió. "No lo discutamos aquí. Allí." Sacudió la cabeza hacia un umbral que ella no había notado, porque había estado demasiado ocupada con este espectro de Severus.

El umbral estaba a varios metros por encima de sus cabezas.

"¿Cómo vamos…?"

"Caminando. No mires abajo."

Por supuesto, ya que él dijo eso, ella lo hizo–y como él debía haber sabido que lo haría, la vista la hizo chillar y agarrarlo por la cintura. "Sev, ¿dónde está el suelo?" Sabía que estaban en pie sobre algo porque podía sentir la solidez bajo las suelas de sus zapatos, pero todo lo que podía ver era una caída larga, larga, al vacío. "Oh Dios–"

"¿Eres una Gryffindor o no lo eres?" preguntó él. Lo sintió tensarse en el círculo de sus brazos aferrados, cada línea suya rígida como el hierro. Sabía que debería soltarlo, hacer que se sintiera más cómodo, pero no podía. Levantó la mirada a su rostro, desde mucho más cerca de lo que estaba habitualmente, y recordó mirarlo a través de la hierba helada anoche. Y al igual que en aquel momento, sintió como si algo se conectara, mientras lo miraba a los ojos… pero no sintió la corriente de recuerdos indicando el pulso de Legeremancia; sólo era una mirada, lo que debía significar que Severus estaba Ocluyendo.

"Creo que algunas cualidades son selectivas," dijo ella. "Al parecer no obtuve el pedazo de Gryffindor 'camina alegremente sobre suelos invisibles.'"

"Quizá sea un rasgo Slytherin después de todo." Él lanzó alguna especie de hechizo al aire bajo sus pies que hizo que un camino y un grupo de escalones resplandecieran dorados de la nada. "¿Puedes caminar por ahí sin desmayarte?"

"¿Puedo ser un bebé grande y seguir cogiéndote la mano, al menos?"

Ella pensó que vio un cambio, en algún lugar en sus ojos, un cambio casi infinitesimal, pero en cuanto lo pensó, no estuvo segura. Fuera lo que fuera, había desaparecido.

"No voy a dejarte caer, Lily," dijo él rotundamente.

"Lo sé. Es por eso que quiero agarrarme." Le estrechó la mano.

Algo vaciló en el rostro de él, como nada más que un músculo torciéndose; entonces le dio la espalda, encorvando los hombros, y la condujo por los resplandecientes escalones arriba. En la cima, desmanteló el hechizo, disipando las líneas resplandecientes de las escaleras de vuelta a la nada, y la empujó a un pequeño nicho de la habitación donde una abertura hasta el suelo en la piedra componía una ventana medieval, libre de cristal. Severus se había hecho un espacio allí, con un jergón en el suelo y una pila de libros, y un frasco de–

"¿Ésas son mis estrellas?" preguntó ella con curiosidad.

Nunca había visto actuar a nadie tan velozmente. El frasco había desaparecido de repente. Se percató de que Severus lo había Convocado y estaba metiéndoselo en un bolsillo de la túnica. Estaba blanco de ira.

"Las guardé," rechinó él.

Lily no tenía idea de qué decir o hacer. Quería tocarlo, pero temía que él pudiera–explotar o algo así. Así que se acercó a la ventana en cambio y miró abajo al lago plateado, el oscuro verdor de las colinas circundantes cubierto de nieve caída, los picos del castillo salpicados de hielo. Todo sombras de blancura, oscuridad, gris. Un mundo sin color, frío y áspero y brutal en su belleza.

"Severus," dijo, observando las tres sílabas de su nombre empañarse en el aire de la mañana, "está helando aquí arriba."

"Se está bien durmiendo con las estrellas." Las empujó de vuelta hacia ella. "Quédatelas, entonces, si tienes frío."

Ella sacudió la cabeza. "Puedo hacer más." Para demostrarlo, sacó su varita y las conjuró, conjurando un frasco y guiándolas dentro. "Te dejaré éstas… si es aquí donde estás quedándote."

"Los dormitorios Slytherin no son seguros," dijo él, sonando tanto aburrido como cortante.

"¿Qué?" preguntó ella, volviéndose hacia él. "¿No son seguros? ¿A qué te refieres?" Una oscura certeza comenzó a abrirse en su interior. "¿Esto es–oh Dios, esto es por perderte la reunión con Quien-Tú-Sabes?"

"Esto es porque Slytherin es la Casa de las oportunidades," dijo Severus categóricamente. "No tiene por qué preocuparte."

"Vale," dijo Lily, su respiración superficial formando nubes de niebla ante ella. "No, tienes razón–no necesito preocuparme porque duermas como una persona sin hogar porque no es seguro dormir en tu cuarto. No necesito preocuparme porque toda la Casa vaya tras de ti por algo que te pedí que hicieras. ¿Por qué me preocuparía eso?"

"No lo sé," respondió él, su voz de repente tan fría y mellada como el hielo roto sobre los tejados de abajo. "¿Por qué lo harías? Tienes una extraordinaria trayectoria de lavarte las manos respecto a mí cuando las cosas se ponen feas; naturalmente asumí que estas circunstancias no serían diferentes."

Lilly sintió toda la sangre y el calor drenarse de su rostro. De hecho, no tenía idea de adónde fueron; todo su cuerpo parecía vacío de ambos, dejándola hueca y fría. Ni siquiera podía hablar. La visión del rostro de Severus, por un segundo fugaz, crudo, y cruel, se grabó en su mente; e incluso cuando le dio la espalda, encorvándose sobre sí mismo, todavía podía verla.

"Mis disculpas," dijo él con brutal aspereza. "Olvida que dije eso. Yo–no estoy–sólo olvídalo."

"Vale," dijo Lily entumecida. "Simplemente lo olvidaré. Al igual que no me preocuparé. Sev…" Cuando él se encogió, también lo hizo ella. "Yo–en cuanto a anoche–lo siento tanto, tanto–no pretendía simplemente huir así, desearía no haberlo hecho, fue tan–fue cruel, lo siento de verdad, yo–"

"Te dije que lo harías," dijo él sin girarse. "No importa."

"¡Sí que importa! Mira–Sev–no necesitas fingir conmigo."

Él todavía no se giró, y no dijo nada. Ella incluso pensó que dejó de respirar por un momento.

"Deberías marcharte," dijo al fin, su voz tan delgada, que pensó que podría deshacerse en el aire. "Intenta volver a encontrar la normalidad. Tranquilizará la mente de todos."

Los hombros de Lily se derrumbaron. No iba a sacarle nada más, no ahora, no cuando estaba en este estado. Tendría que soportarlo y volver a intentarlo más tarde.

"Vale," dijo ella apática. "Vamos, entonces…" Se enganchó más alto el bolso en el hombro, para tener algo que hacer con las manos.

"Dije 'tú,' no 'nosotros.'"

"¿Qu–vas a quedarte aquí arriba? ¡Sev, está helando!"

En realidad debería callarse, pensó; cada intento que hacía de convencerlo de que le importaba su bienestar sólo parecía enfurecerlo. "Soy un hombre adulto, Lily," gruñó. "He dicho que me quedaré aquí arriba, y eso es lo que haré."

"Bueno, entonces, quizá debería quedarme." Trató de hacer su voz ecuánime y amable, pero salió así como grave y peligrosa.

"O quizá deberías hacer lo que te pido y dejarme estar. Vuelves a estar bien; ve a jugar con los Merodeadores, antes de que vuelen el colegio en su empeño por salvarte."

Un fino velo de odio se había posado sobre su rostro, como una capa de hielo a través de un estanque. Lily quería tirarse de los pelos–pero agarró su frustración y la forzó abajo. Severus estaba herido. Lo había herido anoche–de nuevo–después de haberle jurado que nunca volvería a hacerlo. Lo menos que podía hacer, después de ponerle esa mirada en el rostro, era dejarlo odiar.

Lo menos…

"Vale," dijo ella. "Me marcharé." Esto no lo hizo verse más o menos lleno de odio. "Pero sólo voy a hacerlo para que no saltes por la ventana para huir de mí."

Se le ocurrió una idea; volvió a girarse hacia la ventana y miró afuera, memorizando la posición de la torreta. No confiaba en que Severus no protegiera su espacio contra ella, pero quizá podría volar dentro, o al menos llegar al tejado y gritarle.

"¿Qué estás haciendo?" le preguntó él con frialdad.

"Es una bonita vista," dijo ella con fingida inocencia. "Sólo quería un vistazo más."

"Estás planeando algo," dijo él aún más fríamente. "Y sin nada remotamente aproximado a la sutileza. Si estás pensando en volar dentro, ya he me hecho cargo de eso. Recuerda el fuerte detu marido," su labio se curvó sobre dientes que realmente estaban apretados, "Todos ellos–el Quidditch, el tráfico de gloria, las bromas infantiles, el… no, perdona, ésos son los únicos que puedo recordar."

"Sev…" comenzó ella, tratando de mantener un control férreo en su voz. Gorjeó de todos modos.

"¿Había otros?"

"Me marcho ahora," dijo ella, su voz ecuánime temblando, su puño rígido en el tirante del bolso. "Me acercaré más tarde a ver cómo te va."

Se forzó a pasar con calma junto a él. En el umbral, bajó la mirada a la larga, vacía caída a las sombras de abajo, tan espesas que oscurecían la planta baja–dondequiera que estuviera. Respirando hondo, miró directamente adelante y deslizó el pie sobre la plataforma que sabía, intelectualmente, que estaba allí.

Una luz reluciente en el borde de su visión le hizo echar un vistazo hacia abajo. Severus había hecho que las escaleras volvieran a resplandecer, de modo que pudiera ver dónde estaba pisando.

Su corazón se alojó en su garganta. Se volvió enseguida hacia él, pero estaba parado contra la ventana, dándole la espalda, la postura rígida y casi… abatida.

"Gracias," dijo de todos modos, la voz temblorosa. Pero él no se giró.

Descendió las resplandecientes escaleras y luego la propia torre, el corazón latiéndole duro y seco en la garganta todo el camino. Esto, pensó, esto era lo que odiaba de la magia Oscura. Podría no ser malvada; podría incluso no ser responsable del mal; pero incluso si podías resistir que sus hechizos te volvieran loco, cuando todo terminaba todavía te quedabas recogiendo los pedazos de tu corazón y tratando de recomponerlos.

. . . . . . . . .

N/A *Crédito de idea* La idea de Severus llamando a las autoridades sobre los Merodeadores por sus actividades de plenilunio ilícitas procede de duj. La modifiqué un poco de su sugerencia original, pero ciertamente yo no habría pensado en nada de ello. ¡Gracias!