N/A Algún diálogo que sigue se cita textualmente de la pág. 673 - 674 de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte. Edición Escolástica, 2007.

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Capítulo 22

El pasadizo secreto a la torre del Director la llevó a una de sus dos entradas, la oculta tras una de las estanterías. El otro punto de entrada estaba en las habitaciones privadas del Director, pero el punto de la estantería te daba acceso al estudio. Un pequeño panel podía ser deslizado, para permitirte oír lo que estaba pasando en la sala al otro lado. Destelló en la cabeza de Lily preguntarse si Dumbledore había estado allí alguna vez observando al estudiante–¿o miembro de la Orden?–que se sentaba esperándolo en su despacho.

Tuvo que alcanzar arriba para deslizar el panel, porque estaba construido al nivel de los ojos de Dumbledore, y él era más de una cabeza más alto. Ella no sería capaz de ver el interior de la habitación, pero podría oír…

La voz de Sirius. El recuerdo de su rostro en el corredor, duro de emoción oscura–disgusto, casi asco–dolía más de lo que habría creído que lo haría.

"…por qué estamos siquiera aquí."

"Yo lo sé," dijo Remus, su voz fina y pálida. Sonaba como si estuviera a punto de vomitar.

"¿Tú lo sabes? ¿Cómo?" Todavía Sirius. Lily podía oír pequeños lloriqueos que sonaban como la respiración de Peter, y las pisadas amortiguadas de alguien paseándose arriba y abajo por el perímetro de la sala. "Espera." Prácticamente pudo oír los ojos de Sirius estrechándose. "Espera sólo un minuto. ¿Esto va de Quejicus? ¿Algo que le hizo a tus ojos?"

"Canuto–" comenzó Remus, pero Sirius continuó, pisoteando sus palabras. Severus, decidió ella, no debía estar en la habitación; Dumbledore debía haberlos separado, llevado a Severus a alguna otra parte–pensó en Severus diciendo "Tendrá sus teorías" y su corazón dio un vuelco, pero las obscenidades de Sirius eran demasiado duras para desconectarse:

"…por qué te curó ese mierda grasiento, y tienes una expresión graciosa en tu cara–ahora aquí estamos, llamados a ver a Dumbledore, amistosos como un montón de almejas, y Snape también, cuando ni siquiera le hemos hecho nada al chupapollas, y ahora estás diciendo que sabes por qué estamos aquí. ¿Qué hizo, Lunático?"

Lily se percató de que estaba conteniendo el aliento. Las raspaduras rumorosas del pasearse de la persona se detuvieron; oyó a James decir calladamente, cerca de la estantería, "¿Lunático? Está bien. Puedes contárnoslo, si sabes algo."

"Lo sé." La respiración de Remus era audible. "Lo sé." Respiró varias veces más. "Snape–envió–información a la ALM sobre… tres Animagos ilegales."

Peter chilló. Lily sintió sus ojos ensancharse.

"Ese pedazo de PUTO–" comenzó Sirius.

"Merlín," dijo James. "Lunático, ¿cómo supiste–él te lo dijo?"

"Sí," dijo Remus con voz ronca.

"¿Y no dijiste nada?" medio-rugió Sirius. "¿No NOS LO DIJISTE?"

"¿Qué habría ocurrido, si os lo dijera? Ah, ya sé, tengo seis años de datos, bueno, cinco y medio, vale– ¡habríais ido tras él y hecho algo horrible, justo como hicisteis la última vez que intentó que nos expulsaran! ¡Porque AL PARECER, tratar de echarnos del colegio es una ofensa que necesita responderse con el asesinato!"

Las palabras se derramaron en el conmocionado silencio en un torrente, la voz de Remus temblando casi fuera de control, llena de furia e impotencia; no en pánico sino dura, como alguien que ha sido quemado hasta el extremo de su cuerda. La cabeza de Lily daba vueltas. ¿Asesinato? ¿Expulsión? ¿De qué estaba hablando?

"Me disculpé por eso–" gruñó Sirius.

"Lunático," comenzó James, pero Remus lo ignoró. A juzgar por la emoción fuertemente encadenada en su voz, podría no haber oído siquiera.

"Te disculpaste conmigo, no con Snape, y todavía no comprendes, todavía no comprendes, por qué deberías haberte disculpado realmente. Enviaste a Snape a ser desmembrado por un hombre-lobo–"

Lily apretó la mano libre de varita sobre su boca para evitar hacer algún ruido.

"–por , ¡y ni siquiera comprendes lo que eso significa!"

"Comprendo que si Cornamenta no hubiera salvado su indigno pellejo en el último momento, habríamos tenido un puto Mortífago menos caminando por este colegio." La voz de Sirius era oscura, amenazante. El corazón de Lily estaba latiendo salvajemente, tan salvajemente.

"Pero eso es matar, Canuto," dijo James, preocupado pero tranquilo; ella pensó Gracias a Dios tú comprendes eso, al menos–"Hemos repasado esto–"

"Sí, lo hemos hecho, y todavía no lo pillas. Vives en este mundo feliz, Cornamenta, donde todo va a resultar bien si simplemente permanecemos todos juntos y somos colegas para siempre, pero ésa no es la manera en que funciona. Los Mortífagos son reales, y quieren matar a la gente, gente inocente. Derribas un Mortífago, estás salvando vidas inocentes. Ése es el puto modo en que funciona. Ése es el modo en que funciona la guerra, y la guerra está llegando. Sé esto, incluso si vosotros no lo sabéis."

"Pero no se supone que debamos matarlos," arguyó James; y Lily se sintió agradecida, tan agradecida, de que él, al menos, comprendiera esto. "No a menos que no haya absolutamente ninguna elección–"

"¿Y cuánta gente habrán matado Snape y esos otros bastardos enfermos antes de que no tengamos elección, Cornamenta? ¿Cuánta gente habrá muerto? Quizá Evans, parece importarte eso–"

"Si tú quieres convertirte en un monstruo matando a alguien más"–la voz de Remus estaba temblando–"ésa es tu decisión–si yo decido que quiero hacerlo, o James, o Peter, ésa es nuestra propia decisión en nuestro propio momento–pero tú no me diste opción antes de utilizarme. Casi me convertiste en un monstruo, me hiciste un instrumento, y sea un monstruo o un instrumento, todavía no soy humano. ¿Comprendes lo que eso significa? ¡Yo no tengo elección, cuando soy así! Daría cualquier cosa por tener elección, cualquier cosa en el mundo–se suponía que debías protegerme de hacer la incorrecta, cuando no estoy bien, cuando no puedo controlarme, pero casi hiciste que hiriera a alguien. ¡Pensaba que podía confiar en que te aseguraras de que nunca hiciera eso! ¡Si no puedo confiar en mí mismo, y sé que no puedo, pensaba que podía confiar en vosotros tres!"

El silencio cayó en la habitación como una quinta presencia. Lily sintió dos rastros de humedad en su rostro, de cada ojo. Así era como Remus sabía tanto sobre sentirse traicionado, tanto sobre estar resentido con la persona en quien te dijiste podías confiar.

Ninguno de ellos habló. Podía oír a Remus respirando pesadamente. Tuvo que mantener la mano apretada sobre la boca, en caso de que algún sonido se le escapara.

¿Cómo podía haber pasado esto por alto? ¿Cómo podían habérselo ocultado, tan completamente…?

Quizá con facilidad, si no estabas buscándolo

"Hay algo raro en ese Lupin… ¿dónde se mete?"

"Está enfermo. Dicen que está enfermo."

"¿Cada noche de plenilunio?"

"Conozco tu teoría… estás siendo realmente desagradecido. Oí lo que ocurrió la otra noche. Te colaste en ese túnel junto al Sauce Boxeador, y James Potter te salvó de lo que sea que hubiera allá abajo…"

Estás siendo realmente desagradecido

Se sintió enferma. El impulso de gritar ¡Yo no lo sabía! surgió en su garganta, pero lo ahogó, y no sólo porque no podían saber que estaba allí, no podía enfrentarse a ellos, no ahora mismo; no en la estela directa de esto, como pisadas imprimidas en la arena mojada de una ola en retroceso.

¿Y si Sirius hubiera tenido éxito? ¿Y si Sev hubiera sido asesinado de verdad?

Sentía como si las paredes y el suelo estuvieran moviéndose a su alrededor como si estuviera en pie sobre un bote balanceándose en el agua. Si Severus hubiera muerto en aquel entonces… si lo hubiera hecho…

Entonces la puerta del estudio se abrió con un chasquido y la voz de Dumbledore se entretejió en la habitación.

"Me disculpo por hacerles esperar," dijo, su voz templada y tranquila y gentil. "Ah," dijo después de un latido. "Parece que he interrumpido un momento tenso. ¿Les gustaría que les dejara un rato más?"

"No, señor," dijo James. "Estamos bien por ahora, señor. ¿Encontró a Snape?"

El corazón de Lily dio un vuelco de nuevo; sus ojos se abrieron de golpe, llenándose de la oscuridad del interior del pasadizo. ¿Encontrar a Severus?

"Por desgracia, no," dijo Dumbledore, "Nos ha evadido por el momento. Imagino que se las ha arreglado para llegar bastante lejos a estas alturas."

El toque en su codo… la mirada atrás mientras doblaba la esquina…

Oh…

"Ha ido a unirse a Voldemort," dijo James con absoluta certeza.

Había estado dándole esperanza…

"¿Eso cree?" preguntó Dumbledore mientras cruzaba el despacho.

Había estado diciéndole adiós.

"Yo me encuentro menos convencido. Sin embargo, encuentro que sería inútil especular en este momento. No podemos hacer ladrillos sin arcilla. Creo que más bien deberíamos concentrarnos en el asunto entre manos. He pedido hablar con ustedes porque una fuente anónima presentó recientemente información a la ALM concerniente al Sr Black, el Sr Potter, y el Sr Pettigrew…"

Lily se apoyó con fuerza en la mano que había presionado antes contra el muro, ciega y sorda en el tumulto de sus emociones y la oscuridad del pasadizo. Severus había aprovechado su ausencia para huir, para abandonar Hogwarts…

No… no puede haberse marchado

La piedra estaba fría y áspera bajo su palma. Su aliento era espeso y doloroso en sus pulmones y garganta, como si un peso le presionara el pecho, el peso del castillo.

Se había preguntado–Dios, ¿fue sólo hace unas horas?–cómo podría reconciliar las fuerzas gemelas de James y Severus. Pero ahora–ahora–comprendió que no podría. Quizá si hubieran sido personas diferentes, si hubieran llevado vidas diferentes–pero eran quienes eran, todos ellos, y ésta era la vida que habían construido con sus opciones.

No podía ver lo que había ante ella. Sus pensamientos estaban enredados e impenetrables, como una jungla. Trató de estabilizar su respiración, sólo para dejar algo, cualquier cosa, cualquier pensamiento, emerger al frente, para decirle qué hacer.

Severus se había marchado. Él no podía ayudarla a comprender cómo liberarse de esto.

Respira… respira… suéltalo… sólo respira…

Cuando dejó asentarse sus pensamientos, dejó sus veloces, febriles imaginaciones hundirse en la jungla de su mente, una pregunta se destacó del resto y surgió por encima de todo lo demás:

¿Cómo lo encontraré?

Por unos momentos, no pensó en nada más. Simplemente dejó su aliento llenar el espacio ante ella.

La vida trataba de elecciones. Y cambios.

Echó un vistazo por encima del hombro, al parche de luz en el muro por encima de ella que se abría al estudio del Director. Todavía podía oírlos hablando calladamente, demasiado suavemente para distinguir voces individuales, pero no necesitaba hacerlo. En esa habitación estaban cinco de las personas que más le habían importado. Que todavía le importaban, a pesar de que la confusión y el dolor se entretejieran ahora a través de ello. Porque como había dicho Remus y Severus ya había demostrado, los vínculos que forjas con el corazón siempre van a estar ahí, incluso cuando tu entendimiento se haya enredado y desenredado. El corazón recordaba mejor que la cabeza.

Su garganta estaba demasiado espesa incluso para susurrar, pero no había palabras que se le ocurriera decir, ni siquiera a las sombras a su alrededor.

Se giró y entró en la oscuridad, iluminada sólo por el resplandor de luz de estrella de su Lumos.

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No queriendo correr el riesgo de que alguien la viera marcharse, dejó todo atrás y siguió el pasaje secreto del Director hasta la planta baja, y luego a través del pasadizo que se sumergía bajo tierra. El pasadizo la trasvasó profundamente en la espesa maleza del Bosque Prohibido, desde la que podías encontrar un sendero que llevaba a un portón libre, una brecha controlada en las protecciones, que se abría con la combinación correcta de hechizos. Al menos, así era como había funcionado.

Seguía dentro del entorno de Hogwarts, incapaz de Aparecerse, y probablemente Dumbledore no había mantenido los mismos hechizos en el portón durante cinco años. De hecho, esperaba que no lo hubiera hecho; eso no diría gran cosa de la seguridad. Pero más bien podría ver, porque la otra alternativa era abrirse camino a través del bosque en la oscuridad.

Y no estaba segura de poder confiar más. Ciertamente no en su propio juicio.

¿En cuánto había estado equivocada? ¿En qué más?

El portón sólo podía ser encontrado por aquéllos a quienes se les hubiera mostrado dónde encontrarlo, pero tropezó con él en cinco minutos. Como había pensado, sin embargo, los hechizos de apertura no funcionaron. Chisporrotearon en la nada, centelleos de magia colorida fulminando en la oscuridad.

Vale; entonces eso era una opción menos. Intentó no entrar en pánico por la idea de Severus alejándose más y más. Concentración, Lily. No puedes conseguir nada perdiendo la cabeza. No es que sea tu mejor baza, en cualquier caso, añadió, el sabor de su remordimiento todavía amargo en la boca.

Sacudiendo estos pensamientos al fondo de su mente, se concentró en concentrarse. ¿Cuál era su siguiente mejor apuesta?

La Casa de los Gritos. Su nombre hacía que su corazón pinchara con nueva amargura, pero su cabeza se concentró en el hecho de que el sendero corría desde los terrenos de Hogwarts hasta las afueras de Hogsmeade, más allá de las protecciones. Remus claramente no estaría allí esta noche, y estaba cerca del bosque. Mínima visibilidad.

Y entonces podría intentar encontrar a un agente doble extremadamente astuto que no quería ser encontrado. Por nadie.

Quizá menos que todos por ella.

Varita en mano, la voz temblorosa pero enérgica, rechinó, "Señálame," y giró hasta que estuvo encarando directamente al oeste. Podría caminar hasta el perímetro del bosque, y luego a lo largo de la linde de los árboles hasta el Sauce Boxeador.

El follaje de los árboles se envolvía en negrura a su alrededor, diseccionando la luz de la luna en pedazos diminutos que se diseminaban por la tierra salpicada de nieve a sus pies. Deseó haber tenido la oportunidad de coger su capa, pero su corbata escolar transfigurada tendría que valer.

El bosque estaba en absoluto silencio. En realidad nunca se había aventurado en su interior, en invierno. Supuso que todos los pájaros habrían volado al sur. Su ausencia hacía parecer al bosque… misterioso. Sin vida. Esperaba no encontrarse con ningún centauro; entendía que eran territoriales, como mínimo.

Y… algo más estaba inquietándola… pero no podía recordar. ¿Algo que ver con el beicon?...

En algún otro lugar del bosque, un aullido filiforme se disipó en el aire gélido.

Todo el vello de su cuerpo se erizó.

Mantícora.

Mierda.

¿Qué recordaba de las mantícoras? No había tomado Cuidado de Criaturas Mágicas, pero había leído Animales Fantásticos y Dónde Encontrarlos–¿cómo se defendía uno contra una mantícora? Si tan sólo hubiera tenido la memoria de Sev–si tan sólo no fuera una imbécil que olvidaba información potencialmente salva-vidas–o una persona semi-inteligente que comprendiera cualquier cosa

Mejor espera no ser la única cosa viva en el bosque, dijo su Instinto de Supervivencia. De lo contrario, cuando tenga hambre, sabes dónde va a estar… y sabrás que va a tener hambre

Salir del bosque–ése era el primer objetivo.

Aceleró el paso, manteniéndose debidamente hacia el oeste, y trató de calmarse pensando en estrategias para lidiar con mantícoras, singular o plural, que aparecieran. Eran enormemente resistentes a los hechizos, ¿no? Cegarla podría funcionar, o posiblemente pegar sus patas al suelo–un Protego podría desequilibrarla–

Tropezó hasta detenerse, el corazón martilleando, los sentidos alerta, porque algo estaba estrellándose contra los árboles a su izquierda. Esforzando los oídos, escuchando por encima de la áspera hebra de su respiración, oyó el sonido de–¿pezuñas–?

Oh, pensó, mientras tres centauros, armados con arcos y expresiones de fiera desaprobación, estallaban del matorral, sus flancos sudorosos salpicados del detritus negro de ramas tronchadas. Dos de ellos sostenían arcos armados con flechas; el tercero tenía una lanza.

"¿Otro?" dijo uno con pelaje castaño y cabello a juego. "¿De dónde sales, pequeño humano?"

"No debería estar aquí en absoluto," atronó el segundo, que le recordaba más que un poco a Severus. Su pelaje era negro y su pálida piel luminosa a la luz de la luna, y había más que un toque de sal-de-mi-vista-sabandija en su expresión y voz. Llevaba la lanza. "Éste es nuestro bosque."

"Ciertamente está recibiendo su buena ración de tráfico esta noche," dijo el centauro castaño, ahora visiblemente agitado.

"Deberías marcharte, joven humano," dijo el tercero, que era todo oscuro, salvo por el blanco de los ojos. Parecía ser el líder: el centauro parecido a Severus, que había estado a punto de retrucar al castaño, guardó silencio con una especie de aire resentido en cuanto habló el tercero. "Éste no es un lugar seguro para los potros."

"Muchas gracias," dijo Lily siendo lo más sumisa y respetuosa que pudo, "y discúlpenme, por favor, pero, ¿han visto otro humano? ¿Un muchacho, de mi edad, por aquí? Cabello negro–"

"Habla con Bane," dijo el centauro castaño, sonando divertido.

"¡Becerro!" dijo el centauro parecido a Severus, que Lily dedujo era Bane. "Si vuelvo a verlo–"

"Cállate ahora," dijo el líder, y Bane cerró el pico obediente. "No tenemos tiempo de comportarnos como niños poco serios con la bestia suelta. Ronan, acompaña al joven humano fuera del bosque, luego búscanos. Nosotros seguimos."

Ronan asintió. El líder y Bane levantaron las pezuñas y galoparon de regreso al matorral, a una sinfonía de ramas tronchadas.

"Ven entonces, pequeño humano," dijo Ronan. "Hay una mantícora por ahí, y poco más para que coma, en esta época del año."

Lily tuvo que correr para mantenerse a su altura. "Gracias," jadeó mientras corría. "No podía recordar lo que hiere a una mantícora–"

"Lanzas y flechas," dijo Ronan. "No tu trocito de madera. Creo que quizá deberías montar–estás haciendo estrépito, la bestia estará encima de nosotros en un tris." Se detuvo. "Arriba, entonces," dijo. "Pero sólo por esta vez, y sin alardes."

"Por–por supuesto." Lily se sentía extremadamente torpe, pero agradecida. Se encaramó lo mejor que pudo, contenta de haberse puesto los pantalones de pana debajo de la túnica esa mañana para calor adicional.

Ronan la llevó hasta la linde del bosque, deslizándose por la sombra de los árboles. Más allá del borde, la luz de la luna fulminaba pura y brillante en la nieve.

"Erm–Ronan… ¿señor?" preguntó ella, mientras bajaba deslizándose de su lomo.

"¿Joven humano?" respondió él.

"¿En qué… sabe en qué dirección iba el muchacho?"

"Iba hacia el este," dijo Ronan. "Si llegó donde fuera que pretendía es una incógnita."

"Muchas gracias," dijo ella, y salió corriendo a lo largo de la línea de los árboles, dirigiéndose a la forma descomunal del sauce en la distancia.

Una estaca después, y estaba deslizándose dentro del túnel lodoso. El frío allí abajo era lo bastante duro para ser hostil, pero no tan mordaz como el aire abierto de encima. Tenía que caminar prácticamente doblada por la mitad, y en un par de uniones se vio obligada a ponerse la varita entre los dientes y gatear sobre manos y rodillas. Nunca había estado aquí abajo antes. ¿Y Remus tenía que hacer esto cada mes? Seguramente había habido un modo mejor…

Severus había bajado aquí una vez…

Lágrimas surgieron en sus ojos. Confianza. Dios–¡había confiado en ellos! Y no importaba que nunca hubieran hecho nada para lastimarla a ella. (Vale, excepto Peter.) Ni siquiera importaba que Severus hubiera acabado siendo, al menos por un tiempo, todo lo que Sirius había pensado, porque no era así como funcionaba la vida. No estabas justificado por castigo preventivo por una suposición basada en el odio.

Y James y Remus, ellos habían sabido que lo que Sirius había hecho estaba mal; incluso en el despacho, habían estado en desacuerdo con él; y aun así nunca le habían dicho nada a ella. ¿Cómo podían haberle ocultado que Severus había sido destinado, bien a morir o a estar maldito de por vida? Y Severus… él no se lo había contado… pero lo había intentado (a su manera) y ella no había escuchado, había creído la versión que parecía encajar: que Severus había estado intentado echarles mierda, y le había salido el tiro por la culata, y James lo había salvado… ni siquiera se había preguntado nunca antes por qué James había estado a mano para hacer la salvación.

Una raíz que colgaba baja le golpeó la frente. Juró, pero entonces decidió que debía haber sido un acto de Dios. Había sido tan–¡mocosa! Una–cabrona, por usar una de las palabras de Sirius.

Dios, Sirius… no había sabido que había tenido esa… oscuridad en él. O quizá, pensó, con desesperación, como todo lo demás a su alrededor, lo había visto, pero simplemente no se había fijado. Cuando la gente había hablado de su familia, había habido tal mirada en su rostro… y a veces, en el campo de batalla… recordó verla. Pero durante las reuniones de la Orden había sido tan brillante y lleno de vida, haciéndoles olvidar a todos cuán aterrador era el mundo exterior, y en medio de la risa de todos y la luz de las lámparas ella había pensado que sólo había estado imaginando las otras cosas…

Se pasó la mano por la cara, extendiendo la tierra de su frente sin pretenderlo.

Se sentía enferma–principalmente consigo misma. Todo este rollo había estado justo en sus narices todo el tiempo–el rollo de Slytherin, el rollo de los Mortífagos; la manera en que James y Sirius se confabularían contra Severus, por algún tipo de travesura, o en una peregrinación para "salvar" personas inocentes de él; incluso Peter disfrutando de observar pelear a todos. No había sabido que Sirius había enviado a Severus aquí abajo a propósito, sabiendo que saldría herido o peor. No había sabido que habían utilizado el Mapa para emboscar a Severus durante años. No había sabido que los Mortífagos habían comenzado en casa, alentados por sus padres. No había sabido que, incluso de haber querido abandonar Severus, se habría convertido en objetivo para las ambiciones maliciosas de varios cientos de estudiantes. No había sabido que Dumbledore inventaba hechizos Oscuros, o que James había evitado un intento de asesinato, y luego, con los otros tres, lo había encubierto.

No había sabido porque no había visto.

Un recuerdo se metió al frente de su confusión con brutal determinación. Recordó mirar a James con un centelleo de admiración después de haberse enterado de lo que había ocurrido–no, pensó con feroz desesperación; la versión de ellos de lo que había ocurrido–y él había sonreído abiertamente y se había revuelto el pelo; justo del modo que lo había hecho en séptimo año, cuando le había mostrado el Mapa, y la artesanía había sido tan única y exquisita, que había quedado impresionada a pesar de sí misma…

Cómo podía James haber utilizado ese Mapa–haberlo utilizado, haberse jactado de la cosa ante ella, sabiendo que una vez había sido amiga de Sev–¡ugh! ¡Oh, podría abofetearlo! ¡Y Sirius! ¿Se habían metido bajo esa Capa, también, o habían trazado la línea en usar su ventaja de reconocimiento para arrinconar a Sev desprevenido y luego atacarlo con números superiores? ¡Dios!

Por un loco segundo, se arrepintió de simplemente marcharse sin abroncarlos. Si encontrar a Sev no hubiera pesado en la balanza, se habría arrepentido más.

En este momento, la única persona que tenía para abroncar era ella misma. Un desfile de estupideces cristalizadas, infantiles, corrió ante sus ojos. Podía recordar estar tan disgustada, a veces con todos ellos; James y Sirius atacarían, y Severus siempre se defendería con cada onza de perversidad–había habido ese hechizo suyo, Sectumsempra, el que cortaba pedazos de la piel de sus enemigos. Lo había inventado al final de quinto año; había sido una de las cosas por las que se habían peleado tanto. Ella no había comprendido cómo podía haber empleado su ingenio para hacerlo, y a él se le había puesto una mirada perturbadora en el rostro, una que le dio escalofríos y le hizo sentir que no lo conocía en absoluto, y había dicho, Tengo que protegerme. Ella lo había evitado durante un par de días después de eso, intentando resolver qué debería hacer–y entonces había ocurrido el Incidente en el árbol, y nunca había vuelto a hablarle hasta que había muerto.

No se trataba sólo de los Mortígagos. Nunca había sido así. Todos habían sido crueles con él desde el principio–en el colegio, en casa, en Hogwarts. Severus siempre estaba encadenado al borde del modo de ataque, pero James y Sirius habían disfrutado haciéndolo surgir de él. Y no sólo ellos; todos en el colegio… más recuerdos burbujearon, como pedazos de restos flotantes agitados por la marea: Mary y Felicity reirían cuando oían que James le había hecho esto o aquello a Severus, y el gentío se pararía a los bordes y los animaría…

Se pasó la mano por los ojos, y el lodo escoció. Las raíces se clavaban en sus rodillas, migas de tierra llovían sobre su cabello, y quizá eso era un bicho arrastrándose por su nuca, pero siguió en marcha, el aliento punzando en sus pulmones.

Incluso le hacía preguntarse si James había dejado alguna vez de maldecir a Sev. Ella había pensado que lo había dejado en séptimo año, cuando había dejado de maldecir a otras personas para reírse–la muerte de su madre lo había hecho madurar un montón, traído al frente esas cosas que ella había admirado de él en momentos peculiares, y todo ese maldecir y pavonearse infantil que tanto la había asqueado se había sumergido en el pasado. Pero recordaba esa vez que Sev le había arrancado la nariz de la cara a James con un maleficio–"porque está tan preocupado con el tamaño de la de otras personas," había informado Peter–y se preguntó si aquellos viejos hábitos habían seguido a sus espaldas, y nadie se lo había dicho…

O quizá, siseó su Dementor interior, pensaban que ya lo sabías y no te importaba. Quizá es eso lo que ha estado pensando Severus todo el tiempo. Quizá es por lo que te abandonó.

La punzada en el costado estaba hiriéndola, y sus músculos estaban gritando, especialmente en los muslos y pantorrillas y baja espalda. ¿Cuándo iba a terminar este maldito túnel?

Como si su indignación hubiera sido un Hechizo Convocador, la luz de encima y adelante se deformó, fusionándose en una entrada redondeada. Gracias a Dios.

Con brazos temblorosos se levantó dentro de la cabaña y se desplomó en el suelo sucio, polvoriento. Después de unas dos docenas de ásperas respiraciones, se sentó y miró alrededor.

El lugar era una ruina. Los muebles habían sido destrozados, las paredes desgarradas, los suelos rasgados; polvo de yeso y tierra y pedazos de papel de pared salpicaban un suelo sucio de parches oscuros a los que no quería mirar desde demasiado cerca. Recordó a Remus contándole cómo antes de que James y los otros se transformaran por él, solía morderse y arañarse y desgarrarse a sí mismo.

Tuvo un horrible impulso de estallar en lágrimas. ¿Cómo podían haber sido tan buenos y amables con Remus y tan monstruosos con Sev?

Sobre piernas temblorosas, encontró una ventana cerrada con tablas y sacó los clavos con un hechizo de modo que pudo arrancar las tablas. La caída al suelo fue un poco más lejos de lo que había esperado, lanzando dolor por sus talones y tobillos, pero sin lesionarla. Fue capaz de rodear la esquina y encontrar Hogsmeade resplandeciendo alegre y brillante en la cuna oscura bajo el horizonte.

Se revolvió sobre la cerca improvisada y trastabilló por el camino irregular hacia el pueblo.

Estaba tan oscuro y hacía tanto frío. La luna gibosa fulminaba la nieve y ensombrecía las sombras más profundamente, como pesados trazos de carboncillo. Los árboles eran crudos y negros, del mismo color del cielo, como si hubiera goteado y teñido el horizonte, y las pesadas nubes resplandecían cuando se separaban alrededor de la luna, como si su luz fuera tan brillante que las alejara quemándolas.

¿Cómo podría contactar con Sev, al menos? ¿La Oficina de Lechuzas? Si estuviera cerrada, la asaltaría. Le quedaría algún dinero–

Excepto que no tenía ningún dinero. Había abandonado el colegio en su túnica, con su varita y nada más. Maldición.

Bueno, la asaltaría y les pagaría después. Necesitaba enviar una nota en su camino a Severus, antes de que pasara por completo a la clandestinidad. Si pudiera encontrar algún modo de alertarlo de que…

Oh, soy tan idiota.

Se detuvo en el camino y lo recordó tocándole el brazo, mirando atrás hacia ella mientras doblaba la esquina. Bloqueó todo lo demás de su mente, todo lo que había sucedido antes y desde ese momento, recapturando sólo su felicidad, su esperanza, y dijo enérgicamente, "¡Expecto Patronum!"

Su cierva se formó reluciendo en el frío aire nocturno, giró en círculo, y se lanzó hacia el norte, moviéndose tan veloz como un cometa.

Lily corrió tras ella.

Rodeó el pueblo, sin tomar la calle mayor, no queriendo ser vista. En el último vistazo que había tenido de la cierva, centelleando en el horizonte oscuro, todavía se había dirigido al norte. Lily iría en esa dirección, también. Con suerte, con suerte, Sev regresaría…

Tenía que regresar. O de lo contrario ella seguiría adelante. Seguiría adelante hasta que él lo hiciera.

Dejó atrás el cálido resplandor de Hogsmeade, rodeando la parte trasera de las casitas que se rezagaban por el campo más salvaje a los pies de la montaña. Eventualmente llegó a una escalera para pasar una cerca al final del camino y la trepó, ganando la tierra yerma que se extendía al pie de la montaña.

"Señálame," le dijo a su varita, y obedientemente giró al norte. La siguió, trepando sobre rocas, hasta que todas las suaves luces de Hogsmeade se hundieron en la distante oscuridad, y estuvo sola en el yermo. El único ruido era el viento y el sonido de su respiración, sus pasos sobre la tierra fría, estéril.

Las nubes volvieron a separarse, mostrando la luna mucho más baja en el cielo, y más grande. Su luz blanca-plateada cubría limpiamente las formas descomunales de las rocas, extendiendo sus sombras hacia ella.

Una figura oscura sangró de la corona ensombrecida de una roca una docena de metros por delante de ella. El corazón saltando en su garganta, se congeló–

Pero no era Severus.

Era la mantícora.

La luz de la luna resplandecía en una aureola alrededor de su melena. Sus ojos viajaron sobre las curvas y surcos duros, negros, de su cola con punta de aguijón. Sus ojos ardían dos puntos naranjas en la oscuridad, como las puntas de los cigarrillos de Sirius que había fumado después de que Regulus muriera.

La mantícora se encorvó, enroscando sus músculos–vio la luz de la luna destellando a lo largo de la curva de sus ancas–y saltó de la roca.

Todos sus instintos gritaron QUÉ ESTÁS HACIENDO, cerró los ojos de golpe y gritó, "¡Illuminatus!"

La parte trasera de sus párpados vaciló con la cegadora tormenta de luz, y la mantícora soltó un aullido chirriante. Abriendo los ojos de golpe, Lily la vio golpeándose los ojos, lanzándose frenéticamente a derecha e izquierda de nuevo. Pero si todavía podía olerla–

Disparó un hechizo para producir una bomba de humo antes de percatarse de que no debería haber hecho eso; la bloqueó de la vista demasiado eficazmente, ocultándola de la mantícora pero también a la inversa, dejándola incapaz de ver. Pero había dañado su capacidad de ver dos veces, al menos; ahora necesitaba poner cierta distancia entre ellas. Tenía que mantenerse lejos del pueblo–pero si pudiera de algún modo atraerla a un barranco–

Corrió hacia la derecha, lanzando un hechizo para conocer la profundidad del terreno inmediatamente por delante de ella; un encantamiento que había encontrado para ayudar a la Orden a trazar terreno irregular en la oscuridad. Allí–doce metros por delante, el terreno hacía una brusca caída–

Patinó hasta detenerse al borde, diseminando guijarros–retumbaron hasta el fondo del barranco, donde un río helado yacía estático por debajo de ella, a unos cinco o seis metros–

El ruido retumbante no era de los guijarros. Al parecer, el sentido del olfato de la mantícora era mejor de lo que había pensado.

Se arrojó por el costado del barranco, patinando por la escarpada pendiente; luego más que patinando, ya que de repente la bestia cortó directamente abajo, lejos de ella. Se estrelló en el duro suelo de abajo, salpicando piedras, raspándose las palmas y, pareció, rompiéndose limpiamente los tobillos. Jadeando, rodó sobre sus pies; los gruñidos de la mantícora estaban retumbando en su garganta, podía oírla haciendo crujir rocas a medida que navegaba la pendiente tras ella, y le sorprendió cuánto miedo tenía, cómo todo su cuerpo estaba temblando–

Se revolvió hasta la orilla del río y metió los pies en él. El hielo crujió pero resistió. El reflejo de mirar por encima del hombro golpeó como el destello de un relámpago; antes de poder resistirse, torció la cabeza para mirar, a través del cabello cayendo desordenado sobre su ojo. El rostro humano de la mantícora era visible a la luz de la luna, los ojos resplandeciendo, los dientes desnudos en un gruñido, la sangre corriendo por su barbilla–estaba preparándose para saltar–su cola estaba levantada alta por encima de su cabeza.

Lily se arrojó a través del río. Sintió la corriente de aire cuando el aguijón dio un latigazo por encima de su cabeza, y se golpeó sobre el estómago en el hielo. Crujió debajo de ella; el agua penetró a través de su ropa hasta su piel como un Crucio mal ejecutado, dolor y shock disparándose por sus nervios. Enterró las uñas en la tierra rocosa al otro lado de la corriente y tiró–

Estrellándose detrás de ella, el sonido de un cuerpo pesado impactando con el hielo y el agua. Las garras de la mantícora rastrillaron a través de su capa empapada y la arrastraron hacia atrás, los dedos arrancados del banco–marcaron a lo largo de la parte posterior de su muslo, pantorrilla abajo, cuatro rastros separados, ardientes, de dolor sobrecogedor–gritó–

La mantícora gritó, fuerte e inhumana, y de repente la soltó.

Alguien–manos humanas–se cerraron alrededor de sus brazos y tiraron de ella fuera del agua. Estaba temblando, y se aferró a ellos, a la persona, que era demasiado enjuta; un muchacho demasiado enjuto con un agarre de hierro–

"Sev," jadeó.

"¿Abandono el colegio durante una hora y casi te haces matar devorada, ahogada, y congelada?" Su voz tenía diez metros de altura de furia; su agarre era tan dolorosamente duro que era cruel; pero la giró con extrema gentileza de modo que pudiera ver las marcas de las garras de la mantícora. Un segundo después, un hechizo de secado pasó sobre ella, junto a un encantamiento calefactor; se sintió como si acabara de tomar un baño y ponerse ropa fresca de la secadora.

Sus oídos resonaban con el silencio de la ladera de la montaña a su alrededor: sin aullidos ni ladridos ni gritos inhumanos.

"Sev–la mantícora–"

"En el fondo del río ahora," dijo él secamente. "Cállate para que pueda ver esto. No te picó; te pondrás bien. Eventualmente."

Ella lo agarró alrededor de las costillas. "Lo siento," jadeó, "lo siento tanto, yo no sabía–"

"Cállate y déjame concentrarme," dijo él.

Tragando, ella apoyó la cabeza en su brazo. Sus toques eran hábiles y sensatos, mucho como los de Pomfrey, pero podía sentir el latido de su corazón atronando.

"Esto necesita desinfectante." Su tono estaba regañando muy obviamente. "Vamos a Aparecernos en el pueblo. Agárrate."

Ella asintió. La Aparición la apretó; el frío aire nocturno se volvió aún más frío cuando rayaron a través de él a la velocidad de la luz; entonces estaba tambaleándose hasta detenerse en la parte trasera de una casita oscura. Se habría estrellado de cara contra el suelo si Sev no hubiera estado sosteniéndola.

Le dolían la pierna y la espalda, pero no tanto como para dejarla insensible, ahora que su miedo había descendido a niveles manejables y su ropa estaba seca. "Sev–" Lo miró al rostro, que llevaba su Expresión Calculadora mientras observaba la puerta de atrás de la casita mientras se desabrochaba la capa. Las disculpas se agolpaban en la punta de su lengua, pero comenzó con: "Dumbledore está buscándote, ¿no?"

"Sí." Él la hizo descender sobre un rústico banco que el propietario de la casita probablemente había puesto de modo que pudiera disfrutar la vista de primavera y verano de la cercana montaña. Dejándole caer su capa alrededor de los hombros y colocándola en su lugar, dijo autoritariamente, "Espera aquí."

"¿Qu–?"

Pero él cortó hacia el patio anexo, tan silencioso como otra sombra uniéndose al resto. Lily se arropó en la capa y esperó.

Mientras la lógica sabía que Severus era demasiado listo para ser pillado robando suministros de primeros auxilios de una casita en un pueblo mágico adormilado, donde probablemente ni siquiera cerraban la puerta de atrás, sus nervios se negaban a irse de vacaciones. Hicieron travesuras por toda su espina dorsal todo el tiempo que él desapareció. Cuando por fin se materializó, el alivio la hizo tambalearse.

"Están fuera," dijo él sucintamente, y la ayudó a levantarse con una especie de severa gentileza.

"¿Vamos a entrar ambos?" dijo ella, un poco alarmada, mientras él los hacía navegar a través del jardín cubierto de hielo, plata durmiente y cristalizada en sus pulcras bancadas.

"Se han ido de vacaciones," dijo él. "A las Islas Canarias, a juzgar por la literatura diseminada por la casa. Observa," dijo él, señalando una pila de correo. "Todo de hace cinco días. Obviamente lo han hecho retener por la oficina de lechuzas hasta su regreso. El pan está en el frigorífico, la carne toda echada a perder, una buena capa de polvo."

Había un nudo en su garganta, algo casi como felicidad pero demasiado agónico. "Buen trabajo, Sherlock."

Lo dejó conducirla fuera de la cocina hasta el diminuto cuarto de baño. Había una bañera con patas de garras con un servicio prácticamente apilado encima de ella, y un armario encima del lavabo, que tenías que encoger el estómago para rodear.

Lo observó manipular un frasco simple de ungüento antiséptico con la varita encendida metida entre los dientes como una antorcha. "¿Sin luces?"

Él se quitó la varita de los dientes. "Si los vecinos ven luces en una casa cuyos dueños se supone están a miles de millas de distancia, ¿qué supones que sucedería? Puede que Hogsmeade no haya tenido ningún crimen en el pasado medio siglo más salaz que algunas hortalizas de raíz robadas, pero nadie es tan estúpido." Volvió a colocar la varita y murmuró alrededor de ella. "Al menos eso espero."

Lily quería sonreír, pero su rostro no pudo lograrlo. Se concentró en cómo estaban escociendo los cortes en la parte trasera de sus piernas y muslos y cadera, goteando sangre; podía sentirla enhebrándose en arroyos hasta sus calcetines. Esperaba no estar manchando los suelos de esa pobre gente. "¿Me quito los pantalones, entonces?"

Por un momento, él se congeló. Pero entonces dijo, con muy creíble indiferencia–sin mirarla–"Tendrás que hacerlo. No tiene sentido frotar esto en tus pantalones de pana."

Lily se quitó la capa y la dejó sobre el borde de la bañera, seguida de su picajosa túnica escolar, y se desabotonó los pantalones, dejándolos hacer un charco en el suelo. Se sintió… extraña.

Severus mantuvo un silencio pétreo. Ella podía sentir la distancia, a pesar de que estaba literalmente tocándola, extendiendo el ungüento con hábiles movimientos a lo largo de la curva de su espina sobre la línea de sus bragas. Al principio escoció, pero luego sólo hubo frescor, la presión de sus dedos. Se estremeció.

Él se detuvo tan de repente, que fue casi una congelación. "¿Eso dolió?"

Ella sólo sacudió la cabeza. Un momento después, oyó la cadencia de su voz ejecutando el hechizo sanador sobre la herida, y sintió los extraños pinchazos de su piel cerrándose sobre sí misma, sanando, el proceso natural de semanas acelerado a un par de segundos.

A veces la magia era alucinante.

Severus se desplazó eficientemente por sus piernas. Lily trató de pensar pensamientos distantes. Pero en cuanto se retiró de la distractora intimidad del presente, los recuerdos del pasado escocieron más que cualquier ungüento, casi tanto como las garras de la mantícora.

¿Cómo debería manejar esto?

"¿Estamos en paz, entonces?" preguntó ella calladamente mientras él se desplazaba a su pantorrilla izquierda.

Él se detuvo un momento antes de continuar. "¿En paz?"

"Tú huiste del colegio sin decir adiós. Yo corrí tras de ti y casi me convertí en el aperitivo de una mantícora. Yo estaba furiosa contigo por lo primero, pero mis poderes de deducción me dicen que tú estás furioso por lo segundo. ¿Así que eso nos deja en paz?"

Él no dijo nada, sólo curó el último desgarro. Ella giró la cabeza para mirarlo; pero él ya estaba en pie, cerrando la tapa del frasco de ungüento: chirridochirridochirrido. Su rostro había regresado a insondable, inescrutable: Sev el espía adulto.

"No hagas eso," dijo ella.

"¿No cerrar frascos de ungüento?" preguntó él.

Imbécil, pensó ella, y quiso echar los brazos a su alrededor y estallar en lágrimas.

"No hagas esa cosa con tu cara," dijo ella.

"Mi nariz está atascada de esta manera."

La visión de su expresión acomodándose en líneas sardónicas que ya estaban profundizándose en la permanencia; el modo en que había apartado su cabello lacio por su frente, quitándoselo de los ojos; la imponente curva de su nariz–todo ello ardió en su corazón como un hierro al rojo sobre la carne, y una sensación surgió con ello, tan poderosa como el dolor que seguiría a un marcado real, sólo que esto era algo más–

"No," dijo ella con voz ronca, "te pongas todo–agente secreto conmigo. No necesitas esforzarte tanto como lo hacías con Voldemort. No soy ni de cerca tan lista como él."

"Lástima," dijo él, por encima del sonido del agua corriendo en el lavabo mientras se enjuagaba el ungüento de la mano. "Si el Señor Tenebroso hubiera andado merodeando solo por la noche y encontrado una mantícora hambrienta, nos habría ahorrado una gran cantidad de estrés."

No era ésa la verdad. "¿Qué le ocurrió a la mantícora?" preguntó ella. "Pensaba que los hechizos no podían hacerle mucho daño." Examinó su rostro pre-arrugado y aun así todavía joven. "Y no pareces tener reacción–"

"No hagas eso," dijo él.

"¿Qué?"

"Estar por ahí en baños de extraños sin pantalones. Estaré en la cocina."

Él salió. Ella se revolvió en su ropa y lo siguió los dos pasos hasta la cocina, donde él estaba extendiendo mantequilla fría en una rebanada de pan frío. Las luces seguían apagadas, pero la luna cortaba la oscuridad en piezas y pedazos, haciendo visibles las manos de Severus, la hoja del cuchillo. La mesa parecía una media luna, redonda, la parte izquierda en sombras y la derecha iluminada.

"Ahora estos pantalones son bastante ventosos," dijo ella, y entonces se preguntó si debería dejar de jugar a la ligereza.

Él dijo, "Es tu propia culpa por pelearte con una mantícora." Ella no pudo decir si estaba siendo sarcástico o serio.

"Come esto," dijo él, y le metió dos pedazos de pan en las manos. Debía haberles lanzado un poco de fuego de varita, porque estaban perfectamente tostados, la mantequilla derretida. Obediente, ella descuartizó ambos pedazos, y entonces lo encontró tendiéndole una copa de–olisqueó; el aroma quemaba levemente–brandy de ciruela.

"¿Coraje holandés?" preguntó ella.

"Has estado en un río congelado y, a juzgar por el abominable estado de tu ropa, tonteando por el yermo Escocés por la noche, en lo más crudo del invierno. Los encantamientos calefactores no son lo mismo que los reconfortantes humanos."

Hablaba como alguien que sabía de qué estaba hablando; que recordaba todas las veces que había pasado sin ello. Ella sorbió el brandy de ciruela y lo miró por encima del borde tallado de la copa mientras quemaba un fino rastro por su garganta. Imaginó que el coraje holandés sólo podía ayudarla, en este punto.

Tragando su calor prestado, preguntó, "¿Dónde está tu brandy de ciruela y tu tostada?"

"Yo nunca tonteé, no estuve en el río, y permanecí bien lejos de la mantícora."

"Eres un súper-héroe, vale," dijo ella, y ocultó su dolorida sonrisa en su copa. "¿Incluso le diste esquinazo a McGonagall, supongo?" Y con James y los otros allí–pero no podía pronunciar sus nombres, no todavía, no después de todo lo que le habían hecho al hombre parado ante ella…

"Algo así, sí."

Ella reunió su coraje prestado y lo miró a los ojos. "Estabas planeando eso cuando me dejaste."

"Sí," dijo él, inquebrantable en su propio mérito. "Lo estaba."

Ella apuró su copa y la dejó en el banco de piedra con un suave clink.

"Lo he dicho antes," dijo ella con voz ronca. "Imagino que volveré a hacerlo. Eres un imbécil."

Él cogió la copa y la lavó en el fregadero, la secó, y la guardó. Después de cerrar la puerta del armario, pasó los dedos por el surco de la carpintería.

"Y tú eres sumamente imprudente," dijo él sin girarse. "Se suponía que debías quedarte en el maldito colegio."

"Quieres decir que estabas planeando que me quedara," dijo ella, observándolo en busca de alguna indicación de lo que estaba pensando, a pesar de que sabía que no habría ninguna. "¿Tú querías que me quedara?"

Él dejó caer la mano sobre el banco, pero no respondió. No se giró, tampoco.

"Estaba seguro de que querías hacerlo," dijo él, distante, como si apenas importara una u otra cosa. "Me había asegurado de que fuera seguro, en caso de que estés preguntándotelo. Concentré un hechizo de protección sobre ti. Si alguien te ataca con intención de herirte, el daño regresa a él multiplicado por tres. No me di cuenta de que funcionaría sobre una mantícora, pero quizá su rostro humano es más que sólo una fachada."

A pesar del brandy, su estómago se estremeció de frío. "Por eso has tenido un aspecto tan enfermo," se percató ella. "No era sólo reacción. Estuviste haciendo otra magia Oscura, también."

"Sí," dijo él, girándose al fin. Había una luz casi burlona en sus ojos, incluso en las sombras, como si estuviera esperando que ella se tirara sobre él.

Ella apretó la mandíbula. "¿Lo combinaste con la magia sanadora?"

"¿Ves?" dijo él, casi suavemente. "No eres tan estúpida como crees."

"Sí, lo soy," dijo ella forzadamente. "Y sólo para que lo sepas, creo que tú también eres bastante estúpido, en muchos aspectos. No cuando se trata de engañar a tipos cuyo nombre termina en –oldemort, pero cuando se trata de otras personas–"

Algo destelló en el rostro de él, tan agudo y repentino que fue visible incluso en sombras. "Todos ven lo que quieren ver," dijo ásperamente, "incluso el Señor Tenebroso. Incluso Dumbledore–no importa cuán grande tu intelecto; todos vemos sólo lo que deseamos."

Ella respiró a través de la boca, tratando de no arruinarlo todo estallando en lágrimas. "Lo sé," dijo. "Lo sé. Ahora sé–que eso es lo que he estado haciendo. Durante años. Sólo veía–ni siquiera sé lo que veía, porque parece tan… tan equivocado. Lo siento tanto, Sev."

Sonaba tan inadecuado. Y él sólo la miraba fijamente, su expresión demasiado Ocluida para que la leyera. Entonces dijo, "Estás divagando. No pensaba que fueras un peso tan ligero que un poco de brandy de ciruela te hiciera delirar–"

"No estoy delirando, Sev, estoy tratando de disculparme por ser una… una cabrona."

Severus miró un poco más. "Ciertamente suenas delirante."

"No lo sabía," continuó ella. "De la Casa de los Gritos… cuando Sirius… no lo sabía. Cómo Sirius pretendió que Remus…" No podía decirlo, pero tenía que hacerlo, como si esto fuera finalmente admitir que fue real. Ante sí misma. Ante él. Que sabía. "Te matara."

Las palabras se agolparon en la diminuta cocina y colgaron allí.

Severus se las arregló de algún modo para retroceder sin moverse en ninguna dirección; como si hubiera retrocedido mentalmente, más que físicamente. No dijo nada.

"Porque los seguiste, intentando hacer que los expulsaran." Las lágrimas sí escocieron en sus ojos entonces, pero todavía podía ver y su voz, aunque tembló, no falló. "Juro que nunca lo supe, Sev, no lo supe–en aquel entonces–cuando ocurrió–supe que algo había ocurrido en el Bosque Prohibido, pero no sabía que todos estaban metidos, no sabía que fue a propósito, yo no–"

Severus dijo, sonando como un psiquiatra desentrenado, "Lily. Estás disgustándote tú sola."

"¡No!" Pateó los pies, tratando de anclarse; las lágrimas salpicaron fuera de sus ojos, comenzando a fluir libremente. "¡No sabía eso, pero eso no es excusa! Lo que no sabía no lo es, quiero decir– Todo este rollo sobre–" Agitó ambas manos en el aire, como si las palabras estuvieran colgando allí, invisibles, y necesitara tocarlas para saber qué decir. "Slytherin, sobre los Mortífagos, cómo funcionaban realmente, lo que han estado haciéndote, porque estás intentando desertar–¡No comprendía nada, pero pensaba que lo sabía todo! Lo siento tanto, tanto–"

"Si no supiera que no es así, pensaría que alguien te había alcanzado con Contrapasso."

"¡Lo merecería!"

"No mereces morir porque fueras una idiota," dijo Severus, en una voz sigues-siendo-una-idiota. "Nadie merece morir por ser lamentablemente estúpida."

Una emoción brotó en su corazón, una que por razones que no comprendía la hizo sentirse desesperadamente feliz, casi jubilosa. "¿Quién eres tú y qué le has hecho a Severus Snape?"

"Está harto de toda la caprichosa idiotez de la vida y se ha mudado permanentemente a Grecia." Su postura se alteró como si fuera a extender la mano hacia ella–su esperanza se remontó–pero al final se quedó quieto. "¿Lo dejarás estar si admito que eras tan lerda como un ladrillo cuando tenías dieciséis?"

Ella rio, pero como ya tenía lágrimas en los ojos y la espesura del remordimiento en la garganta, salió más como un hipido. "Sólo si lo dices realmente en serio."

"Puedes creer que lo hago."

Más lágrimas se filtraron de sus ojos, goteando por su rostro. "Lo siento tanto," susurró.

"Si crees que yo he sido menos estúpido," dijo él, "eso es su propio tipo de idiotez ciega."

"Se suponía que debía ser tu amiga." Se secó el rostro, pero no hizo mucho bien. "Pero, ¿cuándo actué como tal?"

Él le dirigió una larga mirada. Fue insondable, de profundidad de eones, haciéndola sentirse tan joven como una niña mirando el espejo de la eternidad.

"Nunca pensé que fueras perfecta," dijo él.

Ella levantó la mirada dejando de secarse las lágrimas.

"O quizá lo hacía," dijo él, su voz tiñéndose de ironía, "cuando tenía diez años. Quizá incluso cuando tenía quince, quién sabe, maldita sea. Pero desde entonces me he dado cuenta de que no es ésa la cuestión."

"Pero yo soy–" comenzó ella.

"Aunque ha sido refrescante, oír de tu propia boca que estabas equivocada."

Ella sí rió, pero quedó atrapado en un sollozo. "Si quieres que me arrastre un poco más, estoy de humor."

"Guárdalo para las tardes de lluvia," dijo él.

Ella volvió a reír, pero el deseo se desvaneció en una callada presión en su corazón que no tenía el espacio ni el control para comprender.

"He sido terriblemente desdichada desde… que morí," dijo ella. "Pero ahora mismo me alegro de que ocurriera. Me alegro de verdad."

"Podría decir que no ha sido del todo sin mérito."

Lily asintió, y entonces guardaron silencio. Ella casi deseó que esto no hubiera ocurrido en una mundana cocina de algún extraño, pero era mejor, al menos, que pasar por ello afuera en el frío. Cuando algo ocurría en un lugar tan trivial, ordinario, sabías que era real.

"Ahora," dijo Severus, "puedes regresar al colegio."

Lily sintió el aire cristalizarse a su alrededor.

"¿Q-qué?"

"Bueno, ¿qué?" Él no se movió, pero su lenguaje corporal decía que se había alejado de ella en cierto modo. Sintió como si ella estuviera girando aún más lejos. "Has confesado y has sido perdonada. El pasado se ha reconciliado. ¿Qué más hay?"

Ella lo miró al rostro. En calma, inescrutable, distante. Ocluido.

"Estás volviendo a hacerlo," susurró ella. "La cara."

"Lily–"

"¿Sabes por qué odio esa cara? Es porque cuando la llevas, estás dejándome fuera. Estás ocultándome cosas."

"Todos ocultamos cosas," dijo él, y ninguna emoción parpadeó donde ella pudiera verla.

"¿Yo estoy ocultándote cosas? Dime lo que son y te las mostraré."

"No lo sé. Ése es el sentido de ocultar, ¿no? ¿Qué no sepas lo que no estás viendo?"

"Te diré cualquier cosa que quieras saber, Sev."

"Vale," dijo él. "Entonces, por favor. ¿Qué es lo que deseas que haga? Porque estoy seguro como el infierno que no lo sé."

Se derramó a toda prisa: "Déjame ir contigo."

"No." Tan sólido y aplastante como el hierro.

"¿Por qué? ¿Porque es peligroso?"

"Porque no sabes lo que estás pidiendo." La crueldad estaba regresando a su rostro, como una sombra llevada a través de la tierra por el sol. "Venir conmigo, dices. ¿Dejar atrás a tus preciosos cuatro? ¿A tu marido? ¿A tu futuro hijo?"

Su corazón se estremeció como si se enfrentara a un golpe, pero no fue la fuerza de la sorpresa. Severus no la dejó recomponerse para responder; continuó, tan cruel como antes e igualmente implacable:

"Si te marchas ahora, incluso si regresaras, no puedes garantizar que Potter no haya seguido adelante. Sin él, nunca volverás a ver a tu hijo."

Ella comenzó, "Lo sé–"

"Lógicamente"–su tono era brutal, su mirada cruelmente insensible–"lo sabes. Pero cuando tengas que sentirlo de verdad, sentirás de modo diferente. No tomaré parte en tu resentimiento–"

Lily trató de regular su respiración. "Harry se ha m-marchado." Apretó las manos frías en puños. "Como hijo mío, el bebé que crié, se ha marchado. Ha… seguido adelante, supongo–no lo sé. Tú todavía lo recuerdas, ¿no?"

"Sí." Su labio se rizó.

Con un esfuerzo heroico, ella ignoró eso. "Entonces dondequiera que estemos, no estamos realmente en el pasado, porque hemos cambiado demasiado. El tiempo debería haberse alterado, ¿vale? He leído teoría del tiempo–si nuestros recuerdos hubieran cambiado, habríamos experimentado alguna superposición, algún realineamiento. Más tarde se habría enderezado, pero habríamos estado teniendo dolores de cabeza horribles ahora, y yo no los he tenido. ¿Y tú?"

"No."

"¿Alguna vez descifraste lo que podría haber pasado? ¿Dónde podríamos estar?"

Él sacudió la cabeza, un único movimiento a cada lado, cortante, casi disgustado.

"Pero las cosas todavía son diferentes," insistió ella. "No podemos retroceder. Incluso si volviera a casarme con James, no tendría el mismo bebé–"

"¿Así que estás abandonando Hogwarts porque has razonado que no volverás a encontrar a tu hijo?"

"No, gran imbécil," dijo ella, tratando de mantener la desesperación fuera de su voz. "Estoy intentando mostrarte que si te preocupa que de repente me dé un ataque de estupidez al respecto, ya he pensado en ello. Estoy intentando decirte que todo está en el pasado–todo ello. Nosotros… intentamos retroceder, y no pudimos. No puedes… no funciona de ese modo."

Severus no respondió. Su expresión era fría, cristalizada, como el jardín de afuera. Las emociones y la calidez durmientes.

¿Cómo se suponía que iba a quebrar eso?

"Yo no soy tan sabia como Remus," dijo ella, sintiéndose tímida e inestable, como si estuviera de vuelta parada en el banco de ese río helado al pie de la montaña. "Cuando Sirius hizo eso–la cosa de la Casa–hirió a Remus peor de lo que jamás me heriste con la… con ya sabes. Pero Remus trató de perdonarlo de todos modos, porque duele más no hacerlo. Yo… me sentí herida durante años cuando no éramos amigos. Pero me decía… me decía que tenía razón–"

"Lo que ocurrió aquel día fue inevitable," dijo Severus, todavía frío. "Éramos demasiado jóvenes para enfrentarnos con todo lo que teníamos que hacerlo."

Eso podría ser realmente verdad. Ella ciertamente se había demostrado incapaz de lidiar con ello con cinco años de experiencia añadida. Todo lo que había ganado era la comprensión de que no sabía cómo lidiar con ello. "Bueno, también lo es Remus. Pero él es ya más maduro que yo. Yo tuve que morir antes de que volviéramos a hablar, Sev, pero no debería haber sido así."

Convocó todo su coraje, toda su audacia Gryffindor, y extendió la mano para envolver los dedos alrededor de la de él. Por un momento él le devolvió el apretón, como por reflejo, pero entonces simplemente dejó la mano colgar ahí, y un momento después, trató de retirarla. Ella entrelazó los dedos a través de los suyos, reteniéndola.

"Quiero que volvamos a ser amigos," dijo ella. "Del modo que se suponía que debíamos serlo, antes de ser jóvenes y estúpidos y estar atrapados en medio de una guerra que se puso en el camino."

"Y los Gryffindor siempre consiguen lo que quieren, ¿no crees?" preguntó él.

Ella lo miró al rostro. "Eso espero."