Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es SoulsOnFire, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to SoulsOnFire. I'm only translating with the author's permission.
Mi Pequeña Santa
EPOV
13 de diciembre
Bien, es ese momento del año. Tamborileando mis dedos contra la superficie de mi escritorio, observo con un leve enfado como mis empleados cuelgan guirnaldas y luces, efectivamente infiltrando cada piso de las oficinas con alegría festiva.
Incluso mi café matutino se encontraba en una taza roja festiva, mi nombre escrito con tinta negra, mi combinación usual esperándome en mi escritorio. A pesar del gran número de ventas para mi compañía que la Navidad traía, no podía esperar a que la temporada terminara. Para que mi taza blanca regular me espere en la mañana y que Jessica se quite esos jodidos cuernos de la cabeza. No podía pensar con el constante tintineo de las campanas interrumpiéndome cada vez que mi asistente giraba la cabeza.
—¿Señor Cullen? —Tintineo. Exhalando con enfado, levanto la mirada mientras la mismísima Rudolph inserta su cabeza por la puerta de mi oficina. Arqueando una ceja, espero—. Su hermana se encuentra en la línea uno y el señor Jenks canceló su reunión con usted de esta tarde. Algo sobre el musical escolar de sus hijas.
Jodidamente genial. Necesitaba que Jenks finalice nuestra estrategia de marketing para Año Nuevo y él estaba paseando por una multitud de niños cantando villancicos. Tomando mi teléfono, hice una mueca cuando la voz chillona de Alice se asomó por la línea. Ella siempre estaba demasiado emocionada en este momento del año.
—¡Edward! Estoy a diez minutos. ¡Encontrémonos en Antonio's para almorzar, no te he visto en semanas!
Pellizcándome el puente de la nariz, eché un vistazo al reloj.
—Alice, estuviste aquí hace tres días entregando bastones de caramelos a mis empleados. No puedo simplemente dejar todo ahora mismo. Tengo una compañía que manejar y es la temporada más ocupada del año.
Prácticamente podía escuchar cuando pone los ojos en blanco.
—Ya hablé con Jessica. No tienes ninguna reunión por el resto del día, y además, solo porque estuve en tu edificio hace tres días no quiere decir que pasamos tiempo juntos. Estabas demasiado ocupado entonces y me niego a creer que estás demasiado ocupado ahora. Es solo un almuerzo, Edward.
Golpeando mis dedos contra mi escritorio de caoba, decidí simplemente ceder. Alice era persistente y si no aceptaba almorzar hoy, me fastidiaría por el resto de la semana.
—Está bien. Una hora. Da mi nombre en la recepción, Alec me llevará y te veré en cinco.
~MLS~
Chequeando mi teléfono, apagué el sonido y lo metí en mi bolsillo, ojeando a mi chófer mientras daba la vuelta el coche para abrirme la puerta. Con un asentimiento, pasé por al lado de las personas que hacían la fila para entrar al restaurante y le di mi sonrisa torcida a la anfitriona conocida antes de dirigirme a mi mesa usual.
Saludando a Alice con una ceja arqueada y brazos abiertos, sonreí y sacudí la cabeza.
—Estoy aquí. ¿Qué vamos a comer? —Deslizándome en mi asiento, tomé el menú y estudié a mi excesivamente hiperactiva hermana, poniendo los ojos en blanco, sabiendo que ella tiene algo en su mente.
Tomando un pedazo de pan del cesto en el centro de la mesa, di un mordisco y le arqueé una ceja inquisitivamente.
—Suéltalo, Alice.
Ella colocó ambas manos frente a ella, su mirada seria, pero había una pizca de sonrisa en su rostro.
—No te enfades pero... —El gruñido en el fondo de mi garganta ya estaba creciendo mientras observaba su rostro—. Le prometí a la empresa que participarías del Santa Secreto este año.
—¿Hiciste qué? —Mi nivel de irritación crecía mientras ella se reía con su respuesta.
—¡No seas un Grinch, Edward! Será bueno para ti, lo verás. Nunca me equivoco en estas cosas. Todo lo que tienes que hacer es tomar un nombre del sombrero de Santa y dejar que alguien te compre un regalo. Es inofensivo. —Ella tenía una sonrisa engreída que deseaba poder quitarle del rostro pero mi hermana, por alguna razón desconocida para mí, siempre obtenía lo que quería.
—No veo por qué importe si soy parte de las actividades de la oficina o no, no es como si fuera a asistir a la fiesta de Navidad de la compañía. —Me reí y asentí a la camarera, un rostro familiar que traía una botella fría de vino a nuestra mesa y sirvió la primera copa. Sintiendo el silencio de mi hermana, le di una mirada—. No lo hiciste.
—¡Dijiste que no te enfadarías! —Poniendo los ojos en blanco, ella levantó su propia copa y tomó un sorbo, sus ojos encontrándose con los míos sobre el borde.
—No dije eso. Tú lo hiciste. —Sacudiendo la cabeza, bajé la copa y pasé mi mano por mi cabello, haciendo todo lo posible para esconder mi enojo—. Alice, nunca voy a la fiesta de Navidad. Tú sabes eso.
Ella bufó, se cruzó de brazos y entrecerró los ojos.
—¡Edward, eres dueño de la compañía! No puedes no ir a la fiesta. Le dije a Emmett que no se preocupara sobre los bonos de Navidad este año y Jessica envió un correo electrónico a toda la compañía y les hizo saber que tú mismo los entregarías. Podemos hacer el Santa Secreto después y entonces puedes irte. Simple.
Simplemente perfecto.
~MLS~
BPOV
13 de diciembre
Diciembre siempre había sido mi mes favorito del año. Toda la temporada de Navidad era pura sonrisas y mantas calientes, calcetines suaves, noches de películas junto a la chimenea y por supuesto, temporada de galletas horneadas. Sin importar lo que estaba pasando en la vida de las personas, todos nos tomábamos el tiempo para disfrutar de las festividades. Incluso desde niña, todo lo que quería hacer era cubrir la casa con luces, hornear galletas y mirar películas de Navidad cursis. Era un poco diferente de adulta, pero aún intentaba disfrutar de todo lo que podía.
No tenía mucha familia restante, y lo poquito que tenía, vivía demasiado lejos como para siquiera entretener la noción de pasar las fiestas juntos. Mi primer recuerdo de niña era decorar el árbol con mi papá, su bigote torciéndose mientras yo fruncía mis labios y me concentraba fuerte en dónde necesitaba ir el muñeco de nieve. No era mi favorito, pero era el de Charlie, y el adorno favorito de Navidad de papá necesitaba un lugar de honor en el árbol.
No fue nuestra última Navidad juntos, pero era la única vez en el año que mis padres dejaban todas las preocupaciones de lado y se concentraban en ser una familia. Extrañaba eso. La sensación de unidad y comodidad que traía. Era algo que intentaba recrear todos los años, y a pesar de pasar las fiestas sola, no había hecho un mal trabajo al respecto.
Este año, sin embargo, estaba llegando tarde. Ya era trece de diciembre y ni siquiera había mirado un árbol de Navidad, mucho menos pensado en cómo quería decorarlo. El trabajo nuevo no me estaba dejando mucho tiempo para decorar, y cuando me iba de la oficina tarde todos los días, no sentía el Espíritu de la Navidad en mí para arrastrar las cajas del ático.
El trabajo se había convertido en un mundo maravillo de invierno. No había visto una oficina tan meticulosamente envuelta en alegría navideña antes, y estaba muy contenta de escuchar que todos los años se celebraba una fiesta de Navidad y cualquier empleado que deseaba hacerlo, podía participar del Santa secreto. Al menos, obtendría un regalo este año, pero más que eso, estaba emocionada de comprar un regalo para alguien más. Dar regalos era una de mis cosas favoritas, y los amigos que tenía nunca tenían el espíritu de intercambiar regalos. Girando el pequeño adorno navideño en el árbol de mesa, sonreí cuando las luces cambiaban y distorsionaban mi reflejo.
—¿Bella? —El sonido de mi nombre me sacó de mis pensamientos y casi dejé caer el adorno, moviéndome torpemente para atraparlo antes que cayera de la mesa. Fue casi vergonzoso.
—¿Sí? —Volteé rápidamente, colocando una sonrisa y pasando mis manos sobre la tela de mi falda blanca tubo. Era completamente festiva. Mi falda era de un material color marfil crema, suave al tacto con un cierre dorado suave que se encontraba en la parte posterior. Mi suéter era blanco con pintitas doradas, brillos delicados, nada ostentoso. Mis tacones eran color negro mate pero había un pequeño moño dorado en la parte posterior de mi tobillo. Como dije, festiva. Si no tenía tiempo para decorar mi casa, al menos podía esforzarme a hacer que mis atuendos reflejaran el espíritu de la Navidad. Llevando mi cabello largo hacia un hombro, me estiré hacia la pila de papeles que Jessica me tiende. La asistente personal de Edward Cullen solo me había conocido por unas semanas pero tenía el presentimiento que simplemente no le agradaba.
Elegí ignorar la manera en que me miró de arriba abajo y solo sonrió mientras hacía todo lo posible para quitar los pensamientos de su cabeza, sus pequeños cuernos cayendo un milímetro o dos en el proceso.
—El Sr. Cullen tuvo una cancelación hoy con el Sr. Jenks y aparentemente tú eres la otra única persona que puede reemplazar. Necesitarás revisar estos documentos y estar lista para reunirte con él en la mañana. Ocho AM significa siete cuarenta y cinco, Srta. Swan. No llegaría tarde si fuera usted. —Lanzando una sonrisa tensa, escaneé las páginas y le eché un vistazo de costado a la oficina del Sr. Cullen. No estaba segura de por qué él quería que yo estuviera en esa reunión mañana pero era hora de demostrarle a todos por qué valgo cada centavo que me ofrecieron.
—¡Oh! Antes que me vaya... —Volteé hacia Jessica de nuevo mientras ella sostenía un gorro de Santa invertido con pequeños papeles—. ¡Elije un nombre para el Santa Secreto! —A pesar de que había una vibra rara entre nosotras, ambas sonreímos ante la idea.
Al meter mi mano en el gorro de Santa, mezclé los nombres, sonriendo mientras tomaba uno del medio y lo abría silenciosamente. Mi sonrisa se esfumó cuando leí el nombre en el pequeño pedazo de papel, una caligrafía elegante que decía Edward Cullen.
Naturalmente, había logrado elegir a la única persona en todo el edificio que no solo tenía literalmente todo, sino que se rumoreaba que odiaba la Navidad. Había visto al Sr. Cullen en el edificio más de un par de veces, pero sabía casi nada sobre el hombre. Parecía que nadie sabía algo sobre él excepto Alice, y no había forma de que le fuera a pedir consejos. ¿Qué le das a alguien que tiene todo?
Desde mi lugar en el escritorio, tenía la vista perfecta del escritorio de sus asistentes justo afuera de su oficina de cristal. Observé por un momento mientras Edward se sentaba en su escritorio, sus ojos estudiando un montón de papeles en sus manos. Su cabello estaba despeinado pero su camisa y corbata estaban perfectamente hechas a medida, la chaqueta de su traje colgaba del respaldo de su silla. Él no era conocido por su conducta amistosa, pero era el CEO de la compañía. Estaba sorprendida de que él estuviera participando del Santa Secreto en absoluto. Él no parecía exactamente como el tipo de hombre que disfrutaría de un juego, pero de nuevo, no lo conocía. No quería darle el regalo más cursi al regalarle una taza del "mejor jefe del mundo" y una botella de whisky. Era demasiado impersonal para mí.
—¿Bella? ¿Ya te vas? —Parpadeando, bajé la mirada y agaché la cabeza, mis manos moviendo los papeles en mi escritorio mientras secretamente esperaba que mis mejillas no estuvieran sonrojadas. ¿Acaso me atrapó observando al Sr. Cullen?
—Eh, sí, Ang. Solo déjame tomar mi billetera. —Había una tienda de sándwiches cruzando la calle que hacía un sándwich increíble, por lo que Angela y yo creamos un hábito de almorzar juntas una vez a la semana. Ella no mencionó nada hasta que estábamos sentadas una frente a la otra y comencé a pensar que quizás podría haberme salido con la mía, pero por supuesto, mi suerte nunca fue tan buena.
Angela bajó lo que quedaba de su pastrami en pan de centeno, me estudió desde su lado de la mesa, y supe que ella iba a preguntar antes que abriera la boca.
—¿Por qué estabas observando al Sr. Cullen, Bella? Lucías completamente perdido en pensamiento.
Afortunadamente, había tenido tiempo para inventar una excusa en el camino.
—¿El Sr. Cullen? Oh, solo estaba mirando a la nada. No me di cuenta que era hacia su oficina. Estoy perdida sobre qué regalarle a mi Santa Secreto. Sé casi nada sobre ella.
Riéndose, Ang se encogió de hombros y cerró su bolsa de papas fritas.
—Bella, eso es fácil. Tienes dos semanas para averiguar qué regalarle.
Arrugando el envoltorio de mi sándwich, sacudí la cabeza.
—No es como si pueda simplemente preguntarle qué quiere.
Angela frunció la nariz y agitó su mano.
—Claro que puedes. Solo hazlo secretamente.
Pasé todo el camino de regreso a la oficina pensando en lo que Angela había sugerido. Quizás ella tenía razón. Necesitaba llegar a conocerlo, así que eso es exactamente lo que decidí hacer.
Si el objetivo de un secreto era mantenerse anónimo, al menos podía comenzar una conversación y conseguir un poco de información del hombre misterioso. Me senté frente a mi escritorio y sonreí mientras ponía en marcha mi plan, creando un correo electrónico nuevo solo para la ocasión. TuSantaSecreto.
Querido señor Cullen,
Al parecer fui la afortunada de sacar su nombre del sombrero este año. Después de chequear dos veces, me gustaría saber si ha sido travieso o bien portado... ¿Qué te gustaría que Santa te trajera?
~Tu Santa Secreto
Presioné el botón de enviar y llevé mi mirada al hombre mismo a través de los paneles de su oficina de cristal. No se podía negar que era atractivo. Él podía bendecir la portada de la revista GQ y nadie movería un pelo. Diablos, él probablemente lo haya hecho. Su cabello era de un tono único broncíneo y a pesar de su ceño siempre fruncido, su mandíbula rogaba ser tocada. Aún así, todos sabían que debían permanecer lejos de su camino. Nadie parecía poder atravesar su firme exterior excepto su hermana, e incluso entonces tenía mis sospechas de que él solo la toleraba por necesidad. Noté el momento en que leyó el correo porque sus ojos sutilmente escanearon la oficina de izquierda a derecha. Esquivé mi mirada y me concentré en la pantalla de mi computadora, mi estómago ligeramente agitado. Diablos, Bella. No luzcas sospechosa. Tomando mi teléfono, fingí una llamada por unos dos minutos antes de echar otro vistazo. Él no me estaba prestando atención, su mirada en la pantalla de su computadora. El sonido de mi propia computadora me hizo sobresaltar en mi silla, e internamente me reprendo por estar demasiado nerviosa.
TuSantaSecreto,
No estoy seguro de que este sea un uso adecuado de los recursos de la compañía, pero en el espíritu de la Navidad, dejaré pasar esto.
Estoy ocupado. Consígueme una corbata.
Edward Cullen
CEO
¿Una corbata? Frunciendo el ceño, me recliné en mi asiento y jalé de mi labio inferior entre mis dientes. No podía comprarle una corbata. ¿Qué tan impersonal sería eso? El hombre vestía Armani y aunque estaba segura de que su colección de corbatas era extensa, dudaba que él alguna vez usara una corbata que le eligiera yo incluso si gastaba la gran suma de dinero que Armani cobraba. No, eso no iba a funcionar.
Sr. Cullen,
Me temo que el Polo Norte se ha quedado sin corbatas. Los elfos no podían creer que alguien realmente quisiera una, por lo que no se molestaron en hacer alguna. Seguramente haya algo un poco más agradable que le gustaría.
¿Le gusta los deportes? ¿Cuál es su color favorito?
No me rendiré así de fácil,
Su Santa Secreto.
Su respuesta fue un poco más lenta esta vez, pero me obligué a evitar mirar hacia su oficina todo el tiempo que esperé. Di vueltas unos papeles en mi escritorio, arreglé bolígrafos y refresqué mi correo varias veces, curiosa de saber cualquier cosa sobre este hombre que pudiera ser útil. Cuando su correo finalmente llegó, no pude evitar reír por debajo de mi aliento.
TuSantaSecreto,
¿Estoy seguro que puede hacer mejor uso de su tiempo en la compañía? Realmente estoy ocupado y una corbata será suficiente. No soy un fan de los deportes, ni he considerado qué color es mi favorito en mucho tiempo. Si está preguntando con respecto a la corbata antes mencionada, prefiero roja.
Edward Cullen
CEO
No estaba completamente segura de cómo responder a eso. No podía comprarle una corbata, especialmente ahora. Tenía que haber alguna otra forma de aprender el funcionamiento interno de Edward Cullen. Solo no estaba segura de cómo hacer eso. Bufando, decidí tomar el consejo del Sr. Cullen y cerrar mi sistema de correo y llevar mi mente al trabajo. Había una montaña de papeleo que necesitaba mi atención y una máquina de copias que estaba esperando para poner a prueba mi paciencia de la tarde. La maldita cosa tenía mente propia. Después de una hora evadiendo su correo, lo volvía abrir y observé al cursos titilante, observando la línea blanca casi con gracia. Bien podría divertirme un poco con él, la seguridad de la anonimato en su máxima expresión. Quizás podría mostrar un poco de personalidad. ¿Quién no tiene un color favorito?
Sr. Cullen,
Seguramente debe haber algo que realmente desee. La Navidad viene y se va tan rápido, debe haber algo que le haga feliz. Puede contarme sus secretos, Edward Cullen. ¿Cuál es su deseo de Navidad?
Tu Santa Secreto
Engreída, cerré nuestros correos y noté que varios otros necesitaban ser respondidos antes de que terminara el día. Tendré que dejar a un lado la idea de alegría navideña hasta después. Tenía que prepararme para una reunión.
~MLS~
EPOV
El resto del día transcurrió rápidamente, incluso con todas las interrupciones ridículamente alegres. Estaba agradecido por el grosor de los paneles doble de cristal de mi oficina cuando comenzaron con la música navideña de fondo y con las conversaciones sobre los planes para las fiestas. Permanecí lo suficiente para dejar que todos los demás se fueran antes que yo para asegurarme de evitar todas y cualquier interacción con las personas que trabajaban para mí, sabiendo que lo primero que saldría de la boca de alguien estaría relacionado con cómo se rumoreaba que estaría incluido en las festividades este año. Maldita Alice. ella había irrumpido en mi oficina horas atrás con un sombrero de Santa en su mano y una sonrisa ridícula en su rostro. Tomé un nombre del sombrero y me negué a darle alguna pista de quién era antes que se fuera. Honestamente, ni siquiera me había molestado en mirar aún. No importaba, le compraría una tarjeta de regalo para un restaurante sofisticado y terminaría con toda la farsa.
Algunas personas estaban tomándose esta cosa un poco demasiado serio. Quién sea que había sacado mi nombre había pasado la tarde enviándome correos de una cuenta ridícula que habían creado exclusivamente para el Santa Secreto. No comprendía por qué estaban tan decididos en conseguirme lo que ellos habían visualizado como el regalo perfecto. Quizás ellos solo querían adular al jefe, pero pronto aprenderían que la Navidad no era la manera de hacerlo. No había una festividad que ignorara más. Tenía un mensaje sin leer de quien sea que fuera esperando en mi bandeja de entrada, pero estuve ocupado en reuniones por el resto del día y no había tenido la posibilidad de leerlo aún.
Estaba a punto de dirigirme hacia los ascensores cuando escuché a alguien caminando por la oficina. Haciendo una pausa, incliné mi cabeza en sorpresa al captar suave cabello marrón por el rabillo de mi ojo. Con un vistazo a mi reloj, mi ceño se frunció por sí solo. Usualmente yo era el último aquí y habían pasado dos horas desde el cierre. Nadie jamás se quedaba todo este tiempo. Doblando en la esquina por completo, observé en silencio mientras la Srta. Swan, nuestra jefa de marketing, gateaba debajo de su escritorio y mascullaba para sí misma. No debería chequear su trasero, iba en contra de las políticas de la compañía y lo sabía, pero lo hice de todas maneras. Ella se encontraba en cuatro y la pequeña abertura en V al final de su cierre se había levantado lo suficientemente alto para ser inapropiado. De repente, me encontraba siendo fanático del blanco. ¿Cuál es tu color favorito?
Sacudiendo la cabeza, aparté mi mirada y me aclaré la garganta. Internamente, hice una mueca cuando un fuerte golpe se escuchó debajo del escritorio. La cabeza de la Srta. Swan se asomó segundos después con una mano presionada contra su cuero cabelludo.
—Mierda. Ay.
Sonriendo ante su colorida elección de palabras, observé cómo sus ojos aterrizaban en mí y se agrandaban mientras se ponía de pie y se acomodaba la falda.
—Sr. Cullen. Lo siento. Yo, eh, pensé que se había ido.
—Srta. Swan. Usualmente soy el ultimo en irme, de hecho. ¿Qué está haciendo aquí? —Mi teléfono vibró en mi bolsillo pero echando un vistazo a la pantalla, me dijo que era solo Alice y presioné el botón "ignorar". Ella ya había conseguido suficiente de mí hoy.
—Oh, a menudo me quedo aquí un poco tarde. De hecho, me estoy preparando para nuestra reunión de mañana. —Fruncí el ceño, ojeando la pila de papeles en el suelo junto a los tacones de la Srta. Swan.
—Ah, sí. Parece que el Sr. Jenks está tomando su inminente retiro como una excusa para faltar al trabajo. Espero que esté lista para ocupar sus zapatos, Srta. Swan, porque no espero que él siga por más tiempo. —De hecho, si Isabella tenía éxito con la campaña de marketing para Año Nuevo, dejaría ir a Jenks yo mismo. Él tenía previsto retirarse en febrero, pero habíamos contratado a Isabella Swan como su reemplazo lo suficientemente temprano para que él pudiera entrenarla y pudiéramos evitarnos cualquier problema con la transición. No era ciego ante los problemas en mi compañía, especialmente no aquellos que sucedían en mi piso, y sabía que la Srta. Swan había estado haciendo el trabajo de Jenks desde que ella había sido contratada. Él tomó la posición de ella como una excusa para irse del trabajo antes o no molestarse en asistir en absoluto. No tenía dudas de que la Srta. Swan podía manejar el marketing de Cullen Corp con facilidad ya, pero una prueba final nunca hirió a nadie.
Con una sonrisa orgullosa, ella simplemente asintió y señaló al desastre de papeles en el suelo antes de continuar recogiéndolos.
—Definitivamente estoy lista, puedo lidiar con ello.
Dando un paso hacia atrás, regresé mi atención a mi teléfono.
—No tengo dudas, Srta. Swan. La veré mañana.
No fue hasta que estuve atrapado en los confines del ascensor deslizándome por los correos electrónicos que me di cuenta que la Srta. Swan ni una vez había pronunciado la Navidad, ni se molestó en cubrir el silencio de la oficina con un sinfín de canciones navideñas que la radio ofrecía. La noción de que a ella no le gusta la temporada festiva tanto como a mí trajo una sonrisa a mi rostro. Quizás no era el único que encontraba la temporada festiva tan monótona. Ella era, después de todo, la nueva encargada de marketing. Seguramente ella se dio cuenta que las fiestas estaba confeccionada para extraer dinero de las personas.
Antes de saberlo, me encontré con el correo de mi Santa Secreto, mis ojos escaneando el mensaje en mi teléfono mientras el ascensor tintineaba y las puertas se abrían. ¿Mi deseo de Navidad? Eso era fácil.
TuSantaSecreto,
Mi deseo de Navidad es que la temporada termine ya. No soy fanático de Santa. Te aseguro, Santa Secreto, que lo que sea que elijas regalarme estará bien.
Edward Cullen
CEO
Para cuando llegué a casa y bajé mis llaves, mi teléfono sonó con un correo entrante y supe quién era antes de mirar. Debería haber sabido que quien estuviera detrás de esto era lo suficientemente dedicada para continuar fuera de las horas de trabajo.
Sr. Cullen,
¿Por qué odia tanto la Navidad? Quizás nunca le ha dado una oportunidad a Santa. El viejo de hecho es bastante bueno si me preguntas, pero la Navidad no se trata de él. ¿Acaso no tienes recuerdos valiosos de las fiestas?
Recuerdo que cuando era una niña, mi madre y yo pasábamos las Vísperas de Navidad horneando galletas de jengibre juntas. No siempre teníamos tiempo de hacer cosas juntas así. Ella era una persona muy voluble y se distraía fácilmente, pero ella siempre recordaba nuestra tradición de Vísperas de Navidad. Pasábamos horas decorando las galletas e inventando historias detrás de ellas. La chica de jengibre sin un brazo que se enamoró de los botones de gominola de los chicos de jengibre, el pequeño con shorts color rosa porque él intentó y no pudo hacer la colada por su cuenta. Todos tenían historias, y no importaba que llegara la mañana las galletas estarán medio comidas y rancias. Lo que importaba era el momento que pasábamos juntas y los recuerdos que creábamos. Ella ya no está, pero aún paso las Vísperas de Navidad haciendo galletas de jengibre.
¿No quieres un regalo que detone algo dentro de ti? ¿Algo con significado en vez de una corbata que ambos sabemos que nunca usarás?
Tu Santa Secreto
Entonces, era una ella. Me preguntaba distraídamente si fue su intención soltar ese pequeño detalle o si ella estaba tan perdida en su recuerdo que no se dio cuenta. Pero ella tenía razón sobre una cosa; probablemente jamás usaría una corbata de ella. Escribí me respuesta con una ligera sonrisa en mi rostro.
Santa Secreto,
Jamás hice galletas con mi madre en Navidad. De hecho, no creo que alguna vez haya hecho galletas en mi vida, y puedo decir con honestidad que no hay ni un recuerdo de la infancia que desee detonar, navideño o no.
Pero tengo curiosidad. ¿Qué tipo de regalo detonaría un recuerdo sobre personas de jengibre? ¿Le pedirás a Santa una casa de jengibre este año?
Edward
Cuando bajé el teléfono en la encimera de la mesa, aflojo mi corbata y abro los primeros botones de mi camisa. Frotando una mano por mi mandíbula y moviéndome para abrir la puerta del refrigerador que ya sabía que estaba casi vacío, me encuentro esperando que mi Santa Secreto, quién fuera que ella era, respondiera antes de la mañana. La luz brillaba extra fuerte al rebotar por las paredes blancas adentro del refrigerador por lo que la cerré por costumbre y me moví hacia el bar en cambio. Para cuando ya me había servido un merecido vaso de whisky, mi teléfono sonó desde su lugar en la encimera.
Estuve sorprendido al sentir entusiasmo por abrir el correo, mi mano estirándose en busca de mi teléfono instantáneamente antes de tomar mi bebida y sentarme en el sofá.
Sr. Cullen,
Creo que si pudiera pedirle a Santa algo este año, sería una Víspera de Navidad en buena compañía, pero aceptaría la casa de jengibre para que todas las personas puedan vivir allí.
Realmente es una persona gruñona, Sr. Cullen, pero creo que finalmente comprendo por qué. ¿Qué tipo de persona jamás ha hecho galletas antes? Me disculpo si esto va en contra de las políticas de la compañía que tan apasionadamente impone, pero realmente me gustaría abrazarlo ahora mismo. Le compraría elementos para hornear con esperanza de que explore los placeres de hacer galletas, pero por lo que sé de usted, no se usaría.
Tu Santa Secreto
Con una sorprendida ceja arqueada, mi curiosidad ganó y me reí para sí mismo. ¿Abrazarme? ¿Acaso mi Santa Secreto coqueteaba conmigo? Tenía que admitir que había una cierta atracción sobre no saber con quién estaba hablando, incluso si esta persona trabajaba para mí. Rozaba el límite de lo inapropiado el siquiera entretener la idea pero por alguna razón, esta Pequeña Santa anónima tenía mi atención.
Girando el hielo alrededor de mi vaso, tomé un sorbo de nuevo, disfrutando del ardor frío mientras mis ojos escaneaban el mensaje y debatía cómo responder.
Santa Secreto,
Parece como si nada de lo que diga hará que te vayas sin una pelea, y creo, de una manera retorcida, que admiro tu tenacidad. Puedes llamarme Edward. Estamos, después de todo, fuera de horas de trabajo.
Tengo una confesión, Pequeña Santa. Ni siquiera he podido ver el nombre que tomé del sombrero. Hay regalos perfectamente razonables y neutrales que pueda dar sin siquiera saber a quién se lo doy. La única razón por la que estoy participando en este juego en absoluto es porque mi hermana me obligó. Ella, también piensa que soy una persona gruñona que necesita un poco de alegría festiva. No eres mi hermana, ¿cierto? Creo que estaría molesto si lo fueras.
Retiro lo que dije antes. Por favor, no me des algo relacionado a la cocina. Temo que estaré tentado de usarlo a estas alturas, y el departamento de bomberos no tendrá a nadie a quién culpar más que a ti.
Pero de nuevo, podrías usarlo como una excusa para unirte a mí en la lista de traviesos.
Edward
Dudé en enviar mi respuesta, preguntándome vagamente si soné demasiado insinuante. No pude evitarlo. Me estaba divirtiendo. Quizás era el whisky.
~MLS~
EPOV
14 de diciembre
Para las seis de la mañana, ya había ido a mi corrida matutina, me había bañado, vestido en uno de mis mejores trajes y logrado ganarle a la multitud matutina en la cafetería. Mientras esperaba en la fila, el dorado y blanco brillante de una de las tazas para llevar captó mi mirada. Me recordaba al atuendo de Isabella de ayer. Era un blando suave, como vainilla caliente. No estaba seguro de por qué seguía tan fresco en mi mente pero no pude dejar de observar la manera en que la maldita taza brillaba en el estante de Starbucks. ¿Cuál es tu color favorito?
Sentí mis cejas unirse cuando de nuevo recordé esas pequeñas palabras de la menta muy inquisitiva de mi Santa Secreto. Estuve medio tentado a hacer que nuestro departamento de tecnología rastreara el correo así podía saber quién era esa mujer curiosa pero al mismo tiempo, ¿qué era una pequeña e inofensiva diversión? Ella ya había confirmado que no era mi hermana, y estaba disfrutando los correos anónimos de mi Pequeña Santa. Tenía el presentimiento que descubrir su secreto detendría los correos, y no estaba preparado para eso.
Cuando fue mi turno, la barista vestida en su atuendo demasiado festivo ya estaba sosteniendo una de esas jodidas tazas festivas y rojas, el Sharpie en su mano opuesta esperando a escribir mi nombre en ella. La interrumpí antes que ella siquiera preguntara.
—En vez de tazas festivas, llevaré dos de las tazas para llevar. Una negra y otra de esas blancas y doradas y brillantes. Ambas extra caliente, extra crema, poco azúcar. —No estaba seguro de por qué decidí traerle un café a Isabella, simplemente apareció en mis planes mientras estaba distraído con el recuerdo de esa maldita falda. Quizás mi Pequeña Santa estaba contagiándome un poco de alegría festiva después de todo.
—¿...señor? —Mi cabeza se movió hacia la barista que parecía un poco entretenida con mi ceño fruncido—. Su nombre para la orden, señor. —Mierda.
—Edward. —Mostrándole una sonrisa torcida, asentí de manera apologética mientras sacaba mi tarjeta de crédito y se la tendía. Me incliné en el mostrador opuesto hasta que mi orden estuvo listo y noté que ahora tenía que cargar esa cosa brillante por el vestíbulo y por los ascensores, hasta el último piso. Mi piso. Comenzaba a arrepentirme de mi decisión. Quizás podía simplemente dejarlo en el escritorio de la Srta. Swan. Afortunadamente, era ridículamente temprano así que probablemente sea el primero en llegar. Ni siquiera podía comenzar a imaginar qué rumores rondarían por la oficina si me vieran traerle un café a una mujer. Alice se regodearía todo el día.
Cuando los ascensores tintinearon con el número de mi piso, salí con propósito, dirigiéndome directamente a mi oficina. Las luces ya estaban encendidas, algo que era moderadamente confuso. Me estiré hacia las puertas y maniobré las tazas de café en mi mano mientras abría la puerta, mi mirada moviéndose al otro extremo de mi escritorio. No pude evitar observar, la vista agradablemente familiar.
—¿Isabella? —Mi voz la sorprendió y cuando ella giró con un sobresalto, la diversión en mi rostro debió haberla avergonzado. Sus mejillas se sonrojaron un poco y parecía estar un poco nerviosa. Habían papeles a todo su alrededor, rodeándola con una barricada de trabajo. Vi los documentos y los gráficos, listas y rankings. Habían panfletos y carpetas con nombres y silenciosamente me preguntaba si ella siquiera había vuelto a casa anoche.
—¡Sr. Cullen! —exhaló, sus pies descalzos moviéndose sobre las pilas de papeles mientras se ponía de pie frenéticamente, alisando su falda. Era roja hoy, una blusa blanca completaba su atuendo, por lo que ella debió haberse cambiado en algún momento. Observé cómo movía sus pies a un lado mientras se encontraba con mi mirada, buscando sus tacones que ni si quiera estaban lo suficientemente cerca para colocárselos. Incluso las uñas de sus pies eran festivas, copos dorados sobre esmalte blanco. Allí estaba ese color de nuevo.
Me moví lentamente, colocando las dos tazas sobre mi escritorio antes de llevar una mano a mi corbata, manteniéndola cerca así podía agacharme para tomar uno de los tacones altos de Isabella. El sonrojo en sus mejillas se pronunció, así como la sonrisa engreída que ahora adornaba mis labios. Le acerqué el zapato, dejando que colgara de la punta de mi dedo, y ella lo tomó con un gruñido. Simplemente me reí, arqueando una ceja inquisitivamente.
—¿Qué hace en mi oficina a las siete AM, Srta. Swan? ¿Nuestra reunión no es a las ocho?
—Lo siento, señor. Es solo que, tu oficina es la más grande y necesitaba espacio para organizar todas estas cosas y como nuestra reunión sería aquí, pensé en venir temprano y preparar todo. Jessica, ella me dijo que las ocho realmente significa siete cuarenta y cinco, y normalmente llego temprano para todo. —La chica lucía incómoda, sus palabras saliendo por su lengua aceleradamente, lo suficiente que tuve que inclinar mi cabeza para poder seguirla. Sabía que tenía una reputación aquí, pero ella no tenía que temerme. No era tan malo, ¿o sí? Fruncí el ceño ante esa idea.
Estirándome sobre mi escritorio, tomé la taza blanca y dorada brillante y se la tendí a Isabella con un asentimiento. Allí se va mi plan de dejarla en su escritorio.
—Está bien, Srta. Swan, tenga un poco de café. Quizás relájese un poco. —Otra risita se escapó de mis labios al dar la vuelta a mi escritorio, tomando mi propio café conmigo, feliz de no tener esa jodida taza roja en mi escritorio esta mañana.
—Oh... Gracias, Sr. Cullen. No tenía que traerme café. Esta taza es tan linda, ¿dónde la consiguió? —Observé su rostro iluminarse y de inmediato me arrepentí de mi decisión de comprar la maldita cosa. No porque no quería ver su sonrisa, sino porque sabía lo que significaba en lo profundo. ¿Cuál es tu color favorito?
Con un gruñido por debajo de mi aliento, ignoré la manera en que ella me sonreía y bajé la mirada hacia el papeleo que rondaba en mi escritorio, mascullando una respuesta de mierda.
—Solo me canso de esas malditas tazas rojas en este momento del año. —Agité una mano despectivamente, esperando que mi encargada de marketing no tuviera idea de que el color era la combinación perfecta para el atuendo que ella tenía puesto ayer—. La gente de Starbucks la eligió.
Ella simplemente asintió y quitó la tapa de metal antes de tomar un sorbo, y no pude evitar la manera en que ella tarareó en apreciación. El sonido distraía un poco de más. Ella comenzó a limpiar el resto de su trabajo desordenado y lo apiló todo en pilas sobre la mesa de conferencias al otro extremo de mi oficina. Una vez más, me encontré estudiando la manera en que ella se movía, completamente inconsciente de la manera en que la miraba.
Antes de saber lo que estaba haciendo, había abierto mi sistema de correo.
Pequeña Santa,
Blanco. El blanco es mi color favorito, particularmente cuando lo combinan con dorado.
Edward
El suave tintineo de un teléfono del otro lado del cuarto hizo que levantara mi mirada, mis ojos buscando el dispositivo al que pertenecía. El teléfono de Isabella se encontraba boca abajo sobre el borde de mi escritorio, el cristal blanco brillando un reflejo de las luces de la oficina, así como las cuerdas de luces doradas navideñas que colgaban de mis estantes, gracias a la ayuda de Alice.
Mis ojos se movieron hacia Isabella, mi mente plantando ideas y posibilidades mientras la observaba inclinarse elegantemente sobre el borde de la larga mesa, colocando carpetas en los lugares de todos. Noté la manera en que ella enderezaba los bordes de todos los documentos que ella había colocado en mi asiento a la cabecera de la mesa. Echando un vistazo detrás de ella, hacia su teléfono, mis cejas se unieron ligeramente, la posibilidad de que Isabella fuera mi Pequeña Santa era extremadamente intrigante. Quizás era solo una coincidencia, pero no pude evitar la sonrisa que ahora adornaba mis labios ante esa posibilidad.
Mi fin de semana era pasado poniéndome al día con el papeleo y sumergiéndome en el lado oscuro de adquirir una compañía más pequeña. La fusión sería extremadamente beneficiosa para Cullen Corp, pero solo por un código que ellos han creado y del cual tenían derechos. Desafortunadamente, no estaban dispuestos a vender el código en sí, por lo que estaba metido de lleno en encontrar algo salvable sobre la compañía. Parecía como si íbamos a tener que cerrarla y liquidar los activos, lo que era desafortunado para los cientos de personas que empleaba. Tan despiadado como era en el mundo de los negocios, no apreciaba la idea de causar una dificultad para tantas familias justo después de las festividades.
Y entonces estaba mi Pequeña Santa. Nuestros correos electrónicos incrementaron su frecuencia la noche del viernes, y al ritmo que charlábamos no mostraba señales de desacelerar. Fuimos de un lado al otro sobre cosas al azar, y la Navidad fue olvidada mientras discutíamos sobre todo desde nuestros libros favoritos al mejor restaurante en la ciudad. Seguía firme de que era Antonio's, y mi Pequeña Santa nunca había ido allí. Me encontré deseando poder llevarla.
El lunes, tres personas me preguntaron por qué estaba de tan buen humor. Alice había metido sus narices en mis asuntos que le espeté que me dejara solo y que saliera de la oficina. Los imbéciles estaban arruinando lo que debería haber sido un buen día.
El martes, firmé nuestra nueva adquisición y pasé el día en reuniones exponiendo un plan para liquidar la compañía. Esa noche, abrí una botella vieja de Whisky e incluso mi Pequeña Santa sabía que algo me molestaba. Le conté más de lo que debería haber hecho, y entonces noté que discutir información privada en servidores de la compañía era negligente. Cambié mi correo al personal y mi pequeña Santa creó una cuenta nueva anónima solo para mí.
El miércoles, hice que Eric Yorkie del Departamento de Informática limpiara nuestro historial de los servidores de la compañía. Dos horas más tarde, tomé el pedazo de papel del Santa Secreto de abajo de mi teclado y leí el nombre escrito en él. Isabella Swan.
Para el jueves, estaba completamente distraído del trabajo y no logré hacer nada. Cancelé todas mis reuniones y pasé el día caminando por cada piso de la compañía, silenciosamente preguntándome quién estaba detrás de los correos de los que había comenzado a esperar. Pasé horas enviándole tontos correos a mi Pequeña Santa con chistes y hechos irrelevantes, todo mientras caminaba por los pasillos y las oficinas y escuchando al tintineo de una alerta de correo. Dejé el trabajo seguro que la mujer detrás de los correos era Isabella Swan.
No fue hasta el viernes que me di cuenta que nuestro pequeño juego estaba por acabar.
~MLS~
BPOV
21 de diciembre
Edward,
¡Santa escarcha navideña! Tu hermana lleva la Navidad al extremo, ¿o no? Creo que puede que ella haya envuelto guirlanda alrededor de cada superficie que tenemos. Me temo que si me quedo quieta por demasiado tiempo, terminaré decorada.
Tres días para la fiesta de Navidad y aún no he determinado tu regalo. Eres difícil de descifrar. ¿Alguna pista de último momento?
Tu Pequeña Santa
Girando en mi silla, eché un vistazo al monitor de mi computadora y observé la expresión facial de Edward mientras mi correo llegaba. Se había vuelto un pasatiempo favorito para mí, y la pequeña sonrisa que apareció en la esquina de su boca cuando llevaba la atención a su teléfono no decepcionó. Observé mientras su rostro se iluminaba con una sonrisa y su boca se abrió con una risa que no puedo escuchar, pero segundos después su rostro se desencajó. Mi propia boca formó una línea mientras él miraba por su ventana, preguntándome qué pude haber dicho que pareció afectarlo. Antes que pudiera comenzar a suponer, Edward giró su silla y encontró mi mirada. Parpadeando, agaché mi rostro, mis mejillas ardiendo con vergüenza de ser atrapada mirando.
—¿Isabella? —La voz de Edward sonó del otro lado de la oficina y Jessica me miró, una sonrisa engreída en sus labios. Mierda. Mierda. Mierda. Mierda. Él no suena feliz.
Metiendo mis pies en mis tacones, me puse de pie con rodillas temblorosas.
—¿Sí, señor?
Él no respondió, sino que volteó y caminó de vuelta a su oficina, su mano sosteniendo la puerta abierta mientras lo seguía hacia adentro y me senté en la silla frente a su escritorio, silenciosamente rogando que esto estuviera relacionado con el trabajo y no mi obvio problema de miradas. Nuestra reunión de la semana pasada había salido mejor de lo que podía haber esperado, y Edward parecía más que dispuesto a proceder con mi estrategia de marketing para Año Nuevo. Iba a ser implementada el 26 y se encontraba en la fase final de los retoques.
Edward tomó asiento frente a mí, y moví mis piernas mientras nos observábamos al otro en silencio por lo que parecieron quince minutos pero seguramente fueran segundos. Abrió su boca pero luego se detuvo, un ceño fruncido marcando su rostro mientras cambiaba de táctica y buscaba una carpeta al borde de su escritorio. ¿Qué iba a decir?
—Mencionó que no era fan de la publicidad navideña de este año, y parece que nuestros números se alinean con su opinión. —Girando la carpeta hacia mí, Edward la abrió y me incliné para ver el gráfico que señalaba. No estaba sorprendida. Este año, el Sr. Jenks estaba decidido en una idea a la que yo me oponía, pero el hombre no cedía—. ¿Por qué no le gustó?
Relajándome, agradecí a cualquier dios que me estaba escuchando por no tener que explicarle a mi jefe por qué estaba observándolo desde mi escritorio. Podía lidiar con Marketing. Este era mi elemento.
—Bueno, su corazón no estaba en ello, pero este año... bueno, todo fue muy mecánico.
—¿Sin corazón? —Reclinándose en su silla, Edward tamborileó sus dedos contra su reposabrazos antes de proceder—. ¿Qué hubieras hecho?
Mordiéndome el labio, decidí simplemente ir por ello.
—Sr. Cullen...
—Edward, por favor —me interrumpió, y luché por contener la sonrisa que amenazaba por cubrir mi rostro, en cambio le ofrecí una pequeña mientras suspiraba suavemente.
—Edward. El teléfono más nuevo era el foco de las publicidades de este año, y el Sr. Jenks quitó la atención de muchas de las características increíbles del dispositivo. En cambio, colocó todo en una aplicación que rastrea a Santa, y aunque es adorable y definitivamente útil tanto para niños como padres alrededor del mundo, es algo que puede ser hecho con casi todos los smartphones que hay. —Mi voz había adquirido un tono divagante, por lo que me detuve y solté un pequeño suspiro, interrumpiendo mis pensamientos—. No había nada que hiciera que los consumidores quieran comprar nuestros dispositivos. Me hubiera deshecho de todo el concepto. Nuestro trabajo no es promover una aplicación, es mostrar lo que nuestros teléfonos pueden hacer.
Cerrando la carpeta frente a mí, la empujé hacia Edward.
—Me hubiera gustado haber visto una publicidad que uniera a las familias. Que hiciera la Navidad más fácil para todas las personas, y les mostrara que era posible lograrlo con uno de nuestros productos. Una de las mejores características del nuevo teléfono es la cámara increíble que tiene, y la opción para videollamadas que ha sido agregada a la interfaz. Muchas familias son incapaces de viajar por las festividades. Podríamos haber tenido a familias reales, personas reales, reacciones reales si les hubiéramos dado la oportunidad de pasar las fiestas juntos por videollamadas. Vistazos de ellos abriendo regalos, cenando. Las festividades se tratan de unir a las personas, Edward.
Edward se mantuvo en silencio por tanto tiempo que creí que odiaba todo mi concepto, y nerviosamente llevé un mechón de cabello por detrás de mi oreja.
—Voy a despedir a Jenks. Desde hoy, eres la encargada oficial del marketing para esta compañía.
Exhalando apresuradamente, dejé caer mi mano sobre mi regazo en sorpresa.
—Pensé que...
—Tienes razón, Isabella. Puede que no comprenda de qué se trata la Navidad, pero es obvio que tú sí, y no tengo dudas que abordarás cada temporada con la misma cantidad de devoción.
Mordiendo mi labio, vacilé antes de responder.
—No te decepcionaré, Edward. Gracias. —Agitó una mano despectivamente, y me puse de pie para irme, pero me detuve y apoyé mi cadera contra su escritorio.
—Estás equivocado, ¿sabes? —Edward arqueó una ceja, su labio temblando mientras me miraba. Por supuesto, debí ser la única persona que recibía un ascenso y se detenía a decirle que su jefe estaba equivocado.
—¿Sobre qué? —Internamente sacudiendo la cabeza, sonreí.
—Dijiste que no comprendías la Navidad. Creo que quizás la comprendas más de lo que te das cuenta. —Apartándome de su escritorio, mis tacones tintinearon contra la baldosa es el único sonido detrás de mí hasta que mis dedos se envolvieron alrededor del picaporte de acero inoxidable.
—Ese corazón del que hablas. ¿El que le faltaba al Sr. Jenks? ¿Dónde se puede encontrar uno? —Mis dedos se afianzaron al picaporte mientras contemplaba su pregunta. ¿Acaso Edward realmente me estaba preguntando dónde podía encontrar amor? ¿O se refería al espíritu navideño? Eso tenía que ser. Dejando caer mi mano, volteé a mirarlo.
—Es el viernes antes de Navidad, Edward, y ya casi terminamos por el día. Si hay algún momento en que puedes salir de trabajar temprano, es hoy. Ven conmigo. Tengo una idea.
Si Edward quería aprender el verdadero significado de la Navidad, haría lo mejor para mostrárselo.
~MLS~
EPOV
No estaba segura exactamente qué tenía en mente Isabella para este pequeño paseo pero al momento en que ella se subió a mi coche, ella le dio una dirección a Alec, esa pequeña sonrisa emocionada aún en su rostro. Cada tanto, me encontraba echándole un vistazo a Isabella, simplemente había algo en la manera en que ella miraba que seguía atrayendo mi atención.
Ella seguía en sus prendas de trabajo, ciertamente festivas, pero ella tenía puesto un piloto ahora. Era de lana pero lucía cálido y abrazaba su complexión de manera atractiva. Por supuesto que la maldita cosa era blanca. Sus ondas avellanas colgaban a sus costados y contra la suave tela, y no pude evitar observar. Cuando finalmente aparté la mirada, capté la mirada de Alec en el espejo retrovisor, una sonrisa engreída en sus silenciosos labios. Mis ojos se entrecerraron y él llevó su atención devuelta a la carretera sin una palabra. Bastardo engreído.
Seguí chequeando mi teléfono y no había recibido ninguna notificación sobre mi Pequeña Santa. Una vez más, secretamente me pregunté si de hecho era Isabella. No estaba sorprendido de que aún no había recibido un correo de ella ya que Isabella había estado conmigo durante toda la tarde. Además, ¿quién además de mi chica misteriosa estaría tan decidida a mostrarme cómo funciona la Navidad?
—Edward, estamos aquí. ¡Este es el lugar! —Isabella me dedicó una sonrisa brillante y se movió en su lugar, casi ganándole a Alec en abrir la puerta. Ella parecía sonrojarse mientras él la ayudaba a bajar y simplemente me reí y salí por el otro lado. La observé colocarse su bufanda roja alrededor de su cuello y pequeños guantes rojos, una sonrisa atractiva en sus labios.
Al acercarme a su lado, eché un vistazo alrededor con cautela, asimilando la cantidad de personas reunidas aquí y los arboles navideños decorados que adornaban cada lado de la entrada. Mi voz era baja, curiosa pero algo divertida.
—¿Un mercado festivo? —¿Realmente esperaba que tuviera alguna epifanía navideña mientras comprábamos entre el caos navideño?
Hubo un ligero gruñido para mi risa, pero Isabella simplemente se rio alegremente y enlazó su brazo con el mío mientras esperábamos para ser admitidos. Eché un vistazo adonde su brazo delgado se inclinaba sobre el mío y por un momento, noté la manera en que olía su cabello. Ella olía a galletas y menta. Me encontré inclinándome un poco más cerca antes de enderezarme y aclararme la garganta. No me perdí de la sonrisa de Alec mientras volvía al coche y se iba.
Cuando fue nuestro turno de atravesar la verja de entrada, parecía ser el Polo Norte, pero no de la manera en que lo hubiera imaginado. No era todo animado para los niños, era algo... lindo. Habían luces doradas en todas partes, iluminando caminos y arcos, habían tiendas con diferentes tipos de comida, bocadillos y bebidas navideñas. Habían stands de artesanías, regalos hechos a mano, joyas y floristas alineándose a ambos lados de nosotros. Mientras Isabella echaba un vistazo alrededor con una sonrisa enorme en su rostro, saqué mi billetera y volteé hacia el hombre detrás del stand de entradas. Justo cuando estaba a punto de sacar unos veinte, mi billetera fue arrebatada de mis manos por un par de guantes rojos. Levanté la mirada en confusión y encontré a Isabella fulminándome con la mirada.
—Oh, no, señor. Yo te traje aquí, yo pago.
Poniendo los ojos en blanco, me reí y me estiré hacia mi billetera, solo para que esta sea alejada una vez más.
—Isabella, puedo pagar. En serio, no me molesta.
Sacudiendo la cabeza, fui momentáneamente asombrado cuando ella se acercó y guardó mi billetera en mi bolsillo.
—Es Bella. A menos que esté en problemas, en ese caso Isabella funciona maravillosamente.
Antes de saber lo que estaba pasando, ella le pagó al hombre y me estaba guiando por el codo hacia la entrada, su semblante alegre devuelta mientras echaba un vistazo alrededor con emoción.
—Está bien, ¿qué hacemos primero?
Arqueando una ceja escéptica, sacudí mi asombro y dejé que Isabella me llevara hacia la primera tienda a la izquierda. Noté lo acogedor que todo parecía pero honestamente, mientras ella observaba las luces y el menú sofisticado de bebidas, yo la observaba a ella. Ella tenía una sonrisa genuinamente feliz mientras señalaba hacia la pizarra de apariencia festiva y preguntaba qué sabor de chocolate caliente quería.
—Hay demasiados, no puedo decidir, ¿qué hay de ti, Edward? —Su voz era baja pero aún así irradiaba entusiasmo.
Me aclaré la garganta justo antes que ella pudiera atraparme mirándola con la curiosidad que había estado atormentándome por una semana ya.
—Sé que es una noción antigua, pero ¿qué hay de chocolate caliente común? —Ambos nos reímos, el sonido suave y despreocupado, natural... cómodo. Había pasado tanto tiempo desde que había estado cómodo con, bueno, alguien. Todos parecían querer algo de mí, de alguna forma u otra, pero las intenciones de Bella eran claras. Ella solo quería que disfrutara de la Navidad.
Sus ojos parecían brillar y asintió, su cabello ondulado cayendo frente a su rostro como un velo, bloqueándola de mi vista. Me costó cada pizca de control poder mantener mis manos en mis bolsillos y no estirarme y colocarlo detrás de su oreja mientras una pequeña anciana con el atuendo de Sra. Claus nos tenía dos tazas grandes de chocolate caliente, con crema batida arriba, rociado con un poco de canela en polvo, y un bastón de caramelo sobresaliendo en cada una. Recibí el calor de la taza en mis manos y eché un vistazo alrededor antes de encontrarme con la mirada de Bella. Ella estaba observándome con esperanza, esperándome a que lo probara. Me sentí un poco tonto, un hombre adulto bebiendo chocolate caliente en un festival navideño como un niño, pero no iba a decir eso y herir los sentimientos de Bella.
—Entonces... Este chocolate caliente se supone que me dará el espíritu de la Navidad. Aquí vamos. —Me reí por debajo de mi aliento y bebí un la taza caliente, lamiendo mis labios inmediatamente después. Bella me observaba con una sonrisa divertida en su rostro.
—¿Y bien? ¿Qué dice nuestro equipo de investigación y desarrollo del chocolate caliente? —Su risa comenzaba a sentirse un poco contagiosa. Me encontré sonriéndole y observé atentamente cómo ella lamía la crema de sus labios, una acción que hizo que mi sonrisa se esfumara. De repente, ella lucía diferente. Aún seguía siendo la Isabella que había estado observando toda la semana, sus pequeñas faldas navideñas habían estado en mi mente más que el trabajo que debería haber estado haciendo, pero en ese momento, ella simplemente era diferente. Las luces a su alrededor parecían iluminar su sonrisa y sus mejillas estaban sonrojadas. El sonido de su risa mezclada con la música y ella parecía brillar en ese maldito abrigo blanco.
—Es delicioso. —Mi voz sonaba lejana, incluso para mis propios oídos. Parpadeé para alejar la confusión y obligué a llevar mi atención a algún lugar detrás de ella—. Aún me siento como yo. Grinch y todo. —Bella echó su cabeza hacia atrás y se rio mucho más fuerte esta vez, su mano aterrizó en mi brazo, una vez más robándome la sonrisa mientras la veía en algún tipo de estupor. Ella era hermosa. Su sonrisa lo suficientemente brillante para hacer que todos en este maldito lugar fueran felices. Quizás este chocolate sí tenía algo extra adentro.
Nos movimos de stand a stand, mirando a los vendedores hacer cosas como pinturas al óleo, joyas con mármol y cucharas derretidas y velas festivas con gotas de cera y pequeños colgantes adentro para la suerte. Mientras asimilaba todo, aún podía ver el lado comercial del evento. Este lugar probablemente atraiga a una gran cantidad de ingresos, pero mientras más observaba a Bella, menos pensamientos como esos se asomaban por mi mente.
Jalándome con más de ese entusiasmo festivo, me reí por debajo de mi aliento mientras Bella me llevaba a una casa de jengibre de tamaño real. Instantáneamente recordé las pequeñas personas de jengibre con sus propias historias. La sonrisa en mi rostro ante el hecho que seguía sin saber de mi Pequeña Santa era incomparable. Aún esperando y convencido de que debía ser Bella, apenas noté cuando ella abrió la puerta con el picaporte de gominola y me jaló hacia adentro de la pequeña casa. Tuvimos que agachar nuestras cabezas, pero incluso yo tenía que admitir que olía delicioso adentro.
Todo dentro de la casa estaba hecho de galletas y dulces. Las paredes estaban decoradas con Oreos, Licorice, envoltorios de goma de mascar y todo tipo de cosas dulces. Incluso las cortinas en una ventana aseguraba ser comestible. Tuve que sonreír mientras veía a Bella pasar sus dedos por los muebles comestibles. La seguí y estaba a punto de quitar un pedazo caído de corteza de menta de su cabello cuando una anciana tocó el brazo de Bella y habló con una voz rasposa pero amigable.
—Ustedes dos hacen una pareja encantadora, ¿les gustaría que les tomara su fotografía aquí?
Ante su sugerencia, sentí mi garganta cerrarse, mi mente ansiosa de imaginar esa posibilidad, pero Bella se movió frente a mí, sonrojándose extremadamente mientras sacudía la cabeza una vez y me echaba un vistazo.
—Oh, en realidad no somos...
Di un paso hacia adelante, interrumpiendo a Bella cuando estaba a punto de rechazar amablemente, pero yo tenía otras ideas.
—Por supuesto que nos encantaría, gracias. —Mi voz derramaba encanto, lo suficiente para que incluso Bella trastabillara. Ella sonrió y le ofreció su teléfono a la mujer mientras yo la jalaba hacia mi lado, mi brazo deslizándose a su alrededor. Tenía todas las intenciones de sonreír para la foto pero cuando ella estaba así de cerca, podía oler su cabello de nuevo y me perdí en ello. Mi cabeza estaba inclinada hacia Bella, mirando su hermosa sonrisa y antes de saberlo, la mujer le había devuelto a Bella su teléfono. Yo no había apartado mi brazo de ella.
Cuando Bella tomó su teléfono y le agradeció a la mujer, ella lo volteó para mirar la foto. Jadeó y esto me trajo devuelta a la realidad. Me aclaré la garganta mientras ella estudiaba la foto, de repente dejando caer mi brazo de su alrededor. Bella estaba sonriendo brillante para la cámara, pareciendo inclinarse hacia mí al encontrarnos acobijados en la sala de la casa de jengibre de tamaño real. En cuanto a mí, ni siquiera estaba mirando a la cámara. Estaba observando solo a Bella, mi nariz casi enterrada en su cabello mientras la jalaba hacia mí. El aire de repente se sintió tenso y el ya pequeño espacio parecía volverse incluso más pequeño.
—Deberíamos seguir caminando. Creo que había algo sobre renos más adelante. —Mis palabras eran suaves, llenas de confusión y si Bella lo notó, no dijo nada.
Salimos de la casa de jengibre e intercambiamos una sonrisa mientras Bella echaba un vistazo hacia atrás, sus mejillas aún rosas, ya sea por frío o por vergüenza, no estaba completamente segura.
Fuimos hacia otra sección del mercado y justo cuando pensé que no era posible que Bella estuviera más emocionada, llegamos a un redil de "Renos de Santa" esperando ser alimentados y cepillados. Había una docena de ellos, apropiadamente nombrados en sus propios corrales y una fila de personas, una mezcla pareja de adultos y niños, esperaba para darles de comer lechuga, zanahorias, y otros vegetales. No pude evitar reír al tomar su mano y llevarla hacia otro de los rediles abiertos, observando su rostro iluminarse cuando el reno se acercó a Bella y empujó su mano con la nariz. Noté que seguía aferrando su otra mano al momento exacto que ella también, pero ninguno de los dos se movió para alejarse. El momento se sintió como minutos, aunque sabía que no era tanto tiempo. Me aparté con una sonrisa torcida cuando vi la pila de zanahorias frescas esperándonos. Di un paso hacia atrás y me incliné contra la cerca de madera, mirando a Bella mientras la cuidadora explicaba cómo alimentar y cepillar a los animales. Estaba completamente feliz de observar la escena mientras yo estaba allí parado, notando la sonrisa de Bella mientras arrugaba su pequeña nariz cuando el reno le lamió la palma de su mano. Su risita me hizo reír e instantáneamente me recordó la razón por la que estábamos aquí. Buscando el espíritu de la Navidad. La sensación que tenía al mirarla, ¿era algo como esto? Aún no sabía exactamente lo que esto era, pero sabía que me gustaba.
—¡Edward! Ven aquí, tienes que probar esto. —La voz de Bella era lo suficientemente divertida que sacudí la cabeza, mi sonrisa torcida firmemente en su lugar.
—Por supuesto que no. —Exhalé mis palabras con una risa y arqueé una ceja cuando ella me llamó con su pequeño dedo cubierto en guante rojo. Por alguna razón, no podía resistirme a ella. Lo intenté, créanme. Porque primero, tenía puesto un traje Armani, no había manera de que fuera a entrar a un redil de tierra y lodo para acariciar a un animal frío y húmedo con cuernos puntiagudos, pero cuando ella me miraba así... Mierda.
Con un gruñido pesado, me aparté de la cerca y caminé cuidadosamente hacia donde Bella esperaba, su mano extendida así podía tomar las zanahorias. Con una mirada precavida, estudié a la bestia y me incliné hacia adelante, extendiendo las zanahorias. Hubo un bufido húmedo de su nariz y mis cejas se unieron, medio confundido y medio asqueado. El sonido de la risa de Bella hizo que mis ojos se movieran hacia ella y me relajé ni bien ella se acercó a mi lado y volteó mi mano, con la palma hacia arriba y la zanahoria sobre ella.
—Así... —Su mano descansaba en mi brazo mientras la otra acariciaba la nariz del reno, rascando juguetonamente mientras este se acercaba y lamía las zanahorias en la palma de mi mano. Nuestra risa se mezcló con la del otro y una vez más, me encontré observando esa maldita sonrisa.
Una vez que Bella terminó con el reno, nos lavamos las manos, dos veces, antes de continuar nuestro paseo por el mercado festivo. Bella estaba eligiendo algunas flores del florista para formar un ramo navideño. Le pagué al hombre mientras ella exploraba, dejándola tomar lo que sea que ella quisiera. Cuando una pequeña flor blanca cayó de su tallo al suelo, la tomé y caminé hacia ella, girándola en mi mano con una sonrisa.
—Por alguna razón, creo que esto lucirá perfecto en ti. Hace juego con tu abrigo. —Bella estudió la flor blanca y llevó su mirada hacia mí, una pequeña sonrisa en sus labios. Metí el pequeño talló entre su cabello y coloqué la flor justo sobre su oreja. Dando un paso hacia atrás para mirarla de arriba abajo, incliné mi cabeza con una sonrisa, juguetona pero encantadora—. ¿Ves? Perfecto.
Observé sus mejillas sonrojarse de nuevo y ella abrió la boca para decir algo pero entonces la cerró. El movimiento me hizo arquear una ceja en pregunta.
—¿Qué?
—¿Lo... sientes? —Parpadeé ante su pregunta, mi mirada cayendo inmediatamente a su boca. Me lamí los labios antes de encontrarme con su mirada de nuevo, mi voz apenas un susurro.
—¿Sentir qué? —No estaba seguro a lo que se refería, pero de todas formas, necesitaba escucharla aclarar exactamente lo que ella quería saber. Fruncí el ceño y por un momento me pregunté si ella había notado la manera en que la había estado observando.
Bella pareció decidir algo al inclinar su cabeza y sonreír. Ella dio un paso alrededor de mí y giró mi cuerpo para mirar a la multitud.
—¿Qué ves, Edward?
Tratando de ignorar sus pequeñas manos en mis brazos mientras ella me rodeaba, eché un vistazo a las personas. Encogiéndome de hombros una vez, hablé con una pregunta sin responder en mi voz.
—Personas. Comprando. Comienzo. Una factura eléctrica como para rivalizar a Cullen Corp. —Ambos nos reímos pero Bella se paró frente a mí, sus brazos aferrados a los míos. La sonrisa no abandonó mi rostro mientras la observaba. Mejillas rosadas, una pequeña nariz roja del frío y la sonrisa más dulce. Sacudí la cabeza para aclarar los pensamientos que habían estado molestándome todo el día. No logré hacer eso cuando Bella se inclinó hacia adelante y se paró de puntitas de pie, sus pequeñas manos en guantes rojos cubriendo mis ojos.
Me reí por debajo de mi aliento.
—Bella, ¿qué estás haciendo? —Podía sentir la sonrisa en su voz por lo que aferré ciegamente sus costados, mis manos encontrando sus caderas y descansando allí mientras ella bloqueaba mi vista.
Su voz era mucho más suave ahora, así solo yo podía escucharla.
—Edward, escúchala. La Navidad no es un lugar o una cosa, ni siquiera es un evento. Es un momento. Todos encontramos ese momento perfecto donde podemos sentirla. No se trata de dinero o regalos o siquiera música y fiestas. Es sobre sentir lo que solo nosotros podemos tener. ¿Qué escuchas? —Lo que podía escuchar era cada sílaba que ella hablaba con perfecta claridad. Podía escuchar cada respiración suya y puede que inintencionalmente haya afianzado mi agarre en sus caderas cuando ella susurró mi nombre. Aclarándome la garganta y mis jodidos pensamientos, hice lo que ella instruyó.
Transcurrió un minuto mientras trataba de escuchar, no estaba seguro qué, pero taché una lista para ella de todas maneras.
—Escucho... música. Personas hablando. Niños riendo. Escucho muchas risas. —Sentí como si pudiera ver esas personas sonriendo entre risas. Sonaba... divertido—. Suena feliz. Todos suenan felices. —Sentí a Bella quitar sus manos de mis ojos, pero mi agarre en ella permaneció. Mis ojos se abrieron lentamente y ella estaba allí con esa pequeña flor en su cabello. Deslumbrante.
—¿Qué ves? —Es una pregunta simple. Solo tenía una respuesta. Vino como un suspiro. Una sorpresa, incluso para mí.
—A ti —respondí rápidamente, sin tiempo para pensar, sin tiempo para detenerme de decirlo en voz alta, simplemente salió. Mi garganta se cerró en ese momento porque Bella jadeó y levantó la mirada hacia mí, aquellos ojos hermosos ardiendo en los míos. No dijimos nada, y de repente no podía escuchar nada de todas esas otras cosas. Simplemente era ella. Mi sonrisa se había esfumado, así como la suya. Simplemente nos mirábamos, mis brazos aún alrededor de su cintura mientras ella se inclinaba hacia mí en apoyo. Mis ojos estudiaron los de ella, solo distraídos por la humedad de su labio inferior que estaba atrapado entre sus dientes. Solo quería liberarlo...
—Edward —ella susurró mi nombre tan bajito, tan suave que apenas lo escuché y me di cuenta que me había inclinado mucho más cerca. Sus labios se encontraban a milímetros de los míos. Tragando fuerte, di un paso hacia atrás y fruncí el ceño, recordándome que Isabella trabajaba para mí y que no tenía derecho a cruzar cualquier límite con el que ella no se encontraba cómoda. Me obligué a dejar caer mis manos de sus caderas y permití que una ráfaga de aire frío atravesara entre nosotros de nuevo. Mi voz era áspera por el aliento frío.
—Está haciéndose tarde, probablemente debemos irnos. —Ella parpadeó un par de veces y soltó mis brazos antes de volver a pasarse sobre sus pies, sus mejillas rojas y su mirada esquivando la mía mientras asentía y apartaba el cabello por detrás de su oreja.
Caminamos devuelta juntos por el bosque de bastones de dulces de luces, incluso después de ese momento, se sentía tan cómodo y un poco familiar. Aún seguía seguro que Bella era mi Pequeña Santa, y ahora más que nunca, quería que eso fuera verdad. La idea de que mi Pequeña Santa atrevida y sarcástica también podía ser esta mujer perfecta e inocente era suficiente para que el suelo cediera debajo de mí.
No fue hasta que ayudé a Bella a entrar al taxi que me incliné hacia adelante, mis labios cerca de su oído.
—Gracias por el mejor recuerdo navideño que tengo, Srta. Swan.
Cerrando la puerta del taxi, le tendí un poco de dinero al conductor a través de la ventana del pasajero que estaba abierta y silenciosamente los observé alejarse.
~MLS~
EPOV
24 de diciembre
Ajustando mi corbata, escuché mi teléfono vibrar contra mi escritorio y me estiré para buscarlo, mis dedos inmediatamente navegando por mis correos. Este con sorna me dijo que tenía cero correos sin leer y fruncí el ceño mientras miraba la notificación para ver el nombre de Alice.
¿Ya estás allí? Tengo los sobres con los bonos.
Escribiendo una respuesta, le eché un vistazo al reloj.
Estoy arriba. Bajaré ahora.
Honestamente, estaba haciendo tiempo. Tenía el regalo de Bella envuelto y listo, pero temía lo que esta noche significaba. ¿Sabría quién estaba detrás de esto esta noche? Todo dentro de mí decía que sí, y no tenía dudas que era Bella, ¿pero y si no lo era? No estaba seguro de cómo me sentía ante esa posibilidad, y la idea de que fuera alguien más dejaba un sabor amargo en mi boca. Después del día que pasamos juntos en el mercado, quería que fuera Bella.
Gruñendo, tomé el regalo de Bella de mi escritorio y guardé mi teléfono en mi bolsillo. Hice que Eric Yorkie registrara toda la internet la semana pasada y que varios empleados de Bella trabajara para preparar esto para la fiesta. Era ahora o nunca.
La fiesta estaba en pleno auge cuando salí del ascensor, y me dirigí al árbol de Navidad y deposité el regalo de Bella antes que Alice me viera.
—¡Edward! ¡Llegaste! —Sus brazos se envolvieron a mi alrededor y le devolví el abrazo con una risita. Ella siempre parecía actuar sorprendida cuando aparecía y participaba en uno de sus planes—. Ten. Aquí están los sobres con los bonos. Toma esta mitad y yo haré el resto.
Eché un vistazo al primer nombre en la pile y fruncí el ceño. Alice me había dado los sobres para los empleados de niveles más bajos, seguramente porque pensaba que necesitaba relacionarme más con los empleados que raramente me veían, pero eso quería decir que no tenía una excusa para hablar con Bella. Suspirando, miré alrededor de la sala y no la localicé, por lo que avancé con los nombres. Como era de esperarse, no conocía ni a la mitad de los empleados a los que les tendía los sobres, pero fingí una sonrisa y les pregunté a cada uno si habían visto al siguiente nombre en mi lista. La mayoría de las veces, ellos la señalaban con facilidad.
Estaba en mi último sobre cuando una rubia con un vestido al borde de lo inapropiado se para frente a mí.
—¿Ese es para mí?
Su voz era insinuante mientras miraba al nombre escrito en el sobre rojo y devuelta a su rostro.
—Eso depende. ¿Eres la Sra. Mallory?
La mujer se rio y colocó una mano en mi antebrazo, y contuve la urgencia de quitar sus uñas falsas de mi traje Armani.
—Oh, Edward. Es señorita. —Ella tomó el sobre de mi mano y lo reemplazó con una caja negra atada con un moño feo—. Creo que has esperado lo suficiente.
Frunciendo el ceño, la miré con confusión.
—Srta. Mallory, yo...
—Edward, puedes llamarme Lauren. Hemos estado intercambiando correos por un tiempo ya.
Mi corazón se detuvo. Solo por un segundo, pero lo suficiente que llevé una mano a mi pecho mientras volvía a latir apresuradamente. No puede ser.
Ofreciéndole a Lauren una sonrisa tensa, jalé del moño y permití que cayera al suelo, mis ojos asimilando la vista de una corbata gris mientras levantaba la tapa. Mierda. Es ella.
—No entiendo. —Mis palabras eran tensas, pero no podía evitar estar confundido. Podría haber jurado que era Bella.
La risa de Lauren es alta y demasiado entusiasta mientras quitaba la corbata del papel de seda y dejaba la caja sobre una mesa.
—Edward, soy yo. Tu Santa Secreto.
—¿Tú? —Mi voz era incrédula pero no parecía disuadir a Lauren. En cambio, ella se estiró y envolvió sus brazos alrededor de mi cuello. Levantando el cuello de mi camisa, ella aflojó mi corbata y comienza a quitarla por encima de mi cabeza. Tomando su muñeca, sacudí la cabeza y volví a acomodar mi corbata en su lugar, ajustando el nudo en mi garganta.
Ella hizo un puchero, su voz tomando un tono quejoso.
—¿No quieres probar tu regalo? —Pero no estaba mirando a Lauren. Mi mirada estaba centrada al otro lado de la sala, en una mujer morena con un vestido blando y tacones dorados, en la mirada en su rostro mientras me observaba. En la manera en que giraba sobre sus talones y desaparecía entre la multitud. Bella.
Di un paso en su dirección antes que Alice apareciera frente a mí y me detuviera.
—¡Edward! Aquí está tu regalo.
—¿Mi qué? —El tono de mi voz se había vuelto peligrosamente bajo, y estaba ligeramente consciente de la risa nerviosa de Lauren a mi lado.
—El regalo de tu Santa Secreto. Deja de ser un Grinch y solo tómalo. —Alice empujó la caja en mis manos antes de seguir jugando a ser Santa con alguien más, y volteé mi mirada hacia Lauren cuando ella dio un paso hacia atrás para irse.
—No te muevas. —Ella se detuvo en su lugar, sus manos retorciéndose mientras desataba el delicado moño de mi regalo. Lo dejé a un lado sobre la mesa y saqué una pequeña caja negra. Levantando la tapa, observé a dos gemelos acurrucados contra terciopelo negro. Eran blancos, con pintitas doradas, una inscripción sobre ellas. Las verás más de lo que verías a una corbata.
La caja no estaba vacía, por lo que dejé los gemelos a un lado y saqué el segundo articulo. Era una foto enmarcada de Bella y yo en el mercado, la imagen para las que habíamos posado en la casa de jengibre. Mis dedos rozaron un papel, y giré el marco para ver nuestras entradas al mercado y una nota adjuntada al reverso.
Edward,
Finalmente lo deduje.
Espero que mires esto y recuerdes nuestro momento navideño juntos.
Estoy agradecida de haber sido parte de ello.
—Isabella Marie Swan
Mi garganta rebotó al tragar, y suavemente coloqué el portarretrato y los gemelos devuelta en la caja, mi mente recordando la expresión de dolor que Bella tenía mientras veía a Lauren abordarme desde el otro lado de la sala. Exhalando cuidadosamente, enderecé la chaqueta de mi traje y regresé a la rubia a mi lado.
—¿Cómo? —La ira que siento era evidente en mi voz, pero no me molesté en ocultarla.
—¿Qué...Qué quieres decir, Edward?
—Es Sr. Cullen —espeté—, y no se haga la estúpida, Srta. Mallory. Responda la pregunta.
Sus ojos se movieron hacia Eric Yorkie, y caí en cuenta segundos antes que ella abriera la boca.
—Yo, eh, leí sus correos en el servidor de la compañía. Hay un chico, él trabaja en el departamento informático. Él comentó que estabas coqueteando con una empleada y lo distraje así podía acceder a su computadora.
Tomando su antebrazo, volteé y le hice señas al guardia de seguridad que se encontraba parado contra la pared. Mi voz es severa e indiferente mientras le quitaba el sobre rojo a Lauren y lo guardaba en mi bolsillo.
—Está despedida, Srta. Mallory. No sé qué hace para mi compañía, pero sé que puede ser reemplazada. Si tiene alguna pertenencia en el edificio, puede recogerla el lunes con un guardia de seguridad presente. Por favor, acompañe a la Srta. Mallory afuera del edificio y quítele su tarjeta de identificación.
Sin esperar una reacción, tomé mi regalo de Bella de la mesa y volteé hacia la salida. Antes de poder dar tres pasos, Alice se encontraba a mi lado. Ni siquiera me molesté en darle una oportunidad para hablar. En cambio, coloqué mi regalo en sus manos.
—Lleva eso a mi oficina. Ahora, Alice. Si no se encuentra en mi escritorio cuando regreso... —Sacudí la cabeza, apartándome de mi hermana y haciéndole señas a Alec.
Mierda. ¿Dónde vive ella?
Pellizcándome el puente de la nariz, saqué mi teléfono y llamé a Alice mientras subía al asiento trasero de mi coche.
—Una tienda de comestibles, Alec. Ahora.
—Edward, si crees que puedes decirme...
—Alice, lo siento, pero no tengo tiempo para esto ahora mismo. Lo explicaré luego. ¿Puedes encontrarme a Eric Yorkie y colocarlo al teléfono?
Alice bufó, pero en menos de dos minutos después la voz del incompetente chico de informática estaba en la línea.
—¿Sr. Cullen?
—Sr. Yorkie. Me han hecho saber de una violación de seguridad por parte de una Lauren Mallory esta noche, que la incluye a usted y su falta de atención. La razón detrás de esto fue completamente clara. En el espíritu de la Navidad, le permitiré mantener su trabajo bajo una condición. Necesito la dirección de Isabella Swan dentro de los próximos diez minutos, y no debería tener que pedirle que estoy quede entre nosotros.
—S...Sí, señor. Lo siento, señor. Diez minutos.
~MLS~
BPOV
24 de diciembre
No puedo. No puedo mirar esto.
Pensé que esta fiesta sería increíble. Había estado emocionada por ella todo el fin de semana, e incluso los nervios que sentía por que Edward supiera que yo era su Pequeña Santa no me molestaba.
Hasta que vi a Lauren colgada de Edward, sus labios curvados hacia arriba en esa sonrisa que solo había visto mientras leía mis correos para él. Esa era mi sonrisa.
—Lauren, esa perra afortunada. Ella me dijo que había estado viéndolo por semanas. —La voz de Jessica sonó en mis oídos, y mi corazón saltó hacia mi corazón. Volteé para irme, para salir de este edificio tan rápido como mis pies pudieran llevarme. ¿Por qué no pregunté si era soltero? ¿Cómo pude haber sido tan ingenua?
—¡Bella! —La voz de Alice me detuvo, sus brazos envueltos a mi alrededor en un abrazo antes de tenderme un sobre rojo y mi regalo de Santa Secreto. Ella se fue tan rápido como vino, y estuve en la entrada momentos después.
Afortunadamente, habían muchos taxis esperando junto a la acera y solo me llevó un momento para que uno abriera la puerta así podía subir. Mientras el taxi se alejaba, eché un vistazo al edificio más alto de la ciudad y fijé mis ojos en el último piso, donde Edward estaba actualmente charlando con la barbie de la oficina. No era un secreto que Lauren quería trepar su camino a la cima, y no era selectiva sobre cómo llegaría allí. Simplemente pensé que Edward era más que eso.
No estaba realmente segura qué esperaba que pasara después de dos semanas de coqueteo anónimo pero decir que estaba decepcionada sería quedarse corto. Edward comenzaba a gustarme genuinamente. Pensé que teníamos algo, especialmente después del mercado festivo. Solo bromeaba conmigo misma. ¿Por qué un tipo increíble como Edward Cullen querría a alguien como yo?
Echando un vistazo al regalo envuelto en mi regazo, suspiré con una tristeza que no debería existir en Vísperas de Navidad. Ni siquiera pensé en quién podría haber sacado mi nombre del sombrero. Estaba demasiado envuelta en el aspecto generoso del Santa Secreto. Jalé del moño y busqué dentro de la caja, confundida al sacar un teléfono de Cullen Corp. La pantalla se encendió cuando lo levanté, y quité el pequeño moño blanco y dorado de la esquina superior, mi confusión solo incrementando al leer la etiqueta que colgaba de ella. Reprodúceme.
Desbloqueando el dispositivo, apareció un vídeo en la pantalla y seguí las instrucciones y presioné «play».
Durante los próximos cuarenta y cinco segundos, permanecí sentada mientras miraba la idea del comercial que le había comentado a Edward días atrás se vuelve realidad. Una pequeña niña abriendo regalos mientras su padre, un hombre en uniforme militar, festeja con ella en una pantalla de vídeo. Un pequeño acostado en una cama de hospital, su cabeza pelada nos daba toda la información que necesitábamos, abrazando un oso de peluche contra su pecho mientras sus abuelos se escabullían en una casa poco iluminada y fingían buscar a Santa para él. Uno tras otro, familia, tras familia, veo cómo las personas eran unidas. No fue hasta que la voz de mi padre suena por el altavoz que dejé de respirar. «¿Bella?» Lo seguía su risa, y el vídeo hace una panorámica de la encimera de una casa que me era demasiado familiar. Mi madre y yo estábamos riendo juntas mientras obligábamos a nuestros hombres de jengibre a bailar sobre la encimera, y el vídeo termina gradualmente. Las lágrimas caían por mi rostro libremente ante las palabras que aparecieron en la pantalla.
Gracias por enseñarme de qué trata la Navidad.
Mi pequeño árbol estaba decorado, lleno de luces, bastones de dulces, recuerdos y pequeños copos de nieve que formaba un brillo de luces chispeantes por todo el cuarto. Coloqué mi lista de reproducción navideña y me coloqué mi delantal rojo sobre mi suéter blanco y pantalones negros. Mis pantuflas blancas y mullidas eran pies que se arrastraban alrededor de la cocina mientras sacaba todos los ingredientes que necesitaba para seguir mi ritual navideño. Por mucho que había esperado que este año fuera diferente, resultó ser tan solitario como los otros, pero no iba a dejar que Lauren Mallory arruinara mi noche.
Deslizaba las bandejas de galletas sobre la encimera y diligentemente las alineaba con papel vegetal cuando escuché un golpe a la puerta. Pasando una mano por mi delantal, eché un vistazo al espejo, apartando mi cabello a un lado y deslizando mis dedos por debajo de mis ojos, tratando de quitar el maquillaje corrido por las lágrimas. Mis ojos estaban demasiado rosas e hinchados como para esconder la tristeza en ellos, no tenía sentido. Probablemente sea la Sra. Cope de al lado buscando su gato de nuevo. Simplemente me moví para abrir la puerta, una ráfaga de frío filtrándose en el interior mientras me encontraba de frente con Edward Cullen.
—¿Edward? ¿Qué estás...? —Mis palabras fueron interrumpidas por una sacudida de su cabeza, copos de nieve cayendo de su cabello y sus palabras frenéticas, jadeantes y apresuradas me dejaron quieta en mi lugar.
—Quería que fueras tú. —Sus mejillas estaban rojas por el frío y su cabello perfectamente desordenado estaba parado en diferentes direcciones, solo quería jalarlo hacia adentro. Su voz era suave y fuerte al mismo tiempo—. Bella, en las últimas semanas, me has mostrado lo que cómo debía ser la Navidad y no me di cuenta lo mucho que mi vida se había enfriado. Entonces, los correos, el Santa Secreto, el mercado festivo, fue lo más divertido que he hecho en años. Solo ser capaz de hablar con alguien que no quería algo de mí. Quería que fueras tú.
Observé, asombrada por sus palabras, su confesión. Tenía el presentimiento que estas asombraron a Edward también por la manera en que se frunció su ceño pero él pareció decidir algo justo allí y entonces, sus manos presionadas a los costados del marco de mi puerta.
—Edward, yo... —De nuevo, mis palabras fueron silenciadas pero esta vez no hubo palabras que llenaran el aire entre nosotros, fue el calor de sus labios presionados contra los míos. Duró tan solo un momento y sus ojos, verdes brillantes, ardientes y feroces me observaban con una pregunta sin responder. Tragando fuerte, estiré mi mano y deslicé mis dedos por el largo de su corbata, una sonrisa juguetona en mi rostro. Dando un paso hacia atrás, jalé a Edward conmigo, jadeando cuando él cruzó el umbral. Sus manos se deslizaron hacia mi cintura, lentamente envolviéndose a mi alrededor hasta quedar atrapada en sus brazos, la música de fondo invitándonos mientras él pateaba la puerta para cerrarla—. ¿Qué hay de Lauren?
—No existe Lauren, Bella. Fui... Pensé que eras tú, esperaba que lo fueras, pero esta noche en la fiesta, ella me dijo que era mi Santa Secreto y me dio una corbata. Se sintió mal, algo no encajaba. No fue hasta que abrí tu regalo que las cosas comenzaron a tener sentido de nuevo. Ella obtuvo acceso a nuestros correos y los leyó, los que habíamos estado intercambiando nosotros en el servidor de la compañía, e intentó sacar provecho de eso. La despedí.
—¿Entonces ella no es tu novia? —Esta vez, sus labios fueron suaves, no apresurados ni frenéticos. No era un beso desesperado perdido en el momento, era una pregunta, una respuesta. Era una posibilidad, un comienzo. Su boca se movía lentamente, casi maravillada mientras él experimentaba en territorio inexplorado. Después de unos momentos, mi espalda estaba presionada contra la pared, mis brazos enlazados por detrás de su cuello y mis dedos se habían enredado en su siempre desordenado cabello, una sonrisa en sus labios mientras me miraba.
—Sabes a chocolate caliente y bastones de dulce. Creo que después de todo, puede que me guste esto de la Navidad. —Sonreí en respuesta, pero sus ojos se volvieron serios al mirarme—. Te traje algo. Espero no estar pasándome de la raya, solo... quería ser parte de algo. Quizás podamos hacer que este año signifique algo para los dos.
Observé con el aliento contenido mientras Edward abría la chaqueta de su traje y sacaba un pedazo de metal del bolsillo interno. Lo sostenía como un pequeño niño ofreciéndoselo a su madre como un regalo, y aparté mi mirada de su rostro hacia el regalo antes de tomarlo en mis manos con vacilo. Era un molde de galletas de acero inoxidable en la forma de un hombre de jengibre, algo que sería considerado simple si no fuera por el significado detrás de ello. Las lágrimas se asomaron por mis ojos y miré a Edward mientras las obligaba a que no cayeran.
—Es perfecto.
Tragando, tomé las manos de Edward y lo llevé hacia la cocina.
—Pero tengo una condición. Tienes que quitarte la corbata.
Hornear con Edward probó ser uno de los mejores momentos que había experimentado. Sus mangas estaban enrolladas y a él no parecía molestarle que tuviera harina en su cabello y en su mejilla. La camisa carísima probablemente no sobrevivirá para ver otro día por la manera en que él estaba apretando la bolsa de glaseado negro. Sonriendo, me reí por debajo de mi aliento y le lancé una grana, mis ojos iluminándose cuando él levantó la mirada con una sonrisa en su rostro. Bajando la bolsa de glaseado, Edward levantó su hombre de jengibre, un pequeño tipo con traje y corbata.
Antes que pudiera decirle un cumplido, él abrió su boca.
—Este hombre de jengibre, bueno, él es el CEO de una compañía. Un poco arrogante si me preguntas. A él realmente no le importa nadie más que él mismo. No necesariamente por egoísmo, sino más por falta de confianza en las personas. Entonces, viene una chica. —Pausando su historia, Edward se estiró hacia la galleta que yo estaba decorando, una con moños en vez de botones—. El tipo no lo sabe aún, pero ella lo hará caer a sus pies. Ella va a cambiar su manera de pensar, cambiar la manera en que él piensa sobre las pequeñas cosas como galletas y renos y la Navidad y malditos colores favoritos.
La mirada de Edward había estado fija en el hombre de jengibre en sus manos, por lo que él no vio mis ojos mientras parpadeaba para apartar las lágrimas, no vio la manera en que observaba su rostro y memorizaba el momento mientras él colocaba las galletas en la encimera llena de harina y dibuja un corazón alrededor del par.
Sin dudarlo, me estiré y jalé de él hacia mi altura, mi mano inmediatamente curvándose detrás de su cuello mientras acercaba mis labios a los suyos. Sus brazos estaban a mi alrededor antes de tener la posibilidad de decir algo en el momento entre nuestros besos. La manera en que me besaba, no era apresurada o frenética. Era suave y perfecta. Sus manos envueltas a mi alrededor, jalándome hacia él mientras él nos llevaba hacia el sofá de la sala, sus labios jamás abandonando los míos. Mientras nos dejábamos caer sobre el sofá, sus palabras salieron como un susurro contra mis labios.
—Feliz Navidad, mi Pequeña Santa.
Riendo, me recliné, mis ojos brillantes mientras observaba el cabello despeinado de Edward y sus labios ligeramente hinchados.
—Feliz Navidad, Edward.
Fin.
Lamento si hay errores, después de traducir semejante OS, la idea de revisarlo hace que mi cerebro entre en corto jajaja
Como anticipo que estaremos todas ocupadas mañana (ustedes, yo soy un Grinch como Edward jajaja), lo subí hoy.
¡Feliz Navidad! :3
