La noche era lo suficientemente fría como para que el aire lastimara sus vías respiratorias por cada inhalación corta que hacía en un intento de recuperar el aliento perdido. Sentía una opresión en su pecho que la hacía sentir asfixiada, mareada y podía asegurar que estaba a nada de perder el conocimiento.

Maldijo a algunos de sus cabellos que se le pegaban en la frente por la leve capa de sudor, los cuales no podía quitar debido a que su mano izquierda se encontraba ocupada sosteniendo el peso de su cuerpo en el piso mientras que mantenía su brazo derecho en alto con el puño formado para seguir golpeando al imbécil que se le había ocurrido seguirla.

Las calles estaban desiertas por la hora, todo era silencio y sin personas que vieran el show de golpes que le había proporcionado al hombre, por lo que no sabía si estaba agradecida por ello o asustada por lo que pudiera ocurrir si es que alguien la llega a encontrar, pero... ¿Por qué es ella la que tenía que sentir miedo? Acaba de dejar inconsciente al imbécil borracho que la llevaba siguiendo por un par de cuadras mientras le decía palabras vulgares sobre su cuerpo, lo aguantó lo suficiente antes de siquiera voltearse a darle una patada en las bolas hasta que cayó al suelo y decidió golpearle repetitivamente el rostro hasta dejarlo inconsciente. No andaba con ánimos de soportar a pedófilos calenturientos.

Cuando analizó un poco su situación, la fuerza de su cuerpo se agotaron, dejando caer su brazo al igual que un par de lágrimas de frustración que se habían acumulado en sus ojos. Le ardían los puños y entre sus dedos tenía un poco de sangre ajena, además quería gritar por toda la rabia acumulada.

Estaba agotada y su mente le empezó a jugar una mala pasada, porque empezó a ver un rostro familiar en la cara del hombre inconsciente. Había tantas similitudes entre ambos...

Con solo imaginarlo le hacía temblar de ira y a pesar de que estaba perdiendo sus fuerzas, levantó nuevamente su puño mientras recordaba como ese idiota la ha tratado en estos últimos años.

Quería matarlo.

Su puño iba directo a golpear nuevamente el rostro del tipo, pero se detuvo cuando de reojo pudo distinguir unas luces conocidas. Podía escuchar el ruido del auto a lo lejos, aun no podía verlo, pero la calle se empezaba a alumbrar con colores azules y rojos, lo que significaba que la patrulla de policía se acercaba en su dirección.

—Mierda...

El miedo de ser atrapada volvió a hacerse presente. Se levantó con cierta dificultad, con las piernas temblando y, por los nervios, limpio la sangre del desgraciado en su sudadera amarilla. Mierda otra vez. La patrulla se acercaba a su lugar y no tuvo otra opción que empezar a correr en dirección contraria.

La situación iba de mal en peor, se puso a llorar con solo pensar en ser atrapada y lo que conlleva a que esto sucediera. Era obvio que actuó en defensa personal, pero igual la iban a culpar por haber atacado con tanta vehemencia al hombre, además de haberse escapado de casa y estar altas horas de la noche sola por calles desconocidas. Su inocencia estaba condenada.

Corrió sin saber a dónde se dirigía, en un momento decidió dar la vuelta en una esquina y las cosas se volvieron aún más confusas, entre su visión borrosa, el miedo y la poca luminosidad de la calle, no estaba segura hacia donde escapaba. Secó sus lágrimas y el sudor de su frente con la manga de su sudadera, dándose cuenta que esa zona también se había manchado con la sangre del idiota, si alguien la llegara a encontrar así sería aún más sospechosa.

Por toda la calle resonó el ruido de la sirena policial encendiéndose, lo que le hizo suponer que tal vez ya habían encontrado al hombre inconsciente en la vereda y estarían buscando al culpable, o sea, a ella. Se detuvo cuando ya no podía respirar más y sus piernas ya no responden a su idea de seguir huyendo, por lo que cayó de rodillas al suelo llorando.

¿Por qué se le ocurrió salir de casa esta noche? ¿De que servia seguir huyendo?

Escuchó como una motocicleta se acercaba rápidamente por el camino, casualmente deteniéndose a su lado. Este era su fin.

—¡Oye! ¿Estás bien? ¡Ven!

Ni siquiera pudo responder, su brazo fue tomado de improviso antes de siquiera abrir la boca y por el miedo lanzó algunos golpes al aire en un vano intento de librarse, a pesar de que era imposible que en este punto le hiciera daño a alguien. Dejó de pelear cuando la persona, con un poco más de fuerza, la hizo levantar del suelo y la guió hasta aquella moto que había escuchado.

No sabía que sucedía, debido a que las lágrimas aún distorsionan su visión y a la poca luz, tampoco podía estar segura de que no era un policía quien la había encontrado, a lo máximo, podía distinguir una melena rubia y el vehículo que la esperaba para su próximo destino.

—Súbete, yo te ayudaré.

Su mente estaba en blanco, no podía analizar muy bien lo que estaba pasando y hasta el momento la oferta de irse con un desconocido era su única vía de escape a pesar de su miedo a las motocicletas. Preferiría morir en manos de un desconocido en moto que ser atrapada por la policía y, por tanto, que llamen a su madre.

—De acuerdo.

Podía estar cometiendo el peor error de su vida.

[...]

El viento frío de la noche que golpeó su rostro por la velocidad del vehículo la hizo entrar en razón a los minutos después de haberse dado cuenta que las calles se estaban volviendo más conocidas y más iluminadas. Fue consciente que la única vez que su cuerpo reaccionó fue cuando la guiaron para subirse a la motocicleta y se aferró a las orillas del asiento en un intento de no incomodar o para no caer en una curva.

No supo cuánto tiempo pasó desde que estaba en movimiento, tampoco sabía a dónde se dirigía o si la persona que conducía le había mencionado algo al respecto; pero sus dudas fueron ignoradas cuando la moto se detuvo cuando entró en una zona levemente iluminada, específicamente, un estacionamiento a la vuelta de la calle.

El lugar le era familiar, pero sus neuronas no se conectaban bien aún y sus sentidos estaban dormidos. Sus manos aún se aferraban con fuerza al asiento y la persona quien la había rescatado se bajó de su puesto, riendo inofensivamente al observar como ella aun se mantenía firme en su lugar.

—¿Te encuentras bien? ¿No quieres bajarte?—preguntó con una voz suave y una sonrisa, ofreciéndole su mano en señal de ayuda.

—Yo...-no supo qué responder y por su cuerpo temblando, tomó la mano que se le ofrecía.— ¿Gracias?

Honestamente, su cuerpo estaba entumecido, si no fuera por la amabilidad del chico en prestarle apoyo tal vez hubiera caído de cara al suelo, además, ha pasado tiempo desde que se había subido a una moto y podía asegurar que no era como recordaba.

Pero al menos estaba al salvo, temporalmente. Podía respirar nuevamente.

—Te desquitaste un poquito con él, pero tú también te has lastimado—dijo el chico mientras observaba la mano que sostenía entre la suya—, ¿Te encuentras mejor? ¿Cómo te llamas?

Por un segundo creyó que estaba siendo grosera al quedarse callada ante las preguntas de quien la ayudó, pero en momentos como estos recordaba las palabras de su amigo donde le aconsejaba no decir su nombre a desconocidos por la calle, bueno, en parte no debía confiar en extraños pero era la única forma que tenía de evitarse un problema mucho mayor, o sea, que su madre se enterara de su escape.

—Yo...no sé si debería contestarte.

—Bueno, es chistoso que intentes parecer misteriosa cuando has golpeado a una persona en plena vereda—contestó entre risas sarcásticas ya soltando su mano para utilizar las suyas para ordenar su desordenado cabello—. Has tenido suerte de que la calle no es concurrida y solo fui yo quien se detuvo a ver el espectáculo que has dado.

—El maldito se lo merece—dijo entre dientes, defendiéndose—, él me estaba acosando.

—Lo sé. Vi cómo te gritaba cosas desagradables, así que te seguí pensando que tenía que golpearlo para ayudarte, pero veo que puedes con esto. Eres fuerte, chica misteriosa.

Se sintió halagada por ser reconocida como fuerte, incluso se sonrojo un poco y la vergüenza le hizo bajar la mirada, notando rápidamente que el chico frente suyo llevaba una chaqueta negra con un peculiar bordado dorado en diferentes zonas, pero reconociendo el manji en él.

Tokyo Manji...—miró fijamente a los oscuros ojos del chico, viendo como este le sonreía con mucha confianza e incluso parecía orgulloso de haber reconocido su logo—, eres de la Tokyo Manji...

—Comandante de la Tokyo Manji, Mikey. Es un placer...¿ahora me dirás tu nombre? ¿Un apodo al menos?

Se maldijo internamente al tener la suerte de ser acosada por un borracho y además encontrarse con el comandante de una de las pandillas más conocidas de la zona, todo en la misma noche. Se movió nerviosa en su lugar dando unos pasos atrás, haciendo una reverencia en señal de perdón por su desconfianza y, hasta en cierta medida, demostrando respeto hacia él.

—Bueno...—a pesar de que él la rescató, aún dudaba de su persona, por lo que decidió no confiarse del todo. — Puedes llamarme Aru.

—Está bien, ¿ahora estás más tranquila, Aru?—ella asintió aunque no fuera del todo cierto.

Mikey no parecía alguien intimidante, bueno, tal vez un poco pero podía asegurar que era porque aún se encontraba nerviosa por todo lo ocurrido y también porque la oscuridad del lugar tampoco la hacía sentir confiada; además, el chico no dijo nada más, en silencio empezó a caminar en dirección a unas escaleras que unían el estacionamiento con algún recinto escondido entre los árboles y, por inercia, lo siguió. No sabía si eso era lo correcto, pero prefería eso a quedarse sola.

A medida que subía los escalones se preguntaba sobre la hora, aún debía regresar a su casa y ni siquiera sabía dónde estaba. Buscó su celular en el bolsillo de su pantalón, dándose cuenta de las manchas de sangre ajena impregnadas en la tela amarilla de su sudadera, no era mucho, pero junto a sus mangas, iba a ser imposible ocultarlo y tampoco tenía una buena excusa para ello.

—Mierda...

—¿Estás bien? ¿Te sucedió algo?

—Mi chaleco está sucio...no podré ocultarle esto a mi madre.

Dada las circunstancias, ya no tenía ánimos de regresar a su casa, tal vez podría dejarse caer por estas escaleras esperando fallecer en el proceso, había una gran probabilidad ahora que ya se encontraba en lo más alto.

No, con la suerte que tiene, es probable que sobreviva y tenga que soportar a su madre.

—Uhm...gracias por rescatarme—dijo después de darse cuenta que no había agradecido como correspondía. — ¿Puedo hacer algo para recompensarte?

Mikey no dijo nada, terminó de subir los últimos escalones en completo silencio y con ambas manos en los bolsillos de su pantalón. Aru se encontraba unas cuatro escalas más abajo y desde su punto de vista el chico sí parecía el comandante de una pandilla, su posición llegaba a ser intimidante cuando se detuvo en lo más alto mientras le daba la espalda, dejando resaltar los bordados dorados de su chaqueta.

Si era honesta, ya no sentía miedo, sentía respeto.

—Podrías darme tu sudadera—dijo mientras seguía caminando, sin mirar atrás en ningún momento.

—¿Mi sudadera? No parece un trato justo—respondió entre risas nerviosas, creyendo que era una broma.

No recibió alguna respuesta, pero tampoco pudo decir algo más pues al llegar al fin de los escalones quedó asombrada al saber el por qué el lugar le resultaba tan familiar, estaban en el templo Musashi, el lugar que ha frecuentado varias veces después de clases en compañía de su amiga.

Siguió a Mikey por uno de los caminos que la guiaban hasta la estructura, todo era silencio por las noches y provocaba cierto escalofrío lo apagado que puede parecer el lugar a estas horas, pero también le tranquilizaba saber que se encontraba en un espacio que conocía.

—Puede que no sea justo, pero yo puedo limpiar tu sudadera y me puedes pagar comprándome taiyaki.

—No podría encargarte eso—intentó no sonar grosera ni agresiva por tan extraña petición—. Yo encontraré la solución, no debes preocuparte, pero te daré taiyaki.

—Solo dámela, confía en mí.

Quiso seguir negándose, pero la expresión de Mikey denotaba mucha seriedad y determinación por querer llevarse la prenda ajena. Ella no entendía los motivos por el cual el chico que acaba de conocer y quien estaba en el alto mando de una pandilla, estaba tan preocupado por motivos personales, aunque seguramente no comprendía su miedo de ser descubierta por su madre; en fin, su mente no comprendía la locura de día que estaba teniendo, pero sin querer darle más vueltas al tema y sin importarle el frío de la noche, le entregó su sudadera, quedando solamente con su antigua playera rosa de mangas largas que solía usar de pijama.

—Mañana tengo una reunión con la ToMan, aquí mismo. Así que después que se ponga el sol, te esperaré aquí y te la entregaré de vuelta. No te olvides de mí Taiyaki, o si no, no será un intercambio justo de favores.

Las dudas que tenía acerca de lo recién dicho se le quedaron atoradas en la garganta, ni siquiera pudo negarse o preguntar por qué se había preocupado por ella, pero empezaba a sentir miedo de haber llamado su atención de una manera negativa. ¿Después de la reunión con la Tokyo Manji dijo? Estaba jodida.

—D-De acuerdo...

Esta no era su noche. No, era pasada medianoche.

Simplemente, era la peor forma de iniciar su miércoles.