Capítulo 2.
Tras despedirse de su padre, Genzo abordó su automóvil y se alejó de la casa paterna pensando en que al menos Shuzou no lo había amonestado por los trucos que estuvo empleando para evitar aceptar una esposa: al parecer, el hecho de que el portero hubiese coqueteado con una desconocida acaparó toda la atención de su padre. Fue un golpe de suerte, pero tendría que aprender de ello.
"Me salvé por esta ocasión", caviló Genzo. "Pero debo tener más cuidado para la próxima vez, al menos ya tengo en claro qué es lo que no debo hacer".
Lo positivo del asunto era que Shuzou lo dejaría en paz un rato con eso de las citas organizadas para buscarle esposa, sin duda que lo ocurrido con esta última chica lo dejaría molesto durante un par de meses, cuando menos, como para volverlo a intentar. Sin embargo, antes de acudir a la casa de su última Candidata para disculparse, había otra cosa que Genzo tenía que hacer primero: devolver el Kamasutra que compró la noche previa. Tras echarle una ojeada rápida, Wakabayashi llegó a la conclusión de que ese libro estaba hecho para pervertidos que buscaban una forma de hacer más llevaderas sus noches solitarias, no era un libro informativo real (y no es que él pensara que lo fuera, pero al menos creyó que sería más útil), así que era preferible devolverlo a que por accidente alguno de sus amigos o compañeros del Bayern Múnich lo encontrara en su departamento (lo cual, por cierto, habría sido catastrófico, sobre todo si ese compañero era Junguang Xiao), o peor aún, que lo hiciera la señora de la limpieza, eso sería todavía más denigrante. Cierto era que la vida de un hombre soltero y joven era todo menos recta y casta, pero había límites.
Así pues, Genzo se dirigió al centro comercial de su humillación pública y acudió a la librería con el Kamasutra bien metido en su bolsa de papel. A pesar de ser una hora temprana (o quizás precisamente porque era una hora temprana), no había a la vista algún empleado que pudiera ayudarlo con la devolución, así que Genzo esperó pacientemente durante algunos minutos frente a una de las cajas de cobro a que alguien hiciera acto de presencia. Quince minutos después, cuando él ya estaba pensando en irse y regresar después, aparecieron un par de empleados cargando cajas muy pesadas, las cuales seguramente estaban llenas de libros.
– En un momento lo atenderemos, disculpe la demora –dijo Empleado No. 1 a Genzo, en el momento en el que otra compradora, una mujer de mediana edad, se formaba detrás de él.
– Gracias –suspiró él, parcialmente aliviado.
– Ten cuidado, fíjate por dónde vas –ordenó el Empleado No. 1 al Empleado No. 2.
– No puedo ver –respondió el Empleado No. 2–. Tal vez debería de dejar esta maldita caja en el suelo antes de que ocurra un accidente.
Ni bien acabó de decirlo cuando el hombre se tropezó con la alfombra y trastabilló; sin que pudiera evitarlo, él soltó la caja y la dejó caer hacia la mujer que esperaba detrás de Wakabayashi; gracias a sus hábiles reflejos, éste se movió con la suficiente rapidez para proteger a la mujer y evitar que la caja la alcanzara, pero él no tuvo tanta suerte. La caja le dio de lleno en el hombro antes de aterrizar en el suelo, desbaratarse y desperdigar su contenido; de inmediato, Genzo sintió una molestia en la zona en donde la malvada caja lo golpeó, por lo que no pudo evitar soltar una maldición.
– ¿Está usted bien? –exclamó el Empleado No. 2, sumamente angustiado–. ¡Lo siento mucho, debí tener más cuidado!
– No se preocupe, fue un accidente –aseguró Genzo, aunque hizo una mueca de dolor.
– Muchas gracias por ayudarme, joven –expresó a su vez la mujer–. Debería de ir a que le revisen el hombro, se llevó usted un golpe fuerte.
– Llamaré a una ambulancia –anunció entonces el Empleado No. 1–. Es lo mínimo que podemos hacer.
– En verdad no es para tanto –insistió Wakabayashi, a pesar de que el hombro enviaba señales de dolor cada vez más intensas–. Bastará con que me tome un analgésico.
"Maldita sea, Schneider no dejará de hacerme burla con eso de que me lesiono con cualquier cosa", pensó el portero, enfurruñado.
– Tal vez una ambulancia sea demasiado, ¿no hay un médico en este centro comercial? –sugirió la mujer.
– Lo hay, pero si requiere de radiografías, necesitará ir a un hospital –replicó Empleado No. 2, señalando a Genzo.
– Eso es verdad –reconoció Empleado No. 1–. Quizás la ambulancia sea demasiado, pero podríamos llevarlo al hospital.
– Puedo ir por mi propio pie –insistió Wakabayashi–. Se está haciendo mucho alboroto por algo sin importancia.
Tanto los empleados como la mujer se negaron a dejar que se marchara solo, asegurando que Genzo podría haber sufrido una lesión severa, así que tras discutir durante un plazo que resultó excesivo para él, la mujer y Empleado No. 2 decidieron llevarlo al hospital en el automóvil de la primera, a pesar de que Wakabayashi aseguró que tenía su propio auto y que podía ir él mismo. Así pues, menos de media hora después, el joven se encontraba en la sala de espera de un hospital, que se ubicaba a poca distancia del centro comercial, esperando su turno para ser atendido. Genzo aprovechó esos minutos para convencer a sus acompañantes de que podía quedarse solo y que no era necesario que permanecieran con él hasta el final; además, si llegara a necesitar ayuda, sería más conveniente que llamara a un amigo o familiar. Esto les pareció bueno a los otros dos, pues aceptaron en retirarse; en ese preciso instante, la puerta de uno de los consultorios se abrió y por ella apareció una enfermera, que le pidió a Wakabayashi que entrara. Una vez que éste hubo ingresado y antes de que la puerta se cerrara detrás suyo, el Empleado No. 2 le dio a la enfermera la bolsa de papel para que se la entregara a Genzo después.
– Siéntese aquí, por favor –indicó la enfermera, señalando un par de sillas de plástico colocadas delante de un escritorio–. En breve será atendido por uno de los doctores.
– Gracias, señorita –agradeció el portero.
No pasaron más de cinco minutos antes de que un médico alto y de piel oscura, francés a todas luces debido a su acento, apareció para anunciarle a Wakabayashi que era el doctor Dion Chastain y que comenzaría a preguntar por sus antecedentes, desde lesiones (que eran muchas) y enfermedades previas hasta sus alergias. Cuando el médico iba a empezar a interrogar sobre el accidente propiamente dicho, apareció una doctora a toda prisa para interrumpirlos. Genzo hizo un esfuerzo para no soltar una exclamación de sorpresa: ¡Era la joven de los ojos color chocolate que había visto en el centro comercial!
– Yo me hago cargo de éste, doctor Chastain –declaró la joven, de manera muy profesional.
– ¿Estás segura, doctora Del Valle? –preguntó el médico, con un tono de voz galante que no dejaba lugar a dudas de que ellos eran algo más que simples compañeros de trabajo.
– Sí, si me haces el favor, doctor Dion. –Ella esbozó una sonrisa dulce, una con la que seguramente siempre obtenía lo que deseaba de su compañero.
– Por supuesto, doctora Lily. –Chastain se puso en pie y le cedió el lugar a su colega–. Ya adelanté los antecedentes de la historia clínica.
– Gracias, de verdad –contestó la mujer, mientras se sentaba en la silla desocupada por el otro.
Durante ese tiempo, Wakabayashi analizó a detalle lo que estaba viendo, desde la interacción entre esos dos médicos y la apariencia física de esa doctora. A diferencia de la noche previa, en donde ella llevaba su largo cabello suelto, en esta ocasión lo traía amarrado en una coleta y su ropa se veía menos arrugada, lo que le confirmó la primera impresión que él tuvo sobre ella: que se veía cansada porque acababa de terminar su turno laboral. No fue sino hasta que Genzo acabó de repasar sus encuentros con la médica que recordó su chistecito y la sonrisa que esbozó al volvérsela a encontrar se le congeló en el rostro.
– Disculpe la interrupción, señor Genzo Wakabayashi, soy la doctora Lily Del Valle y continuaré con su atención médica –comentó la joven, una vez que el médico de piel oscura se hubo marchado–. Cuénteme exactamente el motivo por el cual el portero estrella del Bayern Múnich ha decidido visitar nuestro humilde hospital.
– Pensé que había dicho que nunca antes me había visto en su vida, doctora –contestó Genzo sin poder evitarlo, a sabiendas de que con ese comentario estaba hundiéndose más en el lodo.
– Dije que nunca lo había visto, cosa que es cierta, más no que no supiera quién es usted –replicó la doctora Del Valle, sin inmutarse–. ¿Quiere ser tan amable de contarme qué lo ha traído aquí?
Sus palabras y su actitud eran corteses, pero en el fondo se escondía una helada rabia que descolocó a Wakabayashi, aunque no podía culparla por ello. Bien, al menos ella sí sabía quién era él. De la manera más escueta posible, Genzo relató su accidente en la librería y remarcó la insistencia de los empleados y de la mujer de llevarlo al hospital para que fuese atendido. La médica escuchó con atención y decidió que le haría una revisión para valorar el estado de su hombro.
– Súbase a la mesa de exploración y quítese la camisa, por favor –ordenó ella, después de lo cual cerró la cortina para darle privacidad.
El portero obedeció y cuando estuvo listo se lo hizo saber a la doctora; algo debió de haberle sorprendido a ella, porque al recorrer el cortinón abrió mucho los ojos y respingó. Genzo sabía que no debía de ser descortés con un profesional de la salud (además de que era altamente probable que la mujer hubiese respingado al ver su hombro, que se veía hinchado y amoratado), pero no pudo evitar el comentario.
– ¿Por qué pone esa cara, doctora? –preguntó, con descaro–. ¿Le gusta lo que ve?
– Por favor, estoy acostumbrada a ver gente desnuda, no me impresiona ver a un hombre sin camisa –replicó la doctora Del Valle, con sequedad–. Además, he revisado a personas que están mucho mejor que usted.
Del otro lado de la cortina se dejó escuchar, fuerte y clara, la risa de un hombre, seguramente la del doctor Chastain. Wakabayashi experimentó por él un sentimiento bien definido de rechazo, como si su macho subconsciente detectara de dónde provenía el peligro.
– Discúlpeme, doctora –pidió Genzo, con humildad–. Me he portado con usted como un auténtico idiota.
– Al menos lo reconoce –murmuró Lily, mirando la lesión–. Éste fue un golpe bastante feo. ¿Con qué me dijo que se lastimó? ¿En verdad su cita de anoche no le estrelló ahí el tacón?
– Buena por ésa. –Wakabayashi se echó a reír–. Me la merezco.
– No, en realidad no se lo merece. –La médica, por el contrario, se puso repentinamente seria–. Ése ha sido un comentario fuera de lugar para la situación y para mi posición. Espero que acepte mis disculpas, no debí de haberle hablado así.
– No se preocupe, doctora, no me ha ofendido, no tiene por qué disculparse –aseguró Genzo, sorprendido por su reacción–. Me golpeé con una caja llena de libros que me cayó de improviso. Siempre supe que la lectura no era uno de mis fuertes, pero esto ha sido demasiado.
Lily esbozó una sonrisa sincera que aligeró la tensión de su rostro y a Wakabayashi le agradó comprobar que su truco obtuvo el resultado que buscaba. Ella continuó con la revisión física sin hacer comentarios y se limitó a preguntar por las molestias que presenta Genzo, tras lo cual asintió con la cabeza y se dirigió hacia un lavabo ubicado en una esquina para asearse las manos.
– Opino que no ha sido más que el golpe, señor Wakabayashi –anunció ella.- No parece que haya lesiones profundas pero de cualquier manera le pediré unas radiografías para estar seguros.
– Como usted ordene, doctora –contestó él, obediente.
– Ya puede ponerse la camisa –señaló Lily, evitando mirarlo a la cara para que él no hiciera otra acotación subida de tono.
Mientras Genzo se acomodaba la ropa, escuchó que el doctor Chastain regresaba al área de escritorio, en donde la doctora Del Valle ya se había acomodado otra vez para redactar la orden de rayos X. Wakabayashi espió brevemente a través de la cortina y pudo ver que el médico tocaba a Lily en el hombro con una confianza que no se daría entre dos colegas. Ellos susurraban en voz baja y el portero alcanzó a escuchar las palabras "ma chére", que de acuerdo al poco francés que sabía, significaba que ella era para él cuando menos una amiga íntima. Genzo no vio anillo de compromiso ni de casada en el dedo de la doctora Del Valle, pero eso no descartaba que ese par no estuviese junto. Sin saber por qué, o tal vez lo sabía y prefería ignorarlo, Genzo sintió una punzada de decepción.
– Ah, señor Wakabayashi, creo que esto es suyo –anunció el médico con una sonrisa burlona, al tiempo en que le entregaba la bolsa de papel con el maldito libro erótico dentro–. Los de la librería le dejaron sus compras a la enfermera, no sabía que era adepto a este tipo de lectura tan peculiar.
Por la expresión que tenía Lily en ese momento, se notaba que ella había visto el contenido de la bolsa y prefería mantener la vista baja. El japonés tuvo ganas de propinarle un puñetazo a Chastain, pero se contuvo, definitivamente eso sería lo peor que él podría hacer; quizás era ésa la razón por la que Wakabayashi se sentía molesto, porque el doctor sabía que él no podría tomar ventaja por lo que acababa de hacer. Sin embargo, sorpresivamente fue Lily quien intervino a favor del portero, cosa que sorprendió a los dos hombres.
– Esos comentarios están fuera de lugar, Dion –expresó ella, en voz baja pero firme–. A nosotros no nos importa lo que el señor haga con su dinero. Ahora hazme el favor de dejarme a solas con mi paciente, ya estoy por terminar.
Esto hizo que Chastain frunciera el ceño; durante unos segundos, él dudó entre irse o quedarse un rato más, pero al final se resignó a dejar el lugar. La doctora Del Valle continuó callada durante un rato más antes de enfocar su atención en Genzo, como si nada extraordinario hubiese sucedido.
– Lamento la actitud de mi compañero –comentó ella, seria–. No sé qué es lo que le pasa el día de hoy, habitualmente es muy profesional.
– No se preocupe, doctora, no me he ofendido –aseguró Wakabayashi–. No es culpa suya, además.
– Supongo que no –suspiró Lily, tras lo cual cambió de tema–. Le daré una solicitud para una radiografía; vaya de una vez a Rayos X a que se la realicen y regrese otra vez conmigo en cuanto la tenga, por favor.
– Muy bien.
Genzo hizo lo que le pidió la doctora y menos de veinte minutos después estaba de vuelta en el consultorio, dado que el técnico lo había reconocido y se había esmerado en terminar el trabajo cuanto antes. Lily revisó las radiografías durante un buen rato, murmurando en voz baja, antes de concluir que los huesos y los tendones parecían estar en buen estado.
– Como dije, sólo ha sido el golpe –anunció ella–. Le recetaré algo para el dolor y mi recomendación es que permanezca en reposo durante un par de días, aunque sé bien que el Bayern Múnich tiene sus propios médicos y ellos decidirán cuánto tiempo debe de estar en reposo, si es que se lo indican.
– De acuerdo, doctora Del Valle, muchas gracias –dijo Wakabayashi; éste titubeó antes de continuar–: ¿Será atrevido si le pido su WhatsApp?
– No sólo atrevido, también sería inapropiado, usted es mi paciente. –Lily respingó–. Además, ¿para qué carajos quiere mi número?
– Para invitarla a tomar una copa de vino alguna vez –respondió Genzo–. Tal vez a cenar, si está de humor.
– Gracias, me siento halagada, pero la ética no me permite salir con un paciente –aseguró ella, con el rostro teñido de rojo–. Por no olvidar que no estoy soltera y planeo casarme pronto.
– Entiendo. –Wakabayashi esbozó una mueca–. Lo primero se puede ignorar, pero lo segundo no.
– Así es –asintió ella, mirándolo a los ojos–. Gracias de cualquier manera.
La joven le tendió una receta y él la tomó. Wakabayashi se quedó mirando ese pedazo de hoja durante unos instantes, antes de preguntar:
– ¿Es usted novia del doctor Chastain? –cuestionó–. Sé que no es de mi incumbencia lo que sea que haya entre ustedes.
– Efectivamente, no es de su incumbencia. –El bochorno inicial de la joven dio paso a una rabia controlada–. ¿Primero me acosa en el centro comercial y después lo hace aquí? Lo primero lo podría llegar a entender, pero es el colmo que no respete mi profesión.
– Lo siento, doctora, no pretendía ser descortés –afirmó Genzo–.- Aunque no lo crea, hay una buena justificación para lo del centro comercial.
– Me importa un carajo –bufó Lily–. Si no tiene alguna pregunta médica que hacerme, le pediré de favor que se retire para que pueda atender a otros pacientes.
– De verdad, le ofrezco una disculpa sincera –repitió el portero–. Sé que crucé el límite otra vez.
– Váyase, por favor –refrendó Lily, molesta–. ¡Y llévese su libro pornográfico!
Esto le habría resultado gracioso al portero si no fuera porque había dado un paso en falso. Él tomó la bolsa de papel (que quemaría con gasolina en cuanto tuviera la oportunidad, con todo y su contenido) y se marchó tras repetir una disculpa. Una vez que estuvo fuera, Genzo se dijo que debía ser el único idiota sobre la Tierra que cometía el mismo error dos veces, pero algo tenía esa mujer que lo orillaba a comportarse como un imbécil.
"Mi padre estaría riéndose si pudiera verme ahora mismo", se dijo Wakabayashi. "Esto ha sido una vergüenza por partida doble, no sé todavía cómo me las ingenié para ofender a una mujer en dos ocasiones en un lapso menor a veinticuatro horas". Sin duda que sus habilidades sociales eran un asco, pero lo peor del caso era que la doctora Del Valle no era la única mujer ofendida por él, también había insultado a la Candidata.
Tras repetirse una vez más que debía aprender a ser menos imbécil, Genzo se dirigió hacia la casa de Saori para ofrecerle una disculpa honesta a ella y a su madre; afortunadamente, había tomado la precaución de pedirle a su padre el domicilio de la chica ya que no tenía ni la menor idea de en dónde vivía. Está de más decir que el japonés no fue bien recibido en la casa de la Candidata, él tuvo que soportar que la madre indignada le soltara reclamos justificados durante más de media hora. Si Wakabayashi resistió sin emitir ni una sola protesta fue porque estaba consciente de que él había sido mucho más cruel con Saori y por tanto no tenía derecho a quejarse. Por fin, a la madre se le acabaron las quejas (o el aire para respirar, o ambas cosas) y Genzo encontró un momento para sincerarse.
– Sé que fui maleducado y grosero con su hija, por lo cual estoy profundamente arrepentido –dijo, haciendo una reverencia–. Ella no se merecía ese trato y usted no merecía esta falta de respeto, espero que acepten mis más sinceras disculpas.
– Las aceptamos por tu padre, no por ti –fue la dura respuesta de la mujer–. No vuelvas a ver a mi hija en lo que queda de vida.
– Será como usted desee, señora –contestó Genzo, tras lo cual le dijo a la hija–: Y espero honestamente que encuentres a alguien que sea un mejor marido de lo que puedo llegar a ser yo, Saori.
Algo debió de haber hecho bien, porque Saori asintió y le dirigió una mirada compasiva. La que era dramática como pocas era la madre, no cabía duda, pero Wakabayashi aceptó humildemente que fuese desterrado de la vida de esa Candidata e ignoró momentáneamente el alivio que sintió. Una vez que hubo cumplido con este molesto deber, Genzo hizo el intento de ir a su apartamento de soltero para tratar de olvidar los amargos percances del día, pero no podía sacarse de la cabeza la mala manera en la que se había comportado con la doctora Del Valle; ella, a pesar de todo, se mantuvo a la altura, sin hacer escándalo ni abofetearlo como merecía, lo que demostraba que tenía más madurez que él. Durante unos minutos, el joven estuvo considerando el ir a buscarla al hospital para disculparse otra vez, era lo mínimo que podía hacer tras los problemas que le causó. Además, dentro de la bolsa del libro Genzo encontró una tarjeta de regalo, la más cara que ofrecía la librería en donde lo compró, la cual al parecer introdujo uno de los empleados a manera de compensación por las molestias ocasionadas; el japonés recordó que la doctora Del Valle compró varios libros el día en el que la conoció, de manera que consideró que podría usar esa tarjeta de regalo como una improvisada ofrenda de paz.
"No es como si yo mismo no pudiera adquirir una, pero ya que ésta ha sido gratuita, ella no lo verá como si estuviese intentando comprar su perdón", razonó Wakabayashi. "Por lo poco que la he tratado, puedo concluir que es una mujer con mucho orgullo".
Así pues, el portero se dirigió de nueva cuenta al hospital y preguntó en recepción si la doctora Del Valle continuaba trabajando; cuando le respondieron que sí, pero que su turno terminaba en media hora, Genzo decidió esperarla a las afueras, en la explanada que se abría justo delante de la entrada al área de Urgencias, mientras jugueteaba distraídamente con la tarjeta de regalo (el maldito Kamasutra estaba refundido en lo más profundo de la cajuela del auto). Por fortuna, aparentemente todavía no era fácilmente reconocible en las calles así que nadie pareció darse cuenta de que el portero titular del Bayern Múnich estaba vagando a las afueras de un hospital público. Llevaba veinte minutos aguardando cuando se le ocurrió la muy probable idea de que la doctora Lily podría ir escoltada por el doctor Chastain, lo cual arruinaría sus planes.
"No sé por qué se me revuelve el estómago al pensar en ese tipo", pensó Genzo. "Y no es por el hecho de que haya intentado dejarme en ridículo (eso sólo propició que ella le hiciera un llamado de atención que resultó satisfactorio), simplemente no entiendo por qué me desagrada tanto. En cualquier caso eso no importa ahora, la cuestión está en que si la doctora aparece acompañada por él, no intentaré acercarme".
Sin embargo, para su buena suerte, cuarenta minutos después de que Wakabayashi llegó al hospital, Lily salió sola a través de la entrada principal con un bolso de trabajo en el hombro derecho y su bata en el brazo izquierdo, con la actitud de quien está feliz por haber concluido otra jornada de trabajo. Genzo dejó pasar unos segundos más, por si acaso Chastain aparecía detrás, pero cuando ella siguió caminando sin aminorar el paso, el japonés pudo concluir que se marcharía sola y decidió abordarla.
– Doctora Del Valle, ¿puedo hablar con usted, por favor? –Genzo decidió ser todo lo cortés que podía.
– ¿Eh? ¡Ah, usted otra vez! –exclamó Lily, al verlo–. ¿Y ahora qué se le ofrece, señor Wakabayashi?
– Hablar con usted, nada más –aseguró él–. Vengo con las mejores intenciones, lo juro.
– No es bueno jurar en vano, señor Wakabayashi. –Ella frunció el ceño, pero se detuvo–. Si es para invitarme a salir otra vez, nuevamente le responderé que no soy del tipo de mujer que engaña a su pareja.
– No vengo a eso –negó Genzo–. Sólo quiero disculparme por haberme comportado como un patán y haberla utilizado para mis fines en el centro comercial. Fue desconsiderado y descortés, todavía no comprendo cómo fue que me atreví a involucrar a una desconocida en mis planes.
Lily lo miró fijamente durante unos instantes con los ojos entrecerrados, seguramente para detectar alguna trampa en sus palabras. Genzo pudo notar que ella sabía que él estaba siendo deliberadamente cortés por una razón, pero también se dio cuenta de que no pudo determinar la causa.
– Continúe –ordenó la médica, tras suspirar–. Puedo concederle dos minutos de mi tiempo.
– Gracias, doctora –expresó él, humildemente–. Me disculpo primero por la falta más grave, que fue la de acosarla mientras estaba haciendo su trabajo; para eso no tengo excusa y usted debió de haberme hecho sacar por mal trato al personal, así que le agradezco que haya sido tan tolerante.
– No es usted ni el primer ni el último paciente con el que he tenido problemas –repuso Lily, con un tono de voz más suave–. Sin embargo, siempre trato de recordar que la gente que acude a un hospital no está en su mejor estado psicológico, son personas que tienen una enfermedad o una lesión que les causa dolor y que por eso mismo no son corteses o sueltan cosas que no dirían en circunstancias normales, así que procuro no ofenderme cuando se presentan este tipo de situaciones. Además, yo tampoco fui muy cortés, hice un comentario fuera de lugar y doctor Chastain también hizo algo impropio; usando sus propias palabras, usted pudo acusarnos de mal trato al paciente pero no lo hizo, cosa que le agradezco.
"Me gusta esta mujer", pensó Genzo, admirado por su ética. "A pesar de todo, ha tratado de ser comprensiva y disculpar un comportamiento que no tenía justificación, sólo porque estaba lesionado; ni la mitad de los médicos que he conocido en mi vida han tenido tanta consideración con sus pacientes".
– Dejémoslo en que ambos actuamos mal, entonces –sugirió Wakabayashi–. Independientemente de quién comenzó el asunto, hemos de reconocer que somos humanos. Si bien me gusta ganar en todo, en esta ocasión puedo aceptar un empate.
– Supongo que yo también. –Lily esbozó una pequeña sonrisa–. ¿Qué otra cosa me tiene que decir?
– Quiero pedirle perdón por la escena del centro comercial –continuó Genzo–. No me siento particularmente orgulloso de eso, me dejé llevar por un impulso idiota.
– Si no lo abofeteé en ese momento, fue porque consideré que ya habíamos montado suficiente drama para una misma escena –manifestó Lily, súbitamente enojada–. Fue bastante vergonzoso ser acosada así por un desconocido, me sentí invadida en mi espacio personal, pero quien llevó la peor parte fue esa pobre chica que iba con usted. ¿Por qué le hizo una cosa tan miserable? Para eso sí que no tiene una justificación; si quería terminar su cita antes, bastaba con decirlo directamente.
– Sí que tengo una justificación –replicó Genzo–. Una muy válida, por cierto.
– ¿Ah, sí? –Ella lo miró con escepticismo–. ¿Cuál es, si es tan amable de decírmela?
"No me siento particularmente orgulloso de esto", admitió Genzo, mientras dudaba entre si debía contarle la verdad o no. No formaba parte de su plan original el explicarle a Lily qué fue lo que lo llevó a mentir y decir que ella era su novia, pero repentinamente él se sintió impulsado a hablarle con la verdad y, antes de que se diera plena cuenta de lo que estaba haciendo, Wakabayashi ya estaba narrándole a grandes rasgos sobre esa tendencia de su padre a querer conseguirle una esposa y de sus técnicas para quitarse a las Candidatas de encima. Conforme fue explicando la situación, él pudo darse cuenta del cambio de actitud de la joven: al principio Lily lo miró con curiosidad, pero después apretó la boca y frunció el ceño en una expresión evidente de desagrado.
– No parece estar de acuerdo con lo que acabo de exponerle –finalizó Genzo–. Pensé que ya había avanzado en ese aspecto, pero ahora la noto más molesta que antes.
– Porque lo estoy –replicó Lily–. No considero que su justificación para armar ese drama sea válida.
– ¿Por qué no? –cuestionó él.
– Porque debería de tener el valor de decirle a su padre que no quiere casarse bajo las condiciones que le quiere imponer –respondió ella, sin titubear.
– ¿Eso cree? –Genzo también frunció el entrecejo–. No sabe realmente cómo está ese asunto, he intentado hablar con mi padre muchas veces.
– Pues entonces siga intentándolo –insistió Lily–. En vez de maltratar a esas pobres chicas, que lo único malo que hicieron fue tener la desgracia de conocerlo, debería de atacar el problema de raíz y acabar con estas prácticas tan obsoletas. Sus parejas potenciales son quienes están pagando los platos rotos y ellas son las que menos culpa tienen en esto.
Ellos se miraron fijamente a los ojos durante unos segundos; Wakabayashi se molestó por el atrevimiento que Lily tuvo al insinuar que le faltaba valor, quizás porque en el fondo sabía que ella tenía razón.
– Sabía que no me iba a entender, no sé por qué le he contado esto –dijo él, al fin, tras tranquilizarse un poco–. Pero eso no debe quitar mi intención de disculparme, actué mal y estoy consciente de ello.
– Sí, tiene razón, no lo entiendo y no creo que lo haga –admitió la médica–. Y por eso mismo es que no debo juzgarlo. No me malinterprete, sí creo que debería de decir las cosas de frente en vez de emplear técnicas sucias con personas que no lo merecen, pero dado que yo no sé cómo actuaría de estar en su lugar, no voy a criticarlo por eso, es asunto suyo y de nadie más.
Genzo volvió a observarla fijamente, como si estuviera tratando de definir sus intenciones. Lily no pudo evitar sentirse incómoda ante esa mirada tan intensa, pero la soportó sin retroceder ni pestañear. No sería ni la primera ni la última vez que alguien quisiera intimidarla, aunque le daba la impresión de que Genzo no buscaba amedrentarla sino sólo analizarla. Por fin, tras varios instantes de silencio, él rompió a reír a carcajadas.
– ¿De qué se ríe? –preguntó Lily, ofuscada–. ¿He dicho algo gracioso?
– No, por supuesto que no –respondió Wakabayashi–. Ha sido exactamente todo lo contrario, doctora, no ha hecho más que decirme mis verdades y creo que es la primera vez en mucho tiempo que alguien lo hace en serio.
– Eso suena a que está usted muy acostumbrado a salirse con la suya –opinó la doctora.
– Así es –admitió él, con una sonrisa curiosa–. Me resulta interesante cuando las cosas no salen como las planeo. Sin embargo, no pretendo pasarme de cínico, porque tiene usted razón: yo debería de tener el valor de enfrentarme a mi padre. Al menos en eso puedo darle la victoria, doctora Del Valle.
– No sé si eso se siente como una victoria, pero qué más da –murmuró Lily–. No se lo tome a mal, pero aunque me la estoy pasando de maravilla, tengo que irme ya.
– Antes de que se vaya, quiero darle una última cosa. –Genzo le tendió la tarjeta de regalo e ignoró el sarcasmo con el que ella dijo la última frase–. Me dieron esto en la librería como compensación por el accidente que me trajo a este hospital y quisiera que usted se la quedara. Según pude comprobar, a usted le gusta leer bastante.
– Ah, sí, que ese día usted me vio pagando unos libros en la caja –rememoró Lily, lo cual puso a Wakabayashi de buen humor: ella sí se acordaba del pequeño intercambio cortés que tuvieron en ese momento–. De verdad se lo agradezco, pero no considero que sea adecuado aceptarla, no sería correcto.
– Se lo creería si la tarjeta la hubiera comprado yo a manera de compensación, parecería que estoy intentando sobornarla o comprar su perdón, pero no ha sido así –insistió el portero–. Alguno de los empleados la metió sin que me diera cuenta, de lo contrario me habría negado a aceptarla.
– Sí, lo sé –soltó Lily, sin pensar–. Vi esa tarjeta cuando Dion abrió la bolsa para enseñarme de qué trataba el libro que usted compró.
– Entonces acéptela. –Wakabayashi continuaba con la mano extendida hacia ella–. No puede considerarla como un soborno ni como una compensación; seguramente en la librería ya la marcaron como comprada y no podré devolverla sin un recibo, así que si no la aprovecha, se desperdiciará.
– No lo sé. –Lily aun titubeaba, aunque se notaba que la idea de tener una tarjeta de regalo de su librería favorita le llamaba mucho la atención.
– Estoy seguro de que usted le dará un mejor uso que yo –continuó Genzo–, pues, como ha comprobado, mi relación con los libros no es particularmente buena: yo no los tomo en serio y ellos, a cambio, me golpean en grupo.
Lily no pudo continuar manteniéndose seria y se rio a carcajadas. Wakabayashi rio con ella, satisfecho del éxito de su jugarreta; la joven todavía no acababa de reírse cuando tomó la tarjeta de la mano de Genzo.
– Es usted verdaderamente persistente, señor Wakabayashi –comentó Lily, tras suspirar–. No me cabe duda que, cualquier cosa que usted quiera, siempre la va a obtener. O casi siempre, al menos.
– Hasta el momento nada se me ha negado. –Genzo sonrió de una forma muy curiosa–. Y por favor, no me digas "señor", no estoy tan viejo.
– Bien, le cederé la victoria en esto, Wakabayashi –aceptó ella, negándose a tutearlo a pesar de que él acababa de hacerlo–. Con una condición: quiero saber por qué, de todas las chicas posibles, me eligió a mí para sus sucios planes.
– Si te lo digo no me vas a creer –suspiró el portero–. Apenas conseguí que me perdonaras, si te respondo a eso te volverás a enojar conmigo y no es algo que desee.
– Me mata la curiosidad, así que le prometo que no me enojaré si lo hace –insistió Lily–. Después de todo, no puede ser más patán de lo que lo ha sido ya.
– Supongo que no –cedió Genzo, tras pensarlo unos instantes–. Aunque tal vez te sorprenda.
– Pruébeme –pidió la chica, con una expresión mordaz.
– Bien, si así lo quieres, te diré el por qué –aceptó él, a sabiendas de que no era buena idea–: Te escogí porque me gustaste desde la primera vez que te vi, no recuerdo que otra mujer me haya hecho girar la cabeza como lo hiciste tú.
– ¿Qué cosa? –Lily se puso de mil colores–. ¡No juegue así conmigo!
– ¿Por qué habría de hacerlo? Estoy siendo sincero. –Él jugueteó con la visera de su gorra–. Te pedí que aceptaras salir conmigo, ¿recuerdas?
– No le creo ni una palabra –bufó Lily–. ¿Le gusté desde que me vio en la librería, sólo porque le sonreí por cortesía?
– Ésa no fue la primera vez que te vi –negó Genzo–. No te diste cuenta, pero coincidimos antes en las escaleras eléctricas: tú ibas subiendo y yo bajaba junto con mi cita, pasaste junto a mí y no dejé de mirarte hasta que saliste de mi vista. Y después te volví a ver cuando ayudaste al empleado de la limpieza a levantarse, fuiste la primera persona en detenerse por alguien a quien todos ignoraban.
Esto impresionó mucho a Lily, cuya cara adquirió una alarmante tonalidad escarlata. Ella se llevó una mano a la boca, en un gesto que delataba su turbación, y se negó a mirar a Genzo a los ojos. Éste no sabía cuál era la respuesta que la doctora esperaba escuchar, pero no quedaba duda de que no era lo que él acababa de confesarle.
– Eso me saco por andar de preguntona –farfulló Lily, muy alterada–. Hágame el favor de olvidar que pregunté esta estupidez. Gracias otra vez por la tarjeta y espero de verdad que no nos volvamos a ver. Nunca más.
La joven se dio la vuelta y se marchó a toda prisa, dejando un rastro de perfume detrás de sí. Genzo la miró hasta que se perdió de vista y lamentó su mala suerte. A diferencia de ella, a él sí le habría gustado verla otra vez.
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
Esa misma noche, Shuzou Wakabayashi recibió en su estudio a la persona a la que había llamado por teléfono por la mañana. Esta persona resultó ser un hombre que le entregó un reporte detallado de lo que había averiguado, junto con unas cuantas fotografías que había guardado en una memoria portátil USB. Shuzou escuchó con atención a su interlocutor y miró las imágenes en su computadora personal con el entrecejo fruncido.
– Sabía que Genzo me estaba mintiendo –farfulló, enojado–. Me ha quedado claro que no se puede confiar en él.
Las fotos mostraban a Genzo hablando con una mujer de cabello largo y oscuro, una mujer con la que a todas luces estaba coqueteando: en algunas imágenes ellos se reían, en otras ella se mostraba avergonzada por algo que él decía y, lo más importante de todo, en una fotografía estaba inmortalizado el momento en el que Genzo le ofrecía algo a la joven y ella lo aceptaba.
– ¿Un regalo? –preguntó Shuzou al hombre, quien evidentemente era un investigador privado.
– No estoy seguro, aunque parece serlo –replicó el otro–. Pero si lo fue, debió ser algo pequeño, una tarjeta o algo similar.
– Entiendo. –Shuzou continuaba con el ceño fruncido–. ¿Estás seguro de que no es alguien a quien conoció por casualidad?
– Es evidente que ellos ya se habían tratado antes –aseguró el hombre–, no actuaban como un par de desconocidos.
– Ya veo –aceptó Shuzou–. Muchas gracias por el trabajo.
En cuanto el investigador se hubo retirado, Shuzou eligió algunas imágenes en donde se viera con nitidez el rostro de la joven de larga cabellera y se las envió a través de un correo electrónico a la madre de la última Candidata, para que le preguntara a su hija si esa muchacha era la supuesta novia de Genzo. El señor Wakabayashi sabía que esto último podría ser considerado una humillación, si no fuera porque previamente le había pedido su ayuda a las mujeres por última vez. Si la joven de las fotografías era la misma que Saori vio la noche previa, entonces castigaría a Genzo por mentir. Fue esta promesa, la de que el rebelde joven recibiría un escarmiento, lo que convenció a la madre de Saori de ayudar. Menos de media hora después, Shuzou había recibido contestación: la mujer de las fotos era la misma que Genzo señaló como su novia ante Saori.
"Bien, no dejas otra alternativa, dado que has preferido mentirme", pensó el señor Wakabayashi, tras leer el mensaje. "Que sea como tú quieras, Genzo".
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
Pasó casi una semana sin que ocurriera algo que se saliera de la rutina en la vida de la doctora Del Valle. Durante los primeros días ella temió que Genzo Wakabayashi se apareciera de nuevo en el hospital, pero por fortuna él la dejó en paz. Dion estuvo enfurruñado con Lily durante un tiempo, lo cual ella no entendía porque no hizo algo que mereciera el enojo de su novio, pero como no estaba dispuesta a discutir con su él, dejó que a Dion se le bajara la rabia por su cuenta.
Tras pensarlo detenidamente, Lily reconoció que, tras su aventura con Genzo Wakabayashi, se quedó con un sentimiento extraño atorado en el pecho, aunque no consiguió definir qué era. Le habría gustado que nunca se hubiese topado con el portero, quien era el causante de sus últimos problemas, pero dado que eso ya no era posible, lo mejor que podía hacer era tratar de olvidar lo ocurrido. Aunque no lo quisiera admitir, Lily sentía que, de haber conocido a Wakabayashi en mejores circunstancias, tal vez habría podido llevarse bien con él, pero en ese universo en específico las cosas no estaban destinadas a ser así. Sin embargo, a la semana exacta del episodio del centro comercial, ocurrió algo que le hizo ver a Lily que no se iba a librar tan fácilmente de Genzo como esperaba.
Tras una jornada particularmente pesada, Lily salió sola del hospital, pues Dion seguía en su etapa de enojo y ella no estaba dispuesta a tolerarlo, así que se marchó en cuanto quedó libre, sin importarle si su novio todavía tenía pacientes o no. Había salido ya de la explanada y tomado el camino que conducía al aparcamiento en donde siempre dejaba su auto cuando vio un lujoso coche gris oscuro estacionado en una cuadra aledaña al hospital. A Lily le llamó la atención ese auto porque no solían verse ese tipo de vehículos en esa zona y más atención le puso cuando, al pasar a su lado, el chófer se bajó a toda prisa y abrió la puerta trasera. Lily se puso tensa, venía de un país en donde los secuestros a plena luz del día eran cosa corriente y tuvo que hacer un esfuerzo para recordar que estaba en Alemania y que ahí esas cosas no ocurrían. En teoría.
– Doctora Del Valle –anunció el chófer, de manera autómata–, mi jefe desea intercambiar algunas palabras con usted, acompáñenos por favor.
– ¿Quién es su jefe? –preguntó ella, extrañada. "¿Quién habla tan formal en estos días, por todos los cielos?"–. No entiendo de qué me habla.
– Mi jefe desea intercambiar algunas palabras con usted –repitió el chófer–. Suba, si es tan amable.
– De ninguna manera –negó Lily, enérgica.
– Está haciéndole una invitación cortés, sería de mala educación rechazarla –insistió el hombre.
– Mire, me importa un carajo si estoy siendo descortés –replicó la joven, con dureza–. Provengo de un país en donde la cosa más estúpida que puede hacer un humano, sea hombre o mujer, es subirse al coche de un desconocido, aun así se trate de un auto de lujo. Así que, si insiste en querer que me suba sólo porque "su jefe quiere hablar conmigo", empezaré a correr y a gritar que están tratando de secuestrarme.
– Déjalo, Jin, gracias –dijo entonces una voz de hombre desde el interior del vehículo–. La señorita tiene razón, no es prudente hacer cosas buenas que parezcan malas, mucho menos en estos días.
Antes de que Lily o el chófer pudieran decir algo, del auto emergió un individuo de edad madura, asiático y con cabello y bigote entrecanos, alto y de porte elegante, que dirigió su atención a la muchacha. El hombre le recordó ligeramente a alguien, pero Lily no pudo ubicar a quién.
– Le ruego disculpe mis modales, doctora Del Valle –comentó el hombre–. Se me olvida que no estoy en Japón y que usted no es japonesa, no puedo imponerle ni mis ideas ni mis costumbres. Sin embargo, le pido que me conceda algunos minutos para hablar sobre un tema que realmente me interesa. Le aseguro que soy inofensivo, no pretendo secuestrarla ni hacerle daño.
– Supongo que podría concederle un par de minutos, siempre y cuando hablemos lejos de su auto y en una zona en donde haya gente –contestó Lily, a la defensiva, tras analizar a detalle a su interlocutor.
– Es usted una mujer precavida –señaló el otro–. Bien, no tengo inconvenientes en ir a un área más concurrida.
El hombre giró algunas instrucciones a su chófer e hizo el ademán de seguir a Lily a donde quisiera llevarlo ella. Sin percatarse de lo que hacía, Lily lo condujo hacia la misma zona en donde había hablado con Genzo días atrás. La chica se preguntó una y otra vez quién sería ese hombre y por qué tenía tanto interés en hablar con ella. ¿Sería el familiar de algún paciente que hubiera quedado insatisfecho con su atención?
– ¿Y bien? –preguntó Lily, cuando encontraron un área adecuada para charlar–. ¿De qué quiere hablarme?
– De mi hijo y de la relación que tiene con él –aclaró el otro.
– Tendrá que ser más específico –replicó la doctora–. ¿Quién es su hijo? Todos los días veo muchos pacientes en el hospital que son hijos de alguien.
– Veo que es una buena actriz, no parece tener idea de lo que hablo –respondió el hombre–. Soy Shuzou Wakabayashi, el padre de Genzo.
– Ahhhh, ése hijo –suspiró Lily, resignada. En ese instante, ella cayó en la cuenta de que la persona que Shuzou le recordaba era precisamente Genzo–. ¿Y ahora qué pasa con él?
– Es decir, que sí lo conoce –señaló Shuzou, con malicia–. Es verdad entonces que ustedes son íntimos.
– Desgraciadamente, sí, lo conozco –aceptó ella–. Aunque decir que somos íntimos sería una exageración, nos hemos visto una sola vez. De hecho, lo conocí hace apenas una semana, cuando vino a mi consulta porque se había golpeado con una caja de libros en el hombro.
– ¿Se golpeó con una caja de libros? –Shuzou alzó las cejas, preocupado–. No tenía noticias de eso, Genzo debió de habérmelo comunicado.
– Ya hablará de ese tema con su hijo, señor, a su debido momento –objetó Lily, imperturbable–. Aunque él ya es un adulto y no tiene la necesidad de ir corriendo con papá para contarle acerca de todos sus accidentes, ¿no le parece? No tiene la obligación de decirle nada, señor. En cualquier caso, como le dije ya, fue esa vez la primera que lo vi y también la última; Genzo acudió a consulta, lo atendí como debía y se marchó. Si tiene dudas puede preguntar en el hospital, aunque dudo que le cedan el expediente a un padre excesivamente protector ya que el hijo alcanzó la mayoría de edad hace muchos años.
– Es usted muy insolente para ser médico, doctora Del Valle –reclamó Shuzou, sin miramientos.
– Y usted muy maleducado para ser rico, señor Wakabayashi –contraatacó Lily–. Evidentemente investigó mi nombre y mis horarios en el hospital, porque de otra manera no veo cómo supo quién soy y en dónde encontrarme, lo cual puede considerarse como acoso. Me hostigó además desde la comodidad y protección de su automóvil de lujo como si se sintiera el dueño del mundo y pudiera obligar a cualquiera a ejercer su voluntad, pero eso evidentemente sólo funciona con su familia, aunque probablemente no con su hijo, pues de lo contrario le habría contado sobre ese accidente.
Muy a su pesar, Shuzou reprimió una sonrisa, porque le pareció cómico que alguien tan testarudo como Genzo pudiera tener de pareja a una mujer tan decidida. Sin duda, las peleas entre esos dos debían ser de lo más interesantes. "Ahora entiendo por qué no te gustaron las candidatas a esposa que te presenté, hijo", pensó. "Tu tipo de mujer es diametralmente opuesto a lo que ellas son".
– Como comenté anteriormente, las costumbres que tenemos en Japón son distintas a las que predominan en Alemania y llevo viviendo en el país pocos años –se justificó Shuzou–. Allá es común que se haga una investigación exhaustiva sobre una potencial esposa.
– Independientemente de si eso es verdad o no, lo cual dudo, no explica por qué me ha acosado así –argumentó Lily–. Sí soy una potencial esposa, pero no de su hijo, yo tengo novio y vamos a casarnos pronto. Se lo dije ya y se lo vuelvo a repetir: sólo he visto a Genzo Wakabayashi una vez, que fue cuando acudió a consulta.
"Lo que, sin embargo, es mentira", caviló Shuzou. "Tengo pruebas de que al menos se han visto en dos ocasiones más y de que él le obsequió algo, pero me lo está ocultando, señorita Del Valle, y no hay razón para que lo haga, como no sea porque quiere proteger su relación con Genzo".
Lo cierto era que sí había un motivo por el cual Lily no mencionó las otras dos ocasiones en las que se topó con el portero: no lo hizo por la sencilla razón de que eran vergonzosas en uno u otro sentido, no era algo que comentarías con el padre de una persona, independientemente de si la conoces o no. Perder el tiempo quejándose de la actitud de Genzo con su propio padre no le parecía correcto a Lily, pues el joven ya era lo bastante mayorcito como para hacerse cargo de sus acciones sin tener que recurrir a papá para que le diera un par de patadas en el trasero para corregirlo.
"Aunque, por lo que veo, esa actitud arrogante viene de familia", pensó Lily a su vez, ofuscada. "El padre se comporta igualito al hijo, ya comprendo de quién lo sacó".
– Si usted me está mintiendo, sólo empeorará las cosas, doctora –advirtió el señor Wakabayashi, con menos severidad de la que esperaba–. No me gusta que se rían en mi cara.
– A mí tampoco, señor –reclamó ella–. No estoy mintiéndole, vaya y hable con su hijo en vez de hacerlo conmigo para que le confirme que no nos conocemos y, por favor, ya déjenme en paz, voy a terminar alucinando el apellido Wakabayashi por el resto de mi vida.
– La dejaré tranquila por el momento –cedió Shuzou–. No volveré a hostigarla en su lugar de trabajo, pero le aconsejo que si va en serio con mi hijo, deje de ocultarse como si estuviera cometiendo un crimen.
– No conozco a su hijo y no tengo una relación con él. Y espero que de verdad deje de molestarme, porque de lo contrario sacaré una orden de restricción –amenazó Lily.
El señor Wakabayashi, por respuesta, miró severamente a Lily antes de despedirse con un gesto de cabeza y marcharse sin mirar atrás. La doctora soltó un suspiro de alivio, al tiempo en que sentía que las piernas le temblaban ligeramente. Hablar con ese hombre había sido pesado, ahora comenzaba a comprender el por qué a Genzo se le dificultaba el oponerse a los mandatos de su padre.
Mientras se dirigía de vuelta a su mansión, Shuzou no dejaba de pensar en el hecho de que la doctora Del Valle le hubiese mentido con respecto a en cuántas ocasiones había visto a Genzo. Ella parecía muy sincera cuando declaró que ellos no eran íntimos, tanto que Shuzou estuvo a punto de creerlo, pero esa mentira le jugaba mucho en contra, lo que llevó al hombre a pensar que Lily era muy buena actriz. Además, estaba el hecho de que no hubiera hecho mención a ese supuesto regalo que Genzo le dio; si la doctora hubiese dicho que fue un pago por sus servicios o un soborno, Shuzou lo hubiera aceptado, pero que no lo hubiera mencionado le indicaba que lo estaba ocultando porque era un obsequio.
"Y, por último, está el hecho de que defendió a Genzo al asegurar que ya tiene edad para no tener que contarme todo lo que hace", razonó Shuzou. "Fue una defensa muy sutil, es cierto, pero una desconocida no la hubiera hecho".
Así pues, tras su encuentro con la doctora Del Valle, Shuzou llegó a la conclusión de que ella y Genzo sí se conocían desde hace tiempo y que, más importante aún, era altamente probable que tuvieran una relación. La cuestión era el saber cuándo había comenzado ese amorío y el por qué Genzo insistió en ocultarlo.
