—Mac no tardará en volver —dice en voz baja.
—Mmm…
Abro los ojos parpadeantes y me encuentro con su dulce mirada marrón cobriza. Dios… los suyos tienen un color extraordinario; sobre todo aquí, en mar abierto: reflejan la luz que reverbera en el agua y en el interior de la cabina a través de los pequeños ojos de buey.
—Aunque me encantaría estar aquí tumbada contigo toda la tarde, Mac necesitará que le ayude con el bote. —Regina se inclina sobre mí y me besa dulcemente—. Estás tan hermosa ahora mismo, Emma, toda despeinada y tan sexy. Hace que te desee aún más.
Sonríe y se levanta de la cama. Yo me tumbo boca abajo y admiro las vistas.
—Tú tampoco estás mal, capitana.
Chasqueo los labios admirada y ella sonríe satisfecha.
Le veo deambular con elegancia por el camarote mientras se viste. Esa maravillosa mujer acaba de hacerme el amor tiernamente otra vez. Apenas puedo creer la suerte que tengo. Apenas puedo creer que esa mujer sea mía. Se sienta a mi lado para ponerse los zapatos.
—Capitana, ¿eh? —Dice con sequedad—. Bueno, soy la ama y señora de este barco.
Ladeo la cabeza.
—Tú eres ama y señora de mi corazón, señorita Mills. Y de mi cuerpo… y de mi alma.
Mueve la cabeza, incrédula, y se inclina para besarme.
—Estaré en cubierta. Hay una ducha en el baño, si te apetece. ¿Necesitas algo? ¿Una copa? —pregunta solícita, y lo único que soy capaz de hacer es sonreírle.
¿Es esta la misma mujer? ¿Es la misma Cincuenta?
—¿Qué pasa? —dice como reacción a mi bobalicona sonrisa.
—Tú.
—¿Qué pasa conmigo?
—¿Quién eres tú y qué has hecho con Regina?
Tuerce la boca y sonríe con tristeza.
—No está muy lejos, nena —dice suavemente, y hay un deje melancólico en su voz que hace que inmediatamente lamente haberle hecho esa pregunta. Pero Regina sacude la cabeza para desechar la idea—. No tardarás en verla—dice sonriendo—, sobre todo si no te levantas.
Se acerca y me da una nalgada fuerte en el culo, y yo chillo y me río al mismo tiempo.
—Ya me tenías preocupada.
—¿Ah, sí? —Regina arquea una ceja—. Emites señales contradictorias, Emma. ¿Cómo podría alguien seguirte el ritmo? —Se inclina y vuelve a besarme—. Hasta luego, nena —añade y, con una sonrisa deslumbrante, se levanta y me deja a solas con mis dispersos pensamientos.
Cuando salgo a cubierta, Mac está de nuevo a bordo, pero enseguida se retira a la cubierta superior en cuanto abro las puertas del salón. Regina está con su BlackBerry. ¿Hablando con quién?, me pregunto. Se me acerca, me atrae hacia ella y me besa el cabello.
—Una noticia estupenda… bien. Sí… ¿De verdad? ¿La escalera de incendios?… Entiendo… Sí, esta noche.
Aprieta el botón de fin de llamada, y el ruido de los motores al ponerse en marcha me sobresalta. Mac debe de estar arriba, en el puente de mando.
—Hora de volver —dice Regina, y me besa una vez más mientras me coloca de nuevo el chaleco salvavidas.
Cuando volvemos al puerto deportivo, con el sol a nuestra espalda poniéndose en el horizonte, pienso en esta tarde maravillosa. Bajo la atenta y paciente tutela de Regina, he estibado una vela mayor, un foque y una vela balón, y he aprendido a hacer un nudo cuadrado, un ballestrinque y un nudo margarita. Ella ha mantenido los labios prietos durante toda la clase.
—Puede que un día de estos te ate a ti —mascullo en tono gruñón.
Ella tuerce el gesto, divertida.
—Primero tendrá que atraparme, señorita Swan.
Sus palabras me traen a la cabeza la imagen de ella persiguiéndome por todo el apartamento, la excitación, y después sus espantosas consecuencias. Frunzo el ceño y me estremezco. Después de aquello, la dejé.
¿La dejaría otra vez ahora que ha reconocido que me quiere? Levanto la vista hacia sus ojos castaños. ¿Sería capaz de dejarla otra vez… me hiciera lo que me hiciese? ¿Podría traicionarla de ese modo? No. No creo que pudiera.
Me ha dado otro completo tour por este magnífico barco, explicándome todos los detalles del diseño, las técnicas innovadoras y los materiales de alta calidad que se utilizaron para construirlo. Recuerdo aquella primera entrevista, cuando la conocí. Entonces descubrí ya su pasión por los barcos. Creí que reservaba su entrega incondicional a los cargueros transoceánicos que construye su empresa… pero no, también los elegantes catamaranes de encanto tan sensual.
Y, por supuesto, me ha hecho el amor con dulzura, sin prisas. Recuerdo mi cuerpo arqueado y anhelante bajo sus expertas manos. Es una amante excepcional, de eso estoy segura… aunque, claro, no tengo con quién compararla. Pero Ruby hubiera alardeado más si esto fuera siempre así: no es propio de ella callarse los detalles.
Pero ¿durante cuánto tiempo le bastará con esto? No lo sé, y el pensamiento resulta muy perturbador.
Ahora se sienta y me rodea con sus brazos, y yo permanezco en la seguridad de su abrazo durante horas —o eso me parece—, en un silencio cómodo y fraterno, mientras el Cora se desliza y se acerca más y más a Seattle. Yo llevo el timón, y Regina me avisa cada vez que tengo que ajustar el rumbo.
—Hay una poesía en navegar tan antigua como el mundo —me dice al oído.
—Eso suena a cita.
Noto que sonríe.
—Lo es. Antoine de Saint-Exupéry.
—Oh… me encanta El principito.
—A mí también.
Comienza a caer la noche cuando Regina, con sus manos todavía sobre las mías, nos conduce al interior de la bahía. Las luces de los barcos parpadean y se reflejan en el agua oscura, pero todavía hay algo de claridad: el atardecer es agradable y luminoso, el preludio de lo que sin duda será una puesta de sol espectacular.
Una pequeña multitud se congrega en el muelle cuando Regina hace girar despacio el barco, en un espacio relativamente pequeño. Lo hace con destreza, atracando de nuevo en el embarcadero del que habíamos zarpado. Mac salta a tierra y amarra el Cora a un noray.
—Ya estamos de vuelta —murmura Regina.
—Gracias —susurro tímidamente—. Ha sido una tarde perfecta.
Regina me sonríe.
—Yo pienso lo mismo. Quizá deberíamos matricularte en una escuela náutica, y así podríamos salir durante unos días, tú y yo solas.
—Me encantaría. Podríamos estrenar el dormitorio una y otra vez.
Se inclina y me besa bajo la oreja.
—Mmm… estoy deseándolo, Emma —susurra, y consigue que se me erice todo el vello del cuerpo.
¿Cómo lo hace?
—Vamos, el apartamento es seguro. Podemos volver.
—¿Y las cosas que tenemos en el hotel?
—Taylor ya las ha recogido.
¡Oh! ¿Cuándo?
—Hoy a primera hora —contesta Regina antes de que le plantee la pregunta—, después de haber examinado el Cora con su equipo.
—¿Y ese pobre hombre cuándo duerme?
—Duerme. —Regina, desconcertada, arquea una ceja—. Simplemente cumple con su deber, Emma, y lo hace muy bien. Es una suerte contar con Jefferson.
—¿Jefferson?
—Jefferson Taylor.
Pensaba que Taylor era su nombre de pila. Jefferson… Es un nombre que le pega: serio y responsable, fiable. Por alguna razón, eso me hace sonreír.
Regina me mira pensativa y comenta:
—Tú aprecias a Taylor.
—Supongo que sí.
Su comentario me confunde. Ella frunce el ceño.
—No me siento atraída por él, si es eso lo que te hace poner mala cara. Déjalo ya.
Regina hace algo parecido a un mohín, como enfurruñada.
Dios… a veces es como una niña pequeña.
—Opino que Taylor cuida muy bien de ti. Por eso me gusta. Me parece un hombre que inspira confianza, amable y leal. Lo aprecio en un sentido paternal.
—¿Paternal?
—Sí.
—Bien, paternal.
Regina parece analizar la palabra y su significado. Me echo a reír.
—Oh, Regina, por favor, madura un poco.
Ella abre la boca, sorprendida ante mi salida, pero luego piensa en lo que he dicho y tuerce el gesto.
—Lo intento —dice finalmente.
—Se nota. Y mucho —le digo con cariño, pero después pongo los ojos en blanco.
—Qué buenos recuerdos me trae verte hacer ese gesto, Emma —dice con una gran sonrisa.
—Bueno, si te portas bien a lo mejor revivimos alguno de esos recuerdos —replico con aire cómplice.
Ella hace una mueca irónica.
—¿Portarme bien?
—Levanta las cejas—. Francamente, señorita Swan, ¿qué le hace pensar que quiera revivirlos?
—Seguramente porque, cuando lo he dicho, tus ojos han brillado como luces navideñas.
—Qué bien me conoces ya —dice con cierta sequedad.
—Me gustaría conocerte mejor.
Sonríe con dulzura.
—Y a mí a ti, Emm.
—Gracias, Mac.
Regina estrecha la mano de McConnell y baja al muelle.
—Siempre es un placer, señorita Mills. Adiós. Y, Emma, encantado de conocerte.
Le doy la mano con timidez. Debe de saber a qué nos hemos dedicado Regina y yo mientras él estaba en tierra.
—Que tengas un buen día, Mac, y gracias.
Me sonríe y me guiña el ojo, haciendo que me ruborice. Regina me coge de la mano y subimos por el muelle hacia el paseo marítimo.
—¿De dónde es Mac? —pregunto, intrigada por su acento.
—Irlandés… del norte de Irlanda —concreta Regina.
—¿Es amigo tuyo?
—¿Mac? Trabaja para mí. Ayudó a construir el Cora.
—¿Tienes muchos amigos?
Frunce el ceño.
—La verdad es que no. Dedicándome a lo que me dedico… no puedo cultivar muchas amistades. Solo está…
Se calla y se pone muy seria, y soy consciente de que iba a mencionar a la señora Robinson.
—¿Tienes hambre? —pregunta para cambiar de tema.
Asiento. La verdad es que estoy hambrienta.
—Cenaremos donde dejé el coche. Vamos.
Al lado del SP hay un pequeño bistró italiano llamado Bee's. Me recuerda al local de Portland: unas pocas mesas y reservados, con una decoración muy moderna y alegre, y una gran fotografía en blanco y negro de una celebración de principios de siglo a modo de mural.
Regina y yo nos sentamos en un reservado, y echamos un vistazo al menú mientras degustamos un Frascati suave y delicioso. Cuando levanto la vista de la carta, después de haber elegido lo que quiero, Regina me está mirando fijamente, pensativa.
—¿Qué pasa?
—Estás muy guapa, Emma. El aire libre te sienta bien.
Me ruborizo.
—Pues la verdad es que me arde la cara por el viento. Pero he pasado una tarde estupenda. Una tarde perfecta. Gracias.
En sus ojos brilla el cariño.
—Ha sido un placer —musita.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
Estoy decidida a obtener información.
—Lo que quieras, Emma. Ya lo sabes.
Ladea la cabeza. Está encantadora.
—No pareces tener muchos amigos. ¿Por qué?
Encoge los hombros y frunce el ceño.
—Ya te lo he dicho, la verdad es que no tengo tiempo. Están mis socios empresariales… aunque eso es muy distinto a tener amigos, supongo. Tengo a mi familia y ya está. Aparte de Mallory.
Ignoro que ha mencionado a esa bruja.
—¿Ninguna amiga de tu misma edad para salir a desahogarte?
—Tú ya sabes cómo me gusta desahogarme, Emma. —Regina hace una leve mueca—. Y me he dedicado a trabajar, a levantar mi empresa. —Parece desconcertada—. No hago nada más; salvo navegar y volar de vez en cuando.
—¿Ni siquiera en la universidad?
—La verdad es que no.
—¿Solo Mallory, entonces?
Asiente, con cautela.
—Debes de sentirte sola.
Sus labios esbozan una media sonrisa melancólica.
—¿Qué te apetece comer? —pregunta, volviendo a cambiar de tema.
—Me inclino por el risotto.
—Buena elección.
Regina avisa al camarero y da por terminada la conversación.
Después de pedir, me revuelvo incómoda en la silla y fijo la mirada en mis manos entrelazadas. Si tiene ganas de hablar, he de aprovecharlo.
Tengo que hablar con ella de cuáles son sus expectativas, sus… necesidades.
—Emma, ¿qué pasa? Dime.
Levanto la vista hacia su rostro preocupado.
—Dime —repite con más contundencia, y su preocupación se convierte ¿en qué… miedo… ira?
Suspiro profundamente.
—Lo que más me inquieta es que no tengas bastante con esto. Ya sabes… para desahogarte.
Tensa la mandíbula y su mirada se endurece.
—¿He manifestado de algún modo que no tenga bastante con esto?
—No.
—Entonces, ¿por qué lo piensas?
—Sé cómo eres. Lo que… eh… necesitas —balbuceo.
Cierra los ojos y se masajea la frente con sus largos dedos.
—¿Qué tengo que hacer? —dice en voz tan baja que resulta alarmante, como si estuviera enfadada, y se me encoge el corazón.
—No, me has malinterpretado: te has comportado maravillosamente, y sé que solo han pasado unos días, pero espero no estar obligándote a ser alguien que no eres.
—Sigo siendo yo, Emma… con todas las cincuenta sombras de mi locura. Sí, tengo que luchar contra el impulso de ser controladora… pero es mi naturaleza, la manera en que me enfrento a la vida. Sí, espero que te comportes de una determinada manera, y cuando no lo haces supone un desafío para mí, pero también es un soplo de aire fresco. Seguimos haciendo lo que me gusta hacer a mí. Dejaste que te golpeara ayer después de aquella espantosa puja. —Esboza una sonrisa placentera al recordarlo—. Yo disfruto castigándote. No creo que ese impulso desaparezca nunca… pero me esfuerzo, y no es tan duro como creía.
Me estremezco y enrojezco al recordar nuestro encuentro clandestino en el dormitorio de su infancia.
—Eso no me importó —musito con timidez.
—Lo sé. —Sus labios se curvan en una sonrisa reacia—. A mí tampoco. Pero te diré una cosa, Emma: todo esto es nuevo para mí, y estos últimos días han sido los mejores de mi vida. No quiero que cambie nada.
¡Oh!
—También han sido los mejores de mi vida, sin duda —murmuro, y se le ilumina la cara.
La diosa que llevo dentro asiente febril, dándome fuertes codazos. Vale, vale, ya lo sé…
—Entonces, ¿no quieres llevarme a tu cuarto de juegos?
Traga saliva y palidece, con el rostro totalmente serio.
—No, no quiero.
—¿Por qué no? —musito.
No es la respuesta que esperaba.
Y sí, ahí está… esa punzada de decepción. La diosa que llevo dentro hace un mohín y da patadas en el suelo con los brazos cruzados, como una cría enfurruñada.
—La última vez que estuvimos allí me abandonaste —dice en voz baja—. Pienso huir de cualquier cosa que pueda provocar que vuelvas a dejarme. Cuando te fuiste me quedé destrozada. Ya te lo he contado. No quiero volver a sentirme así. Ya te he dicho lo que siento por ti.
Sus ojos café, enormes e intensos, rezuman sinceridad.
—Pero no me parece justo. Para ti no puede ser bueno… estar constantemente preocupada por cómo me siento. Tú has hecho todos esos cambios por mí, y yo… creo que debería corresponderte de algún modo. No sé, quizá… intentar… algunos juegos haciendo distintos personajes —tartamudeo, con la cara del color de las paredes del cuarto de juegos.
¿Por qué es tan difícil hablar de esto? He practicado todo tipo de sexo pervertido con esta mujer, cosas de las que ni siquiera había oído hablar hace unas semanas, cosas que nunca había creído posibles, y, sin embargo, lo más difícil de todo es hablar de esto con ella.
—Ya me correspondes, Emma, más de lo que crees. Por favor, no te sientas así.
La Regina despreocupada ha desaparecido. Ahora tiene los ojos muy abiertos con expresión alarmada, y verla así resulta desgarrador.
—Nena, solo ha pasado un fin de semana. Démonos tiempo. Cuando te marchaste, pensé mucho en nosotras. Necesitamos tiempo. Tú necesitas confiar en mí y yo en ti. Quizá más adelante podamos permitírnoslo, pero me gusta cómo eres ahora. Me gusta verte tan contenta, tan relajada y despreocupada, sabiendo que yo tengo algo que ver en ello. Yo nunca he… —Se calla y se pasa la mano por el pelo—. Para correr, primero tenemos que aprender a andar.
De repente sonríe.
—¿Qué tiene tanta gracia?
—Flynn. Dice eso constantemente. Nunca creí que le citaría.
—Un flynnismo.
Regina se ríe.
—Exacto.
Llega el camarero con los entrantes y la brocheta, y en cuanto cambiamos de conversación Regina se relaja.
Cuando nos colocan delante nuestros pantagruélicos platos, no puedo evitar pensar en cómo he visto a Regina hoy: relajada, feliz y despreocupada. Como mínimo ahora se ríe, vuelve a estar a gusto.
Cuando empieza a interrogarme sobre los lugares donde he estado, suspiro de alivio en mi fuero interno. El tema se acaba enseguida, ya que no he estado en ningún sitio fuera del Estados Unidos continental. En cambio, ella ha viajado por todo el mundo, e iniciamos una charla más alegre y sencilla sobre todos los lugares que ella ha visitado.
Después de la sabrosa y contundente cena, Regina conduce de vuelta al Escala. Por los altavoces se oye la voz dulce y melodiosa de Eva Cassidy, y eso me proporciona un apacible interludio para pensar. He tenido un día asombroso; la doctora Greene; nuestra ducha; la admisión de Regina; hacer el amor en el hotel y en el barco; comprar el coche. Incluso la propia Regina se ha mostrado tan distinta… Es como si se hubiera desprendido de algo, o hubiera redescubierto algo… no sé.
¿Quién habría imaginado que pudiera ser tan dulce? ¿Lo sabría ella?
Cuando la miro, ella también parece absorta en sus pensamientos. Y caigo en la cuenta de que ella no ha tenido en realidad una adolescencia… una normal, al menos.
Mi mente vaga errática hasta la fiesta de la noche anterior y mi baile con el doctor Flynn, y el miedo de Regina a que este me lo hubiera contado todo sobre ella. Regina sigue ocultándome algo. ¿Cómo podemos avanzar en nuestra relación si ella se siente de ese modo?
Cree que podría dejarla si la conociera. Cree que podría dejarla si fuera tal como es. Oh, esta mujer es muy complicada.
A medida que nos acercamos a su casa, empieza a irradiar una tensión que se hace palpable. Desde el coche examina las aceras y los callejones laterales, sus ojos escudriñan todos los rincones, y sé que está buscando a Kathryn. Yo empiezo también a mirar. Todas las chicas rubias son sospechosas, pero no la vemos.
Cuando entramos en el garaje, su boca se ha convertido en una línea tensa y adusta. Me pregunto por qué hemos vuelto aquí si va a estar tan nerviosa y cauta. Sawyer está en el garaje, vigilando, y se acerca a abrirme la puerta en cuanto Regina aparca al lado del SUV. El Audi destrozado ya no está.
—Hola, Sawyer —le saludo.
—Señorita Swan. —Asiente—. Señorita Mills.
—¿Ni rastro? —pregunta Regina.
—No, señorita.
Regina asiente, me coge la mano y vamos hacia el ascensor. Sé que su cerebro no para de trabajar; está totalmente abstraída. En cuanto entramos se vuelve hacia mí.
—No tienes permiso para salir de aquí sola bajo ningún concepto. ¿Entendido? —me espeta.
—De acuerdo.
Vaya… tranquila. Sin embargo, su actitud me hace sonreír. Tengo ganas de abrazarme a mí misma: esta mujer, tan dominante y brusca conmigo… Me asombra que hace solo una semana me pareciera tan amenazadora cuando me hablaba de ese modo. Pero ahora la comprendo mucho mejor. Ese es su mecanismo para afrontar las situaciones. Está muy preocupada por lo de Kathryn, me quiere y quiere protegerme.
—¿Qué te hace tanta gracia? —murmura con un deje de ironía en la voz.
—Tú.
—¿Yo, señorita Swan? ¿Por qué le hago gracia? —dice con un mohín.
Los mohines de Regina son tan… sensuales.
—No pongas morritos.
—¿Por qué? —pregunta, cada vez más divertida.
—Porque provoca el mismo efecto en mí que el que tiene en ti que yo haga esto.
Y me muerdo el labio inferior.
Ella arquea las cejas, sorprendida y complacida al mismo tiempo.
—¿En serio?
Vuelve a hacer un mohín y se acerca para darme un beso fugaz y casto.
Yo acerco los labios para unirlos a los suyos, y durante la milésima de segundo en que se rozan nuestras bocas, la naturaleza de su beso cambia, y un fuego arrasador originado en ese íntimo punto de contacto se expande por mis venas y me impulsa hacia ella.
De pronto mis dedos se enredan en sus cabellos y ella me empuja contra la pared del ascensor, sujeta mi cara entre sus manos y nuestras lenguas se entrelazan. Y no sé si los confines del ascensor hacen que todo sea más real, pero noto su necesidad, su ansiedad, su pasión.
Dios… La deseo, aquí, ahora.
El ascensor se detiene con un sonido metálico, las puertas se abren y Regina aparta ligeramente su cara de la mía, sus caderas aún inmovilizándome contra la pared y su erección presionando contra mi cuerpo.
—Vaya —murmura sin aliento.
—Vaya —repito, e inspiro una bocanada de aire para llenar mis pulmones.
Me mira con ojos ardientes.
—Qué efecto tienes en mí, Emma.
Y con el pulgar resigue mi labio inferior.
Por el rabillo del ojo veo a Taylor, que da un paso atrás y queda fuera de mi vista. Me alzo para besar a Regina en la comisura de esos labios maravillosamente perfilados.
—El que tú tienes en mí, Regina.
Se aparta y me da la mano. Ahora tiene los ojos más oscuros, entornados.
—Ven —ordena.
Taylor sigue en la entrada, esperándonos con discreción.
—Buenas noches, Taylor —dice Regina en tono cordial.
—Señorita Mills, señorita Swan.
—Ayer fui la señora Taylor —le digo sonriendo, y él se pone rojo.
—También suena bien, señorita Swan —dice Taylor con total naturalidad.
—Yo pienso lo mismo.
Regina me coge la mano con más fuerza, y pone mala cara.
—Si ya habéis terminado los dos, me gustaría un informe rápido.
Mira fijamente a Taylor, que ahora parece incómodo, y a mí se me encogen las entrañas. He sobrepasado el límite.
—Lo siento —le digo en silencio a Taylor, que se encoge de hombros y me sonríe con amabilidad antes de darme la vuelta para seguir a Regina.
—Ahora vuelvo contigo. Antes tengo que decirle una cosa a la señorita Swan —le dice Regina a Taylor, y sé que tengo problemas.
Regina me lleva a su dormitorio y cierra la puerta.
—No coquetees con el personal, Emma —me reprende.
Abro la boca para defenderme, luego la cierro y vuelvo a abrirla otra vez.
—No coqueteaba. Era amigable… hay una diferencia.
—No seas amigable con el personal ni coquetees con ellos. No me gusta.
Oh. Adiós a la Regina despreocupada.
—Lo siento —musito y me miro las manos.
No me había hecho sentir como una niña pequeña en todo el día. Me coge la barbilla para que la mire a los ojos.
—Ya sabes lo celosa que soy —murmura.
—No tienes motivos para ser celosa, Regina. Soy tuya en cuerpo y alma.
Pestañea varias veces como si le costara procesar ese hecho. Se acerca y me besa fugazmente, pero sin la pasión que sentíamos hace un momento en el ascensor.
—No tardaré. Ponte cómoda —dice de mal humor, da media vuelta y me deja ahí plantada en el dormitorio, aturdida y confusa.
¿Por qué demonios podría tener celos de Taylor? Niego con la cabeza, sin poder dar crédito.
Miro el despertador y observo que acaban de dar las ocho. Decido preparar la ropa que llevaré mañana al trabajo. Subo a mi habitación y abro el vestidor. Está vacío. Todos los vestidos han desaparecido. ¡Oh, no! Regina me ha tomado la palabra y se ha deshecho de toda la ropa. Maldita sea…
Mi subconsciente me fulmina con la mirada. Bien, te lo mereces, por bocazas.
¿Por qué me ha tomado la palabra? Las advertencias de mi madre vuelven a resonar en mi cabeza: «Algunas parejas se lo toman todo al pie de la letra». Observo el espacio vacío con desolación. Había prendas muy bonitas, como el vestido plateado que llevé al baile.
Paseo desconsolada por la habitación. Un momento… ¿qué está pasando aquí? También ha desaparecido el iPad. ¿Y dónde está mi Mac? Oh, no. Lo primero que pienso, de forma poco compasiva, es que quizá los haya robado Kathryn.
Bajo las escaleras corriendo y vuelvo al cuarto de Regina. Sobre la mesita están mi Mac, mi iPad y mi mochila. Está todo aquí.
Abro la puerta del vestidor. Toda mi ropa está aquí también, compartiendo espacio con la de Regina. ¿Cuándo ha ocurrido todo esto? ¿Por qué nunca me avisa cuando hace estas cosas?
Me doy la vuelta y ella está de pie en el umbral.
—Ah, ya lo han traído todo —comenta con aire distraído.
—¿Qué pasa? —pregunto.
Tiene el semblante sombrío.
—Taylor cree que Kathryn entró por la escalera de emergencia. Debía de tener una llave. Ya han cambiado todas las cerraduras. El equipo de Taylor ha registrado todas las estancias del apartamento. No está aquí. —Hace una pausa y se pasa una mano por el pelo—. Ojalá hubiera sabido dónde estaba. Está esquivando todos nuestros intentos de encontrarla, y necesita ayuda.
Frunce el ceño, y mi anterior enfado desaparece. La abrazo. Ella me envuelve con su cuerpo y me besa la cabeza.
—¿Qué harás cuando la encuentres? —pregunto.
—El doctor Flynn tiene una plaza para ella.
—¿Y qué pasa con su marido?
—No quiere saber nada de ella —contesta Regina con amargura—. Su familia vive en Connecticut. Creo que ahora anda por ahí sola.
—Qué triste…
—¿Te parece bien que haya hecho que traigan tus cosas aquí? Quería compartir la habitación contigo —murmura.
Vaya, otro rápido cambio de tema.
—Sí.
—Quiero que duermas conmigo. Cuando estás conmigo no tengo pesadillas.
—¿Tienes pesadillas?
—Sí.
La abrazo más fuerte. Por Dios… Más cargas del pasado. Se me encoge el corazón por esta mujer.
—Iba a prepararme la ropa para ir a trabajar mañana —aclaro.
—¡A trabajar! —exclama Regina como si hubiera dicho una palabrota, me suelta y me fulmina con la mirada.
—Sí, a trabajar —replico, desconcertada ante su reacción.
Se me queda mirando sin dar crédito.
—Pero Kathryn aún anda suelta por ahí. —Hace una breve pausa—. No quiero que vayas a trabajar.
¿Qué?
—Eso es una tontería, Regina. He de ir a trabajar.
—No, no tienes por qué.
—Tengo un trabajo nuevo, que me gusta. Claro que he de ir a trabajar.
¿A qué se refiere?
—No, no tienes por qué —repite con énfasis.
—¿Te crees que me voy a quedar aquí sin hacer nada mientras tú andas por ahí salvando al mundo?
—La verdad… sí.
Oh, Cincuenta, Cincuenta, Cincuenta… dame fuerzas.
—Regina, yo necesito trabajar.
—No, no lo necesitas.
—Sí… lo… necesito —le repito despacio, como si fuera una niña pequeña.
—Es peligroso —dice torciendo el gesto.
—Regina… yo necesito trabajar para ganarme la vida, y además no me pasará nada.
—No, tú no necesitas trabajar para ganarte la vida… ¿y cómo puedes estar tan segura de que no te pasará nada?
Está prácticamente gritando.
¿Qué quiere decir? ¿Acaso piensa mantenerme?
Oh, esto es totalmente ridículo. ¿Cuánto hace que la conozco… cinco semanas?
Ahora está muy enfadada. Sus tormentosos ojos centellean, pero no me importa en absoluto.
—Por Dios santo, Regina, Kathryn estaba a los pies de tu cama y no me hizo ningún daño. Y sí, yo necesito trabajar. No quiero deberte nada. Tengo que pagar el préstamo de la universidad.
Aprieta los labios y yo pongo los brazos en jarras. No pienso ceder en esto. ¿Quién se cree que es?
—No quiero que vayas a trabajar.
—No depende de ti, Regina. La decisión no es tuya.
Se pasa la mano por el pelo mientras sus ojos me fulminan. Pasamos segundos, minutos, sin dejar de retarnos con la mirada.
—Sawyer te acompañará.
—Regina, no es necesario. No tiene ninguna lógica.
—¿Lógica? —gruñe—. O te acompaña, o verás lo ilógica que puedo ser para retenerte aquí.
¿No sería capaz? ¿O sí?
—¿Qué harías exactamente?
—Ah, ya se me ocurriría algo, Emma. No me provoques.
—¡De acuerdo! —acepto, levantando las dos manos para apaciguarla.
Maldita sea… Cincuenta ha vuelto para vengarse.
Permanecemos ahí de pie, fulminándonos con la mirada.
—Muy bien: Sawyer puede venir conmigo, si así te quedas más tranquila —cedo finalmente, y pongo los ojos en blanco.
Regina entorna los suyos y avanza hacia mí, amenazante. Inmediatamente, doy un paso atrás. Ella se detiene y suspira profundamente, cierra los ojos y se mesa el cabello con las dos manos. Oh, no. Cincuenta sigue en plena forma.
—¿Quieres que te enseñe el resto del apartamento?
¿Enseñarme el…? ¿Es una broma?
—Vale —musito cautelosa.
Nuevo cambio de rumbo: la señora Voluble ha vuelto. Me tiende la mano y, cuando la acepto, aprieta la mía con suavidad.
—No quería asustarte.
—No me has asustado. Solo estaba a punto de salir corriendo —bromeo.
—¿Salir corriendo? —dice Regina, abriendo mucho los ojos.
—¡Es una broma!
Por Dios…
Salimos del vestidor y aprovecho el momento para calmarme, pero la adrenalina sigue circulando a raudales por mi cuerpo. Una pelea con Cincuenta no es algo que pueda tomarse a la ligera.
Me da una vuelta por todo el apartamento, enseñándome las distintas habitaciones. Aparte del cuarto de juegos y tres dormitorios más en el piso de arriba, descubro con sorpresa que Taylor y la señora Jones disponen de un ala para ellos solos: una cocina, un espacioso salón y un cuarto para cada uno. La señora Jones todavía no ha vuelto de visitar a su hermana, que vive en Portland.
En la planta baja me llama la atención un cuarto situado enfrente de su estudio: una sala con una inmensa pantalla de televisión de plasma y varias videoconsolas. Resulta muy acogedora.
—¿Así que tienes una Xbox? —bromeo.
—Sí, pero soy malísima. Graham siempre me gana. Tuvo gracia cuando creíste que mi cuarto de juegos era algo como esto.
Me sonríe divertida, su arrebato ya olvidado. Gracias a Dios que ha recobrado el buen humor.
—Me alegra que me considere graciosa, señorita Mills —contesto con altanería.
—Pues lo es usted, señorita Swan… cuando no se muestra exasperante, claro.
—Suelo mostrarme exasperante cuando usted es irracional.
—¿Yo? ¿Irracional?
—Sí, señorita Mills, irracional podría ser perfectamente su segundo nombre.
—Yo no tengo segundo nombre.
—Pues irracional le quedaría muy bien.
—Creo que eso es opinable, señorita Swan.
—Me interesaría conocer la opinión profesional del doctor Flynn.
Regina sonríe.
—Yo creía que Trevelyan era tu segundo nombre.
—No, es un apellido.
—Pues no lo usas.
—Es demasiado largo. Ven —ordena.
Salgo de la sala de la televisión detrás de ella, cruzamos el gran salón hasta el pasillo principal, pasamos por un cuarto de servicio y una bodega impresionante, y llegamos al despacho de Taylor, muy amplio y bien equipado. Taylor se pone de pie cuando entramos. Hay espacio suficiente para albergar una mesa de reuniones para seis. Sobre un gran escritorio hay una serie de monitores. No tenía ni idea de que el apartamento tuviera circuito cerrado de televisión. Por lo visto controla la terraza, la escalera, el ascensor de servicio y el vestíbulo.
—Hola, Taylor. Le estoy enseñando el apartamento a Emma.
Taylor asiente pero no sonríe. Me pregunto si le habrán amonestado también. ¿Y por qué sigue trabajando todavía? Cuando le sonrío, asiente educadamente. Regina me coge otra vez de la mano y me lleva a la biblioteca.
—Y, por supuesto, aquí ya has estado.
Regina abre la puerta. Señalo con la cabeza el tapete verde de la mesa de billar.
—¿Jugamos? —pregunto.
Regina sonríe, sorprendida.
—Vale. ¿Has jugado alguna vez?
—Un par de veces —miento, y ella entorna los ojos y ladea la cabeza.
—Eres una mentirosa sin remedio, Emma. Ni has jugado nunca ni…
—¿Te da miedo competir? —pregunto, pasándome la lengua por los labios.
—¿Miedo de una niña como tú? —se burla Regina con buen humor.
—Una apuesta, señorita Mills.
—¿Tan segura está, señorita Swan? —Sonríe divertida e incrédula al mismo tiempo—. ¿Qué le gustaría apostar?
—Si gano yo, vuelves a llevarme al cuarto de juegos.
Se me queda mirando, como si no acabara de entender lo que he dicho.
—¿Y si gano yo? —pregunta, una vez recuperada de su estupefacción.
—Entonces, escoges tú.
Tuerce el gesto mientras medita la respuesta.
—Vale, de acuerdo. ¿A qué quieres jugar: billar americano, inglés o a tres bandas?
—Americano, por favor. Los otros no los conozco.
De un armario situado bajo una de las estanterías, Regina saca un estuche de piel alargado. En el interior forrado en terciopelo están las bolas de billar. Con rapidez y eficiencia, coloca las bolas sobre el tapete. Creo que nunca he jugado en una mesa tan grande. Regina me da un taco y un poco de tiza.
—¿Quieres sacar?
Finge cortesía. Está disfrutando: cree que va a ganar.
—Vale.
Froto la punta del taco con la tiza, y soplo para eliminar la sobrante. Miro a Regina a través de las pestañas y su semblante se ensombrece.
Me coloco en línea con la bola blanca y, con un toque rápido y limpio, impacto en el centro del triángulo con tanta fuerza que una bola listada sale rodando y cae en la tornera superior derecha. El resto de las bolas han quedado diseminadas.
—Escojo las listadas —digo con ingenuidad y sonrío a Regina con timidez.
Ella asiente divertida.
—Adelante —dice educadamente.
Consigo que entren en las troneras otras tres bolas en rápida sucesión. Estoy dando saltos de alegría por dentro. En este momento siento una gratitud enorme hacia Killian por haberme enseñado a jugar billar, y a jugar tan bien. Regina observa impasible, sin expresar nada, pero parece que ya no se divierte tanto. Fallo la bola listada verde por un pelo.
—¿Sabes, Emma?, podría estar todo el día viendo cómo te inclinas y te estiras sobre esta mesa de billar —dice con pícara galantería.
Me ruborizo. Gracias a Dios que llevo vaqueros. Ella sonríe satisfecha. Intenta despistarme del juego, la muy cabrona. Se quita el jersey beis, lo tira sobre el respaldo de una silla, me mira sonriente y se dispone a hacer la primera tirada.
Se inclina sobre la mesa. Se me seca la boca. Oh, ahora sé a qué se refería. Regina, con vaqueros ajustados y una camiseta blanca escotada, inclinándose así… es algo digno de ver. Casi pierdo el hilo de mis pensamientos. Mete cuatro bolas rápidamente, y luego falla al intentar introducir la blanca.
—Un error de principiante, señorita Mills —me burlo.
Sonríe con suficiencia.
—Ah, señorita Swan, yo no soy más que una pobre mortal. Su turno, creo —dice, señalando la mesa.
—No estarás intentando perder a propósito, ¿verdad?
—No, no, Emma. Con el premio que tengo pensado, quiero ganar. —Se encoge de hombros con aire despreocupado—. Pero también es verdad que siempre quiero ganar.
La miro desafiante con los ojos entornados. Muy bien, entonces… Me alegro de llevar la blusa azul, que es bastante escotada. Me paseo alrededor de la mesa, agachándome a la menor oportunidad y dejando que Regina le eche un vistazo a mi escote. A este juego pueden jugar dos. La miro.
—Sé lo que estás haciendo —murmura con ojos sombríos.
Ladeo la cabeza con coquetería, acaricio el taco y deslizo la mano arriba y abajo muy despacio.
—Oh, estoy decidiendo cuál será mi siguiente tirada —señalo con aire distraído.
Me inclino sobre la mesa y golpeo la bola naranja para dejarla en una posición mejor. Me planto directamente delante de Regina y cojo el resto de debajo de la mesa. Me coloco para la próxima tirada, recostada sobre el tapete. Oigo que Regina inspira con fuerza y, naturalmente, fallo el tiro. Maldición…
Ella se coloca detrás de mí mientras todavía estoy inclinada sobre la mesa, y pone las manos en mis nalgas. Mmm…
—¿Está contoneando esto para provocarme, señorita Swan?
Y me da una palmada, fuerte.
Jadeo.
—Sí —contesto en un susurro, porque es verdad.
—Ten cuidado con lo que deseas, nena.
Me masajeo el trasero mientras ella se dirige hacia el otro extremo de la mesa, se inclina sobre el tapete y hace su tirada. Golpea la bola roja, y la mete en la tronera izquierda. Apunta a la amarilla, superior derecha, y falla por poco. Sonrío.
—Cuarto rojo, allá vamos —la provoco.
Ella apenas arquea una ceja y me indica que continúe. Yo apunto a la bola verde y, por pura chiripa, consigo meter la última bola naranja.
—Escoge la tronera —murmura Regina, y es como si estuviera hablando de otra cosa, de algo oscuro y desagradable.
—Superior izquierda.
Apunto a la bola negra y le doy, pero fallo. Por mucho. Maldita sea.
Regina sonríe con malicia, se inclina sobre la mesa y, con un par de tiradas, se deshace de las dos lisas restantes. Casi estoy jadeando al ver su cuerpo curvilíneo, ágil y flexible reclinándose sobre el tapete. Se levanta, pone tiza al taco y me clava sus ojos ardientes.
—Si gano yo…
¿Oh, sí?
—Voy a darte unos azotes y después te follaré sobre esta mesa.
Dios… Todos los músculos de mi vientre se contraen.
—Superior derecha —dice en voz baja, apunta a la bola negra y se inclina para tirar.
