Mmm…

Regina me acaricia el cuello con la nariz y me despierto poco a poco.

—Buenos días, Emma—susurra, y me mordisquea el lóbulo de la oreja.

Mis ojos se abren de golpe y se vuelven a cerrar enseguida. La brillante luz de la mañana inunda la habitación y, tumbada a mi lado, ella me acaricia suave y provocativamente el pecho con la mano. Baja hasta la cadera, me agarra y me atrae hacia ella.

Yo me desperezo, disfrutando de sus caricias, y noto su erección contra mi trasero y sus pezones duros en mí piel. Oh. La alarma despertador estilo Regina Mills.

—Estás contenta de verme —balbuceo medio dormida, y me retuerzo sugerentemente contra ella.

Noto que sonríe pegada a mi mejilla.

—Estoy muy contenta de verte —dice, y desliza la mano sobre mi estómago y más abajo, cubriéndome el sexo y explorándolo con los dedos—. Está claro que despertarse con usted tiene sus ventajas, señorita Swan.

Y me da delicadamente la vuelta, hasta quedar tumbada boca arriba.

—¿Has dormido bien? —pregunta mientras sus dedos prosiguen su sensual tortura.

Me mira sonriendo… con esa deslumbrante perfección de modelo femenina con una fogosidad latina y, una sonrisa fascinante de dentadura perfecta, que me deja completamente sin aliento.

Mis caderas empiezan a balancearse al ritmo de la danza que han iniciado sus dedos. Me besa recatadamente en los labios y luego desciende hasta el cuello, mordisqueando despacio, besando, y chupando. Gimo. Actúa con delicadeza, y su caricia es leve y celestial. Sus intrépidos dedos siguen bajando y desliza uno de ellos en mi interior, despacio, y sisea sobrecogida.

—Oh, Emma —murmura en tono reverencial junto a mi garganta—. Siempre estás dispuesta.

Mueve el dedo al tiempo que continúa besándome, y sus labios viajan ociosos por mi clavícula y luego bajan hasta mis pechos. Con los dientes y los labios tortura primero un pezón y luego el otro, pero… oh, con tanta ternura que se tensan y se yerguen a modo de dulce respuesta.

Yo jadeo.

—Mmm —gruñe bajito, y levanta la cabeza para mirarme con sus ardientes ojos castaños—. Te deseo ahora.

Alarga la mano hasta la mesilla. Se coloca sobre mí, apoya el peso en los codos y frota la nariz contra la mía mientras usa las piernas para separar las mías. Se arrodilla y rasga el envoltorio de aluminio.

—Estoy deseando que llegue el sábado —dice, y sus ojos brillan de placer lascivo.

—¿Por tu cumpleaños? —contesto sin aliento.

—No. Para dejar de usar esta jodienda.

—Una expresión muy adecuada —digo con una risita.

Ella me sonríe cómplice y se coloca el condón.

—¿Se está riendo de mí, señorita Swan?

—No.

Intento poner cara seria, sin conseguirlo.

—Ahora no es momento para risitas —dice en tono bajo y severo, haciendo un gesto admonitorio con la cabeza, pero su expresión es… oh, Dios… glacial y volcánica a la vez.

Siento un nudo en la garganta.

—Creía que te gustaba que me riera —susurro con voz ronca, perdiéndome en las profundidades de sus ojos tormentosos.

—Ahora no. Hay un momento y lugar para la risa. Y ahora no es ni uno ni otro. Tengo que callarte, y creo que sé cómo hacerlo —dice de forma inquietante, y me cubre con su cuerpo.

—¿Qué le apetece para desayunar, Emma?

—Solo tomaré muesli. Gracias, señora Jones.

Me sonrojo mientras ocupo mi sitio al lado de Regina en la barra del desayuno. La última vez que la muy decorosa y formal señora Jones me vio, Regina me llevaba a su dormitorio cargada en sus brazos.

—Estás muy guapa —dice Regina en voz baja.

Llevo otra vez la falda de tubo color gris y la blusa de seda también en gris.

—Tú también.

Le sonrío con timidez. Ella lleva una camisa de seda azul claro y un pantalón de vestir ajustado de color negro, y parece relajada, fresca y perfecta, como siempre.

—Deberíamos comprarte algunas faldas más —comenta con naturalidad—. De hecho, me encantaría llevarte de compras.

Uf… de compras. Yo odio ir de compras. Aunque con Regina quizá no esté tan mal. Opto por la evasiva como mejor método de defensa.

—Me pregunto qué pasará hoy en el trabajo.

—Tendrán que sustituir a ese canalla.

Regina frunce el ceño con una mueca de disgusto, como si hubiera pisado algo extremadamente desagradable.

—Espero que contraten a una mujer para ser mi jefa.

—¿Por qué?

—Bueno, así supongo que te opondrás menos a que salga con ella y hay más probabilidades de que sea heterosexual —le digo en broma.

Sus labios insinúan una sonrisa, y se dispone a comerse la tortilla.

—¿Qué te hace tanta gracia? —pregunto.

—Tú. Cómete el muesli. Todo, si no vas a comer nada más.

Mandóna como siempre. Yo le hago un mohín, pero me pongo a ello.

—Y la llave va aquí.

Regina señala el contacto bajo el cambio de marchas.

—Qué sitio más raro —comento.

Pero estoy encantada con todos esos pequeños detalles, y prácticamente doy saltitos sobre el confortable asiento de piel como una niña. Por fin Regina va a dejar que conduzca mi coche.

Me observa tranquilamente, aunque en sus ojos hay un brillo jocoso.

—Estás bastante emocionada con esto, ¿verdad? —murmura divertida.

Asiento, sonriendo como una tonta.

—Tiene ese olor a coche nuevo. Este es aún mejor que el Especial para Sumisas… esto… el A3 —añado enseguida, ruborizada.

Regina tuerce el gesto.

—¿Especial para Sumisas, eh? Tiene usted mucha facilidad de palabra, señorita Swan.

Se echa hacia atrás con fingida reprobación, pero a mí no me engaña. Sé que está disfrutando.

—Bueno, vámonos.

Hace un gesto con la mano hacia la entrada del garaje.

Doy unas palmaditas, pongo en marcha el coche y el motor arranca con un leve ronroneo. Meto la primera, levanto el pie del freno y el Saab avanza suavemente. Taylor, que está en el Audi detrás de nosotros, también arranca y cuando la puerta del parking se levanta, nos sigue fuera del Escala hasta la calle.

—¿Podemos poner la radio? —pregunto cuando paramos en el primer semáforo.

—Quiero que te concentres —replica.

—Regina, por favor, soy capaz de conducir con música.

Le pongo los ojos en blanco. Ella me mira con mala cara, pero enseguida acerca la mano a la radio.

—Con esto puedes escuchar la música de tu iPod y de tu MP3, además del cedé —murmura.

De repente, un melodioso tema de Police inunda a un volumen demasiado alto el interior del coche. Regina baja la música. Mmm… «King of Pain.»

—Tu himno —le digo con ironía, y en cuanto tensa los labios y su boca se convierte en una fina línea, lamento lo que he dicho. Oh, no…—. Yo tengo ese álbum, no sé dónde —me apresuro a añadir para distraer su atención.

Mmm… en algún sitio del apartamento donde he pasado tan poco tiempo.

Me pregunto cómo estará Ethan. Debería intentar llamarle hoy. No tendré mucho que hacer en el trabajo.

Siento una punzada de ansiedad en el estómago. ¿Qué pasará cuando llegue a la oficina? ¿Todo el mundo sabrá lo de Robin? ¿Estarán todos enterados de la implicación de Regina? ¿Seguiré teniendo un empleo? Maldita sea, si no tengo trabajo, ¿qué haré?

¡Cásate con la billonaria, Emma! Mi subconsciente aparece con su rostro más enojoso. Yo no le hago caso… bruja codiciosa.

—Eh, señorita Lengua Viperina. Vuelve a la Tierra.

Regina me devuelve al presente y paro ante el siguiente semáforo.

—Estás muy distraída. Concéntrate, Emma —me increpa—. Los accidentes ocurren cuando no estás atenta.

Oh, por Dios santo… y de repente, me veo catapultada a la época en la que David y mí madre me enseñaban a conducir. Yo no necesito otro padre, ni otra madre. Una esposa quizá, un esposa pervertida. Mmm…

—Solo estaba pensando en el trabajo.

—Todo irá bien, nena. Confía en mí.

Regina sonríe.

—Por favor, no interfieras… Quiero hacer esto yo sola. Regina, por favor. Es importante para mí —digo con toda la dulzura de la que soy capaz.

No quiero discutir. Su boca dibuja de nuevo una mueca fina y obstinada, y creo que va a reñirme otra vez.

Oh, no.

—No discutamos, Regina. Hemos pasado una mañana maravillosa. Y anoche fue… —me faltan las palabras—… divino.

Ella no dice nada. La miro de reojo y tiene los ojos cerrados.

—Sí. Divino —afirma en voz baja—. Lo dije en serio.

—¿El qué?

—No quiero dejarte marchar.

—No quiero marcharme.

Sonríe, y esa sonrisa nueva y tímida arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Uau, es realmente poderosa.

—Bien —dice sin más, y se relaja.

Entro en el aparcamiento que está a media manzana de SIP.

—Te acompañaré hasta el trabajo. Taylor me recogerá allí —sugiere Regina.

Salgo con cierta dificultad del coche, limitada por la falda de tubo. Regina baja con agilidad, cómoda con su cuerpo, o al menos esa es la impresión que transmite. Mmm… alguien que no puede soportar que la toquen no puede sentirse tan cómoda con su cuerpo. Frunzo el ceño ante ese pensamiento fugaz.

—No olvides que esta tarde a las siete hemos quedado con el doctor Flynn —dice, y me tiende la mano.

Cierro la puerta con el mando y se la tomo.

—No me olvidaré. Confeccionaré una lista de preguntas para hacerle.

—¿Preguntas? ¿Sobre mí?

Asiento.

—Yo puedo contestar a cualquier pregunta que tengas sobre mí.

Regina parece ofendida.

Le sonrío.

—Sí, pero yo quiero la opinión objetiva de ese charlatán carísimo.

Frunce el ceño, y de repente me atrae hacia ella y me sujeta con fuerza ambas manos a la espalda.

—¿Seguro que es buena idea? —dice con voz baja y ronca.

Yo me echo hacia atrás y veo la larga sombra de la ansiedad acechando en sus ojos muy abiertos, y se me desgarra el alma.

—Si no quieres que lo haga, no lo haré.

La miro y deseo borrar la preocupación de su rostro a base de caricias. Tiro de una de mis manos y ella la suelta. Le toco la mejilla con ternura.

—¿Qué te preocupa? —pregunto con voz tranquila y dulce.

—Que me dejes.

—Regina, ¿cuántas veces tengo que decírtelo? No voy a dejarte. Ya me has contado lo peor. No te abandonaré.

—Entonces, ¿por qué no me has contestado?

—¿Contestarte? —murmuro con fingida inocencia.

—Ya sabes de qué hablo, Emma.

Suspiro.

—Quiero saber si soy bastante para ti, Regina. Nada más.

—¿Y mi palabra no te basta? —dice exasperada, y me suelta.

—Regina, todo esto ha sido muy rápido. Y tú misma lo has reconocido, estás destrozada de cincuenta mil formas distintas. Yo no puedo darte lo que necesitas —musito—. Eso no es para mí, sobre todo después de haberte visto con Kathryn. ¿Quién dice que un día no conocerás a alguien a quien le guste hacer lo que tú haces? ¿Y quién dice que tú no… ya sabes… te enamorarás de ella? De alguien que se ajuste mucho mejor a tus necesidades.

Pensar en Regina con otra persona me pone enferma. Bajo la mirada a mis manos entrelazadas.

—Ya he conocido a varias mujeres a las que les gusta hacer lo que me gusta hacer a mí. Y ninguna de ellas me atraía como me atraes tú. Nunca tuve la menor conexión emocional con ninguna de ellas.

No me había sucedido nunca, excepto contigo, Emma.

—Porque nunca les diste una oportunidad. Has pasado demasiado tiempo encerrada en tu fortaleza, Regina. Mira, hablemos de esto más tarde. Tengo que ir a trabajar. Quizá el doctor Flynn nos pueda orientar esta noche.

Esta es una conversación demasiado importante para tenerla en un parking a las nueve menos diez de la mañana, y parece que, Regina, por una vez, está de acuerdo. Asiente, pero con gesto cauteloso.

—Vamos —ordena, y me tiende la mano.

Cuando llego a mi mesa, me encuentro una nota pidiéndome que acuda directamente al despacho de Elizabeth. Mi corazón da un vuelco. Oh, ya está. Van a despedirme.

—Emma.

Elizabeth me sonríe amablemente y me señala una silla frente a su mesa. Me siento y la miro, expectante, confiando en que no oiga los latidos desbocados de mi corazón. Ella se alisa su densa cabellera negra y sus ojos azul claro me miran sombríos.

—Tengo malas noticias.

¡Malas, oh, no!

—Te he hecho venir para informarte de que Robin ha dejado la empresa de forma bastante repentina.

Me sonrojo. Para mí eso no es ninguna mala noticia. ¿Debería decirle que ya lo sabía?

—Su apresurada marcha ha dejado su puesto vacante, y nos gustaría que lo ocuparas tú de momento, hasta que encontremos un sustituto.

¿Qué? Siento que la sangre deja de circular por mi cabeza. ¿Yo?

—Pero si solo hace poco más de una semana que trabajo aquí.

—Sí, Emma, lo comprendo, pero Robin siempre estaba elogiando tu talento. Tenía muchas esperanzas depositadas en ti.

Me quedo sin respiración. Sí, claro: tenía muchas esperanzas en hacérselo conmigo.

—Aquí tienes una descripción detallada de las funciones del puesto. Estúdiala y podemos hablar de ello más tarde.

—Pero…

—Por favor, ya sé que es muy precipitado, pero tú ya has contactado con los autores principales de Robin. Tus anotaciones en los textos no han pasado desapercibidas a los otros editores. Tienes una mente aguda, Emma. Todos creemos que eres capaz de hacerlo.

—De acuerdo.

Esto no puede estar pasando.

—Mira, piénsatelo.

Entretanto, puedes utilizar el despacho de Robin.

Se pone de pie, dando por terminada la reunión, y me tiende la mano. Se la estrecho, totalmente aturdida.

—Yo estoy encantada de que se haya ido —murmura, y una expresión de angustia aparece en su cara.

Dios santo. ¿Qué le habría hecho a ella?

Vuelvo a mi mesa, cojo mi BlackBerry y llamo a Regina.

Contesta al segundo tono.

—Emma, ¿estás bien? —pregunta, preocupada.

—Me acaban de dar el puesto de Robin… —suelto de sopetón—, bueno, temporalmente.

—Estás de broma —comenta, asombrada.

—¿Tú has tenido algo que ver con esto?—pregunto más bruscamente de lo que pretendía.

—No… no, en absoluto. Quiero decir, con todos mis respetos, Emma, que solo llevas ahí poco más de una semana… y no lo digo con ánimo de ofender.

—Ya lo sé. —Frunzo el ceño—. Por lo visto, Robin me valoraba realmente.

—¿Ah, sí? —dice Regina en tono gélido, y luego suspira—. Bueno, Emma, si ellos creen que eres capaz de hacerlo, estoy segura de que lo eres. Felicidades. Quizá deberíamos celebrarlo después de reunirnos con el doctor Flynn.

—Mmm… ¿Estás segura de que no has tenido nada que ver con esto?

Se queda callada un momento, y después dice con voz queda y amenazadora:

—¿Dudas de mí? Me enoja mucho que lo hagas.

Trago saliva. Vaya, se enfada muy fácilmente.

—Perdona —musito, escarmentada.

—Si necesitas algo, házmelo saber. Aquí estaré. Y, Emma…

—¿Qué?

—Utiliza la BlackBerry —añade secamente.

—Sí, Regina.

No cuelga, como yo esperaba, sino que inspira profundamente.

—Lo digo en serio. Si me necesitas, aquí estoy.

Sus palabras son mucho más amables, conciliadoras. Oh, es tan voluble… cambia de humor como una veleta.

—De acuerdo —murmuro—. Más vale que cuelgue. Tengo que instalarme en el despacho.

—Si me necesitas… Lo digo en serio —murmura.

—Lo sé. Gracias, Regina. Te quiero.

Noto que sonríe al otro lado del teléfono. Me la he vuelto a ganar.

—Yo también te quiero, Emma.

Ah, ¿me cansaré alguna vez de que me diga esas palabras?

—Hablamos después.

—Hasta luego, Emma.

Cuelgo y echo un vistazo al despacho de Robin. Mi despacho. Dios santo… Emma Swan, editora en funciones. ¿Quién lo habría dicho? Debería pedir más dinero.

¿Qué pensaría Robin si se enterara? Tiemblo al pensarlo, y me pregunto vagamente qué estará haciendo esta mañana; obviamente, no está en Nueva York como esperaba. Entro en mi nuevo despacho, me siento en el escritorio y empiezo a leer la descripción del trabajo.

A las doce y media, me llama Elizabeth.

—Emma, necesitamos que vengas a una reunión a la una en punto en la sala de juntas. Asistirán Jerry Roach y Kay Bestie… ya sabes, el presidente y el vicepresidente de la empresa, y todos los editores.

¡Maldición!

—¿Tengo que preparar algo?

—No, es solo una reunión informal que tenemos una vez al mes. E incluye la comida.

—Allí estaré.

Cuelgo.

¡Madre mía! Reviso la lista actualizada de los autores de Robin. Sí, estoy familiarizada con casi todos. Tengo los cinco manuscritos cuya publicación ya está en marcha, y otros dos que deberíamos pensar seriamente en publicar.

Respiro profundamente: no puedo creer que ya sea hora de comer. El día ha pasado muy rápido y eso me encanta. He tenido que asimilar tantas cosas esta mañana. Una señal acústica en mi calendario me avisa de que tengo una cita.

¡Oh, no… Zelena! Con tantas emociones me había olvidado de nuestro almuerzo. Busco mi BlackBerry y trato de encontrar a toda prisa su número.

Suena mi teléfono.

—Es él, está en recepción —dice Claire en voz baja.

—¿Quién?

—El dios rubio.

—¿Ethan?

Oh, ¿qué querrá? Inmediatamente me siento culpable por no haberle llamado.

Ethan, vestido con una camisa azul de cuadros, camiseta blanca y vaqueros, sonríe de oreja a oreja en cuanto aparezco.

—¡Uau! Estás muy sexy, Swan—dice, asintiendo con admiración, y me da un abrazo rápido.

—¿Va todo bien? —pregunto.

Él frunce el ceño.

—Toda va bien, Emma. Quería verte, eso es todo. Hacía unos días que no sabía nada de ti y quería averiguar cómo te trata la reina.

Me ruborizo y no puedo evitar sonreír.

—¡Vale! —exclama Ethan y levanta las manos—. Con esa sonrisa velada me basta. No quiero saber nada más. He venido con la esperanza de que pudieras salir a comer. Voy a matricularme en un curso de psicología en septiembre, aquí en Seattle. Para mi máster.

—Oh, Ethan. Han pasado muchas cosas. Tengo mucho que contarte, pero ahora mismo no puedo. Tengo una reunión. —Y de repente se me ocurre una idea—. ¿Podrías hacerme un gran favor, un favor enorme? —le pregunto, entrelazando las manos en gesto de súplica.

—Claro —dice, perplejo ante mi petición.

—Había quedado para comer con la hermana de Regina, pero no puedo localizarla, y me acaba de surgir esta reunión.

¿Podrías llevarla a comer? ¿Por favor?

—¡Uf, Emma! No quiero hacer de canguro de una mocosa.

—Por favor, Ethan.

Le dedico la mejor caída de las largas pestañas de mis ojos verdes. Él alza la mirada con expresión resignada y sé que le he pillado.

—¿Me cocinarás algo? —refunfuña.

—Claro, lo que sea, cuando quieras.

—¿Y dónde está ella?

—Está a punto de llegar.

Y, justo en ese momento, oigo su voz.

—¡Emma! —grita desde la puerta.

Ambos nos damos la vuelta, y ahí está ella: tan alta y curvilínea, con su melena pelirroja, ondeada y brillante, y un minivestido verde menta, a juego con unos zapatos de tacón alto con tiras alrededor de sus esbeltos tobillos. Está espectacular.

—¿La mocosa? —susurra él, mirándola boquiabierto.

—Sí. La mocosa que necesita un canguro —le respondo también en un susurro—. Hola, Zelena.

Le doy un rápido abrazo y ella se queda mirando a Ethan con bastante descaro.

—Zelena… este es Ethan, el hermano de Ruby.

Él asiente arqueando las cejas, sorprendido. Zelena pestañea repetidamente y le da la mano.

—Encantado de conocerte —murmura Ethan con delicadeza, y Zelena, sin palabras por una vez, vuelve a pestañear y se sonroja.

Oh vaya. Me parece que es la primera vez que la veo ruborizarse.

—Yo no puedo salir a comer —digo débilmente—. Pero Ethan ha aceptado acompañarte, si te parece bien. ¿Podríamos quedar nosotras otro día?

—Claro —dice Zelena en voz baja.

Zelena hablando en voz baja, vaya una novedad.

—Sí. Ya me ocupo yo de ella. Hasta luego, Emma —dice Ethan, y le ofrece el brazo a Zelena.

Ella acepta con una sonrisa tímida.

—Adiós, Emma. —Zelena se vuelve hacia mí y dice sin palabras, con un guiño exagerado—: ¡Oh, Dios mío!

¡Le gusta! Los despido con la mano mientras salen del edificio. Me pregunto cuál será la actitud de Regina con respecto a las citas de su hermana. Pensar en eso me inquieta. Ella tiene mi edad, de manera que no puede oponerse, ¿verdad?

Pero es que estamos hablando de Regina. Mi fastidiosa subconsciente ha vuelto, con su expresión severa, su rebeca de punto y el bolso colgado del brazo. Sacudo la cabeza para deshacerme de esa imagen. Zelena es una mujer adulta y Regina puede ser una persona razonable, ¿o no? Desecho esa idea y vuelvo al despacho de Robin… esto… a mi despacho, para preparar la reunión.

A las tres y media ya estoy de vuelta. La reunión ha ido bien. Incluso he conseguido que me aprueben los dos manuscritos que he propuesto. Estoy emocionada.

Sobre mi escritorio hay una enorme cesta de mimbre llena de unas maravillosas rosas de color blanco y rosa pálido. Uau… solo ya el aroma resulta cautivador. Cojo la tarjeta y sonrío. Sé quién las envía.

Felicidades, señorita Swan

¡Y lo has hecho todo tú sola!

Sin ayuda de tu muy amiga, compañera y megalómana presidenta.

Te quiero

Regina

Saco la BlackBerry para escribirle.

De: Emma Swan

Fecha: 16 de junio de 2011 15:43

Para: Regina Mills

Asunto: La megalómana…

… es mi tipo de maníaca favorita. Gracias por las preciosas flores. Han llegado en una enorme cesta de mimbre que me hace pensar en picnics y mantitas.

x

De: Regina Mills

Fecha: 16 de junio de 2011 15:55

Para: Emma Swan

Asunto: Aire libre

¿Maníaca, eh? Puede que el doctor Flynn tenga algo que decir sobre esto.

¿Quieres ir de picnic?

Podemos divertirnos mucho al aire libre, Emma…

¿Cómo va el día, nena?

Regina Mills

Presidenta de Mills Enterprises Holdings, Inc.

Oh, Dios. Me ruborizo leyendo su respuesta.

De: Emma Swan

Fecha: 16 de junio de 2011 16:00

Para: Regina Mills

Asunto: Intenso

El día ha pasado volando. Apenas he tenido un momento para mí, para pensar en nada que no fuera trabajo. ¡Creo que soy capaz de hacer esto! Te contaré más en casa.

Eso del aire libre suena… interesante.

Te quiero.

E x

P.D.: No te preocupes por el doctor Flynn.

Suena el teléfono de mi mesa. Es Claire desde recepción, desesperada por saber quién ha enviado las flores y qué ha pasado con Robin. Enclaustrada en el despacho todo el día, me he perdido los cotilleos. Le cuento apresuradamente que las flores son de mi novia y que sé muy poco sobre la marcha de Robin. Vibra mi BlackBerry: es un nuevo e-mail de Regina.

De: Regina Mills

Fecha: 16 de junio de 2011 16:09

Para: Emma Swan

Asunto: Intentaré... no preocuparme.

Hasta luego, nena. x

Regina Mills

Presidenta de Mills Enterprises Holdings, Inc.

A las cinco y media, despejo mi mesa. Es increíble lo rápido que ha pasado el día. Tengo que volver al Escala para preparar la entrevista con el doctor Flynn. No he tenido tiempo siquiera de pensar en las preguntas. Puede que hoy tengamos una reunión inicial, y quizá Regina me deje quedar con él más adelante. Me olvido de eso, salgo a toda prisa del despacho y me despido de Claire con un presuroso gesto de la mano.

También he de pensar en el cumpleaños de Regina. Sé qué voy a regalarle. Me gustaría que lo tuviera hoy antes de vernos con el doctor Flynn, pero ¿cómo? Al lado del aparcamiento hay una tiendecita que vende baratijas para turistas. De repente tengo una inspiración y entro.

Media hora más tarde entro en el salón y Regina está de pie, hablando por la BlackBerry y mirando por el gran ventanal. Se da la vuelta, me sonríe radiante y decide poner fin a la llamada.

—Magnífico, Ros. Dile a Barney que partiremos de ahí… Adiós.

Se me acerca con paso decidido y yo la espero tímidamente en el umbral. Se ha cambiado de ropa, lleva una camiseta blanca y vaqueros, y tiene un aspecto de chica mala muy provocativo… Uau.

—Buenas tardes, señorita Swan —murmura, y se inclina para besarme—. Felicidades por su ascenso.

Me rodea entre sus brazos. Huele maravillosamente.

—Te has duchado.

—Acabo de entrenar con Claude.

—Ah.

—He logrado patearle el trasero dos veces.

Regina sonríe de oreja a oreja como una chica satisfecha de sí misma. Es una sonrisa contagiosa.

—¿Y eso no ocurre muy a menudo?

—No, y cuando pasa es muy satisfactorio. ¿Tienes hambre?

Niego con la cabeza.

—¿Qué? —exclama ceñuda.

—Estoy nerviosa. Por lo del doctor Flynn.

—Yo también. ¿Qué tal el día?

Me suelta de su abrazo y le hago un breve resumen. Me escucha con atención.

—Ah… tengo que decirte otra cosa —añado—. Había quedado para comer con Zelena.

Ella arquea las cejas, sorprendida.

—No me lo habías dicho.

—Ya lo sé. Me olvidé. No he podido ir por culpa de la reunión. Ethan ha ido en mi lugar y ha comido con ella.

Se le oscurece el semblante.

—Ya. Deja de morderte el labio.

—Voy a refrescarme un poco —digo para cambiar de tema, y me doy la vuelta para marcharme antes de que pueda reaccionar.

La consulta del doctor Flynn queda bastante cerca del apartamento de Regina. Muy a mano, pienso, para visitas de emergencia.

—Normalmente vengo corriendo desde casa —me dice Regina cuando aparca mi Saab—. Este coche es estupendo —comenta sonriéndome.

—Yo pienso lo mismo. —Le sonrío a mi vez—. Regina… Yo…

La miro con ansiedad.

—¿Qué pasa, Emma?

—Toma. —Saco la cajita de regalo de mi bolso—. Esto es para ti, por tu cumpleaños. Quería dártelo ahora… pero solo si prometes no abrirlo hasta el sábado, ¿vale?

Me mira sorprendida, parpadea y traga saliva.

—Vale —murmura cautelosa.

Suspiro profundamente y se lo entrego, sin hacer caso de su perplejidad. Sacude la cajita, que hace un ruidito muy sugerente. Frunce el ceño. Sé lo desesperada que está por ver qué contiene. Entonces sonríe, y en sus ojos aparece una chispa de emoción juvenil y espontánea. Oh, Dios… aparenta la edad que tiene… y está guapísima.

—No puedes abrirlo hasta el sábado —le advierto.

—Ya lo sé —dice—. ¿Por qué me lo das ahora?

Mete la cajita en el bolsillo interior de su cahqueta de cuero negra, cerca de su corazón.

Qué apropiado, pienso. Sonrío con complicidad.

—Porque puedo, señorita Mills.

En sus labios aparece una mueca teñida de ironía.

—Vaya, señorita Swan, me ha copiado la frase.

Una recepcionista amable y de aire eficiente nos hace pasar a la palaciega consulta del doctor Flynn. Saluda a Regina muy afectuosa, un poco demasiado afectuosa para mi gusto —tiene edad para ser su madre—, y ella la llama por su nombre.

La sala es sobria: de color verde claro, con dos sofás verde oscuro frente a dos sillones orejeros de piel, y con una atmósfera propia de un club inglés. El doctor Flynn está sentado en su escritorio, al fondo.

Cuando entramos, se pone de pie y se acerca a nosotras en la zona destinada a las visitas. Lleva pantalones negros y una camisa abierta de color azul claro, sin corbata. Sus brillantes ojos azules parecen no perder detalle.

—Regina.

Sonríe amigablemente.

—John. —Regina le estrecha la mano—. ¿Te acuerdas de Emma?

—¿Cómo iba a olvidarme? Bienvenida, Emma.

—Emma, por favor —balbuceo, y él me da la mano con energía.

Me encanta su acento inglés.

—Emma —dice afablemente, y nos acompaña hasta los sofás.

Regina me señala uno de ellos. Me siento, apoyando la mano en el brazo intentando parecer relajada, y ella se acomoda en el otro en el extremo más próximo a mí, de manera que estamos sentadas en ángulo recto. En medio tenemos una mesita con una sencilla lámpara. Me llama la atención la caja de pañuelos que hay junto a la lámpara.

Esto no es lo que esperaba. Tenía en mente una estancia austera, blanca con un diván negro de piel.

Con actitud eficiente y relajada, el doctor Flynn se sienta en uno de los sillones orejeros y coge un cuaderno de notas. Regina cruza las piernas, apoyando un tobillo en la rodilla, y extiende el brazo sobre el respaldo del sofá. Acerca la otra mano a la que tengo sobre el apoyabrazos y me la aprieta para darme ánimos.

—Regina ha solicitado que estuvieras presente en una de nuestras sesiones —dice el doctor Flynn amablemente—. Para tu información, consideramos estas conversaciones como algo estrictamente confidencial…

Arqueo una ceja e interrumpo a Flynn.

—Esto… eh… he firmado un acuerdo de confidencialidad —murmuro, avergonzada por haberle cortado.

Los dos se me quedan mirando, y Regina me suelta la mano.

—¿Un acuerdo de confidencialidad?

El doctor Flynn frunce el ceño y mira a Regina, intrigado.

Ella se encoge de hombros.

—¿Empiezas todas tus relaciones con mujeres firmando un acuerdo de ese tipo? —le pregunta el doctor Flynn.

—Con las contractuales, sí.

El doctor Flynn esboza una mueca.

—¿Has tenido otro tipo de relaciones con mujeres? —pregunta, y parece divertido.

—No —contesta Regina al cabo de un momento, y ella también parece divertida.

—Eso pensaba. —El doctor Flynn vuelve a dirigirse a mí—. Bien, supongo que no tenemos que preocuparnos por el tema de la confidencialidad, pero ¿puedo sugerir que habléis entre vosotras sobre eso en algún momento? Según tengo entendido, no estáis sujetas a una relación contractual.

—Yo espero llegar a otro tipo de contrato —dice Regina en voz baja, mirándome.

Me ruborizo y el doctor Flynn entorna los ojos.

—Emma. Tendrás que perdonarme, pero probablemente sepa más de ti de lo que crees. Regina se ha mostrado muy comunicativa.

Nerviosa, miro de reojo a Regina. ¿Qué le ha dicho?

—¿Un acuerdo de confidencialidad? —prosigue—. Eso debió de impactarte mucho.

Lo miro algo desconcertada.

—Bueno, eso me parece una nimiedad comparado con lo que Regina me ha revelado últimamente —contesto con un hilo de voz, sonando bastante nerviosa.

—De eso estoy seguro.

—El doctor Flynn me sonríe afectuosamente—. Bueno, Regina, ¿de qué querías hablar?

Regina se encoge de hombros como una adolescente hosca.

—Era Emma la que quería verte. Tal vez deberías preguntárselo a ella.

El doctor Flynn vuelve a mostrarse sorprendido y me observa con perspicacia.

Dios. Esto es una tortura. Yo me miro las manos.

—¿Estarías más a gusto si Regina nos dejara un rato a solas?

Clavo los ojos en Regina, que me devuelve una mirada expectante.

—Sí —susurro.

Regina tuerce el gesto y abre la boca, pero vuelve a cerrarla enseguida y se pone de pie con un rápido y ágil movimiento.

—Estaré en la sala de espera —dice, y su boca dibuja una mueca de contrariedad.

Oh, no.

—Gracias, Regina—dice el doctor Flynn, impasible.

Regina me dedica una mirada escrutadora, y luego sale con paso enérgico de la habitación… aunque sin dar un portazo. Uf. Me relajo al instante.

—¿Te intimida?

—Sí. Pero no tanto como antes.

Me siento desleal, pero es la verdad.

—Eso no me sorprende, Emma. ¿En qué puedo ayudarte?

Bajo la mirada hacia mis manos enlazadas. ¿Qué puedo preguntar?

—Doctor Flynn, esta es mi primera relación con alguien, y Regina es… bueno, es Regina. Durante la última semana han pasado muchas cosas, y no he tenido oportunidad de analizarlas.

—¿Qué necesitas analizar?

Levanto la vista hacia él. Me está mirando con la cabeza ladeada y, creo, semblante compasivo.

—Bueno… Regina me dice que le parece bien renunciar a… eh…

Balbuceo y me callo. Es mucho más difícil hablar de esto de lo que pensaba.

El doctor Flynn suspira.

—Emma, en el breve tiempo que hace que la conoces, has hecho más progresos que yo en los dos años que la he tenido como paciente. Has causado un profundo efecto en ella. Eso tienes que verlo.

—Ella también ha causado un profundo efecto en mí. Es solo que no sé si seré bastante para ella. Para satisfacer sus necesidades —susurro.

—¿Es eso lo que necesitas de mí? ¿Que te tranquilice?

Asiento.

—Regina necesita un cambio —dice sencillamente—. Se ha visto en una situación en la que sus métodos para afrontarla ya no le sirven. Es algo muy simple: tú la has obligado a enfrentarse a algunos de sus demonios, y a recapacitar.

Le miro fijamente. Eso cuadra bastante con lo que Regina me ha contado.

—Sí, sus demonios —murmuro.

—No profundizaremos en ellos… son cosa del pasado. Regina ya sabe cuáles son sus demonios, como yo… y estoy seguro de que ahora tú también. Me preocupa mucho más el futuro, y conducir a Regina al lugar donde quiere estar.

Frunzo el ceño y él levanta una ceja.

—El término técnico es SFBT… lo siento.

—Sonríe—. Son las siglas en inglés de «terapia breve centrada en soluciones». Está básicamente orientada a alcanzar un objetivo. Nos concentramos en la meta a la que quiere llegar Regina y en cómo conducirla hasta allí. Es un enfoque dialéctico. No tiene sentido culpabilizarse por el pasado: eso ya lo han analizado todos los médicos, psicólogos y psiquiatras que han visitado a Regina. Sabemos por qué es como es, pero lo importante es el futuro. A qué aspira Regina, adónde quiere llegar. Hizo falta que la abandonaras para que ella aceptara seriamente este tipo de terapia. Es consciente de que su objetivo es una relación amorosa contigo. Es así de simple, y ahora trabajaremos sobre eso. Hay obstáculos, naturalmente: su hafefobia, por ejemplo.

¿Su qué? Le miro boquiabierta.

—Perdona. Me refiero a su miedo a que la toquen —dice el doctor Flynn, y mueve la cabeza como regañándose a sí mismo—. Del que estoy convencido de que eres consciente.

Me ruborizo y asiento. ¡Ah, eso!

—Sufre un aborrecimiento mórbido hacia sí misma. Estoy seguro de que esto no te sorprende. Y, por supuesto, está la… parasomnia… esto… perdona, dicho llanamente, los terrores nocturnos.

Parpadeo e intento absorber todas esas complejas palabras. Todo eso ya lo sé, pero el doctor Flynn no ha mencionado mi preocupación principal.

—Pero es una sádica. Seguro que, como tal, tiene necesidades que yo no puedo satisfacer.

El doctor Flynn alza la vista al cielo con gesto exasperado y aprieta los labios.

—Eso ya no se considera un término psiquiátrico. No sé cuántas veces se lo he repetido a Regina. Ni siquiera se considera una parafilia desde los años noventa.

El doctor Flynn ha conseguido que vuelva a perderme. Le miro y parpadeo. Él reacciona con una sonrisa amable.

—Esa es mi cruz —afirma meneando la cabeza—. Simplemente Regina piensa lo peor en cualquier situación. Forma parte de ese aborrecimiento que siente por sí misma. Por supuesto que existe el sadismo sexual, pero no es una enfermedad: es una opción vital. Y si se practica de forma segura, dentro de una relación sana y consentida entre adultos, no hay problema. Por lo que yo sé, todas las relaciones BDSM que ha mantenido Regina han sido así. Tú eres la primera amante que no lo ha consentido, de manera que está dispuesta a no hacerlo.

¡Amante!

—Pero seguramente no resulte tan sencillo.

—¿Por qué no?— El doctor Flynn se encoge de hombros con expresión afable.

—Bien… las razones por las que lo hace.

—Esa es la cuestión, Emma. En términos de la terapia breve centrada en soluciones, es así de simple. Regina quiere estar contigo. Para eso, tiene que renunciar a los aspectos más extremos de ese tipo de relación. Al fin y al cabo, lo que tú pides es razonable… ¿verdad?

Me sonrojo. Sí, es razonable, ¿verdad?

—Eso pienso yo. Pero me preocupa lo que piense ella.

—Regina lo ha admitido y ha actuado en consecuencia. Ella no está loca. —El doctor Flynn suspira—. En resumen, no es una sádica, Emma. Es una joven brillante, airada y asustada, a quien al nacer le tocó una espantosa mano de cartas en la vida. Todos podemos golpearnos el pecho de indignación ante esa injusticia, y analizar hasta la extenuación el quién, el cómo y el porqué de todo ello; o Regina puede avanzar y decidir cómo quiere vivir de ahora en adelante. Había descubierto algo que le funcionó durante unos años, más o menos, pero desde que te conoció, ya no le funciona. Y en consecuencia, ha cambiado su modus operandi. Tú y yo tenemos que respetar su elección y apoyarla.

Le miro confusa.

—¿Y esa es mi garantía de tranquilidad?

—La mejor posible, Emma. En esta vida no hay garantías. —Sonríe—. Y esta es mi opinión profesional.

Le devuelvo una débil sonrisa. Bromas de médicos… vaya.

—Pero ella se considera una especie de alcohólica en rehabilitación.

—Regina siempre pensará lo peor de sí misma. Como he dicho, eso forma parte del aborrecimiento que siente por sí misma. Es su carácter, pase lo que pase. Naturalmente, hacer ese cambio en su vida le preocupa. Se expone potencialmente a todo un universo de sufrimiento emocional, del cual, por cierto, tuvo un anticipo cuando tú la dejaste. Es lógico que se muestre aprensiva. —Hace una pausa—. No voy a insistir más en la importancia de tu papel en esta conversión de Damasco… en su camino hacia Damasco. Pero la tiene, y mucha. Regina no estaría en este punto si no te hubiera conocido. Personalmente yo no creo que la de la alcohólica sea una buena analogía, pero si por ahora le sirve, pienso que deberíamos concederle el beneficio de la duda.

Concederle a Regina el beneficio de la duda. Frunzo el ceño ante la idea.

—Emocionalmente, Regina es una adolescente, Emma. Pasó totalmente de largo por esa fase de su vida. Ha canalizado todas sus energías en triunfar en el mundo de los negocios, y ha superado todas las expectativas. Ahora tiene que poner al día su universo emocional.

—¿Y yo cómo puedo ayudarla?

El doctor Flynn se echa a reír.

—Limítate a seguir haciendo lo que estás haciendo. —Me sonríe—. Regina está perdidamente enamorada. Es fantástico verla así.

Me ruborizo, y la diosa que llevo dentro se abraza entusiasmada, pero hay algo que me sigue preocupando.

—¿Puedo preguntarle una cosa más?

—Por supuesto.

Suspiro profundamente.

—Una parte de mí piensa que, si Regina no estuviera tan destrozada, no me querría… a mí.

El doctor Flynn arquea las cejas, sorprendido.

—Esa es una valoració

muy negativa de ti misma, Emma. Y, francamente, dice más sobre ti que sobre Regina. No llega al nivel de su odio hacia sí misma, pero me sorprende.

—Bueno, mírela a ella… y luego míreme a mí.

El doctor Flynn tuerce el gesto.

—Lo he hecho. He visto a una mujer joven y atractiva, y a otra mujer joven y atractiva. ¿Por qué no te consideras atractiva, Emma?

Oh, no… no quiero que esto se centre ahora en mí. Me miro los dedos. En ese momento llaman con energía a la puerta y me sobresalto. Regina vuelve a entrar en la sala, mirándonos fijamente a ambos. Yo me ruborizo y vuelvo la vista hacia Flynn, que sonríe afablemente a Regina.

—Bienvenida de nuevo, Regina —dice.

—Creo que ya ha pasado la hora, John.

—Ya casi estamos, Regina. Pasa.

Regina se sienta, a mi lado esta vez, y apoya la mano sobre mi rodilla posesivamente. Un gesto que no le pasa desapercibido al doctor Flynn.

—¿Quieres preguntar algo más, Emma? —inquiere el doctor con preocupación evidente.

Maldita sea… no debería haberle planteado eso. Niego con la cabeza.

—¿Regina?

—Hoy no, John.

Flynn asiente.

—Puede que sea beneficioso para las dos que volváis. Estoy seguro de que Emma tendrá más preguntas.

Regina hace a regañadientes un gesto de conformidad.

Me ruborizo. Oh, no… quiere profundizar. Regina me da una palmadita en la mano y me mira atentamente.

—¿De acuerdo? —pregunta en voz baja.

Yo le sonrío y asiento. Sí, vamos a concederle el beneficio de la duda, por gentileza del buen doctor inglés.

Regina me aprieta la mano y se vuelve hacia Flynn.

—¿Cómo está? —pregunta en un susurro.

¿Se refiere… a mí?

—Saldrá de esta —contesta este tranquilizadoramente.

—Bien. Mantenme informado de su evolución.

—Lo haré.

Oh, Dios. Están hablando de Kathryn.

—¿No deberíamos salir a celebrar tu ascenso? —me pregunta Regina en un tono inequívoco.

Asiento tímidamente y se pone de pie.

Nos despedimos apresuradamente del doctor Flynn, y Regina me hace salir con un apremio inusitado.

Una vez en la calle, se vuelve hacia mí y me mira.

—¿Qué tal ha ido?

Su voz tiene un matiz de ansiedad.

—Ha ido bien.

Me mira con suspicacia. Yo ladeo la cabeza.

—Señorita Mills, por favor, no me mire de esa manera. Por órdenes del doctor, voy a concederte el beneficio de la duda.

—¿Qué quiere decir eso?

—Ya lo verás.

Tuerce el gesto y entorna los ojos.

—Sube al coche —ordena, y abre la puerta del pasajero del Saab.

Oh… cambio de rumbo. Mi BlackBerry empieza a vibrar. La saco de mi bolso.

¡Oh, no, Killian!

—¡Hola!

—Emma, hola…

Observo a Cincuenta, que me mira con recelo.

«Killian», articulo en silencio. Me observa impasible, pero se le endurece la expresión. ¿Cree que no me doy cuenta? Devuelvo mi atención a Killian.

—Perdona que no te haya llamado. ¿Es por lo de mañana? —le pregunto a Killian, pero con los ojos puestos en Regina.

—Sí, oye: he hablado con un tipo que había en casa de Mills, así que ya sé dónde tengo que entregar las fotos. Iré allí entre las cinco y las seis… después de eso, estoy libre.

Ah.

—Bueno, de hecho ahora estoy instalada en casa de Regina, y ella dice que si quieres puedes dormir allí.

Regina aprieta los labios, que se convierten en una fina y dura línea. Mmm… menuda anfitrióna está hecha.

Killian se queda callado un momento para digerir la noticia. Yo siento cierta vergüenza. Ni siquiera he tenido la oportunidad de hablar con él sobre Regina.

—Vale —dice finalmente—. Esto de Mills… ¿va en serio?

Le doy la espalda al coche y camino hasta el otro lado de la acera.

—Sí.

—¿Cómo de serio?

Pongo los ojos en blanco y me quedo callada. ¿Por qué Regina tiene que estar escuchando?

—Serio.

—¿Está contigo ahora? ¿Por eso hablas con monosílabos?

—Sí.

—Vale. Entonces, ¿tienes permiso para salir mañana?

—Claro.

Eso espero, y automáticamente cruzo los dedos.

—Bueno, ¿dónde quedamos?

—Puedes venir a buscarme al trabajo —sugiero.

—Vale.

—Te mando un mensaje con la dirección.

—¿A qué hora?

—¿A las seis?

—Muy bien. Quedamos así. Tengo ganas de verte, Emma. Te echo de menos.

Sonrío.

—Estupendo. Nos vemos.

Cuelgo el teléfono y me doy la vuelta.

Regina está apoyada en el coche, mirándome con una expresión inescrutable.

—¿Cómo está tu amigo? —pregunta con frialdad.

—Está bien. Me recogerá en el trabajo y supongo que iremos a tomar algo. ¿Te apetecería venir con nosotros?

Regina vacila. Sus ojos permanecen fríos.

—¿No crees que intentará algo?

—¡No! —exclamo en tono exasperado… pero me abstengo de poner los ojos en blanco.

—De acuerdo.

—Regina levanta las manos en señal de rendición—. Sal con tu amigo, y ya te veré a última hora de la tarde.

Yo me esperaba una discusión, y su rápido consentimiento me coge a contrapié.

—¿Ves como puedo ser razonable? —dice sonriendo.

Yo tuerzo el gesto. Eso ya lo veremos.

—¿Puedo conducir?

Regina parpadea, sorprendida por mi petición.

—Preferiría que no.

—¿Por qué, si se puede saber?

—Porque no me gusta que me lleven.

—Esta mañana no te importó, y tampoco parece que te moleste mucho que Taylor te lleve.

—Es evidente que confío en la forma de conducir de Taylor.

—¿Y en la mía no? —Pongo las manos en las caderas—. Francamente… tu obsesión por el control no tiene límites. Yo conduzco desde los quince años.

Ella responde encogiéndose de hombros, como si eso no tuviera la menor importancia. ¡Oh… es tan exasperante! ¿Beneficio de la duda? Al carajo.

—¿Es este mi coche? —pregunto.

Ella me mira con el ceño fruncido.

—Claro que es tu coche.

—Pues dame las llaves, por favor. Lo he conducido dos veces, y únicamente para ir y volver del trabajo. Solo lo estás disfrutando tú.

Estoy a punto de hacer un puchero. Regina tuerce la boca para disimular una sonrisa.

—Pero si no sabes adónde vamos.

—Estoy segura de que usted podrá informarme, señorita Mills. Hasta ahora lo ha hecho muy bien.

Se me queda mirando, atónita, y entonces sonríe, con esa nueva sonrisa tímida que me desarma totalmente y me deja sin respiración.

—¿Así que lo he hecho bien, eh? —murmura.

Me sonrojo.

—En general, sí.

—Bien, en ese caso…

Me da las llaves, se dirige hasta la puerta del conductor y me la abre.

—Aquí a la izquierda —ordena Regina, mientras circulamos en dirección norte hacia la interestatal 5—. Demonios… cuidado, Emma.

Se agarra al salpicadero.

Oh, por Dios. Pongo los ojos en blanco, pero no me vuelvo a mirarla. Van Morrison canta de fondo en el equipo de sonido del coche.

—¡Más despacio!

—¡Estoy yendo despacio!

Regina suspira.

—¿Qué te ha dicho el doctor Flynn?

Capto la ansiedad que emana de su voz.

—Ya te lo he explicado.

Dice que debería concederte el beneficio de la duda.

Maldita sea… quizá debería haber dejado que condujera Regina. Así podría observarla. De hecho… Pongo el intermitente para detener el coche.

—¿Qué estás haciendo? —espeta, alarmada.

—Dejar que conduzcas tú.

—¿Por qué?

—Así podré mirarte.

Se echa a reír.

—No, no… querías conducir tú. Así que sigue conduciendo, y yo te miraré a ti.

Le pongo mala cara.

—¡No apartes la vista de la carretera! —grita.

Me hierve la sangre. ¡Hasta aquí! Acerco el coche al bordillo justo delante de un semáforo, salgo del coche dando un portazo y me quedo de pie en la acera, con los brazos cruzados. La fulmino con la mirada. Ella también se baja del Saab.

—¿Qué estás haciendo? —pregunta enfurecida.

—No, ¿qué estás haciendo tú?

—No puedes aparcar aquí.

—Ya lo sé.

—Entonces, ¿por qué aparcas?

—Porque ya estoy harta de que me des órdenes a gritos. ¡O conduces tú o dejas de comentar cómo conduzco!

—Emma, vuelve a entrar en el coche antes de que nos pongan una multa.

—No.

Me mira y parpadea, sin saber qué decir; entonces se pasa la mano por el pelo, y su enfado se convierte en desconcierto. De repente está tan graciosa, que no puedo evitar sonreírle. Ella frunce el ceño.

—¿Qué? —me grita otra vez.

—Tú.

—¡Oh, Emma! Eres la mujer más frustrante que he conocido en mi vida. —Levanta las manos al aire, exasperado—. Muy bien, conduciré yo.

Le agarro por las solapas de la chaqueta y la acerco a mí.

—No… usted es la mujer más frustrante que he conocido en mi vida, señorita Mills.

Ella clava sus ojos en los mios, oscuros e intensos, luego desliza los brazos alrededor de mi cintura y me abraza muy fuerte.

—Entonces puede que estemos hechas la una para la otra —dice en voz baja luego de hundir la nariz en mi cuello, e inspira profundamente.

La rodeo con los brazos y cierro los ojos. Por primera vez desde esta mañana, me siento relajada.

—Oh… Emma, Emma, Emma —susurra, con los labios pegados a mi cuello.

Estrecho mi abrazo y nos quedamos así, inmóviles, disfrutando de un momento de inesperada tranquilidad en la calle. Me suelta y me abre la puerta del pasajero. Entro y me siento en silencio, mirando como ella rodea el coche.

Arranca y se incorpora al tráfico, canturreando abstraída al son de Van Morrison.

Uau. Nunca la había oído cantar, ni siquiera en la ducha, nunca. Frunzo el ceño. Tiene una voz encantadora… cómo no. Mmm… ¿me habrá oído ella cantar?

¡Si fuera así, no te habría pedido que te casaras con ella! Mi subconsciente tiene los brazos cruzados, vestida con estampado de cuadros Burberry. Termina la canción y Regina sonríe satisfecha.

—Si nos hubieran puesto una multa, este coche está a tu nombre, ¿sabes?

—Bueno, pues qué bien que me hayan ascendido. Así podré pagarla —digo con suficiencia, mirando su encantador perfil.

Esboza una media sonrisa. Empieza a sonar otra canción de Van Morrison mientras Regina se incorpora al carril que lleva a la interestatal 5, en dirección norte.

—¿Adónde vamos?

—Es una sorpresa. ¿Qué más te ha dicho Flynn?

Suspiro.

—Habló de la FFFSTB o no sé qué terapia.

—SFBT. La última opción terapéutica —musita.

—¿Has probado otras?

Regina suelta un bufido.

—Nena, me he sometido a todas. Cognitiva, freudiana, funcionalista, Gestalt, del comportamiento… Escoge la que quieras, que durante estos años seguro que la he probado —dice en un tono que delata su amargura.

El resentimiento que destila su voz resulta angustioso.

—¿Crees que este último enfoque te ayudará?

—¿Qué ha dicho Flynn?

—Que no escarbáramos en tu pasado. Que nos centráramos en el futuro… en la meta a la que quieres llegar.

Regina asiente, pero se encoge de hombros al mismo tiempo con expresión cauta.

—¿Qué más? —insiste.

—Ha hablado de tu miedo a que te toquen, aunque él lo ha llamado de otra forma. Y sobre tus pesadillas, y el odio que sientes hacia ti misma.

La observo a la luz del crepúsculo y se le ve pensativa, mordisqueándose el pulgar mientras conduce. Vuelve la cabeza hacia mí.

—Mire a la carretera, señorita Mills —le riño.

Parece divertida y levemente irritada.

—Habéis estado hablando mucho rato, Emma. ¿Qué más te ha dicho?

Yo trago saliva.

—Él no cree que seas una sádica —murmuro.

—¿De verdad? —dice Regina en voz baja y frunce el ceño.

La atmósfera en el interior del coche cae en picado.

—Dice que la psiquiatría no admite ese término desde los años noventa —musito, intentando recuperar de inmediato el buen ambiente.

La cara de Regina se ensombrece y lanza un suspiro.

—Flynn y yo tenemos opiniones distintas al respecto.

—Él dice que tú siempre piensas lo peor de ti misma. Y yo sé que eso es verdad —murmuro—. También ha mencionado el sadismo sexual… pero ha dicho que eso es una opción vital, no un trastorno psiquiátrico. Quizá sea en eso en lo que estás pensando.

Vuelve a fulminarme con la mirada y aprieta los labios.

—Así que tienes una charla con el médico y te conviertes en una experta —comenta con acidez, y vuelve a mirar al frente.

Oh, vaya… Suspiro.

—Mira… si no quieres oír lo que me ha dicho, entonces no preguntes —replico en voz baja.

No quiero discutir. De todas formas, tiene razón… ¿Qué demonios sé yo de todo esto? ¿Quiero saberlo siquiera? Puedo enumerar los puntos principales: su obsesión por el control, su posesividad, sus celos, su sobreprotección… y comprendo perfectamente de dónde proceden. Incluso puedo entender por qué no le gusta que la toquen: he visto las cicatrices físicas. Las mentales solo puedo imaginarlas, y únicamente en una ocasión he tenido un atisbo de sus pesadillas. Y el doctor Flynn ha dicho…

—Quiero saber de qué habéis hablado —interrumpe Regina mi reflexión.

Deja la interestatal 5 en la salida 172 y se dirige al oeste, hacia el sol que se pone lentamente.

—Ha dicho que yo era tu amante.

—¿Ah, sí? —Ahora su tono es conciliador—. Bueno, es bastante maniático con los términos. A mí me parece una descripción bastante exacta. ¿A ti, no?

—¿Tú considerabas amantes a tus sumisas?

Regina frunce una vez más el ceño, pero ahora con gesto pensativo. Hace girar suavemente el Saab de nuevo en dirección norte. ¿Adónde vamos?

—No. Eran compañeras sexuales —murmura, con voz cauta—. Tú eres mi única amante. Y quiero que seas algo más.

Oh… ahí está otra vez esa palabra mágica, rebosante de posibilidades. Eso me hace sonreír, y me abrazo a mí misma por dentro, intentando contener mi alegría.

—Lo sé —susurro, haciendo esfuerzos para ocultar la emoción—. Solo necesito un poco de tiempo, Regina. Para reflexionar sobre estos últimos días.

Ella me mira con la cabeza ladeada, extrañada, perpleja.

El semáforo ante el que estamos parados se pone verde. Regina asiente y sube la música. La conversación ha terminado.

Van Morrison sigue cantando —con más optimismo ahora— sobre una noche maravillosa para bailar bajo la luna. Contemplo por la ventanilla los pinos y los abetos cubiertos por la pátina dorada de la luz crepuscular, y sus sombras alargadas que se extienden sobre la carretera. Regina ha girado por una calle de aspecto más residencial, y enfilamos hacia el oeste, hacia el Sound.

—¿Adónde vamos? —pregunto otra vez cuando volvemos a girar.

Atisbo la señal de la calle: 9TH AVE. NW. Estoy desconcertada.

—Sorpresa —dice, y sonríe misteriosamente.