"Where I create, there I am true"

Rainer Maria Rilke

—Todo este asunto me huele mal —opinó Nino de forma casi ininteligible por tener un cigarrillo prisionero entre sus incisivos.

Acudimos el día pactado y como no sabíamos qué tramaba ese misterioso hombre, decidimos ir los cuatro. Más bien, ellos insistieron en acompañarme y no pude negarme demasiado aunque quisiera. Nos presentamos media hora antes de lo acordado, aprovechando para monitorear la zona a una cuadra y media de distancia.

Al igual que yo, mis amigos temían que nos tendiera una emboscada o que quisiera aprovecharse de mí. Algunos hombres eran así: te presionaban por un lado para obtener algo a cambio de su silencio (por lo general, "favores" sexuales), así que por cualquier cosa, ellos se quedarían allí a esperarme el tiempo que demorara este lío.

De los nervios, le quité el cigarro al moreno de entre medio de los dedos y me lo llevé instantáneamente a la boca, con sus ojos furiosos clavados en mí. Tomé una bocanada y se lo regresé, a lo que intercaló los ojos entre ambos. Muy a su pesar, lo recibió.

Al cabo de unos alargados minutos, presenciamos la llegada de un automóvil que frenó delante de la academia. Afilamos la visión para poder distinguir los sucesos. Un hombre bajó de él en soledad, produciendo un único ruido al cerrar la puerta, se encaminó hasta la entrada y allí se detuvo. Al parecer, no tenía intenciones de abrir hasta que alguien (yo) apareciera.

Intercambiamos miradas para verificar si pensábamos lo mismo, aunque no había mucho por pensar.

—Ya es hora. Por cualquier cosa, gritaré. Deséenme suerte —los miré por última vez antes de mandarme. Anduve a paso apresurado en dirección al lugar acordado.

Me aferré a mis vestimentas. Hasta hace no mucho había estado lloviendo, ahora solo había rocío y la temperatura había descendido. Algunos charcos se formaron sobre la acera y se había acumulado algo de agua a los costados de la calle. Agradecía no llevar tacones y estar con unos cómodos zapatos, aunque estos estaban rellenos con algodón, ya que Adrien tenía unos pies bastante grandes a comparación de los míos.

Cuando se percató de mi presencia, se removió en el sitio, acomodándose para recibirme. Ante ello, suspiré y tomé coraje, me acerqué a su figura, estrechamos manos y nos saludamos con formalidad. Hice lo posible por disimular mis emociones.

De ahí en adelante, los siguientes movimientos fueron protocolares: desbloqueó la puerta, me invitó a pasar y luego me siguió por detrás. Dentro, cerró con llave a mis espaldas y prendió las luces del sector donde se entrenaba. Me incitó a tomar asiento, por lo que agarré un taburete que encontré por ahí y apoyé mis posaderas en él con desconfianza. A la brevedad me acercó un paquete maltratado de cigarrillos que acababa de extraer de su abrigo.

Sopesé lo más veloz que pude y opté por aceptar un cigarro, ¿total qué tenía de malo? Lo coloqué entre mis labios y él sacó una caja de cerillas, arrebatando una del interior y raspándola contra el costado, consiguiendo que prendiera fuego. Lo acercó a la punta del mismo logrando que encienda, por lo que absorbí del otro extremo. Más tarde, lo aparté y dejé salir el humo que había incorporado. Sí que me relajaba.

Tomé provecho para analizarlo sin escrúpulos: su complexión era cenceña y de baja estatura, yo era más alta a su lado y eso es mucho decir. Afloraba cabello fino y color ceniza en la zona de sus orejas, dándome la sensación de que era todo lo que había. Su postura era lineal y parecía simpático.

—Bien, Marín, escucha. —Atrajo una silla de madera y se ubicó en ella, sin sacarme la vista de encima. — No quiero que pienses nada malo de mí, no planeo abrir la boca y delatarte a ti y a tus amiguitos por lo de ayer. Ni siquiera voy a preguntar porque no me interesa en lo más mínimo. Simplemente deseaba poder apreciarte más de cerca y con mayor... intimidad. Debo confesar que, si mis pobres ojos no me traicionan, he encontrado potencial en ti.

Oh, okey, menuda sorpresa.

— ¿Y qué con eso? ¿Planea convertirme en una estrella? —repliqué, carcajeándome al final. Atraje de nuevo el cigarrillo a mi boca.

— ¿Es eso lo que deseas? —repreguntó.

Rasguñé un hinojo.

—Depende si usted puede hacerlo o no. —Salió humo de tabaco de mi cavidad bucal.

—Yo puedo darte una pequeña mano con ello, pero no cuentes conmigo para el resto. Aquí entre nos, quien tiene habilidad eres tú. No puedo hacer magia —desarrolló neutral, a la vez que gesticulaba con las manos.

Me encogí en el asiento.

—Me parece bien —opiné escueta.

A continuación, nos quedamos callados. Seguí fumando y elegí cambiar la posición que adopté en el taburete: separé las piernas como tendían a hacerlo los hombres, encorvé la espalda y reposé los codos cerca de mis rodillas. Dejé caer una muñeca en el espacio entre medio de mis extremidades inferiores y la otra la mantuve en alto junto con el antebrazo, sosteniendo el delgado faso entre el dedo índice y medio.

Me quedé viendo el suelo sin emoción alguna, y por el contrario, el anciano me veía a mí. Estaba por decir algo.

—Sin embargo, tendrá que esperar —me frenó el carro, apoyando las palmas en sus muslos para levantarse—. Por tu condición de mujer, hay muchos caminos que no se pueden atravesar, al menos en esta época.

¡Y ahí estaba! Hubiese sido mejor que no lo compartiese conmigo; me sentó como el traste. Además, ¿con qué necesidad debió ilusionarme? A ver, no del todo, pero sí arrojó la primera piedra, y ahora se le daba por retroceder como un maldito cobarde.

¿A qué jugaba este loco?

— ¿Por qué insiste tanto con mi sexo? ¿Acaso no ve con claridad? —me autoseñalé de cuerpo completo con el cigarro entre mis dedos, en un vano intento de convencerlo. Me había puesto de mal humor y quería que lo supiera, que se diera cuenta que era el culpable. No vine aquí para vacilar ni presenciar este tipo de jugarretas en las que quería hacerme partícipe necesario.

Ante mi reclamo, no se molestó en mirarme, tan solo suspiró y juntó las manos, rozándolas contra su nariz. ¿Y ahora qué?

—Necesito que deposites parte de tu confianza en mí. Ambos sabemos que este no eres tú en realidad, tan solo un estúpido disfraz —me apuntó de manera despectiva—. En público, si gustas, puedo llamarte por como osas denominarte, pero en soledad me gustaría que sea por tu verdadero nombre.

Clavé mis ojos en su persona de mala gana y me cuestioné para mis adentros, otra vez.

Con tranquilidad, podría mentirle, decirle otro falso nombre, total no tenía ni había forma de comprobarlo. Sin embargo, por algún motivo que desconozco, no lo hice.

Joder.

Usé mi voz habitual.

—Marinette —enuncié, dando una pitada. Expulsé el humo—. Ese es mi nombre.

Creyó en mi palabra y me enseñó sus dientes al esbozar una curva.

—Es un placer conocerte —describió con sinceridad—. Soy Wang, pero llámame maestro Fu. Ahora, si te parece bien, me gustaría verte efectuar algunos golpes.

Mis cejas fueron hacia arriba. No me imaginé que fuese a ser tan precoz.

—Eh, sí, claro... —Apagué el cigarrillo en un cenicero que me acercó y me puse de pie.

—Puedes quitarte el abrigo y el saco. Los zapatos también, te daré otros que vas a necesitar. Dime cuánto calzas —me solicitó.

Lo último me sonsacó una sonrisa.

—No creo que tengas mi número —repuse.

Cruzamos miradas desafiantes.

—Averigüémoslo —me estimuló.

Le indiqué lo requerido y, asintiendo, fue a meterse en un estrecho cuarto situado en el fondo a rebuscar un par. En el mientras tanto, me despojé de las prendas mencionadas con anterioridad y me subí las mangas de la camisa hasta los codos.

Escuché que cerraba la puerta y se encaminaba hacia mí con una zapatilla en cada mano. Me advirtió que eran dos talles más grandes, esperando que no tuviera inconvenientes con ello. Lo sorprendí al extraer del interior de mi otro calzado dos pedazos de algodón que trasladé a estos.

Coloqué mis pies dentro y los acomodé, le hice una señal de que estaba bien y acto seguido nos dirigimos hacia el saco de boxeo. Me dio unas indicaciones de los movimientos que quería ver cómo ejecutaba y los hice. Luego me pidió que intensificara el ritmo, que fuese más exacta y veloz.

Me gritó, exigiéndome aún más y eso hizo que apareciera una presión encima mío. Una presión que no vivía desde la época en la que mi padre me entrenaba. Hastiada, efectué un último puñetazo contra el objeto y me alejé sudorosa, emitiendo un resuello.

—No me equivoqué, eres buena —elogió sin modificar su expresión facial—. Si las cosas fuesen diferentes, serías una campeona.

Revoleé los ojos, aburrida de esa excusa penosa. Todavía no llegaba a entender para qué estaba haciendo todo esto si al fin y al cabo mi apariencia era un claro obstáculo.

Malgastaba su tiempo.

—No quiero que te alarmes ni nada parecido, pero invité a un conocido mío, mucho más joven que yo, para que te vea —arrancó a decir con cautela—. Es un profesional, y se me ocurrió que sería bueno que alguien más... contemporáneo te diera una mano. Podría llegar a facilitarse.

Bien, en definitiva, no comprendía.

Me llevé una mano al pecho, siendo capaz de conectar con mis latidos cardíacos desenfrenados, y lancé un jadeo en un esfuerzo por sustituir el oxígeno perdido.

Se lo iba a decir. Tenía que decírselo.

—Pe-pero si claramente has dicho que, en estos tiempos, no puedo llegar a ser alguien en el universo del boxeo, ¿por qué insistes en conseguirme un tutor si al final va a ser en vano? —inquirí con desconcierto.

— ¿No te interesa estar a la corriente? —arrugó el entrecejo de brazos cruzados.

Estaba dudando de mí.

— ¿Por qué lo dices? —indagué del mismo modo, con el mismo tono y la misma pose.

—Tu estilo no es francés —remarcó—. Lo que has demostrado saber, aquí no sirve, no para triunfar. Necesitas aprender las bases del boxe française y para ello está este muchacho. Lleva unos pocos años de carrera, aun así es una perla. Está ascendiendo, tiene un futuro prometedor.

—Bien por él —adulé sarcástica. En verdad me atraían poco y nada sus proezas.

Y el maestro Fu se dio cuenta.

—A lo que voy es que sí, hoy en día no vas a ir a ningún lado. Por mucho que te esfuerces, sin importar lo virtuosa que seas, incluso si eres mejor que un hombre, tu carrera seguirá siendo la misma: nula —explicó paulatinamente—. Más quién dice que dentro de unos años la situación seguirá siendo la misma. Las creencias cambian, y ahí estarás tú para sacar ventaja, pero para eso necesitas tener conocimiento. Debes estar preparada, no puedes ir y apostar a tu suerte. Si no ven algo en ti que valga la pena, no se molestarán en tenerte en cuenta.

No le contesté. Que mi estilo de pelea, aquel que me enseñaron durante gran parte de mi infancia, fuera inútil, a su criterio, resultó ser una patada en los dientes. Me rehusaba a creer en su palabra.

Era conocedora de que el boxe française era más completo, incluyendo golpes con las piernas, pero a mi padre nunca le gustó y por eso no me lo instruyó. Le di la espalda, dirigiéndome al lado del saco de boxeo y arranqué a golpearlo con todas mis fuerzas, gruñendo en algunas oportunidades.

El anciano no intervino para impedirme que hiciera lo que traía en mente.

Me focalicé tanto en pegarle, en dejar la marca de mis puños en él, que no oí cuando se acercó a la puerta y entabló una conversación con un sujeto. Rato después supuse que se trataba del "extraordinario" púgil del cual me habló.

Me entrometí desde mi lugar en su diálogo recién cuando me percaté que estaban platicando sobre mí. En especial, me llamó la atención lo que el 'invitado de honor' dijo.

— ¿Qué es esto, Wang? ¿Una jodida broma? —manifestó con un indiscreto descontento. Su voz era bien gruesa y contundente.

—Para nada, ¿crees que te haría venir hasta aquí si no fuese en serio? —replicó—. Esta joven tiene lo que se necesita para ser un boxeador, solo le falta alguien que la ayude.

El otro tipo chasqueó la lengua.

—Con todo respeto, estás demente. —Vislumbré que puso una mano sobre su hombro. — Si este... mamarracho sale en escena será el hazmerreír y le quitara el poco prestigio que este deporte conserva.

Fu meneó la cabeza, negando.

—Se viste así para pasar desapercibida —detalló, queriendo ganar la comprensión de su opuesto, aunque no la obtuvo.

— ¿Y quién demonios es tan idiota como para creérselo? —Criticó sin pelos en la lengua—. Oh, Wang, ¿qué tienes en la cabeza? Esto es estrafalario e insensato. No cuentes conmigo, lo siento. No pienso enseñarle algo. Este no es su ambiente.

Bien, suficiente. Escuché suficiente y toleré una serie de desprestigios innecesarios hacia mi persona y mi apariencia. ¿Quién se creía que era?

Dejé de efectuar puñetazos y antes que nada visualicé mis nudillos. Estaban muy rojos, más no me resultó relevante. Había otra cosa que me interesaba entonces.

Busqué a mi contrincante y me di cuenta que se estaba marchando. El mayor, por el otro lado, se tallaba la cara con molestia. He de decir que, bajo mi criterio, no se esforzó demasiado por hacerle cambiar de parecer, pero eso no era problema mío. No me perjudicaba en lo más mínimo si quería o no asesorarme, yo solo me encargaría de dejarle en claro quién era para que no se le vuelva a cruzar por la mente tratarme de ese modo.

Inspiré hondo, regulando mi respiración.

— ¿A qué le teme, garçon? —Le consulté en voz alta, lo suficiente como para que el mensaje le llegara—. ¿Acaso le da miedo que alguien como yo, una insulsa fémina, pueda patearle el trasero mejor que un hombre?

—Marinette, no, por favor... —me suplicó el mayor en un susurro, acercándose. Sus ojos estaban bien abiertos, lucía asustado.

Le indiqué que se detuviera, que me lo dejara a mí, total el sujeto había dejado muy en claro sus intereses y su óptica, por lo que no era probable que abandonase sus ideales. O eso creí hasta que el ruido de sus pies retrocediendo retumbó en el sitio.

Cuando lo tuve delante, lo evalué con mayor detalle. Poseía una cabellera rubia platinada, la cual parecía brillar bajo el foco de luz. La misma estaba correcta y pulcramente desplazada hacia atrás. Sus ojos color gris humo parecían perforarte la piel cuando los tenías encima. Sus pómulos se encontraban definidos, su mentón afilado sobresalía y sus labios eran delgados. Por encima de ellos había un bigote, el cual se notaba que había sido rasurado con cuidado. Sus hombros eran anchos, y por ende, su espalda. Su contextura corporal al parecer era delgada (no podía definirlo con la tela que se interponía en medio) y su piel caucásica. Suponía que su físico era fornido por el simple hecho de practicar boxeo.

Tenía un porte distinguido, exquisito. Daba un aire de superficialidad, de ser una persona de pocas palabras, pero determinante a la hora de actuar. De aspecto gélido, furtivo, pernicioso. Generaba desconfianza y su carácter no lo ayudaba.

Me miró con una sonrisa ruin, a la vez que pasaba la yema de uno de sus pulgares por el exterior de su boca. Por lo menos, entre nos, había una considerable diferencia de altura de una cabeza.

— ¿Puedo saber su nombre? —inquirió pacífico, entrelazando las manos por detrás de su anatomía. No me daba buena espina.

Lo escrudiñé de arriba abajo.

—Para usted, seré la señorita Dupain —sentencié, tratando de no imitarlo.

Me observó ligeramente extrañado.

—Sin embargo, no está vestida como tal —objetó con frialdad, elevando una ceja—. No amerita que la trate de ese modo si no sabe exponerse y actuar como una verdadera mademoiselle. Por tal, me atendré a remitirme hacia su persona como señor, sin importar si se muestra o no de acuerdo.

Su irrisorio comentario me sonsacó una tenue sonrisa que le enseñé con gusto.

—Muy bien, así será: las veces que me vea vestida como lo estoy en este momento, me llamará Marín Cheng, no Dupain. ¿Entendido? —establecí mis pautas.

Este bastardo refinado no se quedaría con la última palabra. No lo dejaría.

En efecto, no respondió. En su lugar, apartó la vista de mi rostro, la descendió y luego corrió hacia un costado. Parecía reflexionar. Y estuvo a nada de decir algo cuando un estruendo proveniente de la parte delantera del edificio robó nuestra atención.

Eran los chicos. Se ve que habían visto el vehículo de este tipo y se alarmaron. Presioné los párpados; me había olvidado por completo de ellos, seguro se preocuparon. No grité, pero habrán pensado lo peor, que me habían dormido o amordazado. Me sentí un poco culpable.

El maestro estaba espantado, parecía tener el corazón en la garganta. Su opuesto, por el contrario, se mantenía sereno —o así se mostraba por fuera— y los miraba sin la menor perturbación. Es más, como si se tratara de una broma de muy mal gusto. Mis tres amigos se relajaron al visualizarme sana y salva, en una pieza, e intercalaron sus ojos entre ambos varones. Hubo silencio.

Viendo que nadie decía o hacía nada, avancé hacia ellos, atrayendo las miradas de todos los presentes, directa o indirectamente. Una vez que estuve delante, traté de explicarles la situación de la manera más breve y clara posible, hasta que me irrumpieron desde atrás de mala manera.

—Será mejor que dejemos la reunión de hoy hasta aquí. Están demasiado alterados —aclaró, fulminando en especial a mis compañeros. Después regresó a verme e hizo lo mismo con el blondo—. Lo ideal es que aprendan a llevarse entre ustedes. No soporto ni permito un comportamiento semejante durante los encuentros.

Aquello despertó mi interés.

— ¿No era que no iba a estar? —interrogué.

—Seré espectador, y de vez en cuando intervendré —especificó con cierto fastidio.

Rodé los ojos y asentí. Este hombre era pura contradicción. Debería acostumbrarme de ahora en más a ello si esto se prolongaba a futuro y no quedaba estancado.

Acto seguido, sumidos en un profundo mutismo, nos fuimos esparciendo y moviendo dentro y fuera del edificio. Devolví lo que no me correspondía, recogí mis pertenencias y salí con los muchachos para regresar cada uno a su respectiva vivienda. En el viaje me encargaría de resolverles las dudas hasta donde pudiera responderlas, tampoco digamos que tenía una idea nítida de lo que pasará a posteriori.