"A wise man once said nothing"

— ¿Mi presencia le incomoda? —formulé, apoyando los antebrazos en la mesa, mientras lo observaba—. Se ve ridículo.

Y era cierto. Reojeaba a los lados para asegurarse de que nadie lo reconociera ni estuviese viendo. De todas formas, me trajo a un sitio de puros borrachos y marginados sociales. Era poco probable que alguien de aquí supiese quién era él estando una amplia mayoría bajo un semejante estado de inconsciencia y exclusión social. Dudo mucho que la gente de su círculo frecuente espacios como este.

Ahora, lo que en verdad importa y/o preocupa: ¿por qué estamos aquí? Estamos aquí por culpa de un estúpido ataque de ira. El maestro Fu nos echó de su academia, prohibiéndonos el ingreso hasta que pudiésemos llevarnos mejor. Digamos que tuvimos un enfrentamiento bastante agitado que terminó dejándonos patitas afuera en la calle. Por supuesto que protestamos, no éramos de esos que se quedaban de brazos cruzados aceptando lo que les pasaba.

Hace menos de una semana que nos veníamos frecuentando y ya sucedía esto. La realidad es que no es tarea fácil trabar una relación amena con este sujeto.

—Usted es ridícula o ridículo. Para serle sincero, no tengo la más remota idea de cómo se visualiza a usted misma... o mismo en su retorcida cabeza. —Hizo un gesto con la mano que indicaba que estaba loca.

Eso ilustra muy bien mi punto.

—Está dando muchas vueltas —sentencié—. Soy una mujer, siempre lo he sido y siempre lo seré, más tengo que mostrarme de esta forma porque hay ciertas cosas de mi interés que a mi auténtico sexo se le restringen.

— ¿Acaso no está conforme con la vida que tiene? ¿Qué consigue con esto? —saltó malhumorado con una serie de preguntas.

Este hombre no tenía límites y tampoco sabía disimular su desagrado, aunque tengo la leve sospecha de que no se esfuerza en ocultarlo. Era sencillo y razonable afirmar que le importaba un comino lo que pudieran llegar a generarme sus comentarios.

Traté de no dejarme influenciar, de no dejarme llevar por mi impulsividad arrolladora, con sus emociones vertiginosas y compulsivas, y mantenerme lineal, tanto como pudiera aguantar y prolongar.

— ¿No quiere consultarme si debería estar en un manicomio? —sugerí burlesca, a lo que se encogió de hombros sin brío.

—Lo daba por sentado —emitió, sacando del interior de su abrigo una cajetilla de cigarros. Se colocó uno en la boca.

Esbocé una mueca.

Me contuve a decir algo cuando se acercó un mesero a nuestra mesa y dejó dos jarras llenas de cerveza hasta el tope. Rebalsó parte del líquido por la manera en que las depositó sobre el mueble. Pronto se alejó de nosotros.

—No sé por qué a los "caballeros" de su posición les cuesta tanto entender, quizá porque nunca les costó obtener nada —insinué y me recargué levemente sobre el mueble para arrebatarle un cigarro antes de que quitase el paquete de mi vista—. En cambio, los desafortunados como yo, nos la tenemos que rebuscar para sobrevivir.

Ante ello, me fulminó con sus grisáceos.

—Es una vergüenza —criticó por lo bajo, sacando un encendedor para prender el suyo. Levantó la tapa y apareció una flama.

—Espero que no esté hablando de mí. —Le acerqué el mío, insinuando que quería que hiciera lo mismo. No obstante, me ignoró.

No sé qué esperaba realmente, así que no me decepcioné tanto por su reacción.

Seguí con detenimiento sus movimientos, desde que quemó la punta del faso hasta que escondió el mechero que utilizó para causar la combustión. Pasé la lengua por mis labios.

— ¿Me podría dar su nombre? —le solicité con descaro y me apresuré a completar mi oración antes de que hiciera una mala interpretación de mi interrogante—. No se sienta importante, solo necesito darle una identidad concreta al sujeto que insulto y que me insulta, por consiguiente.

Se me quedó viendo con una ceja alzada y se tomó un momento para responderme, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Parecía estar jugando conmigo.

—Creí que sabía quién era —replicó honesto, echándome a propósito el humo que había absorbido directo en el rostro.

En consecuencia, fruncí la nariz y arranqué a toser sacudiendo una mano en el aire.

— ¿Me he perdido de algo? —Menosprecié.

Yo era su entretenimiento esta noche.

Observé que movió la mandíbula.

—Para usted, seré el señor Graham —repitió con vacile, señalándome con el cigarrillo para luego llevárselo a la boca.

Sin ser consciente, entorné los párpados. Ese apellido me resultaba familiar, de eso estaba segura, por lo que traté de hacer memoria. Rebusqué en mi cabeza el contexto más adecuado donde podría haberlo visto. Supuse que tendría que estar vinculado con el boxeo, ya que dudaba mucho que nos "conociéramos" de otra parte. No eran grandes probabilidades.

Demoré, pero al final lo conseguí, lo identifiqué: se llamaba Félix, Félix Graham. Al instante, recordé la descripción de Wang Fu y su perfil encajaba a la perfección.

— ¿Y? ¿Ya me reconoció? —insistió, con la mirada gacha. Raspaba algo en la mesa.

Raro. Fue como si me hubiera leído la mente y no me daba la sensación que me hubiera estado analizando, más bien todo lo opuesto.

Balbuceé antes de decir algo.

—Lo he visto un par de veces —le aclaré, jugueteando con el cigarro entre mis dedos.

Meneó la cabeza, asintiendo, mientras le daba unos suaves golpes al suyo, dejando que el sector consumido del mismo cayera sobre un cenicero que había distribuido en cada mesa.

— ¿Y qué opina? —indagó sin mirarme, dando una calada a propósito.

Por un segundo, iba a responderle como correspondía, pero algo que me impidió hacerlo.

— ¿El parecer de una lunática tiene relevancia? —quise averiguar—. O mejor aún, el de un mamarracho. Así es como me describió anteriormente, ¿me equivoco?

Él contuvo una sonrisa al morderse el labio inferior, luego de expulsar el humo.

—Veo que guarda resentimiento. —Se acomodó mejor en el asiento y terminó recargando un brazo en el mueble.

Sacudí la testa.

—No, solo no olvido —retruqué.

—Entonces intente ignorar las cosas irrelevantes —me recomendó, mostrándose sobrio. Alzó una mano y tocó su sien con el índice—. De nada sirve que las conserve aquí dentro para ocupar un espacio inservible.

Sí, cómo no. Sabias palabras, oh, señor.

Entonces creí que la conversación había llegado a punto muerto, cosa que para nada me hubiera sentado mal, por lo que me dispuse a beber lo que quisiera de mi jarra. No obstante, él se empecinó en seguir.

— ¿No se cansa de simular que es otro individuo, con otro tipo de voz, con esas vestiduras inapropiadas para usted y con un espantoso bigote? —formuló con desespero.

Vaya que estaba más perdido que yo.

Aparté la cerveza de mi boca despacio. Necesitaba saborear los segundos restantes de tranquilidad antes de ingresar a su juego.

—Hasta donde sé, este espantoso bigote, como usted dice, lo usan todos los varones, incluyéndolo —enfaticé—. Por lo que debo entender que es una moda absurda.

¿Pude hacer que se calle? No.

—Es diferente —se limitó a comentar, ya que no hallaba otro fundamento—. ¿Qué opinan sus allegados de cómo se exhibe? Espere. No, no me lo diga, deben estar de acuerdo si son igual de depravados...

Apreté los dientes y bajé los ojos.

No iba a terminar bien.

—Imagino que también debe ser un desviado, bueno, más de lo que ya es —revoleó los ojos, ahogando una risa.

Me mantuve impertérrita.

—Defina "desviado" —requerí.

— ¿No lo sabe? —elevó una ceja, hundió la otra y carraspeó—. Lo creía más listo.

Crucé los brazos.

—No sé lo que interpreta usted por "desviado" —especifiqué con molestia.

El rubio se encogió de hombros.

— ¿Qué otro concepto puedo tener de esa palabra? El mismo que todo el mundo: maricón —comentó con repudio.

Resoplé. ¿Por qué no me sorprende?

—No, para su tranquilidad, no lo soy —informé, esbozando una sonrisa forzada.

—Pero de seguro conoce a alguien —se aventuró a añadir no bien le contesté.

Aquello me extrañó y encocoró.

— ¿Y qué si lo hago? ¿Cuál es el problema? —Arremetí exasperada, apoyando los antebrazos y entrelazando los dedos—. Desconozco por qué demuestra tanta preocupación en la opinión pública y en mi vida personal. Mis asuntos no tendrían por qué inquietarle ni tampoco la gente que me rodea. No le afecta en lo más mínimo.

Desplazó lentamente sus grisáceos de mi rostro hacia la superficie de la mesa, y del mismo modo imitó mi colocación.

Se humedeció los labios primero.

—Me temo que sí, lo hace —respondió a secas—. Si de ahora en adelante nos frecuentamos, esto conlleva al inevitable hecho de que compartiré más tiempo del que me gustaría y del que estaría dispuesto a invertir en usted, y eso me perjudica de sobremanera. A mi imagen, por encima de todo. No sé si saldré con un hombre o con una mujer, más tengo asegurado que seré el... profesor de alguien con complejo de identidad y problemas de adaptación.

Inspiré por mis fosas nasales, contando hasta diez para despejar mi mente, apaciguar el desenfreno y mermar las aguas.

Froté el puente de mi nariz.

—No es necesario que se arme una película tan elaborada y compleja —le recomendé, al borde de perder los estribos—. No pienso volver a repetirle lo mismo, se aprecia con claridad que no es capaz de comprender algo tan básico, por lo que sería una completa pérdida de mi tiempo molestarme siquiera en insistirle por enésima vez. Así que lo único que puedo hacer es alentarlo a que no se involucre más en esto y que aproveche para retirarse antes de que sea demasiado tarde. Nos haría un enorme favor.

Me escrutó sin emitir comentario y no me sacó la vista de encima. Yo tampoco lo hice. Habíamos comenzado a pelear de otro modo, más no duramos demasiado.

Deduje que aquello no le había terminado de agradar, más a la vez lucía deleitado con nuestro encuentro a pesar del intercambio ofensivo que venimos manteniendo desde el minuto cero en que empezamos a relacionarnos. Él, por algún motivo, tenía una baraja de cartas en mano que, si se lo permitía, con gusto utilizaría para atacarme.

Y fue exactamente lo que aprovechó para hacer. Era perspicaz, y un hijo de puta.

— ¿Qué opina su esposo? —cuestionó simplón. Al ver mi expresión desencajada, con regodeo, señaló la sortija dorada que atravesaba mi anular—. ¿Se siente... orgulloso del macho que tiene a su lado en la cama? ¿Lo excita estar con un adefesio?

Se acomodó delante mío, adoptando una postura que desprendía un impresionante interés en mi persona, en específico, mi contestación. Su cuerpo apuntaba en mi dirección y tenía su barbilla recargada encima de la palma de una de mano, con los cinco dedos chocando contra su mejilla.

Ese fue un golpe bajo, muy bajo. ¡Qué vil alimaña, despreciable! Me puse rígida.

—No siga —le advertí entre dientes. Estaba metiendo el dedo justo y directo en la llaga, nada que él no supiera con antelación.

Antes de continuar agregando leña al fuego con tanta fruición, presionó el cigarro contra el cenicero, apagándolo, y bebió de su jarra. No tenía prisa. Le encantaba lo que estaba haciendo porque me tenía donde me quería: retorciéndome como lombriz por dentro y exhibiéndome endeble por fuera.

Esto era un puto chiste para él.

— ¿Qué? ¿Acaso no lo está? No me diga que huyó y la dejó a merced de su buena ventura. —Esperó unos segundos y al ver que no contestaba, su sonrisa se acrecentó de manera significativa. — ¡Ah, con razón...! —Golpeó la mesa, moviéndola, y se echó hacia atrás, retorciéndose a carcajadas.

A partir de entonces, mis oídos se taparon. Solo fui capaz de percibir un pitido agudo que fue ocupando cada vez más espacio.

Fue un puñal que no anticipé.

Su comportamiento me produjo un dolor increíble en cada rincón. Sus insultos calcinaron mi piel tal y como un irascible fuego lo haría, y a su vez enardecieron un sentimiento descomunal que hasta entonces desconocía. Presioné los párpados y percibí la argolla rozar contra mi palma. Aquel contacto arrasó conmigo como un tornado. Tuve que tomar aire por las fosas nasales para apaciguar un llanto premonitorio; no derramaría ni una mísera lágrima por los dichos de un malnacido, no cuando este sería capaz de escupirme en respuesta.

Por unos segundos me olvidé de mí y pensé en mi preciado rubio. Su recuerdo me pegó tan fuerte como un knock-out. No se merecía este trato, no un ser tan hermoso como él. Sobre mi cadáver dejaría que este machito burgués saliera ileso de este embrollo.

Me levanté del asiento y lo primero que pasó fue que me mareé. No estaba ebria, quizá me había puesto de pie demasiado pronto. Me tomó un rato acomodarme. Después me le aproximé y terminé teniéndolo a la altura de mi cuello, desternillándose ante mis narices sin vergüenza y con maldad. Bajo mi juicio, todo seguía su curso en cámara lenta, muy lenta, veía mi entorno a color y no era capaz de detectar ningún sonido en él. El viejo zumbido de antes había desaparecido, pero de repente algo pasó. Empecé a escuchar, y escuché por segunda vez en lo que iba del encuentro su risa, su maldita risa. La más apócrifa que había tenido la desgracia de atender en lo que va de mi existencia. Sentía asco de ella, se me hacía tan despreciable como el hecho de que estuviéramos respirando el mismo oxígeno.

No estaba en mis cabales. Mis sentidos estaban nublados por su culpa, por lo que no me haría responsable de lo que fuese a ocurrir. No me permití dudar. Sin que lo viera venir, estampé mi mano en su mejilla, dándole vuelta la cara. Recién ahí, no se le oyó más. Me sentí plena y comencé a recuperar el conocimiento. Admito que me hubiera gustado incrustar mis nudillos en su piel, más eso hubiera sido por mero antojo.

Lo vi llevarse con suma lentitud una mano a dicha zona y apoyar el pulpejo de los dedos en ella. No llegó a palparla bien. Se giró hacia mí, tensionado e iracundo, y me asesinó despiadadamente con sus ojos.

Amagó con reclamarme y hacerme frente, pero me adelanté. Me arrimé hacia él, arrinconándolo sin el menor escrúpulo. No iba a ser condescendiente, no iba a tener ningún tipo de contemplación, no después de haberse comportado como un canalla. Lo tomé por el cuello de la camisa, sin vacilar, y jalé de él hacia delante. Muchas veces había querido hacerlo, por alguna razón, me fascinaba ese gesto y esta era mi oportunidad de hacerlo como Marín.

Cómo disfruté verle de cerca.

—Usted no es ni la mitad de hombre que mi marido —entoné con claridad para que lo retuviera en su fallada testa—. No le llega a los talones ni aunque se esfuerce, connard.

Mi respiración se había vuelto densa, la suya también. Me despreciaba, no hacía falta que lo comunicara con palabras. Previo a que pudiera remover mi mano de encima, lo liberé del agarre y me alejé hasta quedar a una distancia acorde. Por su parte, tuvo la intención de acomodar la prenda perturbada sin perderme de vista. Sin embargo, poco importaba si estaba mirando o no; me apresuré a sujetar el asa de su jarra y verterle encima el contenido que restaba en su interior en un ataque impulsivo.

Lo dejé helado, turulato. Deseé agregar otra cosa para terminar de hundirlo, más acabé desistiendo. Me sentía poderosa a pesar de que lo que dije e hice no haya sido demasiado. Por el momento, nuestra riña quedaría así y la dejaríamos para otra ocasión, aunque anhelaba que nuestros caminos no se volvieran a cruzar.

Tomé ventaja para rebajarlo y largarme de ese espantoso antro. Grabé en mi memoria la imagen de la marca rojiza que le provoqué y la gigantesca mancha de cerveza tatuada sobre su perfecta camisa blanca y chaleco gris. Sonreí para mis adentros. Ansié que Adrien, de algún modo de ser posible, estuviera compartiendo mi sentimiento.

Una vez afuera, observé la luna llena que había esta noche. Ella veía todo y viajaba a todas partes, así que era seguro que lo saludaba cuando se le aparecía. Por eso le dejé un sentido mensaje, desde lo más recóndito de mi ser, para que se lo enviara. Cuánto te extraño, mon chéri.

Antes de la guerra, iba a ver peleas en vivo en su compañía, estando disfrazada de Marín. Nunca me criticó por mi forma de vestir ni por mis intereses. Me entendía como nadie lo había hecho. Es más, llegó a desarrollar un gusto por el boxeo a punto tal de querer practicar conmigo para, de paso, aprender los movimientos básicos.

¿Cómo no iba a explotar de amor?

Poseo ciertos rasgos de personalidad que, cuando era más joven, perjudicaban mi imagen frente a la sociedad, por lo que tuve que aprender a actuar. Acabé siendo intérprete de dos personajes antitéticos a lo largo de mi niñez para satisfacer a cada uno de mis progenitores. Con mi padre, era el hijo varón que nunca pudo traer al mundo, con el cual intentaba recrear su deseo frustrado de ser un renombrado púgil; con mi madre, era una señorita de clase media, presentable, respetable, prolija y educada.

Sin embargo, este esquema se resquebrajó, se partió al medio con Adrien. Con él no tenía que ser uno u otro, tenía que ser yo. No se conformó con tener una parte, quería la totalidad ejemplar, la auténtica Marinette. Pero yo no tenía idea de quién era ella.

Me encaminó como una luz distante en un pasaje plenamente oscuro. Confié al igual que un ciego y me entregué. Dejé que me llevara consigo hacia donde quisiera y quizá con ello lograría hallarme. Hoy todo esto se me hacía inútil, lejano. Perdí mi preciada brújula en alguna parte del mapa y ahora resto desamparada en el medio de la nada sin saber qué rumbo tomar. Corría riesgos que haría valer la pena con tal de enorgullecerlo cuando nos reencontremos.

Exhalé por la nariz y oculté las manos en los bolsillos de mi pantalón. Me dirigí hasta la estación de tren a pie, cabizbaja. Si bien no había pagado el trago, no cargaba conmigo suficiente dinero para costear un taxi. Además, debía irme pronto si no quería que este malnacido me pisara los talones. Silbé, aprovechando que el sonido que salía de mi boca se fusionaba con el de los coches y acababa siendo opacado por los mismos.

Estaría en serios aprietos mañana.