"I'm tired of the same shit happening again and again"
—Manténgase ahí. Mantenga... —me indicaba Félix entre murmullos. Podía llegar a oírlo porque se la pasaba dando vueltas a mi alrededor con la espalda recta, el pecho inflado, las manos entrelazadas por detrás y el mentón en alto—. Quédese quieta.
Como si no lo estuviese intentando.
Bien, me parece propicio aclarar unos puntos: en estos últimos meses pasaron cosas, no muy relevantes, pero sucedieron. La más remarcable de todas sería que, muy a mi pesar, el "extraordinario púgil" aceptó entrenarme. Elijo creer que lo hizo por Wang. De lo contrario, no encuentro otra explicación razonable a su elección.
Por otra parte, las rivalidades entre el rubio y yo no sufrieron modificaciones, seguían intactas. Manteníamos una tensión bastante cargada de por medio, propensa a detonar ante la más mínima perturbación, pero para evitar que eso suceda, nos pusimos de acuerdo —por primera vez— en hacer un esfuerzo por no provocar al otro de sobremanera estando en compañía del anciano. De este modo prevendríamos, a su vez, situaciones indeseadas que nos costarían un valioso día de entrenamiento. Ya de por sí fue difícil coordinar y dejar en claro nuestra disponibilidad de agenda como para mandar todo por el reverendo caño.
Ambos varones se dedicaron a enseñarme la práctica para principiantes. Debía realizar una serie de ejercicios antes de participar de un sencillo enfrentamiento con uno de los dos, quien, por lo general, era Graham.
Ahora mismo, me encontraba con el cuerpo de costado. Mi tronco se sostenía sobre mi pierna derecha, ya que la izquierda estaba en el aire, y tenía que hacer una sesión de cuarenta golpes seguidos por lo que me la pasaba estirando y flexionando mi extremidad inferior. El objetivo era poner en juego mi equilibrio hasta dominarlo, lo que me permitiría seguir avanzando en el boxe française. Mis brazos, por el otro lado, estaban uno contra mi tórax y el otro extendido tras mi anatomía. No faltaba mucho para que dominara este ejercicio.
Tenía los guantes de boxeo puestos y podía sentir la transpiración de mis manos debajo de ellos. Un asco. Hace no mucho habíamos comenzado y ya olía como un puerco. Para colmo, sentía una punzada en uno de mis muslos que me indicaba que no podría aguantar demasiado en esta postura. Casi alcanzaba la cifra establecida, pero me estaba mordiendo los labios internos de la boca para no quejarme en voz alta del dolor.
El de ojos grisáceos pareció notarlo.
—Siga, no falta mucho... —ordenó indiferente con la mirada perdida en algún sector del piso y con su barbilla siendo sostenida por dos dedos. Lucía absorto en sus pensamientos, sin ignorar lo que acontecía por fuera de su cabeza.
Presioné los dientes con bronca. Las piernas me temblaban, no estaba muy lejos de ceder y abandonar la actividad, más fue por otra razón que desistí. La testa me daba vueltas, me estaba poniendo ansiosa.
— ¡Quédese quieto, joder! —abandoné mi colocación de manera abrupta. Quise apretar los puños, pero era casi imposible. Me giré roja y sudorosa hacia donde se había detenido—. ¿¡Cree que girando en círculos cerca mío me ayuda a enfocarme!?
El infeliz por poco no pestañeaba, no se le movía un pelo. Su expresión permanecía impertérrita, ¿cómo demonios lo hacía? Bajo su perspectiva, estaba montando un espectáculo, de más está decir, innecesario.
Respiré de forma entrecortada, insistiendo con recuperar el aliento luego de alertarlo. Una oleada aún mayor que antes envolvía mi anatomía como una frazada.
A todo esto, el maestro Fu nos observaba a lo lejos sentado en una silla sin intervenir, de momento. Y hacía bien. Éramos fastidiosos, dejaría que nos matemos entre los dos. Era nuestro destino, así acabaríamos tarde o temprano, no íbamos a negarlo.
—No puede dejar que cualquier tontería la distraiga. De ser así, su oponente podrá vencerla sin siquiera tocarla —se limitó a contestar. Era mínima la separación existente entre su labio superior e inferior a la hora de modular—. No sea blanda.
Ante aquellas últimas tres palabras me bloqueé y repasé su definición cabizbaja. Me contuve para no dar una réplica espontánea, demasiado hiriente en un tono audible.
Suspiré. Me convertí en una olla a presión.
—Blandos sus huevos —susurré para mí entre dientes, chocando los guantes entre sí.
Noté que arqueó una ceja.
—Perdone, ¿qué ha dicho? —pesquisó, haciéndose el desentendido. Percibí en su modo de preguntar un ligero incordio.
Se suponía que no debía escucharlo, maldita sea. Espiré por la nariz.
—Nada, olvídelo —le solicité humillada. Me sentí una cría dando esa vaga respuesta.
Y lógico, como a mí, no le gustó una mierda.
—No se preocupe. Para refrescar su memoria, hará tres sesiones de puños sentados, veinte de cada lado —dispuso con naturalidad, ocultando su ofensiva. Intentó ladear una sonrisa, más no lo consiguió. Procuró ser discreto al inclinarse apenas hacia delante y decirme algo que solo yo pudiera oír. Ojeaba los costados—. A ver si con esto consigue mantener el pico sellado.
Por favor, ¿pretendía intimidarme?
—Absténgase usted y que sea rápido: el hocico le apesta —expuse una mentira que consiguió enmudecerlo para mi agrado. Inclusive le tembló una de las comisuras.
No tuvo deseos de objetar al respecto y sabiendo que es alguien que tiene la necesidad constante de dar a conocer su opinión, por más indeseada e irrelevante que sea, era llamativo que, por una vez, no lo hiciera. Aun así, no estaba descontenta.
El blondo movió la mandíbula hacia el frente e hizo morros con la boca.
—Con permiso —me excusé, yendo a buscar una toalla para estirar en el suelo.
Mi comentario lo había azorado en cierto grado. Cuando me alejé, Félix desvió la vista y se apartó de mi espacio para acercarse al maestro Fu, refunfuñando y semi-cubriéndose la boca para inspeccionar su aliento con disimulo. Fue gratificante simular que lo ignoraba mientras golpeaba en el aire. Ante esta escena, Wang se mostró animado: éramos su entretenimiento, era fácil de deducir, a pesar de que en ocasiones quisiera agarrarnos del cuello a ambos.
Lo siguió a Graham con los ojos, llevando dibujada una pequeña sonrisa burlesca en la cara, la cual, al parecer, le fue recriminada. Sin embargo, la misma fue suplantada por una risotada que lo hizo cabrearse aún más. Yo también reí, para mis adentros; no quería llamar su atención y volver a confrontar.
A la vez que ellos dialogaban entre sí, el rubio de pie y el anciano sentado, me limité a centrarme en el ejercicio asignado hasta completarlo con dolencias. Resoplé cuando me eché hacia atrás y estampé mi espalda contra la toalla que apenas separaba mi cuerpo del suelo. No pude recuperar el aliento que ya tenía la figura del blondo pegada a mi derecha. Cerré los párpados y alcé un brazo antes de que pudiese comenzar a hablar, enseñándole mi dedo índice para indicarle que se callara, que todavía me estaba recomponiendo.
No obstante, me observó de mala manera y, sin importarle lo que quise transmitirle, apresó mi muñeca y jaló de ella, levantándome con brusquedad. Me pegué un susto bárbaro que casi me desestabiliza. Estuve a nada de dedicarle una sarta de comentarios cuando me encomendó una nueva actividad. Me sacó la mano de encima y apuntó con sus grisáceos hacia el saco de boxeo, indicando que me le acerque. Intercalé mi mirada entre los dos antes de conducirme hasta el mismo cabreada.
Esperé que se aproximara y colocara a un costado para darme las instrucciones. Seguí sus movimientos atentamente hasta que se colocó en frente mío, pero detrás de la bolsa de arena, dejándola de por medio. Me pidió que efectuara distintos tipos de golpes con las manos —y los guantes—: jab, cross, hook, uppercut, y con las piernas: front kick, side kick, round kick. Así hasta satisfacerlo.
Había técnicas de pie que tenía que seguir perfeccionando. Estaba la espinilla baja, circular, lateral y reversa, y había métodos de giro, salto y pasos cruzados. Una vez que supiera todo lo mencionado con anterioridad, podría atacar con combinaciones e inventar estrategias que involucrasen fintas y golpes reales.
Para el final, accedió a una pelea dual. No pude alegrarme más, era lo único que me gustaba de todo este entrenamiento y me motivaba a terminarlo, además de, bueno, claro, adquirir experiencia para poder triunfar en un futuro próspero, si se quiere.
Hasta la fecha, estuvimos haciendo asaltos. En ellos, la confrontación violenta como tal está prohibida y se permite el uso de almohadillas protectoras, cascos y espinilleras. Consiste en tocar al adversario sin potencia de golpes, demostrando con ello la capacidad técnica y táctica del savateur para palpar. Distinto era el combate, que es a lo que ansiaba llegar. Este incluye contacto completo, similar al boxeo occidental. La intensidad de los porrazos está permitida y, es más, se valora para determinar el ganador de un duelo. Suena más interesante, ¿no?
Tanto él como yo nos colocamos el equipo necesario. Pude notar su incomodidad al traerlo puesto, y no lo culpaba, me pasaba lo mismo. Era preferible hacerlo sin intermediarios, más no era posible. Nos situamos manteniendo un distanciamiento prudente de por medio, realizamos el clásico saludo en señal de respeto mutuo, adoptamos la postura de "en Guardia" francesa y dimos inicio al enfrentamiento.
Golpe que va, golpe que viene. Fouetté, frontal, lateral, reverso, pie bajo, directo, gancho, uppercut, swing, cada uno tuvo protagonismo. Recibí las correcciones y repetí los errores tantas veces como fue necesario. Hasta ahí, reinó el orden.
Aunque todo lo bueno llega a su fin.
Graham estaba más irritado que de costumbre. Las pocas veces que me detuve a verle, ya sea estando en plena acción o en reposo, me di cuenta de ello. De un momento para el otro, se arrancó la protección de encima, lanzándola al suelo, temperamental. Fu y yo nos sobresaltamos en nuestros respectivos lugares ante su reacción.
— ¡Está haciendo todo mal! —bramó exaltado. El rostro se le estaba tiñendo de rojo y en el cuello le sobresalían algunas venas. Estaba fuera de sí—. ¿¡Realmente quiere llegar a participar de un combate!? ¡Demuéstrelo entonces y deje de actuar peor que un niño! Es penoso. No da cuenta de todo lo que le estuvimos enseñando.
Puse los ojos saltones y tragué pesado. No tenía idea que, bajo su óptica, había efectuado de manera errónea los golpes.
Aun así, me chocó cómo me lo planteó.
— ¿Cuál es la necesidad de acometer contra mi persona de ese modo? —formulé tajante.
El rubio pasó una mano por su frente y apretó por un segundo el puente de su nariz.
— ¡Es que no tengo otra forma de hacerle entender que es pésima! No distingo la disciplina, la predisposición, la voluntad, la ambición, las ganas... Y sin todo eso nuestro propósito de estar aquí reunidos se vuelve inútil. No tiene sentido —remarcó trastornado. Seguido de ello, se calló para intentar calmarse. Durante ese intervalo, ni el maestro ni yo abrimos la boca para no perturbarle. Más tarde se acercó, invadiendo mi espacio personal, y me apuntó con un dedo a la vez que me observaba frívolo—. Comprométase de lleno o abandone de manera definitiva. Wang y yo no estamos para satisfacer los caprichos de una niñata que no sabe lo que quiere, así que háganos el favor de tratar de ponerse de acuerdo consigo misma para no seguir alargando el asunto por otros interminables meses.
—Félix, respira, no te precipi...
— ¡Silencio, Wang! No te entrometas —lo interrumpió con un vozarrón, mirándolo desde el rabillo y enseñándole la palma de su mano izquierda para detenerlo. El problema, al igual que desde el génesis, era conmigo.
El susodicho se frotó los párpados, mientras yo estaba con el corazón enfurecido tras mis costillas, bombeando sangre a todo lo que da.
—Me estoy comprometiendo —aseguré con suficiente firmeza como para convencerle.
Más soltó una risa sarcástica y breve.
—No se nota. En absoluto —aseveró, poniendo los brazos en jarra. Se humedeció los labios, presionando al final la punta de su lengua entre sus dientes—. Cuando esté en su hogar, antes de dormir, repase con detenimiento lo que le planteé y tome una decisión al respecto. Encárguese de transmitírsela al maestro lo más pronto posible. Por hoy, he acabado con usted.
Elevé las cejas, atónita.
—No, no hemos terminado —remarqué con énfasis, hundiendo las cejas, a lo que no tuvo intención de replicar. Su despreciable conducta me estaba encocorando.
—Muchacho, no actúes con imprudencia —se reincorporó Fu a la conversación, pretendiendo retenerlo dentro del edificio. Se levantó de la silla para aproximársenos, más al hacerlo el blondo se corrió de sitio cabizbajo, preparado para juntar sus cosas.
Una parte de mí gritaba que lo deje ir, que no me tomase la molestia de perseguirlo, y otra quería enfrentarlo para enseñarle que había construido un prejuicio prematuro y desacertado de mi persona. Para cuando me decidí, inspiré profundo y me dispuse a encararlo. No obstante, fue demasiado tarde: Wang tomó ventaja sobre mí. No le había prestado atención en ese lapso que me quedé enfrascada en mi cabeza, por eso no pude prever su siguiente actuación. Se convirtió en una pequeña y poderosa bomba.
— ¡A ver! —vociferó irascible, asustándonos a los dos, pero por sobre todo al varón que se encogió en el lugar. Caminó hacia él, le pasó por un costado y se detuvo en medio del trayecto hacia la puerta, impidiéndole el paso. Lo señaló primero y después a mí, poniéndome bajo la mira—. Ninguno se mueve de aquí hasta que yo lo habilite.
El mutismo reinó unos eternos segundos y la incomodidad se adueñó en conjunto del ambiente. Una gota de sudor se deslizó retraída por la piel de mi cara, dividiendo la zona en dos partes asimétricas. El sonido de mis propios latidos aturdía mis tímpanos, ni siquiera el de mi respiración lograba igualarlo ni mucho menos opacarlo.
El anciano estaba iracundo como nunca y nosotros esperábamos las represalias.
— ¿¡Tienen acaso una minúscula idea de por qué me he quedado la mayoría de las clases presente!? —sugirió entre dientes. Se escaparon unas gotas de saliva de su boca y su rostro se mostró más arrugado de lo que ya era—. ¿No...? Bueno, se los diré: ¡porque son insoportables! ¡Y lo más factible es que no lleguen a nada más que a un interminable y absurdo conflicto si se quedan sin custodia! Tengo que estar supervisándolos como si fuesen un par de críos. Díganme, ¿ustedes consideran correcto que a mi edad esté haciendo esta payasada? Vergüenza debería darles.
Y sí, claro que lo hacía. Lo que nos echaba en cara era cierto, tenía razón y estaba en todo su derecho de reprochárnoslo. Bastante paciencia nos tuvo durante este período, no debería asombrarme que haya reaccionado.
Intercaló sus ojos entre nosotros para no perderse nuestras reacciones y saber cuándo continuar. Al parecer, la catarata recién estaba tomando forma para llegar a su auge.
—Este es mi último aviso, muchachos, y va para los dos por igual: empiecen a comportarse como lo que se supone que son, adultos, o sigan cada uno por su lado; olvidamos toda esta historia y no nos tratamos de nuevo nunca más —acentuó, presionando la yema de un índice contra la de un pulgar durante su discurso. Mantuvo un volumen lineal—. Tienen hasta el lunes entrante para aclarar sus pensamientos. Por tal, las reuniones de esta semana quedan suspendidas para que tengan tiempo a solas para charlar con sus... subconscientes.
Vi que el rubio movió un brazo. Al parecer, para acariciarse la mandíbula con cansancio. Eso fue todo. No había nada para decir.
La verdad que sintetizó bastante su discurso. Pensé que iba a despacharse todavía más. Pellizqué mi labio inferior y bajé la vista hacia el piso. Era mi oportunidad dorada: estaba recibiendo atención especial de parte de "profesionales" en el boxeo, una de las pocas cosas en las que me destaco, y lo estaba echando a perder gracias a una imprudencia infantil.
—Aclaren en este instante cómo quieren que sigamos: ¿practican o se largan? —demandó sin tapujos de brazos cruzados.
Recién ahí, Félix se atrevió a torcer la testa e inspeccionar por encima del hombro para encontrarse conmigo. Me miró para asegurarse de que estuviésemos pensando lo mismo. Levantó una ceja como señal de que quería estar seguro de nuestra resolución, y al obtener un gesto afirmativo de mi parte, revoleó los ojos, suspiró y se volvió hacia el mayor. Se quedaron viendo mutuamente.
—Hemos concluido —declaró con amargura en un tono, más bien, apagado.
Wang entrecerró los párpados. Lo examinó primero a él y luego a mí, desconfiado. Al final, acomodó su postura y se mostró altivo.
—Buena elección —opinó escueto, entrelazando las manos por detrás de la espalda—. Junten sus pertenencias.
Y tras aquellas palabras, con pesar, nos desplazamos y despojamos de las prendas que no eran de nuestra propiedad, dejándolas en el cuarto correspondiente, y las reemplazamos por aquellas que sí lo eran. Todo en completo silencio. Considero que ambos nos íbamos con una horrible sensación persiguiéndonos como fantasma.
Nos despedimos del maestro Fu en la entrada sin ánimos, ya que se quedaría para terminar de organizar el interior de la academia. Entre nos, en cambio, no hubo tal despedida ni un intercambio de miradas, y si existió, fue fugaz. Tan solo nos alejamos el uno del otro, cada quien yendo por un rumbo distinto y contrario. No me agradaba que nuestro codeo fuese así, pero mi orgullo tampoco me permitía actuar de otra manera.
Hoy no me había vestido como Marín, por eso el uso de sustantivos y adjetivos del género femenino de parte de Graham para dirigírseme, pero igual llevaba ropa masculina para ocultarme debajo. Para complementar, me acomodaba un poco el cabello y me ponía una boina para ceñirme al personaje. Esto resultaba beneficioso a estas horas para pasar desapercibida por otros varones y ahorrarme incordios.
No eran las diez de la noche siquiera y casi no había gente transitando, tampoco vehículos. Apresuré el paso para recortar tiempo y poder llegar más temprano a la estación de tren. Nadie vendría a mi rescate ni a auxiliarme. Me gustaría, muchísimo, pero sé que no es mi realidad hace años.
Me negaba a repasar lo acontecido, a seguir machacándome con problemas, a turbar la poca paz mental que podía establecer en mi cabecita. Tenía otras preocupaciones más cercanas, como cenar. Se me revolvían las tripas de solo pensar que no había ingerido un bocado de nada hace ocho horas.
Esta vez Gabriel no podría retarme.
