"I like people too much or not at all"

Sylvia Plath

Apoyé la cabeza contra el frío vidrio. Mi mirada estaba perdida en el paisaje urbano que desfilaba ante mis ojos a una considerable velocidad. Cuando me quería enfocar en una persona, la perdía de vista y debía elegir otra, y así sucesivamente hasta que vislumbré el nombre de una calle que me recordó la razón por la que estaba allí.

Me levanté de golpe, pidiéndole permiso por lo bajo al hombre que había tomado asiento a mi lado para pasar. Caminé hasta la parte trasera del tranvía y jalé del cable eléctrico sobre mi cabeza para llamar la atención del conductor, haciéndole entender que debía bajar en la siguiente parada. Me sostuve de una baranda para no tambalearme y caer, y con la mano libre me acomodé el cabello.

Al rato, el transporte se detuvo y abrió sus puertas instantes después. Llevaba prisa, así que bajé y no bien puse un pie en el suelo, intenté ubicarme en el espacio. Comencé a avanzar, girando la cabeza en todas direcciones hasta que pudiera hallar un cartel, un negocio, un sujeto, una estatua, algo con qué guiarme. Cuando creí encontrarlo, me dirigí en dicho sentido.

El sonido de mis tacones clavándose en la acera retumbaba por cada paso que daba. La luz del sol teñía casi cada rincón del centro, pero no lograba apaciguar el clima otoñal. Me detuve en una esquina, esperando que se despeje la calle para cruzar. Cuando vi una posibilidad, me mandé, pasé de largo y llegué en una pieza hasta la de en frente. Continué caminando por unos minutos hasta dar con la fachada de un edificio enorme cuya entrada estaba al final de una escalera de la misma dimensión. Subí, mezclándome con otras personas que entraban y salían de él.

Un hombre desde adentro tuvo la amabilidad de sostenerme la puerta y hacerse a un lado para permitirme ingresar. Le agradecí y me disparé como una flecha en búsqueda de alguien misericordioso que me oriente. El movimiento aquí era desmesurado, en su mayoría eran mujeres que de seguro nunca antes habían venido a este lugar. Distinguí a un varón tras una vidriera que podría serme de utilidad.

Fui hacia él. Acabé por apoyar una mano en la madera que sobresalía en la parte delantera, más al no notificarse de mi existencia, o pretender que no lo hacía, tuve que proceder a carraspear a propósito.

—Disculpe. —El tipo, cabizbajo, despegó los ojos del periódico que leía y los posó en mi persona. Llevaba puestos unos lentes que vacilaban en la punta de su nariz. — Buenos días, ¿me podría indicar dónde puedo localizar al señor Graham, Félix Graham?

De reacción lenta, intencional, se quedó en esa posición lo que pareció ser una eternidad hasta que suspiró desganado y desvió la vista hacia el exterior de la especie de cabina en la que estaba resguardado del mundo.

—El señor Graham está en su respectiva oficina. —Alcé mis cejas en señal de que precisaba más detalles. Era lerdo hasta para hablar. Comprendió el mensaje, por lo que tomó un bolígrafo y lo usó para conducirme en el aire. — Siga derecho hasta que se tope con unos pequeños cuartos cerrados. La mayoría tienen persiana, así que no podrá ver hacia dentro pero, para su suerte, en cada puerta está el nombre de aquel al que le fue asignado cada espacio. Vaya leyendo hasta que se tope con el que precisa.

Tomé nota mental y asentí.

—Merci —repliqué y me alejé para devolverle su tranquilidad.

Imagino que lo primero que hizo fue retomar su placentera lectura.

Esquivé a un par de féminas y hombres que estaban aguardando, avanzando o regresando de donde sea, y me conduje siguiendo las instrucciones recibidas. En efecto, de algún modo aparecí en el sector mencionado y empecé a leer de izquierda a derecha hasta dar con la que le pertenecía.

Me aproximé a la puerta y apoyé mi oreja y mis dos manos en ella con cautela. Estaba mal lo que hacía, pero poco me importaba. No había nadie merodeando por ahí que me pudiera atrapar y sermonear en público. Terminé por alejarme en cuestión de segundos al no oír con demasiada claridad lo que acontecía del otro lado. De todos modos, tenía certeza que estaba ahí: diferencié una voz. Acomodé mi ropa y estiré un brazo, emitiendo un par de golpes contra la madera y proseguí con girar la perilla y empujar.

Asomé primero la cabeza y pispié veloz su oficina. Al final, reparé en su silueta, dándome la espalda. Alcanzaba a verle la parte trasera de los hombros, su cabellera y la silla. Se hallaba de piernas cruzadas y tenía una oreja cubierta por el auricular del teléfono. Asimismo, sostenía el cuello de este delante de sí al estar dialogando con alguien.

Aproveché su distracción para terminar de adentrarme, produciendo un ligero ruido al cerrar. Tal lo alertó, sin escandalizarlo. A la vez que oía lo que su remitente tenía para comentarle, daba la media vuelta sobre el asiento. Se lo notaba anímico y entretenido. No obstante, cuando me divisó ante sí, su expresión facial se desfiguró. Me encantó. Y para joderle más la mañana, levanté una mano y aleteé los dedos en el aire, risueña.

Percibí que frunció los labios, conteniéndose para, muy probablemente, no pegar un grito bárbaro que le sirviera para descargarse. Infló el pecho al tomar aire y apoyó el aparato sobre el mueble.

Sus grisáceos no se apartaron de los míos.

—Arsène. Arsène, luego te llamo. —Seguido de ello, colgó con descuido. Fue inmediato, dudo que el enunciado haya llegado a abrir la boca. — ¿Qué se supone que hace aquí?

Ahora se dirigía a mí. Me apuntó despectivo con el mentón, analizándome de pies a cabeza. Estaba despistado e irritado, aborrecía el hecho que estuviese presente en forma física ante sus narices sin haberle avisado. Tan solo lo tomé desprevenido.

Y esa era la idea principal.

—Estoy bien, gracias por preguntar —insinué sarcástica. Me acerqué para ahorrarme el elevar la voz y quedarme alejada como si cargase la peste.

Ante mi réplica, meneó la cabeza y pasó una mano por su boca. Terminó por pellizcarse el labio inferior, liberándolo al llegar al final de su barbilla y, rápido, se empujó con la silla hacia atrás. Se levantó de forma abrupta y bordeó el escritorio hasta colocarse delante, erguido y cruzado de brazos, obligándome a retroceder.

Separó los labios y endureció sus facciones.

— ¿A qué demonios ha venido? —insistió firme, remarcando cada palabra con evidente molestia. Se inclinó en el sitio y me abordó con el objetivo de infundir en mí cierto temor y no perder así su credibilidad.

Por el contrario, me resultó ridículo.

—Necesito hablar —me encogí de hombros—. Vine a discutir un tema que le concierne.

Félix se abrió un hueco en el mueble, corriendo una pila mediana de hojas escritas a máquina y con tinta, así como una pluma, un lápiz y una carpeta. Apoyó los glúteos sobre el borde central del mismo e intercaló una pierna por delante de la otra.

— ¿De carácter urgente? ¿Y no ha podido contactarme en otra circunstancia más oportuna? —Inquirió de mala gana, arqueando una ceja—. No tengo tiempo libre para dedicarle. Por si no sabe, existe algo llamado "trabajo" y estoy en medio de eso ahora mismo. Apreciaría que tuviese la gentileza de hacerme el favor de retirarse.

Zarandeé la testa.

—No voy a entretenerlo mucho. Prometo ser breve —revelé con el mismo humor.

El cabrón entrecerró los ojos. De seguro estudiaba qué podía hacer para deshacerse de mí, cuáles eran las posibilidades de que accediera a marcharme dependiendo de sus acciones. ¿Sería capaz de entregarme cinco minutos de su preciado tiempo o terminaríamos agarrados de los pelos?

Acabó por hincar el diente y resoplar, quitándome la mirada de encima, misma que, sin embargo, regresó pronto.

Lucía oscura y carente de emoción.

—Comience antes que me arrepienta de haber aceptado —me solicitó atribulado.

—De acuerdo —accedí de inmediato—. ¿Cuándo termina su jornada?

Graham arrugó en entrecejo y después de estarme viendo por un minuto, pasó la lengua por sus labios y se removió.

—A las seis —respondió finalmente. Había dubitado, no estaba seguro de su decisión.

—De ser así, véame en Square Saint-Lambert a las ocho —sentencié, flexionando los codos y entrelazando las manos a la altura del abdomen.

Ante ello, parpadeó un par de veces.

— ¿Con qué fin? —elevó la barbilla, cruzando los brazos contra el pecho.

Tanteé para mis adentros.

—Ser un poco más... amistosos, si se quiere —ladeé una sonrisa jovial—. Fu nos ha pedido que definamos qué queremos hacer. Sé que no le es relevante, al fin y al cabo ha aceptado formar parte de esta... travesura por motivos ajenos a mi persona. En cambio, yo dependo en parte de usted para poder esclarecer mis ideas y llegar a una conclusión. No le pido nada de otro mundo. Estaré sentada en una banca con un libro en mano para que nuestro encuentro luzca casual e imprevisto. De este modo, no le será necesario tener ojos en la espalda para asegurarse que no le reconozcan conmigo.

Oyó con atención cada palabra. Echó la testa ligeramente hacia atrás, exponiendo con mayor claridad su cuello y su nuez de Adán, misma que sobresalía. Acto seguido, subió una mano hasta él y se rascó debajo del mentón, el cual estaba impoluto, sin rastros de vello, como la piel de un bebé.

Mi inspección se vio interrumpida cuando una risa reverberó en su garganta.

— ¿Ha venido hasta aquí tan solo para transmitirme eso? —cuestionó intrigado, con la vista adherida en el techo. Una pequeña curva se había trazado en su rostro.

—Estaba de paso por la zona —contesté para saciarle la duda. No era mentira, más no iba a entrar en detalles—. ¿Acepta?

Bajó los ojos hacia mí y acomodó la posición de su cabeza, centrándola.

—Si respondo que sí, ¿promete irse? —inquirió, impaciente por despedirme.

—Si no se presenta, le prometo volver —lo desafié, saturada de su constante presión.

Su primera reacción fue tensar la mandíbula. No le simpatizó mi comento.

—Ha hecho una pésima elección de locación. Nos moriremos de frío. —Despegó las posaderas del escritorio de golpe, apenas balanceándose sobre los pies. Me tomó desprevenida por los hombros y me dio la media vuelta, dejándome frente a frente con la puerta. Al final, se inclinó para hablarme cerca de la oreja. — Permítame abrirle.

Muy a mi pesar, a mis espaldas, me obligó a moverme y avanzar hacia donde él quería. Si bien poseía fuerza, era insignificante a comparación de la suya. No había forma de librarme del agarre sobre mis clavículas.

Recién me soltó cuando me plantó al costado de la entrada, su objetivo. Apoyó una mano encima de la perilla y antes de girar y tirar de ella, se dirigió a mí sonriente. Era esa curvatura tenue y maliciosa que me dedicaba con cierta regularidad. Por lo general, cuando las cosas salían a su favor.

—S'il vous plaît, no se presente en este sitio nunca más e intente pasar desapercibida cuando salga. —Fue directo y rotundo. En lugar de implorar, me demandó con acidez.

—No será sencillo —repuse.

No bien jaló hacia el interior y abrió la puerta, miró por el rabillo del ojo hacia el otro lado y halló algo ante sí que provocó un cambio radical en su imagen. No podía asimilarlo. Se acomodó la elegante corbata sobre su camisa, ajustándola, y se volteó con ligera sorpresa y gratitud hacia aquello que había alertado sus sentidos de buena manera. De cotilla, avancé y me asomé. Era un evento que no podía perderme.

Percibí un gruñido, pero no lo tuve demasiado en cuenta. Ante mi figura, estaba la silueta de una mujer casi de mi edad, de cabello castaño, ondulado, recogido, y unos preciosos ojos avellana decorados por una capa de pestañas negras. Sus labios eran medianamente gruesos y tenía una figura envidiable; su apariencia era un deleite para cualquiera que supiese apreciar la belleza humana. Ahora podía comprender por qué la reacción del varón, pero aun así no acababa de convencerme. Esto solo justificaba un porcentaje. Graham no es de los que se impresionan fácil, había más.

La fémina intercalaba apabullada su mirada entre el semblante turbado del rubio, como consecuencia de mi inescrupulosa actitud, y mi indescifrable expresión por querer extraer más datos de su personalidad.

—Disculpen, llegué en un mal momento —se excusó avergonzada de haber interrumpido una hipotética situación.

Aclaré mi visión parpadeando, abandoné mi análisis y me centré en tiempo y espacio. Esta joven era una ternura y pensaba darle mi opinión sobre su suposición cuando la voz masculina del blondo se alzó por encima de la mía, forzándome a sellar los labios.

—Para nada, señorita Rossi —sentenció en un tono, me atrevería a decir, cortés y pacífico. Quedé asombrada, era la primera vez que lo escuchaba pronunciar algo de tal modo—. La señorita... ya se estaba retirando.

En esta ocasión, se refirió a mí. Me es indiferente la razón por el cual no llegó a mencionar mi apellido, igual, hasta para remitirse a mi persona sonó amable. Era increíble. Estaba presenciando un acto maravilloso, inigualable, una faceta suya que no imaginé que llegaría a conocer.

Caí en cuenta de que tenía cuatro ojos viéndome con dos intenciones que diferían por completo entre sí. Debía decir algo o esto se volvería insoportablemente incómodo.

—Oui, c'est vrai —afirmé la validez de lo dicho por mi opuesto. El mismo tenía sus grisáceos clavados en mi nuca y se sentían como una pistola. La fémina, por otra parte, se relajó un tanto al oírme—. Con permiso.

Me interesaba de sobremanera lo que sucedía entre ese par. Era patente que existía un asunto de por medio, reconocido o no, y me encargaría de averiguar en qué consistía en otra ocasión. Si bien la vida personal de Graham no me significa una prioridad, no puedo negar que necesito una dosis aceptable de cierto entretenimiento para sobrellevar la intolerable monotonía.

Los abandoné y me conduje por el camino que tomé en un inicio. Me centré en mi entorno: en estos instantes, había menos gente que cuando llegué. No obstante, el sujeto que me brindó las indicaciones para encontrar al rubio seguía en el mismo sitio con el mismo periódico en mano. Sopesé y acabé por arriesgarme. Me aproximé hacia su cabina, le golpeé el vidrio con la zona de mi mano donde se encuentran las falanges mediales y conseguí que se sobresalte.

Previo a permitirle que me insulte en voz alta, aparté apenas el sombrero de mi cabeza para despedirme y me largué tan rápido como me lo permitieron los pies. Empujé la puerta, casi llevándome a alguien por delante, y bajé las escaleras entre risas, atolondrada. Pegué un salto desde el penúltimo escalón, cayendo sorprendentemente bien en el suelo.

Acomodé mi flequillo, tomé una bocanada de aire, oculté las manos en los bolsillos de mi abrigo y emprendí marcha hacia el consultorio médico en el que me hacía ver. Hasta que llegué, me atendí y todo, habré demorado dos horas. Era impresionante la cantidad de féminas que se presentaban.

De ahí, me dirigí a la estación de tren para volverme al pueblo e intentar no perder por completo mi día laboral. Me reincorporé a la actividad no bien me presenté y estuve allí rompiéndome el lomo hasta que concluyó. Nino nos alcanzó a Alya y a mí hasta nuestras respectivas casas, y cuando arribé fui directo a la ducha para pegarme un buen baño. Gabriel no llegó ni a saludarme.

Me higienicé tan pronto como pude, teniendo presente mi reunión de esta noche. Al concluir, por supuesto, agarré un vestido bonito, las medias can-can, un par de zapatos, un buen abrigo y un sombrero. Emprolijé mi cabello y me maquillé sin realizar mucho esfuerzo, bastaba con cubrir las marcas de cansancio. Posteriormente, salí de mi habitación, bajé las escaleras y antes de franquear la puerta, le avisé a mi suegro qué había quedado en el refrigerador.

De esta manera, regresé a la parada de tren, me monté en el interior de aquel que tenía trayecto hasta París y viajé con la inquietud de no querer llegar tarde. No cargaba un reloj conmigo, no podía darme el lujo de tener uno, así que solo me quedaba cruzar los dedos y rogar no ser impuntual.

Cuando llegué al parque, después de un verdadero paseo, me ubiqué en una banca bajo un farol que conseguía iluminarme y observé a mi alrededor con caución. No lo identifiqué por ninguna parte, por lo que intuí que aún no aparecía. Lancé un suspiro, aliviada, y saqué el libro que había seleccionado al azar de mi biblioteca para mantenerme ocupada en la espera.

No pasó mucho hasta que tuve la sensación de que una figura, salida de la nada, avanzaba en mi dirección. No había tránsito a esa hora, así que existía una amplia posibilidad que fuese él o un degenerado. Para mi fortuna, quien se sentó a mi costado, era aquel que esperaba con invitación.

—Pensé que lo del libro era un decir —sentenció con los brazos recargados sobre el respaldar. Tenía las piernas cruzadas y su cabeza apuntaba en sentido opuesto hacia donde me hallaba, por lo que no supe cómo es que llegué a comprenderle tan bien.

De fondo se oían algunos coches circulando, así como el ruido del viento rozar contra las hojas tanto de los árboles como de los arbustos y algunos escasos zapateos.

—Puede comprobar que no lo fue. Después de todos los reclamos reiterativos con los que me recibió, lo menos que podía hacer era tratar de asegurarme de no ponerlo bajo compromiso. —Di vuelta la página, siguiendo la lectura a medias. No podía centrar mi atención en muchas cosas.

— ¿Se supone que debo estarle agradecido por ello? —Ahora sí torció la testa hacia mi figura. Me miraba con el ceño fruncido. — ¿Acaso quiere que le dé las gracias explícitamente por las molestias?

—Haga como quiera. Me da lo mismo —me limité a responderle. Qué grosero que era.

Por un momento, desplazó los ojos hacia el frente y escrudiñó el panorama.

—No puedo creer que haya gente a esta hora —comentó en voz alta. Quizá era un mensaje para sí mismo que, sin querer, compartió conmigo. Me observó por el rabillo—. Es medio ridículo que se disponga a leer en este horario. No es creíble.

Tuve ganas de cerrar el libro de un sopetón y revoleárselo por la cabeza, más me supe contener antes de cometer una ridiculez.

A ver, tenía razón. En primer lugar, me negaba a poner un pie de nuevo en uno de esos bares cutres que se le venían a la mente para evadir a la gente pudiente con la que se rodeaba, y en segundo lugar, no creí que hubiese un sitio más adecuado que este. En realidad, no di muchas vueltas al asunto.

— ¿Le importaría no expresar sus quejas por un maldito minuto? —Me aferré con más fuerza a la tapa dura del mismo, descargando mis energías violentas.

Ante mi demanda, se mostró impasible.

—No tengo la culpa que haga incoherencias —se defendió despreocupado y encogió los hombros. A continuación, acomodó el aspecto de su abrigo y mejoró su postura.

—Y yo no tengo la culpa que nunca le hayan enseñado a mantener la boca cerrada —retruqué ofendida por su carácter de mierda. Dejé el libro sobre mis muslos y volteé mi rostro enfurecido hacia él—. Insolente.

Apretó los dientes, tensionado.

— ¿Así planea que establezcamos un vínculo decente entre nos? —manifestó con cólera en un volumen por debajo del común.

—Oh, no intente echarme toda la responsabilidad encima. Usted también tiene su parte. —Lo apunté con un dedo. — Ambos, con nuestras respectivas personalidades, acabamos arrastrándonos mutuamente hasta esta situación.

Chasqueó la lengua. En esta no podía llevarme la contra por más que quisiera.

—Cuénteme su maravilloso plan para recomponer el clima, entonces. Para eso me hizo venir hasta aquí, ¿no es cierto? Ese fue el pretexto. —Entrelazó las manos y giró su cuerpo hacia mi persona, demostrando cierto grado de interés en la propuesta.

Aquello me puso algo nerviosa.

—No existe un plan como tal, tan solo se me ocurrió que podríamos intercambiar intereses, ya sabe... Datos para poder conocernos un poco —me explayé tanto como pude. No creí llegar tan lejos.

Hundió las cejas y estuvo viéndome como si le hubiera hecho una sugerencia indecorosa.

—Créame que lo último que necesito es trabar una amistad con usted. No somos nada, jamás lo seremos —declaró disgustado.

—Bien, pero intentemos pretender que, al menos, somos conocidos —propuse, buscando alternativas aceptables—. Mal que le pese, lo necesitamos. Más bien, lo necesito.

—Ajá, ¿y por qué tendría que hacerle ese favor? —planteó altanero. Me rebajó con la mirada, haciendo una mueca—. Si usted abandona, a mí me beneficia: dejo de malgastar mi tiempo en su inercia.

—Es evidente que no aceptó entrenarme por nuestra relación y entiendo que mi retirada equivaldría a una buena noticia para usted, ¿pero sabe qué? No pienso renunciar —deletreé de forma exagerada para que quedase claro—. Estoy aquí porque esto me importa. Fui a buscarlo a su trabajo porque no tengo ganas de volver a ser echada de esa academia como un pobre animal. Le estoy solicitando que me dé una jodida mano para salir adelante. ¿Tanto le cuesta dejar de comportarse como un canalla y tener un mínimo de empatía?

No obtuve una réplica inmediata. Lo observé agachar los ojos y acomodar su posición sin una expresión facial en concreto. Más bien, parecía estar repensando en su propia nube mental lo que podría expresar a continuación. Esto era excepcional, por lo general, le salía natural. Era impulsivo e intransigente, no medía el poder de sus palabras una vez sentenciadas.

No obstante, esta ocasión no era así.

—Me desagrada —masculló, metiendo una mano en un bolsillo de su abrigo, pero pronto la quitó y se inclinó apenas en el lugar para rebuscar a mayor profundidad, ahora, en el pantalón. Al final, extrajo un paquete de cigarrillos de buena calidad.

Arqueé una ceja.

—Le desagrada la idea que tiene de mí —agregué, corrigiendo parte de su veredicto—. Se guía por una apariencia, aquella que conoció hace casi cuatro meses, y desde entonces no me permitió demostrarle que no soy ese ser abominable que imaginó.

Le causó cierta gracia.

— ¿Qué? ¿Hay más que deba saber? —interrogó haciéndose el sorprendido, pésimamente mal. A propósito, con ironía.

—Se pierde de mucho —me jacté.

Extrajo un pulcro cigarro blanco de la caja y, entre dos dedos, se lo llevó hasta el centro de la boca, quedando bordeado por sus labios y apresado por sus dientes. Infiltró una mano debajo del abrigo y sacó su famoso encendedor del bolsillo delantero del traje. Aproximó la llama para prender la punta del faso, luego se oyó el sonido de la tapa del mechero cerrarse de golpe.

Devolvió el mismo a su sitio original y absorbió el humo de tabaco, el cual saldría por su nariz instantes después.

—Su esposo está en la guerra, ¿no es así? —soltó, con la mirada perdida en algún sector.

Su pregunta me hizo tensar la mandíbula. Eligió retomar el diálogo teniendo como punto de referencia nuestra anterior e infortunada plática. Con desconfianza, acabé por menear la cabeza, asintiendo.

—Sí —añadí por lo bajo, acariciando las hojas del libro con cuidado de no cortarme.

— ¿Y qué sabe? —Me observó de refilo.

Resoplé y pasé la lengua por mis labios. Quizá accedí a contarle porque necesitaba alguien desconocido con quien descargarme. A mis amigos no podía seguir atormentándolos, suficientes miserias llevaban consigo; a Gabriel debía protegerlo, ser cautelosa con la información que le brindaba de su hijo predilecto, omitiendo ciertos detalles que sabía que podían afectarle; y a mi madre, bueno, debía darle su espacio. Confraternizar no era posible.

—No ha querido relatar demasiado —revelé afligida con honestidad—. Sin embargo, lo poco que describió me erizó los pelos.

Inevitablemente, me sobé los brazos.

—Tiene suerte que haya logrado escribirle —se animó a mencionar. Dio una calada.

—En realidad, él ha tenido suerte de haber encontrado a alguien que le dé una mano con ello. Es analfabeto —remarqué con seriedad—. Doy por sentado que está al tanto de su significado, es una característica que muchos comparten, por desgracia.

Lo vi menear con suavidad la testa. Acto seguido, nos sumimos en un lacónico silencio. Tuve la necesidad de seguir contándole sobre él, las cosas buenas que podía rescatar. No obstante, me mantuve callada para no resultar asfixiante: Adrien era mi fascinación y con tranquilidad podía estar horas adulándolo sin detenerme.

— ¿Cree en Dios? —formuló. Esta vez no esquivó mi mirada, la buscó.

Pero yo la corrí hasta las páginas abiertas y la dejé ahí. Mi vista se nubló y suspiré.

—He dejado hace tiempo —murmuré.

— ¿Desde que se fue? —puntualizó.

No reconocía si estaba siendo cortés, amable, falso o un simple curioso.

—Desde que esto empezó —aclaré amargada, haciendo memoria de aquel lamentable día—. No me entra en la cabeza como un supuesto Dios padre, misericordioso, permite que ocurra un desastre semejante entre sus hijos.

Noté que revoleó los ojos.

—Esto no corre por cuenta suya, es culpa nuestra —declaró subjetivo—. Él debe querer que, con esto, aprendamos a concebir al otro de otra manera. No podemos vivir en sociedad persiguiendo los conflictos entre nosotros. De ser así, es probable que acabemos viviendo en una distopía.

— ¿Usted por qué está aquí? —largué sin cuestionármelo primero. Soné medio tosca y eso le llamó la atención. Elevó ambas cejas.

—Simulé una lesión que me dio ventaja por un determinado período —replicó escueto, interpretando de manera correcta mi pregunta. Relajó sus facciones, mostrándose agraciado—. Luego vine aquí, a Francia, escapando de mi nación. No me avergüenzo.

— ¿De dónde es usted? —inquirí. No me imaginé que no era ciudadano francés.

—Inglaterra —comentó—. De no haber recibido ayuda, estaría donde su marido y otro millón de hombres están dando la vida.

No agregué otro comentario al respecto.

— ¿Qué me dice de la señorita Rossi? —me atreví a consultar—. Italiana, he de suponer.

Por mi insinuación, se ahogó con el humo del cigarro. Arrancó a toser bruscamente con un puño delante de la boca para no escupir. Quise intervenir para ayudarle, pero no me lo permitió: me corrió a un lado de un manotazo. Estaba colorado y molesto.

—Es hija del dueño del banco, no hay más —pronunció con voz ronca, todavía esforzándose por recuperar el aliento.

—Vaya, aspira a lo grande —admití jocosa y por ello me asesinó con sus grisáceos.

—Qué disparate semejante —criticó entre dientes—. Espero que lo de hoy no se repita. No quiero volver a encontrármela merodeando por ahí. Caso contrario, me encargaré de restringirle la entrada.

—Dudo mucho que le den permiso para hacer algo así —opiné impertérrita.

—Puede llevarse una sorpresa —indicó con seriedad, lanzando el cigarrillo a medio consumir al suelo para pisarlo con la punta de uno de sus zapatos. Frunció los labios.

—Sorpréndame, entonces —alenté con ganas, tomándole el pelo. Por ello, conseguí arrebatarle un gruñido. Fue gracioso.

Luego de mi provocación, no hubo diálogo. Tuvieron que pasar unos minutos para que nos volviésemos a dirigir la palabra.

Dentro de todo, no fue un pésimo encuentro. Fue más ameno que cualquier otro que experimentamos anteriormente.

os anteriormente.