"Remembering is only a new form of suffering"

Charles Baudelaire

Salir a correr por el campo a las cuatro de la mañana era una verdadera hazaña. El sol todavía no aparecía, por lo que andaba casi a oscuras entre la tierra, las cosechas y los múltiples insectos; la luz de la luna enfocaba muy tenuemente el camino. Salía vaho de mi boca cada vez que la abría para respirar, lo que dejaba constancia del frío que hacía.

Según Félix, debía mantener mi estado físico en los días que no tuviese entrenamiento, así como ganar masa muscular. Bajo su punto de vista, tenía un cuerpo muy delgado y necesitaba subir de peso, por lo que también me encomendó una serie de alimentos que me ayudarían a alcanzar el prototipo de mujer luchadora que tenía. Acepté, total yo sabía lo que quería y podía hacer, aparte convengamos que no tenemos economías muy similares.

Y sí, seguimos conformando un equipo. En aquella reunión en el Square Saint-Lambert establecimos nuestras peticiones y llegamos a un acuerdo por mutuo consenso: recibiría clases de boxeo con la condición de no afianzar lazos entre nos. Nos mantendríamos neutrales sin sobrepasar el límite de 'conocidos'. A su vez, aunque costó convencerle, seleccionamos dos seudónimos para referirnos al otro en situaciones que requieran discreción. Y digo que fue conflictivo porque no le agradaba (antes y ahora) el apodo que elegí para ambos, en especial para él, ni la explicación que le brindé para fundamentar mi elección.

Lo bauticé como "Chat Noir" teniendo en cuenta la vieja historia de que los gatos negros son símbolo e imán de la mala suerte, y consideré que Graham podía encarnar bien un personaje singular como este. En cambio, yo me apodé como el antagónico: "Ladybug", representante de la buena suerte. Opuestos complementarios. Se me hizo una excelente idea que él no supo apreciar.

Para añadir, repasamos algunos detalles, como recordar cuándo debía llamarme Marín o Marinette. Era imprescindible que sin importar su estado de humor no se olvidara de ello. A comparación mía, era más propenso a decir algo que no corresponde durante un ataque de ira. Recuerdo que refunfuñó cuando le comenté aquello.

Desconozco cuántos metros transitaba desde mi casa ida y vuelta, pero sé que terminaba exhausta, no viendo la hora de bañarme. Desaceleré a una cierta lejanía hasta frenar, apoyé las manos sobre mis rodillas, encogiéndome y encorvando la espalda. Procuré recuperar el aliento y aquietar mis pulsaciones. Era una mezcla de sudor, suciedad y calor junto con la ropa vieja y desgastada de Adrien que en el último año dejó de entrarle. Era la misma que utilizaba para los enfrentamientos conmigo, así que me llenaba de buenos recuerdos.

Me reincorporé y dispuse a regresar. Empecé caminando, y a medida que me fui sintiendo mejor, opté por trotar para llegar temprano. En cuestión de alargados minutos, visualicé la parte trasera de nuestra vivienda y apresuré la marcha. Disminuí la velocidad de mi andar cuando me fui aproximando a la entrada, subí dos escalones para refugiarme bajo el techo y quedar ante la puerta, misma que abrí. Me adentré agitada y cerré, apoyando la espalda encima de ella.

Como había mencionado anteriormente, iba a darme un baño. Cogí un balde y lo cargué con agua de la cocina, lo llevé conmigo escaleras arriba, me descambié rápido en mi recámara y me conduje hasta el baño, introduciéndome helada en la estrecha tina. De a poco, me fui echando agua, pues no había hecho tiempo de calentarla, así que debí aguantarme su temperatura. Pasé a frotar la barra de jabón contra mi piel, desde mi estómago hasta mis clavículas. Para el final dejé mis pies y piernas, aparte de mi genital. Habré estado unos diez minutos desde que ingresé hasta que me enjuagué y salí.

Envolví mi tronco en una toalla y apoyé los pies sobre una remera vieja y desgastada que utilizábamos como alfombra y trapo de piso. Sequé rápido cada zona de mi cuerpo, tratando que no se me olvide ninguna, y regresé a mi habitación para colocarme el uniforme del trabajo que le pertenecía a Adrien, al cual solo tuve que hacerle unos ajustes para que no quedara tan holgado.

Regresaba a la planta baja cuando me sobresalté al escuchar una voz lejana pronunciar por mi nombre. Presioné los párpados y bajé del último escalón maldiciendo. Hice morros con la boca y me conduje hasta el sitio de donde provino el llamado. La puerta estaba entreabierta, así que lo único que tuve que hacer fue empujarla despacio hacia adentro. De esta manera, asomé la mitad de mi anatomía, logrando diferenciar a Gabriel entre las sombras. Se hallaba sentado sobre la cama.

—Marinette —volvió a mencionar mi nombre para asegurarse que fuese yo. Aun así, reconocía mis pasos y mi aroma.

—Gabriel, disculpa. No quería cortarte el sueño —expresé realmente apenada.

—No puedes cortar algo que no existe —repuso—. Cada vez me vuelvo más viejo, duermo menos y acabo por desvelarme.

—Igual; te he privado del poco rato de descanso que puedes gozar —agregué, recargándome contra el marco de la puerta.

—Descuida. —Hizo un gesto con la mano, quebrando la muñeca, en señal de que le restaba importancia. — ¿Qué hora es?

—Alrededor de las cinco menos cuarto —sentencié, haciendo cálculos aproximados—. ¿Quieres desayunar o te lo dejo preparado?

—No, no, te acompaño... —Sacudió la cabeza a la par que negaba, luego dobló su anatomía hacia la izquierda y apoyó las plantas de los pies en el suelo. Al querer levantarse, sosteniéndose de la mesa de luz, se tambaleó un poco, por lo que tuve el impulso inmediato de socorrerle. — Yo puedo, querida. Déjamelo a mí, ¿sí?

Consiguió erguirse, soltando un quejido al final. Manoteó el bastón que llevaba consigo a todas partes y se fue desplazando con su ayuda hasta plantarse delante mío.

Gabriel Agreste estaba en sus cincuenta años, pero había que reconocer que, para su edad, estaba muy desmejorado. A medida que pasaba el tiempo, su visión iba empeorando, no le faltaba mucho para perderla por completo. A su vez, padecía problemas respiratorios que derivaban de un viejo trabajo en una fábrica que despedía gases dañinos. Tuvo que retirarse por voluntad propia, reconociendo que la situación no podía seguir estirándose o acabaría peor. Nadie se hizo cargo.

Por este motivo, decidió rehacer su vida en las afueras de la ciudad, llevándose consigo a su madre y su hijo. Emilie, a quien consideraba la mujer de su vida, falleció durante el sueño uno de esos invariables días. Dentro de todo, podría afirmarse que se fue en paz. No obstante, como es de esperarse, su partida agravó la situación de su cónyuge, quien ya de por sí cargaba el malestar de abandonar un curro medianamente digno con sus contrapartidas.

De acuerdo a lo que Adrien me había contado, viniendo de boca de su abuela, su padre cambió muchísimo; lo golpeó de forma directa este devenir abrupto en su familia, más no lo suficiente para derrotarlo. Con el dinero recaudado por la venta de ambas casas —la suya y la de su madre— consiguió lo suficiente para poder comprarse un terreno donde instalarse. Por unos meses, mientras construía lo que sería su futuro hogar, se estuvieron hospedando en la casa de un solidario conocido que les ofreció un espacio para acomodarse por un período.

Una vez que la construcción tomó forma, ya pudiendo hablar de una propiedad hecha y derecha, se instalaron en la misma de forma definitiva, sin olvidar el enorme gesto de este sujeto para con ellos. Por supuesto que además de prepararle un postre a él y su familia como muestra de agradecimiento, pagó la estadía como correspondía.

El mañana fue condescendiente: llegó a mantenerse activo por unos cuantos años hasta que su salud decayó estrepitosamente. Durante ese lapso, Adrien estuvo bajo la custodia de su abuela hasta su óbito, entonces debió aprender a manejarse por sí solo, a transformarse en autónomo. El Agreste mayor se tomó la molestia de explicarle y enseñarle qué debía hacer y qué no, pero el rubio era un muchacho como cualquier otro: muy inquieto y desinteresado en adquirir responsabilidades que lo excedían. Frente a este comportamiento, no hubo otro remedio que sentarlo y plantearle cómo eran las cosas, explicarle en dónde estaban parados, cuál era su realidad actual.

Tras este monólogo, entró en razón, así fue como se convirtieron en uña y mugre. Gabriel, a pesar de las complicaciones, no dejó de asistir al trabajo hasta que no consideró a su unigénito apto para desempeñarse en el mundo adulto. Tenía mucho camino por delante que le faltaba recorrer y esta falta de conocimiento le generaba desconfianza. Se rehusaba a largarlo desprovisto tan pronto. Sin embargo, el joven trató de convencerlo de que ya era el momento; le dolía ver a su progenitor en esas condiciones, llevando a cabo un laburo inadecuado para su estado.

Luego de un sinfín de intentos fallidos, acabó desistiendo, dándole la razón. De este modo, con trece años de edad, el menor desplegó sus alas y se atrevió a dar el gran salto hacia el mundo de los grandes. Así fue como lo conocí: venía a París todas las mañanas a ejercer la labor de repartidor de diarios y me lo cruzaba en numerosas oportunidades en vehículo cuando la acompañaba a mi madre al salón de alta costura del cual era propietaria. No era más que un simple, inocente y casual cruce de miradas, pero yo quise ir más allá. Y vaya que fue una excelente decisión de mi parte.

En fin, para cerrar con la idea central: Adrien se convirtió en un pilar de suma importancia para Gabriel, quien continuó desmejorándose con el correr de los años. A este decaimiento se le sumó la partida de su descendiente a la guerra, la cual le afectó peor que la muerte de su esposa y de su madre, y aceleró su declive. Lo destruyó, lo sumió en una tristeza inmensa que se reflejaba en su lenguaje corporal.

Estando juntos en la misma morada, nos acompañamos. Después de todo, ambos habíamos despedido a la misma persona y lo que esta representaba para cada uno, por sobre todo, era nuestra fuente de amor.

—Adelántate, ya te alcanzo —me indicó, acomodando su agarre con el bastón.

No medité, fui directo a hacer lo que traía en mente. En la cocina, encendí una vela para alumbrarme, calenté la pava con agua y preparé unos panes tostados con manteca que luego llevaría a la mesa para compartir. No era abundante nuestra primer comida del día, ya que los dos estábamos acostumbrados a no comer en exceso por falta de apetito. Con una tostada nos conformábamos. Podría decirse que el estómago se nos daba vuelta por la mañana cuando sobrepasábamos cierto límite.

Escuché sus pasos a mis espaldas, mientras chequeaba que la temperatura del agua no sobrepase la requerida. Después fue el ruido de la silla correrse hacia atrás lo que oí, y luego hacia adelante, ya con él sentado encima de ella. Supuse que había dejado el bastón a un lado, como de costumbre.

Apagué el fuego, acerqué dos tazas y llené cada una, agregándoles un saco de té. Las deposité en la mesa delante al igual que el pote de azúcar, una cuchara, la mantequilla, la espátula para untar y los panes. Incorporé la vela cerca del final del mueble, me ubiqué en frente a Gabriel y le aproximé la taza. Estaba manoteando en el aire para ver si lograba palparla, pero al ver que no tenía resultado, le di un empujoncito.

—Gracias —dijo tímidamente. Apresó el recipiente entre sus manos y lo acercó a su boca, donde se detuvo para soplar.

Lo imité, aunque me quedé viendo hipnotizada el interior del mismo.

— ¿Va todo bien? —preguntó.

Inspiré, dejando la porcelana de nuevo en la mesa. Tallé mi cara y rezongué.

—El sueño persiste —me excusé—. Estoy cansada, sin ánimos. Quiero hundirme en el colchón y no volver a despegarme de él.

Él negó, produciendo un sonido con la lengua y los dientes. Estaba descontento.

—No podemos permitirnos caer de esa manera, no habría vuelta atrás —expuso con seriedad—. Sería muy laborioso salir de ahí.

Espiré profundo por la nariz.

—Lo sé... —me limité a murmurar, cruzando los brazos y apoyando mi espalda contra el respaldar. Torcí la testa.

— ¿Cómo está el clima afuera? —consultó, reposando su taza sobre el mueble una vez que hubo bebido parte de su contenido.

—Helado. Todavía no ha salido el febo —desarrollé, recordando la sensación de hace minutos. Luego corrí un mechón de pelo que se interpuso en medio de mi rostro—. Espero que no le tome mucho más aparecer...

Gabriel pareció concordar. Dio un sorbo de su recipiente y relamió su labio superior.

— ¿Hay novedades? —quiso averiguar por lo bajo. Era una pregunta sensible tanto para él como para mí, y cada vez que la hacía, se me venía el peso del mundo encima.

Hablaba de Adrien. La última vez que recibimos una misiva de parte suya fue para año nuevo, hace tres meses. En ella, redactó:

"Querida Marinette, querido papá,

Esta guerra no es más que un juego de masacre en el que se nos lleva como vacas o corderos al matadero. Es una carnicería.

No tengo la más remota idea de para qué debemos seguir luchando, quizás para que los periódicos puedan publicar una historia que no es real. Quien desea que esto continúe no puede ser llamado nunca más ser humano.

Estoy cansado de vaciar los bolsillos de soldados que agonizan o caen muertos: todos llevan cartas que habían escrito pocos días antes, casi todas manchadas de sangre, algunas incluso perforadas. Se me anuda el estómago cuando me escucho decir en voz baja que ese quizá sea también nuestro destino, que puede que la última noticia que reciban de mí sea un pedazo de papel y un retrato de cuando aún sonreía.

Estoy desesperado por volver con vida; ustedes son lo único que me mantiene de pie y me permite seguir avanzando. No dejen de escribirme y leerme, por favor.

Atentamente, les quiere, Adrien."

El alma me volvía al cuerpo cuando había noticias de él, más al leer se me cortaba el aliento. No era capaz de hacerme una idea siquiera del escenario diario que pasaba por delante de sus ojos. Ponerme en sus zapatos me era imposible, y cuando llegaba la hora de replicar a una de sus epístolas, me quedaba en blanco. No tenía idea de qué debía hablarle. El panorama de este lado tampoco era el más agradable y mi intención no era castigarlo con más flagelos. Omití muchos detalles a lo largo de estos años de los sucesos que tuvieron lugar aquí.

Las calles estaban llenas de mentiras, descontento, agonía y desconsuelo, y puertas adentro era lo mismo. La vida se había vuelto gris de algún modo para todos.

El Agreste mayor estaba más orientado respecto a lo que sucedía en el mundo exterior que yo, no era ignorante. No solo me hacía leerle los diarios locales, sino que prestaba especial atención a las noticias que salían de la radio, las cuales, según yo y muchos otros, en general no eran ciertas o estaban contadas a medias. Alguna que otra vez se la habré apagado, ese aparato endemoniado te quemaba la cabeza.

En relación con lo anterior, concertó abordar el tema muy por encima y enfocarse en los aspectos más positivos. Consideraba que mis aventuras eran una buena opción, más yo temía que si la carta era leída por alguien más antes de llegar a manos de Adrien, la tomasen en serio y viniesen a buscarme para meterme en un loquero.

De todas formas, al no haber hallado nada mejor que narrar, busqué la manera de comentárselo sin ser explícita. Y lo entendió. Me transmitió lo mucho que lo contentaba esa noticia, resaltando que al conocerme no esperaba menos y que me lo merecía sin dudas. No veía la hora de regresar.

—Nada —repliqué a secas. Para evitar tener que seguir hablando y emocionarme por los recuerdos, acerqué la porcelana a mi boca y bebí el té, queriendo ahogarme con él.

Hacer hincapié en nuestro talón de Aquiles era inevitable, pareciera que disfrutáramos el torturarnos con ello con constancia, aunque no es necesario remarcar que no nos genera ningún goce. Y no importa cuánto lo intentemos o queramos, siempre terminábamos hablando de él de un modo u otro. Era un maldito círculo vicioso.

— ¿Has hablado con tu madre? —me cuestionó, atrapando un pan con la mano. Rebuscó la manteca y la espátula, mismas que acabé agarrando al igual que su tostada.

Ah, ella. ¿Por qué no la había traído a vivir conmigo si estaba en la misma situación que nosotros? No quiso, sin más. En primera instancia, no le parecía correcto convivir con otro hombre que no fuese su marido; y en segunda instancia, le resultaba despreciable tener que retomar los viejos hábitos y recrear la época en la que ella y yo cohabitábamos bajo un mismo techo.

De todas formas, no me preocupaba su decisión. Es independiente desde que tengo uso de razón, siempre se manejó sola. No tenía un pelo de estúpida. Y ahora que su pareja ya no estaba en el mundo terrenal, pues pereció al año de haber iniciado la guerra, puedo asegurar que atravesaba su mejor momento. Nunca la noté tan bien.

Reconozco que Sabine ha dado lo mejor de sí para conmigo, para transformarme en lo que ella consideraba que tenía que ser: una auténtica mademoiselle. Para ello, tuvo que luchar contra su esposo y contra mí en múltiples ocasiones hasta el cansancio. A veces no se escuchaban entre sí, pero le permitían al otro despacharse con total libertad, sin interrupciones. Catarsis pura. Otras veces, mi madre acudía al retiro: tendía a irse de la casa y no aparecía hasta dentro de unas cuantas horas. A diferencia mía, mi padre no se inquietaba por sus desapariciones, confiado de que tarde o temprano asomaría su cabeza por la puerta.

Desde entonces, el vínculo con ella ha sido tenso. Jamás desistió del todo de la idea de cambiarme y estoy segura que si se enterase de la existencia de Marín, además de horrorizarse, me desconocería como hija de sangre. Ya bastante tuvo que soportar con mi compromiso con Adrien, a quien consideraba un joven y rústico pordiosero con cara de ángel y cuerpo de hombre.

A pesar de no haber querido tratar demasiado con él y su progenitor, muy en el fondo sabía que no le desagradaban tanto como lo manifestaba de la boca para afuera. Los dos se comportaban con una educación superior a la de cualquier hombre refinado cuando se trataba de modales. En particular, con ella eran súper atentos cada vez que venía a visitarnos, cosa que le fascinaba. Mi madre siempre disfrutó ser atendida por los demás, se daba el gusto cada vez que podía.

—No. Prefiero no llamarle —admití a secas.

Acabé de untar y le devolví el pan.

— ¿Por? —indagó interesado.

—Considero que no ha de tener nada novedoso para comentarme —repliqué rotunda, con fastidio. El Agreste se percató de eso en buena hora y optó por no hacer ninguna otra pregunta de esa índole.

—De acuerdo —aceptó incómodo—. ¿Esta noche podrás llegar a leerme un libro?

Alcé la vista hacia él y lo observé.

—Espero —murmuré—. En mi ausencia, no escuches tanto las noticias. Mejor ve afuera, toma un poco de aire fresco y si quieres, revisa la huerta. Con suerte habrá algo.

—Como digas —bisbiseó.

En los minutos siguientes concluimos el desayuno sin emitir palabra, lavé las vajillas tan velozmente como me lo permitieron los brazos y salí a los apurones de casa tras despedirme de Gabriel, rumbo a la faena diaria donde vería a mis amigos, una de las partes rescatables de este infierno viviente.