"What happens in the heart, simply happens"
Ted Hughes

Puse los brazos en jarra y relamí la comisura derecha de mi labio, indignada.

—Ya era hora —vociferé al ver su silueta.

Debió haber estado aquí hace largo rato, pero recién se mostraba por el lugar.

Con absoluta parsimonia, prácticamente ignorando el hecho de que acabo de dirigirme hacia su persona, cerró la puerta y se quitó el sombrero de la cabeza, colgándolo en el delgado perchero de pie situado en un sector junto con la chaqueta gris oscura que portaba consigo. De espaldas, giró el cuello formando un semi-círculo para tronárselo, luego se volteó y caminó semi-cajizbajo, vacilando con un botón de su armilla.

Percibí que esbozó una mueca cuando estuvo más próximo a mí y se frenó.

—Lo lamento, se me ha hecho tarde —ofreció unas disculpas vacías.

Dicho esto, acabó por desligar todos y cada uno de los botones y prosiguió con quitarse la prenda a medida que retomaba la marcha y volvía a avanzar hasta los casilleros.

—Sí, ya veo... —comenté, siguiéndolo atenta—. ¿Se puede saber en qué andaba?

A mí me demandaba tanto que no veo por qué no podía hacerlo yo también. Al fin y al cabo, no estoy subordinada a él y tengo derecho a exigir lo mismo que se me exige.

—Es lo de menos —mermó despreocupado, desbloqueando un locker con facilidad.

Extrajo del interior un par de pantalones y zapatillas que depositó encima de una banca.

—De ser así, asumo que no tendrá inconveniente en contármelo —aseveré, cruzada de brazos y con las cejas alzadas.

Noté que frunció el ceño.

—No veo por qué debería —declaró, deslizando la camisa blanca por sus brazos para removerla, quedando con una camiseta deportiva del mismo color cubriéndole el torso. La acomodó al igual que el chaleco.

Avancé en su dirección y me detuve unos tres casilleros antes del suyo, recargué la parte derecha de mi cuerpo encima del mueble y relamí mis dientes delanteros.

—Ha tenido una cita —di por sentado.

—No —denegó, moviendo la cabeza. Cerró la puerta del locker de un sopetón, lo que causó un estruendo que me alarmó.

A pesar de ello, intenté mantener la compostura para no perder mi imagen.

—No fue una pregunta —aclaré, observándole el rostro para no perderme ni el detalle más insignificante e imperceptible.

Tras pronunciar dichas palabras, se acercó sosteniendo entre sus brazos el pantalón y el calzado que sacó previamente del casillero. Me escrutaba con sus calculadores grisáceos.

—No fue una suposición acertada —retrucó insípido. Lo había mosqueado.

Me chocó sin ser brusco al pasar por un costado para encaminarse hasta el baño. Antes que se metiera en él, torcí la testa y lo miré por encima del hombro golpeado.

—Vio a la señorita Rossi —aseguré.

No obtuve una réplica inmediata, más conseguí que se quedase en medio del ingreso. Sumado a ello, se sonrió.

— ¿Por qué lo dice? —preguntó jocoso, pretendiendo desentenderse del tema.

Me la dio servida en bandeja.

—Huele a ella —detallé sonriente. A la vez, me fui volteando con lentitud hacia sí.

Y con ello lo desconcerté por completo. Si bien sabía simular, ya me daba cuenta cuándo algo le chocaba y cuándo no. En este caso, era la primera opción porque sus facciones, sin quererlo, se mostraban un pelín más rígidas de lo usual. También, por lo general, movía la mandíbula hacia un costado. Esta vez no lo hizo; tragó pesado.

—No sabe qué decir para llamar la atención —indicó imperativo, aleteando de forma exagerada los dedos de la mano.

No esperó para meterse en el baño. Chasqueé la lengua y me arrimé para no perderlo. Acabé deteniéndome en el marco, sin traspasar, a pesar de haber dejado la puerta abierta. De todas formas, lo veía.

—Si tan equivocada estoy, ¿por qué se enfada? —inquirí, haciéndome la falsa desentendida. Esperé su respuesta.

—No me gustan los mentirosos. —Desabotonó su pantalón y no se lo quitó. Estaba parado ante el lavabo y el espejo que lo acompañaba, a través del cual me observaba. Permaneció silente unos segundos para ver si me desaparecía, más al notar que no cumplía con lo especulado, se vio obligado a encomendármelo de forma explícita y malhumorada. — ¿Le importaría otorgarme un minuto de privacidad?

— ¿Le importaría sincerarse? —rebatí.

Graham presionó los párpados y se apoyó en la superficie de cerámica, controlando su respiración. Tenía la espalda arqueada y se le asomaban algunas venas en los brazos debido a la tensión que ejercía en ellos.

Al final, se distanció, empujándose hacia atrás. Su rostro se encontró con el mío y su cuerpo comenzó a avanzar hacia mí. Estaba hecho una furia, no sabía con exactitud que planeaba hacer. Cuando lo tuve delante, con unos centímetros interponiéndose entre nosotros, me fue casi imposible enterarme en tiempo y forma que me había cerrado la puerta en la cara. Me eché hacia atrás de la impresión cuando caí en cuenta de lo que acababa de acontecer. Lancé un suspiro.

—Inmaduro... —mascullé, golpeando la punta de mi lengua contra los dientes inferiores, provocando que se arquee—. ¡No debería tener vergüenza de hablar de esto!

No me contestó. Fruncí los labios y giré sobre mi eje, encaminándome hacia el área de entrenamiento. Deposité una mano en mi cabellera húmeda, la cual rasqué, y de la nada me entraron unas ganas de bostezar.

Habrán pasado unos dos, tres minutos hasta que escuché un sonido a mis espaldas, el cual sabía muy bien a quién pertenecía. Me asomé simplemente para ver qué hacía.

—Agarre un bastón —ordenó con estrictez, apuntando con el mentón hacia donde estaba el montón, a la vez que se vendaba las manos con una cinta elástica blanca.

Recorrí con los ojos hasta toparme con el sitio indicado al cual, claro está, me acerqué. Tomé uno y retrocedí sobre mis pasos. Félix no tardó en agarrar uno y plantarse en paralelo a mí para arrancar de una vez.

La Canne se utiliza tanto para desarmar al contrincante como para inferirle el daño suficiente para que abandone. Este ejercicio, en el ataque, se basa en seis técnicas, combinaciones y otros elementos; y en la defensa, se acepta la parada y la evasión. Una evasión puede ser un paso, un salto o agacharse. También hay cinco estocadas: avant, arriére, extérieur, balance stance y grenouille. No practicábamos esto a menudo, pero de tanto en tanto probábamos.

Estuvimos con esta actividad, por lo menos, durante una hora. Luego cambiamos a las series de piernas y brazos en el suelo hasta concluir con los golpes de puño y las patadas contra el saco y las manos de Graham.

Lo cierto es que terminamos un rato antes de lo usual. Lo noté cansado y más cascarrabias de lo normal, no tan reluciente y enfocado como veces anteriores. No sé por qué no le pidió a Fu que lo sustituyese. De todos modos, apreciaba —obviando el hecho de que llegó tarde— que se mantuviera leal a su palabra de ser mi profesor en este trayecto con paradero desconocido.

Me gustaría pensar que estos encuentros, aparte de ser una responsabilidad, le suponen "un respiro" de su agitada rutina. Dentro de todo, el deporte le aficiona.

Al finalizar con la clase, me mandó a cambiar mientras él hacía lo mismo en el baño. No me dejaba utilizarlo, salvo para hacer mis necesidades primordiales, así que debía cambiarme en el mismo sector donde practicaba y ser rápida para que no me pillase semi-desnuda. Sería el colmo.

Imaginé que una vez listos me pediría que me fuera. No obstante, lo primero que hizo fue buscar una silla en condiciones y sentarse en ella con las piernas distanciadas. Infiltró una mano en el bolsillo interno de su chaqueta, extrajo su famoso paquete de cigarros y removió uno de adentro. Se lo colocó en la boca, presionándolo entre los incisivos, devolvió a su sitio la caja y sacó un encendedor, prendiendo fuego la punta. Instantáneamente se produjo un humo.

Tomó el faso y trasladó su atención a mí.

—No hace falta que se quede —especificó, recargando los codos sobre sus hinojos.

Curvé una ceja, incrédula.

—No tengo prisa —declaré.

Me miró de refilo. Inconforme, agachó la vista y mordisqueó su labio inferior, golpeteó la punta de su nariz con un pulgar y se volvió hacia mí, tomando aire primero.

—Fue... una invitación discreta e indirecta a que se largue de aquí —comentó y presionó los labios entre sí para no reírse de mí.

Ante ello, parpadeé perpleja.

—No tengo intención —remarqué y para reforzar mi postura, crucé los brazos.

Puso los ojos en blanco y se relamió los dientes. Hizo el intento de pedírmelo "con amabilidad" para ver si accedía y lograba despedirme de esta manera. No lo consiguió, así que tendría que fumarme en pipa.

—Como prefiera —desistió a regañadientes, acercando el cigarrillo a su cavidad bucal.

Esperé para perturbarle. Tomé una silla y la situé delante de sí, me senté en ella y le hice una seña con ambas cejas, a ver si podría regalarme un pitillo del montón.

Hastiado, con el suyo colgándole de la boca, interceptó una de sus manos nuevamente en su abrigo y me lanzó el paquete encima de imprevisto. No llegué a agarrarlo, se me resbaló de los dedos, pero terminó en mi regazo. Lo miré de mala gana mientras removía uno del interior y me lo quedaba. A diferencia suya, se lo extendí en mano.

Ahí se efectuó un intercambio: él me prestó su encendedor y yo le devolví la caja. Quemé el extremo de mi cigarro y se lo devolví tan pronto como salió humo de tabaco desprendido. Absorbí del otro lado.

—Puede platicarme de la señorita Rossi. Quizá hasta le sea útil: podría ayudarle a resolver alguna inquietud. —Dejé mi antebrazo derecho en alto y mantuve el faso quieto entre mi índice y corazón.

Presionó los párpados cuando escuchó mi planteo. Habrá hecho una cuenta regresiva hacia atrás para no exaltarse, mientras canalizaba su atención en su respiración.

Acabado el ejercicio, me observó de refilo.

—De todas las mujeres que conozco, usted sería la última a la que le haría una consulta —menoscabó con indiferencia—. Ha de tratarse de un caso excepcional si llego a precisar alguna vez de sus "servicios".

Lancé un suspiro.

—Entiendo que hemos quedado en no traspasar los límites de 'conocidos', pero tampoco puedo dejar ni aceptar que me trate con semejante desdén —aclaré ofendida. Luego hice una pausa—. Ya lo hemos dialogado. Por favor, haga un esfuerzo por sonar más cordial al dirigírseme. Intento a toda costa mantener cierta estabilidad entre nos, más no puedo hacerme cargo al cien por ciento de ella. Necesito de su colaboración.

Tenía sus ojos insulsos puestos en mí.

—Efectuando ese tipo de solicitudes logra quebrar la armonía —explicó neutral, apenas moviendo los labios para pronunciar.

Eché el cuello hacia atrás. Me hizo gracia.

—No podemos simplemente no hablar —aclaré con una sonrisa entrometida.

—Podemos hablar de ciertos tópicos —especificó, haciendo énfasis en el campo reducido de tópicos que estaba dispuesto a mencionar a lo largo de nuestra relación.

Dio una calada a su cigarrillo.

—Se genera una monotonía —repuse.

Ladeó la cabeza y expulsó el humo de tabaco a través de los orificios nasales.

—No sea cotilla. —Podría decirse que se trató de una súplica. Entrecerró los ojos y torció una mueca que elevó su cachete.

Arqueé una ceja.

—Usted averiguó un pedazo de mi vida personal afectiva, así que creo que me corresponde conocer la suya. —Lo apunté con un dedo, ante lo cual ni se mosqueó.

Nadie la ha obligado a hablar —remarcó.

—No quise ser apática e incivilizada. Lo mínimo que puedo hacer ante una pregunta es responderla —me justifiqué, aguardando una reacción de su parte—. Por favor, no se puede estar hablando siempre de lo mismo. La situación afuera es agobiante, no hace falta seguir dándole protagonismo en las charlas. Se puede abordar un tema distinto.

Lo noté reacio a la propuesta, como de costumbre, más me sorprendió que tuvo la gentileza de no cortar el diálogo ahí.

— ¿Cómo supo que era italiana? —planteó un interrogante inesperado, fingiendo desinterés. Desvió la vista, a la vez que acercaba de nuevo el cigarro a sus labios.

Me alegró su iniciativa, a pesar de haberle tenido que llamar la atención primero.

—Fácil: no solo su apellido la delata, sino también su acento. Domina el francés, se entiende cuando habla, más tiene esa tonada propia de Italia —expliqué con brío.

Noté que arrugó el entrecejo, extrañado.

— ¿Acaso ha visitado Italia? —cuestionó, torciendo la testa en mi dirección.

Meneé la cabeza de izquierda a derecha.

—No he ido, me encantaría —detallé—. Tengo un conocido que me contó alguna vez cómo había sido la vida allí en su debida época. Ahora él vive aquí, en Francia, más nunca perdió el dialecto que, casualmente, coincide con el de la señorita Rossi.

No emitió comentario. Al parecer, lo dejé satisfecho con la réplica que le supe brindar.

— ¿Está enamorado? —me aventuré a formular. No quise dejar lugar al silencio.

No obstante, él lo hizo. Adoptó una postura reflexiva con el mentón recargado sobre el pulgar y los dedos restantes cubriendo la parte externa de la boca. Su mirada estaba perdida y la mandíbula tensionada. Se corrió la mano del rostro y relamió sus labios, acomodando su postura sobre la silla. A continuación, se aclaró la garganta.

Esa falta de inmediatez para emitir una contestación me hizo dudar de su seguridad.

—No lo sé —murmuró. Posó su mirada en mí por un segundo, pronto la desplazó.

Me lo veía venir.

—Pero le gusta. —Adelanté el cuello y alcé ambas cejas, queriendo dar a entender con ello que precisaba que me asegure que no estaba equivocada. — Se nota, y bastante.

Félix suspiró, desinflando el pecho.

— ¿En qué sentido? —curioseó.

—Se muestra más idiota de lo usual —sentencié con franqueza—. Me sorprende nomás que su humor no haya cambiado.

Lejos de lo que esperé, no se molestó por mis palabras. En cambio, obtuve una reacción inusitada: una sonrisa torcida acompañada de un suave carcajeo.

Me quedé viéndolo por unos instantes hasta que acabé siguiéndole la corriente. Por un rato no hubo ruido alguno más que nuestras finas respiraciones y el suave golpeteo de la punta de uno de sus zapatos contra el suelo.

Acerqué el pitillo a mis labios, di una pitada y dejé escapar por un leve hueco el tabaco tras haberlo incorporado en mi organismo.

— ¿Cuál es su nombre? —inquirí finalmente, haciendo referencia a la fémina.

Sus ojos grisáceos encontraron los míos y me analizaron con detenimiento. No comprendía por qué se lo cuestionaba, razón por la cual demoró en soltar la respuesta.

—Lila —pronunció con su tono habitual de voz. Aun así, denotaba desconfianza.

Sacudí con lentitud la cabeza de arriba-abajo, procesando la información.

—Lila... —repetí en un susurro para mí misma—. Qué bonito. La enaltece.

El rubio se removió en el asiento, inquieto. Con lentitud, se inclinó hacia delante.

—Perdone, pero no puedo evitar querer plantearle lo siguiente —Vaya, primera vez que se disculpaba al principio de una oración. ¿Cuánto le duraría? —: ¿está muy segura de que no es una invertida?

Ahg, Graham, veníamos bien.

— ¿Por qué lo dice? —retruqué, cruzando las piernas y levantando la barbilla.

Se encogió de hombros con obviedad.

—Suena como si le atrajera la señorita Rossi —describió. Acto seguido, aproximó el cigarrillo a su boca y dio una calada de él.

Hundí las cejas.

—Es una mujer hermosa, ¿qué tiene de malo que lo reconozca en voz alta? —manifesté protestando. Encontraba ilógico su pensamiento—. Usted lo hace.

Aquello no le simpatizó. Se echó hacia atrás, endureció sus facciones, me observó con severidad y alejó el faso de su cavidad.

Jamás he dicho eso —denegó contundente, expulsando humo a la vez.

Abrí bien los párpados.

— ¿Y por qué no lo ha hecho? —Enderecé la espalda. — ¿No lo piensa? Debería hacérselo saber. Estoy segura que le encantará oírlo.

—Se está desviando del tema... —advirtió entre dientes, queriendo evitar que continúe explayándome sobre su terreno personal.

—Y usted está evadiendo mi pregunta —alegué con una falsa sonrisa maliciosa.

—No retomemos este absurdo juego, se lo pido —solicitó agotado, poniéndose un freno a sí mismo para no excederse con respecto a su enfado—. ¿Es o no es una invertida?

—No, no lo soy. No me gustan las mujeres —dejé en claro con molestia—. Y ya que estamos, utilice otro término menos despectivo para referirse a quienes sienten atracción por personas de su mismo género.

Una risa reverberó en su garganta.

—Hasta las defiende... —masculló al mismo tiempo que se tallaba la frente. Lucía arrepentido de formar parte de este diálogo.

Me puse seria.

— ¿Por qué no lo haría? —consulté.

Por eso me observó como si fuese estúpida.

— ¡Están enfermas! No se les puede dar la razón por sus incoherencias —remarcó—. Necesitan algún tipo de atención médica profesional para reacomodar lo que sea que les perturbe la cabeza de ese modo.

—No hay nada que arreglar ni corregir —discrepé, negando con la testa—. Ellas son así, sienten con el corazón, como usted y como yo. No eligen a quien querer, pero quieren. Al fin y al cabo es amor.

Presionó los párpados, repugnado.

— ¡Cállese! —clamó de manera imperativa—. No vuelva a hacer mención de ello. Es inconcebible una cosa semejante.

—Bien, como prefiera, más no puede pasarse la vida ignorando lo que sucede —avisé, dando una pitada de mi pitillo—. Tarde o temprano tendrá que interiorizarse, ya sea por las buenas o por las malas.

Se arrimó sobre el asiento, intimidante.

— ¿Es una amenaza? —me increpó con el reflejo presente de un semblante crispado.

—Para nada, le estoy haciendo una recomendación para que después no se asuste —aclaré relajada—. Retrocediendo: ¿qué me dice de lo que le pregunté?

—No le incumben mis razones —se rehusó.

— ¿Están saliendo? —interrogué.

—No —sentenció con firmeza.

— ¿Tuvieron una cita? —seguí.

—Fue una reunión —me corrigió.

—Cita —retruqué vacilona.

—No, reunión. La palabra es correcta —expresó de mal temple—. Ha habido más personas involucradas en el encuentro.

—Pero... —lo alenté a que continuara.

No entendió o se hizo el que no.

— ¿Pero qué? —Encorvó una ceja.

Lancé un suspiro.

—Después estuvieron a solas —concluí, completando por él la frase al ver que no tenía predisposición en colaborar.

—Solamente cuando la llevé a su casa —aclaró, permaneciendo en silencio una brevedad hasta que sus ojos se cruzaron con los míos—. ¿Por qué me mira de ese modo?

—La ha subido a su coche —destaqué, jugueteando con el cigarrillo.

—Es lo menos que puedo hacer —se encogió en el sitio—. No voy a dejarla a merced de su suerte en medio de la noche.

—A mí me deja —contrapuse con seriedad.

Bufó, arrastró la vista hasta el suelo y pasó la lengua por sus dientes delanteros. Aguardó un lacónico tiempo en silencio.

—Nuestra relación es diferente —acentuó, agotado de repetir lo mismo. Recargó su cabeza contra los nudillos de la mano cuyo brazo descansaba en el apoyabrazos.

Elevé la vista al cielo.

—Siga respaldándose tras esa excusa hasta que pierda valor —lo alenté con fastidio—. Tan solo admita que no quiere y punto. Es preferible que sea honesto antes de tener que oírlo recitar el verso de siempre.

Se encogió de hombros.

—Ya lo ha dicho usted, ¿para qué repetirlo? —añadió, tomando mis palabras como suyas.

—Hijo de puta... —refunfuñé, corriendo el rostro al costado contrario a su ubicación.

Mi cometido estaba completo, no había más por indagar. Despegué las posaderas de la silla, sintiendo un ligero dolor en ellas al haberlas aplastado por un considerable período. Suspiré, di una calada al cigarro y lo llevé conmigo hasta que saliera para arrojarlo en algún cesto público.

Félix me observaba.

— ¿Ocurre algo? —consultó con sosiego, expulsando el humo por su boca.

—Nada —pronuncié—. Me voy.

Caminé a pasos firmes hasta la puerta. Tenía la camisa, el saco, los pantalones y zapatos correspondientes puestos. Extraje de un bolsillo el falso bigote y lo fui toqueteando para que se adhiriese a la piel entre medio de mi nariz y boca. Cuando quedó medianamente bien, pasé una mano por mi cabello, acomodándolo hacia atrás.

Una vez lista para partir, apoyé la mano sobre la perilla y di vuelta la llave.

—Que le vaya bien —deseó por educación desde su locación, elevando la voz.

Gruñí para mis adentros.

—Jódase —sentencié en un volumen neutral. Era probable que no lo haya escuchado, y si lo hacía, no me importaba.

Afuera cerré de un portazo que retumbó en el interior, resoplé y tomé mi rumbo.