Disclaimer: Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de Ayşe Üner Kutlu. Yo solo adapte y mezcle los personajes.


Beteado por: Annie Cullen Swan-Tudor Boleyn.


Capítulo 14.

Bella se acercó sigilosamente a Edward, lo observó por un momento, estaba tan inmerso en el plano que dibujaba. Admiró sus hábiles y firmes dedos, que realizaban trazos impecables sobre la hoja, había disfrutado hacerlo enfadar, pero disfrutaba aún más cuando estaba relajado y tranquilo.

—¿Aún tienes mucho trabajo? —le preguntó Bella.

—Sí —espetó.

—Edward… —él se detuvo, y esperó a que continuara—. Si quieres puedo ayudarte a dibujar los planos.

Edward estaba sorprendido, la miró con una ceja levantada.

—¿Tú?

Bella asintió, con una suave sonrisa adornando sus labios. Edward suspiró, sin duda ella no dejaba de sorprenderlo, nunca sabía que era lo siguiente que iba a salir de su boca y eso hacía que siempre estuviera a la defensiva.

—Primero mira lo que puedo hacer, y después me juzgas. —inquirió Bella, viendo la duda reflejada en sus ojos verdes—. ¿Qué es este prejuicio?

—Bueno… muy bien, toma —Edward le extendió unos planos y unas hojas en blanco adicionales—. Inténtalo.

Bella estaba más allá de estar emocionada. ¡Estaba extasiada! En su vida no podría concebir un mejor tutor que él, y sin duda alguna, pensaba aprovechar al máximo estos dos meses, le serviría de mucho cuando finalmente pudiera continuar con su carrera.

Bella tomó asiento y si bien Edward estaba acostumbrado a trabajar siempre solo, la presencia de Bella a su lado no le molestaba y debido a que su vida últimamente estaba llena de giros y sorpresas, ni siquiera se inmutó ante esto.

Varios trazos después, Bella sonrió satisfecha mirando su trabajo, se levantó cuidadosamente y extendió el plano frente a Edward.

—¿Hay alguna cosa que quieras añadir? —preguntó Bella, mirándolo con cautela. Su felicidad duró poco cuando vio a Edward doblar la hoja frente a ella y rasgarla en tres pedazos—. ¿Qué pasa? ¿Porqué lo estas rompiendo? ¿Qué es lo que no te gustó, mi técnica?

—No, la técnica es muy buena.

—¿Entonces? —exclamó Bella, sorprendida. Edward seguía dibujando.

—No tiene alma.

—¿Qué me estás diciendo?

—Si vas a empezar a actuar como un niño, puedes irte, no tengo tiempo para esto. —Bella se mordió la lengua con fuerza.

—Muy bien, tienes razón. —asintió—. ¿Qué no te gustó? ¿Cuál fue el problema?

—Técnicamente, ya tenemos computadora que hacen excelentes dibujos, queremos unos planos que puedan mostrar la identidad del edificio y el alma del jardín. —Bella lo escuchó atentamente y asintió ante cada palabra.

—Lo haré de nuevo.

—Si no me gusta, lo volveré a romper —advirtió.

Bella tomó la plantilla de círculos, juego de escuadras, lápiz, se ajustó el cabello con las gafas y empezó la acción. Hizo cientos de trazos, coloreó, borró y en algunas ocasiones, se encontró lanzando miradas de reojo hacia Edward.

Pero cada que le mostraba a él su dibujo, recibía la misma respuesta.

—De nuevo.

Lo rompió.

—De nuevo.

Lo destrozó.

—De nuevo.

Lo tiró al otro lado de la habitación.

Y cada vez que él hacía eso, ella asentía y tomaba rápidamente otra hoja nueva para empezar con el mismo proceso, pero siempre modificando, siempre buscando la manera de llegar al objetivo, y eso hacía que los ojos de Edward brillaran al mirarla cuando ella estaba inmersa en su dibujo, la miraba mover ágilmente sus delicadas y habilidosas manos, sonreía ante cada suave bufido que salían de sus labios.

—De nuevo.

Ella suspiró.

—De nuevo.

Ella bufó.

Edward estaba casi seguro que Bella estaba a punto de llegar al punto de quiebre, y no fue más que admiración ante su persistencia que lo hizo levantarse de su asiento y pararse a un lado de ella, inclinándose sobre su plano, empezó a explicarle y a corregir ciertos errores.

El corazón de Bella latía desbocado, y sintió que su alma volaba alto cuando la mano de Edward rodeó la suya e hizo un trazo habilidoso sobre la hoja. Tragó saliva con fuerza y obligó a sus sentidos a volver a ella.

Finalmente, Bella suspiró y admiró por un momento el plano que había hecho, sonrió para sí misma y se paró a un lado de Edward con timidez, extendiendo el dibujo para que lo viera.

—En mi opinión, este es el indicado —murmuró Bella, Edward tomó la hoja y se levantó de su asiento analizándolo con el ceño fruncido.

Bella empezó a sentir el triunfo entre sus dedos cuando en los labios de Edward empezó a dibujarse una suave sonrisa, su corazón empezó a latir con tranquilidad y una sonrisa brotó de ella.

—Que no se te suba a la cabeza —asintió Edward sonriendo—. Eres realmente talentosa.

—¿De verdad? —susurró Bella apenas conteniendo la enorme felicidad que amenazaba con estallar.

—Sí.

Bella se lazó sobre Edward y rodeó su cuello con ambos brazos, el abrazo duró menos que un suspiro antes de que ella se diera cuenta y saltara hacia atrás.

—¡Disculpa! —exclamó con una pequeña sonrisa—. Lo hice sin pensar.

—¿Tú? Cuesta creerlo —comentó Edward con sarcasmo, sin embargo, le sonrió.

—Sí… lo sé —replicó Bella haciendo una pequeña mueca—. A pesar de que me haces enojar… y a pesar de que mi talento aun no es reconocido porque me cancelaste la beca… Debo reconocer que tú, eres un gran arquitecto. Quiero decir… escuchar estas palabras de ti, me hacen sentir orgullosa.

—Puedes ponerlo en el dossier del proyecto —asintió Edward, devolviéndole el plano—. Felicidades.

Bella asintió y se acercó a recoger todos los lápices y reglas que había utilizado. Edward carraspeo suavemente llamando su atención.

—Por cierto… ¿No me debes algo? —preguntó.

—¿Cómo qué? —replicó Bella con una sonrisa torcida.

—Unas disculpas… —los ojos de Edward brillaron—. Han pasado diez minutos…

—Pensé que lo habías olvidado —susurró Bella.

Edward le sonrió y no se movió, mirándola fijamente con los ojos verdes brillando como luceros. Bella suspiró y se acercó a él.

—Lo siento.

—Muy bien —asintió satisfecho, señaló hacia la salida—. Ya podemos irnos.

Bella jadeó.

—¡Oh! ¿Podemos parar en un sitio antes de ir a tu casa?

—Te recuerdo que tengo que trabajar desde casa.

—Solo cinco minutos —murmuró Bella haciendo un ligero puchero y mirándolo a través de sus largas pestañas.

Edward no pudo resistirse.

—Vamos.

X – X – X

—¡Detente, detente! —chilló Bella señalando la entrada de un amplio callejón. El lujoso BMW de Edward desentonaba completamente con el lugar.

—¿Aquí? —exclamó sorprendido.

—Sí, detente.

Bella se bajó rápidamente del coche y Edward miró con precaución a su alrededor, frente a él había hilera tras hilera de puestos ambulantes, frutas, verduras, telas, ropas… y un bullicio propio de un mercado.

—Vamos, ven —exclamó Bella tres metros delante de él. Se detuvo en un pequeño puesto y admiró las berenjenas brillosas y perfectas—. ¿Me podría apartar algunas?

—¿Cuántos kilos? —preguntó la amable señora.

—Aproximadamente un kilo —asintió Bella alejándose—, regreso en un momento.

Edward la observó, nuevamente, había conseguido sorprenderlo.

—Bella… ¿Este es el lugar que ibas a visitar cinco minutos? —preguntó cuidadosamente.

—Eh… bueno, sí. Voy a comprar verduras y unas frutas. —explicó.

—Podríamos haberle dicho a Stefan —masculló—, él habría ido a comprarlo.

—No podemos hacer eso, yo no puedo decidir así. —Edward suspiró bruscamente—. Necesito ver, oler… ¿Cuáles son los más deliciosos y frescos? Haré el menú de esta noche basado en esto. Solo serán cinco minutos —repitió y Edward asintió.

Él nunca antes en su vida había hecho las compras, y mucho menos en un mercado ambulante. La gente tocaba todo, y además las multitudes lo hacían sentir incomodo, Bella por el contrario se veía que estaba en su elemento, los vendedores le sonreían y le hablaban por su nombre.

Edward carraspeó.

—Bella, mira, mientras se te ocurre todo esto del menú y compras… te voy a esperar en el coche, tengo cosas que hacer y correos que enviar.

—Mientras compro para cocinarle a tu ex novia… ¿Tú vas a esperar en el coche? —exclamó Bella. Edward cerró los ojos con fuerza sabiendo perfectamente lo que se venía—. Muy gracioso, vamos.

Edward apretó la mandíbula y siguió a Bella hacia otro puesto.

—¡Oh, se ven muy deliciosas! Me da un kilo —chilló Bella oliendo unas verduras, se giró hacia Edward—. Tu paga aquí, iré por las berenjenas.

—¿Qué tal está? —preguntó Edward, incomodo, cuando Bella se alejó.

—Muy bien, gracias —asintió el vendedor mientras pesaba la verdura—. Está muy fresca.

—Gracias. ¿Cuánto le debo?

—Serían 50 centavos.

—Aquí tiene, quédese con el cambio —murmuró Edward extendiendo un billete de veinte dólares, el señor lo miró boquiabierto.

Bella se acercó sonriendo y le extendió la bolsa a Edward, tomó uno de los pepinos del puesto y olió.

—Huele muy bien, mira, huele, huele —exclamó Bella acercando el pepino a la nariz de Edward, este la miró con disgusto y se limpió rápidamente la nariz con la mano—. Voy a querer un kilo.

La mente de Edward no dejaba de girar en torno a cuantas bacterias y virus estaban circulando tan cerca de él. Bella se dirigió al siguiente puesto. Antes de que Edward pudiera procesar lo que estaba pasando, se encontró con una uva metida entre sus labios, mientras Bella comía una.

—Está deliciosa, ¿verdad? —Edward negó exasperado mientras masticaba a la fuerza la uva, tratando de no escupirla ahí mismo—. Sí, compraremos esto y… vamos a probar cerezas… —añadió mientras tomaba una y la degustaba.

—Voy a decirte algo… lo que estás haciendo es completamente antihigiénico… la fruta no pued… —Edward volvió a atragantarse cuando Bella le metió una cereza en la boca, ajena a su parloteo y al ataque interior que estaba teniendo.

—Yo lo digiero todo estupendamente, tranquilo —murmuró Bella dándole una mordida a una enorme y jugosa ciruela, sonrió satisfecha—. Me da un kilo… Edward, ¿quieres probarla?

Negó rápidamente alejando el rostro de la ciruela mordida que Bella le estaba acercando al rostro.

—No puedo comer las cosas que ya han mordido antes…

—Ups, perdón. ¿Cuánto le debemos?

—Tres dólares.

—Quédese con el cambio —el vendedor lo miró sorprendido y guardó torpemente el billete de cincuenta dólares que Edward le había dado.

—¿Estás loco? —exclamó Bella en voz baja—. ¿Pagas tres y dejas de propina 47 dólares? ¿Dónde crees que estas?

—¿Qué tiene de malo? —se defendió Edward—. El señor hace bien su trabajo, se lo merece.

—¿Has venido al mercado antes? —replicó Bella—. Para qué pregunto… es obvio que no, ya irás aprendiendo.

Edward bufó y caminó detrás de ella con todas las bolsas de compra. Bella le sonrió divertida y le guiñó un ojo.

—Pero te queda muy bien —añadió—. Edward Cullen en persona cargando unas bolsas del mercado.

Llegaron a casa entre bufidos y resoplidos de parte de Edward, Bella simplemente lo seguía detrás dando saltitos.

—Tiraste dos horas de mi vida a la basura solo porque querías disfrutar del mercado.

—Al próximo lugar que vayas irás en helicóptero y así compensas el tiempo. —sugirió acercándose a la cocina—. Y, además, ¿cómo puede una persona no ir al mercado después de haber vivido 30 años? ¿Te criaron en una burbuja?

Edward la miró con incredulidad colocando las bolsas sobre la encimera.

—Eres un verdadero dolor de cabeza —Bella sonrió divertida—. Siempre estás saboteando todo… pero, ¿sabes que es lo peor? —ella se encogió de hombros—. Que jamás te callas, nunca, siempre estás parloteando.

—Pero, tengo buenas noticias para ti —murmuró Bella, frunciendo el ceño—. Voy a cocinar unos platillos deliciosos… voy a actuar tan enamorada de ti… voy a poner a Lauren tan celosa que… ¡Se separará de Emmett mañana! —afirmó con una enorme sonrisa mientras sacaba los comestibles de las bolsas—. Y entonces después de eso yo… da igual.

Edward frunció el ceño y la miró con frustración.

—No, no hagas eso. Lo que más odio es que no acaben una frase cuando ya la han empezado. ¿Y entonces tu qué?

—Me despertaré un día sin ti, eso quería decir. —Edward la miró con cara de póquer—. Piensa en eso: ¡mañana me levanto y tú ya no estás en mi vida. Es la felicidad más grande del mundo.

—Oh, ojalá que ese día llegue pronto. ¡Ojalá! —masculló alejándose—. ¡Ten por seguro que estoy deseando que llegue ese día!

A ella se le borró la sonrisa, de pronto, escucharlo de su voz ya no le causaba tanta gracia.

—¡Yo también! —gritó Bella viéndolo alejarse.

—Estaré sentado por allá.

—¡No me importa!

Bella estaba lavando las verduras cuando escuchó unas suaves y pisadas familiares acercarse, rodeo rápidamente la encima y se agachó a saludar a Sirius.

—Si Edward Cullen es la persona más irritante de este mundo, ladra una vez.

Sirius ladró.

—Exactamente, yo también pienso lo mismo —asintió Bella sonriendo, tomó una carpeta de plástico transparente que estaba tirada a un costado de Sirius e inspeccionó la primera hoja con el ceño fruncido—. Este es el acuerdo de compromiso… ¿Dónde lo encontraste, Sirius? Pero, sería una gran idea si te lo comes y así me deshago de él.

Bella suspiró y vio entrar a Leah y Ange con las cajas de sus cosas, entró rápidamente a la sala de estar y tiró sobre la mesa la carpeta antes de que las chicas leyeran por accidente el acuerdo.

—¿Qué es todo esto? —susurró Bella mirando las enormes cajas frente a ella—. Han traído todas mis cosas.

—Lo que pasa que no nos decidíamos —explicó Ange—. Leah quería traer puras cosas oscuras y deprimentes, y yo recordé que querías darle un toque femenino a la casa de Edward. Así que trajimos las dos.

Bella tomó con incredulidad un espejo adornado con plumas rojas y miró a Leah boquiabierta.

—¿Cómo permitiste esto? —preguntó Bella.

—¿Crees que me iba a hacer caso?

—A mí me parece muy lindo —comentó Ange agarrando el espejo con una sonrisa. Bella rio entre dientes.

—¡Señorita Bella! —exclamó Stefan entrando con dos cajas más tratando de equilibrarlas—. Se acerca la señora Esme —advirtió rápidamente.

—¡Oh, chicas! —exclamó Bella sonriendo—. Miren con atención a la Sra. Esme.

—¿Porqué? —inquirió Leah.

—Ya verás… tu solo observa y lo entenderás.

—¿Por qué nos hemos alineado? —susurró Ange con nerviosismo.

—Mira, mira —susurró Bella mientras Esme entraba, sus tacones repiqueteando contra la madera—. Hola —canturreó Bella con una sonrisa—, le presento a mis amigas Leah y Ange… ella es la madre de Edward, la Sra. Esme

Ange extendió la mano para saludar y Esme simplemente la miró de reojo mientras se retiraba las gafas oscuras.

—Tus amigas son como tú —comentó Esme—, muy lindas.

Esme se acercó a inspeccionar las cajas abiertas, y Bella la miró sonriendo divertida.

—Creo que nos ha dicho algo bueno —murmuró Ange.

—Pero lo ha dicho como si nos hubiera ofendido —añadió Leah mirando con los ojos entrecerrados a Esme.

—¿Lo entiendes ahora? —preguntó Bella.

—¿Vas a poner todo esto en la casa, Belda? —preguntó Esme señalando despectivamente sus cosas.

—Sí, pero no todo, solo unas cuantas cosas.

—¿Por qué te llama Belda? —exigió Leah.

—Porque me quiere mucho, por eso… Mira —susurró Bella con diversión mirando hacia su suegra falsa—. Es como la Monna Lisa, no se sabe si está sonriendo o burlándose.

—Se burla —afirmó rápidamente Leah.

—Sonríe —comentó Ange mirándola concentrada.

—Mira, mira… ahora va a dejar ese espejo, y se va a llevar las manos a la cabeza —murmuró Bella—. Como diciendo: «Oh, que va a ser de mí, no tendría que haber visto estas cajas».

Angela y Leah empezaron a reírse con diversión cuando vieron a Esme hacer exactamente lo que Bella dijo.

—Belda, querida —canturreó Esme—. ¿Puedes venir aquí? —Bella asintió y se acercó a ella con una sonrisa—. ¿Lauren va a venir con su prometido?

—Sí.

—¿Y piensas convencerla de que vives aquí con esos absurdos espejos llenos de plumas?

—No tengo otra opción —susurró Bella—. Todo fue tan de prisa, que no me dio tiempo de nada, ellos vienen esta noche.

Esme suspiró negando suavemente, rodando los ojos.

—¡Stefan! —canturreó Esme, dándose la vuelta hacia el interior de la casa de Edward—. Ven, vamos a abrir estas cajas.

Esme Cullen podría no haber salido en años de esta mansión, pero sin duda su elegancia y buen gusto no hacían más que mejorar con los años, pronto los cinco se encontraron desempacando todo y, siguiendo las órdenes de Esme, empezaron a personalizar la casa. Bella discutía cada dos por tres con Esme debido a sus "malos gustos" según indicaba Esme.

Después de un rato, el interior de la casa era un estallido de color y patrones sin principio ni fin, habían colocado cientos de objetos en cada rincón despejado, desde pequeños detalles hasta enormes y coloridas alfombras.

—Muchas gracias, Sra. Esme. Sin usted, no habríamos podido hacer esto —comentó Bella con una sonrisa, se giró hacia las chicas y les guiñó un ojo con complicidad.

—No hay de qué, Belda —suspiró Esme mirando con tristeza el maltrato que le habían hecho a la casa de su hijo.

Bella —exclamó Ange rápidamente, Esme rodó los ojos y fingió mirar el techo—. Bella… nosotras, nos vamos ya.

—Muchas gracias, chicas —asintió Bella sonriendo—. Gracias por todo.

—No hay de qué, Bella. —se despidió Leah lanzándole una mirada profunda a Esme antes de girarse.

—Las acompaño a la salida —comentó rápidamente Stefan saliendo detrás de las chicas.

—Esto habla de una mujer que respeta el gusto del hombre con el que se mudó, pero que cambió todo con un toque. —explicó Esme extendiendo los brazos a su alrededor.

—Y realmente funcionó.

—Lauren también va a mirar en el dormitorio…

Bella la miró confundida.

—¿Por qué tendría que mirar en el dormitorio?

—Sí está celosa, entonces lo hará —respondió Esme con obviedad—. Encontrará la forma de entrar. Pon algunas cosas también ahí. Y demuestra que eres dueña de la casa —explicó Esme señalando a su alrededor, levantándose del sillón y colocándose sus gafas oscuras—. Llena los armarios de ropa, haz todo lo que esté en tus manos.

Bella suspiró afligida y salió detrás de Esme.

—Nos vemos, bebé —canturreó Esme despidiéndose de Edward que estaba sentado en la sala principal del exterior.

—Hasta luego, madre —asintió.

Bella se acercó corriendo a él.

—Edward, vamos, levántate. ¡Tenemos que colocar cosas en tu habitación!

—Lauren no va a entrar ahí —suspiró Edward poniéndose de pie frente a ella.

—Lo hará, tu mamá me dijo. Si ella dice que entrará, entonces Lauren entrará. Vamos, ven… no quiero invadir tu habitación —murmuró Bella atropelladamente.

—Bella, no lo hagas, no hace falta. —replicó Edward suspirando.

—Dijiste que Lauren está celosa por primera vez, ¿recuerdas? Ni siquiera puedes imaginar lo que una mujer celosa puede hacer, así que ven conmigo. —Edward apretó la mandíbula y suspiró—. Vamos —exclamó Bella, Edward no se movió—. ¡Vamos!

—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Edward mientras cargaba una segunda caja al interior de su habitación.

—Bueno, colocaré algunas cosas aquí… y luego te dejaré en paz —murmuró Bella sonriendo mientras empezaba a desempacar.

Edward abrió de par en par los ojos cuando sacó el primer artículo.

—¿Un camisón de seda? —exclamó él mirándola con la ceja levantada, Bella sonrió y extendió el camisón rosa sobre la cama.

—¿De qué lado duermes? —preguntó, Edward señaló el lado izquierdo. Bella asintió satisfecha y colocó del lado derecho unas pantuflas y un antifaz para dormir.

—Claro, sin eso, Lauren nunca hubiera creído que estuvieras durmiendo aquí. —murmuró con sarcasmo—. Puedes elegir cualquier estante del armario para colocar la ropa.

—¿Cualquier estante? —preguntó Bella con burla—. No, un estante no es suficiente, estamos comprometidos y vivimos juntos… entonces, un estante es tuyo y el resto serán míos.

Edward apretó con fuerza su tabique nasal y asintió.

—Bueno.

—Toma, pon esto donde quieras —Bella extendió hacia él su cepillo de dientes. Edward lo miró con el ceño fruncido—. ¡Este es el detalle más importante, de verdad!

Edward tomó el cepillo de dientes entre las puntas de sus dedos y se dirigió al baño.

Mientras tanto Bella se acercó a la mesita principal de la habitación y antes de poder colocar más artículos, vio con curiosidad un lápiz labial… su lápiz labial, lo tomó entre sus manos, recordando cuando olvidó su bolso en su coche. Sonrió.

X – X – X

—Entonces, ¿ya terminaste? —preguntó Edward acercándose a Bella, que estaba agachada entre unas cajas.

—Casi —respondió sonriendo—. Solo hay una última cosa más. —extendió sus manos frente a ella—. Esto es para ti.

—¿Una taza? —preguntó Edward inexpresivo, tomando el objeto entre sus manos.

—Mmjm —asintió Bella—. Es mi taza favorita. Cambia de color según tu estado de ánimo. —explicó emocionada.

—¿Y tú crees que necesito una taza para saber cómo me siento?

—¿Tienes que ser siempre tan racional? Por una vez no le busques la lógica a algo —masculló Bella negando suavemente. Edward la seguía mirando con cara de póquer—. Mira, si estás molesto… la taza se pone de color negro, si estás feliz… blanco, azul si estás eufórico, y rojo si estás enamorado. ¡Es muy divertido, inténtalo!

—Está bien, lo intentaré —asintió Edward suspirando, cuando estaba con ella… simplemente había ocasiones en las que no podía hacer otra cosa más que dejarse llevar. Una sonrisa adornó sus labios.

X – X – X

—Muy bien, entonces. ¿Qué quieren que les cocine esta noche? —preguntó Stefan sonriendo.

Edward se recargó en la encimera de la cocina y miró a Bella.

—Sr. Stefan, no se preocupe… esta noche cocinaré yo.

Stefan empezó a reír con nerviosismo y miró a Edward.

—La Srta. Bella tiene un sentido del humor increíble. Me gusta.

—Eso es verdad —asintió Bella mientras se sujetaba el cabello en una coleta baja—. Pero no estoy bromeando, voy a cocinar yo.

—Pero yo preparo la comida del Sr. Edward… él no come de todo, hagamos esto: usted cocina, pero yo reviso antes el menú.

Edward miró con diversión a Stefan, sin duda, él estaba metido en una batalla perdida.

—¿Sabes que vamos a hacer? —preguntó Bella—. Relájate el día de hoy, sal a la calle y haz lo que más amas.

— ¿Y qué voy a hacer en la calle?

Bella lo miró sorprendido. Edward no pudo evitar reír.

—Quiero decir… a mí me gusta… —lo pensó por un momento—: hacer mi trabajo.

—Que fijación tienen en esta casa por el trabajo… ¡El mundo está lleno de vida ahí fuera!

—Stefan, Bella tiene razón —intervino Edward—. Tomate el día libre. Si me disculpan… tengo que hacer una llamada muy importante.

Stefan miró a Bella con agradecimiento.

—Srta. Bella… realmente la admiro.

—¿Qué quieres decir? —exclamó ella con curiosidad.

—Sabe que todo esto es un juego, pero aun así hace su mejor esfuerzo para hacer las cosas bien.

—Sí… estoy enojada con Edward por esto, pero creo que también soy perfeccionista y ambiciosa.

—El Sr. Edward es una persona difícil… pero créame, hay razones para eso. —Bella lo miró con interés—. Sin embargo, cuando está con usted, veo el lado que ocultó durante mucho tiempo. Espero que algún día, cuando el juego termine… se permita ser feliz.

—Esperemos que este juego termine lo antes posible, entonces.

—Voy a tomar mis vacaciones —se despidió Stefan, riendo.

—¡Que las disfrutes! —asintió Bella entre risas.

Bella colocó música y subió el volumen, se lavó las manos y empezó a bailar por la cocina mientras cocinaba. Colocó sartenes y encendió hornillas, empezó a pelar verduras y derretir mantequilla. Estaba tan inmersa en la cocina, que tardó en descubrir a Edward en la entrada mirándola con una pequeña sonrisa.

Edward estaba hipnotizado, se sentía atrapado bajo un hechizo no dicho, la veía bailar, brincar y revolotear en su cocina y el mismo sentimiento le recorría el cuerpo siempre que la veía, a veces el sentimiento se veía opacado por su propia furia y estrés, pero estaba ahí… siempre estaba ahí, y aun no sabía qué significaba, ni tampoco quería saberlo.

Bella le sonrió y se acercó a él haciendo un pequeño baile. ¿Era posible que de verdad una persona sintiera mariposas en el estómago? Para Edward era absurdo, pero no encontró una mejor manera de describir lo que sintió… aunque caballos eran una mejor descripción que mariposas.

Bella estaba cortando al ritmo de la música, inclusive imitaba el tocar la batería y no podía dejar de moverse, si Edward pudiera se pasaría toda la tarde observándola, pero eso no sería apropiado ni correcto.

—¿Estás bien? —le preguntó Edward suavemente.

—Claro, muy bien. Escuchar música mientras cocino me anima, me hace querer bailar. —Edward le regaló una pequeña sonrisa torcida y suspiró—. ¿Eso te molesta? —Edward negó y miró a su alrededor—. Ya sé que no soy muy ordenada, pero limpiaré todo después, no te preocupes.

—Hay medio kilogramo de mantequilla ahí… —comentó Edward señalando hacia la estufa. Bella sonrió—. ¿Qué estás cocinando?

—¡Pastel de berenjena! —exclamó—. Es comida de Gaziantep*

—¿No eres de Mardin? —preguntó Edward, confundido.

—¿Entonces no puedo cocinar platillos de otras regiones por ser de Mardin?

—¿Estás cocinando arroz también?

—Oww… no —susurró Bella, mirando con ternura el sartén frente a ella—. No le digas así… es pilaf salteado*. Lleva mantequilla, con almendras, pasas y harina… ¡Tiene diez mil calorías! Después de comer, no podrás levantarte en una hora —agregó entre risitas.

Edward sonrió y asintió.

—Pero Lauren jamás comería alimentos grasosos.

—Ustedes son ideales, el uno para el otro… Sin aceite, sin azúcar, sin sal… sin sabor. En fin, los invitados no comen lo que quieren, sino lo que les sirven. Así que Lauren se los comerá.

—Muy bien… está claro que tendré que cocinar —suspiró Edward acercándose al lavamanos. Bella lo miró boquiabierta.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué estás haciendo?

—Voy a cocinar algo saludable.

—¿Te atreves a desafiarme? — exclamó Bella recargándose en el encimera–que lindo.

—Bueno… si me permites —comentó Edward ajustándose un delantal, y parándose a un lado de Bella.

—¿Y qué vas a cocinar?

—Algo saludable, sabroso y hermoso —le dijo guiñándole un ojo.

—Muy bien, tú cocinas lo tuyo y yo seguiré con lo mío… y después, compararemos cual es el más delicioso. ¡Que gane el mejor!

—Trato hecho.

Edward tomó un cuchillo grande y filoso, pero antes de que pudiera empezar Bella chasqueó la lengua.

—Deja, lo cortaré yo o de lo contrario terminarás tu cortándote… —Bella intentó quitarle el cuchillo y Edward la miró sonriendo—. Te ayudaré, vamos.

—Déjame hacerlo —replicó él.

Y aun con la mirada puesta sobre ella, su mano junto con el cuchillo empezó a trabajar ágilmente cortando la verdura con finura y rapidez. Bella lo miró con la boca abierta.

—¡Guau! —chilló—. ¿Dónde aprendiste a cocinar tan bien?

—Las cosas las hago muy bien, o no las haré en absoluto.

—Siempre me sorprendes, Edward Cullen —asintió Bella, sonriendo.

—Mira y aprende, Bella Swan —respondió Edward con una sonrisa juguetona.

Edward jamás pensó que pudiera cocinar en tal armonía junto a otra persona… mucho menos junto a Bella, sin embargo, cada cierto momento se encontraba preocupado de cortarse porque ella se acercaba sutilmente sobre él y sin querer rozaba su cuerpo con el suyo y eso lo distraía bastante, además de su dulce y familiar olor.

Pero, por supuesto, Edward hacia lo mismo, aunque inconscientemente disfrutaba de ver el rostro en blanco de Bella cuando él se acercaba demasiado sobre ella para alcanzar algún objeto.

—Stefan —susurró Esme mirando a lo lejos—. ¿Mi hijo está revolviendo algo en la cacerola?

—Y lo hace muy bien —asintió Stefan.

—¿Dónde aprendió Edward a cocinar? —murmuró Esme, sorprendida.

—Otro secreto más sobre el Sr. Edward.

Esme los miraba boquiabierta, había tanto que no conocía sobre su propio hijo y, sin embargo, la escena frente a ella le helaba la sangre.

—¿No crees que se les ve muy íntimos para ser unos novios de mentira, Stefan? —inquirió Esme con voz temblorosa.

—No se preocupe mucho, durante tres minutos están bien y después surge algún problema —respondió tranquilizándola. Esme intentaba levantar la cabeza sobre el muro lo más que podía para ver mejor.

—¿Qué están cocinando? ¿Es berenjena? Me encanta la berenjena.

Bella olfateó y cerró los ojos ronroneando con gusto.

—¿Qué estás haciendo ahí? —susurró ella acercándose a Edward—. Huele delicioso.

—¿Quieres probar?

Bella lo miró ligeramente sorprendida.

—Seguro —murmuró con timidez, Edward le sonrió y levantó la cuchara hacia su boca.

—Ven.

Bella asintió en aprobación tan pronto el sabor explotó en su paladar.

—Muy sabroso.

Edward terminó de decorar su platillo mientras Bella sacaba el pastel del horno.

—Ahora veamos cual es el mejor.

—Normalmente no como comidas fritas, nunca, pero… —susurró Edward sonriendo—, por esta vez, haré una excepción. Huele bien —añadió.

—Ahora vas a probar mi obra maestra.

—¿Con la mano? –inquirió Edward mientras la observaba retirar un trozo de carne entre sus dedos, ella asintió.

—Exacto. —asintió entretenida—, ya sé que comes muy sano y todo eso, pero tienes que probarlo.

Bella acercó la comida hacia sus labios y Edward abrió la boca sin dejar de sonreír y mirarla fijamente mientras le daba una mordida al trozo de carne, gimió suavemente saboreando la comida y asintió riéndose.

–Muy delicioso.

Bella sonrió satisfecha.

—Come más —susurró juguetonamente, aun le había quedado un pedazo de carne y lo acercó a sus labios. Edward negó suavemente—. Come.

—No —negó con los ojos brillando.

—Termínatelo.

—De verdad, no. Pero te diré algo —comentó humedeciéndose los labios–si no me importara tanto mi salud, me comería toda la bandeja… Tienes buena mano.

—Buen provecho —replicó Bella, sus hoyuelos marcándose—. Ahora probemos el tuyo.

—Ven —asintió.

Bella se paró cerca de Edward, tan cerca que sentía la respiración de él en su rostro, sin embargo, ya no se molestaba en poner distancia entre ambos, ni él tampoco.

—La apariencia del plato debe llamar la atención sobre el sabor —explicó Edward con voz ronca, atrapado entre el café de los ojos de Bella—. Primero tiene que deslumbrarte… y luego hay que olerla. Entonces, te volverás loca por probarla. —susurró y rompió la mirada suspirando, Bella sentía que su corazón latía desbocado—. ¿Estás lista?

Bella asintió, carraspeando sutilmente. Edward acercó el tenedor a sus labios y Bella lo miró, sorprendida al probar la comida.

—Está muy sabroso —exclamó.

Edward estaba hipnotizado, no podía apartar los ojos de los suaves, rellenos y rosados labios de Bella, su cerebro realmente no estaba procesando sus palabras.

—No tengo nada que reprocharle, mi única crítica… es que no llena demasiado —comentó con una sonrisa.

—Ese es precisamente el punto —susurró Edward, y acercó el pulgar hacia sus labios, colocándolo con delicadeza en la esquina de su comisura, el corazón de Bella tartamudeó—, así el sabor se queda en el paladar. —Retiró lentamente su pulgar y sonrió—. Tenías salsa en los labios.

—¿Has visto ese movimiento? —susurró Esme con los ojos abiertos de par en par—. ¿Lo viste?

—Es que la cocina es pequeña, Sra. Esme —explicó Stefan con nerviosismo.

—Estoy muy asustada, Stefan… tengo mucho miedo de que esta chica seduzca a mí hijo.

—¿Cómo cree que pueda ocurrir algo así? ¿Quién es capaz de manipular al Sr. Edward?

—Es verdad… ya no sé ni lo que digo.

Bella suspiró y se alejó de Edward.

—Muy bien, has ganado. Tu plato es el numero uno —asintió ella mientras se pasaba la mano por su rostro acalorado—. ¿Satisfecho?

—Por supuesto, me encanta ganar. En fin, Stefan se va a encargar del resto.

—¿Stefan? ¿No se ha ido? ¿Dónde está?

—Ahora mismo, él y mi madre nos están observando —respondió Edward encogiéndose de hombros. Bella los miró detrás del muro y se rio con incredulidad.

—¡Sra. Esme! —saludó desde la cocina agitando su mano. Esme y Stefan los miraron boquiabiertos intentando buscar inútilmente una razón para explicarlo—. ¡Sr. Stefan! ¿Quieren tomar un café?

Esme tartamudeó un momento y miró con el ceño fruncido a su alrededor.

—No… no, gracias… estamos buscando un arete que se me ha caído por aquí —chilló mientras fingía buscarlo—. ¿Dónde está?

—Ehh… no, no está por aquí —comento Stefan.

—¡Que se diviertan, disfruten su comida! —se despidió Esme rápidamente alejándose con Stefan.

Bella negó suavemente y suspiró.

—Oye… huelo mucho a comida —susurró Bella con un puchero mientras olía su blusa—. ¿Dónde podría darme una ducha?

—Puedes ducharte allá —señaló Edward hacia el interior de la casa, en su baño, ella lo miró con timidez y asistió.

X – X – X

Bella tomó una breve pero refrescante ducha, salió del baño satisfecha y feliz envuelta en una bata blanca y esponjosa con el cabello envuelvo en una toalla sobre su cabeza. Se acercó a la habitación de Edward y rebuscó en las cajas en busca de ropa.

Miró angustiada las prendas y no había ninguna que ella pudiera vestir justo ahora. Le marcó rápidamente a Ange, seguramente ella sabía dónde estaban sus vestidos.

—Hola, Ange —saludó—. ¿Dónde están mis vestidos?

—Hay una caja pequeña, ella los puso ahí, ¿no? La caja debería estar ahí.

—No, no están —susurró Bella angustiada.

—Diego traía esa caja… escucha, estoy un poco ocupada, te llamaré más tarde…

—Probablemente se quedó en alguna parte —suspiró Bella—. ¿Qué voy a hacer ahora? No tengo ningún vestido… me he quedado desnuda, Ange. Solo tengo una blusa y unos pantalones cortos que huelen a comida.

—Bells, ¿haría algo así de haberlo sabido?

—De acuerdo, llamaré a Rose a ver si puede traerme algo, te cuelgo. Adiós.

Bella suspiró y se giró para salir de la habitación, pero al dar la vuelta se topó directamente con Edward… Edward, que al igual que ella acababa de salir de la ducha envuelto en una bata. Ella lo miró abriendo y cerrando la boca rápidamente.

—Oh, lo siento mucho —exclamó Edward sin saber dónde colocar sus ojos, que de alguna manera rebotaban rápidamente de regreso a ella, como un elástico.

—Perdón —tartamudeó Bella señalando las cajas—. He venido a recoger mis cosas… no sabía…

—Sí… yo… eh, vine a vestirme —explicó Edward señalando el armario.

—Sí, es lo lógico… yo… eh…—Bella se giró y se agachó frente a las cajas mirándolas sin saber que hacer, Edward carraspeó sin apartar los ojos de ella—. Pero, tengo un problema —susurró Bella levantándose otra vez—. Ange se ha olvidado la caja con mi ropa, no tengo qué ponerme.

—Si quieres te doy una camisa…

—Voy a buscar otra vez, espera un minuto —susurró Bella avergonzada, se acercó a la caja y empezó a revolotear frustrada.

—Mira, parece que no puedes encontrar lo que necesitas. —comentó Edward, incomodo.

—En este momento no tengo donde elegir, ¿de acuerdo? —gruñó Bella entre dientes—, no tengo nada.

—Entonces te daré una camisa —asintió Edward.

—No, ya lo resolveré —murmuró Bella—. Le enviaré un mensaje a Rose. Lo traerá enseguida.

—Bien, entonces… me gustaría vestirme.

—Por supuesto —susurró Bella, sus hormonas sin duda le estaban jugando una mala pasada—, saldré entonces.

—Como tú quieras —replicó Edward.

Bella pasó junto a él rápidamente, evitando no tocarlo ni mirarlo, tan pronto se alejó de él, Edward sonrió con diversión, había sentido la tensión de Bella como si la tuviera justo al lado de él. Y le encantaba producir ese efecto en ella.

Edward terminó de vestirse y salió afuera a seguir trabajando, tomó asiento en uno de los taburetes y se entretuvo en una llamada mientras Stefan acomodaba la mesa para la cena.

—No, no te preocupes, sabes que nuestro equipo está ahí —respondió Edward—. Estudiarán todos los detalles, el Sr. Jasper irá la próxima semana… bueno, de acuerdo… te llamaré.

Edward dejó de escuchar y colgó la llamada cuando la línea se quedó en silencio, todo debido a que ella salió como un ángel en ese sencillo vestido blanco de tirantes y mini falda asimétrica…

… Salió y simplemente lo deslumbró, era sencillamente hermosa, cada centímetro de su cuerpo era perfecto y sus piernas largas lo llamaban y lo atraían como una ninfa.

—Te queda muy bien el vestido.

Bella se acercó a él con su cabello seco y rizado, y le sonrió sonrojada.

—Gracias —susurró—. La comida se ve deliciosa, has hecho un gran trabajo.

—Podría ganar un concurso de cocina —asintió Edward—, pero creo que el tuyo también debería añadirse, después de todo, te esforzaste mucho.

—No solo me esforcé, también está muy sabroso, por favor —bufó.

—Es muy grasoso para mí, así que voy a contarte un secreto: a mi mamá le encantan los platillos de berenjena, y ella definitivamente no se va a resistir.

Bella abrió los ojos en sorpresa y horror.

—Que tu madre y yo tengamos algo en común es espeluznante —susurró riendo.

—Sí —asintió Edward mientras escribía en la computadora frente a él.

—¿Qué dices, le llevo un plato?

—No creo que haga falta —negó suavemente—: ella criticará tu vestido, la comida… lo que sea.

—¿Y qué más da? —inquirió Bella rodando los ojos—. Después de todo, no es mi verdadera suegra, es falsa.

—Ah, es gracioso —asintió Edward, tratando de no reírse.

Bella sirvió una porción, lo colocó en una bandeja y se dirigió a la casa de Esme, se acercó a ella sonriendo y colocó el plato en la mesa del jardín donde estaba sentada.

—El Sr. Edward me dijo que le gustaría.

Stefan le guiñó un ojo a Bella y asintió en aprobación. Esme observó el plato, boquiabierta.

—Gracias, pero no como después de las cinco.

—Al menos huélalo —susurró Bella encogiéndose de hombros. Esme levantó la vista y emitió un suave sonido de sorpresa, esta vez, no había rastro de burla.

—Has hecho un cambio total en tu vestuario —comentó Esme sonriendo, ahora más interesada—. ¿Lo has elegido tu?

—Claro que no —respondió Bella riendo—. Es de mi amiga Rose.

—Ah. Ya me había llenado de esperanzas —murmuró Esme rodando los ojos—. Stefan, ya sabes que hacer. —Stefan asintió rápidamente y entró a la casa—. En realidad, te ves muy bien.

Bella se cruzó de brazos y sonrió.

En realidad, tengo cosas más importantes por las que preocuparme que mi apariencia.

—Mira —empezó Esme levantándose y tomando entre sus manos la caja que Stefan le entregó—, ya que todo esto es un juego, y no me dejaste reinventarte desde un principio… Entonces, ¿puedo añadir un pequeñísimo cambio?

—Usted dice pequeñito, y luego terminaré sin reconocerme, no es necesario–negó.

—Por ejemplo, esta pulsera, mira que hermosa —comentó Esme colocando rápidamente en la muñeca de Bella una pulsera de perlas—. Y mira qué hermoso es este broche —dijo Esme mientras se lo añadía a la ropa mientras Bella la miraba con sorpresa—. Y este broche para el cabello…

—Ya me lo pongo yo —dijo Bella rápidamente, ajustándoselo ella misma en su cabello.

—¡Mira, todo ha cambiado! ¡Voila!

Bella sonrió y miró su reflejo en la pared de cristal, se ajustó el cabello e hizo unas pequeñas poses. Esme la miraba feliz y radiante, finalmente Bella parecía alguien digna de su hijo

—Es realmente hermoso —asintió Bella.

—Lo es, ¿verdad?

—Pero… —añadió Bella mientras se quitaba rápidamente los accesorios, a Esme se le borró la sonrisa—. Esto es demasiado para mí, así que gracias, pero no lo usaré.

—Lo rechaza, por supuesto —asintió Esme para sí misma—. Entonces, ¿qué puedo hacer por ti?

—¿Podría darme un florero, por favor? Quiero cortar flores de su jardín para colocarlas en la mesa.

—Stefan. —susurró Esme asintiendo. Ambos se alejaron para cortar las flores y Esme negó suavemente

—¿En qué estaba pensando? Por supuesto que solo quiere floreros.

Esme se acercó al platillo frente a ella y olfateó profundamente, cerrando los ojos, tomó el tenedor y antes de probar la comida, se arrepintió y lo dejó de un golpe.

¿Qué estaba haciendo esta chica?


Gaziantep* una ciudad en Turquía.

Pilaf* es básicamente arroz con hortalizas, carne de borrego o res, pollo o a veces pescado, y con condimentos picantes.


Merhaba!

Parece que los engañé, pero no es así jaja yo de verdad creí que este capitulo sería el de la cena pero resulta que no, pero el próximo sin duda tendremos la dichosa cena.

¿Cómo les va pareciendo la evolución de este par de tercos?

El vestido blando de Bella está en el grupo de facebook La Estrella del Robot

görüşürüz!

Con cariño, Ame y Annie