Disclaimer: Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de Ayşe Üner Kutlu. Yo solo adapte y mezcle los personajes.
Beteado por: Annie Cullen Swan-Tudor Boleyn.
"Él es un mago. Me embrujó tanto que dejé de odiarlo, mis ojos ya no veían a nadie más. Pero la magia se había ido, al igual que el propio mago. Ahora necesito enfrentarme a la verdad, para volver a ser yo misma."
Capitulo 25.
Para Edward el tiempo se había detenido, desde que ella cruzó la puerta y se fue, dejando el anillo entre sus manos, incluso el aire a su alrededor había cambiado, se sentía denso y pesado. Se sobresaltó cuando sintió una mano caer con pesadez sobre su hombro.
Jasper le sonrió.
—A los americanos les encantó el diseño, dicen que quieren comprarlo, todo está bien.
—Sí —Edward forzó una sonrisa—. Todo va genial.
—¿Dónde está Bella? —preguntó mirando a su alrededor, tan pronto soltó la pregunta, vio aquella mascara fría caer del rostro de su amigo, exponiendo su tristeza.
—Ella se ha ido, solo ha venido a dejarme esto —señaló el sobre amarillo.
—¿Y esto qué es?
—Riley robó el diseño.
—¿Y qué hay dentro? —preguntó Jasper encogiéndose de hombros.
—Las pruebas de que Bella no lo hizo.
—Hermano, ¿y qué haces aquí? —exclamo sorprendido—. Ve y discúlpate con ella, vamos, date prisa.
—¿Pedirle disculpas? —repitió Edward.
—Sí, disculpas, ya conocemos esa palabra… si quieres, te traigo un diccionario —replicó Jasper exasperado—. Pero, por supuesto, no sabes pedir perdón. Mira, en la vida hay prioridades, cosas que hay que poner primero… como el amor, el pedir perdón, la sinceridad, el compromiso y tratar bien a las personas.
Edward apretó la mandíbula y suspiró con fuerza.
—No hagamos esperar a nuestros invitados —murmuró, levantando las cejas—, enseguida estoy con ustedes, ¿de acuerdo?
Jasper asintió y se alejó. Edward abrió su mano, observando el anillo detenidamente, le recordaba tanto a ella, una de las razones por lo cual lo había escogido… y ahora, era lo único que le quedaba.
X – X – X
Bella lloró un poco en el camino, sabía que tan pronto llegara a la floristería y enfrentara a su tía, tendría que mantenerse firme, no podía dejarse caer. Y eso es lo que estaba haciendo, fingiendo que todo estaba bien.
—¿Cómo estás, Ange? —preguntó mientras trabajaba en rellenar de abono unas diminutas macetas.
—Estoy triste, enfadada, resentida… frustrada, pero sobre todo enfadada.
—Se te pasará —le tranquilizó Maggie.
—No te preocupes, Riley Biers va a pagar por todo el daño que ha hecho —gruñó Bella, empujando con fuerza la tierra en la maceta—. ¡¿Por qué los hombres siempre nos hacen sufrir?!
—No, estoy bien, me voy a recuperar —asintió Ange recomponiéndose a sí misma, antes de mirar a Bella con tristeza—. Bells, ¿qué has hecho con mi cuñado? ¿Cómo estás?
—¡Ah, Ange! —Gimoteó Maggie con frustración—. ¿Por qué vuelves a sacar el tema? ¡Ya se había calmado!
Bella se limpió con fuerza las manos, y se giró en el asiento, enfrentando a su amiga.
—Fui y le demostré a tu cuñadoque yo no tenía la culpa, Ange. ¿Pero crees que se ha disculpado? ¡Tenía que retractarse de todo lo que dijo! ¡¿Y sabes que ha hecho?!
—¿Qué? —Ange le miró asustada.
—¡Me miró a la cara! ¡Así, con esa mirada de robot que tiene! —Maggie suspiró, descansando la cabeza sobre su mano, aburrida—. ¡Nada! ¡No me pidió perdón ni dijo que lo lamentaba! Y bien, ya lo sé… dentro de poco voy a salir de su vida, quizás nos hemos separado, pero podría haber sido más considerado.
Ange tragó con fuerza, jamás había visto a su amiga tan enfadada, lentamente le pasó una pequeña maceta, buscando distraerla.
—¡Debería haber dicho que cometió un error! —continuó, apretando las manos con fuerza—. ¡Que cometió el error de no confiar en mí! ¡Así de simple! Pero ya está, se acabó Edward Cullen.
—¡Muy bien! —asintió su tía, enérgicamente.
—Si viene, yo no estoy —gruñó enfadada.
—Bien.
—¡Y si llama tampoco! —añadió, advirtiendo.
—De acuerdo —Maggie levantó las manos, tranquilizándola.
—Ange, si te llama, yo no estoy.
Angela la miró con los ojos abiertos como un ciervo frente a los faros de un carro.
—¡Ange, no! —le amenazó Maggie mirándola fijamente, sabiendo lo vulnerable que era ante su adorado cuñado.
—¡No, por supuesto que no! ¡Me ha quedado muy claro!
Bella le miró por un rato, hasta asegurarse que su amiga le estuviese hablando con la absoluta verdad, y después asintió suavemente, intentando controlarse.
Edward, por otro lado, se mantuvo conteniendo su ira en la oficina, rodeado de papeles hasta muy entrada la noche, todos ya se habían ido y él seguía absorto, analizando su próxima jugada… la jugada final.
Suspiró con fuerza y tomó su celular, marcando rápidamente.
—En honor a los viejos tiempos, te haré una oferta, Riley —saludó—. Te propongo que me vendas tu empresa, a un precio justo, y te dejaré salir de aquí.
—Ni en tus mejores sueños, Edward. Voy un paso más adelante que tú.
—Muy bien, como quieras, tu negocio está acabado. —colgó y dejó caer el celular sobre el escritorio.
—Eres el único que queda aquí —anunció Jasper, entrando a la oficina—. ¿Con quién hablabas?
—Con Riley —suspiró, recargándose en su asiento, Jasper le miro esperando una explicación—. De ahora en adelante, no tendré compasión. Lo voy a destruir.
—¿Y qué harás? —preguntó con cansancio—. ¿Volverás a ser el viejo Edward, que se quedaba toda la noche en la oficina?
—No hará falta —negó con satisfacción—. Riley ya ha empezado a caer, no tiene dinero para realizar el proyecto del hotel ecológico, y sobornó a alguien para que lo pudieran acreditar.
—Parece que lo tienes todo controlado, sabes que te voy a apoyar. Pero la pregunta más importante es… —suspiró mirándolo más de cerca—. ¿Qué vas a hacer con Bella?
Edward miró fijamente el ordenador frente a él, antes de mirar a su amigo.
—No tiene caso pedir perdón si el verdadero culpable se queda sin castigo.
—¡Contigo no hay nada que hacer! —exclamó exasperado, y cerró de golpe el ordenador, levantándose de su silla—. ¡Vamos, Edward, levántate! ¡Nos vamos!
—¿Qué estás haciendo, Jasper?
—Vamos, levántate, vamos —le apuró empujándolo de su asiento—. ¡Vamos, hermano! Iremos a dar un paseo, anda, apúrate
—De acuerdo, de acuerdo. —le tranquilizó, poniéndose de pie.
Así que Jasper lo secuestró, prácticamente, lo llevó a una de las plazas de Estambul, a una de las más tranquilas y modernas, rodeada de luces y de vida.
—Estuvo bien, ¿no? —preguntó animadamente—. Salir a tomar un poco de aire. Solíamos jugar al billar, ¿recuerdas? Ya no hacemos eso.
Edward asintió, metiendo las manos dentro del bolsillo de su pantalón. Miró todo a su alrededor con curiosidad.
—No entiendo, ¿cuándo construyeron esto? Antes había vegetación, ¿para qué hicieron todo esto?
—No puede ser, te traje aquí para que podamos caminar y hablar tranquilos, y tu solo puedes fijarte en los edificios nuevos. Estás obsesionado con la arquitectura.
—Este es nuestro trabajo, Jasper. ¿Qué se supone que debo hacer?
—Pues que evites ser el antiguo Edward, por ejemplo. Tienes que admitir, que Bella ha logrado cambiarte —puntualizó—. Lo único que tienes que hacer es llamarla, eso es todo.
—No, no puedo hacer eso, no vendrá —negó frunciendo los labios—. La única manera de que vuelva, será dándole trabajo.
—¿Trabajo? —exclamó Jasper boquiabierto.
—Sí.
—En lugar de decirle a tu prometida que estás enamorado de ella… tu quieres hacer que vuelva, dándole trabajo.
—Así es —Suspiró. Por supuesto, fue la única salida que encontró dentro de su retorcida cabeza, se detuvo abruptamente, y miró fijamente a su amigo—. Quiero recuperar el proyecto del hotel ecológico.
—Hermano, te recuerdo que Riley nos robó ese proyecto —le miró como si de pronto hubiese perdido la razón, y de cierta manera, lo había hecho.
—Sí, lo sé, pero no tiene el dinero suficiente para llevarlo a cabo. Sabes que un proyecto medioambiental es caro —le recordó—, voy a hacer lo que pueda para recuperarlo.
—Sí, de acuerdo, está bien. Aunque no sé qué tiene que ver Bella con este hotel ecológico.
—Este proyecto fue idea suya.
—¡Vaya, vaya, vaya! ¡Edward Cullen recuperando las ideas de su prometida! ¡Qué gran gesto! —elogió Jasper con una sonrisa picarona, antes de suspirar y rodear sus hombros con un brazo—. Pero, mi querido amigo, en mi opinión si le pidieras perdón de manera honesta, sería más fácil para ti.
Edward frunció los labios mirando a su alrededor, y negó encogiéndose de hombros.
—Ya sabes que no me gusta lo fácil —explicó, antes de que algo atrapara su atención, interrumpiendo sus palabras, se acercó a una de las tiendas.
Jasper frunció el ceño y lo siguió.
—¿Qué es? ¿Qué estás mirando? —preguntó sin entender que hacían frente a una boutique.
—El vestido —señaló, inclinando ligeramente su cabeza—. ¿Crees que, si se le compro a Bella, se lo pondrá?
Jasper bufó y se encogió de hombros, ni en sus mejores sueños había imaginado estar en esta situación con Edward.
—No sé, no conozco sus gustos —se burló aburrido—. ¡Ven, vamos a tomar algo!
—No, no, espera… fíjate —murmuró sin apartar los ojos del vestido—, a mí me parece bonito, y tiene muchas flores.
—¿Flores? —Jasper le miró con asombro.
Edward podía vislumbrar perfectamente a Bella en ese pequeño y alegre vestido, una sonrisa casi se asomó entre sus labios y sintió la misma punzada en el pecho que tuvo cuando eligió el anillo de compromiso.
—Vamos, ven —se animó, digiriéndose a la entrada de la boutique.
—¿Qué haces?
—Entremos, ven —le apuró Edward, dejándolo atrás.
—¡Deja el vestido, hermano!
—Jasper —le llamó desde adentro; el rubio cerró con fuerza los ojos antes de seguirlo, definitivamente, su amigo había perdido la razón.
—Buenas noches, ¿en qué puedo ayudarlo?
—Disculpe, ¿podría ver ese vestido? —preguntó Edward casi emocionado.
Él no conocía de tallas, pero conocía el cuerpo de Bella, así que tan pronto tuvo el vestido en las manos, supo que le quedaría a la perfección, sonrió satisfecho mientras pagaba por ello. Y Jasper, quién pensaba que lo había visto todo hasta este momento, por supuesto, había estado equivocado.
X – X – X
Sirius estaba disfrutando de la mañana, sentado alegremente en la sala de la casa. Cuando Edward pasó frente a él tomando una taza de café, frunció el ceño y se acercó.
—Sirius, ¿qué es todo esto? —le preguntó poniéndose en cuclillas, tomando uno de los objetos que el perro se había adueñado—. ¿Estás bromeando? ¿Qué haces con el antifaz para dormir de Bella? Y su cepillo, sus sandalias…
Una risa retumbó en la casa, y levantó la vista, viendo entrar a Stefan.
—Eso significa que extraña a la Srta. Bella —explicó con una sonrisa burlona—. Los animales son seres muy sensibles.
—Buenos días, Stefan —murmuró poniéndose de pie.
—¿Qué es eso? ¿Es un regalo? —miró emocionado la bolsa, antes de rodar los ojos—. Mejor no preguntaré para quién es… si la Srta. Bella se ha ido, debe ser para Lauren.
—Stefan —advirtió Edward con molestia dándose la vuelta y entrando al interior de su casa.
Stefan se quedó parado observando a Sirius, y entonces una sonrisa malvada cruzó por su rostro cuando vio las esposas tiradas en el suelo, se inclinó con precaución y las tomó rápidamente.
—Es hora de recordarle a la Srta. Lauren que tiene un prometido —murmuró para sí mismo, tirando las esposas dentro de la bolsa.
—Me voy —anunció Edward saliendo con sus gafas de sol puestas, pasó delante de Stefan sin mirarlo.
—¡Espere, Sr. Edward! Su regalo… no lo olvide —le recordó entregándole la bolsa negra.
Edward lo observó por un momento, antes de suspirar y negar suavemente, llevándose la bolsa consigo. El viaje a casa de Bella fue corto, y por supuesto no había manera de arrepentirse, debido a que anoche apenas y pudo dormir dándole vuelta a lo que debía hacer, y hoy finalmente lo tenía decidido.
Antes de bajar, sacó su celular y marcó un número.
—Sr. Miller —saludó después de unos segundos—. Hola, ¿cómo está?
—Muy bien, Sr. Edward. ¿Y usted? ¿Cómo está nuestra hada?
—Está muy bien, gracias —suspiró, mirando hacia su casa—. Lamento molestarlo, pero quiero hablarle de un tema importante… Estoy seguro que ya ha escuchado hablar sobre el robo de nuestro diseño.
—Sí, me he enterado, lo siento mucho.
—Gracias, por suerte resolvimos el problema. Fue Riley Biers quién robó el diseño —explicó.
—¿Cómo? ¿Riley hizo esto?
—Sí, así es. Por eso quiero advertirle algo relacionado con su hotel ecológico. Riley no puede hacer ese trabajo —anunció después de una breve pausa—. No tiene la capacidad financiera ni el tiempo suficiente para completarlo.
—Edward, ya sabe que confío plenamente en usted, pero necesito pruebas más precisas para informar a la junta.
—No se preocupe, le mostraré las pruebas que tengo.
—Está bien, esperaré su llamada. Este trabajo debería ser suyo.
—Maravilloso, pero si hacemos el proyecto, quiero poner una condición.
—¿Cuál?
—El diseño del hotel pertenece a Bella, quiero que ella trabaje en el proyecto.
—Ah, por supuesto, no podría ser de otro modo.
—Gracias, que tenga buen día —se despidió, con una sonrisa torcida.
Se bajó rápidamente del coche, y al guardar el regalo en la cajuela, notó las esposas que él definitivamente no había colocado dentro.
—Oh, Stefan —bufó sacándolas y negando lentamente, escondiéndolas en la puerta del piloto.
Subió las escaleras hacia la entrada de la casa de Bella, y se detuvo en seco al llegar al portón, ahí, frente a él… estaba colgada la foto agujerada que había visto en su habitación, su foto, tachada con una gran cruz roja. Negó lentamente, antes de bufar y pasar de largo.
—Cullen, Edward Cullen —exclamó Angela, mirándolo con una ceja levantada.
—Buenos días —saludó mirando al grupo de amigas sentadas en la mesa del jardín. Se quitó las gafas oscuras y asintió—. ¿Está Bella en casa? La he llamado, pero no me responde.
—Y no lo hará, así que ahórrese el esfuerzo, Sr. Edward —concluyó Leah, masticando con fuerza una goma de mascar.
—¿Puedes decirle que tengo que hablar con ella, Leah? Es sobre algo muy importante.
—Edward, hoy es sábado —suspiró Rose mirándole fijamente—. No podrás hablar con ella, de todos modos. Pero si ella quiere, te va a llamar.
—Si, Rosalie, pero no puedo esperar tanto.
—Entonces no esperes —le retó Ange levantándose de su silla—. Eres el líder en romper corazones, y el numero dos es tu enemigo, ¿verdad? Son iguales.
Edward la observó estoico, mientras ella tomaba su bolso y se alejaba hacia la salida.
—Bella no quiere hablar contigo, y también pidió que no te dijéramos donde está. —comentó Leah agitando una mano con desinterés.
—Sra. Maggie —carraspeó Edward incomodo cuando la vio acercarse.
—Buenos días.
—Hola. —murmuró.
—Le pedí que se alejara de mi sobrina, Sr. Edward.
—Sí, usted tiene razón. Pero se trata de una urgencia —explicó, haciendo reír a Maggie.
—Si Bella quiere hablar con usted, entonces ella se comunicará, ¿no es así?
—Y no puede —suspiró en voz baja, mirando a las tres mujeres enfadadas—. Está bien, gracias, perdón por haberlas molestado. Nos vemos.
—Bye bye —canturreó Leah.
Contrario a lo que pensaban, Edward estaba lejos de rendirse, así que entró a su coche casi corriendo, sabiendo perfectamente quien estaría dispuesta a ayudarlo. La interceptó a medio camino.
Angela bufó y se cruzó de hombros cuando Edward bajó del coche y se acercó a ella.
—Angela —saludó—. Escucha, ya sé lo que Riley te hizo, lo siento. Sé perfectamente lo desagradable que es, traté de advertirle a Bella, pero no me escuchó.
—No me interesa Riley, y nadie puede meterse en mi amistad con Bella. Que te vaya bien —masculló alejándose.
—Angela —le llamó nuevamente, haciéndola detenerse y girarse lentamente—. Sé que aun te caigo bien, reconócelo.
Ella trató de controlar su expresión, pero era como un libro abierto, su labio inferior sobresaliendo.
—No es así, Sr. Edward —mintió, haciendo que él levantara una ceja.
—¿Señor? —inquirió ofendido—. Yo era tu cuñado —le recordó con suavidad.
Angela boqueó un par de veces, sin saber que decir.
—Pero le hiciste mucho daño a Bella, y ella no se merecía eso.
—Lo sé, por eso quiero hablar con ella… tratar de arreglarlo.
—Por supuesto, una de las razones de su separación soy yo —murmuró Ange bajando el rostro con tristeza—. De haberlo sabido habría parado, de verdad, no sabía nada.
—Lo sé, Angela —le tranquilizó—. Por eso ahora quiero que me ayudes… ¿Dónde está Bella?
Cinco minutos después, Edward se encontraba buscando el lugar que Angela discretamente le había susurrado en el oído antes de confirmar tres veces que nadie los estuviera viendo y se alejó corriendo.
Por supuesto, no se lo había puesto tan fácil, le había dado unas cuantas pistas de donde podría estar ella, así que ahora estaba buscando un lugar amplio con un jardín cerca de un faro.
Bella, ajena a todo lo que estaba pasando a su alrededor, sonrió con cariño a las rosas frente a ella, mientras las acariciaba con suavidad, cortando las hojas que ya habían marchitado.
—Tienes que crecer sana, vas a florecer aún más —le susurró con ternura—. Eliminemos la carga, y la vida será más hermosa para todos, créeme.
Edward buscó a su alrededor, reconociendo su melodiosa voz, y cuando giró la vio sentada entre aquellas rosas y flores, su piel se erizó y su corazón dio un vuelco.
—Bueno, algunas hojas pueden haberse marchitado —comentó Bella—, quizás necesites más atención, pero la vida está llena de altibajos. Así que, ¿qué haremos? A pesar de todo y de todos, nos mantendremos de pie. No olviden que los niños aquí las toman como ejemplo —les recordó con suavidad.
Edward sonrió, por primera vez en varios días, una sonrisa brotó desde el fondo de su pecho. No podía creer lo hermosa que se veía con aquel pañuelo atado alrededor de su cabeza y sus suaves rizos cafés enmarcando su pequeño rostro. El brillo resplandeciendo a su alrededor, como una flor más en el jardín, una flor hermosa y llena de vida.
Edward carraspeó levemente, haciendo que Bella levantara la cabeza. Por un momento, creyó que lo estaba alucinando, pero era imposible que su imaginación tuviera tales alcances, estaba demasiado bello para ser producto de su mente.
—¿Edward? —preguntó recomponiéndose a sí misma.
—Este es el tercer jardín que visito hoy —le dijo mirando a su alrededor—. Es hermoso.
—Mmjm —asintió despreocupada, levantándose de su lugar—. Es un lugar hermoso. Terminé mi trabajo, disfrútalo —añadió
—Bella, vine a hablar contigo —la siguió.
—¡Tengo prisa! —canturreó casi corriendo.
—¡Bella! —ella no se detuvo, se quitó con brusquedad los guantes y guardó sus cosas en su bolsa, tratando de ignorarlo—. Bella, ¿puedes escucharme?
—No —masculló, caminando hacia la salida.
—Bella, ¿Riley se saldrá con la suya? Debes escucharme —insistió.
—Y todavía tu único problema es Riley, ¿cierto? Probablemente se llevaban muy bien cuando eran niños —bufó dándose la vuelta y enfrentándolo—. Comparten el primer lugar en la competencia de "¿Quién de nosotros romperá peor el corazón de una mujer?".
—¿No significa nada para ti que te estuve buscando y vine aquí?
—¿Te pedí que me buscaras?
—Bella, por favor. ¿Puedes detenerte y escucharme?
—No.
—Al menos sube al auto conmigo. Te llevaré.
—Llamaré a un taxi —replicó obstinadamente, rebuscando en su bolso, pasando de largo el coche de Edward.
—Bien, como quieras.
Se desató el cabello, estaba entretenida ajustándolo y llamando al taxi, cuando sintió la mano de Edward arrebatarle el celular y antes de poder pestañear, él se encontraba ajustando una esposa en su muñeca.
—¿Qué estás haciendo? —jadeó Bella sorprendida, viéndolo colocarse a sí mismo la otra esposa—. ¿Qué haces?
—Esto. Haciendo algo que nunca hubiera hecho, pero tú lo comenzaste.
Bella abrió la boca, tironeando de su mano.
—¿Qué quieres de mí?
—Hablaremos, Bella. ¿De acuerdo? —Ella le miró sin parpadear—. Confié en ti, cuando me esposaste y fui a una reunión de negocios. Ahora tú confiarás en mí.
—¿Sabes cómo usar la palabra "confianza"? —preguntó levantando la voz con enojo.
—Luego, si quieres, encontraremos a un cerrajero que no haya hecho un juramento para que venga y las quite, ¿de acuerdo? —continuó Edward, ignorando sus palabras
—¡Encuéntralo, entonces! —gruñó Bella acercándose a su rostro, y eso hizo que los sentidos de Edward se nublaran por un momento, antes de tragar saliva con fuerza.
—Vamos —le pidió, acercándola al coche.
Esta vez, por suerte, había sabido donde colocar las esposas así que él se encontraba manejando, una sonrisa instalada en su rostro y un alegre chiflido resoplando de sus labios. Bella estaba furiosa.
—Ahora, querida Bella —canturreó, sonriendo cuando ella dio un tirón a su mueca, acomodándose el cabello—, si nos movemos en sincronía, quizás esta vez, nuestras muñecas no se lastimen.
Ella, sin embargo, le miraba con los ojos abiertos en sorpresa, un sonrojo suave instalándose en sus mejillas.
—¿Qué quieres decir con "querida Bella"? —Edward la miró de reojo y se rió—. ¿A qué se debe?
—Lo único que te pido, es que escuches todo lo que diré —comentó ignorando su pregunta—. Y luego las esposas se irán, prenderemos el teléfono… Pasará todo lo que quieras. ¿De acuerdo?
Bella resopló mirando a su alrededor, el aire entrando libremente y el sol calentando su piel.
—¿A dónde vamos?
—A un lugar donde podamos hablar tranquilamente.
—Sabes, estoy increíblemente interesada. ¿Qué es este tema tan importante? —inquirió con sarcasmo.
—Ya verás —murmuró sonriéndole.
Bella volvió a tironear de su brazo y Edward se rió al verla tan enfadada. Para alimentar más su molestia, continúo silbando, y no porque quisiera hacerlo a propósito, pero es que todo iba saliendo tan bien para él, que realmente la felicidad brotaba de su pecho.
—Extrañaba esto —masculló Edward cuando hubieron llegado, mientras bajaba saltando entre los asientos, para salir por la puerta del copiloto.
Bella se rió entre dientes, girando la cabeza para que no la viera.
—Muy bien, Bella —suspiró señalándole el camino—. Aquí es.
Ella miró con curiosidad a su alrededor, rodeaba de vegetación y montañas.
—Hablemos lo antes posible y libérame rápidamente de esto —masculló tirando de las esposas.
—Nadie ha venido a esta casa durante mucho tiempo —comentó Edward mientras abría la puerta corrediza.
—¿Cómo se mantuvo tan limpia entonces? —preguntó con curiosidad, mirando los objetos impecables, incluido los muebles de madera rustica.
—Tenemos un vigilante al lado, él cuida la casa.
—¿Puedes abrir estas esposas ya? Estoy cansada.
Edward le miró fijamente, mientras ella lo evitaba.
—Ya sabes, no tienen llaves —le recordó.
—Lo sé, pero pensé que tenías algo para abrirlas.
—No —negó encogiéndose de hombros, y por un momento temió que ella lo golpease abruptamente.
—Si no puedes quitarlas cuando quieres, ¿por qué me pusiste estas esposas? —exigió enfadada.
—¿Tú me estás diciendo eso? —Bella apretó los labios y bajó la mirada—. Esto no fue planeado.
—No fue planeado, ¿eh? —repitió con sarcasmo.
—Sí, deberías estar familiarizada con eso.
—Entonces, ¿cómo terminaron estas esposas en tu auto de nuevo? —replicó entrecerrando los ojos y acercándose a su rostro.
—Es una larga historia —suspiró, guiñándole un ojo—. Hablemos primero.
—No, primero quítame las esposas.
—No, Bella —se burló—. Si las abro, vas a huir.
—¿Estás intentando controlarme otra vez? ¿Estás intentando volver a interferir en mi vida y mis acciones? ¡Incluso cuando deberías disculparte conmigo!
Edward sabía que la había empujado al límite, lo sabía, y ahora simplemente estaba esperando a que sucediera lo inevitable.
—¡Como un tirano, me obligas a pasar tiempo contigo aquí!
—Cuando terminemos de hablar, encontraré la manera de abrirlas —intentó tranquilizarla.
—No. ¡Abre ya las esposas, Edward!
—No, Bella.
—¡Ábrelas! ¡No quiero estar tan cerca de ti!
—¿Por qué? —preguntó con curiosidad.
—¡Te dije que las abras!
—Cuando llegue el momento —le recordó, encogiéndose de hombros.
—¡No, las abrirás ahora! —Bella estaba más allá de estar enojada, el hilo que la mantenía cuerda se había roto—. ¡Las abrirás ahora y me dejarás ir, te vas a mantener alejado de mí!
Edward no se movió.
—¡Te estoy diciendo que las abras ahora! —gritó tomando un jarrón que había cerca de ella y lo arrojó con fuerza al piso, rompiéndolo en mil pedazos—. ¡Déjame! ¡Vamos, ábrelas! ¡Ábrelas! ¡Déjame y sal de mi vida!
Edward estaba dejando que todo esto continuara, la dejó arrojar un par de cosas más al piso y lo hacía porque la conocía, sabía que de otra manera no habría posibilidad de hablar con ella, no hasta que descargara toda su furia.
—Quiero estar alejada de ti. ¿Por qué estás en mi vida? —repitió Bella enfurecida, haciendo que Edward riera un poco, y lo empujó con brusquedad, pero él se mantuvo firme—. ¡Mantente alejado de mí y ábrelas ya!
—¿Ya terminaste? —le preguntó, mirándola fijamente.
Solo en ese momento, Bella respiró, respiró y miró el desastre que era y que había provocado a su alrededor, suspiró y se pasó una mano por el cabello, cerrando los ojos.
—Terminé —asintió, dándole la espalda.
—Ven, vamos a sentarnos —la llevó suavemente al sillón, sentándose demasiado juntos, Bella apretó los labios y fingió que aquella cercanía no le afectaba.
Edward le dejó tranquila por un momento, dándole el espacio para tranquilizarse y pensar, y eso es lo que ella hizo, pensó tanto que ahora su mente era un globo desinflado, no sabía qué hacer.
—¿Podemos hablar ya? —le preguntó después de un rato.
—Yo no tengo nada de qué hablar. Habla tú. —no le miró, se encontraba casi dándole la espalda, sin embargo, su mano esposada quemaba, estaba casi arriba de la pierna de Edward. Y eso le abrumaba.
—Está bien… ¿Estás tranquila?
—Sí.
—Espero que no rompas algo más, si es que aún quedan cosas por romper.
—Actué impulsivamente, ya lo sé.
—¿Estás bien?
—Hice un gran desastre —murmuró mirando a su alrededor—, cuando lo veo, me pongo nerviosa. Levántate, limpiaré todo esto.
—No es necesario, déjalo así. —suspiró mirando los vidrios rotos—. Pero tienes razón, no hay que quedarnos aquí. Si quieres, podemos ir a caminar por el bosque, y hablaremos.
—Bueno —aceptó, dejando su bolso sobre el sillón—. Pero definitivamente limpiaré esto después.
Después de un rato caminando, fue liberando la tensión que seguía acumulada dentro de ella, e incluso se volvía a sentir cómoda, olvidando lo enfadada que seguía estando y el dolor sordo que la seguía.
—¿Disfrutaste el paseo?
—Por supuesto que sí —admitió respirando el aire limpio—. Pero ya quiero que hablemos.
—Hablaremos, no te preocupes. Pero antes de entrar en el tema, preparémonos y hablemos de otra cosa —sugirió, la verdad era que él simplemente disfrutaba de su compañía, la había extrañado demasiado, y no pensaba desaprovechar la oportunidad.
—Hablemos lo antes posible para que me pueda ir —negó Bella, mientras continuaban caminando.
—Está bien, tranquila, nos iremos antes que anochezca —prometió—. Pero tengo una pregunta que me da mucha curiosidad. —Ella esperó, frunciendo el ceño—. En el jardín en el que trabajabas hoy…
—El orfanato —añadió Bella, asintiendo.
—Sí, ¿qué haces allí?
—Trabajo ahí como voluntaria, no había aéreas verdes para los niños. El jardín estaba en un estado terrible, no había flores.
—¿Y ves a los niños? —preguntó Edward, su piel erizándose de admiración.
—Sí, los conozco a todos —asintió emocionada, su voz cargada de cariño—. Les doy lecciones de botánica.
—¿Para qué? —le sonrió, sus ojos brillando con curiosidad.
—Para que tengan esperanza, aprendí todo en la vida de las flores. Mi tía me enseñó. Sus nombres, sus significados… La forma en que se aferran a la vida, lo que las lastima. Todo eso se convirtió en una lección para mí. Y quise convertirme en una esperanza para los niños.
—¿Cómo te conviertes en su esperanza? Quiero decir… creo que estás haciendo algo genial. —añadió rápidamente, deslumbrado por su pureza—. Tal vez yo también esté interesado en convertirme en una esperanza para alguien algún día.
Bella sonrió, sus dientes brillando bajo el sol.
—Les digo que hagan lo que hacen las flores: aférrate a la vida, vuelve tu rostro al sol. Les digo que si el sol ha salido, entonces hay esperanza.
—Ah, eso significa que también hay esperanza para nosotros —soltó animado, antes de carraspear al ver la incomodidad en el rostro de Bella—. Quiero decir, para la humanidad.
Ella ocultó su sonrisa y asintió, frunciendo el ceño ante el nerviosismo evidente de Edward.
—Cómo sea —suspiró señalándole la casa frente a ellos—, hemos llegado.
Mientras caminaron por un camino estrecho, aprovechó para acercar su cuerpo al de él tomándola por la cintura, a Bella casi se le salen los ojos de la impresión, empujándolo con el brazo.
—¿Crees que nuestra relación ha mejorado porque hablamos durante dos minutos? —exigió enfadada—. Suéltame.
Edward carraspeó, levantando las cejas e indicándole que había alguien más con ellos.
—Bienvenido, Sr. Edward —saludó un hombre.
—Gracias. —murmuró antes de tragarse un gemido, cuando sintió que Bella le estaba torciendo los dedos, intentando que la soltara.
—Al verlo, le preparé la comida. No lo encontré en casa, así que preparé todo en la terraza —indicó amablemente el hombre.
—Hizo muy bien —agradeció.
—Disfruten su comida —señaló la mesa y se alejó.
Bella tironeó su brazo con fuerza, las esposas se le clavaron con fuerza en la piel, pero consiguió alejarlo.
—Tengo mucha hambre —admitió viendo los platos de comida.
—Perfecto —suspiró Edward aliviado.
Limaron asperezas en silencio, después de acordar comer de manera coordinada, debido a las esposas.
—Esto está muy rico —Bella dio un segundo bocado, casi ronroneando de placer.
—Sí, no podría ser mejor —pero él no estaba hablando de la comida, y sus ojos no se apartaron ni un segundo de ella, brillando más que las estrellas.
Bella intentó ocultar su sonrisa, pero fue imposible, así que continuaron comiendo en un cálido silencio, por suerte la tranquilidad duró hasta permitirles lavar los platos.
—Listo —anunció Edward, enjuagando el ultimo plato. Se lo pasó a Bella para que lo secara.
—Empieza a hacer frío —se estremeció ligeramente, los shorts cortos y la camisa que llevaba no le cubría lo suficiente.
—Sí, ven conmigo… —la llevó a través de la casa, hacia un mueble, donde sacó una pequeña caja de herramientas—. Ya que nuestro asunto ha terminado… ahora, podemos quitarnos las esposas.
—¿Disculpa? —inquirió Bella con los ojos entrecerrados—. ¡Sabías como quitar las esposas, pero no lo hiciste! ¿Cierto?
—Sí, Bella…
—Sabías como quitarlas desde el principio… podías haberlo hecho, ¡y no lo hiciste!
—Sí, Bella —repitió con tranquilidad.
—¿Por qué estás haciendo esto?
—Porque lo disfruto —la miró fijamente, su labio tirando suavemente en una sonrisa—. ¿Te has calmado?
—El reconocido arquitecto Edward Cullen… ¿Pensó que me calmaría estando esposada? ¿Eso esperabas? ¡De verdad, eres muy creativo! —añadió sarcásticamente.
—A veces solo debes pensar simple, Bella.
—Quítalas —replicó tirando de las esposas.
Mientras las estaba quitando, sus ojos verdes no se alejaron ni un segundo del rostro de Bella, acariciándola con la mirada, impresionado de que, aun enfadada, su belleza era la misma.
—No te lo puedo creer —murmuró entre dientes, masajeando su muñeca adolorida.
—¿De verdad? —ella le dedicó una mirada feroz.
—¿Por qué una persona haría esto? —preguntó señalando hacia las esposas, Edward se rió.
—¿Tu me estás preguntando eso? "¿Por qué alguien esposaría a otra persona?" ¿Tú lo dices?
Una sonrisa involuntaria brotó de los labios de Bella, bajó la mirada avergonzada, y Edward deslumbró la habitación con su risa burbujeante.
—Estás sonriendo. También lo disfrutaste. —señaló, inclinándose para verla mejor—. Además, hay algo más…
Bella extendió la mano, rodando los ojos y Edward le regresó su celular.
—Así que estaba ahí. —murmuró rodando los ojos
—Está bien, ya que hace frío, iré a recoger un poco de leña —suspiró, dirigiéndose hacia el patio trasero.
—¿A dónde vas? —Preguntó boquiabierta—. ¡Llevamos horas aquí, pero no hemos hablado! —Edward la ignoró—. ¡Date prisa!
Bella aprovechó su salida para marcarle a su amiga.
—¿Hola, Rose?
—¡Bella! ¿Dónde estás? Estamos muy preocupadas, y tu tía también. ¿Cómo estás?
—Estoy bien, no te preocupes. Edward quiere hablar conmigo —asomó su rostro por la puerta y lo observó cortar madera con un hacha, sintió su boca reseca—. Creo que quiere pedirme perdón, intentará ganarse mi corazón. Así que estoy esperando.
—Es bueno saber que estás bien, por favor, avísame cualquier cosa.
—Está bien, ya te contaré después.
Colgó y entornó los ojos con una sonrisa socarrona, acercándose a Edward.
—¿Qué necesidad había de cortar leña? Si hubiésemos hablado, ya nos habríamos ido.
—Lo hago para que esta noche no tengas frío —respondió colocándose el hacha sobre el hombro, dedicándole una sonrisa torcida.
—¿Esta noche? —se cruzó de brazos, levantando una ceja.
—Mmhm, nuestra platica será un poco larga.
—Bueno. —aceptó después de unos segundos—. Te estaré esperando.
Se dio la vuelta, evitando que él viera la sonrisa casi triunfal y llena de gozo que se apropió de sus labios, aunque ella solo buscara una disculpa de su parte, le causaba un gran placer verlo hacer todo esto por ella, y eso le llenaba el alma.
Para cuando Edward finalmente hubo encendido la chimenea, la oscuridad ya los había envuelto como una manta. La temperatura había bajado considerablemente gracias a la pequeña llovizna que estaba cayendo.
—Adelante, te escucho. —asintió Bella con una sonrisa confiada, estaba más que lista para perdonarlo. Solo era cuestión de minutos.
—Riley Biers —empezó Edward.
La sonrisa de Bella se esfumó abruptamente, se irguió rápidamente y lo miró confundida.
—¿Estás hablando en serio?
—Bella…
—Quiero escuchar una cosa, y tú dices otra.
—¿Qué quieres escuchar? —preguntó sin entenderla.
—Nada, sigue hablando. —negó cerrando los ojos, intentando controlarse.
—Riley me lastimó tanto como a ti, y también rompió el corazón de Angela.
—Y tu el mío, ¿ya lo olvidaste?
—Está bien, quiero compensarlo. —Bella no se quiso apresurar a gritarle, quizá finalmente estaba a punto de disculparse, así que asintió en silencio, esperando que continuara—. ¿Recuerdas el proyecto del hotel ecológico? Fue idea tuya.
Ella apretó las manos con furia silenciosa.
—Así que le vamos a quitar lo que nos pertenece, lo haremos juntos. —concluyó Edward.
—A mí no me pertenece nada. Entonces, ¿me trajiste aquí esposada para ofrecerme un trabajo?
—No solo por eso.
—¿Para qué más?
—Parece que la lluvia se está intensificando —señaló, intentando de desviar el tema.
—¿Para qué más me trajiste aquí? —exigió Bella con molestia—. Si no fue solo para ofrecerme un trabajo, ¿para qué más?
—Mira, sé que estás enojada conmigo…
—¿Vas decir "cometí un error, tienes razón"? ¿Qué dirás?
—Tu también cometiste un error, Bella. Quiero decir, si hubieras sido más cuidadosa —se encogió de hombros—, nada de esto habría sucedido.
—En lugar de pedirme disculpas, ¿estás diciendo que cometí un error? —Ella entrecerró los ojos, su sangre corriendo con fuerza.
—¿Puedes escucharme?
—No tengo nada que escuchar. —giró la cabeza, mirando hacia otro lado.
—Bella, de verdad no te entiendo. —masculló con frustración—. A veces empiezo a pensar que estás loca, no me dejas hablar.
—No hay nada de qué hablar —sentenció levantándose—. Me voy.
—Bueno, bien. Entonces vámonos. —asintió molesto, poniéndose de pie.
—No quiero estar en el mismo lugar que tú ni un segundo más, Edward. Me iré por mi cuenta.
—Bella, estamos en la cima de la montaña. ¿Cómo te irás sola? Se razonable.
—Si es necesario, rodaré cuesta abajo. —gruñó con las mejillas sonrojadas de la furia—. Lo que sea necesario para estar lejos de ti.
Tomó su bolso con furia, cruzándoselo sobre el hombro y el pecho, y salió de la casa, ignorando su llamado. La lluvia golpeó fuertemente sobre su cuerpo mientras caminaba hacia lo que suponía era la salida.
—¡Bella! —gritó con fuerza, siguiéndola—. ¡Bella!
—¿Qué quieres? ¡¿Qué?! —gritó dándose la vuelta—. ¿Qué es lo que aún quieres de mí?
Bella le empujó el pecho de Edward con fuerza, pero este en lugar de echarse para atrás, la tomó del brazo, pegando su cuerpo contra el suyo, provocando que sus rostros rebotaran juntos ante el impulso. Y jadearon, sin poder evitarlo, habían rozado sus labios por unos suaves segundos, la lluvia y la furia mezclados, los cegaron brevemente.
Ella cerró los ojos, olvidando el frío del aire y de la lluvia, sintiendo la calidez de las manos de Edward envolver sus brazos con fuerza, su torso pegado firmemente a su pecho, que subía y bajaba erráticamente.
—Bella, discúlpame… —empezó tan pronto ella se alejó con brusquedad, limpiándose los labios—. Vamos, entremos, nos estamos mojando.
—¡Me voy, Edward! —estaba acalorada, ambos lo estaban, el breve contacto de sus labios había dejado una estela de fuego que estaban tratando de sofocar.
—Bien, te juro que no pensé que me soportabas tan poco. —masculló, herido—. No había pensando en eso. Quédate, no te preocupes. Yo me voy.
Bella lo observó boquiabierta, mientras él le daba la espalda y se subía a su coche cerrando de un fuerte portazo, se quedó parada bajo la lluvia antes de mirar a su alrededor y correr hacia el interior de la casa.
El coche de Edward gruñó con fuerza, saliendo disparado hacia la salida.
Habían pasado diez minutos desde que él se había ido, así que ahora ella se encontraba sentada cerca del fuego, enrollada en una toalla que encontró por ahí, esperando que su ropa se secara. Se mordió ligeramente una uña y tomó su celular, escribiéndole un mensaje a Rose.
Esta noche me quedaré en la casa de Edward, él no está aquí, así que no te preocupes. —B. S
Estaba nerviosa, la oscuridad le ponía los vellos de punta, así que se levantó y paseo por la sala, observando las fotos familiares. Se puso de puntillas viendo una foto donde estaba toda su familia, incluido un Edward pequeño y sonrió al ver aquel rebelde cabello cobrizo y unos chispeantes ojos verdes. Y su hermano mayor era casi una copia idéntica a lo que él era hoy, al menos físicamente hablando.
Estaba por curiosear otra foto, cuando se le heló la sangre al ver a un hombre vestido completamente de negro pasar hacia la puerta de entrada, corrió rápidamente hacia su bolso y sacó una botella de gas pimienta, tan pronto el hombre entró, Bella no se detuvo y vació medio bote sobre su rostro.
—¡Ah! ¿Qué estás haciendo? —gritó Edward, gimiendo de dolor al tiempo que se agarraba el rostro—. ¡¿Qué estás haciendo?!
Bella se cubrió la boca con sorpresa, ahogando un grito.
—¡Lo siento mucho! —exclamó con preocupación—. ¡De verdad, lo siento mucho! Yo… pensé que eras un pervertido que venías de las montañas o algo así.
—¿Pervertido de la montaña? —repitió Edward con los ojos enrojecidos entrecerrados y la visión borrosa—. ¿Estás bromeando? ¿Qué clase de imaginación tienes?
Bella se mordió el labio con fuerza, ayudándolo a quitarse el impermeable oscuro.
—¿Estás bien? —susurró mirando fijamente su rostro.
—No, Bella —gimió, retorciéndose.
—De verdad, lo siento mucho —repitió, la sangre había huido de su rostro—. Esto es lo último que le haría a un hipocondriaco como tú.
Edward cerró los ojos e intentó orientarse, tanteando con las manos a su alrededor.
—Estoy aquí —Bella le tomó del brazo rápidamente.
—Te traje algo —murmuró Edward, intentando buscar la bolsa que había tirado al piso.
—Está bien —le tranquilizó, tirando de él suavemente—. Ven, vamos a lavarte la cara.
Bella le ayudó a lavarse el rostro con mucha agua, sin embargo, él se encontraba renuente a abrir los ojos, así que lo sentó sobre el sillón, y colocó un cuenco de agua a un lado.
—Bella, deberías ir a cambiarte —comentó Edward—. Te vas a resfriar.
Ella asintió, tomando la bolsa que él trajo. La abrió y encontró un bonito mini vestido rojo con mangas casquillo y minúsculas flores blancas estampadas. Al ponérselo, se sorprendió al ver lo bien que se ajustaba a su cuerpo y sonrió.
Regresó rápidamente a donde Edward y continuó pasando el paño con suavidad por su rostro, mientras él seguía quejándose.
—¿Estás mejor?
—Te lo juro que no lo sé, Bella —respondió con cierta exageración—, quizás nunca pueda volver a ver.
Ella entrecerró los ojos con sospecha, mientras seguía pasándole el paño.
—Yo creo que ya puedes abrir los ojos.
—Creo que necesito continuar un poco más —murmuró negando rápidamente, estaba tan cómodo que incluso estaba agradecido de la locura que ella había hecho.
—¡Ay!
El grito de Bella hizo que Edward abriera rápidamente los ojos, buscando frenético el peligro a su alrededor, hasta que vio la sonrisa triunfal en su rostro, y él apretó los labios, en una sonrisa culpable, señalándola lentamente.
—Así que puedes ver —comentó Bella.
—Es un milagro.
—Mmhm, claro que sí.
—Sí —carraspeo Edward, antes de mirarla detenidamente, paseo sus ojos de arriba abajo sobre ella, con lentitud, antes de tocar con suavidad la pequeña manga sobre su hombro—. Te queda hermoso el vestido.
—Gracias, es justo de mi talla —señaló, apretando los labios para no delatar su sonrisa.
—Qué suerte —exclamó, fingiendo sorpresa.
—Sí, que suerte.
Edward miró a su alrededor, buscando una distracción, y encontró la perfecta.
—Hay goteras por todos lados —miró los múltiples trastes por todo el piso, mientras el agua goteaba del techo.
—La casa de Edward Cullen se inundó, que los paparazzis no se enteren —se burló Bella, mirándolo con una sonrisa.
—Las carreteras también se inundaron —le dijo, ignorando su comentario—. Así que, lamentablemente, tenemos que quedarnos aquí esta noche.
Por supuesto, no había nada lamentable en su rostro, y el brillo de sus ojos delataban la falsa tristeza de sus palabras. Bella lo miró en shock.
—Como sea —suspiró mirando el fuego—. Ya que nos quedaremos aquí, te mostraré la habitación de invitados… Vamos.
—¿Hablas en serio? —susurró Bella en voz bajita, siguiéndolo.
—Sí, vamos.
—Bueno, está bien —asintió, acomodándose el cabello con nerviosismo.
Por supuesto, con lo que Edward no contaba, y mucho menos Bella, era que cada una de las habitaciones dentro de la casa estaba llena de goteras, el piso y las camas completamente humedecidas.
—Solo aquí hay una cama seca —suspiró Edward, entrando a la ultima habitación que quedaba.
Bella apretó los labios, su corazón latiendo desbocado. Mirando entre la cama y él.
—¿Habrá algún problema si nos acostamos juntos? —preguntó Edward antes de carraspear.
—Me preguntas como si tuviera otra opción. —él abrió la boca, pero la cerró con la misma rapidez—. No, no hay problema.
—Bien, entonces…
Bella entornó los ojos, y se sentó sobre el colchón, dándole la espalda. Se quitó los zapatos, y se metió debajo de las colchas oscuras, cubriendo sus piernas desnudas.
—¿Qué estás haciendo, Edward? —exigió Bella, mirándolo acomodarse en la cama.
—Me estoy acostado, Bella —replicó con obviedad.
—¿Puedes darte la vuelta?
—¿Qué?
—¿Puedes darte la vuelta? —repitió, con los labios apretados.
—Siempre duermo sobre mi hombro derecho, es bueno para el corazón.
Edward continuó acomodando la almohada, fingiendo ignorar la mirada taladrante que le estaba dando.
—Entonces, que sea diferente esta vez, para el corazón—pidió Bella con paciencia—. ¿Puedes darte la vuelta?
—Bien —se giró a regañadientes, dándole la espalda—. Era más saludable así, pero bueno…
Se mantuvo así escasos quince segundos, antes de negar rápidamente.
—No, esto es muy peligroso —murmuró dándose la vuelta—. Entonces, dormiré de espaldas.
Bella guardó silencio, intentando mantener su respiración constante, eso hasta que lo escuchó carraspear sonoramente.
—Bella…
Fingió que no escuchó nada.
—Bella… —repitió en voz baja—. Está goteando de mi lado. Así que… me voy a acercar un poco, solo un poquito. Hay agua sucia que gotea del techo, y me puedo enfermar.
—Mójate por completo. Y quédate ahí. —murmuró finalmente—. Buenas noches, Edward Cullen.
—Buenas noches, Bella Swan.
Merhaba!
Estoy enamorada del hermoso recibimiento que tuvo el capitulo anterior... sus reviews me motivaron.
¡Gracias a todas!
Y pues sí, vamos a hacer sufrir a Edward otro poco... al parecer, todas están de acuerdo en eso jajaja.
Aquí la pregunta es... ¿Cómo van a despertar al día siguiente? ¡AAAAYYY!
Nos vemos el martes con el adelanto.
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görüşürüz!
Con cariño, Ame y Annie.
