Disclaimer: Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de Ayşe Üner Kutlu. Yo solo adapte y mezcle los personajes.


Beta & Colaboradora: Annie Cullen Swan-Tudor Boleyn.


Capitulo 30.

A la mañana siguiente, Edward se levantó como cualquier otra, tomó una ducha, se peinó y se vistió como siempre lo hacía, incluso tomó el desayuno con toda la calma del mundo, y aunque no había podido dormir, había dedicado toda la noche a bloquear sus pensamientos y al parecer estaba funcionando.

—¡Qué maravillosa mañana! ¡Qué hermoso día! —canturreó Esme, acercándose a Edward con una enorme sonrisa—. Provecho, cariño.

—Gracias.

Su madre tomó asiento junto a él, y mientras se cruzaba de piernas, Esme le miró con detenimiento.

—¿Lauren ha cancelado la boda?

—No —negó, tragando su comida con suavidad—. Por ahora.

—¿Cuánto tiempo más vas a hacerla sufrir, Edward? ¿O es una venganza porque ella te dejó?

—Mamá —suspiró tratando de no molestarse—, por favor, mantente al margen en este tema.

Esme levantó las manos, y asintió.

—¡Sra. Esme! —gritó Stefan acercándose con una sonrisa—. ¡El problema está solucionado!

—Está bien, Stefan.

—¡Nos vemos!

Edward le miró con curiosidad.

—¿De qué problema hablaba? —inquirió.

—Si yo no me meto en tus asuntos, entonces has lo mismo con mis cosas. Todo está controlado y marcha estupendamente, no hay ningún problema… tu tranquilo. Bien, me está esperando. ¡Nos vemos! —se despidió agitando con delicadeza su mano.

Edward se rio para sus adentros, mientras picoteaba la fruta de su plato antes de suspirar y seguir comiendo.

X – X – X

Guapa, irresistiblemente bella, sublime, ardiente…

Esas y otras palabras son las que había utilizado Rose para convencerla de hacer lo que actualmente se encontraba haciendo, se miró fijamente en el espejo observando su cabello marrón pulcramente cepillado, su rostro limpio con la cantidad necesaria de maquillaje y sus largas pestañas enmarcando su rostro…

Y no solo eso, incluso se había vestido con el mejor atuendo que tenía. Su estomago era una increíble revolución mientras miraba fijamente su celular.

—No vas a llamar, ¿verdad? —preguntó con la garganta en un nudo tenso—. No vas a volver a llamarme nunca más.

Inhaló con fuerza, cerrando los ojos y dejando que el aire fresco que entraba por su ventana le refrescara la piel, y le despejara la mente.

Su celular empezó a vibrar, antes de que el pitido insistente le avisara de una llamada entrante, jadeó sorprendida y se sentó erguida rápidamente, mirando el celular boquiabierta.

"Edward Cullen"

—¿Estoy soñando? —susurró pestañeando tres veces antes de presionar el botón verde—. ¿Hola?

Buenos días —saludó su familiar voz ronca y atractiva de siempre—. Estoy afuera de tu casa.

—¿Para qué?

¿Puedes bajar, por favor?

—Bien, ya voy —espetó fingiendo despreocupación, antes de colgar la llamada y empezar a reír con emoción, se giró otra vez al espejo y se cepilló el cabello por cuarta vez, asintió satisfecha consigo misma.

—¡Bella, pareces una princesa! —chilló Angela con la boca abierta, mientras caminaba hacia la mesa del jardín, donde estaban sus amigas y su tía.

—No es una princesa —negó Leah sonriendo—. ¡Es una belleza salvaje! ¡Una autentica Femme Fatale! —gruñó alzando la mano y chocando las palmas con Bella.

—No encuentro otros términos, pero definitivamente te ves muy hermosa —asintió Rose sonriendo abiertamente.

—No exageren, ¿y ustedes qué? Son las más hermosas —elogió Bella—. Es que no están acostumbradas a mi estilo profesional, es por eso… Bueno, me marcho ya.

—Oh, ¿no quiere tomar una taza de té, señorita ejecutiva? —preguntó Maggie señalando el asiento vacío.

—No, gracias —negó Bella, mirando hacia la salida—. No quiero hacer esperar a Edward.

—¡¿Edward ha venido?! —gritó Ange levantándose rápidamente con una enorme sonrisa de oreja a oreja.

—Ange, siéntate —suspiró Bella, mientras su amiga asentía con un puchero—. ¡Hasta luego chicas, un beso!

—¡Cuñado! —gritó Ange asomándose por entre los arbustos, y Bella rodó los ojos mientras se dirigía hacia el portón.

—Angela, buenos días —asintió Edward respetuosamente, sin embargo, no logró contener la sonrisa honesta que brotó de sus labios.

Una sonrisa que duró poco, porque cuando vio a su estrella salir, sintió que su pecho sufría un colapso irreparable, todo lo que ella se ponía le quedaba de maravilla y de eso no tenía duda, le costaba entender como una persona podía ser tan hermosa y perfecta.

Pero el sonido de los pitidos insistente de su reloj lo devolvieron rápidamente a la realidad, y frunció el ceño cuando bajó la mirada hacia su muñeca y el pulso acelerado brillaba en números rojo en la pequeña pantalla.

Bella sonrió discretamente, y se detuvo frente a él.

—¿Estás bien?

—Sí —carraspeó, frunciendo el ceño—. Supongo que estabas segura de que vendría, por eso te has vestido así —señaló, mirándole por completo.

—De hecho, te equivocas. Tengo unas reuniones, es por eso —mintió, levantando una ceja.

—¿Qué tipo de reuniones? —replicó Edward, bastante confundido.

—Pues de trabajo… el estudio…

—Ah —asintió con un suspiro, frunciendo los labios—. Muy bien, ya veo que no pierdes el tiempo. Dime, ¿ya lo habías planeado desde antes?

—Sabes, yo también he aprendido algunas cosas de ti.

—¿Aprendiste algo de mí? —repitió con una sonrisa—. Qué bien.

—Sí —afirmó con los ojos brillantes.

—¿Nos vamos? —preguntó Edward señalando su coche.

—¿A dónde vamos? —murmuró, mientras subía al asiento del copiloto.

—Quiero llevarte a un sitio muy especial —anunció

Bella fue incapaz de esconder su emoción mientras se abrochaba el cinturón, y Edward se encontró completamente satisfecho ante ello.

Se detuvieron frente a una enorme mansión después de varios minutos de conducir por las calles silenciosas de Estambul, Edward abrió la puerta principal, invitándola a entrar y Bella sonrió maravillada mirando a sus alrededores, con los pajarillos cantando alegremente de fondo.

—Qué hermoso es aquí —murmuró, apreciando las vistas.

—Sí —asintió Edward siguiéndole de cerca—. Es de uno de mis clientes, quiere que restauremos el jardín, por dentro y por fuera… Se va a reformar para poder alquilarla.

—Me encantaría vivir en una casa así. ¡Estos árboles tienen más de 100 años! —señaló con una sonrisa orgullosa, antes de apretar las manos alrededor de su cintura—. Y… ¿Por qué estoy aquí?

—Quiero que me ayudes.

—Desde ayer ya no trabajo para ti —le recordó con amabilidad.

—Ambos sabemos que nunca has trabajado para mí, Bella Swan.

Edward se alejó, dejándola con una sonrisa, antes de seguirlo escaleras abajo, hacia el inmenso jardín que continuaba extendiéndose por la enorme mansión.

—Esta casa tiene una historia muy interesante —le comentó Edward—. El antiguo propietario era uno de los médicos más famosos de Estambul, hasta que sufrió un ataque al corazón.

—No me dejes con la intriga, sigue —pidió Bella observando cada árbol.

—Se enamoró de su paciente, la vecina de la mansión de al lado —señaló, adentrándose en uno de los jardines—. A ella le gustaban mucho las rosas, así que él usaba estas flores para poder verla.

Bella se rio quedamente.

—Qué excusa más buena —asintió.

—Además, el doctor plantó una rosa para la mujer que amaba… cultivó una rosa que solo crece en su jardín. Hoy esta flor se llama "Hekimbasi"

—¿El creador de esa variedad vivía aquí? —preguntó Bella totalmente sorprendida—. ¡Qué emocionante!

Se acercó a las rosas y las miró de cerca con una enorme sonrisa, inhalando su aroma, antes de girarse y seguir a Edward.

—¿Y después? —inquirió atrapada en la historia.

—Después… el tiempo fue pasando, y la mujer se cansó de esperar. No le gustaba que él fuera un hombre tan introvertido y adicto al trabajo, acabó conociendo a otro hombre y se casó con él.

—¿Y que hizo el doctor? ¿Se puso triste… o era un robot, como tú?

Edward levantó las cejas con cierta diversión, y le miró de soslayo antes de suspirar.

—No seas así, Bella… Los robots también tienen corazón. —se detuvo, y ambos se miraron por un momento, antes de que Edward asintiera—. Sí, el doctor estaba destrozado. Acabó yéndose de esta casa, y dejó las rosas atrás.

Bella frunció ligeramente los labios, y bajó la cabeza mirando sus manos.

—Entonces, ¿se marchó y dejó todo atrás cuando se dio cuenta de que ella no lo amaba?

—Exacto.

—Qué duro —respondió honestamente—. Entiendo al doctor. Qué gran historia, muchas gracias.

—De nada —asintió con una pequeña sonrisa, antes de señalar hacia la casa—. ¿Y entonces? ¿Vas a ayudarme con tus ideas, o no?

Ella le sonrió.

—Lo intentaré —aceptó.

Volvieron a recorrer los alrededores, y aunque en algunos aspectos Edward era demasiado taciturno, Bella le explicaba tranquilamente su punto de vista hasta que él asentía satisfecho y entonces ella tomaba notas para que a él no se le pasara por alto.

Lo mismo sucedió con el interior de la casa, incluso se encontró dando consejos que no le correspondía exactamente a su área, sin embargo Edward le alentaba a que continuara.

—Y esta es la última habitación —señaló, entrando.

—La vista desde aquí es muy hermosa —suspiró Bella con añoranza, mirando por los enormes ventanales—. Tiene que ser el dormitorio —afirmó.

—¿La que tiene las mejores vistas? —preguntó Edward sorprendido.

—Sí, ¿qué tiene? ¿Por qué la gente da sus mejores habitaciones a sus invitados en lugar de quedársela ellos mismos? —inquirió con intriga—. ¿Quizás solo para presumir? ¡Qué tontería!

Edward se rio y asintió.

—Sí, es una tontería… bien, entonces, ¿Cuáles serían los colores?

—Tonos neutros, naturales… suaves. Y cortinas en todas las ventanas, se verá hermoso —señaló sonriendo, visualizando el resultado—. Y mobiliario sencillo y elegante, en pequeñas cantidades. Muchas almohadas.

—Bien —aceptó Edward, sin dejar de mirarla por un segundo.

—Bien.

Giró un minuto más por la habitación, antes de cruzarse de brazos y acercarse a él.

—¿Por qué has ido a recogerme hoy?

—Para pode verte —admitió, ganándose una suave sonrisa de Bella.

—Al parecer, aún no has encontrado el modo de acabar con esto.

—No tiene por qué terminar. —insistió.

—¿Le dijiste que sí a Lauren? —preguntó apenas abriendo los labios, y su sangre se heló cuando Edward se demoró más de cinco segundos en responderle.

—Crees que debería decirle que sí, ¿cierto? De verdad quiero saber lo que piensas, así que por favor… se honesta. —pidió.

Bella se encogió de hombros, alejando la mirada.

—Lauren es… lo correcto, la decisión más lógica… siempre lo has dicho. Entonces supongo que deberías decirle que sí

—Muy bien —suspiró, apretando sus brazos—. ¿Y tú que vas a hacer?

—Acabar mis estudios —respondió con una sonrisa apretada—. He solicitado admisión también en el extranjero.

—¿En el extranjero? —repitió asintiendo—. ¿Por qué no quieres que te ayude? Con el tema de la beca. Puedo hacerlo, y lo sabes.

—No —negó rápidamente—. No quiero, no quiero nada de ti. El día que te besé dijiste que había destruido tu vida, arruinado tu imagen… ¿Te acuerdas? —preguntó sin esperar una respuesta—. Yo solo quería arreglarlo, y lo he hecho. Te deseo una vida muy feliz con Lauren.

Sabía las palabras que tenía que decir, las tenía en la punta de la lengua, pero no podía obligarla a quedarse… no cuando ella no lo quería, y estaba tan dispuesta a entregárselo a otra mujer.

—Bella… no tienes que irte.

Ella lo miró fijamente, antes de apretar los labios con fuerza.

—Tengo que hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque no quiero quedarme —afirmó, rompiendo finalmente el corazón de Edward, y el suyo en el proceso.

Se giró con brusquedad y salió hacia el balcón de la habitación, con riesgo a hiperventilar si estaba un segundo más abrumada con su cercanía.

—De todos, ¿por qué insiste tanto en que no me vaya? —exigió cobrando fuerzas, dándose la vuelta, suplicando e implorando por una razón, una razón válida para quedarse—. No entiendo qué es lo que pretendes.

—¿De verdad me odias tanto? —replicó Edward enfrentándola—. Tanto así que no puedes trabajar conmigo.

—Sinceramente no me conoces, Edward —murmuró con los ojos brillantes con lágrimas no derramadas—. No trabajaré contigo. No puedo trabajar contigo. Yo también quiero vivir mi vida… De ti… da igual —negó suspirando con fuerza.

—Por favor, ¿puedes acabar la frase? —inquirió Edward con los ojos ligeramente rojizos—. ¿Qué ibas a decir?

—Quiero estar lo más lejos posible de ti, de tu influencia sobre mí.

Edward bajó la mirada, y asintió, finalmente habían estado de acuerdo en algo, y en definitiva él no le convenía a Bella, lo había sabido desde el primer momento en el que sus ojos se cruzaron en aquella sala de conferencias.

—Está bien, tienes razón —asintió.

—Así es.

—Bueno, en ese caso… —suspiró, buscando fuerzas donde no las habían—. Muchas gracias, por todo lo que has hecho.

Bella se mordió el labio inferior con fuerza, sus ojos eran dos pozos profundos de tristeza, semejantes a los de él.

—Me reuniste nuevamente con Lauren, has completado tu misión —le felicitó con falsedad.

Bella intentó sonreír, pero no pudo, así que cerró los ojos, apretó con fuerza las uñas contra la palma de su mano, y asintió finalmente, abriendo los ojos otra vez.

—Gracias a ti también, Edward Cullen. Me has regalado las semanas más inolvidables de mi vida. —susurró, con riesgo a que su voz se quebrara en la última parte.

Edward le miró por un momento, antes de abrir sus brazos y acercarse a ella.

—Ven acá —le susurró, rodeando su pequeño cuerpo, colocando su cabeza contra la suavidad sedosa de su cabello.

Una pequeña lágrima se deslizó por el rostro de Bella, y enterró el rostro contra el espacio entre su cuello y hombro, inhalando con fuerza su olor. Quiso quedarse ahí eternamente, quiso nunca despegar sus manos de su ancha espalda, y quería sentir por siempre el calor de su cuerpo de aquella manera, quería sentir sus manos fuertes y grandes rodearle su cuerpo.

Un celular interrumpió abruptamente el momento, y se separaron con rapidez.

—Dime, Jasper —espetó Edward, pasándose una mano por el cabello, miró de reojo a Bella y apretó los labios.

Hola, hermano —saludó animadamente.

—Ah, ¿entonces hay una crisis en la oficina? —preguntó.

No, no hay ninguna crisis, solo quería hablar contigo —respondió Jasper bastante confundido.

—Entiendo, Jasper, en ese caso debemos de solucionarlo lo antes posible.

Pero te estoy diciendo que no hay ningún problema —insistió Jasper—. ¡No hay, no lo hay!

—Mhmm —asintió Edward, mientras Bella bajaba la mirada—. No te preocupes, ya lo resolveremos Jasper, voy en camino.

Edward, pero-

Cortó rápidamente la llamada y miró a Bella con falso arrepentimiento.

—Tengo que ir a la oficina a resolver unos asuntos —explicó.

—En ese caso, aquí es donde nos separamos —respondió, esquivando su penetrante mirada.

—Ven conmigo también, después te llevaré a casa.

—No —negó, estaba agotada de todo esto, y verlo le costaba cada vez mas sabiendo que era la última vez—. No quiero.

—Mira, Bella, te llevaré esta noche… quiero decir, quiero llevarte a cenar si tu quieres… digo, es un poco extraño que te alejes de mi vida tan de repente.

—Edward —suspiró, cerrando los ojos por un breve segundo—. No es necesario. Esto ha terminado, no alarguemos más lo inevitable.

—Estoy tratando… de alguna manera, estoy tratando de devolverte todo lo que hiciste por mí, pero no me dejas. Por lo menos ven conmigo a la oficina, y luego deja que te lleve a casa —insistió.

Bella le sonrió levemente, e inclinó el rostro ligeramente.

—No puedes vivir sin mí, ¿cierto?

—Bueno, tienes ese efecto en las personas —asintió, riendo quedamente—. Vamos, por favor…ven conmigo.

—Bueno, está bien —aceptó finalmente—, así me despido de todos en la oficina.

Edward aún no tenía idea de cuál sería su siguiente movimiento, pero al menos, ella seguiría otro rato más en su vida.

Bella observó la fachada de Art Life por última vez, antes de que una fuerte nostalgia se apoderara de ella, entraron juntos a la oficina, y el rostro sonriente de Jasper le dio la bienvenida.

—¡Bella, qué alegría verte!

—Muchas gracias, Jasper —respondió sonriendo.

—Sr. Edward —exclamó Bree en voz alta—. La semana siguiente tiene una conferencia, ¿reservo habitación para dos?

—Sí, hazlo —asintió, bastante distraído, ajeno a la taladrante mirada de Bella—. Jasper, necesitamos hablar con urgencia sobre la crisis.

—¿La crisis? —inquirió confundido.

—¡Jasper, la que me has dicho que teníamos, ven ahora mismo! —gritó Edward bastante exasperando, entrando a la oficina de su amigo.

—¿Qué crisis, hermano? —preguntó una vez hubieron cerrado la puerta de cristal.

—¡Bella se va!

—¿A dónde va? —replicó.

—¡Ella se va nuestras vidas, Jasper! Tienes que hacer algo, hazle una oferta. —exigió apretando los dientes—. ¡Hazle una oferta de trabajo que no pueda rechazar! ¡Mantenla en esta oficina!

—¿Qué dices? Mira, te juro que ya me estoy hartando ese cerebro mecánico que tienes.

—Jasper, ¿no lo entiendes? —preguntó, encarándolo con enfado—. ¡Ella se va al extranjero! ¡Se va para siempre! Por eso tienes que ofrecerle un contrato para que se quede aquí. Ella no quiere trabajar conmigo, y lo entiendo, pero si tú le ofreces el trabajo entonces se quedará.

—De acuerdo, pero, ¿qué quieres que le ofrezca? —inquirió Jasper.

—¡Lo que sea! Invéntate uno o dale tu puesto por lo que me importa. ¡Solo hazlo!

—¡Oye! —exclamó ofendido.

—¡¿Qué?!

Jasper abrió la boca para replicar, pero la cerró de golpe al ver el rostro de desesperación pura de su amigo, luego frunció el ceño y se acercó a él.

—Mírame —exigió apuntándolo con un dedo acusador—. No me digas que tienes la intención de decirle que sí a Lauren.

Edward hizo una mueca de disgusto.

—¿Qué tiene que ver eso con nuestro problema?

—No lo sé, pero me das mucho miedo cuando te pones así de nervioso —señaló.

—Jasper —dijo entre dientes—. ¡Tenemos que solucionar esto, así que ofrécele algo, por favor! —gritó, antes de cerrar con fuerza la puerta mientras salía de su oficina.

Bella estaba girando en el asiento detrás de la barra en la cafetería de la oficina, Bree le invitó a tomar un café, así que aceptó con gusto, además de que quería indagar más sobre el viaje de Edward.

—Bella, tienes que hacer unos cambios en los diseños del campo del golf —anunció Bree, mientras le colocaba la taza frente a ella.

—Es mejor que los haga la Sra. Cope —murmuró con una mueca.

—¿Por qué? —inquirió rápidamente.

—Porque yo… no voy a volver a la oficina.

La sonrisa en los ojos de Bree se borró, y su rostro serio le devolvió la mirada.

—Por favor, dime que estás bromeando. —Bella apretó los labios, y se encogió ligeramente de hombros—. ¡Bella, no! Si me quieres un poco, dime que es una broma —suplicó, tomando una de sus manos—. Yo no puedo soportar a Edward Cullen sin ti, y no puedo dejar mi trabajo, por favor no te vayas.

—Puedes, Bree, puedes y podrás —le tranquilizó—. Te voy a enseñar unos trucos.

Bree gimoteó, y asintió cabizbaja.

—Bree, te voy a hacer una pregunta… —empezó Bella detenidamente, con temor a la respuesta—. ¿Dónde es la conferencia de Edward?

—En Londres —respondió.

—Has dicho para dos… ¿Va con Jasper? —Bree alzó el rostro sorprendida, antes de tensar todo el cuerpo, y su reacción fue respuesta suficiente para Bella—. ¿Con Lauren?

Bella dejó escapar el aire que tenía atrapado entre los pulmones, como si le hubiesen dado un golpe en el estomago, y de alguna manera así había resultado.

—No entiendo por qué Sra. Lauren va a Londres, ¿no se va a casar después de todo? —se preguntó Bree.

Las piezas empezaron a encajar como un rompecabezas frente a sus ojos, y el poco rastro de esperanzas que quedaba en ella empezó a morir en ese momento.

—Pues parece que no —susurró.

Se sentía socada, y necesitaba urgentemente desahogarse, miró a Bree por un momento, antes de girarse y salir a toda prisa de la cafetería, sacó su celular y empezó a marcar el numero de Rose. Agradeció el golpe de aire fresco que recibió al salir del edificio.

¿Hola, cariño? —respondió su amiga, sorprendida ante la inesperada llamada—. ¿Qué pasa?

—Nada, que soy una estúpida. —explicó enfadada—. ¿Cómo he podido ser tan ingenua y haber seguido confiando en este hombre?

¿Qué paso?

—Él y Lauren se van a Londres esta semana. ¡La boda se ha cancelado! Se han reconciliado, lo han arreglado entre ellos y Edward no me ha dicho nada —pisoteó con fuerza en el piso, con el rostro sonrojado de furia contenida.

Bella, cariño, tengo que ir a una reunión ahora mismo. Cuando termine voy a donde estés y hablamos, ¿de acuerdo? No te quedes más tiempo a su lado, vete de ahí —le dijo.

—No puedo irme… —negó con pequeñas lagrimas—. No puedo irme todavía, Rosalie. Hoy es nuestro último día juntos, ya no volveré a verle, no puedo —murmuró con desesperación—. ¿Por qué estoy haciendo esto? Está bien, iré por mi bolso y me iré.

Tragó saliva con fuerza, y pese a todo lo que le gritaba su corazón, esta vez decidió hacerle caso a la razón. Enderezó la columna y hecho los hombros hacia atrás, entrando decidida a la oficina para desaparecer de ahí.

—¡Bella! —gritó Jasper, sonriendo desde su oficina—. ¿Podemos hablar un momento?

Suspiró con fuerza, y se acercó.

—Dime, Jasper.

—Bella, tengo una propuesta para ti. —empezó.

—No me interesa —replicó interrumpiéndolo.

—¡Pero es un gran trabajo! —exclamó con asombro.

Edward apretó la mandíbula, mientras escuchaba todo y fingía estar trabajando con uno de los arquitectos cercanos a la oficina de Jasper.

—No lo quiero —negó.

—Pero ni siquiera has dejado que te explique.

Bella lo miró fijamente, se ajustó el bolso sobre el hombro, y rebuscando dentro de ella, cogió un poco de paciencia, y suspiró.

—Jasper, dile a Edward Cullen que no va a poder retenerme aquí.

Su celular empezó a sonar insistente, y atendió la llamada, ante la mirada sorprendida de Jasper, quien se giró hacia Edward y negó rápidamente.

—Hola —saludó.

¿Es usted Bella Swan?

—Sí, soy yo.

Primeramente, corroboro si usted ha solicitado una beca completa para su último año de estudios en el extranjero

—Sí, hice la solicitud.

Sus documentos han sido procesados, y esperamos que tenga la posibilidad de venir a Italia lo antes posible.

—Sí, puedo ir, claro —asintió rápidamente—. No hay problema.

Entonces es un placer anunciarle que su beca ha sido aprobada por el comité.

—¿De verdad? —jadeó sorprendida.

Es necesario que venga, y que tenga sus documentos en regla, para realizar la entrevista.

—Sí, los tengo. La visa y el pasaporte, todo está en orden.

Esperamos contar con su presencia el día de mañana.

—¿De verdad? Muchas gracias, por supuesto… voy a preparar todo. Gracias otra vez.

Bella estaba tan sorprendida por la llamada, que había ignorado todas las señales de desesperación que Jasper y Edward se habían estado mandado a la distancia.

—Bella, mira, escúchame un minuto —insistió Jasper cuando ella hubo terminado la llamada, ajeno a la conversación que había tenido—. Tanto Edward y yo, y por supuesto toda la oficina, queremos que trabajes y te quedes aquí.

—No puedo, Jasper —susurró en estado de shock—. Me voy a Italia.

—¿De vacaciones? —inquirió, mirando de reojo a Edward con nerviosismo.

—A estudiar—anunció con una enorme sonrisa explotando en su rostro.

—¿Qué? —gritó Diego, sentado en el escritorio afuera de la oficina de su jefe. Esbozó una enorme sonrisa de felicidad por Bella—. ¡Finalmente ha sucedido lo que tanto deseabas! ¿Te vas a graduar en la universidad de Italia?

Edward se giró hacia ellos con rapidez, el color huyendo de su rostro.

—Tengo que irme —asintió Bella sonriendo, después de todo, casi podía tocar su sueño con la punta de los dedos, y ningún amor fallido le podría quitar eso—. Hablaremos luego, nos vemos.

Sus ojos se posaron por un breve segundo en Edward, antes de girarse y salir rápidamente. Lo último por lo que quería pasar ahora, era otro enfrentamiento con él y una segunda despedida, no se sentía capaz de poder soportarlo.

—¡Bella! ¡Bella!

Su corazón se detuvo, y se giró por inercia al escuchar la voz de Edward detrás de ella. Le miró sin decir nada.

—Ven un momento —le dijo, antes de cerrar la puerta de la oficina, para que los demás no sean capaces de escuchar la conversación.

Bella se quedó parada en su lugar, mirándole acercarse con paso lento.

—Entonces te vas a Italia, ¿es verdad?

—Sí —espetó con frialdad—. ¿Qué quieres?

Edward levantó las cejas, y si estaba ocultando su dolor, lo estaba haciendo de maravilla, pero sus ojos no podían mentir.

—¿Qué quiero? —repitió con incredulidad—. ¿Pensabas irte sin decírmelo?

—Ya lo has escuchado.

Edward tragó con fuerza, y metió las manos dentro de los bolsillos de su pantalón, ocultando el temblor que se estaba apoderando de él.

—Felicidades —murmuró—. Irás a una de las mejores universidades del mundo.

—Gracias —asintió, antes de girarse para irse.

—¿Ni siquiera pensaste en decírmelo? —exclamó nuevamente.

—¿Qué quieres de mí? —exigió Bella enfadada—. ¿Por qué esperabas que te lo cuente?

—¿Quién te dio la beca? —inquirió, cerrando la distancia que los separaba—. ¿Por qué la aceptas de otros y no de mí?

—Porque has cambiado, Edward.

—No es verdad, Bella —negó—. No he cambiado, ni tu tampoco. ¿Qué hay de todo lo que hemos pasado? ¿No cuenta para nada? Porque no ha sido fácil.

—Sí, no lo es, no ha sido fácil en lo absoluto. ¡Pero se acabó!

—Pero no tiene que terminar —susurró moderando su tono de voz.

—¡Quieres que todo sea a tu manera! ¿Querías a Lauren? ¡Ya la tienes! Lo has conseguido, y ahora están juntos. ¡Déjame ya, Edward! ¡Déjame tranquila, para que pueda rehacer mi vida en paz!

Edward asintió lentamente, la poca luz de sus ojos se opacó lentamente, antes de suspirar y bajar la mirada con derrota hacia el piso.

—Está bien —susurró, y Bella le miró asustada, porque pese a todo lo que había gritado, su corazón imploraba porque él le diera una señal, porque aún creía que podían salvarse—. Te dejaré sola, se ha terminado.

Bella sabía que el dolor que veía en él no era producto de su imaginación, pero también conocía el orgullo que lo manejaba.

—Si quieres que alguien se quede en tu vida… hay forma mejores para hacerlo que ofrecerles un puesto de trabajo. —susurró con la voz rota.

—¿Cómo cuales? —espetó.

—Diles que no se vayan, Edward.

Edward intentó reírse, pero negó antes de apretar los labios. Sus ojos verdes estaban brillosos y delineados por un borde rojizo, producto del gran esfuerzo que estaba haciendo por no derrumbarse frente a ella.

—No soy de los le dicen "no te vayas" a alguien que quiere irse.

Se miraron fijamente, antes de que Bella asintiera.

—Pues no esperes que se quede.

Edward tragó con fuerza el nudo en su garganta, y por segunda vez la vio alejarse con el corazón hecho pedazos, pero esta vez no pudo contener la lágrima que bajó con fuerza contra su mejilla, porque la había perdido para siempre esta vez.

X – X – X

Bella entró a su casa casi en modo robot, arrastrando los pies, ni siquiera había notado a su tía sentada en la sala de estar, hasta que le habló en voz alta por segunda vez.

—Hola —murmuró Bella quitándose los zapatos en la entrada, y se colocó unas pantuflas.

—¿Qué ha pasado? Llegas temprano hoy —señaló.

—Ahora será así.

—¿Edward Cullen ya no tiene trabajo para ti?

—Pues no —espetó—. Subiré a mi habitación.

Arrojó el saco sobre la cama sin cuidado, y miró por un rato la foto de Edward en su pared, se dio cuenta que había cometido muchos errores desde que lo conocía, pero él más grande era haber olvidado que todo era un juego.

Suspirando con tristeza, decidió que no podía dejarse hundir en la tristeza, así que empezó a rellenar los documentos que tenía que presentar en Italia y se sumergió tanto en lo que estaba haciendo, que no escuchó los dos golpes indecisos sobre la puerta, hasta que el rostro de Maggie apareció frente a ella.

—Bella…

—¿Tía? —levantó la mirada con brevedad, antes de seguir en lo suyo—. ¿Qué pasa?

—¿Necesitas algo? Una taza de té, café, fruta…

—No, gracias —murmuró distraída.

Maggie suspiró, y se debatió entre tocar el tema en cuestión, o dejarlo pasar un rato más, jamás se había imaginado estar en esta situación con su sobrina, y no sabía cómo abordarlo.

—¿Quieres hablar de algo? —preguntó Bella finalmente, mirándole con curiosidad, percatándose de la tensión que emanaba su tía.

—Así es, me voy a volver loca si no te lo digo —admitió Maggie.

—Vamos, ven, siéntate —Bella le tendió la mano con preocupación, y la guió hacia su cama—. ¿Qué pasa?

—Bella… mira, no te estoy juzgando —empezó su tía, con la voz ahogada y a punto de quebrarse—. Tenías tus razones para hacer lo que hiciste, y lo entiendo. Pero era mejor que me lo hubieras dicho —lloró suavemente.

—¿De qué estás hablando, tía? —preguntó tomando ambas manos

—Sé que has firmado un acuerdo con Edward, que toda tu relación es un juego. Y sé que lo hiciste para poder estudiar. —sollozó, bajando la mirada.

Bella sintió que el mundo se le caía a sus pies, y se avergonzó tanto por ello, era lo último que quería… que su tía se enterara de esto.

—Lo siento —murmuró apenada—. Tía, te pido perdón, siento mucho no habértelo contado… pero no podía. ¿Estás muy enojada?

Maggie abrió la boca con un suave jadeo, sus lagrimas brillando por sus mejillas.

—Claro que no, cariño —negó rápidamente—. Pero estoy muy triste, siento mucho haberte dejado tan desesperada que tuviste que firmar un contrato así para poder estudiar.

—No, yo tomé la decisión de firmarlo, nadie me obligó. Cometí un error, e intenté arreglarlo. Sabes que nunca haría nada por obligación, ¿verdad? —preguntó Bella preocupada.

—Lo sé, pero me duele no haberte podido dar la educación que mereces. No haberte podido cuidar.

—Oh no, tía, no digas eso —murmuró Bella, abrazándole con fuerza, mientras su tía lloraba sobre su hombro—. Tú me has convertido en la mujer que soy, y soy fuerte porque me has criado así, y no te culpes por esto o me sentiré muy mal.

—De acuerdo, de acuerdo. Me ha sentado bien hablarlo. —asintió Maggie limpiándose las lágrimas—. Pero… dime, ¿hay algo entre tú y Edward?

Bella titubeó por un segundo, antes de negar lentamente.

—No, no hay, y nunca lo hubo. —tragó con fuerza el nudo en su garganta—. Y nunca habría funcionado, de todos modos.

—Bella, no quiero que veas a los Cullen nunca más, por favor.

—Eso se ha acabado, no te preocupes. Además, tengo buenas noticias para ti —añadió, animándose un poco.

—¿Sí?

—Me han llamado de la universidad… ¡Quieren devolverme la beca en Italia! —chilló con lagrimas en los ojos, su tía gritó de alegría—. Me han llamado para una entrevista, quieren hablar conmigo.

—¡Estoy muy contenta!

—No sé por qué, o cómo sucedió esto… pero es una buena oportunidad —murmuró Bella, sonriendo

—¡Una gran oportunidad! —corrigió su tía con alegría.

—Pero, ¿quién lo ha hecho y por qué ahora? —se preguntó Bella, suspirando.

—Porque se han dado cuenta de que te lo mereces —asintió Maggie con vehemencia.

—Quizás estás en lo cierto —susurró Bella, antes de tomar su celular—. Les avisaré a las chicas.

—¡Sí, sí! ¡Voy a preparar té ahora mismo! —chilló Maggie, saliendo de la habitación.

Por suerte para ella, las tres atendieron la videollamada, y sus rostros expectantes le miraron fijamente con curiosidad.

—Chicas… ¡Mañana me voy a Italia! —anunció sonriendo

—¿Qué?

—¡¿Cómo?!

—Para una entrevista de la beca —explicó, intentando seguir sonriendo, pero el rostro de Rosalie supo por lo que estaba pasando—. Si todo sale bien, entonces estudiaré ahí mi último año y me graduaré allá.

—¿Y mi cuñado? —preguntó Ange boquiabierta.

—Él tiene su vida y su trabajo aquí —murmuró Bella, borrando la sonrisa de su rostro.

—Pero también tiene una prometida —espetó Leah frunciendo el ceño.

Bella suspiró con fuerza, las miró fijamente.

—Es una larga historia, se los diré más tarde. —se recompuso nuevamente, y les sonrió con alegría—. ¿Podemos olvidarnos de todo eso y alegrarnos porque me van a devolver la beca?

—¡Por supuesto que sí! —asintió Rose.

—Felicidades —añadió Leah.

—Te quiero mucho, Bells. —murmuró Ange.

—Ya las extraño —añadió Bella, a punto de llorar—. Estoy en mi casa, voy a empacar mis cosas.

—He quedado con Jasper dentro de un rato para hablar de unos asuntos, pero iré tan pronto me desocupe —afirmó Rose.

—Por supuesto, yo también —asintió Leah.

Terminaron la llamada antes de que Angela se pusiera a llorar, dejando Bella aún más deprimida.

X – X – X

Había sido imposible para Edward quedarse en la oficina un segundo más, y bajo la atenta mirada de Jasper, se subió a su coche y manejó hacia su casa, ignorando las llamadas en su celular. Le había agarrado un fuerte dolor de cabeza, y lo último que necesitaba ahora era hablar con alguien más.

—¿Edward? —preguntó Esme acercándose con preocupación hacia su hijo, quien estaba sentado frente a su escritorio con la cabeza entre las manos—. ¿Por qué estás en casa a esta hora?

—Sr. Edward, tiene la cara pálida —señaló Stefan, parado detrás de Esme—. ¿Se encuentra bien?

—Estás bien, ¿verdad? —Esme colocó su mano en la frente de su hijo—. Dime que estás bien.

—No, mamá, estoy bien —espetó entre dientes, levantándose de la silla—. Solo quiero que no me molesten, me quedaré en casa hoy, ¿de acuerdo?

Se alejó hacia el interior de su casa, tambaleándose ligeramente, su visión estaba ligeramente borrosa y la cabeza le palpitaba con fuerza.

—Parece que no se encuentra bien —suspiró Esme, viéndole alejarse.

Edward intentó trabajar, pero todo a su alrededor estaba rodeado de ella, de su presencia y su esencia, suspiró con fuerza y apretó con fuerza sus sienes, alejando el pequeño mundo flotante que ella le había regalado.

Puso música, y la desechó a los dos segundos al escuchar la voz de un joven italiano.

Encendió la televisión, y se encontró sorprendido consigo mismo. No recordaba haber hecho esto en años. Y como si fuese una broma del destino, una imagen de Roma apareció en la pantalla, bufando, la apagó.

—Esto es una broma, debe ser una broma —gimió, apretando el puente de su nariz—. Vuelve a tus cinco sentidos, Edward. Esto no está pasando… tranquilo, tranquilo. No pasa nada.

Intentó hacer terapia de respiración, se recostó en el sillón, e inhaló y exhaló unas cuantas veces.

—Sr. Edward, le he preparado un té de hiervas muy bueno —anunció Stefan, entrando con una bandeja, junto a Esme—. Esto le hará muy bien.

Edward cerró los ojos con fuerza, bufando por la nariz.

—Vamos, toma una taza cariño. Te hará bien —animó Esme, ofreciéndole el té.

—No necesito nada, de verdad —respondió, tensando la mandíbula—. Estoy bien.

—¡Edward! —gritó Esme asustada cuando el reloj en su muñeca empezó a sonar de manera insistente, avisando de algún cambio brusco en sus latidos.

—No es nada, está rotó —explicó, quitándoselo rápidamente.

—Pero…

—Mamá… Stefan, escúchenme los dos, solo quiero estar solo, ¿de acuerdo? —les miró fijamente—. Quiero. Estar. Solo. No quiero que me molesten, así que les pido que se vayan, por favor.

Esme levantó las manos, y asintió con suavidad.

—De acuerdo —murmuró, alejándose junto con Stefan.

—Gracias. —añadió Edward, cerrando los ojos con frustración, pero tan pronto se fueron, tomó el reloj observándolo y se llevó los dedos hacia el cuello, checándose el pulso.

Preocupado por su salud, llamó rápidamente a su doctora, quien llegó rápidamente.

—Bueno, Sr. Edward, no tiene nada, se ve bastante saludable —le aseguró, guardando su estetoscopio en el maletín.

—Pero no me siento bien, la verdad —negó Edward poco convencido—. Así que, si le parece bien, me gustaría ir al hospital y hacerme unas pruebas.

—Créame, no es necesario. Sr. Edward… hay algo que le está causando mucha ansiedad.

—¿Ansiedad?

—Sí, algo le tiene muy preocupado, y eso puede provocar pequeños ataques de pánico. Por eso, es posible que tenga la sensación de tener algún problema cardiaco.

—Bueno, entonces… —suspiró—. ¿Cómo puedo evitar seguir teniendo esos ataques?

—Debe preocuparse menos, aléjese de todo aquello que le preocupa. Y sobre todo, intente hacer cosas que le relaje, y rodearse de cosas que le hagan sentir bien.

Como si de una película se tratase, todos aquellos momentos que vivió junto a Bella pasaron frente a él, su viaje a Antalya, nadando en el lago junto a ella, su bello rostro besado por el sol, el baile del compromiso…

—Lo entiendo, Doctora. Por desgracia, eso no es posible. —movió la cabeza lentamente.

—Haga lo posible por hacerlo —aconsejó con una sonrisa—. Se sentirá mucho mejor.

—De acuerdo, gracias.

—Hasta luego, Sr. Edward

Edward suspiró estresado, la presión en su pecho solo parecía aumentar, al igual que su temperatura. Su rostro estaba sonrojado y una fina capa de sudor lo envolvía. Cuando la noche finalmente entró, el frío que sentía ya lo había obligado a envolverse en un grueso cobertor.

Estaba entretenido revisando correos, cuando un golpe en la puerta le hizo apretar los dientes con enojo.

—¡Stefan, déjame solo! —gritó, escuchando la puerta deslizarse—. Te he dicho que estoy bien.

—Eso no es lo que ha dicho Stefan cuando me llamó —respondió Bella con una sonrisa, Edward levantó el rostro con sorpresa—. ¿De verdad estás bien?

—Sí —asintió Edward, bajando la mirada.

Bella ignoró su respuesta, y acercó su mano hacia su mejilla, tocándole con suma delicadeza, pero no se sintió satisfecha y colocó la mano debajo de su mentón levantándole el rostro antes de acercar sus labios a su frente.

—Tienes fiebre, pero no demasiado —respondió, después de cerrar los ojos por un segundo, deleitándose con aquel pequeño toque.

Edward se tensó, sorprendido por su acción, carraspeó ligeramente, antes de mirarle.

—Ahí había un termómetro, Bella. —señaló con su barbilla.

—Eso mide la temperatura, pero lo que yo acabo de hacer hace que tu mente se relaje un poco —explicó con una sonrisa. Edward no supo que responder y solo asintió—. ¿Sabes que te haría bien ahora mismo?

—Eh, lo sé, sí… pero ahora ya empiezo a dudar de todo.

—Te prepararé un poco de té —le dijo sonriendo, y sin esperar una respuesta se alejó hacia la cocina.

Edward suspiró cuando le vio regresar con una bandeja llena, que colocó frente al sillón, en la mesita.

—Bella, de verdad no hace falta que hagas todo esto. Estoy bien.

—¿Te has tomado el medicamento? —preguntó, ignorando su protesta.

—Sí, lo hice.

Asintió satisfecha, cerró la computadora que estaba frente a él, y la alejó hacia el otro lado de la mesa.

—Está bien, se acabó el trabajo por ahora. Estás enfermo, Edward —le regañó con suavidad, antes de mirarlo preocupada—. Tú… estás temblando.

—No, estoy bien —negó, apretando la manta—. Es psicológico. Los me…medicamentos que me han dado son un poco fuertes. Pero estoy bien, no te preocupes.

Bella le miró con duda.

—¿Por qué has venido? —preguntó con curiosidad.

—¿Debería irme? —inquirió con temor, mirando hacia la salida.

—No, no —se apresuró, colocando una mano sobre su pierna, antes de quitarla sorprendido—. Quédate, no te vayas. Yo solo… tengo curiosidad.

Bella sonrió con calidez, y se encogió de hombros.

—Te preparé un poco de sopa, mientras tomate el té.

—No, Bella, por favor —insistió tomando su mano con rapidez, acariciándola inconscientemente—. Siéntate conmigo, por favor, hablemos un rato. Estoy bien, no necesito ninguna sopa. Con esto es suficiente, muchas gracias.

El corazón de Bella estaba bastante acelerado, y la calidez en cada palabra de Edward le había sorprendido.

—De acuerdo —murmuró.

—Eh… yo… mira, —empezó Edward, confundiéndose con las palabras—, quiero decirte una cosa…

Un golpeteo en la puerta lo interrumpió, provocando que ambos voltearan.

—Buenas noches —saludó Lauren, entrando sin esperar una invitación. Bella se tensó—. Edward, ¿estás bien?

—Sí, Lauren, sí estoy bien —espetó con frustración—. No puedo creerlo, ¿por qué Stefan lo exagera todo? Solo es un simple resfriado.

Bella lo miró fijamente, con los labios apretados.

—Solo te enfermas cuando estás triste, lo sabemos todos —le dijo Lauren, mirando de reojo a Bella.

Edward apretó la mandíbula, y bajó la mirada.

—Todos, menos yo —respondió Bella con una sonrisa sarcástica—. No creo que una taza de té solucione un problema psicológico, entonces.

—Es normal. Lo conozco desde hace muchos años. —asintió Lauren con una pequeña sonrisa venenosa.

Bella se levantó, girándose hacia ella con la furia bailando en sus ojos cafés.

—Con tu permiso —espetó, pasando junto a ella, antes de darle una mirada sin expresiones a Edward.

Lauren le ignoró, y se sentó en el lugar que ella dejó.

—¿Quieres que le diga a Stefan que te prepare un poco de sopa o que te traiga té? —preguntó Lauren con cariño.

—No, no hace falta —negó rápidamente, mirando ligeramente hacia afuera, buscando a su pequeña morena—. Bella ya me ha preparado un poco de té. Para ser honestos, solo necesito dormir.

Lauren intentó sonreír.

—De acuerdo, entonces, si quieres descansar me iré.

—Bien.

—Ya hablaremos —susurró con una sonrisa de complicidad que Edward no entendió.

—Bueno.

—Nos vemos.

—Adiós.

Lauren tomó su bolso y salió con aire de superioridad, encontrándose con Bella parada afuera con los brazos cruzados.

—Edward no se encuentra bien, y no quiere que nadie se quede con él —le dijo.

—Me quedaré. —replicó Bella, levantando una ceja.

Lauren apretó los labios y asintió, mirándola bastante sorprendida.

—Está bien, si necesita cualquier cosa…

—Yo estoy aquí —respondió Bella con una sonrisa—. Y también Stefan, y Sirius.

—De acuerdo —espetó Lauren, analizándola rápidamente con la mirada—. Nos vemos.

—No creo que nos volvamos a ver nunca —respondió Bella en voz baja, viéndole alejarse.

Conforme avanzaban los minutos, la temperatura de Edward no hizo más que aumentar, y Bella se quedó a su lado, colocó un tazón con agua fría junto a ella y unos trapos que humedecía a cada rato, para después pasarlo con delicadeza por todo su rostro y su cuello.

—Estoy bien, Bella —susurró con voz ronca, acostado y tapado hasta el pecho con su cobija.

—Shhh. —lo silenció, sin dejar de pasar el trapo y con su otra mano, acariciaba con tranquilidad su cabello.

Edward le miró hipnotizado, su rostro estaba tan cerca de él que lo embrujaba y lo atrapaba.

—¿Qué? —preguntó Bella ligeramente sonrojada ante su intensa mirada.

Se humedeció los labios, y continuó mirándola de la misma manera, una pequeña sonrisa tiró de sus labios antes tragar saliva.

—Eres muy hermosa —le dijo.

—¿Los medicamentos te pueden provocar alucinaciones? —inquirió Bella bromeando con una pequeña sonrisa—. Vamos, duerme un poco.

—No, no quiero dormir.

Edward hizo un pequeño puchero, antes de intentar obligar a su cuerpo a sentarse erguido, pero solo logró cansarse a sí mismo.

Bella le miró con diversión, antes de que su mirada se posara con curiosidad sobre el estante detrás de él.

—¿Ese es El Principito? —preguntó con curiosidad. Él se giró a mirarlo, antes de asentir.

—Sí, y ese también —señaló hacia la mesita frente a ellos.

—¿En varios idiomas? —lo miró maravillada—. ¿Los coleccionas?

Edward asintió levemente con esfuerzo.

—Sí, más o menos, papá me compra uno por cada cumpleaños. —explicó.

—¡Qué suerte tienes! Es uno de mis libros favoritos. ¿Puedo tomarlo? —preguntó emocionada.

—Sí, hace mucho que no lo leo, de todos modos —asintió, tosiendo fuertemente.

—¿Quieres que te adivine el futuro? —preguntó Bella con una sonrisa, sosteniendo el pequeño libro entre sus manos.

—Primero con música, y ahora con libros —murmuró Edward con diversión—. De acuerdo.

—Dime una página —pidió.

Edward lo pensó por un momento:

—Pagina dieciséis.

Bella buscó rápidamente el número entre las paginas amarillentas y antiguas.

—«Los hombres de tu planeta, dijo el Principito.»—leyó suavemente, y Edward le miró sin pestañear—, «Cultivan cinco mil rosas en un mismo jardín, y aún así no encuentran lo que buscan. Y sin embargo, lo que anhelan, podría encontrarse en una sola rosa. O en unas gotas de agua.».

—Qué bonito —susurró Edward con una sonrisa—. Ahora es tu turno.

—La página… ocho —respondió animada, y él se acomodó en el sillón, para no perderse ni un detalle de ella. El corazón de Bella se detuvo por un segundo, antes de tragar con fuerza y comenzar a leer—. «Silencié al mundo para que tu pudieras hablar y pudieras oírte a ti mismo.».

Edward le dio una pequeña sonrisa.

—Ahora elige otra —le dijo Bella.

—La pagina… sesenta y dos.

—«Hasta ahora todavía no he encontrado la verdad en ningún lugar, no tengo que juzgar a nadie por sus palabras, sino por los hechos. Todo estaba iluminado, era muy bonito.». —se detuvo un breve instante, para mirarlo—. «Sé que no debería haberte dejado sola.»

—Ahora es tu turno —murmuró Edward, contagiándose de su buen humor.

—Cuarenta y dos —respondió sin pensarlo demasiado—. «¿Por qué tienen tantas espinas? No sirven para nada, solo para hacer daño. No es cierto, son débiles, se defienden como pueden. Las flores son ingenuas, parecen terribles con sus espinas, pero solo se protegen.».

Sonrió al terminar, y cerró el libro lentamente.

—Será mejor que me vaya.

—¿Puedes quedarte un poco más? —pidió Edward.

—Por supuesto, puedo quedarme un rato más —aceptó gustosa.

—¿Por qué no me cuentas que vas a hacer en Italia mientras me duermo? —sugirió con una pequeña sonrisa, recostándose más sobre el sillón—. ¿Puedes hacerlo?

—Claro, te lo diré —asintió sonriendo—. Voy a caminar por todas las calles, museos y jardines botánicos de Roma. Luego, iré a la biblioteca de la universidad… ¡No sabes la cantidad de libros increíbles que tienen ahí! Bueno, seguramente ya lo habrás visto, ¿verdad?

Edward le sonrió, pestañeando cada vez más suavemente.

—Voy a leer un libro todos los días —continuo con alegría—. Y todos los días, voy a tomarme un gran café espresso y un helado artesano… suena bien, ¿cierto?

Bella sonrió con cariño cuando se dio cuenta que sus ojos estaban cerrados, y su respiración se había vuelto lenta y constante. Se acercó a la mesa de centro, y tomó una hoja en blanco y un lapicero, escribió una pequeña nota con una suave sonrisa, dejándola debajo de un pequeño florero, a la vista de Edward cuando despertara.

Se quedó otro rato más contemplándole… en unas horas más ella ya no estaría aquí con él, ya ni siquiera existiría en su vida, y decidió hacerse ese pequeño regalo a sí misma.

Finalmente suspiró y tomó su bolso, se acercó a él para depositar un pequeño beso sobre su frente, pero entonces notó que su temperatura había vuelto a subir, apretó los labios con indecisión y dejó su bolso a un lado para continuar colocando paños de agua sobre frente.

Edward empezó a balbucear de manera inconsciente, le miró sorprendida mientras él gemía y sollozaba, nunca lo había visto tan vulnerable, haciendo que le doliera el pecho de tan solo verlo. Continúo pasando el trapo por su cuello, pero sus manos temblaban, lo único que quería hacer era abrazarlo con fuerza entre sus brazos.

—No quiero irme —sollozó Edward con los ojos cerrados fuertemente.

Bella tragó grueso, y entonces se dio cuenta que él estaba teniendo una pesadilla.

X – X – X

Sabía que algo andaba mal.

Lo sabía desde que había escuchado los gritos de su madre días atrás, antes de que todo se volviera un silencio casi sepulcral.

Su padre era incapaz de verle a la cara, y a su madre le habían encerrado en la habitación y desde entonces no había salido, solo se la pasaba durmiendo y tomando medicamentos, cuando Edward llegaba a hablarle apenas y reconocía su voz.

Deseaba que su hermano estuviese ahora mismo, él sería capaz de sacar a su madre de la habitación, y hacer que su padre reconociera su existencia.

Pero no era así, y ahora sus maletas se encontraban en la entrada de la casa, y su cerebro de doce años no era capaz de asimilar las palabras que su padre le había dicho, así que tironeo de su fuerte agarre en su brazo y corrió escaleras arriba, abriendo de golpe la puerta de la sombría habitación.

¿Mamá? ¡Mamá! —lloró, mirando su cuerpo inerte en la cama—. ¿Dónde está mi hermano? ¡No quiero irme solo al extranjero!

Anthony lo agarró con fuerza de sus pequeños hombros y empujó su cuerpo hacia la salida.

Mamá está durmiendo por los medicamentos, vamos hijo, vámonos.

Pero no quiero irme —suplicó notando que sus maletas ya no estaban, con suspiro de alivio llegó a la conclusión que quizás sus lágrimas habían hecho cambiar de opinión a su padre.

Ven, vamos —insistió su padre, abriendo la puerta y llevándole hacia un coche.

¡Pero no me quiero ir! ¿Por qué tengo que irme? —empujó su cuerpo con fuerza hacia atrás pero su padre no hizo más que apretar el agarre en su muñeca.

Te vendrá muy bien este viaje. De verdad.

Pero no quiero ir, por favor papá, no me mandes lejos.

Anthony tragó con fuerza, y se arrodilló frente a él, acariciando su rostro y su rebelde cabello cobrizo.

Hijo, vas a tener muchos amigos allá, vas a pasarlo muy bien. ¿De acuerdo?

Pero quiero estar contigo y con mamá.

Su padre ignoró sus palabras y lo empujó hacia el interior del coche.

¿Dónde está mi hermano?

Vamos, metete.

¡Quiero ver a mi hermano!

¡Ya siéntate, por favor!le gritó antes de cerrar de golpe la fuerza y alejarse sin mirar atrás.

Edward lloró y pegó su rostro y manos con fuerza contra el cristal del parabrisas trasero.

¡Mamá!gritó cuando le vio parada cerca de la ventana de su habitación, su rostro carente de emociones, solo estaba parada ahí como un fantasma—. ¡Mamá, por favor! Papá…

X – X – X

—Por favor, déjame quedarme —lloró Edward, una fina capa de sudor le cubría todo el cuerpo, y su cuerpo no dejaba de temblar—. No me obligues a irme.

—Edward, estás soñando —susurró Bella, acariciándole el rostro.

—Tengo mucho frío —sus dientes castañearon.

—Yo te cubriré —le dijo con suavidad, subiéndole la manta hasta el pecho.

—Bella… no me dejes —imploró con los ojos aun cerrados—. Yo también iré contigo.

—¿A dónde? —preguntó con los labios ligeramente abiertos.

—A donde tú quieras —tomó su mano con fuerza y la acercó más a él—. Me iré a Italia contigo.

No sabía qué hacer, no sabía cómo reaccionar así que se quedó mirándolo un momento, sintiendo la piel sudorosa y caliente de su cuello, y su mano fuertemente agarrada a la de ella.

—Hace mucho frío aquí —tartamudeó Edward.

Bella se quitó rápidamente los zapatos, y se metió debajo de la cobija con él, quién se encogió rápidamente acurrucándose como un niño pequeño contra su cuerpo, amoldándose en cada cuerva de este.

Su mente estaba abrumada y confundida, paseó sus manos con cariño por su rostro y espalda, acariciándole y tranquilizándolo con su toque, le dio otro suave beso antes de recostar su frente contra la de él, inhalando con tranquilidad su aroma. Lo abrazó y lo acarició como siempre había soñado hacerlo, sintió dentro de ella una calidez reconfortante cuando lo vio dejar de temblar y dormir con tranquilidad descansando su cabeza contra su pecho

Pero sobre todo aquello, Edward finalmente había admitido que la quería con él, y que por ella sería capaz de irse… le había pedido que no lo dejara.


Merhaba!

¡ESTAMOS LLEGANDO! ¡ESTAMOS LLEGANDO!

Te agradezco tu paciencia si has llegado hasta aquí esperando cada actualización... se que a veces es difícil seguir el ritmo, pero esto es completamente un slow burn... y créame cuando les digo, que los extrañarán cuando lleguemos a su final :c

Por suerte... eso no sucederá pronto. Jajajaja.

Espero que les guste y nos leemos la próxima semana... ¡SE VIENE Y FUERTE!

Nos vemos el martes con el adelanto.

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görüşürüz!

Con cariño, Ame y Annie.