Capítulo 1

Se encontraba de frente a un espejo. Portaba un elegante vestido de un color gris profundo. Su torso era cubierto por un corsé, mientras que bajo la cadera la tela caía suavemente hasta el piso. La parte baja estaba llena de capas de tela mientras que un bordado plateado decoraba las puntas. Del extremo izquierdo de su cadera hasta su hombro derecho un trozo de tela con los mismos bordados plateados se extendía, aparentemente sostenido en su hombro por un dije en forma de estrella de cinco puntas.

La piel de sus hombros y brazos al desnudo contrastaban con el atuendo, al igual que sus ojos verdes. Su figura se veía esbelta y delicada. Su cabello castaño era sostenido en un moño a lo alto de su cabeza, mientras que una tiara plateada reposaba hasta arriba.

Sentía que observaba desde sus ojos, como si estos fueran una ventana; sin embargo, no poseía la habilidad de controlar aquel cuerpo. Así que, sin moverse, únicamente podía mirar lo que se encontraba frente a ella. Se enfocó en sus ojos verdes, los mismos que siempre veía reflejados en los espejos; aunque al mirar con más detalle podía ver que sus ojos reflejaban tristeza. De alguna forma podía sentir esa tristeza en su pecho, uno que no formaba parte de aquel cuerpo.

Una mujer adulta apareció en su campo de visión, su atuendo no era tan elegante como el que ella misma llevaba, sin embargo la mujer le sonreía. Canas se esparcían a través del cabello grisáceo mientras que ligeras arrugas enmarcaban sus ojos.

Dejó de ver tanto el reflejo del espejo como a aquella mujer, mientras notaba que su perspectiva cambiaba, a la vez que ese cuerpo se movía de posición.

Se encontraba en una habitación increíblemente amplia, las paredes cubiertas por tapices bordados, sillones antiguos decorados con flores amarillas reposaban casi en medio del salón y a lo lejos una puerta de madera brillante y rojiza. Vio la puerta abrirse al momento que el rostro de otra mujer más joven aparecía asomándose. La mujer de ojos color caramelo avanzó hasta ella mientras movía los labios. Hasta entonces se percató de lo extraño de ese sueño, era como estar en una película muda. No había ningún sonido en absoluto, sólo imágenes. Sólo formas y colores.

Una tercera mujer apareció cruzando la puerta. Su cabello negro ondulado haciendo contraste con su piel blanca y los ojos más bonitos que hubiera visto antes. De un color amatista cual joyas. Observó sus labios moverse con tranquilidad en un gesto alegre mientras una sensación cálida inundaba su pecho.

...

Entreabrió los ojos enfocando su mirada en la habitación en la que se encontraba. Miró la orilla del edredón blanco que la cubría. La ventana más allá, la cual dejaba pasar la luz del día, iluminando todo el cuarto. Parpadeó un par de veces mientras se estiraba. Sintiendo el tirón suave y satisfactorio en los músculos de su cuerpo, dejó escapar un suspiro.

'Que extraño sueño' pensó. Aun sentía esa tristeza y calidez en su pecho. Era un sentimiento extraño, pero más aun recordar tan vívidamente los colores y los rostros. Como si acabara de ver a esas personas realmente.

Frotó su rostro con sus manos y finalmente se puso de pie.

Después de arreglarse bajó por las escaleras de su casa hasta la cocina. Su hermano ya se encontraba ahí. Un delicioso aroma a pan tostado inundó sus fosas nasales.

"Buenos días, hermano" dijo ella, mientras veía al hombre en cuestión tras la estufa.

"Ya es tarde monstruo" dijo él sin voltear a verla.

"Buenos días, mamá, papá" dijo sonriendo al ver un retrato de sus padres. Después, entornó los ojos exasperada mientras alcanzaba los manteles para la mesa. "Ya te he dicho que no me llames de esa forma, Touya."

"Y yo ya te he dicho que te puedo llamar de la forma que quiera, monstruo."

"No es tan difícil llamarme por mi nombre, inténtalo alguna vez ¿quieres?"

Touya rio. "Da igual, ya está listo el desayuno… Sakura"

"Lo ves, no fue tan difícil."

"No te acostumbres."

Ambos tomaron asiento en la mesa y comenzaron a comer. Sakura tenía que admitir que los desayunos que preparaba su hermano eran muy buenos, pero nunca tan deliciosos como los que preparara su padre.

"Hoy tengo doble turno en el hospital Sakura, así que tendrás que encargarte de la clase de la tarde."

"¿Otra vez? Hiciste doble turno hace sólo dos días." Comentó mientras daba un bocado al pan tostado.

"Nakuru está enferma así que la tengo que cubrir. ¿Te podrás hacer cargo de la clase?"

"Nakuru siempre se enferma… ¿No se te hace sospechoso? Seguramente se aprovecha porque sabe que tú siempre estás dispuesto a hacer doble turno."

Touya se encogió de hombros. "No es importante."

"De acuerdo me encargaré de la clase, igual tenía ganas de entrenar un poco hoy." Vio a Touya asentir.

No recordaba cuándo habían comenzado a dar clases de combate libre en el dojo de la familia Amamiya. Recordaba como desde pequeña veía el entrenamiento de su hermano en artes marciales. Recordaba como quería aprender también, ¡cuántas veces le pidió a su hermano que la entrenara! Aunque Touya nunca accedía. Decía que sólo sería una pérdida de tiempo. Que era demasiado distraída como para lograr algo.

Al principio la actitud de su hermano la enojaba de sobremanera. Años después entendió que la razón por la que Touya se negaba era porque no quería que se lastimara. Por alguna razón sabía que, de acuerdo a la mente de Touya, él estaba ahí para protegerla y mientras él estuviera a su lado no había necesidad de enseñarle nada de eso. Su hermano siempre había tenido ese instinto protector que innumerables veces la había hecho enojar. De cualquier forma, sabía que su hermano tenía sentimientos puros y esa era la razón por la que los episodios de enojo no podían durar mucho.

Todo cambio cuando murieron sus padres. Touya se volvió mucho más sobre protector, pero una parte de él se dio cuenta que era imposible que siempre estuviera ahí para ella, cuidándola. Así que finalmente accedió a entrenarla.

Entrenar en artes marciales y combate libre fue su bote salvavidas después de perder a sus padres. Siempre creyó que no tenía razón de existir en un mundo sin las personas que más había amado. Sobre todo, por la forma en que murieron, la forma en la que ella estaba con vida. Todos esos pensamientos tristes los sacaba con cada puñetazo, con cada patada, hasta que el combate libre se volvió su medicina y la oscuridad que la rodeaba se fue haciendo más y más pequeña. Debía aceptar, en el fondo de su ser, que aun existía. Probablemente una parte de esa oscuridad siempre cubriría su corazón como una envoltura pegajosa. Pero todos los días hacía su mejor esfuerzo porque la luz fuera mayor, por sus padres, por su hermano. Por ellos sería más fuerte.

"Si no te apresuras llegaras tarde a tu clase." Dijo Touya viéndola de reojo.

'Rayos.' Se puso de pie apresuradamente. "¡Gracias por el desayuno hermano!"


Eran las seis de la mañana y el radio despertador se encendió. Aun sin despertar en su totalidad, extendió su brazo para apagar el aparato con pereza. Se había desvelado pensando en ella… otra vez. Se levantó distraídamente de su cama y caminó hacia el lujoso baño. Duchándose bajo el agua corriente de la regadera, sus sentidos terminaron de despertar.

Tras vestirse de traje y mientras acomodaba las muñecas de su camisa, observó hacia el enorme ventanal frente a la sala del departamento. Su piso se encontraba en uno de los niveles más altos del edificio, por lo que tenía una vista panorámica de la ciudad de Hong Kong. Las gotas de lluvia se pegaban a la ventana mientras caían. Se sentía igual que aquellas gotas. Intentando sostenerse en un lugar y fracasando totalmente.

Habían pasado cinco años desde que su vida dio un giro de 180 grados. Su reflejo distorsionado en la ventana parecía burlarse de él. Por un lado, tenía ganas de dejar toda su vida a un lado y dedicarse por completo a la búsqueda que había comenzado hace años. Muchas veces se preguntaba si dedicarse a tiempo completo habría hecho alguna diferencia, si ya habría encontrado a esa persona para entonces. Por otro lado, sabía que no tenía ningún indicio, ninguna forma coherente de tener pistas para encontrarla. Eso era lo que más lo frustraba.

A pesar de todo, el tiempo pasaba, la vida seguía sin importar lo que quisiera o no. En esta vida tenía responsabilidades que cumplir.

Siendo el único hijo varón de la dinastía Li, una de las más importantes y poderosas familias en China, sus responsabilidades no eran pocas. Con veintiún años cumplidos estaba por comenzar su tercer año de universidad siguiendo la carrera de finanzas. Mientras que parte del tiempo se dedicaba a estudiar el negocio familiar, visitando el complejo desde el cual se manejaban todos los negocios de la familia Li. Siendo dueños de numerosas empresas de alto prestigio, que abarcaban desde diarios hasta cadenas de restaurantes, la experiencia y el conocimiento que debía construir era bastante extenso.

Como heredero, él sería la siguiente cabeza de todo aquello y aunque lo que más deseaba era encontrarla, también deseaba hacer lo correcto para su familia.

Además de los negocios, también estaba el aspecto de la magia. El clan Li también era uno de los más importantes internacionalmente en el mundo de la magia.

A veces estaba seguro de que era esa magia lo que lo había puesto en la posición en la que se encontraba ahora.

Había sido en una de las reuniones anuales de la comunidad mágica cuando conoció a Eriol Hiraguizawa. Un joven mago inglés quien le había parecido bastante extraño. A comparación de él mismo, Eriol era una persona aparentemente abierta y confiada. Su actitud despreocupada lo irritaba, aun ahora.

Las reuniones se llevaban a cabo, principalmente, para poner al corriente a los líderes de los clanes mágicos sobre la situación mundial, así como para introducir a los jóvenes quienes en el futuro heredarían alguna de las posiciones importantes en el clan respectivo.

Contrario a Eriol, quien a su corta edad ya era el líder del Clan Hiraguizawa en Londres, Syaoran había acudido aquella vez para ser introducido a la comunidad. Según la tradición de la familia Li, cuando los miembros cumplían diecisiete años de edad comenzaba formalmente su instrucción y se hacía su presentación al mundo exterior.

Claro que su instrucción en la magia, así como en las artes marciales había comenzado desde su infancia. Sin embargo, los rituales tradicionales se mantenían. En teoría al cumplir esa edad, el último candado que contenía el poder espiritual se abría.

Después de su introducción, Eriol se había acercado directamente a él y sonriendo lo había saludado de una forma un tanto peculiar.

"Tanto tiempo primo"

Esas palabras lo sacudieron de una forma singular. Ellos no eran primos y aun así fue como si escuchara una cerradura abrirse. Recordaba haber pensado en cómo era posible que un extraño le resultara tan familiar.

Ahora que lo pensaba, era extraño como en poco tiempo Eriol se había vuelto la persona en quien más confiara hasta ese momento. Syaoran Li sonrió para sí mismo. Si no se apresuraba llegaría tarde al corporativo.