Disclaimer: Los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, yo solo he creado esta historia sin más fin que el entretenimiento.
Una unión atemporal
—¿Es aquí?
Inuyasha asintió y Kagome avanzó un paso, poniéndose a su lado. La miró con incertidumbre, preguntándose qué pensaría del lugar que había elegido para su futuro hogar.
Se encontraban en el lado oriental de la aldea, donde terminaban los campos de arroz que atendían los aldeanos día tras día. Cuando había hablado con el jefe del pueblo, le había mostrado varios terrenos en los que se podría construir, pero aquel le había llamado la atención al instante.
Estaba lo suficientemente apartado como para no agobiarse por los ruidos típicos de la vida diaria, cercano al bosque para que pudieran seguir oyendo claramente los sonidos de la naturaleza a su alrededor. Pero aun así estaban cerca de sus amigos y para él ese era uno de los motivos más importantes. Sabía que a Kagome eso también le gustaría.
Inuyasha había escogido aquel sitio después de pensarlo mucho y había querido hacerlo él solo para darle una sorpresa a Kagome.
—¿Te gusta? —le preguntó mientras la veía avanzar hasta el hueco que habían hecho en la tierra para comenzar a construir los cimientos.
Kagome se arrodilló al borde del pequeño desnivel, cerrando los ojos y tratando de sentir el aura de aquel lugar. La tranquilidad del ambiente le sacó una amplia sonrisa que Inuyasha interpretó como una afirmación a su anterior pregunta.
—¿Por dónde vais a empezar? —preguntó Kagome mientras abría los ojos, empezó a recorrer el terreno con la mirada mientras se ponía de pie.
Inuyasha la miró sin entender del todo, arqueando una ceja. Ante su silencio, Kagome se dio la vuelta y ahogó una risita.
—¿Dónde se va a poner la primera piedra?
El medio demonio asintió entonces y con un gesto de la mano indicó una esquina del desnivel. Era la que más cerca estaba del camino, por lo que sería más fácil empezar los cimientos por allí para luego seguir extendiéndose tierra adentro.
Kagome emitió un sonido de comprensión, yendo hacia el lugar que le acababa de señalar. De entre sus ropas sacó la piedra que él le había regalado hacía semanas y que tanto le había gustado.
Notaba su peso entre sus manos, pero no lo había sentido apenas en el camino de la cabaña de Kaede hasta allí. Pasó la mano por su superficie lisa mientras pensaba en todo el recorrido vital que habían tenido que hacer para llegar a este momento.
Inuyasha se la había dado como el principio de algo. Iban a enterrarla donde fueran a construir su hogar. Era algo importante. Y sin embargo, Kagome no dejaba de sentir que a aquello le faltaba algo.
Al ver su semblante atribulado, Inuyasha se acercó a ella, dirigiendo también su mirada a la piedra.
—¿Prefieres que no la enterremos?
Kagome negó con la cabeza.
—No es eso…
Inuyasha la siguió mirando, como instándole a que continuara, pero al ver que seguía callada apoyó una mano sobre las de ella.
En ocasiones entre ellos sobraban las palabras. Aquellos gestos de cariño se estaban volviendo cada vez más y más comunes, y Kagome no pudo evitar maravillarse por ello. Allí todo era más sencillo, más orgánico. En su época parecía que todo había que demostrarlo con más palabras. Pero sabía que las parejas que tenían relaciones más profundas acababan por volver a la sencillez. Y aun así lo demostraban, aunque fuera a su manera. El solo hecho de compartir un paraguas con alguien especial en su época reflejaba algo… ¡Eso era!
—Inuyasha, ¿podrías hacerme un favor? —preguntó, mirándolo con entusiasmo. Al verlo asentir, continuó—: Talla aquí un paraguas —pidió mientras le enseñaba piedra.
—¿Eh?
—Así, mira.
Kagome dibujó con un dedo en la tierra blanda un triángulo y luego una línea vertical más larga, atravesándolo.
Inuyasha talló con sus garras lo que le había mandado ella, todavía sin entender del todo qué pretendía hacer.
—Ahora pon tu nombre a la izquierda y el mío a la derecha.
—Feh, Kagome. ¿Qué sentido tiene esto?
—Hazlo, venga. Ahora te lo cuento.
Inuyasha tuvo que esforzarse porque los tres caracteres que componían cada uno de sus nombres cupieran de una forma medianamente legible en aquella piedra, pero hizo un buen trabajo. Tras terminar, se quedó mirando el dibujo que había tallado, recordando vagamente haberlo visto en otro lado. ¿Tal vez era algo de la época de ella?
Le tendió la piedra a Kagome.
—En realidad es un poco tontería, pero me acabo de acordar de esto. —La sacerdotisa miró los nombres que habían plasmado y levantó la mirada con una amplia sonrisa—. Le llaman el paraguas del amor.
Al ver que tenía la completa atención del medio demonio, Kagome procedió a contarle la historia.
—Al parecer, hace mucho tiempo… Bueno —dijo mientras soltaba una pequeña risa—, en realidad faltan unos años para que esto pase, pero el caso es que en la historia de Japón no siempre se dejó que las mujeres estuvieran acompañadas de hombres que no fueran de su familia mientras iban por la calle. —Inuyasha asintió ante esto—. Pero cuando llegaban las lluvias, no había problema en que un hombre le prestase su paraguas a una mujer que no conocía y la acompañase. Después de todo, lo más importante era que ella no se mojase y llegase sana y salva a su destino. En mi época, las parejas lo dibujan muchas veces en los árboles.
Kagome se detuvo un momento, respirando hondo.
—Suelen hacerlo para dejar una señal permanente de su amor. Se cree que las ayuda a permanecer juntas, como un amuleto de buena suerte.
Inuyasha emitió un pequeño gruñido de comprensión y acto seguido cavó un pequeño hoyo en la esquina del desnivel.
—Si la enterramos aquí, ¿crees que en tu época seguirá existiendo?
Kagome se lo quedó mirando por un instante, asimilando lo que él le estaba queriendo decir de verdad al pronunciar aquellas palabras. Se arrodilló a su lado y depositó el objeto en el hueco en la tierra, que Inuyasha cubrió inmediatamente.
La sacerdotisa tomó una mano entre las suyas, acariciando suavemente su dorso para quitarle los restos de tierra y suciedad. Levantó lentamente la mirada y sus ojos se encontraron en una intensa conexión que trascendía el tiempo.
—Siempre estará ahí.
Nota de la autora: ¡Hola a todos! Pensaba que no me daba tiempo a actualizar esta semana, pero he conseguido hacerlo. Además, le había prometido a Aida Koizumi que lo intentaría, así que no podía defraudarla.
Este capítulo se corresponde con el tema #97 - Tallar un lugar con el nombre de ambos del reto Diario de amor... Cien relatos feudales del foro ¡SIÉNTATE! Ah, y esta es la segunda parte del segundo capítulo, Tres meses.
La leyenda del paraguas, por lo que he podido encontrar, se originó en el periodo Edo en Japón, que es la época siguiente a la Sengoku (si no he visto mal). Más o menos la historia es la que ha explicado Kagome, yo la he adornado un poquito hacia el final.
¡Espero que os guste!
