Disclaimer: Los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, yo solo he creado esta historia sin más fin que el entretenimiento.
Algún día
El golpeteo de un pie contra el suelo era el único sonido que rompía la tensión existente a las afueras de la cabaña. Los quejidos de dolor, amortiguados por las cuatro paredes de la vivienda guardaban la escena que se estaba desarrollando en su interior.
El rítmico ruido se detuvo por un instante, seguido de un suspiro de angustia que no hizo más que reflejar el torbellino interno que se había desatado hacía horas en el cuerpo de su propietario.
Ese día sería padre.
Inuyasha fijó la mirada en su inquieto amigo. El semblante de tranquilidad con el que Miroku había dejado a Sango en manos de Kaede contrastaba ampliamente con la expresión contraída que ahora reflejaban sus facciones.
Agudizó el oído disimuladamente, tratando de que él no percibiera el movimiento de sus orejas. El más mínimo cambio en aquella situación tan tensa podía acabar por desatar todo su nerviosismo.
En ese momento, un grito atravesó el aire. Miroku se puso en pie de un salto, listo para avanzar hacia la cabaña, pero una mano con garras lo detuvo, tirando levemente de él para que volviera a sentarse.
—Cálmate, aún no puedes ir —dijo Inuyasha con firmeza, soltándolo únicamente tras comprobar que no hacía ademán de levantarse de nuevo.
Un sonido de asentimiento salió de la garganta de Miroku, sin mucha convicción. Las múltiples veces que había dicho que quería tener descendencia no había pensado ni por un momento en esta situación. Pero esa era la clave. No lo había pensado.
El agarre de sus manos en su pelo solo se aflojó al oír el llanto de un bebé. Inuyasha y Miroku se pusieron en pie a la vez, pero la salida de Rin los detuvo en seco.
—Viene otro más —dijo rápidamente la niña antes de volver a entrar en la cabaña. Era evidente que Kaede la había enviado para detenerlos antes de que pudieran irrumpir en el espacio reducido de la casa.
Inuyasha vio que Miroku se aferraba a su báculo mientras sus rodillas cedían un poco. Por mucho que quisiera guardar las apariencias, a él no lo engañaba. Después de todo, habían pasado por muchas cosas juntos, lo conocía demasiado bien.
Los segundos se transformaron en minutos y los minutos se arrastraron como si fueran horas, pero poco después se oyó el segundo llanto y a Miroku se le permitió entrar por fin a conocer a las nuevas integrantes de su familia.
Inuyasha prefirió quedarse fuera, alegando que el olor ya era suficiente para él desde allí y que esperaría al día siguiente para darle la enhorabuena a Sango y conocer a las gemelas.
Montaría guardia junto al árbol que había al lado de la casa para asegurarse de que todo iba bien aquella noche.
—Deberías descansar un poco.
Sango sonrió débilmente, volviendo a dirigir la mirada hacia sus pequeñas.
Al día siguiente se cumpliría un año desde que todo había vuelto a la normalidad, dentro de lo que cabía. No se podía decir que no hubieran estado entretenidos durante ese tiempo, pero había una ausencia destacada entre ellos que nadie se atrevía a comentar en presencia de Inuyasha.
Las emociones del día habían hecho que Sango se acordase como tantas otras veces de su mejor amiga, sumando esta inquietud al conjunto de preocupaciones que le hacían no poder conciliar el sueño.
—La echo de menos.
A Miroku no le hizo falta que mencionase su nombre para saber a quién se refería, él también acusaba su falta.
—Estoy seguro de que está bien allí, en su mundo. Inuyasha dijo que la había dejado con su familia —dijo, intentando tranquilizarla, pero el tono melancólico de sus palabras también reflejaba su añoranza.
—Ojalá pudiéramos comunicarnos con ella. Aunque solo fuera para saber cómo está y contarle lo que estamos viviendo. Estoy segura de que se alegraría mucho por nosotros y... —se interrumpió brevemente, bajando todavía más la voz, a pesar de que desde el principio habían estado hablando en susurros—, y él estaría más feliz. No me gusta verle así.
Miroku asintió brevemente, dándole a entender que él sentía lo mismo.
—Si pudiéramos enviarle una carta, me gustaría saber qué le contaría él —meditó el monje.
—Si el pozo funcionase, podríamos hacerlo —comentó Sango, bajando la mirada con tristeza.
—Pero ya no es así —completó él con un breve suspiro.
—Pero ya no es así…
A pesar de los esfuerzos de sus amigos por protegerlo de la conversación que estaban manteniendo en la cabaña, Inuyasha lo había oído todo.
Podría haberse alejado un poco más, concentrarse en los sonidos nocturnos para ahogar los sentimientos que le estaban revolviendo las entrañas. Pero, después de un año de no mencionarla apenas más que en sus pensamientos, se había sentido atraído irremediablemente hacia aquella pequeña charla inocente.
Y ahora dolía. Dolía mucho.
Porque no estaba con ella. Porque ella no estaba con él. Y, a pesar de que intentaba confiar, no sabía si volvería a verla.
Mientras cuidaba a sus amigos y a las nuevas incorporaciones a su familia en la penumbra de la noche, tuvo la sensación de que el nudo que se le había formado en la garganta tardaría días en deshacerse.
Una vez más, había vuelto al pozo. Habían pasado tres días desde la última vez, algo ya habitual en aquel año sin ella. Miró fijamente la estructura de madera y, tomando aire, saltó dentro.
Lo recibió la tierra dura del fondo, pero al levantar la vista se encontró con el mismo cielo sin nubes que había visto segundos atrás.
Seguía sin funcionar.
Salió de allí apenas sin inmutarse externamente, pero su caos interno proyectaba una imagen completamente diferente. Se recostó contra uno de los lados del pozo y recordó lo que había dicho Miroku la noche anterior.
Si pudiera enviarle una carta… ¿qué le diría?
No tenía sentido intentarlo, un trozo de papel no iba a atravesar el flujo del tiempo y llegar a ella. Aunque, tal vez si intentaba transmitir lo que pensaba, aquel lugar sería capaz de hacerle llegar algo a ella, por mínimo que fuera.
Apoyó una mano sobre el borde del pozo y cerró los ojos con fuerza.
Kagome:
No voy a intentar escribirte. Sé que no podrás leerlo. El pozo lleva un año sin dejarme pasar y hoy no ha sido diferente. Una carta no podría llegar a ti. Pero tú y yo tenemos una conexión. Naciste para conocerme, lo sé, pero yo nací para estar contigo. Y prometo que encontraré la forma de conseguirlo.
Quiero que sepas que estamos todos bien. Miroku y Sango te echan de menos (ese monje pervertido acaba de ser padre de gemelas, no ha perdido el tiempo) y Shippo también, aunque a él lo vemos menos, hace tiempo que se ha ido a entrenar para mejorar como demonio zorro. La anciana sigue riñéndome de vez en cuando, aunque sospecho que lo hace para no perder la costumbre.
Y yo… No puedo olvidarme de ti, Kagome. No se lo he dicho a nadie, pero vengo aquí cada tres días. Era nuestra rutina. Tú te ibas tres días y volvías… siempre volvías… conmigo. Sé que tienes a tu familia contigo y que ellos también te quieren, pero quiero verte. Aunque solo sea una vez más.
Esperaré lo que haga falta. Tres días, tres años… lo que sea. La vida de los medio demonios es larga, puede que no tanto como la de los demonios completos, pero sí lo suficiente. No me importa esperarte para siempre, pero aun así… date prisa. No me voy a ir a ningún lado. No sin ti.
Inuyasha abrió los ojos con lentitud. No se había dado cuenta de la fuerza con la que los había cerrado hasta que notó la ligeramente dolorosa distensión de sus párpados. Miró a su alrededor y comprobó que había hecho bien en no hacerse ilusiones. Kagome seguía sin estar allí.
Quinientos años en el futuro, las ramas del Goshinboku se mecieron en una suave danza, moviendo el pelo de la chica que apoyaba una mano sobre su tronco.
Nada más se movió. Solo aquello que se encontraba bajo la influencia del vetusto árbol.
Kagome notó una sensación cálida en su pecho y una lágrima traviesa se deslizó por su mejilla. Sonrió levemente mientras limpiaba el leve rastro de humedad y notó, por primera vez en un año, la sensación esperanzadora de que algún día no muy lejano volvería a ver a Inuyasha.
Nota de la autora: Después de unos capítulos más alegres, hoy vengo con algo más melancólico. Tal vez se debe a que he estado leyendo algunos one-shots así (Melancolía, de Aida Koizumi, A ti, hace quinientos años, de Lis-Sama y Vale la pena, de DAIKRA son los últimos que he leído que tengan ese tono y los recomiendo mucho), pero quizá también se debe a que el tema de este capítulo me lo pedía.
Este capítulo se corresponde con el tema #49 - Escribirle una carta del reto Diario de amor… Cien relatos feudales del foro ¡SIÉNTATE! Como no ponía que hubiera que enviarla en sí, me he tomado algunas libertades. Además de que considero que pensar sobre escribir es una parte extremadamente importante de escribir. Al fin y al cabo, a toda historia hay que darle forma antes de ponerla por escrito.
¡Muchas gracias por vuestros comentarios, por los favoritos y las alertas! Sin todo ese apoyo muy probablemente no habríamos llegado hasta aquí y planeo seguir hasta el final.
