Disclaimer: Los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, yo solo he creado esta historia sin más fin que el entretenimiento.
Calor
Hacía calor. Mucho calor. Ni la más ligera brisa movía las ramas de los árboles que había cerca de su cabaña de madera. El canto de las cigarras era notorio en medio del por lo demás silencioso atardecer.
Kagome agitaba lentamente un pequeño abanico de papel, suspirando por el bochorno del ambiente. Si había algo que echaba de menos de la época en la que había nacido, era el aire acondicionado.
Le dio un pequeño tirón al cuello de la yukata que usaba en verano para dormir. Era la vestimenta más ligera que poseía y aun así notaba la asfixia. En vista de que los aldeanos ya se habían retirado a sus respectivas casas, se abrió un poco más la yukata y se apostó en la ventana sin dejar el abanico.
Alzó la mirada al cielo cada vez más oscuro, alcanzando a ver la primera estrella de la noche. No había ni una sola nube en el firmamento. La luna llena se mostraba orgullosa, reflejando la luz de un astro que los habitantes de esa parte de la Tierra no volverían a ver hasta horas más tarde.
Suspiró y dirigió la vista hacia su izquierda. Allí se encontraba Inuyasha, con el pecho descubierto y los ojos cerrados en una expresión de completa paz, recostado contra la fachada de la vivienda. Kagome podría haber pensado que no había percibido su presencia si no hubiera sido por el diminuto movimiento de sus orejas que le había visto hacer al apoyarse sobre la madera del alféizar.
—¿No tienes calor? —le preguntó Kagome mientras observaba su larga melena plateada. Le caía por la espalda en un espeso manto hasta casi llegar al suelo debido a la posición en que se encontraba. Fue capaz de ver el leve brillo de unas gotitas de sudor cerca de su nuca, pero ningún signo externo más daba a entender que él estuviera sufriendo como ella.
Inuyasha movió las orejas, esta vez el movimiento fue claro. Giró la cabeza a un lado y al otro, en gesto de negación. Esa fue toda su respuesta.
Kagome frunció el ceño y se separó de la ventana, sin dejar de abanicarse. Era imposible que no le afectase ni un poco aquella horrible temperatura.
Salió de la cabaña y se agachó delante de él. Inuyasha abrió los ojos casi al momento y la miró con una ceja arqueada. Con esa pequeña acción, la sacerdotisa percibió el leve brillo de la sudoración en su frente.
—Mmm… —Kagome extendió la mano que tenía libre y le tocó la cara, haciéndole una pequeña caricia. Acto seguido le mostró el resplandor de la humedad en sus dedos—. Si no tienes calor, ¿cómo explicas esto?
Inuyasha chasqueó la lengua en señal de fastidio al verse descubierto.
—Estoy perfectamente —replicó en un intento por mantener la compostura.
—Ya. —Kagome dirigió los ojos a su pelo, ladeando la cabeza en el proceso—. Tengo una idea —dijo repentinamente, con un extraño brillo en la mirada, y lo agarró de la mano, llevándoselo hasta el interior de la cabaña. Inuyasha se dejó arrastrar, perplejo ante el súbito arrebato de la chica.
La oyó rebuscar en un pequeño arcón donde guardaban sus cosas, había dejado el abanico abandonado en el suelo mientras se dedicaba a su nueva tarea. No tardó mucho en volver hasta él con una tira blanca que le veía usar a menudo para recogerse el pelo.
—Inuyasha… —dijo con el mejor tono de inocencia que pudo poner—. ¿Puedo trenzarte el pelo? —pidió con las manos en gesto de súplica.
Inuyasha retrocedió un paso, sorprendido por la petición.
—Por… ¿por qué quieres hacer eso? —dijo vacilante.
—Venga, por favor. Además, así ya no tendrás tanto calor.
—¡Te he dicho que estoy perfectamente!
—Pero, Inuyasha…
—¡Que no!
—También me ayudará a mí —dijo como último recurso, bajando la mirada y observándolo por el rabillo del ojo. Inuyasha se había quedado quieto con esa última frase. Era su oportunidad.
—¿A qué te refieres?
—Mientras te peino puedo concentrarme en eso y olvidarme un poco del calor.
Inuyasha se cruzó de brazos. Parecía estar considerando su ruego. Finalmente asintió y se sentó en el suelo, dándole la espalda.
Kagome ahogó un chillido de alegría y fue rápidamente a por un poco de agua al arroyo que había casi al lado de la cabaña. La usaría para desenredarle el pelo y, ya de paso, refrescarse un poco.
Cuando volvió, instantes más tarde, Inuyasha seguía en la misma posición en la que lo había dejado.
Se arrodilló detrás de él, humedeciendo las manos en el recipiente que acababa de llenar y pasándolas por su melena con cuidado de no tirarle del pelo.
Los suaves cabellos se entrelazaban entre sus dedos como hilos de plata que resplandecían a la luz de la luna, que cada vez estaba más alta en el cielo. Subió las manos hasta la coronilla, comenzando a dividir la melena en tres secciones y rozando suavemente el cuero cabelludo de su compañero con sus uñas a medida que empezaba a hacer los cruces.
Notó que se estremecía bajo sus gestos, pero que intentaba no mostrarlo. Por fortuna para ella, sus peludas orejas lo delataban.
Sonrió de lado y volvió a sumergir las manos en el agua. Esta vez le rozó el cuello a propósito mientras tomaba un mechón de pelo cercano a la nuca. Lo notó temblar.
—¿Pasa algo? —dijo, tratando de ocultar su diversión.
—No… no es nada —titubeó el hanyou. El atisbo de vacilación en su voz podría haberle pasado desapercibido a cualquier otro, pero a ella no.
—Mmm…
Las manos de Kagome siguieron con sus repetitivos movimientos. Mechón derecho sobre mechón del medio, mechón izquierdo sobre mechón del medio y repetir. Y repetir. Llegó al final de la trenza y le ató el pelo con la cinta que había sacado antes del arcón, pero no lo soltó del todo.
Hundió ambas manos en el balde de agua y las pasó muy lentamente junto a sus orejas, bajando lentamente en movimientos ondulantes hasta su cuello. Ahí estaba de nuevo: un temblor. Deslizó las puntas de los dedos lentamente hacia sus hombros, la humedad del agua dejaba pequeños rastros sobre su piel desnuda.
La mano de Inuyasha atrapó rápidamente una de las suyas, que había empezado a bajar por sus brazos. Giró la cabeza y la miró fijamente a los ojos. La expresión de su mirada ambarina empezaba a despertar en ella un calor totalmente distinto al que estaba sintiendo hasta hace un momento.
Inuyasha se dio la vuelta completamente, quedando cara a cara con ella. Kagome llevó la mano libre hasta el pecho de él, en una lenta caricia descendente. Era impresionante cómo el más leve roce lo hacía estremecer tan claramente. Pero ella sabía que era la única que podía provocarle aquellas sensaciones y esbozó una leve sonrisa de satisfacción.
Se acercó a su compañero todo lo que pudo sin llegar a tocarlo más de lo que ya lo hacía. Sus alientos se mezclaron a través de sus bocas entreabiertas. Hacía tiempo que no estaban tan cerca… mucho menos en aquella posición. La vida en la aldea había sido ajetreada durante aquella estación y las peticiones de exterminio de demonios molestos los mantenían separados una y otra vez.
Ambos echaban de menos la cercanía que estaban teniendo en ese momento. Lo veían en la dilatación de las pupilas del otro en la ya oscura noche de verano. En la respiración entrecortada de ella mientras entrelazaba sus dedos con los de él. En el movimiento de la garganta de él al tragar con dificultad ante la situación en la que se encontraban.
Ansiaban acercarse más. Perderse el uno en el otro… pero ninguno se movía.
Era como una tortura a la que se estaban sometiendo voluntariamente. Se tenían tan cerca y, a la vez, esos pocos centímetros que los separaban semejaban kilómetros.
Y entonces él cedió.
La atrajo hacia sí con fuerza, rodeándole la cintura con el brazo libre, uniendo sus bocas en el beso para el que habían creado tanta anticipación. Las manos de ambos subieron y bajaron por sus cuerpos, trazando, reconociendo los lugares que ya se sabían de memoria. Y a pesar de llevar ya varios años juntos, viviendo en aquella época, las sensaciones eran casi como las del primer día que lo habían hecho.
Allí estaban los estremecimientos, la piel erizada de placer, los torpes intentos de desnudarse el uno al otro mientras avanzaban hacia el futón que habían extendido poco antes de que empezase a anochecer. Lo único que cambiaba de aquellas primeras veces era que las manos sabían qué camino seguir, qué partes tocar, qué hacer para que el otro disfrutase tanto como uno mismo.
En algún momento de aquella danza antigua como el mismo mundo, a Inuyasha se le soltó la trenza que Kagome le había hecho, provocando que su pelo cayera en una cortina que los tapaba de todo lo demás.
Se detuvieron instintivamente cuando ocurrió. Sus cuerpos todavía estaban unidos y sin intención alguna de separarse. Se miraron en la penumbra de la cabaña, ambos esbozando una pequeña sonrisa cómplice, indicando que se habían detenido los dos por la misma razón.
Kagome levantó una mano y la pasó por la nuca de Inuyasha, tirando hacia abajo en un claro gesto que indicaba que quería que continuara con lo que estaba haciendo.
Inuyasha no puso pegas.
Los jadeos interrumpieron la quietud de su hogar, aumentando poco a poco en intensidad a medida que cada uno alcanzaba su límite. Primero, ella; luego, él. Un suspiro acompasado fue lo último que se pudo oír mientras ambos se recostaban en el futón, sin alejarse el uno del otro.
Inuyasha llevó una mano a la marca que le había hecho a Kagome hacía ya un par de años y la trazó suavemente con los dedos. La chica giró un poco el rostro y depositó un suave beso en sus nudillos para luego sonreírle. El medio demonio atesoró aquella sonrisa como si fuera la primera que le dirigía. Para él, todas sus sonrisas eran únicas.
Kagome jugueteó con su melena plateada, observando su trabajo ahora deshecho.
—Tendré que volver a recogerte el pelo —dijo ella con un pequeño suspiro—. Se te ha deshecho la trenza.
Inuyasha sonrió con cierto aire de suficiencia.
—Hazlo —dijo con un claro tono de picardía en su voz—. Veremos cuánto me dura.
El beso que le dio a continuación dejó bastante claro que no tenía ninguna intención de que esa noche su melena acabase presentable.
Nota de la autora: Este capítulo se corresponde con el tema #4 - Arreglarle el cabello del reto Diario de amor... Cien relatos feudales del foro ¡SIÉNTATE!
Cuando me imaginé qué escribiría para este tema, yo pretendía hacer un one-shot con temática humorística. Como veis, se me ha ido en una dirección diametralmente opuesta, pero no me voy a quejar. Lo que me genera duda es si debería subir el rating del fic después de este one-shot o si lo dejo en T, como está ahora. ¿Qué opináis?
Esta es la primera vez que escribo algo así, por lo que agradecería que me comentaseis qué os pareció. ¡Os lo agradecería muchísimo!
