Disclaimer: Los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, yo solo he creado esta historia sin más fin que el entretenimiento.

Detalles

—Ella no se da cuenta, pero está hecha de pequeños detalles que voy descubriendo poco a poco. No son nada que destaque a simple vista, así que es necesario prestar atención para encontrarlos.

»Como cuando está concentrada en clasificar las hierbas medicinales que ha recogido para luego ponerse a hacer esos ungüentos que huelen de una forma tan extraña. Su ceño fruncido me dice que está plenamente sumergida en la tarea y que es mejor no molestarla. Terminé aprendiéndolo después de molestarla varias veces. Es posible que los «¡siéntate!» que acababa diciendo ante mi insistencia acelerasen el proceso.

»Cuando echa de menos a su familia, le brillan un poco más los ojos que de costumbre y el castaño de sus iris se oscurece levemente. Nunca me ha gustado verla así, pero también he aprendido que en ocasiones es mejor sacar esas emociones de dentro.

»Eso me lo enseñó ella. Que no pasa nada por llorar. Todo el mundo lo hace y nadie debe juzgarte por ello. Te lo recordaré todas las veces que haga falta.

»Cuando está contenta por algo, entrecierra los ojos mientras sonríe. Me he dado cuenta de que esa sonrisa a veces es más grande y a veces más pequeña, pero para mí tiene una especial y para ti hay otra. Alguien que no estuviera atento diría que es una sonrisa como cualquier otra, pero yo sé que no es así. Todo alrededor de ella cambia y para mí está claro como el agua.

»En ocasiones se distrae y se queda mirando al infinito, especialmente cuando atardece. Me ha dicho muchas veces que eso le da calma y que en esos momentos puede dejar la mente en blanco.

»En esas ocasiones, a menudo me quedo con la vista fija en ella, pero con disimulo. Me he dado cuenta de que lo hago mucho cuando es la noche de la luna nueva. En ese momento de cambio, ella es mi constante, y creo que he desarrollado el gusto de ver cómo cambian mis sentidos mientras la observo cuando anochece en esos días.

»Siempre está conmigo. Desde que volvió por el pozo no se ha vuelto a ir. Y yo siempre estaré a su lado. Pronto te haré la misma promesa a ti, cuando te vea por primera vez.

Inuyasha se quedó en silencio. Hasta entonces, su voz no había sido más que un leve murmullo. Kagome estaba dormida a su lado. Por primera vez en días, el embarazo le había dado un poco de tregua y le había permitido descansar con tranquilidad y sin despertarse a cada instante.

El medio demonio había empezado a acariciarle el abultado vientre cuando la vio empezar a moverse con incomodidad. Eso pareció calmarla un poco, pero seguía teniendo una expresión de tensión en el rostro.

Entonces había empezado a hablar. A contarle todo lo que se le pasaba por la cabeza a su futura hija. Sí, hija. Tenía el presentimiento de que así sería y se lo había dicho con tanta seguridad a su compañera que le había entrado un ataque de risa.

Kagome le había explicado, cuando consiguió que remitieran sus carcajadas, que nunca lo había visto tan seguro y tan solemne sobre un tema, y que si creía que iban a tener una niña, ella no podría estar más feliz.

Una sonrisa torcida se abrió paso en sus facciones tras esa frase e Inuyasha supo que había algo que no le estaba diciendo. Se estaba guardando algo para ella y tenía el presentimiento de que no se lo iba a contar aunque insistiera.

Y no lo hizo. Porque aunque le estaba guardando un secreto, se imaginaba que no era nada malo. Después de todo, eso le decía la mirada pícara con la que se estaba mirando el vientre.

Inuyasha salió de sus cavilaciones cuando notó que Kagome empezaba a moverse bajo la mano que todavía descansaba sobre su vientre. La vio abrir lentamente los ojos y mirarlo con curiosidad.

—¿Por qué paraste? —preguntó ella.

Él la miró con una ceja arqueada, haciéndole saber que no comprendía la pregunta.

—De hablar —aclaró con una pequeña sonrisa jugueteando en sus labios.

Inuyasha se sonrojó levemente y bajó la cabeza para esconderlo, aunque en la oscuridad de la noche estaba seguro de que ella no podría ver su bochorno.

—¿Me oíste?

Kagome negó con la cabeza.

—No distinguía lo que decías, pero me ayudaba a dormir. ¿Le estabas hablando a ella?

Se acarició el vientre hasta posar la mano sobre la de él. Una pequeña patada impactó en el lugar en el que se apoyaban ambos. Sonrieron a la vez e Inuyasha asintió en respuesta a su anterior pregunta.

—¿Crees que entenderá lo que decimos? —preguntó con auténtica curiosidad.

—No lo sé, pero nos oye. —Kagome levantó la mirada hacia él—. Y tu voz la tranquiliza mucho. Mientras hablabas no se movió casi nada. Solo se está quieta tanto tiempo cuando le hablamos, es como si quisiera prestar atención a lo que le contamos.

Inuyasha entonces decidió que, si eso hacía que Kagome pudiera dormir con menos interrupciones, le hablaría a la pequeña todas las noches hasta que naciera. Le contaría todos los detalles que amaba de su madre y los que fuera descubriendo a medida que pasase el tiempo.

Estaba seguro de que eso acortaría la espera.

Faltaban poco más de dos meses.

Ya tenía ganas de conocer poco a poco los pequeños detalles de Moroha.


Nota de la autora: Este capítulo se corresponde con el tema #88 - Aprender (conocer) y amar los pequeños detalles del otro (por ejemplo, que hace cierta mueca cuando tiene miedo) del reto Diario de amor... Cien relatos feudales del foro ¡SIÉNTATE!

Quiero hacer una mención especial a Chechy14, que se ha leído todos y cada uno de los one-shots que componen este fic y ha dejado review todos ellos. ¡Muchísimas gracias! ¡Y muchísimas gracias a todos los que vais comentando a medida que leéis! Aprecio mucho todo lo que me decís.

Siento haber tardado tanto en actualizar, pero como sabéis, he estado actualizando las demás historias que tengo en curso y la inspiración estaba de vacaciones. Esperemos que haya vuelto para quedarse.

¡Hasta la próxima!