Disclaimer: Los personajes pertenecen a Rumiko Takahashi, yo solo he creado esta historia sin más fin que el entretenimiento.

Ebrio por accidente

Intentó enfocar la mirada varias veces, fracasando en cada ocasión. El tenue brillo de la fogata que habían encendido apenas servía para distinguir a las personas que la rodeaban, pero sus ojos de medio demonio deberían haber sido capaces de ver más allá del anillo de luz. Sin embargo, le resultaba imposible.

Sus pensamientos tampoco seguían un orden normal. Tan pronto se le quedaba la mente en blanco, como se ponía a pensar en auténticas minucias.

Sumado a todo esto, le costaba precisar cuánto tiempo había transcurrido desde que se había sentido en plenas facultades. Recordaba una botella blanca con la que el monje le había llenado un pequeño vaso que le había obligado a sostener y a beber. Y después de eso… todo borroso.

Enterró las garras en el suelo a la vez que hacía presión con los talones para mantenerse quieto. El suelo parecía moverse un poco bajo sus pies, pero los demás no parecían notarlo. Sus figuras borrosas charlaban tan tranquilas alrededor del fuego.

Gruñó muy levemente y notó que Kagome movía la cabeza, intuía que para ver qué le pasaba, para luego volver a la conversación. ¿Había hecho más ruido del que pretendía? ¿Y qué era eso que se movía por el suelo? Ah, hormigas. Varias en fila, transportando migas de pan.

¡Otra vez había vuelto a distraerse!

Agitó la cabeza a un lado y a otro. Grave error. De repente, el mundo empezó a bambolearse a su alrededor y una sensación de náuseas llenó su estómago. ¿Qué diablos le había dado el monje?

Un leve aroma llegó a su nariz. Lo reconocería en cualquier lugar. Kagome estaba abanicándose con una mano, tal vez el calor de la fogata la estaba incomodando un poco. Pero lo que a él le hizo enervarse fue el leve matiz distinto que había en él. ¿Qué era?

Se acercó poco a poco a ella, olfateándola para intentar precisar a qué se debía aquel cambio, pero su mente dispersa no podía formar pensamientos coherentes.

—¡Kagome! —la llamó en un impulso. La vio girarse y bajar la mirada hacia él, que seguía en cuclillas y aferrándose al suelo como si fuera lo único estable a lo que sostenerse. Parpadeó con fuerza, intentando enfocarla. Fue inútil, a pesar de lo cerca que estaba ahora.

—Inuyasha, ¿estás bien? —preguntó la sacerdotisa con preocupación—. Tus ojos están haciendo cosas raras.

El medio demonio, al ser incapaz de ver correctamente, no paraba de mover los ojos de un lado a otro. Intentaba centrarse en algo, pero su buena vista no volvía.

—Hueles raro —dijo sin miramientos.

Kagome se tensó y los demás pararon de hablar al oírlo.

—¿Qué dices? Huelo como siempre. —Pero mientras lo decía, se llevó un mechón a la nariz por si acaso. Sí, todo normal.

Inuyasha volvió a negar con fuerza con la cabeza. Ahora todo a su alrededor pareció estar dando saltos. Las náuseas le subieron a la garganta y tragó con fuerza.

—¡No! —exclamó con convicción—. ¿Acaso has… estado… con alguien? —Esto último lo dijo con un audible gruñido en su voz—. ¿Con un… hombre? —dijo arrastrando las palabras. Por más que lo intentara, no era capaz de decir una frase toda seguida.

Kagome se echó a reír. Él, sinceramente, no le veía que tuviera gracia alguna.

—Ah, Inuyasha… Claro que sí —dijo ella con sencillez y sin dejar de reír.

Él oyó las carcajadas de Miroku y Sango al otro lado del fuego. ¡De verdad que no estaba entendiendo absolutamente nada! ¡Cómo podía hacerle eso! ¡Cómo podía irse con otro hombre y decírselo sin remordimiento alguno!

Sus emociones descontroladas lo impulsaron a hacerse un ovillo y alejarse rodando del fuego. Le entró el hipo en el proceso y levantó su mirada desenfocada por última vez.

Malditos traidores. Veía sus figuras giradas hacia él y todavía reían desabridamente. Kagome fue la primera en parar y la oyó murmurar su nombre y preguntarle qué le pasaba, pero él estaba demasiado ocupado con su mente, que corría a toda velocidad mientras intentaba decidir a quién iba a destrozar al día siguiente.

Sus náuseas lo vencieron y descargó todo el contenido de su estómago junto a la cabaña frente a la que habían encendido la pequeña hoguera. Disgustado, se metió dentro de la estructura de madera, en un intento por apartarse del olor acre que acababa de expulsar de su interior.

Juntó las rodillas contra su pecho mientras seguía mascullando sus planes de venganza y antes de darse cuenta, se quedó dormido.


A la mañana siguiente, Kagome entró en la cabaña y se encontró que Inuyasha todavía dormía. Había salido temprano a asearse y a recoger algunas hierbas medicinales, y supuso que él ya estaría despierto para cuando regresase. Pero seguía durmiendo profundamente.

No entendía muy bien qué le había ocurrido la noche anterior. Miroku había sacado un licor de hierbas muy suave para los tres, apenas si tenía alcohol. Ella había tenido que contentarse con una infusión normal y corriente, dado su estado, pero eso no quería decir que ellos no pudieran celebrarlo por todo lo alto.

Sin embargo, tras tomar aquello, Inuyasha se había estado comportando de un modo peculiar. Gruñía y murmuraba cosas para sí. Después de un rato, habían decidido ignorarlo y seguir con la conversación. Tal vez el licor sí se le había subido un poco a la cabeza, pero como solo había sido un vasito…

Se acercó lentamente a él y le sacudió levemente el hombro. No quería moverlo demasiado por si le sentaba mal. Ya había tenido que limpiar lo que había dejado junto a la cabaña, preferiría no tener que repetirlo.

Inuyasha se removió mientras intentaba despertar y abrió lentamente los ojos. Enfocó la mirada en ella y se dio cuenta de que por fin podía verla bien. No recordaba mucho de la noche anterior, pero sí el hecho de que a su vista le había pasado algo.

Se incorporó con dificultad, justo cuando entraban Sango y Miroku por la puerta. En el exterior, podía oír a las niñas jugando entre ellas. El pequeño Hisui dormía plácidamente sobre la espalda de la exterminadora.

—¿Qué tal está nuestro borrachín? —preguntó Miroku en tono burlón.

Inuyasha frunció el ceño e intentó soltarle una pulla verbal, pero se abstuvo al notar la boca pastosa, así que se conformó con dirigirle un gruñido mientras iba a por un poco de agua fresca que Kagome acababa de traer consigo.

—Mal despertar, ¿eh? —continuó pinchándolo el monje.

Inuyasha tragó el agua y lo fulminó con la mirada.

—¿Se puede saber de qué hablas? —soltó.

—Tranquilo, Inuyasha —intentó apaciguarlo Sango a la vez que esbozaba una sonrisa tranquilizadora—. Ayer pareció sentarte un poco mal el licor, es todo.

—¡Yo no estaba borracho! —exclamó enfurecido.

Miroku ocultó una carcajada con su mano.

—Bueno, si decirle a la señorita Kagome que huele raro para luego preguntarle si había estado con un hombre es indicativo de algo… —dijo e hizo una pausa ahí, pero el tic en la ceja del medio demonio le dijo que era mejor que terminase—… es de que te emborrachaste con un vasito de licor.

Inuyasha oyó una risita a su lado, Kagome estaba haciendo lo posible por no estallar en carcajadas y la fulminó con la mirada.

—Además, cuando ella te respondió, te enfadaste y empezaste a lloriquear —aportó Sango, que durante la explicación de su marido había estado intentando acunar a su hijo para que no se despertara.

—¡Estoy seguro de que le echaste algo a esa bebida, monje libidinoso! —exclamó mientras iba hacia él.

Miroku empezó a retroceder, levantando las manos en gesto defensivo.

—Para nada —afirmó el monje—. Tengo aquí mismo la botella, pone que es un licor suave y… —Tuvo que interrumpirse, porque una nota que tenía pegada el recipiente en la parte de abajo, decía: Mantener fuera del alcance de seres sobrenaturales. Puede causar síntomas similares a la intoxicación etílica.

En ese momento, Miroku levantó la mirada hacia el hanyou, que cada vez estaba más cerca de él. Tragó saliva, agarró la esterilla que hacía de puerta de la cabaña y dijo:

—¡Adiós! —Y salió corriendo como alma que lleva el diablo. Inuyasha fue tras él.

Kagome y Sango pudieron oír, a lo lejos y mientras intentaban contener su ataque de risa, a un monje recibiendo su merecido por no leer la letra pequeña.


Nota de la autora: Este capítulo se corresponde con el tema #31 - Cuidarlo borracho (y limpiar lo que deja) del reto Diario de amor... Cien relatos feudales del foro ¡SIÉNTATE!

Este capítulo está inspirado en un meme que ha circulado por muchas redes sociales. Si lo habéis visto, sabéis a cuál me refiero.

¡Dije que actualizaría en diciembre y lo he conseguido! Es un pequeño relato para acabar el año, pero espero sacar muchos más en 2022. Por ahora, llevamos ya diez de los cien que componen el reto. Puede que no os parezcan muchos, pero para mí es una cifra importante.

Quiero dar las gracias a todos los que habéis leído los capítulos anteriores y a los que seguís apoyando este fic. Sin vuestros comentarios de ánimo, sé que no sería posible que la inspiración se apiadase de mí.

¡Hasta la próxima y feliz año!