NOTAS

Este fic es el resultado de ver El Mandaloriano, enamorarme de los ojos marrones de Pedro Pascal y comenzar a imaginar cómo habría podido ser la historia si Disney le hubiera dado a Mando un poco más de oportunidades de romance...

Se suponía que fuera un fic corto, pero demonios, cobró vida...

Es un trabajo que ya está terminado. Publicaré un capítulo cada semana. Disfruté mucho escribiéndolo, ¡espero alguien más disfrute leyéndolo!

Como siempre, los comentarios y opiniones me dan vida... ¡No dejes de compartirlos conmigo!

CAP. 1

El vacío y la oscuridad del universo lo recibieron en un abrazo familiar luego del desastre con Moff Gideon.

El niño estaba a salvo, tanto como podría estarlo, abrochado a su silla de copiloto y observando con una curiosidad inagotable todo lo que el mandaloriano hacía, cómo conducía la nave, cómo le hablaba vagamente y con afecto, los planetas que pasaba y las otras naves que circulaban en ocasiones cerca a ellos, haciendo que el hombre se tensionara hasta que volvían a alejarse.

Esto era familiar, era bueno. Tan bueno como podía llegar a serlo, por lo menos mientras encontraba la pista de la tribu de brujos Jedi a los que pertenecía el niño.

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Unas reparaciones mecánicas lo obligaron a descender en Humala, un planeta que orbitaba sin rotación alrededor de una estrella joven. Como resultado, una de sus caras estaba siempre iluminada, en un día perpetuo y la otra estaba siempre oculta por la oscuridad, sumida en una noche interminable. En la zona del medio ("Del Ocaso", la llamaban sus habitantes), encontró un puerto y un mecánico decente a quién solicitar los repuestos y reparaciones que necesitaba.

Mientras el mecánico trabajaba, fue a la posada de viajeros más antigua del lugar en busca de algún trabajo local con el cual asegurar el pago del mantenimiento del Razor, así como un poco más para sus propios gastos.

- La hija del jefe de la tribu Jawa está enferma – le gruñó la dueña del establecimiento. – El único médico de la zona que conoce sus enfermedades y cómo tratarlas, fue secuestrado. Habla con ellos. Quizá te den para entretenerte, Mando.

Así que lo hizo. Se acomodó al pequeño en la mochila que llevaba siempre junto a su cadera y compró transporte hacia dicha aldea.

La niña había sido envenenada por la picadura de una criatura y el antídoto que el médico les había preparado se acababa. Eso y sus propias enfermedades empeoraban su estado de salud cada día.

El jefe de la tribu no tenía más hijos y temía por el futuro de su clan.

- Pequeños ladrones – murmuró Mando. Pero miró de nuevo a la pequeña Jawa. Sus característicos ojos rojos brillantes eran nada más que dos ranuras en su rostro oculto por la capucha, y daba pequeños lloriqueos de dolor. Bajó la mirada al niño en su regazo y suspiró. – Maldita sea. ¿Tienen una moto jet?

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El médico había desaparecido cuando trabaja en un centro de investigación biológica en la Zona del Ocaso. Se lo habían llevado junto con un par de hard drives en las que, según una científica que había trabajado de cerca con él, estaba consignada una investigación que el hombre liderara sobre los efectos de unos extraños aditivos que estaban siendo liberados en la atmósfera del planeta por un fabricante multiplanetario.

El gobierno local había autorizado esta operación, y el médico sospechaba que, en realidad, dicha negociación era un pacto ilegal que involucraba mucho dinero y daba luz verde a la experimentación con elementos que podían ser venenosos para casi todas las especies.

El mandaloriano no necesitaba escuchar mucho más para saber qué había sucedido.

La información que logró desenterrar lo llevó al área nocturna del planeta, más exactamente a una sub instalación de "seguridad" repleta de mercenarios que habían llegado cuando el fabricante mutiplanetario iniciara sus operaciones. Parecía que se esperaban la oposición de los habitantes locales, por lo que vigilaban día y noche el complejo industrial desde donde se emponzoñaba la atmósfera.

Encargarse de los mercenarios tomó casi todo un día. Hacer hablar a su líder, bastante menos. Pero justamente cuando supo en qué parte del enorme complejo estaba cautivo el médico que buscaba, cayó sobre el lugar el ataque de un grupo no identificado que, supuso, eran más mercenarios.

Claramente estaban intentando destruir la parte de la construcción en donde estaba atrapado su objetivo. Probablemente habían sido informados de la presencia del mandaloriano allí y de sus intenciones de rescate, y recibido órdenes de deshacerse del problema de una vez por todas.

Mando se enfrentó a ellos con todo lo que tenía, negándose a perder el objetivo por el que había trabajado tanto en los últimos días. Y no fue difícil hacerlo porque, extrañamente, este grupo estaba mal entrenado, pero hubo uno entre ellos que resultó una verdadera molestia:

Apostado sobre una garita, el sujeto le descargó munición tras munición de un rifle francotirador modificado durante minutos, impidiéndole avanzar mientras que su grupo comenzaban a ubicar explosivos en partes centrales de la infraestructura.

Harto de sus ataques, Mando terminó por lanzar una bengala para que estallara en la mitad de su mira, de forma similar a como lo hiciera con Fennec Shand en una situación parecida. En los segundos en que el sujeto apartó el rostro del visor, enceguecido, activó su jetpack y se lanzó hacia él, arrojándolo fuera de su punto de mamposteo. Lo despojó de su rifle y combatió con él cuerpo a cuerpo, sobre un angosto puente que se suspendía sobre contenedores de combustible que en cuestión de segundos cogieron fuego, una muerte segura para el que cayera.

El combate no duró mucho.

- ¿Por qué quieren matar al médico? – gritó Mando sobre las explosiones, una vez tuvo al sujeto contra el piso, con el bláster contra su rostro. - ¿Qué descubrió?

El tipo se congeló por un momento, tan solo respirando pesadamente bajo una máscara de gas.

- … ¡¿Qué?! – gritó.

- Necesito a ese objetivo – le dijo el mandaloriano. – Cancela el ataque o estás muerto.

- ¿No estás acá para liberar los aditivos? – exclamó el otro tras unos segundos de confusión.

Mando parpadeó sin entender. El hombre se lo quitó de encima de un golpe y se lanzó hacia unos laboratorios semidestruidos, intentando perderlo. El mandaloriano fue tras él y atravesaron un par de pisos de laboratorios, hasta que el suelo cedió bajo ellos. Mando activó su jetpack justo a tiempo para no reventarse contra el piso de piedra, y el otro sujeto quedó suspendido patas arriba, atrapado entre unos cables.

- Última oportunidad – le gruñó, poniendo el bláster en su rostro de nuevo. – ¡Cancela el ataque contra el médico!

El otro hombre tanteó bajo su máscara de gas y se la arrancó, revelando un rostro humano que sudaba y sangraba con una expresión tan molesta como él mismo se sentía.

- ¡Yo soy el médico, pedazo de fuzzball!

- ¿Qué?

- ¡Si quieres que salgamos vivos de acá y que te ayude con lo que sea que necesites, me ayudarás a destruir esos alimentadores! – señaló hacia la torre adonde todo este tiempo el mandaloriano había pensado que se encontraba cautivo. Luego cortó los cables, cayó al piso pesadamente, tomó aire y corrió al exterior.

- ¡Se suponía que estabas secuestrado! – le gritó Mando por encima del estrépito de los que había pensado mercenarios (y que ahora entendía, eran rebeldes locales) enfrentándose a los verdaderos mercenarios encargados de la seguridad del complejo, que estaba a muy poco de ser destruido.

- ¡Yo me dejé secuestrar, lame banthas! – respondió el hombre entre explosiones, disparos y cuerpos que intentaban interponerse entre él y los alimentadores de los químicos. - ¡Era la única forma de acercarme a la fuente de cromo y destruirla!

Y destruirla fue lo que lograron, tras varios minutos de pelea furiosa y una serie de ensordecedoras explosiones que demolieron la infraestructura.

Leal a su palabra y todavía jadeando, el médico subió a su moto jet mientras otros estallidos remanentes sucedían tras ellos y los locales daban gritos de victoria.

Tras casi un día de marcha volvieron al clan, donde esperaba también el niño. El médico tenía una miríada de heridas, nada letal, que trató con sus implementos en una de las carpas humildes de los jawas.

- Hay que garantizar el bienestar propio para garantizar el de los demás – le dijo a Mando, que se estaba cerrando también algunas lesiones menores.

- No parecías preocupado por garantizarlo mientras esquivabas ráfagas de fusil – le respondió él, viéndolo parcharse, sin entenderlo. Un hombre dedicado a la ciencia no podía tener un cuerpo marcado por una vida de supervivencia y combate como ése, ni el carácter para coserse más de una herida sin usar anestesia ni marearse. Cuando le hablaran de un médico, Mando había esperado encontrarse con alguien como el Dr. Pershing: delgado, nervioso e incapaz de defenderse. – No eres médico – acusó entonces –. Eres un guerrero.

El hombre lo vio sobre el hombro, dándole una mirada divertida en la que Mando leyó condescendencia.

- Sé que eres mandaloriano – le dijo. – Por la forma en que usas tu casco, imagino que de los especialmente ortodoxos. Pero a veces las cosas no son blanco y negro, mucho menos en esta galaxia. A veces simplemente no son lo que parecen – y le dio una pequeña sonrisa, que no hizo nada por aclarar su dilema.

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El médico se quedó con los Jawas durante unos días antes de exiliarse del planeta, lo que era inevitable luego del caos que había causado. Con la atmósfera siendo filtrada por los locales para volverla limpia, le explicó a Mando, los pequeños cultivos crecerían lo suficientemente sanos y fuertes como para hacer el aire más seguro y respirable.

El mandaloriano se fue con dinero e información nueva, que le daría lo que necesitaban él y el niño por un tiempo. Fue en busca de otros de su tipo, que quizá tendrían más pistas de esta tribu de Jedis que necesitaba encontrar.

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Logró encontrarlos, después una racha especialmente intensa en la que transportó a una mujer rana y sus huevos a la luna de Trask, sobrevivió con ella el ataque de una gigantesca colonia de arañas glaciares y a la persecución de los Cazas Ala-X de la Nueva República, que sopesaron sus crímenes contra sus actos heroicos y terminaron por darle vía libre para que siguiera con su camino.

Finalmente, con el Razor Crest tosiendo humo de combustible chamuscado, logró aterrizar en el puerto, un verdadero sitio de intercambio comercial donde confluían más especies de las que se habría imaginado.

Allí encontró a los otros mandalorianos, que se identificaron como Lechuzas Nocturnas, un clan distinto al suyo propio que, le informaron, eran Hijos de la Vigilia, ortodoxos que seguían un código antiguo y extremo que ya no era seguido por la sociedad mandaloriana.

Luego de conversar unos minutos con Mando y de que éste declinara unírseles, le informaron dónde podría encontrar una princesa mandaloriana, que podría darle mejor pista que ellos sobre el paradero de algún Jedi.

Pero en el puerto, tras el ataque de unos Quarren que intentaron robarle su beskar, el niño desapareció de su vista.

Sumergido en un pánico que no le gustaba conocer, el hombre fue tras pistas de su paradero, ayudado por la pareja de seres rana a quienes había asistido, así como por los otros mandalorianos.

Cuando fue imposible encontrarlo, estos últimos le informaron que no podían aplazar más sus propias misiones y le desearon suerte. Los vio alejarse en sus jetpacks y miró al piso, sus puños cerrados tan fuerte que no lograba sentirlos.

La mujer rana le puso una mano en el hombro, emitiendo un ruido de compasión.

- Qué se supone que haga ahora – dijo el mandaloriano, mirando al gigantesco puerto donde miles de personas de distintas especies iban y venían, con contenedores de mercancía en naves que se irían del planeta a cientos de rumbos para no volver por meses o años. - ¿Cómo pude perderlo, justo en un lugar así?

La mujer rana le dio otro croar, que el hombre decidió interpretar como: "no es fácil ser padre". - Tengo que cancelar todas las operaciones de despegue e ingreso -, decidió entonces. - Debe haber una… célula central de energía que mantenga la Torre de Control y que se pueda deshabilitar. ¿Qué? – le dijo a la mujer que intentaba calmarlo. – Tengo que hacer algo, no es como si de la nada alguien fuera a decirme dónde…

Justo en ese momento, los altavoces del puerto (que se usaban rara vez, y solo para hacer anuncios de seguridad) chirriaron estrepitosamente.

- ¿Probando? Sí – dijo una voz vagamente familiar. - El dueño de una pequeña cosa verde y adorable… Sí, ya lo estoy buscando, chico… Verde y adorable, con enormes ojos negros, ¿puede acercarse a la planta de Identificación de Especies de la Aduana?

- ¿Qué rayos?...

- Repito: el… Bueno, eso que acabo de decir.

Mando comenzó a correr hacia allá. A mitad de camino vio que otras personas con pintas poco agradables también se dirigían a toda prisa al mismo sitio, y para cuando se dio cuenta de que no iban tras él sino tras alguien más, había llegado al lugar solo para encontrarlo completamente destruido, con muestras de un ataque frontal.

- Escapó… - le aseguró una de las funcionarias, en un solo temblor. – El sujeto del anuncio. Creo que iban tras él.

- ¡Dank farrik! – gritó.

Con la cabeza gacha y el espíritu más pesado de lo que lo hubiera sentido en años, se despidió de la pareja de seres rana y volvió al Razor Crest. Desde la cabina de mando miró desconsoladamente a las naves que iban y venían, preguntándose en cuál de todas podría ir el pequeño.

Entonces escuchó un ruido en la zona de carga inferior y se lanzó allí, apuntando con su bláster. Era el médico de Humala, levantando las manos pacíficamente y sin su máscara de gas.

- ¡Tranquilo, Mando! – le dijo. – Estaba buscándote.

- Eras… eras tú en las comunicaciones – se dio cuenta el mandaloriano.

- Sí, era yo. Tuvimos que huir en el último momento, pero este pequeño… - miró a su talón y Din vio al niño aferrando su bota, sonriéndole. Sin pensarlo guardó su arma y se arrodilló para recogerlo - … supo indicarme cuál era tu nave. Lamento haberme escurrido adentro, pero es posible que estén buscándome.

Con el corazón de vuelta al pecho y sintiéndose mucho más cálido que antes, Mando se volvió al hombre.

- Gracias – le dijo suavemente.

- No lo menciones – negó con la cabeza. - Los pequeños deben estar con sus padres. Ellos son el futuro.

Mando asintió.

- Es ése el Camino.

Luego de encontrarse al niño divagando en el puerto y de estar casi seguro de reconocerlo (era único en su tipo), el médico lo había llevado con él a la Aduana, donde se encontraba intercambiando información con una aliada suya.

Allí, el niño había balbuceado animadamente al ver un holograma del credo de los Mandalorianos, lo que había confirmado que era el mismo pequeño que conociera semanas antes, viajando con este Mando. Cuando su aliada le confirmara la presencia de varios de ellos en el puerto, algo que no se veía todos los días, había sabido que era él.

Pero encontrarlo había sido imposible, un juego del gato y el ratón. Finalmente, aunque sabía que estaba en riesgo de ser encontrado, el otro humano había decidido arriesgarse a llamar su atención.

- Larr Mósdov – le dijo, ofreciendo su mano. – Médico, investigador y otras cosas más.

El mandaloriano estrechó su mano, asintiendo.

- Parece que este puerto ya no te da la bienvenida – le dijo. - ¿Puedo llevarte a algún lado? Es lo mínimo que puedo hacer, luego de lo que hiciste por el niño.

El hombre pensó por un momento. Din miró sus rasgos… ¿no lo había visto en algún lugar, mucho antes de la cuestión con los Jawas?

- ¿Vas cerca a Mádira? – preguntó el hombre.

- No hay nada en Mádira.

- Exacto.

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