NOTAS:
La casta Lánthar es un invento propio para esta historia y tendrá una relevancia... interesante en los próximos capítulos :) ¿Por qué Larr la odia tanto? Pista: no solo por lo que dice, sino por lo que aún no ha revelado...
El asunto con la guerra, el Imperio y la Nueva República, también está adaptado a la historia... Sé que la lore de Star Wars se complica muchísimo más y por eso mismo prefiero manejarlo con licencia creativa...
Cap. 6
Honestamente, Mando había estado en peores situaciones.
Sí, no había cubierta tras la cual resguardarse. Sí, estaba solo frente a una veintena de mercenarios curtidos y feroces. Sí, estaba hirviendo con la adrenalina que solo un verdadero reto de supervivencia podía inyectarle.
Pero era mandaloriano, estaba armado hasta los dientes y no estaba tratando de proteger un trabajo cualquiera, sino al que la armera de su tribu nombrara como su hijo.
Estaba jodidamente enojado.
Por eso no escatimó potencia o precisión en uno solo de sus ataques, sabiendo que cada uno que fuera exitoso significaría una oportunidad más para que Larr escapara. Y teniendo en cuenta que había estado en peores situaciones y que ahora era más fuerte, más experimentado y más hábil de lo que lo había sido en ellas, entonces sus posibilidades se veían bien.
Y eso estaba considerando de forma realista mientras diezmaba a los mercenarios de distintas especies, cuando una lluvia de proyectiles completamente inesperada cayó sobre él. Al oír la detonación levantó un antebrazo para cubrirse, y escuchó la munición chocar contra el beskar, pero un fragmento (o eso creyó) atravezó la ropa y alcanzó su esternón, causando un dolor extraño.
De un movimiento se arrancó el artefacto y vio que era una flecha tipo dardo. Por la punta peculiar supo, demasiado tarde, que era de inyección.
Sabiendo lo que esto significaba siguió combatiendo y no se detuvo ni cuando el entumecimiento comenzó a ralentizar su cuerpo, ni cuando su visión comenzó a nublarse.
Por supuesto que este puñado de mercenarios recurriría a una táctica que incluso dentro del Gremio era considerada indigna. Un mercenario podía robar, mentir, atacar por la espalda, traicionar… pero nunca envenenar.
Parecía ser que la recompesa sobre la cabeza del pequeño era simplemente demasiado alta.
"Una muerte de guerrero", le había dicho a Cara esa vez en Nevarro, luego de que la explosión de esa E-Web lo incapacitara casi al punto de la inconsiencia. Parecía que después de todo la tendría.
No habría podido ser distinto, decidió cuando su rodilla tocó el piso en contra de su voluntad. Después de todo era mandaloriano, cazador y presa. Para la mayoría de los suyos, una muerte en combate era cuestión de tiempo. Y si no lo mataba el veneno, lo haría lo que fuera que estuviera fumigando con munición pesada a los mercenarios a su alrededor, supuso, reuniendo fuerzas para ponerse de pie.
Pero no llegó ninguna bala ni a su carne ni a su beskar. ¿Y qué hacía Larr ahí, haciéndole señas desesperadas y halándolo, pasando un brazo sobre sus hombros? ¿De dónde había salido ese A Wing?
El calor del día y de la pelea desaparecieron. Din estuvo sobre un piso frío, a la sombra y la aeronave a su alrededor se elevó con él.
- Si los infelices vinieron con apoyo, deben estar enviando un SOS ahora mismo – escuchó decir a una voz femenina que no reconoció.
Larr estaba sobre él, rompiendo con una vibrohoja la tela de su hombro. Alguien a su lado le pasaba un dispositivo, con que escaneó la herida en su esternón.
- Larr… - se escuchó graznar.
El escáner dio un pitido. El médico vio el resultado e intercambió con la persona a su lado una mirada fúnebre.
La otra persona (un drasselliano) escupió algo en su idioma, llevando las manos al borde del casco de Din. Éste usó las fuerzas que le quedaban para aferrarlo.
- No – Larr lo imitó. Dio un respingo y tomó su casco entre sus manos de la misma forma en que habría tomado su rostro. – Mando – le dijo con una voz tensa, a punto de romperse -. Mando, fuiste envenenado.
- ¿Qué…?
- Es synox, Mando – el hombre dio un respingo. – No tenemos un antídoto lo suficientemente fuerte aquí. Lo… lo siento tanto. Ah, Dios.
La oscuridad comenzó a cerrarse sobre él con más fuerza que antes. Repitió en su mente una y otra vez, intentando con todas sus fuerzas ponerlo en palabras: "El bebé… El bebé…".
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Recobró la consciencia tomando una bocanada de aire desesperada. Bueno, había muchísimo dolor, así que por lo menos seguía con vida.
Dio un gemido débil dándose cuenta de que, si bien sentía su cuerpo gracias a esas oleadas de dolor, no podía moverlo demasiado. Solo su cabeza respondió lo suficiente para permitirle mirar a su alrededor.
Lo que le había parecido ver antes era cierto: estaba en un caza, un A Wing si no se equivocaba. Y a su derecha, sentado a un escritorio y combinando lo que parecían ser sueros, había un drasselliano.
Cuando lo vio moverse saltó de su silla con un escáner que pasó sobre el área expuesta en su esternón por donde había ingresado el veneno. Vio el resultado del escaneo y asintió, yendo al escritorio y volviendo con una enorme inyección.
Dio una serie de chasquidos y balbuceos en su idioma cuando Mando aferró su bláster, incapaz de sacarlo de su funda. El mandaloriano jadeó, sin entender ni lo que decía ni toda la situación.
- Quiere decir que ese suero es lo único que te está manteniendo con vida – dijo una voz femenina a su lado.
Se volvió de golpe y la reconoció de inmediato, a pesar de lo breve que había sido su primer encuentro: era la zeltrona que había conocido en el festival Teg M'ntur, una de las informantes de Larr. Estaba sentada en el asiento del piloto.
En sus brazos, con los ojos cerrados, estaba Grogu.
El mandaloriano levantó una mano hacia él, balbuceando sin alcanzar a formar palabras. Para su sorpresa y total alivio, la mujer se levantó y puso al pequeño con todo el cuidado sobre su pecho. – Solo está dormido – le informó. – Cayó agotado después de que te curó. Todo lo que pudo, al menos. Si no fuera por este pequeño milagro, llevarías un par de horas frío.
Mando concentró todas sus fuerzas en verlo. Dormía profundamente envuelto en una manta, intacto.
Dejó caer la cabeza contra el piso, exhalando aliviado. Jadeó cuando el drasselliano hizo ademán de volver a acercarse. – Keeve es médico, como T. Como Larr – aclaró la mujer. – Si confías en Larr, confiarás en Keeve. Y en mí. Deja que te inyecte – le hizo un ademán con la cabeza. – Esa concocción es lo que está manteniendo a tus órganos vivos.
Mando no tenía opción. Aunque no tuviera ninguna certeza de lo que estuviera pasando, o de lo que esta gente estuviera intentando hacerle creer que estaba pasando, su situación era mucho mejor que antes. Y Grogu estaba a salvo con él.
La punzada de la aguja dio paso a un bienvenido bienestar.
- L… L…
- ¿Larr? Te está salvando el trasero – informó la mujer. – El refuerzo de los mercenarios que te perseguían resultó ser un sujeto que lo ha cazado por años. Quiso ir a encargarse de ello él mismo y mientras tanto dejó a los no-peleadores atrás, cuidándote.
Mando la miró fijamente. Aún recordaba el desprecio y burla con que lo había observado durante su encuentro anterior, cuando el otro hombre no la veía. Le parecía que la forma en que lo miraba ahora mismo confirmaba que lo odiaba.
La mujer pareció entender lo que estaba pensando, porque suspiró. Su mirada bajó al pequeño y su expresión se suavizó, dejando algo como resignación en su lugar.
- Escucha, Mando – le dijo. – Larr confía en mí. Lo suficiente como para confiarme su identidad, lo que, en términos de Larr, es mucho más importante que su propia vida. – Lo miró de pies a cabeza y asintió. – En estos momentos está haciendo cosas de héroe por ti y por ese pequeño, y no hay nada que yo pueda hacer para evitarlo. Pero le di mi palabra, así que tú y tu bebé están a salvo conmigo.
Sin esperar ninguna respuesta, la mujer se volvió en la silla, poniendo las botas sobre el panel de control.
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Siempre que había un cabo suelto en su vida, Larr sabía muy bien que en algún momento volvería para morderlo en el culo. Y éste en específico era uno de los grandes.
Este klatuniano había hecho más de lo necesario para ponerle las manos encima durante décadas. Había estado en el grupo de mercenarios que atacaran la aduana de Trask cuando Larr encontrara al niño en el puerto, luego de que Mando lo perdiera.
Muchas veces antes de ésa el médico se le había escapado por un segundo o por una hora. En cada una el mercenario enceguecía de la ira, solo para reiniciar su búsqueda con más entusiasmo que antes.
Y ahora había logrado ubicar a su presa principal junto con otra bastante cotizada, de hecho la más cotizada en el mercado negro de los cazadores de recompensas en ese momento: un maldaloriano que había acabado con un pelotón de storm troopers, sobrevivido a una E-Web y casi matado al mismísimo Moff Gideon. Este Mando llevaba consigo un espécimen vivo, único e invaluable, por el que se ofrecía una suma obscena.
El espécimen era lo principal, pero el mandaloriano aseguraba una bonificación que casi igualaba la misma recompensa.
- Tú y yo podemos encontrarnos de nuevo, las veces que quieras – le estaba diciendo el mercenario a Larr, de pie frente a él, con su arsenal casi agotado y ánimo negociador. – Pero para que eso pase, tienes que crear la oportunidad para escapar. ¿Y no lo has hecho decenas de veces antes, de muchísimas maneras?
Larr caminaba de un lado al otro, bloqueando unas puertas blindadas de un enorme búnker donde se refugiaba la población de un pequeño paraje hasta donde había llegado la persecución.
El klatuniano sonreía conciliadoramente.
- ¿Voy a tener que matar a toda esta gente solo para atraparte? – le dijo. - ¿Cuántos hay ahí, mmm? ¿Sesenta, cien? Sé que nunca te ha importado cuántas personas tengan que morir para cubrir tu escape, pero ¿no hay niños ahí?
- Todas esas muertes están en tus manos – le dijo el médico simplemente.- No voy a perder mi tiempo tratando de entender por qué no tienes consciencia, psicópata infeliz.
- Hmm la vida te ha endurecido, veo – rió el klatuniano. – Lo que en realidad me parece una completa estupidez, teniendo en cuenta que podrías estar teniendo otro tipo de vida. Theo – pronunció y observó la expresión en su rostro endurecerse. Su sonrisa se hizo más amplia. – Ah, así que todavía te molesta escucharlo. Theo, Theo, Theo… Ese nombre no se va a ir solo porque quieras olvidarlo, ¿sabes? Ah, y hay algo más que no va a cambiar: papi te extraña.
- Apuesto a que sí – Larr aferró con más fuerza el puñal de su vibrohoja. – Dile que le mando saludes.
- Con gusto lo haré. Simplemente apártate y déjame llevarme a este sujeto y a su mascota. Te daré tres minutos de ventaja para que escapes de nuevo como el cobarde que eres. Ah, está bien, cuatro. Es mi última oferta.
- Solo necesito dos – Larr solo siguió caminando, sin alejarse de las puertas. El klatuniano había visto cómo las defendía de un ataque en medio de la persecución, y había imaginado que Mando y Grogu se ocultaban allí. Ahora, toda esta gente era su responsabilidad. – Voy a matarte, Túruk. Y ese será el final de todo.
- Ya sé que estás enojado – dijo el sujeto, como si su mayor ofensa fuera deberle dinero. – Pero eres un hombre hecho y derecho ya, tienes que pensar con la razón. No tiene sentido que tomemos el camino que pone en mayor riesgo tu libertad. O… ¿tu supervivencia? Nuestra historia puede seguir por muchos años. Dios sabe que no me importa seguir recibiendo mi paga solo por seguirte el rastro y asustarte de vez en cuanto – rió. – A tus hermanas y hermanos no parece importarles que les meta la mano en el bolsillo...
Larr estaba corto de paciencia. De un movimiento desenfundó y se lanzó a él, rozando y logrando cortar en un par de lugares. El klatuniano no se lo había esperado y respondió un segundo demasiado tarde. Sus gruñidos de sorpresa se volvieron de ira cuando vio correr la sangre, y contraatacó.
Larr recibió sus ataques con la misma furia: estaba cansado de huir, cansado de ser perseguido, asustado por la suerte de Mando y de Grogu… Y lo que no estaba era dispuesto a dejar que este sujeto empeorara sus ya difíciles vidas.
Con un movimiento magistral el klatuniano lo pateó en el pecho, lanzándolo al piso de tierra árida. Solo una maniobra veloz del humano logró evitar que alguno de los sables del mercenario lo tocara. Se giró y arañó el suelo para arremeter de nuevo. Siguió atacando, bloqueando y esquivando, ardiendo con adrenalina e ira, hasta que la vibrohoja saltó de sus manos y otro golpe lo cegó.
Cayó pesadamente de nuevo y se incorporó viendo rojo y escupiendo sangre.
- Vaaamos, Theo – le dijo el mercenario, con tono paciente entre sus jadeos. - ¿Por qué este mandaloriano es tan importante para ti?
Como respuesta, el humano recogió su arma y continuó caminando de un lado al otro.
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El sol comenzaba a ocultarse cuando Larr soltó por fin la vibrohoja.
El arma cayó de sus manos sangrantes y ampolladas mientras observaba sin creerlo el rostro del klatuniano, inexpresivo y quieto bajo él.
Dando un gemido rodó a un lado y por unos minutos solo jadeó. Tenía un pitido intenso en ambos tímpanos, que encubría cualquier otro sonido. A su alrededor, dos gamorreanos, dos motos jet, un caza BZ, un dron asesino y por supuesto, Túruk, yacían destruidos tanto como se sentía él mismo, entre algunas fogatas pequeñas y cientos o quizá miles de casquillos de municiones.
Miró la puerta del bunker, confirmando con alivio que seguía sellada.
Éste no había sido su enfrentamiento más glorioso, ni el más inteligente, pero sí el más duro.
Giró hasta arrodillarse y se acercó al cuerpo del klatuntiano. Esculcó en su gabán y extrajo un pequeño dispositivo que detestaba.
- Un infeliz fob de rastreo – jadeó.
Se puso de pie y trastabilló hacia la puerta, haciendo señas hacia las cámaras. Las placas blindadas se abrieron y la gente emergió, acercándosele con duda y luego con alivio.
Larr los instruyó para que rescataran todo lo que tuviera valor entre los restos del combate. Luego permitió que lo condujeran en speeder hacia donde habitaba la curandera del paraje, para tratar sus heridas más graves. Por un momento pensó en protestar; no podía esperar a volver con los demás, pero en realidad no podía descartar que entre las heridas que no se había molestado en contar hubiera alguna delicada.
El vehículo se dirigió a una casa pequeña alejada del paraje, ubicada en una colina. Durante el viaje, notó que una de las personas que se transportaban con él, una mujer callada de edad mediana, evitaba resueltamente su mirada. Resultó que era la curandera en persona.
Una vez sentado sobre la camilla de la pequeña área médica, trató las heridas más graves (ninguna de las cuales, sorprendentemente, era letal) mientras ella preparaba algunos medicamentos. Luego la mujer realizó una curación general sorprendentemente eficiente.
Larr miró con más atención el consultorio en el que estaba. Había implementos y dispositivos de grado militar allí. Y equipos que solo se habrían visto en una instalación Imperial.
Se volvió a la mujer, a la misma vez que ella encontraba su mirada con determinación:
- Creo que has estado buscándome – le dijo. – Mi nombre es Huldeen Marrack.
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El A Wing aterrizó junto a la pequeña vivienda unas horas después.
Mando había logrado sentarse en una silla, sin que esto significara que se sintiera mucho mejor. Como la zeltrona había dicho, parecía ser que el suero que le aplicaba el otro médico era lo único manteniéndolo con vida.
Grogu había despertado, parpadeando a duras penas en contra del cansancio, y había estirado una garrita hacia Din con claras intenciones de volver a curarlo, pero el hombre le había pedido a la zeltrona que lo alejara. El pequeño ya estaba más exhausto de lo que debería.
Al parecer Zeedária, la zeltrona, había seguido a Larr luego de su encuentro en Nébula, imaginando que iba a meterse en más problemas de lo normal en compañía de un mandaloriano, y queriendo discutir con él nueva información que había conseguido sobre un klatuniano que lo perseguía con la pasión de un amante abandonado.
Había encontrado su rastro justo en medio de esa última emboscada.
Estuvo claro el tipo de sentimientos que tenía la mujer hacia Larr cuando saltó a sus pies diciendo su nombre, al verlo ingresar a la nave.
- Zee – el hombre, claramente recuperado de una paliza, apretó su hombro asintiendo con alivio. Puso una mano sobre Grogu dormido en los brazos de la zeltrona y buscó a Mando con la mirada. – Oye, guapo, ¿sigues ahí? – dijo hincando una rodilla frente a él. El mandaloriano asintió débilmente. Larr expuso el brazo maltratado de Din y arrancó con los dientes la tapa de una inyección que aplicó después de esterilizar la piel. El mandaloriano gimió, sintiendo la solución arder en sus venas. – Lo sé. Lo sé, amigo, lo sé. – Larr puso una mano en su nuca y otra en su pecho, sosteniéndolo. – Estoy acá. Estarás bien, lo prometo. Todo estará bien.
En medio del malestar, Din alcanzó a ver cómo la mujer los miraba de una forma muy distinta a como lo había hecho antes.
El dolor comenzó a desaparecer, junto con la debilidad. Suspiró aliviado y Larr lo imitó, apoyando la frente en su pecho.
- Mando – le dijo entonces, tomando su casco entre sus manos. – La encontré. A Marrack. Se exilió justo en este paraje. Fue quien te preparó el antídoto.
Antes de que pudiera procesar lo que acababa de decirle, el mandaloriano vio aparecer junto a Larr una mujer de aspecto severo pero mirada profundamente triste. Su porte militar y rasgos afilados se veían fuera de lugar en sus humildes ropas de pueblerina.
- Pensé que nadie me encontraría –, dijo ella. – O al menos eso esperaba. Aunque también me imaginaba que sería cuestión de tiempo.
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La zeltrona y el drasselliano, sorprendentemente para un par de agentes de inteligencia, les dieron privacidad. Mando, un poco más dueño de su cuerpo y ya capaz de sostener su propio peso, escuchó a la mujer.
- ¿Por qué la Orden escondió el planeta? – le preguntó unos minutos en su conversación.
- Tython es un planeta con una enorme afinidad e historia para aquellos que la Orden consideró sus enemigos más peligrosos – les dijo. – No sé si han oído hablar Orden de los Jedi, pero fue gracias a ellos principalmente que la Orden Imperial y la última Estrella de la Muerte fueron destruidas.
- El Imperio todavía vive – informó Larr. – Está oculto de la Nueva República, pero se vuelve cada vez más osado. La guerra sigue siendo la misma de antes, solo que ambos bandos se están tomando tiempo para lamerse las heridas.
- Eso está cada vez más claro, me temo – la mujer miró hacia el exterior de la nave, a su humilde casa en medio del paraje pacífico. Su expresión no era lo que se esperaría de una oficial del Imperio, pensó Mando, pero sí de una ex oficial, que hubiera visto todo lo que su profesión tenía para mostrarle. – La guerra es demasiado atractiva para muchos, como para que piensen en no instigarla y usarla a su favor. Y si una es superada, nuevas guerras aparecen. Es la naturaleza de las personas y hasta de la vida misma, la imposición.
- No concuerdo – dijo Larr. – Pero esperemos que la siguiente guerra quiera demorarse algo más. Por ahora nuestra prioridad es encontrar al planeta. ¿Dónde está?
La mujer pasó la mirada entre uno y otro hombre.
- No lo sé – dijo. – Nunca me fueron informadas las coordenadas.
- Tienes que estar bromeando – pronunció Mando. – Fuiste la encargada de la operación, por supuesto que las conoces.
- La ubicación exacta siempre fue información confidencial, incluso para mí – dijo la mujer muy seriamente. – Fue una orden clara emitida desde el nivel más alto. Los operativos involucrados fueron eliminados después del procedimiento de transporte. La única forma de salvarme fue aceptar la absoluta reserva de la localización.
- Un momento, cuando dices que no sabes, ¿quieres decir que no tienes ninguna idea? – Larr estaba en negación. - ¿Algo como una pista, un paraje, una constelación… Algo así?
- No – ella negó con la cabeza. – Si tuviera alguna idea, te la diría sin dudarlo. Cualquier cosa que pueda ayudar… –, suspiró.
Larr se levantó y pateó con fuerza una caja de metal. Luego dio un bufido apoyándose en una consola, mientras Mando continuaba inmóvil, pensando. – Lo que sí sé – siguió la mujer–, es dónde podrían conseguir esa información.
- No, comimos mucha mierda para llegar acá porque pensamos que era el sitio correcto para encontrarla – dijo Larr. - ¿Y ahora vas a enviarnos a otra cacería a ciegas?
- No es a ciegas, no. Puede que no sea fácil, pero las piezas están ahí para que ustedes las unan. – La mujer se puso de pie y miró al exterior, sus ojos moviéndose como si recordara. Su expresión se iluminó.- Sí, eso lo recuerdo. Cuando comenzó el decaimiento de la Orden, todos los registros más importantes (tecnología, operaciones, asignaciones, colaboradores y más) fueron divididos y entregados a distintos aliados para que los ocultaran.
- Estamos hablando de mucha información – dijo Mando. – Y de muchos aliados potenciales.
- Mi Oficial al Mando me llevó con ella cuando se entregó la parte que ustedes están buscando. Todo lo relacionado a operaciones planetarias, locaciones peligrosas, terrenos, mapas y demás riesgos cruzados con cartografía, estaba allí – les dijo. – Yo estaba allí. Vi cuando entregó el dispositivo que contenía la información.
- ¿A quién? – exclamó Larr.
- A unos agentes de… De… – apretó los labios –… Era un nombre tan distintivo…
- Por favor, doctora… - le suplicó el médico. - ¿Eran yuzzum? ¿Utapaunos? ¿Chagrianos? ¿Humanos?
- ¡Humanos! – asintió con firmeza la mujer. – Un reino en surgimiento de una familia muy poderosa…
- Espere… - Larr abrió más los ojos.
- ¡Lánthar! – exclamó Marrack. - ¡Era la casta Lánthar!
