Notas: Mando y Cara se dan cuenta de en qué se metieron exactamente, y la forma de escapar se ve más difícil de lo que habían pensado...

Cap. 8

Los guardias autorizaron el ingreso de los recién llegados, informaron a Seguridad y al consejero del mismo Molth Lánthar, más rápido que si hubieran traido un cargamento gratuito de créditos.

En cuestión de un par de minutos se encontraron siendo transportados hacia el interior en un speeder, custodiados por un pequeño comité de seguridad.

Mientras se abrían paso entre otros guardias, trabajadores y ciudadanos que los miraban boquiabiertos y cuchicheando, Mando alcanzó a escuchar claramente, en más de una ocasión:

- Es el príncipe Theo. Ése de ahí. Lo encontraron, por fin.

Din miró al hombre fijamente y éste se negó a devolverle la mirada. Cara en cambio le dio una expresión preocupada. Mando suspiró profundo.

Se dirigieron al corazón del complejo. La arquitectura, generosa en una estética propia, estaba endurecida por materiales metálicos y ángulos fuertes y pragmáticos que a Mando le recordaban, más de lo que habría querido, a las instalaciones del Imperio.

Finalmente llegaron hasta un recinto enorme, con ventanas altas, algunos asientos elegantes y un trono central. Sobre éste estaba Molth Lánthar: un hombre bronceado y ataviado según su título, de cuerpo fuerte y aspecto severo, rodeado por otras personas de apariencia importante, políticos o comerciantes poderosos quizá, a Mando no pudo importarle menos quiénes eran.

- Aaaah, bienvenidos, mis amigos – con una ámplia sonrisa, Molth Lánthar se puso de pie y abrió los brazos hacia ellos. Y aunque lo hizo de forma convicente pudo notarse que ambos gestos le eran ajenos.

Sus rasgos no tenían nada de similar a los de Larr, pero ahora que lo entendía todo Din sí que podía comprender de dónde le había parecido haber visto a Mósdov desde meses atrás, al apenas conocerlo: era ése heredero de la casta Lánthar que había estado prófugo durante décadas.

Molth Lánthar hizo un gesto hacia quienes estaban allí, que abandonaron el lugar, salvo sus guardias y quienes obviamente eran sus hombres de confianza. – He recibido muy buenas noticias hoy, de parte de ustedes, amables caza recompensas – dijo extasiado. - Pero no puedo creerlo hasta que lo constate. Vengan más cerca. Está bien – señaló a los guardias para que no subieran sus armas. – Estamos entre amigos ahora, no hay necesidad de tensionarse. Incluso puedes quitarte el casco, Mando. ¿No? Ja, ja, muy bien. No pasa nada, mis amigos, acérquense.

Se detuvieron a una distancia prudente del trono. Molth hizo un gesto cortante y dos guardias aferraron los brazos de Larr y lo llevaron frente a él. Uno de sus secretarios acercó un escáner genético. - No, no lo necesito – descartó el hombre. – Solo tengo que verlo con mis propios ojos…

Bajó su capucha y la sorpresa y el deleite traspasaron su expresión. Miró con cuidado su rostro. – Vaya, vaya… - canturreó. – Los años te han cambiado, Theo. Pero es imposible no reconocerte.

- Padrastro – asintió el otro hombre.

Mando y Cara intercambiaron una mirada.

- Hmm – el regente sonrió, lleno de satisfacción. Aferró la barbilla del más joven con fuerza y la movió a un lado y al otro, examinándolo. - Como era de esperarse, te has vuelto un hombre muy bello, Theo – le dijo. – Tu madre, que en paz descanse, estaría feliz. En cuanto a mí… bueno, no puedo negar que he soñado con este momento por mucho tiempo.

Dio una pequeña risa. Con la misma naturalidad empuñó una mano y lo golpeó con el dorso. El mandaloriano respiró profundo, sin moverse.

- ¿Sabes? – gruñó Larr volviendo el rostro. - Estoy igual de feliz de verte.

- Así que terminaste por matar a Túruk – el hombre alzó las cejas en una clara interrogante, pero el más joven solo sostuvo su mirada. – Hmm… impresionante. En serio, Theo. Pero qué lástima, te rezagaste y te atraparon por fin. Quién lo diría. Quién… lo diría.

Llevó sus dedos a su cuello y bajo su gabán, casi acariciando. Halló la cuerda allí y la haló lentamente, hasta revelar el emblema del otro hombre. – Al menos tuviste el cuidado de no perderlo. Te agradezco habérmelo regresado.

- Es una lástima que te guste tanto cuando no te pertenece – Larr estaba sonriendo. Era solo unas pulgadas más alto que él. - ¿O lo has olvidado?

- Hmm... - Molth haló la cuerda de golpe, sin romperla pero casi queriendo cortar su respiración. El otro hombre ni siquiera parpadeó y Molth rió. Retiró el emblema de su cuello con extrema delicadeza. – Eso es algo que se resolverá rápidamente.

Lo deslizó sobre su propia cabeza y lo dejó caer allí. - ¿Ves?

- Terminaste de enloquecer – el más joven alzó las cejas –…Aunque te tomaste tu buen tiempo.

Para la intranquilidad que había mostrado antes de llegar allí, Larr se veía tan sereno como Grogu cuando tomaba caldo de hueso.

Molth, por otro lado, no parecía tan tranquilo. A pesar de sus sonrisas, sus ojos destellaban con ira, y no pasó mucho tiempo antes de que lo golpeara de nuevo.

- Años – caminó frente a él, dejando que se desmoronara cualquier fachada de contención. – Décadas enteras soportando tus sabotajes. Tus interrupciones. Tus incursiones en contra de tu propio reino. Tu madre se revolcaría en su tumba al saber que eres un estorbo para nuestro progreso.

- Tú eres un estorbo para lo que ella y los soberanos de antes querían – Mando pudo ver que la expresión de indiferencia, casi aburrición de Larr, enfurecía aún más al otro hombre. – La verdadera casta Lánthar nunca ha querido nada de esto. Los genocidios, saqueos y asaltos a otros pueblos. Las alianzas oscuras. ¿Cómo te llamó ella, esa vez?

- No te atrevas…

- El "eslabón retorcido", ¿no fue así?

El otro hombre rió por unos segundos. Luego lo golpeó tan fuerte que los guardias que lo sostenían trastabillaron. Repitió la agresión dos, tres veces. Para todo su estoicismo, el corazón de Mando estaba saltando, sus extremidades gritándole que actuara, su bláster ardiendo en su funda. Cara aferró su brazo, mirándolo con severidad.

- Es su prisionero, Mandaloriano – le advirtió.

- No estoy seguro de cómo quiero comenzar a expresar lo que siento por ti, Theo – pronunció Molth, sacudiendo los nudillos. – Se ha vuelto un sentimiento muy poderoso con el paso de los años, y con muchos matices. Afortunadamente, tenemos más que suficiente tiempo para averiguarlo.

Descargó su puño contra su estómago y Larr gritó, sosteniéndose a duras penas. El sujeto hizo una seña a los guardias y estos lo obligaron a arrodillarse. Su rostro goteaba sangre.

- Aún así, me complace un poco ver que tus años en el mundo exterior te han cambiado – le dijo Molth. – Y bastante.

- Y a ti nada – jadeó el más joven, con un brillo de rebeldía en sus ojos. "Cállate", pensó Din, pero el hombre prosiguió: - No hay mucho que pueda hacer el tiempo cuando algo ya está podrido.

Molth quitó de la funda de un guardia cercano un puntero eléctrico y lo activó contra el tórax del más joven. Din sintió cómo el grito de Larr atravesaba no solo sus oídos sino su pecho.

Solo la mano de Cara logró evitar que sacara su bláster y se lanzara hacia ellos.

- ¡SUFICIENTE! – se oyó gritar.

- ¿Y qué se supone que estás haciendo, Mandaloriano? – exigió Molth, mientras sus guardias levantaban las armas a ellos.

Costó mucha fuerza de voluntad que no lo hiciera saltar en pedazos y que hablara con un tono falsamente controlado.

- ¿Arriesgué mi pellejo para traerlo con vida, solo para lo mates a golpes? – reclamó.

- Como dijo tu compañera, es mi prisionero, Mandaloriano – respondió el hombre. – Mío, para hacer con él lo que me plazca. ¿O no es eso lo que dicta tu código?

- Lo es – Cara lo estaba aferrando con un agarre de acero. - ¿No es así, Mando?

- Muy bien – dijo Molth. – Vayan por su merecida recompensa, mercenarios. Fuera de aquí.

Hizo un pequeño gesto con la mano y Din se encontró siendo escoltado al exterior por un puñado de guardias. Se volvió para ver el rostro de Larr una vez más. Solo alcanzó a ver un poco de su perfil, el hombre aún de rodillas, suspirando y escupiendo sangre en el piso.

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Camino al exterior, con unas abundantes bolsas de créditos guardadas en sus trajes, Cara le dio un golpe en el brazo.

- Oye – le advirtió. – Enfócate. Sé lo que estás pensando -. Los guardias que los escoltaban no les prestaron un ápice de atención, caminando frente y tras ellos. – Pero es como lo planeamos. No hagas que sea en vano.

- Lo sé – dijo simplemente. La transmisión de Kuiil aún estaba siendo encriptada, para que fuera segura fin a fin.

- Hey, mira eso – le dijo la mujer poco después, mientras pasaban por un pequeño centro de distribución. Las personas de una pequeña villa aledaña entraban y salían de allí, llevando y trayendo mercancía.

- Lo veo – dijo Mando.

- Oigan – dijo Cara a los guardias. - Necesitamos reabastecernos de provisiones y munición. Su príncipe gastó una enorme cantidad de ellas. ¿Qué tal si aprovechamos ese pequeño mercado y dejamos algo de este dinero aquí?

Los guardias se miraron entre ellos y el líder asintió, informando en el intercomunicador: "Mandaloriano y ex Rebelde haciendo negocios en el sector comercial".

- Tienen una hora – les advirtió antes de que, felizmente, se alejara de allí con sus hombres.

El mercado, aunque vigilado, se veía como cualquier otro centro de comercio mediano. Todos los asistentes, hombres y mujeres lantharianos de distintos oficios, cuchicheaban entre ellos, exaltados y nerviosos.

El rumor de la captura del Príncipe parecía haberse esparcido ya.

- Genial-, dijo Cara, comenzando a caminar hacia la entrada al complejo, más allá de los puestos. – Kuiil, ¿copias? ¡Kuiil! Maldita sea Mando, enfócate.

- Estoy acá – gruñó éste, igualando su paso.

Kuiil consiguió conectarse con sus intercomunicadores unos minutos después y les indicó por dónde y cómo avanzar. La biblioteca estaba aún más oculta que la sala del trono, lo suficiente para obligarlos a ingresar en los sectores no autorizados.

- Pensé que las bibliotecas eran sitios públicos– dijo Mando, mientras avanzaban por otro corredor más de las decenas que habían recorrido.

- No parece ser ése tipo de reino – dijo Kuiil del otro lado. – El conocimiento, así como el dinero y otros beneficios, es ante todo entregado a las familias poderosas. Es el tipo de reino que termina autodestruyéndose.

- Quién habría pensado que Larr sería en realidad Theo Lánthar – masculló Cara. – Siempre me pareció un hablamierda bastante misterioso. Y había algo en él que decía "importante", pero pensé que era simplemente la reputación que se había armado.

- Es el vivo retrato de la reina Madua – Din negó con la cabeza. – No sé cómo no lo vi antes.

Cara dejó salir una risa sin humor.

– No te culpo. La forma en que vaporizaba malosos no hacía pensar en modales de vajilla de plata.

Se ocultaron tras un tabique por indicación del Ugnaught, esperando a que un grupo de guardias pasara de largo.

- Hay que sacarlo de aquí pronto – el tono de Mando era tenso. – Los tiranos como Molth Lánthar no saben controlarse. Puede matarlo en un arranque de ira –. También, le había erizado la piel la forma en que lo había tocado, pero decidió no dar voz a esa preocupación específica. No quería ni considerarla.

- Al parecer Mósdov (realmente Theo Lánthar) es el único heredero al trono – informó Kuiil desde el intercomunicador. – Su padrastro, esposo de la fallecida reina Madua, solo tiene título de Regente. Como tal está limitado en lo que puede o no hacer en el reino, mientras guarda el sitio del monarca legítimo. Es necesario que el Príncipe transfiera oficialmente la corona a Molth para que se vuelva rey y gobierne sin interferencia de ningún poder.

- Así que lo que necesita es romperlo –. Mando jadeó. – No quiero ni imaginar lo que le está haciendo en este momento.

- Seremos rápidos – aseguró Cara.

- ¡Hey! – por supuesto, había sido cuestión de tiempo que un solitario guardia los encontrara. Antes de que pudiera avisar a nadie o encender la alarma general, Mando lo arrastró hacia una sala vacía. Lo levantó del cuello, sin estrangularlo.

- ¿En dónde tienen al Príncipe? – exigió.

- ¿El Príncipe…. El Príncipe Theo? – gorgojó el hombre.

- ¡Sí! ¡¿Dónde está?!

- Tranquilo, Mando, no lo lastimes – advirtió la mujer, vigilando la entrada. – Eso solo nos traerá más problemas.

El mandaloriano se volvió al guardia, que se aferraba sus muñecas como a su vida. Para su sorpresa, le dijo lo que necesitaba sin mayor coerción.

- ¡En las prisiones del edificio del Senado!

- ¡En qué celda!

El hombre hizo un ruido gutural y Din le permitió poner los pies sobre el piso, mientras revisaba en su controlador. Sin oponer mayor resistencia, el guardia le dijo la ubicación. Mando lo noqueó de un golpe y siguieron su camino.

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La biblioteca pareció inhabitada por un buen momento. Con Cara haciendo guardia, Mando siguió las indicaciones del Ugnaught para ingresar al monitor que tenía el acceso a toda la información de la biblioteca.

Mientras la datastick escaneaba el dispositivo para detectar los archivos electrónicos que contenían la localización de las ruinas Jedi, escucharon un grito agudo tras ellos. Era una joven, sola y con vestiduras ostentosas, que al verlos dejó caer unos libros y pads de datos al piso.

- Oye, ¡shhh! – Cara puso una mano sobre su boca y la llevó rápidamente junto a una de las torres de circuitos que la ocultaban de la vista desde la entrada. – No estamos aquí para lastimarte ni lastimar a nadie. Solo necesitamos esta información y nos iremos, ¿de acuerdo? No hagas un escándalo que tengamos que lamentar.

La joven la observó con unos ojos azules oscuros aterrorizados. Luego miró al mandaloriano que vigilaba el monitor, y abrió más los ojos. Le dio a Cara una mirada suplicante, levantando ambas manos en un gesto pacífico.

La mujer asintió y retiró la mano de su boca con cuidado.

- U… ustedes son los que trajeron a mi hermano, ¿verdad? – tartamudeó la joven. Mando se volvió de golpe. – Toda la guardia está hablando sobre eso. Soy Muriel Lánthar. Mi padre es Molth Lánthar, pero Theo es mi medio hermano.

- ¿Sabes dónde lo tienen? – preguntó el mandaloriano. - ¿En qué calabozo?

Ella lo miró tan asustada como esperanzada.

- ¿Van…? ¿Van a salvarlo? ¿Pueden?

- Sí – dijo Din con urgencia. – Por supuesto.

- ¿Por… por qué? Oh, no… ¿Acaso solo van a venderlo de nuevo?

- No, ¡no! – dijo el hombre. – Es… nuestro amigo. Toda esta operación fue su idea.

- ¿De verdad? – jadeó ella.

- Sí – repitió Mando, mirándola fijamente, esperando que su voz comunicara la premura en su expresión. Tragó fuerte. – Él… Él significa mucho para mí. Necesito que esté bien.

- ¡Princesa Muriel! – llamó una voz desde más allá. Era un trabajador de la biblioteca, buscándola con la mirada. Cara masculló una maldición y aferró su fusil.

Din puso ambas manos en los hombros de la joven, mirándola a los ojos que eran del mismo color de los de Larr.

- Por favor – le susurró.

La princesa miró su casco, adonde estarían sus ojos, escuchando cómo la llamaban de nuevo.

Asintió, con una expresión resuelta.

- ¡Estoy acá! – dijo, pero su voz se quebró un poco y unos segundos después se oyeron pasos acercándose. La joven se escurrió del agarre del mandaloriano hasta emerger de las torres de circuitos. Habló de nuevo, con un tono casual. – Hola, sí, estoy acá.

Los pasos se detuvieron.

- Es muy tarde, Princesa – dijo el trabajador. - ¿Qué hace acá aún?

- Sí, lo sé – recogió las pads y los libros que había dejado caer al principio. – Solo quería algo de lectura para llevar a mi habitación, para antes de dormir.

Los pasos se acercaron otro poco.

- ¿Está todo bien, Princesa? – dijo el hombre, la sospecha evidente en su voz. – Se ve… alterada.

La joven guardó silencio. Con cuidado, Cara puso un dedo en el gatillo del arma y Din desenfundó su bláster.

- Estaba leyendo la historia de Alderaan – dijo la princesa. – Toda esa gente que murió trágicamente. Y luego, escucho lo que pasó con mi hermano… – dio un respingo inesperado y su voz se rompió, dando paso al llanto –. Y es… tan triste.

Mando y Cara respiraron aliviados.

- Oh. Oh, vaya. Princesa, le aseguro que estamos haciendo todo lo posible para que su hermano esté bien y que los intrusos no le hagan ningún tipo de daño. Está a salvo con la Guardia Real, se lo aseguro.

- Entie…e…ndo – sollozó ella, con una actuación desconcertantemente creíble.

- ¿Puedo acompañarla a su habitación? ¿O desea que llame a alguien que lo haga?

- No, solo… - dio un respingo. – Solo dame unos minutos. No me tomará mucho, lo prometo.

La joven volvió con ellos en cuanto el sujeto se alejó lo suficiente.

- Está en la celda de prisioneros peligrosos, en mitad este de la torre Senado – les dijo con determinación. – Estoy segura.

- ¡Buena chica! ¡Buena! – exclamó Mando. En el monitor cerca a ellos, la pequeña datastick dio un pitido. El hombre miró el resultado en la pantalla: la imagen de Tython, un pequeño planeta silvestre, junto con unas coordenadas. Jadeó aliviado y guardó el dispositivo en su traje.

- Vamos por Theo, entonces – dijo Cara.

- Mierda, hay un grupo de guardias en la entrada principal– dijo Mando, mirando por su visor. – Vamos a tener que abrirnos paso a las malas.

- No, conozco un atajo – dijo la joven simplemente. – Por aquí.

- Bien hecho, Princesa – Cara la siguió por una salida lateral.

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Se desplazaron por una serie de pasillos muy angostos.

- Madre ordenó contruir estos túneles secretos para la Familia Real. Solo mis hermanos y yo conocemos de ellos, o eso espero…

- ¿A dónde nos dirigimos?

- Creo que hay una salida cerca al complejo judicial – la joven se movía con sorprendente agilidad entre el estrecho laberinto. Mando podía apostar a que los mismos no se encontraban en los planos oficiales que Kuiil tenía en su poder. - Desde allí podrán continuar hacia las prisiones. ¿Saben cómo llegar?

- Lo averiguaremos.

- Es bueno ver que en esta familia hay algo de amor, después de todo – comentó Cara. Continuaron avanzando por unos minutos que parecieron segundos, hasta que la princesa se detuvo de golpe.

- Oh, no – miró su controlador.

- ¿Ahora qué? – dijo Din.

- Se activó una alerta de búsqueda para mí – dijo la joven. Cerró los ojos con un gesto de molestia. – Por supuesto, estaban monitoreando mis movimientos. Al no llegar a mi habitación tuvieron que asumir que ustedes tuvieron algo que ver.

- Genial – dijo Mando. – Muéstranos una salida pronto y ve con la guardia, nosotros seguiremos desde allí.

- ¡No, esperen! – la joven levantó ambas manos, hiperventilando ligeramente pero con expresión decidida. –Puedo ser una distracción.

- ¿Una distracción?

- Por favor - rodó los ojos al techo. - ¡Una distracción! ¿No se supone que sean mercenarios?

Mando y Cara se miraron. La joven tartamudeó: - Pe… perdón… Pensé que eran de los malos.

- No es ese tipo de misión – dijo Din. - ¿Qué se te acaba de ocurrir?

- Hay que hacerles pensar que me secuestraron – jadeó. – Y necesitamos uno de ustedes que haga algo de ruido, para que se lo crean. Mi padre es… es complicado. Pero, a su manera, me ama.

- ¿Crees que podríamos negociar un intercambio? – dijo Din.

La joven tomó aire, titubeando.

- Theo es su acceso al trono, así que… en realidad dudo que me ame tanto. ¡Pero…!

- Eso debilitará un poco la vigilancia sobre Larr – comprendió Cara y se volvió a Mando. – A menos que el guardia que noqueaste haya hablado, esta gente no tiene forma de saber que estamos acá por el príncipe. Si logramos mantener la distracción que dice la princesa por unos minutos, será más fácil que uno de nosotros vaya por él.

Din jadeó, su mente trabajando a toda máquina sobre el nuevo plan, sus puntos fuertes y débiles.

Era sólido.

- ¿Y después?

- Yo te diré por dónde escapar – dijo la princesa. – Estos túneles están por todos lados y tienen accesos a salidas ocultas en el exterior.

Cara respiró pesadamente por unos segundos, pasando el arma de una mano a la otra.

- Muy bien, nuevo plan. Mando, ve por Larr.

- ¿Por qué siguen llamándolo Larr?

- Después te enterarás. Tengo artillería más pesada que tú, podré hacer más ruido. Yo secuestro a la princesa y tú te deslizas hacia donde nuestro tipo. ¿Te parece?

El hombre las miró. Se veían tan determinadas como él se sentía.

- Muy bien – dijo. - ¿Puedes marcar la ruta?

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La princesa le transfirió una serie de planos y marcó el punto de acceso más cercano a las prisiones.

- Por favor, aléjalo de mi padre – le rogó y él asintió.

- Estaremos en comunicación – Cara tocó con un dedo el transmisor en su oído, mientras la princesa la halaba del brazo. – Haz tu magia, Mando.

Din corrió a toda la velocidad que le permitían los pequeños pasillos, impaciente por hacer el marcador del punto de salida más cerca en su mapa.

- ¿Kuiil, estás con ellas? – dijo en el transmisor.

-Sí. Y puedo estar en dos partes a la vez.

- Bien.

Terminó por deslizarse a través de un respiradero a ras del suelo, que abrió con todo cuidado para no llamar la atención. El respiradero daba directamente tras una enorme estatua de la reina Madua. Din negó con la cabeza, aún desconcertado por lo improbable de toda la situación.

- Copia, Mando – la voz de Cara sonó con tono electrónico en su oído.

- Copio.

- ¿Llegaste al punto de salida?

- Afirmativo –. Revisó con su visor térmico que no hubiera nadie cerca. - ¿Cómo pintan las cosas allá?

- Preparé una buena barricada en donde nos encontramos, una bodega de chatarra electrónica. Llené de trampas los accesos principales. La princesa tiene otro transmisor con nuestra línea, para que sepas…

- ¡Acá estoy!

- … Y está tratando de acceder el sistema de seguridad de las cámaras externas, para darnos otra ventaja. Esta chica sorprende.

- Copiado – dijo Din. – No hay rastros de guardias por acá. Estoy listo para iniciar la operación cuando lo indiquen.

- Te… - comenzó la mujer, pero hubo estática en el otro lado, súbita y fuerte, una que el mandaloriano sabía reconocer como el resultado de una explosión.

- ¿Cara? ¡Cara! ¿Me copias?

- Una de las trampas fue activada – exclamó la mujer. – Están más cerca de lo que pensamos. Princesa, activa tu código de pánico ya. Comenzó la fiesta.

Kuiil comprobó que el protocolo de alerta del cuadrante fuera activado y dirigido hacia la localización de la joven.

- Los efectivos de seguridad se están agrupando– confirmó el Ugnaught. – En unos minutos deberá iniciar la operación de rescate de la Princesa. Mando, no hay seguridad en tu pasillo, pero hay una habitación de suministros a doce metros a tus tres. Es mejor que esperes allí.

El mandaloriano lo hizo rápidamente, cerrando y asegurando la puerta mientras otros sonidos vagos de explosiones sucedían al otro lado del intercomunicador. A las explosiones se le unieron disparos.

- Muy bien, están acá – avisó Cara. – Ya identificamos una ruta de salida, que tomaré mientras que la princesa se queda.

- Copiado – dijo Din controlando su respiración. Ardía por actuar, por sacar a Larr del infierno en donde lo había metido.

De haber sido más joven, se habría dejado dominar por el deseo de lazarse al fuego de la misión, de conseguir el objetivo e irse, abriéndose paso con disparos, fuego y golpes. Pero los años le habían enseñado que incluso los momentos de espera como estos eran un factor de éxito. Si permitía que la frustración lo ahogara, estaba invitando el fracaso. Así que tomó aire y se enfocó en todo lo que estaba pasando.

- ¡La seguridad donde mi hermano fue re dirigida! – exclamó por fin la princesa, y Kuiil lo confirmó.

- Okey, es ahora o nunca – exclamó Cara.

- ¿Tienes la ruta, Kuiil? – Mando tenía una mano sobre el controlador de la puerta, listo para abrirla y lanzarse al exterior. Pero el Ugnaught no contestó. - ¡Kuiil!

- No tan rápido, me temo.

- ¿Qué?

El viejo mecánico hizo silencio por más segundos de los que el mandaloriano habría querido.

- ¿Qué pasa por allá? – se oyó gritar a Cara, que sonaba como si corriera.

- Oh, no – jadeó la princesa. Din no apreció esa expresión, en especial cuando fue seguida por un gruñido de preocupación del Ugnaught.

- "Oh, no", qué – exigió. - ¿Qué está pasando?

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Más notas: Este capítulo y el siguiente fueron los que impulsaron todo este fic. Fueron las escenas centrales alrededor de las que desarrollé toda la historia. Espero haberles dado vida como lo merecía.

No significa que la historia vaya a terminarse pronto, este par aún tiene mucho que vivir antes del verdadero clímax :)

También, ¡Kuiil vivee! Porque (SPOILER) nunca superé su muerte en la serie :'(

¡Gracias por leer!