Notas:

Una encrucijada inesperada y una solución... ¿quizá más que esperada?

Este es uno de los capítulos que más me emociona publicar...¡Espero que lo disfrutes!

Cap. 9

Kuiil explicó sin rodeos y Mando comenzó a sentir la frustración hirviendo en todo su cuerpo.

- Acaban de programar un protocolo especial de seguridad en una de las celdas – dijo el Ugnaught. - La 312, exactamente.

- ¡En la que está Theo! – exclamó la princesa.

- ¿Qué maldito nuevo protocolo? – gritó Mando. Se le estaba acabando la poca paciencia que se había obligado a conservar.

- Hay un escáner corporal a la entrada y dentro de la celda misma- explicó Kuiil. – Solo permite el acceso después de un chequeo de pies a cabeza. La nueva programación activa una serie de explosivos en el recinto si se detecta la estructura de un casco de cualquier material.

Por un momento a Din le pareció escuchar el pitido residual de una explosión en sus oídos, pero estaba consciente de que no había habido ninguna. Por ese mismo momento, solo oyó eso y los sonidos apagados a su alrededor.

- ¿Qué? – susurró.

- Molth Lánthar es astuto – dijo el Ugnaught, con tono empático. – Sabe que, como Mandaloriano, tu casco es una ventaja tanto como tu mayor debilidad.

- ¡Dank farrik! – gritó Din. Si no hubiera estado en un espacio tan pequeño, felizmente habría hecho volar algo.

- Muy bien – jadeó Cara por encima del estallido de unos disparos. –…Muy bien. ¿Qué podemos hacer? ¿Un ataque aéreo?

- Quizá –. A pesar de toda la preparación mental de antes, Mando dejó que por un momento lo poseyera ese deseo de hacerlo volar todo y sacar a Larr de allí (quizá de la mano) mientras las explosiones estallaban y las balas repiqueteaban a su alrededor, milagrosamente sin tocarlos. – Un ataque aéreo podría funcionar si…

- Es muy arriesgado – Kuiil, del otro lado, supo mantenerlo en la realidad. – Hay suficientes torretas defensivas en los puntos más estratégicos de la fortaleza como para destruir al Razor en cuestión de segundos.

- ¿Tenemos más aliados cerca que podamos infiltrar adentro?

- No con suficiente rapidez – negó Din, caminando de un lado para el otro.

- No entiendo – dijo entonces la Princesa. – Sé que es importante y todo, pero ¿por qué no simplemente te quitas el yelmo?

- Soy mandaloriano – explicó impaciente. – Mi casco y mi anonimidad son mi mayor protección, tanto como la de mi pueblo. Es una declaración de mi Credo. No puedo retirarlo en la presencia de ningún ser vivo.

- Bueno… ¿qué pasa si lo haces? – preguntó la joven. - ¿Te matan?

Se oyó una explosión ensordecedora del otro lado, que logró desestabilizar la comunicación. Din jadeó. Estaban perdiendo tiempo valioso.

- Eso los detendrá un rato- resopló Cara y tomó aire para explicar: – Hay cosas mucho peores que la muerte para un Mandaloriano. La expulsión y excomulgación de su Credo es una de ellas. Es quitarle todo por lo que vive: su honor, su nombre, su comunidad, su reputación…

- ¿Cómo se besan, entonces? – dijo la joven y Mando giró los ojos al techo.

No tenía que analizar mucho más todo lo que estaba pasando para entender que estaban a punto de perder la única oportunidad que tenían.

- Muy bien – se detuvo en medio de la pequeña habitación y tragó aire. – Okey, iré por él. Lo sacaré de allá.

- ¿Pero y qué con tu…? – comenzó la joven.

- Me lo quitaré.

- Wow, un momento, Mando – exclamó Cara.

- Es la única manera – la interrumpió él. – No hay tiempo. Tú cubrirás mi escape cuando lo saque.

- Escucha, cálmate. Tiene que haber otras formas – insistió la ex Rebelde. – Sé que estás preocupado por Larr y sé lo mucho que te importa, pero él mismo nos dijo que no está en riesgo de muerte inmediata. Podemos analizar esto.

- Ya estamos dentro – descartó Mando. – Y no voy a quedarme cruzado de brazos mientras ese maldito psicópata lo está torturando.

- ¡Pero es tu Credo!

- Y él es… - se detuvo y exhaló. – Él es importante, Cara.

La mujer jadeó.

- Estás pensando con la emoción, Mando.

- Fue igual con el niño – le respondió él. – Y me apoyaste entonces.

Cara exhaló.

- ¿Estás seguro?

- Lo estoy.

- Muy bien.

Din dejó caer los hombros al frente. Se permitió respirar por tres, cinco, siete segundos, obligándose a entender la magnitud de lo que estaba a punto de hacer, intentando no pensar en la herrera de su tribu, en los miembros de su clan que habían dado su vida por Grogu y por él, en su propio padre adoptivo…

- Las veré luego, entonces – dijo al fin. – Seré el de la armadura de beskar y la cabeza descubierta.

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- Espera – dijo el Ugnaught. – Se me acaba de ocurrir algo. No sé si esté en lo correcto, pero quizá no tienes que perder tu credo.

- ¿De qué estás hablando? – Din sostuvo su mano sobre el controlador de la puerta, sin tocarlo. ¿Había podido pasar algo por alto? No, había pensado en todas las posibilidades que les daban las circunstancias. - Es la única manera.

- He hablado – dijo el Ugnaught. – Cara Dune tiene razón: sí estás actuando con la emoción cruda y eso te hace olvidar cosas importantes. Tu Credo indica que ningún ser vivo puede ver tu rostro, ¿verdad?

- Es ése el Camino – dijo Din.

- Pero sí hay excepciones a esa regla. Dos, exactamente.

- ¿De qué…? – comenzó Cara.

- La princesa tuvo la respuesta desde el principio y no nos dimos cuenta – dijo Kuiil. - ¿Qué fue lo que preguntó, exactamente? "¿Cómo se besan?".

Ambas mujeres se quedaron en silencio, mientras el Mandaloriano pensaba furiosamente.

- Tome' – entendió finalmente. La fría determinación que sentía fue destruida por una oleada de tanta confusión como esperanza. – Estás hablando de Tome', ¿verdad?

- No estoy seguro de su nombre – dijo Kuiil. – Pero comprendiste. Está en el credo Mandaloriano, ¿no es verdad? Es una de las excepciones.

- ¡¿Qué es Tome'?! – exclamó Cara.

- Es… - comenzó Din, pero fue incapaz de terminar, aún desconcertado por la idea.

- Por lo que entiendo, aunque no soy experto en el tema, el juramento Tome' es una alianza permanente, donde dos personas se vuelven…

- Se vuelven riduur – terminó Din.

- ¿Es como hermanos de armas? – preguntó la joven. – ¿Como compañeros de batalla?

- Es más… un vínculo familiar – dijo al fin Mando. – Sólo el Riduur de un mandaloriano tiene el derecho de ver su rostro.

- ¿Matrimonio? – exclamó Cara entonces. - ¿Cómo puede ser eso más fácil en estas circunstancias? ¡Dudo que algún de los juristas en ese complejo quiera celebrar esa ceremonia!

- El ritual del Tome' no necesita nada de eso – dijo Din. Se había sentado, súbitamente mareado – Somos una tribu de guerreros. A veces no podemos vernos, a duras penas escucharnos. Por eso para ser Tome' solo es necesario repetir un juramento.

- ¿Corto? – dijo la princesa.

- Sencillo y práctico – dijo Mando. – Como todo lo de los mandalorianos.

- Excepto el Credo mismo – comentó Cara, antes de que se iniciara una ráfaga de disparos.

- Entonces… - la princesa se oía aliviada. – Entonces todo lo que tiene que hacer mi hermano es decir ese juramento, ¿y podrás rescatarlo, Mandaloriano?

- En su expresión más práctica, me liberaría de mi restricción – dijo él reluctantemente. – Pero Tome' es un vínculo familiar de por vida, no puede hacerse a la ligera, ni deshacerse sin traer deshonor a ambas partes…

- ¡¿Te parece que esta situación tiene algo de ligero?! – exclamó la ex Rebelde.

- Es la mejor opción. ¿Verdad? – dijo la joven. – Tú mismo lo dijiste, mi hermano es importante para ti.

- Lo sé… - Din apoyó el casco sobre las manos, sintiéndose agotado por primera vez desde que iniciaran la misión.

- Bueno, si me preguntan – Cara jadeó. Dejó de hablar y luego se desató una serie de explosiones pequeñas. – Ah… ¡Es…! Es un buen momento para considerarlo. Es decir… - Din encontró el tacto con que intentaba hablar de ese tema, incluso bajo fuego pesado, bastante admirable. – Ambos son unos guerreros del demonio y con una reputación que los precede. Tienen convicciones fuertes y bastante similares – hubo otra explosión -. También tienen al niño. Y en realidad, la cosa se está calentando por acá…

- Así que está hecho para tu tipo de vida – dijo la princesa rápidamente. – Yo te doy mi bendición, ¡ve y sálvalo!

- Dan farrik, ¡no es tan fácil!

- Si se ve de un punto de vista práctico, es la salida más fácil – dijo Kuiil. – Y he hablado.

- No puedo decidir esto por él – explicó Din, desesperado. – Y además, debe decir el juramento conmigo para que el ritual de Tome' suceda.

- ¡Entonces preguntémosle! – la joven jadeó. Se quedó en silencio unos segundos, mientras se escuchaba el enfrentamiento en el fondo. – Estoy interfiriendo el comunicador de voz de su celda – dijo al fin. - He visto a los técnicos hacerlo cientos de veces y conozco la clave maestra. Pronto podrás escucharlo. Es lo que necesitas, ¿verdad?

- … Sí – jadeo. – Pero…

- Es pan comido. ¿Estás listo para hacerlo?

Los disparos se habían detenido y Mando tenía la certeza de que todos estaban escuchando intensamente.

En realidad, era un plan sólido.

- Dank farrik –, suspiró. - Está bien.

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Fue cuestión de segundos antes de que la princesa se dirigiera a su hermano.

- Theo – llamó. - ¿Theo? Hermano, es Muriel. Contesta. ¡Contesta!

No hubo respuesta durante minutos enteros y Din sintió su adrenalina hirviendo por la posibilidad de que Larr estuviera más allá de su alcance.

Entonces se oyó un gruñido al otro lado, apenas audible y la joven habló con más fuerza: - ¡Theo! ¡Príncipe Theo, responde!

- Larr – exclamó Din. - ¿Estás ahí? ¿Me copias?

Pasaron unos segundos antes de que se oyera su voz ronca:

- ¿Mando? ¿Qué rayos…?

Gracias a la bienaventuranza.

- Soy yo, Larr.

- Estoy… ¿Estoy soñando?

- No, Larr, soy yo. ¿Me copias?

- Co… copio. ¿De dónde rayos..? ¿Cómo lograste…?

- Tu hermana – informó. – La princesa Muriel nos está ayudando. No estamos lejos.

- ¿Quién…? – el hombre, obviamente desubicado, pareció recobrar completamente la lucidez. - ¿Mu… Muriel? –. Su voz ya ronca se rompió ligeramente - ¿De verdad eres tú?

- ¡Estoy acá, hermano! – dijo la joven, repentinamente cerca a las lágrimas. – ¡Me alegra tantísimo oírte…! ¿Estás lastimado?

– Hermana… cómo te extrañé. – Tragó aire y carraspeó. - E… ¿estás a salvo?

- Estoy ayudando – sollozó la joven, intentando controlar la emoción en su voz. – Hermano, estamos tratando de salvarte, pero hay problemas. Escucha al mandaloriano, por favor…

- Larr – casi interrumpió Mando. – Cara está causando una distracción junto con la princesa. Yo estoy cerca de ti, pero…

- ¿Encontraron las coordenadas para el pequeño?

- Las… Sí, Larr. Las tenemos con nosotros.

- Gracias a Dios…

- Larr, escúchame bien. El protocolo de seguridad de tu celda fue reprogramado. Un escaneo al ingreso activa una serie de explosivos si encuentra la presencia un casco de cualquier tipo sobre la persona que quiere ingresar.

El hombre hizo un silencio.

- Mierda – jadeó y tomó aire profundamente. Dejó salir unas risas sin humor. – Lo entiendo, Mando. Sabía a lo que me arriesgaba. Valió la pena intentarlo. Ahora, todo lo que importan son esas coordenadas.

- ¡No, Larr, escucha! – exlamó Din. - Hay una manera.

- ¿Ah? – el otro hombre dudó. - Es decir, supongo que podría cerrar los ojos… Pero, ¿no viola eso el Credo también? Además, los necesitaría abiertos para salir de aquí…

- No, Larr, hay otra manera. Hay excepciones en el Credo.

- Maldita sea Mando, ¿voy a tener que decírselo yo? – gritó Cara.

- ¡Lo sé! - gruñó él. – Larr… Podrás ver mi rostro si nos volvemos Riduur, tú y yo. Eso te daría el derecho de verme.

- ¿Riduur?

Din tragó antes de decir:

- Aliados de por vida – estaba apretando la culata de su bláster tan fuerte que su puño dolía. - Compañeros.

- ¡Esposos! – gritó impaciente la princesa.

A pesar del ruido de fondo, pareció haber un silencio muy profundo.

-… Vaya - dijo el hombre simplemente. – Tiene sentido.

- Es la única manera – explicó la princesa. - ¿Verdad?

Din titubeó.

- Bueno, la segunda excepción es que seas un Expósito que yo adopte y haga parte de mi familia permanentemente – dijo. – Pero creo que somos casi de la misma edad, así que no es aplicable.

- Cierto –jadeó Larr. – Ha… había escuchado sobre eso, creo - suspiró. – Pero Mando…

- ¿Sí?

- ¿Estás seguro?

- Lo estoy – exclamó él, mordiéndose la lengua solo por un segundo. Podía lidiar con cualquier emoción en medio de una misión, ¿pero ésta? No era su especialidad… - No te voy a dejar para que te pudras aquí.

- Pero no tienes que… Es decir, ¿no hay otras maneras?

- Las hay – admitió el mandaloriano, con un gran esfuerzo. – Puedo… puedo quitarme el casco. Lo haré, Larr.

- No, no vas a quitarte el caso – descartó de inmediato el otro. Gruñó y a Din le pareció que estaba moviéndose con dificultad. – Por la Reina… De acuerdo. ¿Estás dispuesto a hacerlo, en serio?

- Sí -, jadeó también. – Yo… Podemos hacerlo, si me aceptas. Y podemos hablar luego sobre normas. Pueden ser como sea que las acordemos. Todo puede ser como siempre ha sido. No me interesa… no me interesa coartar tu libertad. No hay nada escrito que me obligue a eso.

- Es mandaloriano – urgió la princesa a su hermano.- ¡Dile que sí!

- Muriel… - rogó él. – Ahora no…

- Sé que ésta es una decisión de por vida – interrumpió Kuiil con su tono pausado. - Pero la nave de Molth Lánthar acaba de atracar en el puerto y se dirige hacia ese sector ahora mismo.

- Muy bien, chicos, ¿cómo va a ser? – dijo Cara.

- Mando – dudó Larr. Tomó aire fuerte. - ¿Qué tanto te vas a arrepentir de esto después?

El mandaloriano pensó.

- Solo lo mismo que tú te arrepientas.

Larr inhaló.

- Esa es una respuesta perfecta, amigo – le dijo. – De acuerdo, hagámoslo.

- ¿Estás seguro?

- Sí, maldita sea. Adelante.

- Muy bien. Solo necesitas repetir lo que te digo, cada palabra, ¿de acuerdo? – Din no podía creer que fuera a murmurar el juramento que había aprendido de niño en caso de que alguna vez llegara el momento que, en realidad, nunca había esperado que llegara. Rayos, diez minutos antes no había esperado que llegara. - Eso será todo.

- Suena fácil.

- ¿Listo?

- Seguro.

Tomó aire y recitó:

- Mhi solus tome – lo pronunció con una musicalidad propia de su idioma que Larr trató de imitar con todo el cuidado del que era capaz. - Mhi solus dar'tome, mhi me'dinui an, mhi ba'juri verde.

Al juramento siguió un pequeño silencio. - Somos uno, sea juntos o aparte – tradujo. - Juntos lo compartiremos todo y juntos criaremos guerreros. – Hizo una mínima pausa antes de indicar: - Voy para allá.

Las comunicaciones se cerraron y Larr volvió a quedar en el silencio y la oscuridad.

- Simple y práctico – murmuró.

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Mando se desplazó hacia la celda siguiendo las indicaciones de Kuiil, enfocado como un láser. La distracción de Cara y la princesa funcionó, y no encontró más resistencia que la de un puñado de guardias patrullando cerca y en la propia entrada.

Las puertas se abrieron con la llave de uno de los guardias y, una vez en la zona de control, deshabilitó todas las cámaras del área.

Aferró los bordes de su casco.

- Somos Riduur – murmuró para sí mismo, tomando aire y deslizando la protección de su cabeza. – Mhi solus tome.

La puso sobre una consola y se situó en el punto de escaneo. La luz del dispositivo pasó sobre él. Hubo un pequeño ruido de procesamiento y, para su total alivio, los múltiples cerrojos comenzaron a moverse.

Un par de puertas blindadas giraron y se abrieron ante él. Din ingresó en la celda oscura, encendiendo la luz del lugar.

Larr estaba sobre un asiento al lado de la entrada. Estaba descalzo y llevaba apenas algo de la ropa con la que había llegado. Tenía una mano sobre los ojos, enceguecido por el súbito asalto de luz. Aunque estuviera cubriéndose, el Mandaloriano podía ver las heridas de una verdadera golpiza. Tragó fuerte.

- Larr – dijo con suavidad, hincando una rodilla frente a él. Su voz se oyó extraña a sus oídos, sin ser procesada por el micrófono que la había llevado al mundo desde que ocultara su rostro del mismo por primera vez.

- Hey, Mando – el hombre continuó cubriéndose. – Qué bueno es oírte así.

- Gracias – dudando, puso una mano sobre su rodilla. - Es hora de irnos.

- Sí, claro – dijo y tragó. – Entonces… ¿puedo verte? ¿No pasa nada?

- No pasa nada – lo tranquilizó. – Somos Riduur ahora. Es tu derecho el verme.

- Muy bien – bajó la mano, la mirada aún en el piso, y tomó aire. Luego subió los ojos y lo miró a los propios y al resto del rostro por un momento, con una expresión que era más que sorpresa. Jadeó – Rayos, Mando…

- Espero que me dejes sacarte de acá antes de que huyas… – musitó éste.

- Creo que está claro quién de los dos se ve peor ahora mismo…

Un estrépito en la puerta los hizo saltar.

- ¿Puedes correr? – el mandaloriano extendió su mano y el otro hombre la aferró y se levantó gruñendo. Fueron a la entrada y Din se puso el casco de nuevo y le entregó un arma, antes de abrir las puertas y abrirse paso.

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Habrían tenido que volver a los túneles por los que Mando había llegado a ese sector, unirse a Cara, seguir los planos de la princesa y escapar por una de las salidas secretas sin ser descubiertos.

Pero Din había aprendido a conocer el estilo muy propio de Larr para cambiar todo un plan de improvisto, así que no se sorprendió cuando hicieron todo lo contrario:

En vez de dirigirse hacia los túneles, el hombre le pidió a Cara y a Mando que lo siguieran al Salón del Senado, el cual estaba repleto de decenas de políticos debatiendo qué hacer con él. Muchos de ellos, claramente corruptos, buscaban la forma de ejecutarlo por cargos improbables como "traición" o "deserción".

La guardia les pisaba los talones y su munición estallaba a su alrededor cuando llegaron al lugar. Cara y el mandaloriano los mantuvieron a raya mientras Larr iba por quienes Din reconoció como los hombres de confianza de Molth Lánthar, que habían estado junto a él cuando el príncipe fuera entregado.

Como si fuera un hombre distinto, Larr los lanzó al suelo y sin dudarlo les disparó en piernas, brazos o abdomen. Por alguna razón nadie a su alrededor intentó detenerlo. Din apenas se sorprendió, porque fue bastante claro lo que el otro hombre pensaba hacer.

Tras acabar con los políticos, Larr fue por Molth Lánthar.

La victoria no fue difícil de anticipar.

Molth retenía algún porte militar, pero no era obstáculo para el más joven: en plena forma, hirviendo de ira e impulsado por una sensación de deber enceguecedora, éste finalizó el enfrentamiento en menos de un minuto. El regente cayó al suelo ahogándose por un golpe en el cuello y Larr lo observó a sus pies, apretando con fuerza el mango de su bláster, respirando pesadamente.

- Debería matarte – le dijo. Pero no hizo ni un movimiento para dispararle y Din supo que estaba pensando en la princesa.

Lo noqueó con una patada en el rostro y lo despojó de sus armas. Entonces tomó el emblema que el hombre le quitara y lo miró largamente en su mano, mientras en el recinto se asentaba el silencio.

Cuando se lo puso y miró alrededor, a Mando le pareció ver a otra persona.

- Soy el Príncipe Theo Lánthar – anunció el hombre a quienes lo observaban. – Soy primogénito de Madua Lánthar, heredero al trono de mi madre. He vuelto del exilio y depuesto a mis detractores, como es mi derecho. El Regente que gobernaba en mi nombre ha sido relevado. Ahora exijo el sitio que me pertenece.

Tras unos segundos de estupefacción, los guardias enfundaron las armas y los magistrados ocultos bajo los escritorios y tras los pilares comenzaron reaparecer. Uno a uno, extendieron ambas manos en señal de ofrenda e inclinaron la cabeza hacia él.

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Golpeado, descalzo y sangrando, con el emblema de su casta como único elemento que mantenía algún carácter real en medio de sus ropas destrozadas, Larr se sentó en el trono y esperó a que otros magistrados llegaran al lugar, mientras enviaba a Molth Lánthar y otros sospechosos de ser sus seguidores a prisión.

Los otros príncipes y princesas también llegaron allí y algunos se lanzaron a él, abrazándolo o tirándose a sus pies, sollozando y aferrando sus manos o sus piernas, tocando su rostro y tratando de limpiar su sangre con sus ropas. La princesa Muriel estaba entre ellos.

Los presentes fueron llamdos al orden y una mujer de aspecto riguroso se dirigió a todos, sosteniendo en sus manos una corona:

- El pueblo de Lánthar ha hoy recuperado a su hijo extraviado. Y éste a su vez, ha recuperado a su pueblo – se volvió a Larr. – Bienvenido, Theo Lánthar. Larga vida al rey.

En medio de los ecos de esta alocución, y mientras la magistrada ponía la corona sobre la cabeza de Larr, Mando se volvió a Cara. La ex Rebelde estaba reflejando fielmente su propio gesto de completa incredulidad.

- Demonios – dijo la mujer, y rió.

Mando estaba de acuerdo con esa expresión.

- Ha sido un día largo para todos – dijo el nuevo soberano a los presentes. – Así que por ahora solo les diré que me alegra estar de vuelta en casa.

Hubo aplausos y ovaciones y los asistentes fueron despedidos. Un pequeño cuerpo de seguridad, un puñado de políticos, los príncipes y princesas, se quedaron. En medio de la gente que lo rodeaba inclinándose hacia él y aferrando o besando su mano, Larr buscó a sus compañeros de misión con la mirada.

- Entonces… ¿debería arrodillarme, o algo así? – le dijo Mando cuando se acercaron.

- No seas ridículo, hombre – Larr gruñó, poniéndose de pie y trastabillando un poco. Din lo sostuvo del codo. – Lamento mucho haber hecho un lío de todo esto – confesó.

- No lo menciones – sonrió Cara. – ¿Qué sería de nuestras carreras sin líos como éste? Además, por lo que vimos, era necesario.

- Mucho – asintió Larr. – No habría podido hacer nada distinto, luego de ver cómo iban las cosas desde adentro. Gracias a los dos.

- Nos alegra haber podido ayudar – dijo la mujer. – Si me preguntas, las cosas terminaron mejor de lo que… Oh, okey, okey, sí… - la princesa Muriel y uno de los príncipes se lanzaron a abrazarla. La ex Rebelde levantó los brazos, aguantando el ataque amoroso. – Afecto… Claro.

Otros príncipes y princesas más prudentes ofrecieron su mano a Mando y, cuando éste la estrechó, la llevaron a su frente inclinándose, un profundo signo de reconocimiento.

- Debes ir a un médico – le dijo Din al otro hombre, antes de que algún otro político se robara su atención. – Estás herido, quizá de gravedad. Puede que no lo muestres, pero te conozco.

- Es verdad – dijo una mujer de aspecto importante, que no había abandonado el lado de Larr desde que lo coronaran. – Debe recibir el mejor de los cuidados, Majestad.

- Qué extraño suena eso… - murmuró el hombre.

- Hey, ¿qué pasó con lo de "hay que asegurar el bienestar propio para asegurar el de los demás"? – le dijo Mando. – Ve a parcharte, lo necesitas.

- ¿Quieren quedarse aquí? – dijo el hombre antes de que algunos guardias y sus hermanos y hermanas lo arrastraran lejos. – Puedes traer al Razor y hacer el mantenimiento que necesites. Todos necesitan parcharse y comer, también.

- Haremos eso – asintió Din y lo vio alejarse.

Y eso hicieron. En cuanto informaron a Kuiil, someramente, de lo que había pasado, el Razor aterrizó en uno de los puertos. Mando rechazó la invitación de quedarse en una de las habitaciones reales, estremeciéndose con la idea del espacio innecesariamente lujoso y gente revoloteando a su alrededor, pendiente de lo que pudiera necesitar.

Se aseó y se parchó en el Crest, y recibió al pequeño de las manos de Kuiil antes de que éste y Cara fueran a hospedarse en habitaciones más cómodas.

- No vas a creer todo lo que pasó hoy – le dijo al niño mientras limpiaba y recargaba su armamento, pero cuando levantó la mirada vio que éste había caído dormido.

Suspiró y puso sus armas a un lado para meterlo en su pequeña hamaca, arropándolo.

Como en muchos otros momentos de su vida, Din no tenía ni idea de lo que iba a pasar. Pero como en esos momentos, simplemente se decidió a esperar que sucediera.

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Más notas:

Perdooon por la tardanza en publicar... la vida reclamó casi toda mi atención estos días...

¿Qué fue lo que vio Larr al mirar la cara de Din por primera vez? Piensen en el Pedro Pascal del videoclip "Fire met Gasoline" de SIA... Lo único que pudo pasar por su cabeza fue "qué hombre...".