Fue temprano en la mañana cuando lo despertó un llamado en la escotilla del Crest. Eran muchos empleados lantharianos que traían provisiones, municiones y herramientas para hacer los mantenimientos o reparaciones que Din pudiera necesitar. No tuvo que pensarlo mucho para decir que sí a casi todo, no tenía sentido negar una ayuda que le sería útil. Cargó al pequeño en su mochila y observó celosamente al personal ir y venir, trabajando diligentemente y en un respetuoso silencio, gran parte de la mañana.

Unas horas después, una guardia llegó en un speeder y descendió.

- Salud, Mandaloriano – le dijo haciendo una inclinación que a Mando le pareció exagerada. - El rey Theo pide verlo.

- Vaya que suena raro eso… - murmuró.

Montó en el vehículo con el pequeño y se dirigieron hacia el mismo edificio que contenía la sala del trono, pero en esta ocasión fue conducido a los niveles superiores, mucho más confidenciales y fortificados.

Lo hicieron esperar junto a una estancia pequeña, en donde Larr se encontraba en lo que supuso era un consejo bastante extraordinario, en el que tendrían que estar poniéndolo al día sobre todo tipo tópicos cruciales.

Para su sorpresa, apenas unos segundos después de que la mujer que lo escoltaba entrara para anunciarlo, empezaron a emerger todo tipo de personas de aspecto importante, dándole asentimientos respetuosos y mirándolo con curiosidad. Entre ellas estaba la princesa Muriel, que tomó su mano entre las suyas y la apretó, dedicándole una sonrisa.

Le indicaron que ingresara y el mandaloriano encontró allí a Cara y a Larr, ambos viéndose mucho mejor que el día anterior.

- Hey, Mando – el hombre se levantó sonriendo. ¿No se suponía que los reyes no debían hacer eso? Al menos, era evidente que había recibido los mejores cuidados médicos, porque no solo caminaba sin esfuerzo, sino que lo que ayer habían sido moretones y piel hinchada y reventada, hoy no eran más que pequeños raspones. Ofreció su mano y Din la estrechó. - ¿Todo bien de tu lado?

- Todo bien – asintió él. – Ayudaste mucho con las cosas que enviaste al Crest.

- Hey, es lo mínimo que puedo hacer. Te ganaste todo eso y más. Pero sé que no te gusta el jaleo, así que lo dejé en lo básico…

- Lo aprecio.

El pequeño balbuceó desde su mochila y Larr sonrió ámpliamente.

- ¡Hey, peque! ¿Cómo estás? – lo tomó con cuidado y lo sostuvo frente a él, acariciando su nariz con un dedo. – Me alegra verte así de bien.

- ¿Pintan bien las cosas acá? – Mando gesticuló hacia la sala de reuniones.

- Interesantes, por llamarlo de alguna manera – suspiró Larr. – Dentro de su demencia, Molth no destruyó el reino como habría podido hacerlo. Hay daños que tomará décadas reparar, pero al menos tenemos puntos de partida. Cara estaba informándole al Concejo de toda la mierda que ha visto en sus viajes. Kuiil también estuvo acá, brevemente, y se formaron comisiones de investigación. Sabía que no apreciarías que te arrastrara a hacer de testigo, así que te dejé ser – le dio un guiño.

- Me conoces bien – asintió Mando.

- Por supuesto que sí – Larr gesticuló a las sillas para que se sentaran.

- Creo que voy a darles algo de privacidad – sonrió Cara, dándoles una mirada cómplice. – Kuiil y yo iremos abordando el Razor, si no te molesta.

Mientras el otro hombre le entregaba el pequeño a la mujer, Mando asintió parcamente. Se había formado un nudo en su garganta, sabiendo que la partida sería pronto. Todas las cosas de las que sería importante hablar parecían amontonadas en ese nudo, negándose a salir.

Larr dio un asentimiento a los guardias, que se inclinaron y abandonaron el lugar, cerrando la puerta tras ellos. Suspiró profundamente.

- No puedo agradecerte lo suficiente por todo esto – le dijo al mandaloriano. – Fue una locura lo de ayer, lo sé. Pero de haber simplemente huido, todo habría seguido como siempre. Ninguna salida para Lánthar, ninguna salida para los que están siendo víctimas del reino, ninguna salida para mis hermanos, ninguna salida para mí.

- Entiendo eso. Tienes razón.

- Fue increíblemente afortunado contar con ustedes. No habría podido lograrlo de no ser por su ayuda.

- Sabes cómo somos Cara y yo – Mando se alzó de hombros. - Un par de blandengues con más armas que deseos de decir que no.

- Sí mencionó ella algo de mis ojos de cachorro… - admitió Larr y Din dio una risa. – Pero sea como fuere, me alegra estar acá y por fin dejar de ser un fugitivo. Mi madre lo habría querido – miró a las ventanas, donde se veía un pequeño centro de transporte de alimentos. Personas, speeders y camiones salían y entraban, movilizando suministros. - En su momento, pensé que la mejor solución era quitarle a Molth la posibilidad de hacerme su títere – continuó-, y boicotear desde afuera toda la mierda opresiva que intentaba hacer. Pero resultó que simplemente no era la manera.

- Puedo entenderlo – dijo Mando suavemente. – Probablemente eras muy joven. Y no tenías forma de saber hasta qué punto se saldría todo de control.

Larr dio una risa y tocó su casco, casi una caricia.

- No tiene que justificarme – le dijo. – Pero gracias por hacerlo. - Su sonrisa desapareció, dejando una expresión pensativa. – Ahora es momento de figurarme cómo comenzar a reparar todo esto…

- ¿Vas a quedarte, entonces? – Mando logró musitar las palabras tras un momento.

Larr suspiró. Se inclinó al frente y tomó su mano entre las suyas. Din respiró profundo ante ese contacto.

- No quiero quedarme – sus ojos azules se clavaron en los suyos.

Mando lo miró a uno y al otro. Sentía como si estuviera halando una cuerda tan fuerte que la rompería si hacía la presión equivocada.

- Has lo que debas hacer – le dijo planamente. – Sabes cuál es tu deber.

- Bueno, no estoy exactamente seguro de que lo sepa… - titubeó él. – No hemos tenido tiempo para que me cuentes exactamente todo lo que implica el estatus de Riduur. Aunque puedo imaginarme el esquema general…

- Es… prácticamente lo que describe el juramento – dijo Mando. Tomó aire, sintiendo que estaba arriesgándose a reventar esa cuerda de la peor manera –: "Somos uno, juntos o aparte".

Larr lo soltó y se recostó contra el espaldar, cruzándose de brazos.

- No quiero estar aparte.

Din tragó.

- No puedo quedarme acá – dijo. - Mi lugar es afuera.

- No pretendería ni sugerírtelo – negó Larr. – Eres quien eres.

El mandaloriano agradeció que el otro hombre no pudiera ver su expresión en ese momento. Sabía que lo que iba a decir era lo correcto. Sabía que era como dejaba ir esa cuerda, para que no se rompiera.

- Y tú eres el rey Theo Lánthar.

El hombre bajó los ojos y asintió.

- Resulta que lo soy.

- Majestad - se oyó del intercomunicador de Larr. – Se le espera en la Sala del Trono, para la primera alocución a su pueblo.

- Estaré allá en un momento – respondió. Luego de unos segundos se puso de pie y Din lo imitó.

Ninguno de los dos dijo nada, porque no había nada más para decir realmente. Muchas de las cosas que contenía ese silencio, le parecía a Mando, las entendían los dos.

Exhaló y echó una mirada nerviosa sobre su hombro, a la puerta que seguía cerrada. Por la naturaleza secreta del espacio no había cámaras, así que tomó su casco y lo deslizó sobre su rostro. El otro hombre entreabrió la boca, más sorprendido de lo que Din habría esperado.

Con extremo cuidado, como si se tratara de un objeto extremadamente delicado y valioso, Larr puso su mano sobre su rostro. Su pulgar acarició bajo su párpado.

- No llores, Din – suplicó.

- Yo no estoy… -comenzó el mandaloriano, solo para dar un respingo entrecortado que no había esperado. Se obligó a tragar y sintió el nudo de lágrimas justo allí.

Respiró profundo para deshacerlo, la mano del otro hombre ardiendo como estática contra su piel. Nunca se había dado cuenta de lo claros que se veían sus ojos a esa hora del día y se lamentó no haberlo mirado más cuando había podido.

Larr apretó los labios y tragó, una inesperada expresión determinada en su rostro.

- Hay algo que tienes que saber – le indicó firmemente. Dudó por unos segundos y le dijo que lo amaba.

Era algo que el médico había sabido desde hacía mucho tiempo, exactamente cuando viera a este Mando preparar a su niño para su supuesto viaje con Ahsoka Tano, de vuelta en Cálodan.

El mandaloriano había empacado algo de comida en una cajita y amarrado unas cintas a su alrededor para asegurarla. Había guardado la bolita de la palanca del hiperdrive en uno de los bolsillos del pequeño, y luego sus manos letales se habían movido con total delicadeza al organizar su pequeña túnica, puliendo pliegues y alisando arrugas, llenas de amor y tristeza.

Larr se había dado cuenta justo en ese momento de que estaba profundamente enamorado de este hombre.

Tragó fuerte, obligándose a dar toda la claridad posible a lo que había ocultado cobardemente durante todo ese tiempo: – Te amo más de lo que puedo decirte, Din Djarin.

Mando respiró profundo, mirándolo al rostro con la misma hambre con que el otro hombre miraba el suyo, e intentó entender esa frase dirigida a él. Larr aferró el cabello sobre su nuca, suavemente pero con una firmeza que hacía pensar que nunca quería soltarlo. Luego se acercó con mucho cuidado, pidiendo claramente su permiso.

Din cerró los ojos cuando lo sintió besarlo y en ese momento todo fue su boca, su calor, su aroma, su toque, su gentileza, su astucia, su fuerza, su belleza… todo lo que era Larr. Se sintió arrojado a todo lo que era él, su mente yendo lejos y a la vez más en el presente de lo que nunca había querido estarlo. Respiró profundo poniendo también una mano en su rostro, apoyándose contra esos labios dulces y perfectos hasta que se alejaron de él, dejándolo extrañando su calidez.

El otro hombre, mejillas encendidas, lo miró a los ojos con una intensidad desarmante, antes de asentir y dirigirse a la salida.

Mando hizo lo único que podía hacer: tragó aire, se puso el casco y lo siguió.

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Esa primera alocución fue bastante distinta a como el mandaloriano la habría esperado.

Cara, Kuiil y el pequeño estaban allí, el último tranquilamente sentado sobre la rodilla del Ugnaught, todos ellos en puestos de primera fila.

La gente parecía bastante tranquilizada al tener a Larr en el trono. No era difícil imaginarse las cosas menos que populares que habría decretado Molth desde allí, durante años y años en los que su pretensión de justicia habría ido desapareciendo.

Por supuesto, los lantharianos solo conocían de este nuevo dirigente su reputación antes de su huida y durante su exilio, las cosas que se decían de él y que se oía que había hecho en distintos planetas, todo lo cual había exacerbado rumores y fábulas avivadas aún más por su ausencia.

Esto y la forma en que había reclamado el trono el día anterior, derrocando al que estaba en camino de convertirse en un tirano, parecían no solo darle el beneficio de la duda, sino alimentar una esperanza generalizada.

Larr miró a las cientos de personas reunidas allí con una expresión más cercana al dolor físico que a la satisfacción, mientras su secretaria personal se mantenía junto a su trono pendiente de cada uno de sus gestos y la misma magistrada que lo había coronado el día anterior lo presentaba al pueblo, que, por supuesto, estalló en aplausos y vítores durante minutos. Luego se asentó el silencio.

- Ajá… - murmuró el hombre.

Apoyó los codos en las rodillas, entrelazando los dedos y pensando. Miró a quienes ahora eran sus súbditos, luego a los magistrados, y a sus hermanos y hermanas. Luego miró a sus compañeros de misión, al mandaloriano y por último a Grogu, que le sacó una sonrisa.

El nuevo rey bajó los ojos, pensando por minutos enteros. Entonces asintió y se dirigió a todos: – No tengo pretensiones de no ser un extraño – les dijo. - Ni de conocer todo cuanto funciona y no funciona en el reino, en el detalle en que un dirigente debería conocerlo. Tampoco me interesa fingir que no estuve décadas en el exilio, ni que tengo las respuestas, buenas respuestas, para todas sus preguntas. Si tuviera esas pretensiones o quisiera fingir que sé con absoluta certeza lo que es mejor y lo que es peor para Lantharia, no sería muy diferente del que hasta ayer se sentó en este trono.

- La sangre que corre por mis venas no solo es la de mi madre, sino la de todos ustedes. Es y siempre será lanthariana – pronunció. - Y lo que me dice ahora, es que hay una sola decisión que puede verdaderamente garantizar el bienestar de nuestro reino.

Miró a donde estaban los príncipes y sus ojos se quedaron en una de ellos. Llamó con el dedo a nadie menos que la princesa Muriel.

Ésta, tan confundida como el resto de los presentes, se acercó titubeando e hizo una reverencia profunda.

Larr se puso de pie y le señaló el trono, teniendo que hacerle una seña con la cabeza para que se sentara en él. Luego, mientras se quitaba la corona de su cabeza y la ponía en la de su hermana, dictó al escriba su primer y único decreto, dándole al Regente de la casta Lantharia los mismos alcances que el Rey o la Reina.

- Y… y esto pasará solo hasta que el Rey regrese – agregó la joven al escriba, entre las reacciones de incredulidad.

- Y – continuó Larr -, heredará el título en caso de que el Rey (o Reina) fallezca.

- Por… por una causa distinta a su mano – agregó la joven, haciéndole a su hermano un gesto de precaución. Larr rió y le dio una inclinación de cabeza que la princesa correspondió.

Al lado de Mando, quien también se había quedado sin palabras, Cara se dio una palmada en la rodilla, dejando salir una risa.

- ¡Demonios! – dijo.

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Notas: Un capítulo más corto para variar... Y por fiiiin su primer beso. Dios, solo nos tomó 10 capítulos llegar hasta acá XD

Por supuesto que Larr no iba a dejar que el amor de su vida se fuera de ésta así como así... Además renunciar a un reinado no es ningún dilema para alguien que no quiere gobernar :/

Btw, ¿te había dicho gracias por leerme? ¡Gracias por leerme! ✯¸.•´*¨`*•✿ ✿•*`¨*`•.¸✯