Estaba cerca. Tanto que resultaba doloroso ser consciente de esa distancia y no poder cerrarla con suficiente rapidez, sino tener que avanzar cámara por cámara y perder tiempo y energía con lo que encontraran en cada una de ellas. Identificar el peligro, buscar cubierta, disparar, combatir y neutralizar guardias, droides y cámaras de seguridad. En un par de ocasiones afortunadas, solo bastó con ocultarse hasta que el peligro pasara. Pero la considerable adrenalina con la que bullía no era consecuencia de este peligro, sino de la distancia.
Estaba respirando tan fuerte que el ruido dentro de su casco casi lograba desconcentrarlo.
Desde que ingresaron a la primera cámara, Larr y él no intercambiaron ni una sola palabra. Solo se abrieron paso por la infraestructura, tensos y haciendo lo que tenía que hacerse, solo conteniéndose si la estrategia lo requería. Mando podía ver en el otro hombre la ferocidad que él mismo sentía, cómo cada obstáculo era una afronta personal que se atrevía a separarlo de eso que ardía por recuperar. Todas las misiones que habían compartido parecían, en ese momento, haber sido solo una preparación para esta, la más importante de todas. Quizá no la más dura, ni con las explosiones más espectaculares, pero una en la que era inaceptable fallar.
En Morak, cuando Din se cuestionara cuánto de sus principios estaba dispuesto a sacrificar por su objetivo, se había dado cuenta de que Grogu lo había cambiado de forma absoluta e inesperada y desde sus mismos fundamentos, esos que había pensado inquebrantables. Y lo había cambiado haciendo uso de una fuerza más poderosa que cualquier otra que Din hubiera experimentado en su vida de austeridad y batalla, y para la que no había estado preparado.
Este pequeño lo había desarmado, sin dejar vestigios de incertidumbre. Había terminado por encarnar todo aquello por lo que Mando combatía.
Por eso, en el mensaje de advertencia que le enviara a Moff Gideon horas antes de abordar el Crucero, le había dicho: "Él significa más para mí de lo que tú nunca sabrás". Una frase tan simple y aún así tan poderosamente determinante.
Siempre, durante toda su vida, Din había peleado por recompensas, por alianzas que le darían una recompensa aún mayor, o simplemente por distraerse, por… entretenerse. Solo en tres casos había peleado por amor: por su tribu, por Theo y por este pequeño. Y en algunos poderosos momentos de esos tres casos había olvidado que era un mercenario y entendido en cambio lo que era ser mandaloriano: no era encarnar una máquina de matar, ni ser un súper guerrero, ni siquiera un sobreviviente de una raza casi extinta.
Era ser un protector. Y ahora mismo, su cuerpo estaba ardiendo con su propósito.
Escuchó el ruido del último cuerpo cayendo y la última bala repicando, y dio un asentimiento a Larr. El hombre le devolvió el gesto desde su cubierta y salió de ella, dirigiéndose junto con él hacia la entrada de la última cámara. Solo tenía que ver la expresión en el rostro de Larr para saber que su corazón estaba golpeando desenfrenado como el propio, la adrenalina y el temor de haber llegado demasiado tarde mezclándose con la impaciencia. Tras esta cámara estaba el calabozo, estaba él. Por eso Din recargó sus Aves Silvantes, Larr seleccionó su munición de alto calibre, e ingresaron a la zona con nada más que otro asentimiento.
En principio pareció haber nada más que un puñado de Troopers vigilando un depósito blindado. Tomó lo de siempre acabar con ellos, pero luego de dispararle al último, notaron que el panel de acceso que éste había estado protegiendo acababa de ser activado. Se dieron cuenta de que había ingresado un código en el mismo momento en que reconocieron esa zona especial de contención, una de la que el doctor Pérshing les había advertido enfáticamente. Una que estaba comenzando a abrirse.
- Oh, no – jadeó Larr.
Mando canceló el comando en el segundo exacto en que dos manos metálicas de color negro brillante aferraron las puertas y comenzaron a abrirlas, no solo en contra del peso del material blindado sino del motor que intentaba sellarlas, que aguantaría la despresurización del espacio pero que no logró interponerse a esta fuerza. Siguieron abriéndose, a un paso lento pero inminente.
- Los Dark Troopers – exhaló Din e hizo lo único que podía hacer: descargar su bláster en el droide que estaba emergiendo. Pero sus disparos rebotaron sin dejar marca y la máquina separó de golpe las puertas. – Mierda.
El Dark Trooper comenzó a caminar hacia él y Din jadeó, retrocediendo, su mente volando hacia lo que podía hacer. Pero una serie de detonaciones estallaron sobre un lado de la cabeza del droide y éste se volvió hacia Larr, que las había disparado.
- ¡Lánzalos al espacio! – le gritó el hombre a Mando, manteniendo el fuego de su fusil sobre la máquina, que comenzó a avanzar hacia él con la misma lenta firmeza.
El mandaloriano insertó la Llave Maestra del doctor Pérshing en el panel de acceso, pero otra mano robótica emergió y un golpe cegador en su casco lo lanzó suelo. El beskar recibió casi todo el daño, pero cuando volvió en sí, Mando vio que un segundo Dark Trooper estaba emergiendo entre las puertas. - ¡Din, hazlo!
- ¡Estoy un poco ocupado! – el droide saltó sobre él y Mando esquivó por medio segundo un puño que hundió el suelo de metal. Se lanzó hacia el panel de nuevo y la Llave Maestra dio un chasquido más que satisfactorio cuando la giró. El mandaloriano alcanzó a seleccionar el comando, antes de que la misma mano azotara su casco contra la puerta, haciendo que su cabeza resonara como una campana. Ni siquiera la embestida de ese Cuerno de Barro se había sentido así. Estaban en problemas.
Se volvió a tiempo para recibir el segundo golpe de frente, apoyando el casco contra el material blindado. La protección recibió el impacto sin mellarse y Din usó esa oportunidad para ver a Larr al fondo, retrocediendo mientras descargaba ráfaga tras ráfaga de munición sobre las que obviamente pensaba que eran las áreas más vulnerables del Trooper. Pero el droide seguía avanzando hacia él sin titubear.
El beskar retumbó por otro golpe aplastante. Din escuchó un fuerte siseo tras él y se giró para evitar un tercer golpe, viendo por encima de los nudillos de la máquina el momento exacto en el que las compuertas inferiores del almacenamiento se abrían y los Dark Troopers restantes eran absorbidos por el vacío del espacio.
Rodó a un lado para evitar otro ataque y disparó su cable metálico al droide que estaba a punto de acorralar a Larr. Haló con un bufido, logrando lanzar la máquina metros tras él. Sin permitirse saborear la satisfacción, se giró hacia su propio Trooper en el momento justo para recibir otro impacto en la protección de sus antebrazos.
Cuando cayó al suelo vio al droide abalanzándose hacia él, pero una de las municiones explosivas de Larr lo sacó de curso. Din terminó de girar para esquivarlo e inhaló una bocanada de aire. Ah, cuando odiaba a los droides, cuánto los odiaba, pensó mientras veía al Dark Trooper levantarse como si nada, incorporándose de nuevo en toda su altura. Din jadeó, pensando, y se dio cuenta de que su única verdadera ventaja en este combate había sido el beskar.
Aferró su lanza justo a tiempo para evitar el siguiente ataque y devolverlo, imprimiendo toda su habilidad y potencia en cada bloqueo, golpe y estocada, gruñendo por el esfuerzo. En medio de esto alcanzó a ver a Larr ser lanzado contra la pared y quedarse sin aire, levantándose un segundo antes de que el puño del droide lo aplastara. Y por alguna razón, el otro hombre comenzó a disparar contra a la pared misma, al parecer decidido a abrirle un boquete.
Un impacto en las manos arrojó su lanza al piso y antes de poder reaccionar, recibió otro golpe que lo hizo ver estrellas. Luego el Trooper aferró su casco y lo azotó contra un extintor, como si todo él fuera un muñeco de trapo. Naturalmente el extintor estalló, dejándolo ciego y en completa desventaja. Din solo se oyó repetir "dan farrik" una y otra vez mientras tanteaba desesperado bajo su casco. Abrió los seguros y se deslizó fuera de su protección cuando el droide intentó repetir el movimiento. Desde su ángulo bajo, aferró su lanza y con un rugido la enterró justo en los circuitos que unían el torso con la cabeza.
El trooper se sacudió con una serie de ruidos electrónicos y sus circuitos parpadearon y se apagaron. El cuerpo de metal quedó inerte, clavado sobre el arma.
Mando lo dejó caer jadeando y se volvió hacia el otro combate, para ver a Larr acorralado contra la abertura que había hecho en la pared, ajustando su vibrohoja en el recubrimiento de un cable primario y lanzándose a un lado para esquivar el golpe del Trooper. Los circuitos del puño del droide, descubiertos a balazos, hicieron contacto con el cable y las luces de todo el lugar titilaron y se apagaron. Un cuerpo chocó con fuerza contra el de Din, lanzándolo al suelo y apartándolo efectivamente de la explosión que siguió. Luego se restauró la iluminación y el mandaloriano se incorporó sobre sus codos. El Dark Trooper había volado en pedazos y solo quedaban dos botas en donde había estado.
- … Vaya.
Larr, que lo estaba cubriendo, se incorporó y miró sobre su hombro.
- Mierda – jadeó.
Estaba lastimado; tenía una brecha poco agradable que iba desde un pómulo hasta la sien y algo de sangre le caía por nariz y boca, pero no parecía nada de gravedad. - Gracias a la Reina le eché un vistazo a los planos eléctricos antes de venir – dijo y volvió a jadear, cerrando los ojos con un corto gemido. Entonces miró a Din con más cuidado y su expresión se volvió severa. – Dios, te sonaron fuerte –. Tomó su rostro entre sus manos y lo movió para examinar sus pupilas, sus oídos y fosas nasales y sentir el pulso en su cuello. - ¿Estás bien? ¿Te sientes lúcido? ¿Me oyes y ves bien?
- … Estoy bien – exhaló él.
- ¿Estás sangrando más?
- No… no lo creo – dijo estupefacto. ¿Esto era lo que sentía la gente cuando él les salvaba el pellejo? No, quizá no este tipo de flechazo, exactamente. – Estoy bien, Larr. ¿Tú?
- Magullado – el otro hombre recogió su casco y le sacudió algo de suciedad. Sopló en el interior y se lo ofreció. – No es nada grave. Ten.
Din apretó los labios y se lo puso, recordando con alivio que no había cámaras en el lugar. Aferró el brazo que Larr le ofrecía y se puso de pie. Por un momento solo recuperaron el aire. – Perdí todas mis armas cuerpo a cuerpo – le informó entonces el otro hombre. – Y ahora mismo, tienes más munición que yo.
- Entendido. Casi estamos ahí – asintió Mando y tomó la delantera de nuevo.
Y llegaron a las puertas del calabozo. Solo había un par de guardias, que eliminaron rápidamente. La puerta de la celda se abrió con un comando básico.
Y allí estaba Grogu, viéndose diminuto sentado sobre un asiento amplio en el fondo de la celda. Parecía intacto, vestido en su túnica de siempre, pero se veía extenuado y sus muñecas estaban atrapadas en unas pequeñas esposas que refulgían un extraño brillo azulado.
El niño los miró con una expresión que rompía el corazón. Dando un gemido, levantó las esposas hacia ellos, como pidiéndoles que se las quitaran.
Pero no estaba solo. Y no estaba custodiado por Troopers, ni por otros droides asesinos como los que habían enfrentado… Un oficial Imperial de piel oscura, cabello cano y ojos fríos, portando un uniforme de alto rango, estaba allí. Larr nunca lo había visto, pero no necesitaba preguntar para saber que se trataba de Moff Gideon en persona, el mismo que se suponía estaría dirigiendo la defensa del Crucero desde el puente de mando, muy lejos de allí. El Sable Oscuro que Bo Katán tanto anhelaba estaba en sus manos, desenfundado y justo sobre la cabeza del pequeño.
Larr y Din no pudieron hacer nada más que detenerse y esperar a que el Imperial formulara sus términos.
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En la expresión de Moff Gideon no había nada de alarma, solo una calma fríamente calculadora. Su voz sonó serena y clara, acostumbrada a dar órdenes que se cumplían sin rebatirse.
- Suelten las armas – indicó.
Ambos hombres titubearon, pero no había nada que pudieran hacer. Habían visto con Ahsoka lo que podía hacer un sable Jedi. El único material en la galaxia que no atravesaba como si fuera papel, era el beskar. La única protección que tenía Grogu era su cooperación.
El Imperial movió unos centímetros el Sable y los dos hombres pusieron sus armas en el piso, reluctantemente. – Despacio. Ahora patéenlas hacia acá. Muy bien.
- Danos al niño – exigió Larr.
- El niño está bien justo ahí – descartó Gideon. Meció el sable sobre la cabeza del pequeño y éste lo miró, mesmerizado por el extraño brillo que emanaba el destello negro. Larr tomó aire profundamente. – Es bellísimo, ¿no es verdad? – el Imperial sonrió con orgullo, aún moviendo el arma. No estaba preocupado, podía verse que se sentía en completo control de la situación. Y, de cierto modo, lo estaba. – Solía ser de Bo Katán, y de muchos otros mandalorianos antes que ella. Sí, sé que han estado juntándose con Bo Katán. ¿Les doy un consejo útil? Asuman que lo sé todo. Como que esas armas – señaló las que estaban a sus pies – contenían su última munición. Como que no te quedan más cables metálicos ni trucos mandalorianos, Din Djarin de los Hijos de la Vigilia. Y a ti no te queda ningún arma cuerpo a cuerpo, doctor Larr Mósdov. ¿O debería decirte… "Majestad"? Sí… – miró al uno y al otro, como si los encontrara muy divertidos. – Vaya maridaje… Un mandaloriano con conciencia y un rey fugitivo – chasqueó la lengua con desaprobación. – Ni siquiera tengo que involucrarme; cada uno será la muerte del otro.
- ¿Vas a algún lado con esto? – escupió Din.
- Es sencillo… - Gideon les dio una sonrisa. - Me imagino que sus acompañantes ya se encuentran en el puente de mando y que seguramente masacraron a todos, como las salvajes que son. Probablemente me buscaban a mí… o más exactamente… – volvió a mover el Sable, que emitió un zumbido etéreo - … buscaban esto. Y como ni esto ni yo estamos allá, deben estar entrando en pánico en este momento. Porque Bo Katán quiere esta arma por una simple razón: El Sable Oscuro es poder. Quien lo empuñe… - miró a uno y a otro hombre – tiene el derecho de reclamar el trono del planeta Mandalore.
- Por supuesto que sí – gimió Larr. Con lo extremo que sonaba eso, no le sorprendía. Mandalorianos.
Pero, en un segundo, Din deshizo cualquier conflicto que Gideon hubiera previsto consecuencia de esa pequeña revelación.
- Pues quédate con el Sable – le dijo simplemente, alzándose de hombros. – No me interesa.
La incredulidad fue evidente en el rostro del Imperial.
- ¿En verdad? – dudó, levantando una ceja. Por supuesto que para un Imperial, abandonar una oportunidad de ostentar poder, y sobre todo ese tipo de poder, era impensable.
- Solo queremos al niño – explicó el médico. Miró al pequeño, que parecía apenas poder mantenerse despierto. – Es todo por lo que estamos acá.
- ¿Y Katán?
– Que se lo figure ella – dijo Din.
El Imperial los observó con una expresión inescrutable, sus ojos inflamados con algo que no pudieron identificar. Era imposible decir qué estaba planeando, si es que estaba planeando algo en absoluto.
El mandaloriano abrió y cerró las manos. Larr se pasó un dorso por el rostro.
Entonces el brillo del Sable se apagó.
- Muy bien – dijo Gideon, casi en un ronroneo. Los dos hombres lo miraron con tanta incredulidad como alivio. – Ya obtuve lo que necesitaba de él: un poco más de su sangre, para estudiarla. Era todo lo que quería. – Observó al pequeño. – Este niño es extraordinariamente talentoso y ha sido bendecido con propiedades que tienen el potencial de traer orden a la galaxia de nuevo.
Din miró al pequeño. Inflamándolo con familiaridad, éste le devolvió la mirada. Solo Ahsoka había sido capaz de comunicarse sin barreras con Grogu, pero aún así Din lo sentía sin necesidad de comprender ideas o pensamientos. Viendo esos ojos negros y puros, que lo observaban con una cansada ingenuidad, lo entendía de una forma en que nunca había entendido a nadie.
Moff Gideon pasó su mirada sobre este silente intercambio. - Veo el vínculo que tienen con él – dijo entonces y de forma completamente inesperada su expresión se suavizó. Tomó aire, apretando los labios. – Tómenlo – resolvió. Larr comenzar a avanzar, pero Gideon lo detuvo. – Sin embargo, luego de eso abandonarán mi nave de inmediato y nuestros caminos nunca se cruzarán de nuevo.
- De acuerdo – dijo Din y miró al otro hombre.
- Sí – cedió éste.
Gideon asintió y se movió a un lado, y Larr fue hacia el pequeño, conteniéndose para no correr. Grogu levantó las manos hacia él y el hombre hincó una rodilla en el piso, cargándolo y contemplándolo. Su peso sutil lo reconfortó de inmediato. Dejó escapar entre los dientes una exhalación que llevaba días atrapada dentro en su plexo, y por un pequeño momento todo estuvo bien.
Luego hubo un rugido eléctrico justo tras ellos. Larr se volvió para ver el Imperial levantando el Sable sobre su cabeza, rápido como una ráfaga y listo a matar. Pero cuando el arma descendió, solo encontró el beskar de los antebrazos de Din, que se puso al rojo vivo mientras el hombre bloqueaba el ataque.
Poseído por una furia súbita, Gideon atacó al mandaloriano sin piedad y con una técnica sorprendente, obligándolo a retroceder hacia la salida de la celda. Una vez allí lo pateó directo en el abdomen, bajo su pechera, lanzándolo al corredor. Y antes de que pudiera levantarse, oprimió un comando en el panel de control, provocando que se cerraran las compuertas y dejando a Larr atrapado con el pequeño.
- ¡NO! – Din golpeó el cristal blindado con un puño. Cargó hacia el Imperial, haciendo que se desplomara por un momento y se volvió al otro hombre, mirando en sus ojos la misma urgencia. Escucharon un pitido desde el controlador. Gideon había activado una cuenta regresiva.
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A pesar de lo que significaba esto para él y para el bebé, Larr no se sorprendió. Por supuesto que la celda contaba con un sistema de emergencia que permitiera despresurizarla y lanzar sus contenidos al espacio llegado el momento. Era una funcionalidad pragmáticamente Imperial. Y era una verdadera lástima que se encontrara del otro lado del vidrio de seguridad.
Consciente de que se estaba paralizando por el miedo, retrocedió y observó a su alrededor, buscando una forma de salir de ésta. Él era bueno para eso, para salir de aprietos, para escapar. Había estado en un puñado de celdas, incluso una de su propia gente. El problema no era estar atrapado, el problema era que Grogu estaba allí también, en tanto peligro como él, y solo eso hacía la situación impensable.
El Sable volvió a rugir allá afuera. Din estaba bloqueando los ataques con una fluidez obligada, su cuerpo maltratado por las horas de violenta toma del Crucero y los días de combates previos. Su protección de béskar y su lanza chocaban con el Sable Oscuro segundo tras segundo, resistiendo admirablemente. Era más que obvio que Moff Gideon iba a ponerle el pecho a evitar que el mandaloriano se acercara al panel de control. Ese combate estaba enteramente en manos de Din. Y lo que pasara en la celda, en manos de Larr.
El hombre jadeó, consciente de cómo el pánico le entumía los brazos y se su corazón retumbando desbocado contra su pecho, contra la pequeña calidez del niño. Tragó aire y miró las armas que el Imperial les había obligado a entregar, pero descartó la idea de inmediato: romper el cristal solo empeoraría las cosas si después de todo la celda se despresurizaba. Además, Gideon y el Sable Oscuro se movían como una maldita ráfaga, sería demasiado riesgoso intentar dispararle.
Vio la cuenta regresiva que iba en treinta segundos y se lanzó de rodillas frente al controlador de las compuertas, sin querer pensar en cuánto tiempo había perdido.
El niño sobre su brazo comenzó a llorar.
- Lo sé. Lo sé, peque, lo sé, lo sé, lo sé – lo metió entre la ropa de su pecho para tener las manos libres, y abrió el panel de un golpe. Solo tenía dos opciones: morir o figurarse cómo sobrevivir. Pero él no conocía mayor cosa de esta maldita seguridad Imperial. Era su hermana Muriel quien tenía el cerebro tecnológico de la familia. Lo había heredado de Molth Lánthar.
¿Qué le habría aconsejado su madre en ese momento?
"¿Estás loco? ¡Deja de pensar en cosas inútiles y concéntrate!", es lo que le habría dicho, lo que de hecho era un excelente consejo. Una mejor pregunta era: ¿qué habría dicho su hermana, la genio?
Pensó desesperadamente en una respuesta mientras escuchaba los sistemas de despresurización comenzar a encenderse y veía el número del conteo regresivo descendiendo implacable.
"Padre asimiló muchos de la programación de los sistemas de seguridad del Imperio a nuestra propia seguridad casera", le había Muriel de vuelta en Ketz, mientras Theo recibía atención médica tras su agitada coronación. "Nuestros ingenieros intentaron encontrar aspectos para mejorar, pero en realidad ambos lenguajes son más o menos lo mismo. No hace falta entender todo el código, solo saber cuál es la constante y cómo se aplica". Ese había sido el comienzo de una explicación más larga, que Larr medio había comprendido y luego había olvidado, en medio de su puñado de contusiones de entonces.
Toda la puerta retumbó cuando un cuerpo chocó contra ella y el hombre rogó que ése hubiera sido Gideon. - Está bien, está bien, todo está bien – tranquilizó al escuchar al pequeño gimoteando, sin duda muy consciente de su energía desbocada. Oprimiendo otro comando, echó un vistazo al conteo regresivo, que iba en trece. – No hay que llorar. Estamos bien, peque. Estaremos bien.
Los sistemas de despresurización rugían en sus oídos, un poco menos que su propio corazón. Los gritos, golpes, estallidos y estruendos electrónicos en el corredor eran ensordecedores.
"La muerte es una de esas cosas naturales que son una lástima, pero que pueden hacernos a nosotros y a los nuestros mucho mejores", le había dicho su madre en una ocasión.
También, hacía poco, Din le había dicho: "Acabamos de casarnos, Larr. Hace menos de dos semanas".
Hacía muchos años, en otras ocasiones en que hubiera estado así de cerca, Larr había considerado que morir sería una lástima, pero que no sería tan malo. Después de todo, se había dicho entonces, no era más que un paria al que se le deshacían entre las manos los restos del propósito que había abandonado al abandonar Lantharia. Propósito sin el cual no era nada. O quizá un propósito que nunca había tenido.
Vaya idiota que había sido.
Ahora su propósito estaba contra su pecho, indefenso a lo que él permitiera que les sucediera.
"Una constante es simplemente los ladrillos con los que armas el código", había insistido Muriel en esa ocasión. A él le había irritado tener que prestarle atención a su charla técnica mientras una serie de droides y médicos trabajaban sobre él. Pero la había escuchado toda, feliz de oír su voz luego de tantos años. Y no solo la había escuchado, sino que la había entendido por un corto momento. Había alcanzado a sentir esa satisfacción de comprender un concepto que, en realidad, era pasmosamente simple.
Sus dedos se congelaron sobre los símbolos en el panel. Tragó y luego tocó tres teclas más, con sumo cuidado. Los ruidos a su alrededor cesaron, dejando solo el latido de su corazón.
Se levantó temblando, observando la cuenta regresiva congelada en una sola cifra. Sin querer detenerse a contemplar lo que acababa de pasar, protegió al pequeño con una mano y golpeó las compuertas con el hombro para terminar de abrirlas. Gruñendo, las separó con piernas y espalda y mientras emergía se limpió el sudor de la frente, jadeando como si hubiera corrido durante kilómetros.
En medio del corredor estaba Gideon de rodillas, sonriendo y sangrando. Din sostenía la lanza de beskar contra su cuello.
Larr dio un asentimiento al mandaloriano. Luego vio la empuñadura del Sable Oscuro justo a sus pies.
– Mierda.
El Imperial comenzó a reír.
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- ¿Cómo está? – dijo Din, sin despegar la vista de Gideon.
Larr abrió las amarras en su pecho y separó las solapas. El pequeño levantó la mirada a él y luego a Din, dando un pequeño gemido triste.
- Salvajes – dijo el médico, sacándolo y rompiendo las esposas que rodeaban sus muñecas. Las lanzó al piso, aplastándolas con su bota.
- ¿Está bien? – repitió Mando con más fuerza. El otro hombre hizo una rápida revisión del pequeño, sintiendo su temperatura, mirando dentro de su boca con delicadeza, chequeando sus reflejos y sus respuestas a estímulos.
- Agotado – dijo entonces. – Y probablemente deshidratado. Pero no creo que esta basura – gesticuló hacia Gideon - se arriesgara a ponerlo en verdadero peligro. Y antes de que digas algo – le advirtió al Imperial cuando éste hizo un gesto burlón – piensa si quieres darme una excusa para que te parta los dientes.
- Dicho como un verdadero lanthariano – asintió galantemente el otro hombre, pero no dijo nada más.
El mandaloriano guardó la lanza de beskar, tomó el Sable y lo activó. Hizo un gesto cortante al Imperial para que se pusiera de pie y éste obedeció con dificultad, comenzando a caminar frente a ellos.
Larr miró el Sable Oscuro en el puño de Din e hizo lo único que podía hacer: tragar aire y seguirlo hacia el puente de mando, donde estarían las otras.
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Notas: Qué. Difícil. Es. Escribir. Acción.
