Notas: Me emocioné mucho escribiendo el epílogo y tuvo que dividirlo en tres partes... Oh well. ¡Espero que lo disfrutes!

Epílogo - Parte 1

Esa noche, Larr soñó con su madre.

Era algo no había esperado desde la última vez que lo viviera, cerca de una década atrás, cuando en un último sueño su madre, una figura apenas reconocible a lo lejos, gritara su nombre llamándolo a casa mientras cargaba un bebé que él había pensado después que era su hermana menor.

Entonces Larr había despertado ahogado por el peso de la culpa, ésa que en sus horas de vigilia parecía tan irrisoria. Ahora, este nuevo sueño lo trastocó desde que fue consciente del mismo, porque la Reina estaba allí, lo suficientemente cerca para que él detallara y recordara cada uno de sus rasgos, esa cicatriz en su ceja, esa nariz recta, y lo miraba a los ojos con unos del mismo tono que los propios, solo que inmensamente llenos de sabiduría y edad. Le habló como nunca le había hablado en vida, la cual había durado hasta que él tuviera catorce años: le habló como a un hombre.

Y tras los párpados cerrados de éste hombre se sucedió una oleada de palabras, recuerdos y emociones presentes y pasadas, reales a irreales, que lo dejó jadeando y sollozando hasta después de despertar. Mientras intentaba grabar en su mente todo lo soñado, se dio cuenta de que a pesar de su emoción y alivio, estaba raramente aprisionado y en unos segundos descubrió por qué: Din lo rodeaba con un brazo poderoso, apartando cabello de su rostro, casi gritando su nombre, con miedo en su voz.

Le había costado volver a la realidad, no queriendo dejar ir las últimas impresiones de ese sueño, el rostro severo y hermoso de su madre y sus palabras por las que aún ahora estaba hambriento. Pero dejó que sus ecos se perdieran en un sonido igual de fascinante: la voz de Din, llena de preocupación, prometiéndole que estaba a salvo, preguntándole de qué pesadilla se trataba en esa ocasión.

Porque Larr había tenido pesadillas cada noche desde que arrivaran a Lantharia. Los malos recuerdos y los miedos o remordimientos se infiltraban en su sueño de forma bastante lógica unas veces, y otras de forma puramente caprichosa.

Se le había ocurrido que era la manera en que su reino le cobraba veinte años de abandono.

Din, por su parte, dormía muy poco. No parecía muy sorprendido por esto, más bien estoicamente resignado y definitivamente más ocupado con la tristeza de su reciente pérdida que debía sentirse profunda e inacablable, el tipo de tristezas que nunca se van por completo.

Desde que descendieran de ese Caza Imperial, inmediatamente después de terminada la toma del Crucero de Guerra de Moff Gideon y la entrega del pequeño a ese Jedi misterioso, luego de que Larr se identificara a las unidades centinelas que controlaban el ingreso al planeta y que fuera recibido por sus hermanos, consejeros, otras personas de aspecto importante y una guardia intimidante (que resultó ser su guardia personal), el mandaloriano se había cerrado por completo al mundo, solo gesticulando y haciendo uso de un vocabulario monosílabo cuando era estrictamente necesario.

A Larr no le había sorprendido. De hecho, habría esperado algo mucho peor y estaba todavía esperándolo. Su hermana se lo había dicho unas horas después de que los curaran a ambos tras su llegada, con una sabiduría que le recordaba a su madre: "cuando el amor sigue, pero lo amado ya no está, toma tiempo darse cuenta de cuánto uno les echa en falta realmente y qué significa en verdad su ausencia".

Él le había sonreído.

- Parece algo que se te ocurriera después de la muerte de la Reina – le había dicho.

- Tuve mucho tiempo para pensar después de que ella muriera – informó ella. - Y también después de que tú desaparecieras.

- Pero tú tenías cinco años cuando me fugué…

- Y vaya que me impactó que lo hicieras.

Él había mirado al suelo, obligándose a sonreír y ahogar cualquier sensación de llanto.

- Bueno, ella sigue viva – le había afirmado. – En ti y en mí. En todos sus hijos. Y bueno… en todo un reino – y había contemplado la vista desde la terraza de la habitación de su hermana, en el Palacio. Una vista que quitaba el aliento, que parecía mucho más hermosa a sus ojos de adulto. Ella había estrechado su brazo.

- Ellos viven en uno, hermano.

Era algo que Larr habría podido decirle a Din. Pero Din no quería nada más que tiempo para intentar procesar algo que lo había afectado como su impresión de fortaleza nunca le habría permitido sospechar. Parecía tan triste como estupefacto, en los momentos en que revelaba su rostro, cuando eran solo ellos dos en la morada que Larr había solicitado ocupar en vez del Palacio (propiedad de uno de sus hermanos, si no estaba mal), o en su lenguaje corporal cuando portaba su casco, cuando tenían compañía o simplemente decidía salir para perderse en las calles de la Capital. En sus mercados, plazas y edificios, o más allá, entre las casas, los parques, canalizaciones, puentes y las periferias donde las construcciones iban cediendo a la naturaleza, se alejaba por horas, bajo el ojo aprehensivo de los guardias y las personas que ya sabían de quién se trataba.

Los días eran intensos para ambos y especialmente agotadores para Larr, que no solo acompañaba a Din en cualquier forma que pudiera, sino que comenzaba a adoptar las funciones de la Corona en la misma medida en que aprendía de ellas. Eran más de las que recordaba y más de lo que nunca habría querido. Los asuntos urgentes, los políticos y las personas poderosas que se acercaban buscando llamar su atención a todo tipo de cosas, eran interminables. Pero a pesar de las jornadas que lo dejaban extenuado y más desconcertado de lo que le gustaría admitir, se sentía inevitablemente dichoso cuando miraba al otro hombre. Y en esa mirada envolvente de ojos oscuros, en medio de la pena que veía allí, le parecía también vislumbrar algo de felicidad…

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Notó que estaba despierto y con los ojos abiertos mucho después de despertar. Cuando llegó la acometida de consciencia, se dio cuenta de que estaba observando el amanecer purpúreo que comenzaba a colarse desde la ventana abierta, y que traía también una brisa fría cargada del olor de las montañas de Lantharia en pleno deshielo.

La primavera había comenzado hacía un par de semanas y se quedaría con ellos durante meses. Hacía veinte años que Larr había visto el que pensaba que sería su último amanecer en su reino. Hacía solo unas semanas había vuelto a apreciarlos. Eran tan helados y llenos de colores como los recordaba.

A Grogu le habrían gustado.

Girándose bocarriba se estiró gruñendo y luego se sentó en el borde de la cama. Suspiró, enterrando el rostro en las manos y sin luchar contra la lucidez. Luego se volvió hacia el otro extremo de la cama, hacia Din que dormía profundamente, cubierto solo por una sábana ligera. Estaba dándole la espalda, su cabello un desastre de rizos negros que Larr sabía que intentaría aplanar en cuanto se levantara y recordara que no necesitaba ponerse el casco.

Se veía hermoso, pero no se atrevió a tocarlo. Solo se levantó y caminó desnudo al baño, a que el agua fría lo arrastrara por completo al presente y a todo lo que le aguardaba ese día.

Se organizó con el esmero que sabía inevitable para su cargo, poniéndose unas ropas elegantes pero ligeras, y sobre ellas su armadura, pues ese día visitaría y recibiría parte del principal regimiento del ejército. La armadura en especial se sentía extraña, pero no había intentado luchar contra ella cuando sus asesores se la llevaran. Su madre había vestido una cuando la ocasión lo precisara. Muriel también, y ahora le correspondía a él portar una hecha para su tipo de cuerpo, completa desde las botas de metal pesado, las fundas y soportes para armas y los guanteletes, hasta su corona, desde la que se desplegaba un casco en un segundo, con un comando de su controlador.

Cuando estuvo listo, volvió a la habitación pisando suave. Din, extrañamente, seguía profundo, y Larr se preguntó si quizá habría tenido también que luchar contra un par de malos sueños.

Hincó una rodilla junto a la cama y tocó con cuidado su cabello. Se veía increíble dormido así, con medio rostro hundido en la almohada y la respiración casi imperceptible. Parecía más humano que nunca y también años más joven.

Acarició su cabello de nuevo y el mandaloriano tomó aire profundamente, abriendo los ojos.

- Buenos días – le dijo Theo. Din dio un gruñido débil. - Debo irme -, besó su sien. – Volveré en unas horas.

- Mmm.

El mandaloriano cerró los ojos de nuevo y Theo suspiró.

Tomó sus armas y salió de la habitación y de la vivienda que estaba completamente vacía, siguiendo sus indicaciones. Solo había guardias en la entrada y alrededor, y sirvientes en una casa aledaña, pero no había nadie más en el interior, esto para que Mando pudiera tomarse la libertad de quitarse el casco cuando quisiera. Larr se lo había propuesto y Din lo había agradecido.

Un puñado de personas solemnes lo esperaban afuera, en un comité de varios speeders.

Le dieron un saludo llamándolo "Majestad", al que Larr correspondió, y se presentaron a él las que no conocía. Montó en su vehículo y se alejaron hacia la ciudad.

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En medio de uno de sus comités ese día, se le informó a su Regente y a él que los gobernadores de ciertas colonias y cuarteles del reino en otros planetas habían reportado situaciones irregulares en su seguridad y cadena de producción. "Graves", aclaró el magistrado que hablaba sobre sus dedos cruzados mientras otras personas presentes o en hologramas los observaban. No parecían problemas que fueran a resolverse con los recursos que tenían las colonias a la mano. Sin embargo, aclaró pronto, el Rey no tenía por qué preocuparse por eso; eran asuntos de los que su persona y otros colaboradores podrían encargarse.

Larr pensó en esas colonias. Eran expansiones del Reino a las que no había ido nunca, no que él recordara. Dándose cuenta de eso intercambió una mirada con su hermana, seguro de que tenían lo mismo en mente.

Hacía semanas, hablando junto a la tumba de su madre y rodeados por la mayoría de sus hermanos, Muriel le había dicho: "Vas a tener que figurarte cómo ser esposo y rey a la misma vez".

- Estás muy joven para darme ese tipo de recomendaciones – había dicho Theo.

- Solo me adelanto a las cosas – le había respondido ella. – Incluso para Madre era difícil. Padre se volcó en su trabajo para concentrarse en algo, pero creo que nunca la perdonó. Pienso que al final no había mucho amor entre ellos.

- Nunca lo hubo – le recordó Larr. – Madre solo eligió a tu padre por sus habilidades y por su genética.

- Eso es algo horrible para decir – reprendió ella. –… Pero supongo que es cierto. El punto es que, no me gustaría que a tu esposo y a ti les pasara lo mismo. Ustedes dos sí que se quieren.

Él había suspirado, viendo a los demás príncipes asear el jardín y el mausoleo con ayuda de algunos sirvientes.

No quería hacer nada de esto. Nada. Quería volver a visitar planetas, boicotear malosos, diagnosticar y tratar gente enferma o herida, y hacer otras locuras peligrosas sin que las personas con que las hacía sospecharan de quién se trataba. Quería vestir ropa ordinaria, una gabardina con múltiples bolsillos para sus implementos médicos y una máscara de gas en caso de que fuera necesaria.

Pero no solo había sido concebido para esto, para gobernar, sino que sentía su sangre y el amor hacia su gente llamándolo a hacerlo, a evitar que Lantharia se volviera El Imperio, a cortar la maleza de raíz o por lo menos mantenerla revejida. A hacer de su Casta un reino tan fuerte y próspero como compasivo.

Por más que detestara esas palabras y que por años se hubiera mofado de ellas, esto estaba en sus manos.

- No le digas a nadie – le confió a su hermana. – Y lo digo en serio, Muriel, es mejor que piensen que nos casamos por conveniencia. Pero…

- ¿Lo amas más que a tu vida? – sugirió ella cuando lo vio quedarse sin palabras. Theo asintió, como si estuviera confesando un oscuro secreto. - Entonces comienza a pensar cómo vas a hacer eso y tu trabajo al mismo tiempo.

- ¿Quieres la primogenitura?

- ¡Lo digo en serio, Theo! – lo golpeó en un brazo y él rió al notar lo fuerte que lo había hecho. - Tienes que ser un buen hermano mayor y ayudarme.

- Estoy acá, hermana – le había asegurado.

En ese momento, frente a la mirada insistente de su Magistrado y de los otros políticos, se cruzó de brazos y rumió la situación. El período de duelo mandaloriano casi se acababa. En cuatro días, Din tendría que irse y Theo tendría que quedarse, o bien tomar un rumbo distinto. Mando lo sabía, Larr lo sabía y quienes estaban al tanto de la situación lo sabían. Tenían que comenzar a hacerse una idea de lo que era todo lo que les esperaba.

- Viajaremos allá – decidió. Ignorando la expresión sorprendida del magistrado, se volvió a su hermana. - ¿Cuento contigo?

- Seguro. ¿Las colonias incluyen la de Holst?

- Sí, Alteza – respondió una mujer.

- Empacaré un abrigo, entonces. ¿Cuándo nos vamos?

- Lo más pronto posible – se escuchó decir Larr, porque sabía que era lo más práctico. – Dos días –, y ahogó cualquier amargura con una pequeña sonrisa. – Incluso si eso arruina mi Luna de Miel.

La Regente roncó una risa.

- No te preocupes. Mi cuñado se contentará cuando le lleve su nuevo juguete – sonrió y él no pudo evitar imitarla.

- ¿Dónde rayos conseguiste una ST-70? – le preguntó, por enésima vez.

- Es un secreto.

- Tienes que decirme, puede que necesite reparaciones.

- Créeme, no las necesitará. Yo misma le metí mano. Es mejor aún que su amada Razor Crest.

- No tienes idea de cómo pilotea ese hombre – aseguró él. Le dio un empujón con el hombro. – Anda.

- ¿Después de que me ocultaras que en algún momento tuve un sobrino? – ella alzó las cejas. – Me quedas debiendo, Theo.

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